SEGUNDA PARTE

 

 

 
 

21 (veintiuno)

De poetas y de locos

 

Son increíbles algunas cosas que le pasan a Julia, realmente originales. Más de una vez le hice repetir la historia que voy a contarles, no porque no le creyera, creo en Julia, en general (- ¡¿En general?!).

Reconozco que la historia no corresponde al estilo de historias, o mejor dicho de “argumentos”, que a mí me gustan narrar; pero así parece que ha sido la fantástica manera en que Julia volvió a encontrarse con Mayra I. (la francesa, la de Gabriel), en fecha reciente. No puede compararse ni en su calidad ni en su forma con encuentros o reencuentros famosos, como el de Romeo y Julieta en el particular cementerio de Verona; el de los cuchillos borgeanos de Juan Almanza y Juan Almada en el fragor de la pelea; el de la Beatrice con su Dante en el perfecto Paraíso; el de Margarita y su amado Armando en la agonía de la tuberculosis; el del famoso ladrón, Arsenio Lupin, y el famoso detective, Sherlock Holmes; el del Dr. Fausto con su demonio, o el del Dr. Jeckill y Mr. Hyde... No, nada de eso; no debemos hacer comparaciones impropias que, de una manera u otra, desmerecerían esta... un tanto original, para repetir un calificativo por demás ajustado a la situación tan particular que quiero narrarles (-… Perdón, ¿y por qué ha tomado la palabra?). Sin embargo, dejando los detalles de lado, nos es de gran utilidad, para poder continuar con esta extraordinaria novela (Se lo agradezco…), contar con la extraña posibilidad de que Julia tenga contacto con uno de sus personajes, del cual, sin duda, hubiéramos perdido el rastro, si no hubieran tomado de pura casualidad el mismo avión. Cabe confesar que el encuentro del Capítulo 17 fue por demás increíble, pero este reencuentro con la historia de Mayra I. del 21, no va a dejar de sorprender al estimado lector. Vayamos, pues, a narrar lo que realmente sucedió:

La esperaba desde hacía rato, desde hacía un buen tiempo, sobre todo para una escritora que está escribiendo una novela y que tiene años y años en blanco de un personaje por demás fundamental, y que no se le ocurre la más mínima idea de qué le ha pasado desde la última vez que la pensó. Le había dado su teléfono en el medio de un aeropuerto lleno de empujones y de abrazos, y no estaba muy segura de que ese momento hubiera sido real (¿real?), de que su sensación insólita de que Mayra se había corporizado y había dejado los bordes borrosos y fantasmagóricos característicos de los personajes verdaderos (¿verdaderos?) no fuera solo un engaño. Tenía miedo de que no la llamara o porque nunca había existido tal encuentro o porque el papelito con el teléfono se había perdido en el tumulto de volver a la tierra, de pisar por fin el mundo real (¿real?), o porque, simplemente, a ella no le importaba comunicarse con una circunstancial compañera de viaje. Esa era la desventaja (yo ya se la dije, pero no he conocido persona más tozuda que Julia (¡Por favor, no me diga que no ha conocido escritores tanto o más tozudos que yo!): los personajes no pueden armar su vida; uno tiene que dársela, quitársela, complicársela y hasta devolvérsela (si conviene); es la única manera de que respondan a las reglas, la única manera de manejar con autoridad una historia... Pero ella, que no, que no es así, que es su vida y no la mía, que la libertad y toda esa insoportable cuestión... ¡Así pasan las cosas que pasan!

Bien, pero no nos apartemos de nuestro relato, porque créase o no, una vez más Julia se las ha ingeniado para encontrar a Mayra I.

Julia, como ustedes imaginarán, es una amante de la buena literatura. Sin embargo (y para mi sorpresa), le interesa sobremanera otro tipo de manifestaciones (no sé cómo llamarlas...)... sumamente populescas y de escaso nivel, hasta chabacanas (¿Puede dejar los despectivos de lado?), como las telenovelas, las revistas femeninas o los programas de cocina. Sí, es contradictorio, pero es la verdad (¿verdad?). Bien... a pesar de mis juicios, este asunto de las inclinaciones un tanto reprobables de Julia hacia la cursilería le ha dado un insospechado hilo argumental para superar uno de los laberintos de nuestra novela (¿nuestra?).

Pasemos a los hechos...

..................

 

Estaba Julia descansando un domingo a la mañana, después de un frugal desayuno, leyendo una revista junto al balcón, un poco todavía adormilada por el sol invernal de una primavera que se resistía a llegar a Buenos Aires (40).

Comencemos de nuevo...

- Julia, ¿querés leer la Nosotras?

- Bueno... ¡Otra vez Susana Giménez! Les alquiló la tapa a estos...

Nosotras... Le venía bien: era justo lo que necesitaba para desvincularse, por lo menos un domingo, de todo lo que se acercara a una preocupación, a un impuesto que había que pagar el lunes, al arreglo de la heladera, a la corrupción en el Senado o a una mínima decisión que no fuera la de dar vuelta las páginas con la atractiva frivolidad que habitualmente le inspiraban ese tipo de revistas. Ya sabía que estaban mal escritas, que la cursilería se filtraba en cada milímetro de las notas y las fotos de los famosos, que nada iba a aprender más que la insólita existencia de cierta gente que vivía de fiesta en fiesta y que siempre estaba espléndida, deslumbrante y con una pareja nueva que era el amor de su vida, que por fin llegó.

(- ¿Satisfecha? Parece que la hubiera escrito usted...)

 

Sin embargo, algo la hizo detenerse...

 

 

Una nueva entrega de “Nosotras” de la novela de

Claudia Clavel

 

MEMORIAS DE UNA AZAFATA

 

 

(1)

 

 

 ¡La historia de Mayra Imar..! No podía creerlo; era prácticamente imposible encontrar así, por casualidad, en el medio de páginas y páginas insustanciales algo que había buscado casi sin esperanza. Se había imaginado que su personaje iba a llamarla después del encuentro en el avión, o que ella, Julia, iba a ir finalmente a buscarla, violando todas las discreciones, al departamentito de las plantas muertas, en Callao y Santa Fe... Pero nunca se hubiera imaginado reencontrarse con la historia así...

Parece que Mayra I. no se conforma con un solo autor, pensó...

 

(2)

 

Y allí terminaba la “nueva entrega de Nosotras”, pero Julia estaba absolutamente segura de que no se equivocaba, que esa era la misma Mayra, la misma historia que estaba buscando desde que Néstor Imar la había arrancado de los brazos de Gabriel  (41). También estaba absolutamente segura de que no iba a poder esperar una semana o lo que fuera para saber cómo seguía la historia y hasta dónde Claudia Clavel sabía lo que había sido de Mayra Imar, en esos casi dieciocho años en blanco que la separaban de su personaje.

Ustedes conocen la tenacidad de Julia... Primero, buscó en la guía telefónica: veinte Clavel, veinte números y la misma respuesta (“Aquí no vive ninguna Claudia”). Cuando llegó al número veinte pensó que nadie medianamente cuerdo le pondría a una hija “Claudia”, si su apellido era “Clavel”... que Claudia Clavel era un pseudónimo. ¿Cómo encontrar a alguien, si uno no sabe su nombre?; se imponía la pregunta borgeana... Pero Julia es muy moderna, muy actualizada; inmediatamente pensó en el e-mail... ahora, en las revistas, se usa dar el e-mail, para mostrar que también el público femenino puede interesarse por las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación... ( -Un poco sarcástico, ¿no?). Por supuesto, no se equivocó; las revistas femeninas hacen exactamente eso. Al final de la página en cuestión encontró este mensaje para las inquietas lectoras de Nosotras

 

Si querés comunicarte con Claudia Clavel, no dudes en escribir a nuestro e-mail: [email protected]

  

Y Julia no lo dudó...

 (18)

Sin lugar a dudas, Claudia Clavel era de ese tipo de personas que abre su e-mail cada media hora, o eso es lo que nos conviene para terminar con una buena incógnita el capítulo XXI...

 (19)

A Julia le pareció imposible que Claudia Clavel le hubiera creído; a mí, por supuesto, no...

 

 

22 (veintidós)

1940

 

 

- ¿Me acompañás?

- No sé... estoy con el período y no me siento muy bien... Una desilusión más, otro mes sin noticias...

- No te desesperes, Marcela. Ya va a llegar; todavía sos joven y...

- Todavía nada... He perdido las esperanzas. Es más, creo que Alvaro y yo cada vez estamos peor. No sabés las discusiones que tenemos por este asunto. El otro día me dijo que una mujer que no puede tener hijos no es una verdadera mujer, que todos sus amigos ya son padre y que él...

- Pero, ¿qué quiere? Los médicos ya te dijeron que todo está bien, que no ven nada anormal. Estamos en 1940, y la medicina está muy avanzada. Hay que esperar. Tenés 29 años, tenés tiempo...

- Hace siete años que me casé, Amalia, siete años... Alvaro no está en todo el día, cada vez está menos. La fábrica lo absorbe... Un hijo hubiera sido la forma de retenerlo en casa, de que volviera con ganas. Parece aburrido, vacío conmigo. Ya no sabemos de qué hablar. Solo hablamos cuando nos peleamos. Si no, el diario en el desayuno y la radio a la noche... Nada más...

- Así, no van a conseguir nada... Los hijos no vienen del aire...

- Cuando lo hace, lo hace por obligación; estoy segura, por obligación, para ver si quedo... ¿Y cuándo no quiera esperar más y se busque a otra?

- ¡Por favor! Mi hermano sería incapaz...

- No sé... El otro día le encontré una mancha de rouge en la camisa.

- ¿Estás segura?

- No del todo, pero...

- ¡Ves, Marcela! No destruyas tu matrimonio con esas desconfianzas.

- Es que vos sabés... ¿Qué haría sin Alvaro, sin ustedes? Mamá murió cuando era una nena, no la recuerdo; de mi padre nunca tuve noticias. Mi abuela me crió, con toda la amargura de una mujer abandonada. Ella debe haberme creado este miedo que tengo de que me dejen sola, como ella se quedó cuando mi abuelo dio aquel portazo que nunca me voy a olvidar.

- ¿Se pelearon?

- Siempre se peleaban. Mirá que yo era chica, pero me acuerdo de los gritos, de los reproches.

- ¿Y por qué se peleaban?

- Había algo, algo muy serio ahí... Tenía que ver con mi mamá y con mi padre; ella le echaba la culpa de la muerte de mamá, me parece. Ahora, con el tiempo, me imagino, no sé por qué, que el de ellos fue un amor prohibido, que mi abuelo no aceptó, y que la hizo sufrir mucho a mamá hasta enfermarla... ¡Qué imaginación!, ¿no? ¿Serán los radioteatros? Mi abuela no debe haber podido perdonarlo.

- Te voy a decir algo, Marcela... A vos te criaron con hiel en la sangre...

- ¿Y vos pensás que por eso no puedo tener hijos?

- Bueno, no sé... No quise decir eso... Alvaro tendría que haberte hecho olvidar de todo.

- Alvaro es muy frío conmigo, Amalia. Siempre lo fue... Yo lo sabía, pero cuando me propuso matrimonio me sentí tan segura... ¡Qué alguien se fijara en mí! Una mujer se siente muy segura cuando un hombre se fija en ella... No sabés lo que fue... Una familia de la posición de ustedes...

- Vos sos una Yrigoyen.

- Justamente... una Yrigoyen en plena quiebra; cuando Alvaro me encontró, cosía para afuera, ¿te acordás?

- “Amo a una mujer no a una Yrigoyen”; eso le dijo a papá cuando le habló de vos... Vos sabés lo que los Anchorena piensan de los Yrigoyen; está bien que ustedes nunca tuvieron relación con esa familia, pero... Los conservadores son así...  Recuerdo perfectamente cuando Alvaro te defendió ante todos nosotros. Dijo que el apellido no importaba; que un apellido no significaba nada, que lo importante eran las personas, no el nombre. Nunca me voy a olvidar; me impresionó ese día... Te casaste el año en que se murió Hipólito Yrigoyen, en el momento más difícil. Si no te hubiera amado, ¿pensás que Alvaro te hubiera defendido así? El te amaba, por lo menos en ese entonces te amaba... Ningún otro motivo puede haber justificado el casamiento  (42).

- No estoy segura... Yo no sé nada de política, pero tal vez solo haya querido tenerme para vengarse en mí de todos los radicales... ¿No son así los conservadores?

- Exagerás... Bueno, ¿me acompañás o no? Tengo muchas expectativas en este trabajo; el director de la Revista me espera a las cinco. Me daría más confianza ir con vos.

- ¿Qué cuento le llevás?

- Uno romántico. Me dijo que prefería ese tema para la revista.

- Hay pocas mujeres que se atrevan a trabajar. Alvaro me mataría, si quisiera hacer algo así.

- Por eso no me caso, cariño... Nadie me va a decir lo que tengo que hacer... Pero no se lo digas a mi hermano; hay cosas que la familia no entendería.

- Yo tampoco te entiendo demasiado, Amalia.

- De todas maneras tengo pocas posibilidades; las mujeres escritoras no parecen tener mucho futuro...

- ¡Por qué no! Mirá a Silvina Ocampo...

- Y encima se acaba de casar con ese churro (25).

- El tan buen mozo y Borges tan feo... Bueno, me pongo el sombrero y te acompaño.

- No te vas arrepentir...

................

 

1940. La Guerra de Europa inundaba las radios, pero Buenos Aires, la clase tradicional y acomodada de Buenos Aires, vivía muy tranquila y muy aristocrática, lamentando no poder hacerse un viajecito en barco al viejo continente por los disturbios, pero serena de no participar de ellos, de opinar sin compromisos y de solo escucharlos o leerlos en los diarios, neutra de toda neutralidad. No veían a los exiliados, a los que habían conseguido escapar de la Guerra de España, a los anarquistas, a los socialistas, a los comunistas, a los que se escondían en las esquinas, que soñaban con su país, con otro país; o a los otros, a los que habían venido a “hacerse la América” y que se amontonaban en los conventillos (pagándole el negocio a los que supieron hacerlo), a los españoles, a los italianos; ni siquiera veían que allí, en esos rincones, estaba naciendo la Argentina, la verdadera, la que no vio ni Mendoza ni Garay, la que fundaron los inmigrantes por tercera vez y para siempre...  No veían, claro que no, a los obreros de las fábricas, a los peones de las estancias; ni siquiera a la clase media, a los Pérez García, que gritaban su condición en la radio y que intentaban ignorarlos con secreta admiración. Se fanatizaban, es cierto, en contra de Ortiz, de sus violentas e inexplicables denuncias contra los fraudes en las provincias; lamentarían circunspectos el recrudecimiento de su diabetes, su viudez temprana, su oportuna e inaceptable renuncia; casi en un murmullo, aplaudirían la llegada de Castillo, la dictadura  de Batista en Cuba, y se entretendrían con los triunfos de Fangio, las soluciones a los “Seis problemas para Isidro Parodi” o los inventos de Morel; hasta se morirían de risa (como todos, pero en secreto) con la recién nacida Catita o con las aventuras de Patoruzú.

