| El
28 de julio del 2001, Alejandro Toledo
fue proclamado presidente del Perú, y en
la ceremonia dijo: ‘Seré implacable
contra la corrupción’. Dijo también:
‘La lucha contra la pobreza demandará
todos los esfuerzos de mi gobierno’.
Al siguiente día de la juramentación
presidencial, se dirigió a la ciudad del
Cusco y en lo alto de Machu Picchu (la antigua ciudadela
incaica), mando a construir un tabladillo teatral,
una especie de circo callejero del siglo XIX. Ahí
rodeado por la colorida vestimenta de su rubia esposa
y de los elegantes ternos de varios presidentes
latinoamericanos, realizó un ritual incaico
según él para ‘recibir la
fuerza telúrica de los dioses andinos’.
Pero como en Perú la corrupción es
tan ancestral que alcanza a los mismos incas, ni
la ‘fuerza telúrica de los dioses andinos’
(vieja mitología incaica que se utilizaban
para someter a la población) ni otro tipo
de milagro eclesiástico detuvo la rueda de
la corrupción y de la injusticia que con
Toledo ha seguido creciendo como una bola de nieve
en plena caída. La realidad es dramática,
y una nueva camarilla de mafiosos enlazada con la
vieja mafia que dirigía Fujimori
y Montesinos a seguido repartiéndose
el Perú a tajadas. El hambre y la miseria
de los peruanos no han cesado de aumentar de la
misma manera que ha crecido una capa social infecta
integrada por hampones disfrazados de políticos
que se enriquecen a costa de los bienes del Estado.
Era el inicio de este gobierno y en Perú
como en el extranjero Toledo fue presentado como
un paladín de la justicia, del Estado de
derecho, y de la más perfecta democracia.
Los partidos de derecha y de la izquierda oficial,
se subieron al carro del nuevo gobernante. Y en
los mismos términos que habían colaborado
con el gobierno de Fujimori y Montesinos, lo hacen
ahora con el régimen de ‘todas las
sangres’ en manos de Toledo. Esa unidad para
el banquete, el robo y la trampa entre los partidos
oficiales y el nuevo candidato de palacio de gobierno,
debió ser para cualquier analista político
una señal que el tal gobierno de ‘todas
las sangres’, no era otra cosa que el reencauche
del anterior gobierno, pero no fue así. La
prensa mercenarizada del Perú, los intelectuales
ayayeros y hasta los curas, obispos y el mismo cardenal,
cerraron el pico, y guardaron el mismo silencio
cómplice que habían practicado durante
los 10 años cuando Fujimori y Montesinos
hicieron del Perú una torta apetitosa que
se distribuyó a pedazos entre una cúpula
mafiosa de civiles, militares, empresarios, y toda
suerte de malandrín. |