Llegando
una nueva estación en el año arribaron,
como siempre lo hacían, miles aves; pero, a
comienzos de los años 90, la cantidad se multiplicó
en proporciones nunca antes vista en la historia de
la granja sureña. Llegaron desde una granja
un poco alejada ubicada al norte, al borde Océano
Pacífico. Aves jóvenes, aves adultas,
de todas las condiciones y géneros poblaron
la granja sureña con el afán de lograr
sus sueños, de conquistar un mundo mejor para
sus descendientes.
En esta nueva granja, de la que no pensaban irse por
algún tiempo debido a los graves problemas
que sucedían en su lugar de origen, desplegaron
todas sus costumbres. Respetaban a su nuevo hogar,
pero adoraban la granja que los vio nacer. Una de
sus arraigadas costumbres era su religión:
veneraban al Ave Mayor, aquel que estaba más
allá del cielo, aquel que los cuidaba y los
vigilaba para que no se descarriaran: era el ojo omnipresente
al cual todos sus devotos podían dirigirse
para pedir perdón por sus pecados y regresar
en paz a sus nidos. Si bien es cierto que nunca vieron
al Ave Mayor, su veneración era tal que no
había posibilidad a críticas, “el
mundo es como debe ser y no hay nada que se pueda
cambiar”.
Encontraron una notoria forma de adorar al Ave Mayor:
dibujarla y llevar su imagen por toda la granja sureña
en un mes específico del año. Eligieron
el mes de octubre siguiendo uno de los miles de mitos
que nunca tuvieron una explicación lógica
pero que existen a través de los años,
haciéndose cada vez más fuerte, más
respetada, más acrítica. Al comienzo
eran pocas las que se unieron al evento de octubre.
Poco a poco, el número fue creciendo hasta
movilizar a miles de aves. Ante tal desarrollo, las
aves antiguas –las primeras organizadoras del
rito- no repararon en otorgar un lugar a las aves
nuevas que deseaban colaborar en la dirección
de la procesión: todo era manejado por las
aves viejas, éstas encontraron en dicha veneración
religiosa una importante forma de obtener ingresos,
se transformaron en aves de rapiña, aprovechadoras
de las circunstancias.
Pasaron los años y apareció una nueva
ave que se atribuyó ser la guía de todas
las demás, se otorgó el derecho de estar
más cerca del Ave Mayor, legitimaba su acción
a partir de su vestimenta y del poder que le otorga
la Escuadra del cielo que eran aves que volaban más
cerca al cielo, al que denominaremos Arzobispado.
Esta misteriosa ave era de un color distinta a las
demás, era Gris. Se otorgó el título
de guía espiritual y, con su ala misteriosa,
dirigía al conglomerado a su antojo. Al inicio
nadie criticaba, nadie dudaba del mensajero Gris.
Sin embargo, después de algún tiempo
–el cual reveló no sólo la turbia
actuación de Gris, sino su trabajo en conjunto
con las aves de rapiña- algunas aves guerreras,
pertenecientes a las aves nuevas, exhortaron a una
gran cruzada por la democratización de la organización,
de la Hermandad de aves. Lo hicieron imprimiendo sus
ideas a través de un papel –como lo hizo,
en los tiempos de la Reforma Protestante, el religioso
Lutero quien encontró en la imprenta una manera
de llegar a un mayor sector la población-.
Las aves nuevas tomaron conciencia de la situación.;
afortunadamente, sus voces –en un principio
esporádicas y sin eco- se multiplicaron por
toda la colonia. Lamentablemente, la lucha se realizó
desorganizadamente. La reacción de Gris fue
inmediata: aparentar un nuevo orden en la colonia
a través de una elección que cambaría
la Directiva. Sin embargo, nada se había modificado.
En esta ficticia democratización se incluyeron
a algunas aves de rapiña que, junto a Gris,
mantuvieron el statu quo en la organización.
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Esta rémora evitó el normal funcionamiento
de la Hermandad de las aves. Esto produjo una marcada
dicotomía en la nueva directiva. Gris apelaba
a que la organización de la Hermandad de
aves, y por ende de la procesión, debería
estar a su cargo, ya que es él quien estaba
más cerca al Ave Mayor, “si quieren
pertenecer a esta Hermandad de aves, deben seguir
mis directivas, pues esta es una institución
religiosa y deben obedecer las normas que impongo”
afirmó en más de una ocasión,
dejando bien en claro que no permitiría mayores
modificaciones. Así, desapareció la
máscara que lo encubría y expuso lo
que realmente era: un autoritario.
Las mistificaciones se hicieron más evidentes:
cuentas que no cerraban, respuestas vagas y hermetismo
en la información interna. Toda la organización
avícola se estaba desmoronando. El apoyo
no sólo de Gris, sino de la Escuadra del
cielo –el Arzobispado- estaba depositada en
las aves de rapiña.
¿Qué hacer ante semejante parcialidad?,
¿cómo cambiar la dirección
de la situación?, ¿cuáles deberían
ser los mecanismos que lleven a una verdadera Hermandad
de aves? Las aves nuevas se plantearon estas preguntas.
Hicieron reuniones, invocaron a la unión,
exhortaron a una verdadera transparencia en las
cuentas.
No obstante, sus voces no fueron tomadas en cuenta
ya que ellas eran simplemente una parte insignificante
de la granja que no tenía posibilidad al
voto. Al menos esto fue lo que reflejó la
acción de las aves de rapiña, de Gris
y de la misma Escuadra del cielo.
Sin embargo, otras acciones pueden ser posibles.
¿Por qué no formar una nueva organización
que rompa con la anterior instaurando una nueva
Directiva bajo mecanismos democráticos? Hacerlo
desde la misma Hermandad de aves es similar a pretender
instalar el comunismo en los Estados Unidos: todos
los sectores del poder estarían en su contra.
¿Entonces? Definitivamente llegó la
hora de derrumbar, de destrozar las casas de adobe
y construirlas de cemento. ¿Cómo hacerlo?
Formando una nueva Hermandad de aves que no se sujete
a los mandamientos de Gris ni de la Escuadra del
Cielo.
Ciertamente, dicha empresa será ardua y laboriosa.
Pero, si hace más de 10 años un puñado
de aves perteneciente a una granja aledaña
al Océano Pacífico formó, en
la granja sureña, lo que hoy es la Hermandad
entonces, ¿por qué no hacerlo nuevamente?,
¿cuáles son los temores que aquejan
a las nuevas aves?, ¿realmente desean trabajar
en una Hermandad democrática o simplemente
quieren seguir perteneciendo a una que no les abre
totalmente las puertas? Es fácil trabajar
en un proyecto ya iniciado, pero sólo las
verdaderas aves guerreras pueden modificar las cosas
elaborando un trabajo en conjunto sin depender de
más apoyo que –desde ya no es nada
insignificante- toda la colonia que espera que estas
nuevas aves tomen las riendas de la situación.
Mientras sigan los debates entre todas las aves
de la Hermandad, Gris y sus rapiñas se seguirán
burlando de los tímidos intentos que hagan
las nuevas aves. Igual, ellos seguirán beneficiándose
de la apatía de las aves nuevas. Sólo
una verdadera acción logrará el beneficio
que desea toda la colonia. Los problemas no se resuelven
con palabras ni discusiones, y menos aún
cuando existe un lado que no escucha. Afortunadamente,
las aves nuevas tomaron conciencia de la situación,
pero les falta lo más importante: la acción.
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