La vida no es tan difícil para los que siempre tuvieron dinero y parece que siempre lo tendrán... Para los otros, para los que también forman parte de esta, nuestra historia, la historia de Mayra I., las cosas no son tan simples... 

.................

 

- ¿Qué te pareció?

- Malo...

- Es una Anchorena...

- Aunque fuera una Alzaga Unsué o una Pérez García, el cuento es malo. No tiene consistencia argumental, no tiene interés, está mal escrito... ¡Qué más te puedo decir!

- Le pedí que trajera otro, uno más romántico. Tengo que subir las ventas, nos vamos a fundir... Nos vendría bien incluir un apellido elegante entre los colaboradores... Las mujeres de la clase media sueñan con los apellidos elegantes...

- No creo que la Señorita Anchorena tenga la posibilidad de escribir dos palabras juntas como la gente... Perdoname, Octavio,  vos sos el director y hacés lo que querés, pero yo no daría un mango por este cuento.

- No creo que esté en busca de plata; eso le sobra.

- Entonces, busca fama. Sea lo que sea, el apellido no basta. Un nombre termina no siendo nada...

- ¡Che! ¡Qué lapidario! Después de todo nuestra revista...

- Ya sé, ya sé... No es Sur ni mucho menos. Es Hogar y Sociedad... ¿A quién se le ocurrió ese nombre?

- A vos, Ramiro, a vos...

...................

 

La redacción se llenó de perfume, del francés, del mejor a pesar de la guerra; no se podía adivinar cómo hacían algunas mujeres para seguir consiguiéndolo; no se podía ni imaginar cómo las envidiaban todas las otras. Se llenó de perfume y del murmullo de las discretas plumas de los sombreros y de las curvas con las que soñaba Divito y que a veces se hacen realidad. Y entraron los trajes primorosamente planchados, las camisas flamantes, los tacones aguja, las medias de nylon... bueno, no estoy segura de que las medias de nylon ya se usaran en el ’40, pero soñémoslas así, es más apropiado... La redacción se inundó de cierta escondida admiración que, indudablemente, despertaba esa combinación ideal: ser una mujer y tener dinero en la cartera. Ellas entraron como si no lo supieran, como si no fueran conscientes de lo que significaban, como si todo fuera absolutamente natural, como si todo el mundo viviera en las mismas condiciones; tal vez no lo sabían; hay que disculparlas: es posible que no lo supieran.

Claro que la actitud de una y de la otra era muy diferente.

Amalia Anchorena estaba fascinada por ese mundo de la tinta y del papel; el corazón se le salía por la boca de solo pensar su nombre en letras de imprenta, de solo entrever la cara de su padre cuando le mostrara su cuento publicado en la revista, de solo imaginar que ella, Amalia, había podido desafiar las estructuras de su mundo algodonado. Sentía también, por supuesto, otra secreta fascinación: la que le producía Octavio Ortiz, y no precisamente porque hubiera aceptado leer su cuento...

Marcela Yrigoyen, en cambio, un paso más atrás, imponía una indiferencia  atroz; no estaba muy claro si era por timidez, por desprecio, o simplemente porque le importaba poco o nada lo que sucediera a su alrededor. Ella parecía no estar o estar allí por compromiso, absolutamente fuera de lugar. Sin embargo, repito, se imponía... tal vez la estatura, el porte, algo distinguido que la acompañaba... parece que no está vestida, que está dibujada... Eso era Marcela, un dibujo perfecto.

Preguntaron por el Sr. Ortiz; las hicieron sentarse con cuidada amabilidad en los silloncitos de cuero bordó, estratégicamente cercanos a la entrada. Las dos empleadas de la redacción, las que tipeaban sin cesar y sin mirar las teclas, les copiaban el modelito para contarlo después a las amigas; los hombres, unos cuantos, por un minuto se olvidaron de los puños llenos de tinta, de los dedos manchados, de que las cuentas no le daban al Director; se semisonreían, pensando... bueno, ya saben... Ustedes saben como es esa semisonrisa.

 

- Adelante, el Sr. Ortiz las espera.

..................

 

- ¿Usted me quiere decir que no hay posibilidades de publicar el cuento?

Octavio la miró a los ojos. Trataba, en general, de no mirarla a los ojos; cuando lo hacía más de un minuto, sentía que nada podía hacer, que no podía decirle que no, que te publico lo que quieras, aunque me funda...

- ¡No, claro que no! No dije eso... Vamos a ver lo que me trae hoy...

- Es de corte romántico, como me dijo...

- Voy a leerlo con sumo interés, Señorita Anchorena...

- A mi cuñada le gustó mucho; ella es una excelente lectora de  revistas como la suya... No se pierde un número de Hogar y Sociedad... ¿No es cierto, Marcela?

Como supondrán, Marcela nunca había visto una página de la bendita revista.

- Sí... Es apasionante su revista Sr. Ortiz.

No le creyó.

- Se lo agradezco... Espero que la recomiende entre sus amistades.

- Así lo hago.

La puerta se abrió.

- ¿Conocen a mi socio? Les presento al Secretario de Redacción de Hogar y Sociedad...

- Encantada, Amalia Anchorena.

- Mucho gusto, Marcela Yrigoyen.

-         Un placer conocerlas, Ramiro Iñiguez...

(- ¿Se darán cuenta?)

 

..................

 

- ¡Viste cómo te miró!

- Yo no vi nada...

- Porque no querés ver...

- ¡Por favor, Amalia! Ni lo digas en casa... Alvaro me mata...

- Tal vez un poco de celos no le vendrían mal...

- ¡Ni se te ocurra comentarlo!

- Está bien, está bien... Por supuesto que no voy a comentarlo. Pero yo te aseguro que Ramiro Iñiguez te devoró con los ojos...

 

23 (veintitrés)

Reencuentros

 

 

 (20)

- Me caso en un mes.

- ¡En un mes! ¿Con quién?

- Con Javier...

- ¡Con Javier! ¿El del cole? No sabía que...

- ¿Qué vas a saber vos, Mayra? ¿Si nos vemos cada muerte de obispo..? En cinco años, te vi tres veces como mucho...  ¿Estás casada o estás presa?

- ...

- ¿Sos feliz, Mayra?

- Vos sabés cómo yo quería casarme con Julián.

- Yo  no sé si querías casarte con Julián o con lo que Julián significaba, que no es lo mismo. Te lo dije en ese momento y te lo vuelvo a decir, Julián...

- Julián es un hijo de puta.

Pilar se sorprendió. Nunca la había escuchado a Mayra decir una palabra más alta que la otra. Casi no la reconocía en la indignación que le enrojecía la cara, que le ponía en los ojos lágrimas de furia. Pensó que, por primera vez, veía detrás de Mayra a la otra, más decidida, más palpable, más concreta, a la Mayra que siempre estuvo esperando.

- ¡Por fin! Bueno, no llores, contame; que lo hayas dicho...

-  No puedo creer que pude decirlo, que finalmente pude decir lo que siento por él... Solo desprecio y furia siento por él... Hace cinco años que no hace otra cosa que humillarme; desde la noche de bodas, cuando descubrió que no era virgen.  No sabés las cosas que me dijo... Desde esa noche, nunca más me tocó...

- ¡Nunca más!

- No... Tiene otra; tiene un hijo con otra... Lo tuvo dos meses después que nos casamos...

- ¡Viste! ¡Viste que yo lo había visto en Punta del Este! ¿Por qué no me escuchaste, Mayra?

- Porque tenía miedo. Hace cinco años, yo tenía un sueño: ser feliz. Me había armado muy bien mi historia, cuando estaba encerrada en el colegio de las monjas; fue la mejor manera de superar la muerte de mamá, supongo. Pero cuando salí, todo era diferente a lo que había imaginado. No teníamos plata, apareció mi hermana, Nelly enfermó, quisieron matarla, y yo me quedé muy sola. Ya sé; estaban Mario y su madre, estabas vos... Pero yo tenía la estúpida esperanza de que si cumplía con mi historia, con la que yo había soñado, todos los problemas iban a esfumarse...  ¿Me entendés?

- No del todo... No lo nombraste a Aníbal. ¿También te asustó Aníbal?

La miró muy de frente entre las lágrimas.

- Fue lo que más me asustó... Si yo seguía viendo a Aníbal...

- Hubieras tenido que construir tu vida, luchar por ella, jugarte...

- Y yo ya la tenía solucionada. Aníbal no tenía un peso, era un colectivero... Nada más lejos de un príncipe azul. Yo sé que todo lo que te estoy diciendo es terrible, Pilar. Soy una cobarde, pero ya no tiene solución.

- ¡Por favor, Mayra! ¡Esto no es una condena! No tenés que pagar ninguna culpa. ¡No me digas que te sentiste culpable por el bendito asunto de la virginidad!

- ...

- ¡Sos una pelotuda! Te trabajó bien la moral, Julián.

- Me sentí culpable; durante mucho tiempo, hasta me convencí de que tenía razón, de que él me quería y de que yo lo había desilusionado. Todavía pienso...

- ¡No lo puedo creer!

- Julián me quería  (43), Pilar, dame la chance de creer en eso... Si no...

- ¡Pero te tirás toda la mierda vos! ¡Si hasta tenía un hijo! ¡Por favor!

- El me dijo que lo del hijo fue una equivocación, que se hacía cargo de eso... Me pidió que me hiciera cargo de lo que yo había hecho.

Pilar hacía gestos de impaciencia; nada la ponía más impaciente que las mentes metidas adentro de una cajita (como ella las llamaba).

- Está bien, Mayra, está bien. Estás metida en una cajita... No discutamos más; debés tener sangre vasca vos...

- Ni siquiera sé qué sangre tengo...

- ¿Y por qué no empezás a ocuparte de averiguarlo?

- Porque es tarde... Pasó mucho tiempo...

- ¿No supiste más de ella?

- No... Todo fue tan precipitado con Julián... Te confieso que a veces siento que todo fue un sueño, de esos que tengo yo; algo que vi en la ventana y que nunca va a ser verdad.

- ¿Y las cartas?

- Nunca más las busqué... Le conté a Julián antes de casarnos que había leído esas cartas de mamá a Nene, tan misteriosas. Parecía muy interesado en saber quién las tenía...

- ¿Le dijiste?

- No... No lo quise comprometer a Mario... Le dije que se las había llevado Gabriel. Todos estos años me ha insistido, no entiendo por qué, en que tratara de recordar el apellido de Gabriel; pero por suerte, yo no lo sé...  El cree que soy tonta, que no me doy cuenta... El me desprecia, Pilar, y eso es lo peor que puede hacer. Yo siento que algo pasa con esas cartas...

- Algo, ¿cómo qué?

- Algo...

- ¿Y de tu hermana, te habla?

- Hace tiempo que ya no le menciono a mi hermana... Muchas veces me amenazó...

- ¡¿Te amenazo?!

- Sí... Me dijo que si seguía con esa estupidez, iba a conseguir que me dejara.

- ¡Qué te deje! ¡Sería lo mejor que te podría pasar!

- Por favor, Pilar...

- ¿Y por qué te iba a dejar si buscás a tu hermana?

- Porque no existe, porque es una historia ridícula y cursi la que me imagino, porque mi verdadera historia es muy simple: yo soy una chica que tuvo la suerte de encontrarse con un tipo de plata y...

- ¡Basta, Mayra! ¡No lo aguanto más! ¿Vos aceptás que Julián te convenza de todo eso?

- No... Pero, ¿qué puedo hacer?

- Leer esta carta que te traje... Eso podés hacer...

...................

- Hay que esperar...

- ¿Esperar? ¿Qué? No la vas a encontrar nunca. El tipo es muy vivo; la esfumó en el aire... ¿No hay otra manera de hacerlo?

- No... No sirve una sola, necesito a las dos. El rompecabezas no cierra con una sola, y ese hijo de puta lo sabe...

- Pero hace cinco años que la estamos buscando... ¿Y si está muerta?

- No está muerta.

- ¿Y por qué no?

- Es su hija... No me mires así... Es un hijo de puta, pero ella es su hija.

- ¿Y las cartas? ¿Estás seguro de que existen las cartas de Nene?

- Yo te puedo asegurar que Perla las recibió; me las leía... Si pudiéramos encontrarlas, estaría atrapado.

- Ni siquiera pudimos recuperar las de Perla...

- Es que lo tenemos que encontrar a ese Gabriel...

- ¿Te das cuenta, Carlos, que hay demasiadas piezas que no tenemos? Ni siquiera sabemos el apellido de Gabriel; la estúpida no lo recuerda o nunca lo supo... ¿Y si lo dejamos? No aguanto más con Mayra; a veces, me desprecio por despreciarla tanto... y ella tan sumisa, tan poquita cosa... Me da pena...

- ¡No me hagás reír! ¿Así que te da pena? Bien que te enculaste cuando supiste que no era virgen. No hay nada qué hacer: a los machos nos gustan los estrenos. ¡Te quería mucho, pero debutó sin tu permiso, pibe! ¡La monjita! ¿Habrá sido con un cura, che? ¡Andá a saber!

- No digás pelotudeces... Ella está loca por mí; siempre lo estuvo... No podría querer a nadie más.

- ¡Perdón, no te quise ofender! Mirá, Julián, desde que salí, desde el mismo día que salí de la cárcel, me prometí que iba a vengarme de ese hijo de puta, que me hizo comerme esos años en cafúa, que le hizo comerse a mi mujer y a Francis toda esa desgracia; por eso pasó lo que pasó... Para eso necesito las cartas de Perla y Nene y a las dos hermanitas. Con eso lo destruyo; la venganza tiene que ser completa, ¿me entendés?, completita... y lo voy a conseguir.  

- Lo de las cartas lo tengo claro, pero lo de las dos...

- Son iguales...

- ¿Y?

- ¿Qué mejor manera de demostrar que tu mujer es su hija? Tu mujer tiene el mismo derecho a la platita de Imar que la otra. Y es tu mujer, ha entrado en nuestra familia... ¿entendés o todavía necesitás más explicaciones?  (44)

 (8)

Cuando Mario la vio recortarse en la puerta, como una sombra en la luz del pasillo, le pareció imposible lo que veía... No podía creer que, después de cinco años, todo su deseo, todo entero, apareciera allí como si nunca se hubiera ido. No podía creer que estuviera allí tan intacta y tan distinta: con los mismos ojos, pero más tristes; con un poquito más de ojeras, un poquito más de maquillaje y un poquito más de resignación. Intuyó que ella había aprendido algunas cosas: a pintarse la boca, a comprarse ropa cara, a subirse a zapatos de cabretilla; intuyó que había perdido otras, o las tenía olvidadas... Supo, con solo verla, en un instante, que ella no era feliz. Pensó que él se lo había dicho, que te lo dije Mayra, que mamá también te lo dijo, que por qué no nos hiciste caso...

- ¡Mayra!

- Me reconociste...

- ¿Cómo no te voy a reconocer?

- No sé, pasó tanto tiempo... Todo cambió tanto...

