Aroche

EL actual topónimo Aroche procede del antiguo celta Arucci, que en época latina recibe el sobrenombre de Arucci Vetus Latina, arabizándose posteriormente para dar la forma actual.

 

La presencia del hombre en estos parajes es muy antigua, localizándose los primeros vestigios hace casi cinco milenios. Los asentamientos humanos, al aire libre, estuvieron cercanos a puntos de agua, fundamentalmente las riberas del Chanza y Alcalaboza, y su economía dependió, en gran medida, de la siembra de cereales que realizaron en «La Vega». Sus enterramientos se hicieron bajo túmulos de granito, de los cuales persisten todavía un gran número, repartidos por todo el término.
En el inicio de nuestro primer siglo, se localizan en el térrnino de Aroche las ciudades de Arucci y Turobríga. González Fernández, J. (1989) rechaza categóricamente la existencia de dos Aruccí, una Nova (Moura) y otra Vetus (Aroche), y sitúa la ciudad de Arucci en Fuente Seca y Turobriga en los Llanos de San Mamés. También hay pequeñas aldeas, como las del Semedero y la Mazmorra y multitud de pequeños asentamientos rurales, llamados villae o fundi. En estas fechas se hace la primera organización viaria, construyéndose una calzada que desde Beja, pasando por Aroche, enlazaba con la vía que iba de Emerita a Hispalis; y la que procedente del Sur, iba de Ad-Rubras o Urion hasta Aroche, la cual debió de continuar hasta Encinasola para unirse cerca de Zafra con la vía Emerita-Hispalís.


El desconocimiento de la época visigoda nos hace llegar hasta los árabes. Abd al Aziz ocupó y pacificó el Suroeste peninsular a partir del año 714 y cruzó la serranía para disolver y castigar a los visigodos que huían hacia la desembocadura del Guadiana. La toponimia árabe es abundante en el término. Peramora, Morita, Alcalaboza, etc., reflejan la intensa ocupación del territorio. Desde mediados del siglo X se tiene constancia de la existencia de un castillo que formaba parte de la Cora de Boja (Fernández, S., 1992).

Durante el siglo XI encontramos nuevas noticias: en el período de paz de Alhaken II, se promulgan edictos favoreciendo la apertura de las minas en la Sierra de Aroche (Pérez, J. A., 1987).

No tardarían los caballeros cristianos en llegar a estos parajes, movidos por las ansias de expulsar a «los infieles». Las continuas rivalidades entre los Reinos de Portugal y Castilla se proyectan sobre Aroche. En 1251, Alfonso III de Portugal conquista Aroche y Aracena. En 1253, Alfonso X el Sabio se apropia de Aroche, y, sin embargo, dos años después el rey portugués da fuero a Aroche, que se convierte desde entonces en una tierra de disputas (Pérez Embid, F., 1975).
Sevilla va a articular un mecanismo de defensa en esta zona para luchar contra el peligro que supone el Reino de Portugal. Así, en 1293, Sancho IV restaura la fortaleza. Aroche se convierte en el tapón que impedía que los portugueses penetraran hacia el interior.

Como solución a las disputas, por el tratado de Alcañices, de 12 de septiembre de 1297, Aroche y Aracena pasan a Castilla a cambio de ciertos derechos y de los lugares de Campo Mayor, Olivenza y Ouguela. La importancia de Aroche estribaba en que, si se perdía, establecía una peligrosa cuña de penetración desde el Oeste, a la vez que cortaría parte de la comunicación del Reino sevillano con Extremadura.

Hasta los siglos XIII y XIV no llegan a este espacio los repobladores, amparados por las concesiones de tierras reales. Son individuos que proceden, principalmente, de zonas del Norte peninsular.


La guerra civil que se desarolla a partir de 1474 entre Enrique IV y la faccíón rebelde afectó de lleno a la Sierra. Aroche cayó en manos del marqués de Cádiz en 1471, pero pronto fue liberado por hombres del Duque de Medinasidonia, Enrique de Guzmán, que por entonces tenía el poder político y militar en Sevilla (1472). Al terminar la guerra, el Duque se negó a entregar la fortaleza, pues sus intereses se dirigían a incrementar su patrimonio por proximidad geográfica. Este mismo, en 1473, autorizará al concejo de Aroche para que impida que entren los ganados de Encinasola en la Contienda.

