"EL SOL DEL PERÚ" - Edición Digital
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EDICIÓN IMPRESA Nº 57
DERECHO DE PISO



Por: Judith Flores

Derecho de piso
Por: Judith Flores - [email protected]
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Derecho de Piso legal
No soy abogada ni mucho menos, soy una mujer más que pongo al conocimiento de los lectores mi caso que seguro no es el único; también habrá más de un caballero que le tocó esta desdicha, pero ustedes siempre son menos. Me llamo Demetria, tengo 45 años, soy del cálido norte, Sullana.
Mi familia me dio un nido lleno de amor. Desde mi adolescencia conocí a un policía que había sido destacado a esa zona, yo tenía 16 años, estaba en plena primavera de mi vida, todo era color de rosa, lejos estuve de imaginar que verdes me habrían de quedar los ojos de los golpes que ese mal hombre me daba cuando venía ebrio. Me llevó a Lima, primera sorpresa, tenía ya una mujer y un hijo, pero como yo era menor de edad se vio obligado ha casarse conmigo, tremendo favor que creí me hacía ¡Hoy me arrepiento!
Quedé tres veces embarazada, él me amenazaba para que no contara nada a mis padres cuando les escribía. Lloraba amargamente mi desdicha, a golpes criticaba mis quehaceres, que si quemé el arroz o que no planchaba sus camisas. Poco antes de emanciparme de mi verdugo, pedí un préstamo de dinero al Banco de Materiales para construir dos habitaciones decorosas para mis hijos; sin embargo él no cumplió con el pago a la entidad financiera, entonces decidí emigrar como muchos.
Hace 10 años de esto, en los cuales logré trabajar duro para educar a mis hijos, 2 de ellos en la vida militar y otra estudió educación. Hice mil malabares para que no sólo no les falte el pan que Daniel –mi ex marido- les negaba, pues el hijo de su buena madre, ya tenía a otra y a otros hijos. La clásica, ¿verdad?.
Tuve suerte en el negocio, mas no así en el amor. Logré conseguir el traspaso de un quisco muy bien ubicado a mi nombre, el cual me depara lo necesario para no lamentar mis necesidades. Me compré un terreno en la parte norte del Gran Buenos Aires donde construí una casita para cuando mis hijos decidan visitarme; sin embargo grande fue mi sorpresa cuando llegué a Perú y recibí un cachetazo. Nada más y nada menos que el mal padre e irresponsable de mis hijos, amparado por la ley, que lamentablemente, señores, ha sido legislada, no sé si por un grupo de machistas insensibles al respecto para con los deberes del padre.
Resulta que me ha demandado a través de su abogado una pensión y repartición de mis bienes por el único derecho de ser mi esposo legalmente, aduciendo él su delicado estado de salud, que seguro es por la vida mundana que siempre ha llevado y por ser un don Juan empedernido. Después que, como lo puedo demostrar, fui yo la que mandé el dinero con el cual mis hijos comieron, se vistieron y eduqué, mientras que él se dedicó a embaucar a más mujeres y hacer más hijos.
¿Puede haber un abogado que ampare a tamaño cliente? Y todavía tiene la caradurés de amenazar con hacer real su pedido a través del consulado, pues yo me regresé a este país, que es donde vivo y trabajo. ¿A quiénes debemos recurrir las mujeres que tenemos estos problemas? ¿Quién nos defenderá? Seguro que no será el chapulín colorado. A quién sino a Dios para que ilumine la conciencia de los que tienen que legislar y a quienes se encarguen de hacerlo cumplir. Ley que no se pone en el zapato de muchas mujeres que emigran para velar por sus amados hijos.
Amparados con la justicia, se comete este agravio contra aquellos que sólo tratan de vivir como Dios manda. Trabajar y luchar para salir adelante. No tengo otra cosa más que decir. Pondré todo lo que está a mi alcance para no dejar que me arrebaten lo que con sudor gané. ¿No les parece?

 

 

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