- Vos sos la misma... Otro peinado, otra ropa, pero la misma... Yo no me olvidé de vos, Mayra.

- ... ¿Y tu mamá?

- Bien... En España. Se fue hace un mes. Fue a vender unas tierras. Por suerte, nos apareció una herencia, chiquita, pero algo es algo... Las cosas están difíciles, acá.

- ¿No tenés clientes?

- No muchos... Bueno, te confieso que ninguno. Estoy trabajando en un banco; nada que me entusiasme demasiado, pero no me queda otra. No soy un yuppie, precisamente... ¿Y vos, Mayra?

- ¿Yo? Nada que me entusiasme demasiado, tampoco...  

¿Y Julián?

- ¿Y Julián?

Nada, Mario, nada...

- Nada... Julián, nada... En estos cinco años, me he acordado muchas veces de vos, de tu mamá, de Nelly, de todos los que me decían que estaba cometiendo una locura... Pero fue así, ya no hay arreglo...

- ¡Tenés veintitrés años, Mayra! No digas eso... ¿Querés un café?

................

- ¿Las cartas? ¿Las de Gabriel? Sí, claro que las tengo; las guardé muy bien todos estos años... Suponía que, a lo mejor, alguna vez, vos querías recuperarlas. Son tuyas, Mayra, son parte de tu historia. Tu hermana desapareció por esas cartas.

- ¿Estás seguro?

- Absolutamente seguro... Quizás, empezar a reconstruir tu historia, sea la mejor manera...

- De encontrarme, de por fin saber quién es Mayra, ¿no?

 

24 (veinticuatro)

El amor tiene cara de mujer

 

No me diga que no me entiende, que no se da cuenta de lo que puede sentir una escritora que escribe una novela y se imagina a otra escritora que escribe una novela con un personaje suyo; no me diga que, usted, no se da cuenta de cómo me siento. Yo pensaba que iba a verme a mí misma, a verme en lo que me hubiera gustado ser, a ver a la otra, a la de los sueños, a la que se proyecta como un fantasma o como una sombra en el medio de los deseos. Esa era la idea; para eso suponía, usted me entiende, que había aparecido Claudia Clavel. Ya sé... Usted pensará que no es un ideal escribir novelas algo cursis (reconozcámoslo) en una revista del tipo de Nosotras; sin embargo, a mí me parece absolutamente apasionante. Imaginar novelas que devoramos, nosotras, las mujeres, por solo el hecho de moquear un poco (bueno, si no le gusta moquear, podemos poner emocionarnos, se puede adaptar, como usted quiera), de sentir que se nos oprime el corazón, de que no hay nada mejor que llorar bien llorada una historia, aunque una se haya muerto de envidia con Cien años de soledad o Las ruinas circulares... Así que yo que vi y reví y requetelloré con El amor tiene cara de mujer (no saque la cuenta, tengo 47), iba a encontrarme con Claudia Clavel, como si fuera a encontrarme con un paradigma (para usar una palabrita de moda) o con un arquetipo (para usar una palabrita literaria). Y me la veía alta, morocha, fumando con boquilla, elegante, delgada y atemporal, llena de joyas y de pieles, exótica, con sombrero, claro, segura de sí misma... una mujer brillante; lo que usted se imaginaba.

Por eso, cuando entré a la Opera, pensé que no había llegado, que se había olvidado de la cita, que los e-mail son muy eficientes pero que no son lo mismo que el teléfono (¿no le ha pasado a usted?), por supuesto que no...

Sin embargo, allí estaba aunque ni usted ni yo fuéramos capaces de verla, en el enjambre de plantas decorativas (es una manera de decir), de mozos un tanto cansados, de mesitas hartas de escuchar que la vida es dura, de cafés por la mitad, entibiados por el tiempo de la espera o de una discusión murmurada, de personas de todo tipo, del que quiera, de todas las personas que pasan a diario por Corrientes y Callao, zona franca, ¿no?, para las clases sociales... Yo buscaba, como usted se imagina, a la dueña de la vida de mi personaje, de esos años en blanco que no podía ni siquiera imaginar, como si estuviera por encontrarme con Agatha Christie, con una de las hermanas Bronté o con Isabel Allende (no, lo retiro, con Isabel Allende, no: se va a enojar si la meto en este paquete). ¡No cualquiera tenía derecho a contar la vida de mi personaje!

Me senté en una mesita en el medio del gran salón; nunca me pareció tan grande La Opera... ¿Cómo iba a reconocerme? Yo a ella, claro: en cuanto viera un sombrero, me lanzaba; pero ella... ¿cómo iba a reconocerme, si soy de lo más... de lo más... ¡normal!? Nunca había pensado que Claudia Clavel también podía haberme imaginado a mí... Y me quedé de lo más sentadita, de lo más compuesta, esperando no sé qué. Supongo que el sombrero entrara, finalmente...

.................

 

- ¡Julia! ¿Es usted, verdad? La reconocí inmediatamente... Claudia Clavel, encantada.

No es necesario que le diga que la mentada Claudia tenía todo el aspecto de una señora que va el domingo al supermercado, que tiene por lo menos tres hijos y que ha conseguido con los años unos cuantos kilos que lleva con dignidad; eso sí, con mucha dignidad, como cualquiera de nosotras. Lástima ese pelo “rojo televisión”, la boca demasiado, demasiado pintada de bordó y la cantidad extraordinaria de anillos en los dedos; me pregunté, si también se los habría puesto en los pies. No es por criticar, usted me entiende, pero detesto a las mujeres que se ponen tantos anillos... y más cuando tienen dedos rechonchos... Por otra parte, era petisita, con anteojos exageradamente grandes (como los de los ’60-‘70, ¿se acuerda?) y parecía simpática, eso sí...

Me levanté como si... Bueno, usted ya sabe...

- Encantada... Creí que no había llegado...

- Es que nos olvidamos de darnos una contraseña, pero cuando la vi, supe que era usted.

- ¿Por qué?

Esperé que me dijera: por su porte, su elegancia, su mirada misteriosa...

- Porque miraba para todos lados.

.................

 

- No, no es cierto... Nunca fui azafata. Toda la vida fui gordita y no puedo decir “sí” en ningún idioma más que el español. A los de Nosotras les pareció divertida mi propuesta, nada más...

- Entonces, ¿no es verdad lo de Mayra?

- ¡Por supuesto que sí! Una de mis hermanas vive en París, y yo voy a visitarla muy seguido... Ella me paga el pasaje; como sabe, nadie se hace rico escribiendo...

Lo suponía...

- Fue a mediados del ’83. Yo era la tercera en el asiento; en medio de la noche, se puso a gritar y una azafata la despertó. Lo único distinto es que me contó a mí su historia, no a ella...

- ¿Y qué le contó?

- Bueno, que el tipo que la acompañaba la había secuestrado, que su padre le había pagado, que no sabía adónde iba. Estaba desesperada.

- ¿Le habló de Gabriel?

- ¡Por supuesto! Y de las cartas también...

Como usted se imaginará, en ese momento comprendí que no me había equivocado al suponer que Claudia Clavel sabía lo que yo necesitaba saber. No había duda: mi Mayra era su Mayra.

- Al principio, no entendía nada; es más: hay algunas cosas que no entiendo todavía...

- Sí, es una historia un poco complicada. Lo reconozco.

- ¿Se la debe a usted?

- Sí... no... no sé. Los personajes deciden, también, ¿no?

- Es posible. Todavía no lo tengo del todo claro. Bueno, ¿en qué puedo ayudarla?

- La historia de Mayra, hasta esa noche en el avión, creo conocerla bastante bien... No sé nada de lo que le pasó después...

- Pero yo sí... Hasta que dejé de verla, puedo darle datos bastante interesantes.

Evidentemente, disfrutaba contando historias; no tuve que decirle nada más para que, con pelos y señales, y varios cafés y vasos de agua mineral de por medio, me confiara lo que tanto había esperado. Con las variaciones inevitables (-¡Plagio!), esto fue lo que me refirió:

 

(3)

- O sea que usted salvó a Mayra de su padre...

- Por lo menos, por un tiempo.

- ¿Y después?

- Déjeme que le cuente:

 

(4)

 

- ¿Y no supo nada más de ella?

- Sí, supe... Más de un año después recibí una carta de ella, en mi dirección de Buenos Aires. Se la traje... Tal vez le sirva para su novela.

Supondrá (y con razón) lo ansiosa que estaba por leer la carta en cuestión. ¿Usted se imagina, realmente se imagina, lo que puede llegar a sentir una escritora al leer una carta de uno de sus personajes, cuyo contenido desconoce en absoluto?

 

 

Sevilla, 12 de agosto de 1985

Querida Raquel (46):

Después de tanto tiempo he decidido por fin comunicarme con usted; si no lo hice antes fue por temor a que, de alguna manera, mi padre interceptara la carta. Era prácticamente imposible, lo reconozco, pero hasta que no salí de París, me he sentido bastante insegura con respecto a que de alguna manera me encontrara.

Como ve, he conseguido llegar a Sevilla. Cuando me fui de la casa de su hermana, a quien nunca voy a dejar de agradecerle lo buena que fue conmigo, al igual que usted, conseguí esconderme durante unos meses en la casa de un pintor amigo de Gabriel, Jean Marcel, de cuya existencia nunca supo mi familia. El y su novia me ayudaron muchísimo también; yo tenía la esperanza de encontrar a Gabriel a través de ellos, pero no supe nada de él. Lo peor es que no podía establecer nexo con nadie ni de París ni de Buenos Aires, así que desgraciadamente todavía no he podido encontrarlo. No sé qué habrá pasado, aunque no lo crea aún no lo sé, desde que lo dejé esa mañana en el departamento de Callao y Santa Fe. Tengo mucho miedo de que mi padre haya tomado represalias contra él.

En cuanto a mi madre, nada sé tampoco. A mi hermano lo vi dos o tres veces en Montmartre, pero él no me vio. No sé qué me pasa con él; a pesar de haber compartido gran parte de mi vida con Julio, no sentí ninguna necesidad de llamarlo, de darme a conocer. ¿Cree usted que esto me ha hecho perder los sentimientos? La verdad es que solo me preocupa mi madre, nada más. El resto  es miedo. ¿Me comprende?

Hace unos meses conocí, en casa de Marcel, a Charo, una española dueña de una casa de recuerdos en Sevilla. Enseguida congeniamos. Con ella me animé a salir de París y con ella estoy viviendo ahora.

No le digo que estoy bien. Nada de lo que busco, de lo que necesito, está a mi alcance. Sufro pensando en mi madre, en Mayra; me muero (es una confesión) cada noche por Gabriel... Charo dice que soy una mujer apasionada , que por las cosas que le digo estoy “chalada” por Gabriel. Y creo que tiene razón; no hago otra cosa que pensar en él, y eso me mantiene viva.

Si le escribo esta carta, que está resultando tan larga (tenga paciencia), es porque quisiera que me ayudara a que me comunique con mi hermana o con Gabriel. Ella está seguramente en Buenos Aires; él, no sé dónde, pero su familia es también de allí. ¿No podría usted hacerme alguna averiguación? ¿Es mucho pedirle?

Salude de mi parte a Thelma; no es seguro que me comunique con ella.

Espero ansiosa su respuesta. Un saludo muy afectuoso.

Mayra

 

 

- ¿Y la ayudó?

- ¡Por supuesto que sí! ¿Usted no lo hubiera hecho?

- Si hubiera podido...

 

25 (veinticinco)

Lo que le faltó a Morel (26)

 

- Pasión, eso le falta a Morel, al náufrago, a Faustine... les falta pasión; está muy bien escrito, es estilizado, estético, literario, pero no te eriza la piel, no te levanta, no te hace soñar. Es un amor intelectualizado, Marcela, sin pasión; pensado, demasiado pensado...

- ¿Pasión? ¿Qué necesidad tiene de pasión? Es una novela perfecta... Ese final, con él esperando unir su imagen a la de Faustine, esperando morir para que, tal vez, alguien los reúna, para encontrarse finalmente con ella. ¿Qué más querés?

- Pero no se encuentran nunca... El tiempo los ha separado antes de empezar... Es una muerte literaria la del náufrago; nadie se muere por nada... Les creo más a Romeo y Julieta que a él... El amor es otra cosa, es algo más que imágenes de celuloide. Si hubiera sido realmente amor, ni Morel ni la bendita máquina ni el tiempo hubieran impedido que se tocaran...

- ¡Por favor, Amalia, no seas escandalosa! Si te escucha tu papá...

- Si te hubiera visto tu marido...

- ¡¿Cuándo?!

- El otro día, cuando lo dejaste loco al tipo ese...

- ¿A quién?

- No te hagás la tonta, Marcela... Hablé con Octavio; por el cuento, claro.

- ¿Y?

- Y... del cuento casi no me habló, pero me preguntó vida y obra tuya... No porque esté interesado en vos, estoy segura de que conmigo es el asunto...

- ¿Y vos?

- No sé, nada por ahora... Pero no estamos hablando de mí. Me averiguaba para darle datos al amiguito...

- ¡No inventes!

- No invento... ¿O no te acordás cómo te miró? ¡Eso es pasión!

- Y vos, ¿qué le contaste?

- De todo: que estabas casada, que no eras feliz, que mi hermano es un imbécil, que...

- ¡Cómo le dijiste eso!

- Le dije la verdad... ¿Te das cuenta? Si a mi hermano no lo hubieran educado los Anchorena, seguramente vos sabrías lo que es la pasión...

- ¿Y a vos no te educaron los Anchorena?

- Sí, pero yo soy la excepción a la regla. Por lo menos, he decidido no aburrirme soberanamente toda mi vida... ¿Vos te pensás que quiero repetir la imagen desvaída de la Faustine de Morel? ¿Qué quiero terminar con la cara de mamá, de la tía Cristina? ¿Conocés alguna Anchorena que se ría con ganas? Yo no...

- ¿Y te divierte Octavio Ortiz? ¿Te hace reír?

- Puede ser... Pero de lo que estoy segura es de que Ramiro Iñiguez te enseñaría muy bien lo que es la pasión... Mucho mejor que Morel y su invención, mucho mejor... Faustine no se le hubiera resistido; si el náufrago la hubiera mirado así, en lugar de esconderse en esa vegetación insoportable de esa isla perdida en el medio del calor y de la nada, ella hubiera cruzado el tiempo.

- Sos una romántica, vos...

- Pasión y romance; eso es lo que necesita una mujer... Te va a llamar por teléfono...

- ¡Cómo que me va a llamar! ¿Te dijo eso, Octavio?

- No... no me dijo nada...

- Pero vos le diste el número...

- ¿Para qué te voy a mentir? Parece que están muy interesados en publicar algunos artículos sobre “la buena mesa” o algo así... O sea, cómo poner los platos, las copas y todo eso... Todo el mundo está muy interesado ahora en las normas sociales, y quieren hacer una sección de consejos... No sé... Me lo ofrecieron, pero yo les dije que no sabía nada del asunto, en cambio vos...

- ¡¿Vos les dijiste que yo...?!