La lucha que se entabla entre Isabel, la futura reina católica, y el rey de Portugal afecta de nuevo a la Sierra. En 1477, el duque de Medinasidonia es obligado a devolver Aroche y se derriban multitud de fortificaciones y torres fronterizas, refugio de malhechores.

A partir del siglo XVII va a ser la capital militar de la Sierra, donde se asentaban las guarniciones que tuvieron que hacer frente al ejército portugués durante la guerra con Portugal (1640-1668). La población estuvo tomada por los militares, castigándola enormemente y contribuyendo de un modo importante a su despoblación y decadencia. El sistema de defensa de esta parte de la frontera orientado en torno a Aroche seguía produciendo beneficios para la ciudad hispalense.
Sólo a partir de mediados del siglo XVIII la población logra recuperarse de la lacra de la guerra, dedicándose a labrar una extensa superficie de sembradura, que, según el Catastro de Ensenada, llegaba a las 15.981 hectáreas (Núñez Roldán, F., 1987).

En el siglo XIX se le priva de aproximadamente un tercio de su término municipal, al impulsar la Diputación Provincial la colonización de Rosal de la Frontera. El sistema político caciquil de finales del siglo decimonónico y principios del XX hace que Francisco Javier Sánchez Dalp, marqués de Aracena, controle la alcaldía, elevando a ella a quien se le antoja, siempre dentro de un predominio del partido conservador.


Aroche posee uno de los términos municipales más extensos de la provincia de Huelva: 49.844 has. De forma pentagonal, se localiza en el sector más occidental de la Sierra Morena.

La topografía accidentada ocupa gran parte del término. Sin embargo, es notable la presencia de algunas zonas llanas, donde domina la agricultura extensiva. La altitud media se sitúa en torno a los 350 metros, no alcanzándose en ningún punto una altura superior a los 800 metros.

Atendiendo a su conformación física y aprovechamientos, podemos distinguir cuatro unidades paisajísticas.
A lo largo del discurrir histórico se le ha dado el apelativo de Contienda a diversos problemas surgidos entre municipios vecinos a cuenta de sus límites. Pero ninguno de ellos ha tenido la importancia del surgido en una porción de tierras comprendida entre los ríos Chanza y Múrtigas, en la frontera entre los antiguos reinos de Castilla y Portugal, de 123 kilómetros cuadrados. Las poblaciones de Aroche, Moura y Encinasola se disputaron este territorio desde la Edad Media.
El nacimiento del asunto tiene lugar en el siglo XII, con la llamada «Cuestión del Algarve», enzarzándose ambos reinos en una larga pugna. El tratado de Alcañices de 1297 entre castellanos y portugueses fijará la línea fronteriza en su tramo sur. Pero quedará una zona entre el Chanza y el río Ardila que no es susceptible de división, conocida a partir de estos momentos como «Tierra de Contiendas».

En el año 1542 la amistad que unía a Carlos V de España con Juan III de Portugal posibilita la reunión de los contendientes, para intentar evitar los continuos roces y peleas que se producían en la Raya o Frontera. De ella nace la Escritura de Concordia o Concordata, relativa a la jurisdicción, límites y aprovechamientos de la dehesa llamada de «La Contienda». En ella se dejan indivisas un espacio denominado tierras de Contiendas, o sea Paijuanes, Valquemado, Santa María y Campo de Gamos.


Estas tierras serán propiedad de Aroche y Moura, concediéndoles la jurisdicción civil y criminal, un mero imperio mixto. La villa de Encinasola sólo tendrá el usufructo de la Dehesa, aunque compartido con las otras dos.

Las infraestructuras turísticas, aun siendo bajas, tienden a crecer, contando en la actualidad con tres restaurantes y dos pensiones. La consolidación del Parque Natural de la Sierra de Aracena y Picos de Aroche, su magnífico patrimonio histórico-artístico y su rica gastronomía se convierten en factores positivos para un esperanzador desarrollo del turismo rural.

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