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| EDICIÓN
IMPRESA Nº 57 |
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OPINIÓN
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| LAS PERUANAS COMO
EMPLEADAS DOMÉSTICAS |
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Gran
revuelo causó nuestra edición N°
52 en la que salió publicada una nota que hacía
referencia a que dos muchachas peruanas manifiestan
que quieren ser más que empleadas domésticas.
La nota hacía alusión a que ellas no
se conformaban con trabajar sólo de esa manera,
sino que se estaban instruyendo a la par de laborar
como trabajadoras del hogar. Así, recientemente
se recibieron como Operadoras de Office, es decir,
adquirieron conocimientos en materia de computación,
lo cual les servirá en el futuro para tener
una mayor oferta laboral.
Este nota suscitó agrios comentarios hacia
El Sol del Perú,
pues se pensó que estábamos discriminando
y ofendiendo a nuestras compatriotas que ejercen esta
digna labor. No faltó algún colega que
me sugirió, o más que sugerir, fue un
pedido expreso, que dé las disculpas del caso,
pues me decía que estaba mancillando la intachable
faena laboral de nuestras connacionales.
Nada más absurdo, pues toda mujer, que se tiene
un mínimo de consideración, sabe que
el trabajo de empleada doméstica para ella
resulta degradante, y lo digo en el sentido de que
este trabajo requiere de menos capacitación
y formación, por antonomasia la mujer peruana
aprende desde chica las tareas del hogar; cocinar,
planchar, lavar, limpiar; y, tiene en la vida, para
cuando sea grande, otras metas y no quedarse con este
oficio; y sí requiere de un mayor esfuerzo
físico, además en esta labor la mujer
sólo se imita a obedecer y a ejecutar las órdenes
que le da su patrona. El mismo término se ha
hecho degradante, cuando las mujeres nos responden
con una tímida vergüenza “trabajo
como empleada doméstica”, que es sinónimo
de sirvienta –término éste que
está vituperado sin razón, pues el vocablo
viene de servir (servicio), y todos los que trabajamos
brindamos nuestro servicio-.
Que no se confunda aquí el término degradante
con el de denigrante, éste es hablar mal de
una persona, injuriándola o despreciándola;
y aquélla es hacer perder algo su valor, sus
cualidades; en fin, deteriorarse, subyugándose
la creatividad del que la posee. Es en este sentido,
pues, la degradación de la mujer, dado que
se degrada aquel que tiene conocimientos, cualidades
y no las puede utilizar, pues su entorno no le permite,
está coartada, limitada su capacidad cognoscitiva.
Léase bien que aquí no estoy hablando
mal de las mujeres que ejercen esa digna y sacrificada
tarea del servicio doméstico, pues nuestras
compatriotas, marginadas y excluidas del ámbito
laboral en nuestro país, emigran al extranjero
a ganarse la vida de esa manera, honradamente con
la frente en alto. Lo que estoy diciendo es que la
mujer peruana posee enormes cualidades y condiciones
y que esa labor limita su capacidad de acción;
es por esta misma razón que un gran porcentaje
de éstas, cuando tienen disponibilidad de horarios
se inscriben en institutos de enseñanza o centros
de aprendizaje de diversos oficios para ampliar sus
conocimientos (como sucedió con las dos jóvenes
inmigrantes en nuestra edición N° 52).
Por eso no es casualidad que, conocedores de su enorme
habilidad para desenvolverse en esta faceta y, además,
de su buena instrucción y alto grado de conocimientos,
es que las familias argentinas en Buenos Aires de
mejores recursos económicos, llámese
de las zonas de La Recoleta, Palermo, Barrio Norte,
San Isidro, Olivos, etcétera, prefieren contratar
a mujeres peruanas para que realicen el trabajo del
hogar de sus casas, preferencia, sin duda, dado a
su saber y a su capacidad.
Vale la aclaración entonces, y además,
porque nobleza obliga -como recuerda el filósofo
y periodista Ortega y Gasset
en La rebelión de
las masas-. Agreguemos también, ya para
terminar, aunque está de más decirlo,
pues es ampliamente sabido que muchas mujeres peruanas
realizan esta quijotesca acción -cuando acometen
la locura y deciden lanzarse al extranjero con ese
arrojo de coraje, de hidalguía en busca de
sueños utópicos que pretenden hacerlo
realidad- con la finalidad de ayudar a sus familiares
en nuestra patria, y más principalmente a sus
hijos, ya que quieren darle el mejor bienestar y educación
para ellos a costa de romperse el lomo, de su sacrificio
virtuoso de trabajar como empleadas domésticas
en el extranjero.
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