- Bueno, Marcela, vos sabés mucho de eso, de cómo comportarse... La abuela siempre lo dice: “preguntale a Marcelita”.

- La abuela me quiere mucho...

- La abuela sabe lo que son los Anchorena... pero esa es otra historia. ¿Qué te parece?

- Horrible...

- Bueno... Le decís que no...

- ¿Y cómo hago para decirle que no?

- Si no sabés, le decís que sí... es más fácil.

.................

 

Alvaro ocupaba todo el espacio, absolutamente todo el espacio de la casa estaba contaminado por Alvaro; no porque fuera muy alto, ni muy robusto, ni porque gritara o gesticulara demasiado al hablar o bostezara o roncara... No por eso; eso hubiera sido sencillo de explicar. Alvaro ocupaba todo el espacio de Marcela, todo su mundo; ella quedaba arrinconada en un pequeño y mísero pedacito, en una esquina, en el medio de la sombra, aunque nunca se hubiera dado cuenta nadie de eso, aunque ella no lo supiera a ciencia cierta, aunque no se lo confesara. Solo sentía un permanente malestar cuando estaba Alvaro: era que no tenía lugar, pero ella no lo sabía. Hubiera podido vivir toda su vida así, de esa manera, como las imágenes muertas de Morel, condenadas a repetirse y a no encontrarse nunca. Hubiera sido así, tal vez, si el destino no fuera tan intensamente implacable con los personajes de las novelas.

Desde ese día (el de la conversación con Amalia, que repetimos), solo esperó escuchar el timbre del teléfono; le pasó lo que pasa a veces con el amor: alguien nos dice algo inconfesable o inexplicable para nosotros, y el sentimiento se nos impone, nos ocupa, nos obsesiona. Solo era necesario que alguien lo dijera, que lo instalara como posible, como real. Así que todo el tiempo que Alvaro estaba, rogaba para que no llamara (sin sentir culpa alguna); cuando Alvaro no ocupaba el excepcional espacio que ocupaba en la casa, rogaba que el teléfono sonara (perseguida por una culpa agobiante). Se prometía, cuando Alvaro estaba, que le iba a decir que sí; se juraba, cuando Alvaro no estaba, que le iba a decir que no.

Cuando Alvaro no estaba, un día, el teléfono finalmente, el teléfono (el negro teléfono de los años ’40) sonó... Y le dijo que sí.

.................

 

- ¿Te volviste loca? ¡¿Trabajar!? ¿Y para qué querés trabajar, vos? ¿Te hace falta plata? ¡¿Más!? Mirá, Marcela, no vamos a discutir este asunto. Yo tengo mucho qué hacer, problemas importantes que solucionar en la fábrica... No estoy para estas pavadas.

- ¡Alvaro! No me parece que lo que te dice Marcela sea una pavada; ella...

- Vos callate, Amalia. Si te escuchara papá, vamos a ver si no te pondría en vereda. ¿Qué se piensan ustedes?: ¿qué son los Pérez García (27)?  Anchorena, les recuerdo que ustedes dos son Anchorena: ni liberales, ni radicales, Anchorena. Las mujeres de nuestra clase social no trabajan, no necesitan trabajar. En este bendito país, las mujeres que trabajan son sirvientas o están en la fábrica, apretando tornillos...

- Te falta un oficio, Alvarito...

- No seas vulgar, Amalia. Eso ni se menciona... ¡Me tengo que aguantar a los liberales, a los radicales, a la democracia, a Ortiz que no cierra la boca... y encima,  encima, me tengo que aguantar que mi mujer quiera trabajar! Olvidate, Marcela, si los Yrigoyen aceptan esto, los Anchorena no...

Se fue y dio un portazo. La casa se expandió, se salió de los límites impuestos, se ajustó a las medidas de Marcela, la dejó suspirar.

- ¿Y ahora qué hago?

- Dejás de llorar, y te ponés a pensar hasta dónde vas a aceptar los límites que te imponga Alvaro.

- ¿Te das cuenta, Amalia, que la que me metió en este embrollo fuiste vos?

- Sí, puede ser... Lo que pasa es que, desde hace un tiempo, te veía tan triste, tan... tan pendiente de un embarazo para ser feliz. A mí no me parece que un hijo solucione los problemas que ustedes tienen...

- Un hijo hubiera solucionado todo.

- Eso es lo que te hacen creer. Cuando el amor se termina, no hay hijo que valga.

- Yo me casé para siempre... El amor no se termina. Uno se casa con alguien y ya está; estás con él “hasta que la muerte nos separe”.

- Eso suena a condena. El amor no es esto que tenés con Alvaro, no puede ser esto. El amor es otra cosa...

- ¿Pasión? 

- Pasión.

 

- ¿La Invención de Morel?

No la había visto, tanto la había esperado y no la había visto llegar, plantarse frente a su escritorio, transformar el ambiente con el breve susurro de su pollera.

- Sí... Sra. Anchorena... Disculpe, no la vi llegar, siéntese...

- ¿Le gusta?

- ¿Qué cosa?

- ¡La Invención de Morel!

- La acabo de terminar... No lo sé... Está muy bien escrita, muy bien pensada, perfecta, si quiere, pero...

- ¿Le falta pasión?

Por primera vez se atrevió a mirarla...

Si se da cuenta, que se dé cuenta...

- Exactamente...

No se da cuenta...

- ¿Cree que si realmente la hubiera amado, su mirada hubiera podido superar el tiempo, hubiera traspasado la frontera de...

- ... de lo imposible? Claro que lo creo. Lo importante es que lo creyeran los dos; no sólo él, Faustine también. Entonces, se hubieran mirado, realmente se hubieran mirado, y nada ni nadie hubiera podido evitar que entraran, ¿cómo dice?, déjeme ver...

- En el mismo cielo de conciencia...

- La ha leído varias veces.

- Es una gran novela. Quizás, Morel se hubiera merecido que ella lo aceptara.

- Pero ella no lo amaba; el amor no tiene nada que ver con la voluntad; al contrario... ¿Está de acuerdo?

Marcela se preguntó por qué la conversación había llegado allí. También, por qué había tardado tres horas en encontrar la ropa adecuada para ir a ver a Ramiro Iñiguez, cuando se vestía en quince minutos para salir con Alvaro; por qué  había dado tres vueltas a la manzana antes de entrar en el edificio donde estaba la redacción, allí, por la calle Defensa, y finalmente, cuando estaba decidida a no entrar lo había hecho; por qué las piernas le temblaban y el corazón le crujía en la garganta con solo estar frente a él, con solo percibir que la miraba, que su mano estaba cerca de la suya, que podía tocarla, que realmente podía tocarla, más allá de la voluntad...

Por supuesto que estaba de acuerdo.

- Tal vez... Pero, no he venido a verlo para hablar de La Invención de Morel...

No quiere perder el tiempo conmigo...

- ¿No le interesa mi propuesta? Sé que no podemos pagarle demasiado, pero...

- No, ese no es el problema... El problema es...

¿Y si le digo la verdad?

- ... mi marido, aunque le parezca increíble.

- ¿Qué le pasa a su marido?

- No quiere que trabaje... Mi marido es muy tradicional, muy conservador, en todo el sentido de la palabra; no acepta que una mujer de mi... mi...

- ¿Clase social?

- ... quiera hacer otra cosa que estar en casa esperándolo, jugar a la canasta, comprar los últimos modelitos de “La Piedad”, leer “Para TI” y conversar por teléfono con las amigas...

- ¿No tiene hijos?

- No...

Metí la pata...

- Y usted está convencida de que puede hacer cosas más interesantes...

- Sí, pero creo que no estoy convencida, de todas formas, de que sea demasiado interesante escribir artículos sobre... ¡cómo poner la mesa! Perdóneme, yo comprendo que su revista necesita de ese tipo de...

Estupideces...

- Estoy de acuerdo con usted... En realidad, si usted hiciera eso, no haría otra cosa que darle la razón a su marido... Solo que usted, además, lo escribiría para que otras mujeres lo aprendieran, y respondieran a sus maridos de la misma manera que su marido quiere que usted le responda...

Marcela estaba asombrada, se quedó con la boca abierta; no podía creer que alguien le estuviera diciendo lo que ella no había podido descubrir en todos esos días. Porque Marcela, todos esos días desde que le habían hecho la propuesta y se había peleado con Alvaro, sentía que Alvaro no tenía razón, pero dudaba de que la razón la tuviera ella. Ahora, sabía, porque ahora lo sabía, que no valía la pena escribir artículos sobre la buena mesa, que no le interesaba en realidad cómo decirle a las demás la mejor manera de poner los cubiertos y los vasos, que no deseaba desde ningún punto de vista torturar a alguien como ella se había torturado hasta que lo aprendió, que no le importaba si se servía por la derecha o por la izquierda, que si el mantel era blanco o bordado, que si el color de las flores era procedente, que si ella era especialista o no; que no creía interesante que la reconocieran como la que se sabe al dedillo las reglas sociales, como la que siempre está bien, siempre queda bien, siempre es una dama. Le importaba un bledo ser una dama, y no quería decirle a nadie cómo serlo, porque no quería que nadie se sintiera como ella: una verdadera señora...  Pero ahora lo descubría, lo descubría recién ahora (48).

- Perdón... No quise decir eso...

- Ha dicho usted exactamente lo que yo necesitaba oír...

Y usted es exactamente lo que yo necesitaba ver...

- Bueno, entonces, creo que...

- ¿No necesita una correctora?

- ¿Una correctora?

- Sí... Tengo muy buena ortografía y mis maestros decían que escribía muy bien. Parece que lo he heredado de mi madre y de mi abuela. Me gustaría ayudarlos con las correcciones, sin paga... Solo ayudarlos... Podría llevarlas a casa, si les parece; para mí sería más fácil...

- ¿Y su marido?

- Alvaro no está en todo el día. Llega muy tarde a la noche, y...

Y es un reverendo imbécil.

- No tiene por qué enterarse.

- No por ahora... ¿Qué le parece?

Que usted es mucho más encantadora que Américo Barrios.

- Bien... Si le parece bien a usted...

- Bueno. Este es mi teléfono. Llámeme cuando tenga algo para mí.

Yo ya tengo algo para usted...

Se dio vuelta, se iba.

- Sra. Anchorena...

- Marcela, por favor...

- Marcela... ¿Le molestaría que fuera absolutamente sincero con usted?

- No...

- ¿Sabe una cosa? Si yo hubiera sido el náufrago, hubiera incendiado el tiempo, lo hubiera cruzado, la hubiera conquistado a Faustine a cualquier precio; no me hubiera contentado con ser parte de una imagen...

Ella lo miró intensamente.

- Si yo hubiera sido Faustine, lo hubiera visto; le puedo asegurar que lo hubiera visto, Sr. Iñiguez...

- Ramiro.

- Ramiro...

 

26 (veintiséis)

Yo vengo a ofrecer mi corazón

 

No se crean que se decidió enseguida; no fue tan fácil como con Mario. Le costaba mucho más; sabía que tenía que hacerlo, que tarde o temprano lo iba a hacer, pero no era lo mismo que con cualquier otra decisión, porque para ella significaba mucho: significaba cruzar una barrera, violar las fronteras, reencontrarse con un sueño, con lo que la había sostenido en pie esos cinco años. ¿Vieron cuándo uno lo único que tiene es un sueño? Y se sostiene, a pesar de todo, porque en algún momento va a volver a soñar... Y tenía miedo, yo la conozco porque es mi personaje, tenía miedo: ¿de qué? De que el sueño no se le cumpliera; de que lo único que le había dado una respuesta a la espera, de golpe no tuviera sentido, fuera distinto, fuera una desilusión.  Claro, esto se lo digo yo; ella no se hubiera atrevido a confesarlo. Entonces, decía que no, que Julián se iba a dar cuenta, que era el primo, que iba a matarlo, que iba a matarla a ella, que ella no sabía mentir... A veces, hasta le decía a Pilar (y se lo repetía, en cuanto podía frente al espejo) que era una mujer casada ante Dios y ante los hombres y todas esas cuestiones. Por supuesto, no necesito decirles las largas conversaciones con Pilar, las escandalosas conversaciones con Pilar, sobre las monjas, las enfermedades psíquicas y las castraciones y las depresiones y lo pelotuda que sos Mayra. Le costó mucho... ¿Y si Aníbal no se parecía en nada a Aníbal? ¿Y si la veía y se desilusionaba? Porque ella ya no tenía dieciocho años, no era más una virgencita inexperta y, sin embargo, ahora, después de todo este tiempo, no sabía mucho más, no sabía nada más que lo que recordaba saber y lo que no se atrevía a confesar. Pilar decía que eso no importaba, que cuando estuviera con él se iba a olvidar de todo, de todo, hasta de las monjas se iba a olvidar, vas a ver... 

La verdad es que no creo que se hubiera decidido así como así, y lo más fácil es que se hubiera quedado esperando a Godot por el solo hecho de esperar, para que la vida se le pasara esperando; pero, por el bien de esta novela y de los apreciados lectores que están ansiosos por que alguien sacuda a esta desvaída Mayra, Pilar se casó con Javier; sí, Javier, el del capítulo cinco, el que salía con ella en el “cole”, el que la había dejado por Lily, el que la había hecho perder tanto tiempo y el que se lo hizo recuperar. Y la invitó a la fiesta a Mayra (- ¡Sos mi amiga, cómo no vas a venir! Si no venís, te mato) y lo invitó a Aníbal (- Si tenemos suerte, se nos da y Julián no la acompaña) y Julián no la acompañó (- Andá, si querés, y cuidado con lo que hablás de mí con todos esos pelotudos del colegio). Y fue.

...............

Pilar se casó en “El Pilar”, lógicamente. Tenía un vestido millonario, lógicamente. Algo nuevo (el traje de novia), algo usado (la bombachita), algo azul (las ligas) y algo prestado (los aros), lógicamente. Se besó escandalosamente con Javier en el altar (hasta las calaveras de los obispos se movieron entusiasmadas), lógicamente. Hizo una fiesta despampanante con desayuno incluido en un club náutico, lógicamente. Y les dio ligas azules a todas sus amigas, a las que la envidiaban y a las que no, lógicamente. Se fue de luna de miel a Europa, lógicamente. Y a Mayra, en secreto, le dio una liga roja, fuera de toda lógica.

 

 

A Pilar le encantaba Fito; por eso, cuando se fue a las cinco de la mañana, Fito inundaba el salón, mientras la novia abrazaba a todos y lloraba un poquito, porque estaba enamorada, después de todo y más allá de Lily. Mayra la abrazó muy fuerte y Pilar, al oído, le dijo que no fuera tonta, que no se lo perdiera, que no le había dado bola en toda la noche, pero que ya era hora de despertarse, que la Bella Durmiente era una mina muy aburrida.

 

 

El se le sentó a su lado. Traje azul, corbata roja, toda la pinta para ella. Estaba harto de mirarla y de que no lo mirara; estaba harto de la torta, de las ligas, del ramo, de querer bailar con ella y de que no lo mirara.  Ahora, que estaba tan cerquita, que estaba tan oscuro, le podía sentir el perfume del cuello, del pelo negro; le podía dejar caer los ojos en los breteles rojos y más allá de los breteles rojos, tan finitos que eran, tan fáciles de romper; le podía casi escuchar un suspiro. Y Fito que cantaba que no iba a ser fácil, que no sería tan simple, que había que ofrecer el corazón...

- ¿Bailás, piba?

- No...

- Por favor, Mayra...

- Me tengo que ir a casa, es tarde.

- ¿Estás enojada por la carta que te mandé?

- No, me tengo que ir, nada más...

- Pará un cachito... (86)

Ella se puso de pie. Sabía que si lo miraba se iba a dar cuenta, iba a saber cómo lo había soñado. Salió al jardín. El la siguió. ( - De terror... Parece una composición escolar. - ...).

 

 

- Mayra, no me hagás correr. Si no me querés, decímelo; yo me la banco. Pero me lo tenés que decir. Hace cinco años que estoy loco, desde que te casaste con el hijo de puta de Julián. Mirá que yo sé, yo sé las que te hace pasar... Mi vieja me cuenta; yo sé. Son unos mafiosos en esa familia; tienen guita, pero son unos mafiosos. Yo sólo te puedo dar mi corazón, como dice el Fito... no cambió, está inalcanzable...

- Inalterable...  (87)

- Mirame y decime que no me querés. O dame algo... aunque sea un pedacito de vos; yo me conformo...

 

 

- ¿Te conformás con un pedacito?

Ella se dio vuelta. Estaba intacto; era el de su sueño, cuando se dormía en el miedo de la casa gigante de los Montero. Por un momento, creyó que no estaba despierta.   (88)

- No... Yo quiero todo. Lo dije para que te dieras vuelta.

Ella se sonrió. El le tocó la mano.

- Te hice reír. Pero te reís poco.

- ¿Antes me reía más?

- Antes te reías, antes me besabas, antes dejabas que te acariciara, antes...

 

 

- Pará, Aníbal... Ha pasado el tiempo. Estoy casada, tengo un hombre que me cuida, responsabilidades, tengo una casa... Yo nunca tuve una casa...

- Pagás muy caro, y es un alquiler. Conmigo hubieras tenido una casa tuya, yo hubiera querido hacer mi casa con vos... Y la hubiera cambiado las veces que quisieras, hasta que estuvieras contenta, porque vos lo querías nomás. ( - Muy romántica la metáfora, pero no alcanza... Además, de golpe, ¡Aníbal parece un poeta...! - ...).

 

 

- Pero no pudo ser.

- Pero puede ser. Jurame que sos feliz con Julián; dale, lo quiero escuchar...

- No puedo.

- Jurame que no te acordaste de mí en todo este tiempo, que Aníbal se te borró de la mente.

- No puedo.

- Nunca pudiste mentir; las monjitas te lo metieron en la cabeza... ¿Sabés que sigo teniendo un metejón padre con vos, Mayra? ¿Sabés que no me doy por vencido?

- Hacés bien.

El la besó  (49)

 

 (21)

- Hola... 

- ¡Mayra!  ¿Qué te pasó en la cara?

- Nada... Me caí...

- ¿Y contra quién te caiste?

- Dejémoslo así, Mario... Es muy desagradable de contar.

- No me imaginaba que ese tipo podía llegar a tanto. ¿Por qué no lo dejás de una vez y...?

- Porque no puedo, por ahora. Pero no vine a hablar de eso. Estuve con Aníbal; se casó Pilar y... No me pongas esa cara, Mario, no quiero pelear ni que me aconsejes lo que me conviene o lo que no me conviene. Necesito que me ayudes no que me pelees.

- Está bien.

- ¿Yo te dije que Aníbal es primo hermano de Julián?

- ¡No! ¿Cuándo lo supiste?

- Poco después de conocerlo. Lo que pasa es que todo fue un torbellino en esa época para mí y no me pareció importante, o yo quería simplificar las cosas, no sé... La cuestión es que ahora me dijo algo... algo que me parece que puede darnos una pista...

- ¿Una pista? Una pista, ¿para qué?

- Para las cartas, las de mamá a Nene, a mi padre...

- ¿Y cuál es la pista?

- ¿Sabés cómo se llama Carlos Montero?

- Carlos Montero.

- Carlos Antonio Montero... ¿Sabías que estuvo en la cárcel en el ’64?

- Sabía que había estado en la cárcel...

- ¿Sabías que sus amigos de aquel entonces lo llamaban Tony?

- No, no lo sabía...

Sinceramente, no lo sabía, Mayra.

- ¿Te das cuenta?

- Vos decís que ese Tony es el Tony al que se refiere Nene...

- Y que la hija que tuvo su mujer con tantos problemas, cuando él estaba en la cárcel por culpa de Nene, no es otra que Francis...  ¿No te parece que tenemos un buen dato?

Indudablemente, tenían un buen dato. En realidad, para Mayra era un buen dato; para Mario, toda la historia... (51)

 

27 (veintisiete)

Con lujo de detalles

 

Les confieso que la última discusión con el narrador sobre el capítulo anterior casi me lleva a tomar una decisión que yo llamaría irreparable. Antes, cuando un escritor pensaba en destruir su obra, debía (por lo menos) romper con trabajo cientos de papeles o echar hoja por hoja (con profundo sentimiento) al fuego del hogar (lo cual era lo más apropiado). Desde que llegó el gas, los hogares cada vez se encienden menos; desde que llegó la computadora, los papeles se han vuelto fantasmas líquidos y brillantes. Yo estuve a punto de destruir uno... Me hubiera bastado con seleccionar el nombre de un archivo; pulsar “supr”; contestar que sí a la preguntita: “¿Confirma que desea enviar Mayra.doc a la Papelera de Reciclaje?” (o sea, el tacho de basura postmoderno), y sentarme a ver la instantánea desaparición de horas y horas de creación (o extremada estupidez, según como se lo mire). Nada más sencillo, más tecnológico, más acorde con la época... Ningún dramatismo, ningún dolor de espalda por haber estado horas rompiendo papeles, ninguna alarma de incendio... ¡Solo un click! Creo que no lo hice justamente porque me pareció demasiado fácil y porque soy una testaruda (cabe reconocerlo).

De todas formas, no he podido ponerme de acuerdo con el narrador sobre la calidad del capítulo 26. Para decir la verdad, a mí tampoco me parece una maravilla, pero no creo poder darle otra forma. Se impone lo escrito, líquido o no.

...............

 

Volvamos, entonces, a Mayra Imar, a Claudia Clavel, a lo que me contó aquella tarde Claudia Clavel sobre mi personaje o... nuestro personaje...  (52)

 

.................

 

Lo cierto es que Julia, después de leer la carta que Claudia Clavel le tendió con estudiada complicidad, no podía soportar la ansiedad. Está claro que, si realmente ella había podido hacer lo que Julia no pudo (ayudar a Mayra a reencontrarse con Gabriel Grimaldi o con su hermana), tenía parte de la historia solucionada, algo que (confieso) era bastante difícil de alcanzar por ella o por mí (y eso que yo tengo reconocida experiencia en desatar nudos de historias ajenas). No quiero disculparme, pero lo que pasa es que yo las historias las sé de antes, las tengo muy armadas, conozco el final antes de empezar, para decirlo claro; y sobre esta historia (o estas historias) no sé sabe nada, y lo peor es que (presiento) esa es su verdadera razón de ser... Parece que ahora no hay nada más excitante que escribir las historias como dicen los hombres que viven la vida... sin saber... Crear un mundo tan posible que es un espejo del mundo real; no en los hechos (los hechos no importan) sino en el transcurrir. Debe ser muy complicado ser un hombre... Los personajes eran más sencillos, antes, más previsibles; alguna que otra sorpresa y nada más; ahora... ahora hay en el fondo una angustia especial que no alcanzo a entender, que quizás sea mejor no entender.

Bueno, pero esta no es mi función; no tengo por qué escribir lo que siento, incluso estoy sorprendido de haberlo hecho. Casi media página, sin decir nada... Escribir por el placer de escribir... ¡Volvamos!

Claudia Clavel le contó a Julia, con lujo de detalles (como indudablemente le gustaba contar), lo que hizo por Mayra Imar...

 

(5)

 

 

Respiró. Para ese entonces, Julia había destrozado veinte servilletas de papel y cuarenta palillos. Admiraba las narraciones detallistas, con esa minuciosidad adorable de lo cotidiano y de lo íntimo; reconocía las virtudes de su interlocutora, le hubiera encantado si esa historia fuera parte de una lectura liviana en la playa, bajo el sol... Pero, en ese momento, en ese estado de ansiedad, sinceramente la hubiera ahorcado; no lo hizo, porque hubiera creado consecuencias argumentales imprevisibles para nuestra amada novela... ( -¿Es nuestra y es amada?). Por lo tanto, decidió soportarla hasta el final y comerse las uñas.

 

(6)

 

- ¿A Gabriel? ¿Usted está buscando a mi sobrino?

- Sí, encantada, señora; me llamo Raquel Fernández ( -Finalmente, el nombre verdadero…) y necesitaría hablar unas palabritas con su sobrino, Gabriel Grimaldi...

La tía Paca tenía cara de pocos amigos... Era una señora muy compuesta, muy de barrio norte, muy adinerada (o lo parecía), plagada de terciopelos, anillos de oro y zapatos de lo más caros; o sea, fundamentalmente contrastante con nuestro personaje, la parlanchina Claudia Clavel o Raquel Fernández, como más les guste. Diferencias de lado, es de hacer nota que las cosas no se presentaban bien: la tía Paca no la hacía pasar, casi la atendía por la mirilla de la puerta entreabierta, como si fuera una vendedora molesta... La pobre Claudia estaba al borde del portazo. Sin embargo, sin embargo... no hay nadie más convincente que una escritora...

- Por favor... No me cierre la puerta... Hace rato que estoy buscando a Gabriel... Tengo una noticia para él que puede ser importante, puede interesarle...

- ¿Es un asunto de dinero? ¿Le debe algo?

Indudablemente, Gabriel no tenía muy buena fama en la familia...

- ¡No! Sólo quiero darle algunos datos, para que encuentre a una persona que, supongo, debe de estar buscando...

- ¿Tiene usted datos sobre Mayra?

- ¡Sí!

Definitivamente, la puerta se abrió...

 

28 (veintiocho)

Una desconocida

 

- ¿Qué pasa, Felicia? ¿Por qué hay tanto revuelo?

- Nada, señora... El señor me pidió que hiciera limpieza en el sótano, y que mandáramos algunos muebles a EMAUS. Estuve separando lo que me dijo, con ayuda de Ramón; vienen esta tarde, a las seis. 

- ¿Y qué vamos a donar? Porque yo no estoy enterada...

- Disculpe, señora... El señor...

- No es tu culpa... Parece que yo no viviera en esta casa... ¿Dónde está Alvaro?

- En el club.

- En el club, fumando y hablando de política... Bien. ¿Y qué se llevan?

- Un ropero...

- El de la abuela de Alvaro.

- Dos sillones...

- Los que cambiamos hace dos años en la salita.

- Una mesa de madera de caoba...

- Muy vieja... Creo que era de una tía soltera de los Anchorena.

- Y un arcón...

- ¡Un arcón! No lo recuerdo... ¿Lo abriste?

- ¡No, señora!

- Un arcón... un arcón... ¿No será el que teníamos en casa, el arcón de mi madre?

- No lo sé...

- No lo des. Decile a Ramón que me lo suba; que lo deje en la salita.

- Bien, señora...

.................

 

El destino es, a veces, cruel; se cruza en el camino justo, en el momento preciso; cuando todo está por ser de una manera, algo cambia el rumbo, se impone sin piedad, instala la duda en el centro mismo del convencimiento. El destino es así; no hay más remedio.

¿Cuánto tiempo había estado allí? ¿Cuánto tiempo, oculto en la oscuridad, agazapado en el medio del polvo,  amenazando con decir lo que nadie quiere escuchar? Y nadie lo había visto, nadie... De pronto algo se dispara, algo invierte el orden, algo descompone el pequeño universo de la ignorancia. Algo acerca a la verdad, a lo que no tiene remedio.

.................

 

- El señor llamó que no viene a comer...

- Yo tampoco voy a comer...

..................

 

El arcón de mamá... lo había olvidado. La abuela decía que allí estaba todo lo que mamá más quería; a veces, cuando había tormenta y yo no me podía dormir, ella me mostraba algunas cosas: un misal con una tapa entelada, un rosario de marfil, el vestidito del bautismo lleno de puntillas, una muñeca rota, un mechón de pelo, una crucecita de oro, y me dejaba jugar con esas cosas, con esas cosas que (siempre lo pensé) trataba como si fueran de cristal; después, volvía a ordenar todo, con sumo cuidado y dedicación, y más de una vez la veía llorar despacito y no sabía por qué... Me daba cuenta, aunque no era nada más que una nena, de que había cosas que no me mostraba, que estaban en el fondo, muy en el fondo del arcón. También me parecía que eso, lo que no me mostraba, ni siquiera ella se atrevía a tocarlo, como si fuera sagrado, como si fuera tan íntimo y tan personal que sólo su dueña hubiera tenido derecho a tocar.

Y ahora, después de tanto tiempo, me acuerdo que cuando la abuela se murió, yo tampoco me atreví a buscar en el fondo del arcón, porque ella me había infundido ese temor respetuoso a violar los secretos de mamá... Los secretos de mamá... no sé nada de mamá; la abuela nunca quiso contarme demasiado: que era muy buena, muy linda, muy dulce... nada, palabras que terminan no diciendo nada. Ni cuando crecí, ni cuando me puse de novia, ni cuando ella se enfermó, poco antes de que me casara; ni siquiera en ese momento en que estuvimos más juntas que nunca, me dijo una sola palabra concreta sobre cómo era mamá, a quién había querido, por quién había llorado, por qué yo tenía el apellido Yrigoyen... Hasta hoy solo sé lo que intuyo, que es poco; tal vez, la respuesta esté  en el fondo de este arcón...

Alguna vez tiene que ser...

 (9)

Se quedó sin entender. No podía entender todo de una vez, era demasiado... ni siquiera lo podía suponer. Junto con esta carta, en el fondo del arcón, atadas con una cinta rosada, encontró otras, sin sello postal, sin abrir. Nadie las había mandado nunca, pero estaban listas para ser enviadas... Alguien las había interceptado y, el tiempo, el azar o como se llame, las había finalmente dejado en manos de un destinatario. Eran cartas escritas pero jamás leídas, como las historias sin lector; cartas truncas, que no cumplieron con su deber. Marcela leyó el destinatario: Tomás I...

- Perdón, Señora...

- ¡Qué susto, Felicia! ¿Qué pasa a esta hora? ¿Llegó el Sr.?

- No... Un caballero pregunta por usted. Le dije que la hora era impropia, pero... es muy insistente...

- ¿Por mí? ¿Y quién dijo que es?

- El Sr. Ramiro Iñiguez...

.................

 

 No podía entender cómo no tenía pies... Hasta hacía un momento los tenía, encerrados en las pantuflas de raso, y ahora, como por arte de magia, se le habían ido, quién sabe adónde; porque ella se acordaba muy bien cuando se había puesto los zapatos, la pollera (la que estaba más cerca), la blusa blanca; se acordaba incluso que se había puesto en puntas de pie para alcanzar la peineta y peinarse un poco, mientras se miraba desesperada en el espejo del baño. Sin embargo, ahora no los tenía, los había perdido al pisar el primer escalón de la escalera que la llevaba al hall de entrada. No se podía explicar por qué estaba volando cuando lo lógico es que sintiera los escalones debajo de ellos, de sus pies. Pero no los tenía...

Casi no podía respirar, casi casi no podía hablar...

- Hola...

- Hola... Discúlpeme la hora, Marcela...

- No, está bien... ¿Quiere pasar?

- Bueno... Si no la molesto...

- ¡No! No me molesta; le voy a pedir a Felicia que nos haga un té. ¿Llueve mucho, no? Deje aquí el piloto... Está empapado... Pase a la salita, allí estaremos solos... cómodos, quise decir...

 

................

- ¿De España? ¿Usted es español?

- Sí, soy vasco. Hace dos años que vivo en Argentina.

- Pero no tiene acento; en general, los españoles que conozco no han perdido esa forma de hablar tan bonita; en cambio usted...

- Es verdad, muchos me lo dicen... No sabe cómo lamento haber perdido “esa forma de hablar tan bonita”, si eso la atrae...

No sólo eso...

- Mi padre me había hablado mucho de este país; siempre con nostalgia, siempre como si aquí hubiera dejado algo muy importante. Debe ser por eso que desde muy chico soñaba con venirme...

- ¿Y vino con su padre?

- No... A él lo mató una bala pedida, en medio de una revuelta; bueno... eso nos dijeron. Mi padre no era partidario de Franco, era Republicano como yo. Cuando murió, pensé que lo mejor era tomar distancia, irme; las cosas no estaban bien para nosotros allá. Vivir en la clandestinidad era espantoso... Así que muchas cosas se conjugaron para que viajara: la política, la guerra, los sueños de mi padre... A veces, siento que vine a buscar lo que él dejó acá, vine a recuperarlo...

- ¿Y tiene idea de qué fue lo que dejó?

- Bueno, sé que aquí murió su padre y su hermana soltera, a los que yo no conocí... Pero creo que no era eso... Estoy seguro.

- ¿Y qué era? ¿Qué añoraba su padre?

- Algo muy fuerte: una mujer.

La palabra mujer siempre fue una palabra muy intensa, ustedes lo saben; no es lo mismo que señora, dama, esposa, madre... La palabra mujer tiene algo de sexo que las demás no tienen con tanta fuerza. Si un hombre habla de “una mujer” puede estar hablando de amor, pero también está hablando de deseo, de pasión...  La palabra retumbó en las paredes de la salita; por un momento, la ocupó por entero, la tiñó de rojo, la devastó. La palabra se le metió adentro a Marcela, muy adentro, le cortó la respiración. Tal vez, porque era una palabra altisonante para los ’40, para ciertos círculos de los ‘40; tal vez por como la miró Ramiro cuando la dijo, o porque ella lo miró también.

- ¿Y su madre?

- También fallecida. Tuve un hermano, pero no lo recuerdo...

- Está usted muy solo.

- A lo mejor no... Mi padre fue un hombre solo; nunca rehizo su vida.

- Amaba mucho a su madre...

- La respetaba. Siempre hablaba de ella con mucho cuidado, con mucho cariño. Pero, me parece que acá, en Argentina, estaba lo que realmente había perdido. De eso no decía ni palabra, pero se le notaba; él tenía un secreto, algo inconfesable, creo. Se pasaba horas y horas tomando coñac y hablando con un amigo suyo, Agustín Sanlúcar, que también era español y que tenía una historia de amor increíble con su mujer; una historia de esas de novela, que algún día le contaré. Yo creo que Agustín y Carmelita sabían muy bien lo que le pasaba, pero nunca me lo quisieron decir, ni cuando fui a despedirme de ellos porque me venía para acá. Solo recuerdo que Carmelita se puso a llorar y me dijo que ella creía en el destino, que sabía  que yo no venía a Argentina por casualidad. Nada más pude sacarle... 

- ¿El destino? ¿Ella pensaba que usted iba a encontrar lo que su padre había perdido?

- Tal vez... Si mi padre dejó aquí su corazón, es posible que yo encuentre el mío en los ojos de una mujer... Las argentinas son muy hermosas...

No dejaba de mirarse los pies... Por suerte, los estaba recuperado poco a poco; si no, no le hubiera quedado más remedio que levantar la cabeza, y Ramiro Iñiguez se hubiera dado cuenta del calor que la arrebataba, le quitaba la respiración, le palpitaba en el centro mismo de lo que, hasta hacía un rato, era un reducto de decencia y buenas costumbres. Algo tenía que decir, cualquier cosa, lo que se le ocurriera...

- Y... ¿ha dejado alguna novia allá?

¡Qué ocurrencia!

- No... La verdad, hasta hoy pensaba que esa cuestión del amor era algo que no estaba hecho para mí... Ahora tengo mis serias dudas al respecto... ¿Y usted?

- ¿Yo, qué?

- ¿Está enamorada de su marido?

¡¿Cómo sabe?!

- ¿Por qué lo pone en duda?

- Porque no deja de mirarse los pies... O perdió algo o no se atreve a mirarme a los ojos. Y cuando a una mujer le pasa eso, es porque no quiere que descubran lo que siente...

- ¿No le parece que se está apresurando en sus conclusiones, Sr. Iñiguez? ¿Qué sabe usted como es mi matrimonio?

- Si su matrimonio fuera un matrimonio feliz, usted no me hubiera abierto la puerta esta noche.

Se levantó de golpe. Había recuperado sus pies totalmente. Estaba ofendida, furiosa de haberse puesto en evidencia, de que la juzgara, de que pensara por un momento que ella se sentía atraída, aunque fuera verdad. Ella no podía permitir eso...

¿Quién se piensa que soy?

- Es cierto... Nunca tendría que haber sido tan amable con usted; llovía y pensé que un té caliente le vendría bien... Ustedes los hombres tienen una sola interpretación para juzgar a las mujeres, una sola... Siempre desde el mismo punto de vista. Lo acompaño hasta la puerta...

Soy un bruto, la embarré...

- No, por favor, déjeme disculparme... No quise decirlo así, no quería decir eso... Lo último que quiero es ofenderla. Es que... estoy enamorado de usted... Yo, que me reía del amor a primera vista, de las películas románticas, estoy absolutamente cautivado por usted.

- ¿Usted se da cuenta de que yo soy una mujer casada?

- De lo único que me doy cuenta es de que usted es la mujer de mi vida; no me importa su estado civil.

- Ustedes, los españoles, serán más liberales... No sé... los republicanos, tal vez. Acá, en Argentina, el matrimonio es para siempre.

- En España también... Somos católicos, apostólicos, romanos, a pesar de la política y de los comunistas... Lo siento, pero no me importa. Lo único que me importa...

- Váyase, por favor...

Le besaba, sin detenerse, la mano. Marcela sintió que ese beso era capaz de diluir el océano.

 

..................

 

Alvaro llegó tarde, esa noche. Se fue a la habitación de huéspedes, para no despertarte, como siempre le decía.  Marcela cerró el arcón, no volvió a leer las cartas, las guardó cuidadosamente y pensó que alguna vez volvería a ellas, alguna vez... Arriba de la mesa de la salita encontró un paquete con una pruebas de imprenta, que Ramiro se había olvidado. Pensó, al principio, que después de todo tenía una razón la visita, un poco inusitada, pero una razón que no iba más allá de motivos de trabajo... Y que después, vio la ocasión, la percibió triste, se dio cuenta de que Alvaro no estaba, quiso aprovechar el momento y...

Abrió el paquete. Adentro, una misiva, que alguien había olvidado, por esas cosas que tiene el destino:

 

 

Ramiro:

¡Dónde te metiste! No te pude esperar. Hace dos días que estás en la luna... Parece que te agarró fuerte.

Mañana llamala a Marcela Anchorena y dale estas pruebas para que las corrija. A ver si la ves de una vez y te cambia esa cara de enamorado insoportable que arrastrás por el mundo. Tenés que desengañarte. No te va a llevar el apunte, te lo aseguro. Es una Anchorena; está casada con un Anchorena; nadie se atreve a engañar a esos tipos. Una mujer, menos.

Ya sé, no me pediste mi opinión. Ya me lo dijiste.

Octavio

 

 

Besó la carta. Se dijo que Octavio no la conocía, que nadie la conocía, ni siquiera ella misma...

 

29 (veintinueve)

El revés y el derecho

 

Estaba caliente, esa era la cuestión... Nada más que eso; una cosa era aguantarse de vez en cuando algún que otro llorisqueo histérico, algún que otro reproche, y otra cosa era que lo engañara a él, a él, al que ninguna mujer se había animado a decirle que no... “Te calienta la chirusa”, le había dicho el tío, “Bien de hijo de puta”, pensaba él. Se reía, porque su mujer no se atrevía ni a levantar la cabeza en su presencia, a pesar de que tenía una deuda con ella: le debía la enfermedad de Francis. Porque él tuvo la culpa, con la historia aquella de la nena esa, la violación y toda esa música que lo hizo ir a parar al pozo. El dice que no, que él no fue, que el otro lo embarró, pero yo no sé; es capaz de todo...

Estoy recaliente; no me la aguanto. ¿Qué se piensa: que la va a disfrutar con otro tipo? Porque esa mañana, cuando volvió del casamiento de la piantada de Pilar, se había acostado con otro tipo, la había pasado bien, se le notaba en los ojitos de sapo que tiene, le brillaban; olía a otro tipo, yo sé de estas cosas. Y ella es mi mujer, y esa mañana le enseñé quién manda, quién la hace disfrutar en serio, de una... se mordía por no gritar de placer, yo sé...

Yo no sé por qué me tengo que aguantar a esta pelotuda; ni siquiera sabe por qué le hizo caso al tío y se casó con ella. Digamos que me convenció con el asunto de la plata, de que nos íbamos a hacer ricos, de que estábamos salvados... ¡Salvados! Seis años casi y tenemos el agua en el cuello. Porque cada vez debemos más guita, cada vez estamos más vigilados, cada vez cuesta más. El negocio es difícil, la noche es difícil; siempre hay alguno dispuesto a traicionarte, a hacerte boleta, a cobrarte la deuda.  Y este loco, que la busca a la otra, a la que él dice que es igual, igualita, para hundirlo de una vez por todas a Imar... Pero la mina no aparece, Imar se esfumó, de la mujer de Imar ni noticias. Nadie sabe dónde se metieron todos esos giles que nos iban a llenar de plata. ¿Y el asunto de las cartas? Que si las encuentro lo tengo agarrado de las pelotas... Todo porque  Perla le mostró las cartas en la cárcel y le leyó las que él le mandaba. La verdad que esta es una historia que nadie se la cree... Encima al boludo se le fue la mano con Nelly... porque esa sabía, sabía todo... Esas cartas deben estar hechas polvo; nadie guarda cartas que puedan comprometerte. El dice que no, que eran cartas de amor, que las cartas de amor se guardan... ¿Qué puede saber Carlos del amor? A veces, me pregunto qué puedo saber yo; se pregunta qué puede saber él del amor...

¿Quién será el tipo que la convenció a Mayra?, porque a Mayra hay que convencerla, no es una minita fácil; ¿será el mismo que me sacó el gustito de la noche de bodas? Por muchos golpes que le dio no pudo sacarle el nombre no me gusta golpearla es terrible escucharla gritar tiene miedo de que se le vaya la mano pero no hay remedio ¿cómo la pone en vereda si no le pega? las mujeres son muy inconstantes muy imprevistas que sé yo si la supo tocar donde hay que tocar se vuelven locas se despiertan se sienten fuertes protegidas y eso no se puede permitir tengo que buscar a ese tipo para darle el susto de su vida para que escarmiente ella es una mujer casada esta es una familia él le dio una familia casa lujos autos atención y ahora le enseñó lo que es el placer porque él se lo enseñó ¿Qué más puede pedir una mujer?

Hasta que no lo encuentre, no se va a dar por contento.

Hasta que no lo encuentre, no paro...

 (22)

 

 (10)

- ¿Cómo las encontraste? Pasó tanto tiempo...

- Después de mucho mirar, decidí fijarme de nuevo en la valija de Perla, a pesar de que pensaba que la habíamos revisado completamente. Mayra me decía que si no estaban ahí, no estaban en ningún lado. Al final, con la mano toqué un bolsillo interno bastante oculto; allí la encontré  (55).

- ¿Es la única?

- Sí, pero es bastante importante: estaba el sobre, también.

- A ver... Dirigida a Perla Iñiguez, la dirección es la de la casa de Nelly... Remitente... ¡Néstor Imar! La carta tiene sello de Francia, París. ¿Te parece que esto podría incriminarlo?; por un momento parece muy claro que algo tuvo que ver con la muerte de la nena.

- No lo sé... Pero estoy seguro de que esto es lo que busca Carlos Montero...

- ¿Estás seguro de que Tony es Carlos Montero?

- Me lo confirmó Aníbal; Mayra tenía razón. Por otro lado, todo encaja, mamá...

- ¿Qué es lo que encaja?

- ¿No te acordás? Clara Imar y su pedido de que vigilara a Carlos, la relación de Carlos con Perla, su necesidad de acercarse a Mayra.

- Yo no tengo claro nada, Mario.

- El asunto es así: sin ninguna duda, Néstor Imar siempre estuvo en negocios turbios. Por el año ’64, cuando nacieron Mayra y su hermana, estaba metido en la trata de blancas y no sé cuántas cosas más; vos sabés que en ese tipo de delitos hay una serie de cuestiones casi siempre relacionadas, no sé...  droga, juego, boliches nocturnos de dudosa categoría; una cosa trae la otra. Llega un momento en que todo está bien o nadie se ocupa mucho de establecer los límites.

- Quien se dedica a la trata de blancas, ¿qué puede importarle un delito más o uno menos? ¿Y Perla?

- Supongo que Perla estaba al margen de bastantes cosas, por lo que dice en las cartas. No parece conocer de dónde realmente Néstor Imar sacaba la plata, ni qué hacía o  dejaba de hacer en sus viajes a París.

- ¿Y vos lo sabés?

- Algo estuve averiguando... Parece, por lo que me han dicho, que podía estar implicado con la mafia de la droga y que se dedicaba a conseguir...

A veces, su madre le imponía cierto pudor.

- No me voy a espantar, Mario, yo también estoy en el mundo.

- Bueno... parece que parte del dinero provenía de películas porno realizadas con menores...

- El asunto de Mimí parece más claro... Es cierto, Perla estaba ajena. No creo que la madre de Mayra supiera nada del asunto. Ella lo amaba, se nota... ¡Pobrecita!, cómo la engañó ese patán!  (56)... Y pobre Mayra... si supiera quién es su padre...

- Cuando sucedió lo de Mimí, Imar se esfumó; lo dejó a Carlos o Tony en banda, y completamente implicado en el crimen. Andá a saber lo bien que habrá manejado sus relaciones... La cuestión es que Tony se tragó años de cárcel, y la enfermedad de su hija Francis que, sea verdad o no, atribuyó a Imar...

- Imaginate los años que habrá masticado la venganza. En la cárcel hay mucho tiempo para eso...

- Así es... Y la venganza se depositó en un secreto, el secreto de las dos Mayras. Tony lo supo en la cárcel, por Perla, que parece que hablaba más de lo que debía...

- Pero, ¿en qué podía perjudicarlo?

- En mucho... Por un lado, en su relación con Clara, que parece que pertenecía a una familia adinerada, por lo que pude averiguar, y que le daba una imagen de señor decente y de familia. Clara no sabía palabra de la relación de Imar con Perla cuando nacieron las mellizas, pero él podía demostrarlo ampliamente con enfrentar a las dos Mayras...

- ¿Ellos ya estaban casados?

- Imar se casó con Clara en el ’63... Estaba consiguiendo una posición en Francia y tenía dinero suficiente para poder solventar sus negocios. Sí, ya sé... ¿para qué embarrarse tanto, si tenía el dinero de su mujer? No lo entiendo... Tal vez, demasiada ambición... Pensó que iba a poder dominar a Perla, pero Perla le jugó una mala pasada...

- Le mandó a una de sus hijas, sabiendo que Clara no podía tener hijos; imaginó que sin dudarlo iba a adoptarla, ya que estaba buscando un bebé... Era un regalo del cielo. Estoy imaginando, ¿o es verdad?...

- Clara era estéril; incluso, lo sabía antes de casarse con Néstor. El la convenció de que no importaba, de que su amor era incondicional. Un aditivo más para conquistarla.

- ¡Canalla! ¿Y vos cómo sabés todo esto?

- Clara, como sabés, me contrató.

- Pero vos me dijiste que no te había dado muchos detalles.

- No, al principio. Con el tiempo, confió mucho más en mí. He recibido cartas de ella, hasta hace poco...

- ¿Está con Imar?

- No, por supuesto que no... Cuando desapareció Mayra Imar, ella desapareció también. Néstor Imar supo que ella le dio las cartas, porque sospechaba la verdad. Era capaz de matarla. No sé exactamente dónde está, pero sé que sufre muchísimo, porque desde hace seis años no sabe nada de su hija.  Se siente culpable de haber desencadenado esta crisis.

- Ella no desencadenó la crisis. En realidad, el azar hizo que se encontraran... El azar o el destino, no lo sé...

- El azar, el destino y Perla Iñiguez, que les puso a las dos el mismo nombre...

- Por eso las separó... No la justifico...

- Carlos sabía, además, que si reunía a las dos Mayras podría recuperar las cartas y demostrar la culpabilidad de Imar en el crimen de Mimí. No hay duda de que tenerlas a las dos era tener la venganza en sus manos. Por eso se alió con Julián; el sabía que Mayra siempre había estado enamorada de él. Ese casamiento fue una trampa; la tiene en un puño...

- ¡Si nos hubiera escuchado!

- Pero no nos escuchó... Por el mismo motivo lo oí discutir con Perla, aquella tarde. Te imaginás cuál era la propuesta; necesitaba de la complicidad de Perla y ella no aceptaba. Por mucho que quisiera vengarse, no quería exponer a Mayra.

- Su hija era el fundamento de su vida... Yo lo sé por Nelly. Entonces... ¿Carlos mató a Perla?

- No... ¿A quién le convenía que Perla estuviera muerta? ¿A Carlos?

- No... A Néstor Imar...

- Eso es, mamá... a Néstor Imar. Montero, en algún momento, le debe haber revelado que Mayra era su verdadera hija, que Perla era una amenaza para él...  El estaba en Buenos Aires, esa noche del cumpleaños de quince.

- Montero debe saber que Imar mató a Perla. ¿Por qué no fue a la policía?

- ¿Te parece que Montero podía ir a la policía?

- Imar es un monstruo, ¡hay que denunciarlo! 

- Por supuesto, el día que lo encuentre...

- ¿Cómo el día que lo encuentres?

- Néstor Imar ha desaparecido... Se esfumó como el aire; ni en París ni en Buenos Aires tienen noticias de él...

- Todo esto confirma la historia que me contó Nelly...

- ¿La historia que te contó Nelly? Nunca me dijiste...

- Era una confidencia... Perdoname, Marito, tal vez te hubiera ayudado, pero yo le prometí a Nelly que no iba a decirle nada a Mayra.

- Yo no soy Mayra...

- Pero siempre estuviste tan cerca de ella... Ahora, Nelly está muerta; vaya a saber si Montero no fue el que la envenenó. Esa Silvia, que la visitaba, debe de haber estado pagada por él; ella le dio el dulce... ¡Qué terrible, Mario! No lo puedo creer.

- No hay pruebas, pero estoy casi seguro de que el que entró al departamento de Nelly, esa noche, fue él. Nunca pude ubicar a Silvia; supongo que le habrá dado dinero suficiente para que se fuera bien lejos.

- ¿Vas a contarle a Mayra?

- No por ahora... No quiero que sepa demasiado. Cuanto más sepa, más peligros corre. Por ahora, esta historia la sabemos nosotros dos... (57). No soportaría que le pasara nada...

- La querés mucho...

- Con toda mi alma.

Carlos Montero le dijo a los gritos a Julián Montero que no le iba a hacer trampa que a él no lo pasaba nadie que estaba muy equivocado que si se la había bancado era porque el dinero le gustaba tanto como a él pero que el cerebro era él que él lo había pensado y que se lo iban a repartir sin chillar y que el iba a decidir cuánto le daba porque para eso se había pensado este negocio metido en el pozo con la hija enferma y la mujer destrozada... Que qué se pensaba, le había dicho.

.................

 

Cuando le abrió la puerta casi no la reconoció.

- ¡Mayra! Estás toda golpeada... Otra vez....

- Está muerto...

- ¿Quién está muerto?

- Julián, Mario... Está muerto y yo lo maté...

 

30 (treinta)

Rififí

 

Claudia Clavel nunca en su vida había visto tantos cuadros todos juntos, a no ser en el Louvre, claro, al que había ido con su hermana más de una vez. Pero en una casa, nunca... Y en un departamento tan lujoso, menos... Porque el departamento de la Tía Paca era un flor de departamento, pensó Claudia, con toda la boca abierta, llena de rouge y de asombro. Y un cuadro al lado del otro, en una continuidad casi infinita; buenos, malos, regulares, de todo un poco. Marinas, retratos circunspectos, escenas campestres, ramos de flores, naturalezas muertas, paisajes franceses, un tapiz acá, una estatuilla de colección más allá, solo para matizar un poco... Hasta las alfombras parecían cuadros.

- ¡Cuántos cuadros! Perdón...

Se tapó la boca, abrió mucho los ojos, se llenó de rouge la mano.

- No, está bien. Es curioso, es cierto... Mi marido era marchand, en la época en que las Galerías de Arte eran otra cosa... Cada pintor le regalaba un cuadro al terminar la exposición; muchos de ellos incluso le pidieron que posara, como verá. Ese comparsa no es otro que mi marido; el retrato aquel, al lado del dresoir, también... Me llevaba unos años, pero era un hombre admirable, muy elegante, de una gran cultura. Por eso lo quiero tanto a Gabrielito.

- ¿Por qué?

- ¿¡No lo sabe!? Gabriel, mi sobrino, es pintor. En la casa nadie lo entiende, pero yo sí, siempre tuve sensibilidad para el arte...

- ¡Ah!, mire... No, no lo sabía.

La hizo sentarse entre los terciopelos; se resbalaba un poco del sillón, pero lo disimulaba bastante bien. Con una señora como aquella había que guardar la compostura.

La miró desde su rodete imponente.

-  ¿Así que usted conoce a la bendita Mayra?

Mmmm... Esto no va bien... El “bendita” sonó bastante irónico...

- Algo... La conocí en un viaje en avión a París. A ella la había secuestrado el padre, y yo la ayudé a escapar. La tuve escondida...

Esto suena mal... muy mal... A veces la verdad parece mentira...

- ¿Usted también se creyó esa historia? ¡No sea ingenua, mi querida! Un padre no secuestra a una hija; la hija es suya y nada más. Puede decidir sobre ella y su vida...

Esta vieja es una represora...

- Quiero explicarme bien; no es que no conozca cómo están de difíciles los jóvenes, y cuantas cosas que en mi época eran un escándalo ahora son de lo más normales. ¡Pero que un padre secuestre a su hija! Solo Gabrielito se lo cree... Y usted, bueno...

La disecó con la mirada.

Esta vieja se piensa que yo soy una tarada.

- Mire, señora...

Calmate, Claudia; tenés que convecerla de que te diga dónde está Gabriel.

- ... a veces uno puede confundirse... Yo le puedo asegurar que Mayra está muy enamorada de su sobrino, con un amor sincero y...

- ¡Por supuesto, qué más quiere! ¡Mi sobrino es una joya! De apellido, buen mozo, joven, fino, educado y todo lo que pueda imaginarse. Ella debe estar deslumbrada, no lo dudo. Pero no es para él...

- ¿Por qué no deja que él lo decida?

- Mire... Yo estoy segura, porque nadie me lo saca de la cabeza, que la chica ya le conoce la cara a Dios...

Levantó muy alto la cabeza y la miró de reojo.

¡¿Qué quiere decir?!

... supo seducirlo... Usted sabe cómo son los jóvenes inexpertos. La primera atorrantita que se les cruza...

Si le contesto, me tengo que ir. Modulá la voz, Claudia, modulá la voz...

- Yo le aseguro que Mayra no es una... una...

- Atorranta.

- Eso, atorranta... Yo la conozco bien. Ha estudiado en los mejores colegios franceses.

Pareció interesarse.

- No sabía... ¿Es francesa?

- No, no... Es argentina, pero el padre es un hombre de posición que le ha dado una muy buena educación.

El rodete se movió levemente.

- ¿Y por que “la secuestró”, como dice usted?

¿Y ahora qué le digo a esta vieja?

- Porque... porque... quería casarla con un hombre mucho mayor que ella...

- ¡Y bueno! Yo me casé con un hombre muuucho mayor, y fui muuuy feliz...

¡No te creo!

- Sí, pero usted estaría muuuy enamorada de su marido.

- ¡Por supuesto!

- Mayra, no. Está enamorada de Gabriel.

- Le repito, no la culpo, mi sobrino es encantador... Ese cuadro de mi marido lo pintó él; esas flores tan hermosas, también. Y tendría doce añitos nomás... ¿No le parece un prodigio?

No... 

- ¡Increíble!  ¿Gabriel está viviendo con usted?

- Temporariamente...

Bajó la voz.

- El padre es un exagerado... Parece que no estudió en Francia, como él pensaba, y se comió toda la plata... ¡Cosas de chicos! Usted sabe cómo son... No era su vocación; las vocaciones por el arte no se pueden torcer... Mi hermana me lo mandó. ¿Dónde iba a ir: ¡al medio de la calle!? Un muchacho como él...

Ya está, todo solucionado... que Mayra le escriba acá, que lo llame por teléfono...

- Pero no resultó...

- ¡¿Cómo que no resultó?!

- Quería a toda costa que le diera plata para irse a Francia y, como se imaginará, me negué. Tiene que olvidarse de esa chica; ¡usted no sabe las jóvencitas de sociedad que están encantadas con él!

- ¿Y dónde está?

- ¡Ah, no sé! Una mañana me levanté y se había ido, hasta se llevó un Spilimbergo... Supongo que lo habrá vendido...

Esta vieja se merece que le roben...

La puerta del departamento se cerró; ni un té le había dado, ni un té...

................

 

- ¡Un Spilimbergo!

- Sí, parece que tiene un “Rififí” en su historia...

- ¡No se lo puedo creer!

- Pues, créamelo. Lo que le dije es lo que me contó la Tía Paca esa tarde, ni más ni menos...

- O sea... lo había perdido y encima descubrió que era un delincuente.

- ¡No exagere, Julia! A la vieja era para robarle todo; casi le hizo un favor con la cantidad de cuadros que tenía. Le puedo asegurar que en nada variaba su situación tener uno más o uno menos.

- Bueno... pero... no era de él...

- Se cobró la herencia por anticipado. Le cuento, para su tranquilidad y para que no pierda la fe en su personaje, que años después, la Tía Paca se murió de un colapso y le dejó todos los cuadros a Gabriel.

- ¡Pero entonces, usted sabe mucho más!

- Por supuesto, le seguí el rastro; con grandes dificultades, que le contaré, pero logré finalmente ubicarlo  (58).

- ¿Y era verdad?

- ¡¿Qué cosa?!

- ¿Había robado el cuadro?

- ¡Ay, Julia! ¿Y si así fue: nunca sintió una cierta atracción fatal por Rififí? ¿Se acuerda de Cary Grant en esa película con la Grace de Mónaco? La pasan siempre en el cable... ¡No me diga! Con ese traje blanco...

Julia la recordaba perfectamente, perfectamente...

- Es una película...

- Y esta es una novela... ¿Por qué no me deja contarle lo que realmente es importante? Se va a quedar muda cuando sepa cómo logré encontrar a Gabriel, muda...

Julia pensó que por supuesto, que se iba a quedar muda, que ni un bocadillo le iba a dejar meter en la conversación... Pidieron un café y unos sandwiches, para que no las echaran de La Opera y fueron al baño y se miraron en el espejo y se retocaron el maquillaje y se prepararon una para hablar y la otra para escuchar la verdadera historia de Mayra I. y de su Rififí.

 

 

(7)

 


 

 

31 (treinta y uno)

“Si él llama nuevamente por teléfono...”  (29) 

 

- ¿Entendés?

- ¿No lo firmaste?

- Por supuesto que no... Me había recibido de maestra y no me habían podido endilgar ningún novio. Papá y mamá ya estaban un poco incómodos con el asunto. Vos sabés: si a los dieciocho no tenías alguien en vista, te quedabas para vestir santos. Imaginate ahora: soy una mujer condenada... Decidí trabajar; pensé que eso me liberaría de ellos parte del día y me daría cierta independencia... Era inusual, todavía lo es... Me anoté en las escuelas sin decirles nada; me llamaron enseguida, supongo que por el apellido. Yo tenía vocación, pero... ¡Mirá con lo que me encontré! Me vi igualita a la Tía Cristina.

- Supongo que no sigue siendo así...

- Eso espero; yo no voy a averiguarlo. De todos modos, de una manera o de otra, sigue siendo así... ¿Te das cuenta, Marcela, que todas estas son formas de sumisión?: ser monja, ser maestra, ser obrera, ser prostituta, estar casada, ser una señora, una dama, una loca... siempre un nombre distinto para tenerte bien encasillada, para no dejarte pensar, para que no te des cuenta... Estamos en 1940, pero nada ha cambiado. Todavía me acuerdo de lo que te dijo Alvaro el otro día, palabra por palabra. Las mujeres podemos hacer otras cosas, podemos tener otra vida, tomar otras resoluciones... Escribir poemas como los de Alfonsina Storni, que se atrevió a decir que los hombres son pequeños e insignificantes. ¿Te acordás?: “Hombre pequeñito, te amé media hora, no me pidas más”.

- ¡Alfonsina! Esa mujer era un escándalo... Recuerdo que tu padre me contó que la conoció en el ’18, en Montevideo; me dijo que era atea y afecta a los jovencitos... ¡Si te escuchara, Amalia!

- No me importa que me escuche. Se mató hace dos años; está muerta, pero sus ideas no...

- Se metió en el océano. Dicen que estaba muy enferma. ¿Te parece que Alfonsina fue feliz?

- No, no lo creo. Muchos la marginaron; papá decía que era una artista y que las artistas son todas “unas locas”. Los hombres la querían blanca, casta, perfecta... Nosotras somos mucho más que eso, ¡somos mujeres! Te puedo asegurar que, en el fondo, ellos están muy asustados... Intuyen hasta donde podemos llegar.

Encendió un cigarrillo.

- ¡Por favor, Amalia! Apagá eso. El otro día Alvaro sintió el olor cuando volvió a casa y...

- ¿No se va a Montevideo esta tarde? ¡Basta con Alvaro, basta con papá!

- ¿Y con Octavio?

- Me gusta mucho Octavio, Marcela, pero... no sé si me entendería... Tengo 34 años, demasiados para estar soltera en esta sociedad implacable; ya estoy condenada.

- El es soltero también, por lo que me dijiste...

- Sí... ¿Ideal, no? Un matrimonio tardío, pero matrimonio al fin. Si estuviera deseando casarme, tendría que intentarlo... Pero... ¿cómo explicarle a Octavio que no quiero cumplir con las reglas, que no estoy desesperada por casarme con él o con cualquiera, que no me importan las condenas sociales, que no quiero convertirme en una señora? ¿Sabés lo que pasa? Me parece que Octavio va en serio.

- ¡Y bueno! ¿Qué más querés?

- Me asusta... A vos te lo puedo decir... Estoy aterrada... No quiero ser la tía Cristina, pero tampoco quiero ser mamá. Es muy difícil porque no hay otras opciones... Una Anchorena puede ser una solterona, una monja, una señora de su casa, una maestra... y no mucho más. Cualquier otra elección es un escándalo.

- No se puede hacer otra elección...

- Sí se puede, si una está dispuesta a luchar hasta el final, como Alfonsina. Por ejemplo vos, con Ramiro... No me mires así, Marcela. Si te hizo esa propuesta, es porque está más allá de las reglas. Me fascina un hombre que no esté asustado, que no le importen ni el estado civil ni los apellidos de alcurnia.

- ¿Y si es un vivo? ¿Y si solo quiere..?

- ¿Hacer el amor? ¡No te pongas colorada! ¿Sabés que no me parece? Va demasiado de frente, demasiado. Si quisiera engañarte, hubiera sido más sutil. Yo sé un rato de esto... No te lo hubiera propuesto la tercera vez que te veía; no hubiera arriesgado todo apareciéndose acá, a esa hora y en medio de la lluvia... Me encanta que haya roto con las reglas. Ese tipo está desesperado por vos, y no le importa nada. ¿Qué vas a hacer si te llama por teléfono?

- No sé... Tengo las correcciones de las pruebas y...

- No te va a llamar por las correcciones. Esa es la excusa. Te estoy preguntando qué vas a hacer realmente.

- ¿Vos pensás que Ramiro puede cambiar en algo mi vida? Me siento tan distinta cuando estoy con él... ni siquiera entiendo bien qué me pasa.

- Eso es pasión...

- ¿Y la pasión, para una mujer, no puede transformarse también en una forma de sumisión?

- Tal vez, pero mucho más agradable que la de ser maestra, ¿no te parece?

.................

 

Felizmente, el teléfono se había inventado en 1940. Era caro, negro y un tanto aparatoso, pero existía. Una familia como los Anchorena no podía vivir sin teléfono; una revista como “Hogar y Sociedad”, tampoco. Ustedes dirán que este es un comentario bastante trivial, pero es interesante reflexionar sobre lo valioso que ha sido el teléfono para los argumentos de algunas historias de ficción (sin considerar las de la realidad) en el siglo pasado (el XX, por supuesto). ¿Qué hubiera sido de las películas de Hitchcock sin el teléfono? ¿Y de las telenovelas? ¿Y de los policiales de Agatha Christie? Hablar con una voz, sin una imagen, sin un gesto, solo frente a un espejo o dándole la espalda a una amenaza...

Les confieso que las dos llamadas telefónicas que han suscitado estos comentarios, no fueron para nada de ese tenor. La primera, la de Octavio Ortiz a Amalia Anchorena, fue una llamada que podríamos denominar sutilmente imperativa, algo así como: “vení que me muero por vos, aunque no te lo diga; o venís o voy”. En cambio, la segunda, la de Ramiro Iñiguez a Marcela Yrigoyen, podemos imaginarla como efectivamente cautivante: “traeme las pruebas, nos tomamos un café, quiero verte...”. Las dos, sin otro recurso más que el de la voz, sin ojos, sin boca, sin caricias, sin rostro, provocaron el mágico efecto de querer ver lo que se escucha. Y todo gracias a Alexander Graham Bell, que de historias como esta no sabría mucho... 

De la primera poco voy a decirles; imaginen solamente a una mujer de 34 años, en 1940, con un miedo atroz a cambiar de estado civil, a convertirse en su madre, a renunciar a las reivindicaciones que, en aquel entonces, todavía parecían un sueño solitario, pero absolutamente presa bajo el ala de un sombrero elegante y protector...

De la segunda; bueno, la segunda nos interesa en particular, ¿no?...

 

...................

 

- Aquí se las traje... le corregí algunos errores de ortografía, algunas comas... Nada importante. Consiguieron finalmente que alguien se ocupara de las buenas costumbres de la mesa, parece...

- Siempre hay alguien.

- Es un tema un poco...

- ¿Trivial?

- Sí...

La Ideal brillaba en sus lujos de madera y mármol, en sus arañas de caireles espejados, en las teteras blancas, los platitos con masitas, los zapatos bien lustrados de los mozos de bandeja y de melena engominada, la música que se deslizaba casi imperceptible (para no interrumpir, ni impedir, ni fastidiar ninguna conversación), las delicadas servilletas manchadas de rouge bien rojo, bien delineado. Entre los modelitos de Henriette de París y las copias de Harrod’s, las señoras distraían su tarde y, de vez en cuando, dirigían una miradita un tanto recelosa a la parejita del reservado, que parecía trabajar en unos papeles, pero que en realidad estaba trabajando en una pasión... Porque eso era lo que pasaba y lo que bien intuían los habitués de La Ideal: un encuentro prohibido e inconfesable.

- Bueno... Espero que todo esté bien, cuando tenga algo más, avíseme...

- Espere... Ni siquiera ha tomado su té... Cuénteme algo de usted... ¿Su apellido es Yrigoyen, verdad? Como...

- Como Hipólito...

- ¿Tienen algo que ver? Su marido es Alvaro Anchorena, un conservador... Es raro que un Anchorena haya...

- Sí, es raro... Pero así fue... Es más: la familia nunca me ha demostrado recelo; Alvaro es el mayor, me lleva quince años, y todos le tienen mucho respeto. Sus decisiones son ley; él y su padre manejan a los Anchorena. Sin embargo, a veces siento que me desprecian; no sé si a mí o a mi apellido. A lo mejor es solo una idea mía... Cuando lo conocí a Alvaro, andaba en la mala, como se dice... Siempre he sentido que le debo algo, que él me salvó y me dio la oportunidad de vivir con comodidades... a mí, que era una Yrigoyen que cosía para afuera... y que estaba tan sola. Yo nunca entendí demasiado de política. Las mujeres no sabemos de esas cosas...

- Amalia, sí...

- Amalia no parece una Anchorena...

- Su marido debe haber estado muy enamorado de usted.

- Supongo que sí... Ahora no estamos bien, pero las razones son otras... En realidad, mi parentesco con Hipólito Yrigoyen parece que es bastante lejano, nunca lo supe bien. Mi abuela no se ocupó de aclararme demasiado las cosas.

- ¿A usted la crió su abuela?

- Mi madre murió cuando nací... Mi padre...

- ¿Su padre?

- Yo llevo el apellido de mi madre. Usted comprende...

- ¿Las abandonó?

- No estoy segura. Mi abuela se encargó de que odiara a mi padre, de una manera muy sutil. Es el único odio que me han impuesto. Me hablaba mal de él;  decía y lo repetía sin cesar lo sola y enferma que había estado mi madre, lo que había sufrido hasta su muerte. Cada noche, antes de dormir, me hacía rezar mis oraciones frente a su cuadro y me decía que yo tenía que pedir por su alma, para que se salvara... ¿Salvarse, por qué? ¿Qué pecado había cometido? Recuerdo una vez, usted sabe cómo son los chicos, que le pregunté si no rezábamos por mi abuelo. Me dijo que no se lo merecía.

- ¿Se había muerto?

- Se había ido dando un portazo y no volvió más... Pero ella lo echó, estoy segura; todavía escucho sus gritos; todavía siento cómo lo odiaba...

- O sea... Su abuelo dejó sola a su abuela; su padre a su madre...

- Y yo me casé con Alvaro para siempre; no soportaría una separación...

Levantó los ojos; hasta ese momento, solo había mirado sus dedos estrujar la servilleta. El pensó que ya no iba a poder renunciar, que nada era para siempre, que era el momento de tocarle la mano (de por lo menos tocarle la mano). Ella pensó que él no iba a renunciar, que no se casó con Alvaro para siempre, que era el momento de dejar la servilleta, que había ciertas texturas más interesantes que las de una servilleta.

- El amor a veces no tiene nada que ver con el casamiento...

Retiró la mano.

- Soy una mujer honesta.

- Ya lo sé. No estoy confundido; me doy cuenta perfectamente de cómo es usted. Ojalá fuera soltera, y yo pudiera ofrecerle casamiento en este mismo momento. Pero no es así. El problema es que su estado civil no me impide sentir lo que siento.

- Estas cosas no son así en la vida real, suceden en los radioteatros, en las películas de Greta Garbo, en las novelas de amor. Esto es la vida real...

- Y yo soy tan incondicional como un personaje de papel o de celuloide. ¿No me cree?

- No, no le creo. Usted sabe que no ando bien con mi marido, porque Amalia, que es un “estómago resfriado”, se lo ha contado a Octavio... Sólo se está aprovechando de la situación.

Sintió que era injusta con él, que era una prejuiciosa, que no creía ni en su sombra, que tenía miedo.   

- ¿Qué puedo hacer para que me crea?

- Nada, no voy a creerle... Ni siquiera tendría que haber contestado esa llamada hoy... Discúlpeme, tengo que irme.

Se puso de pie.

- ¿Puede contestarme una sola pregunta?

- ...

- Si fuera otra su situación... ¿me aceptaría? Usted me dijo que en el lugar de Faustine, se hubiera dado cuenta, hubiera traspasado el tiempo, hubiera sabido mirar... ¿No se da cuenta de que estoy enamorado de usted?

- Ese día me equivoqué, no tendría que haberle dicho lo que le dije...

Lo miró. Se puso el abrigo. Tomó la cartera. Bajó la cabeza y le dijo, casi en un susurro:

- ¿Y usted no se da cuenta?

................

 

- Hola, ¿Ramiro? Amalia... ¿Cómo te fue?

- No muy bien.

- Hoy está sola en la casa. Alvaro se fue a Montevideo y no vuelve hasta el jueves...

- No va a abrirme.

- Recién hablé con ella. La dejaste temblando.

- Decime, Amalia. ¿Por qué le hacés esto a tu hermano? Es lo que no logro entender. Yo soy absolutamente sincero con ella, ¿y vos?

- No sé... Debe ser una revancha... Algún día te voy a contar lo que Alvaro me hizo a mí...  (62)

....................

 

- Hola, Marcela... Amalia. Abrile la puerta, no te lo pierdas.

..................

 

Y le abrió la puerta, y no se lo perdió.

.................

 

Después ella le contó la muerte de su abuela, los meses tan difíciles en la pensión del barrio de Constitución, donde fue a parar cuando le remataron la casa de la familia; que la pagaba con la aguja, con la plancha, con las pocas cosas que sabía hacer una chica criada para casarse y arrojada al mundo, así, tan de golpe; le habló de Alvaro, la tarde en que se encontraron en la casa de los Alzaga, donde ella había llevado el traje de novia de la menor, de Laurita, que se casaba esa noche; de esa noche en el casamiento, tan lujoso, tan perfecto, y ella tan pobrecita arreglándole el traje todo el tiempo y Laurita que se lo desarmaba todo el tiempo y Alvaro que la miraba todo el tiempo; que para ella era un hombre grande y rico, inalcansable..; que le pidió el número para que le hiciera una ropa a su madre y que la llamó pero no le encargó la ropa; que era un solterón empedernido y su madre se lo reprochaba y la sociedad hablaba de esa mujer que tenía, una corista, que no podía dejar; que la dejó por ella, por una Yrigoyen, por una costurera; que ella se sintió tan protegida que le dijo que sí, aunque siempre se sintió una extraña con él, pero estaba en la calle y él le dio una casa; que nunca supo quién era su padre y que siempre quiso saberlo, y que su abuela ni que se lo mencionaran, que era un demonio; que una vez la escuchó a Lucita, la nana de su madre, decirle a la abuela que ella tenía la dirección de España, de Bilbao, que él tenía derecho a conocer a su hija, que habían sido  tan injustos con él; que su abuela la echó de la casa, y eso que la quería tanto, que ese hombre se había muerto en 1911, cuando se murió mi madre, cuando yo nací...

Y Ramiro no se dio cuenta.

Después él le contó que su padre era un hombre solo, que muchas veces lo veía mirando el retrato de una mujer, que se lo iba a mostrar, que era una mujer hermosa como ella, con unos ojos como los de ella; que él también había nacido en 1911, en Bilbao, qué casualidad, y que su padre siempre le decía que si encontraba a la mujer de su vida, que iba a darse cuenta, que luchara contra todo por tenerla, que eso siempre le decía, porque él se arrepentía de no haberlo hecho, de haberlo hecho mal; que cuando su padre se murió él sintió que no le había dicho todo, que algo se había guardado, y que Agustín Sanlúcar le dijo que  él no sabía nada más, pero que él pensaba que sabía, que había mucho más; que él vino a la Argentina porque sentía que iba a encontrar la respuesta, y que la encontró a ella y que no le importaba ahora la respuesta.

Y Marcela no se dio cuenta. 

Después, ella le dijo que era feliz, que no se había equivocado, que Faustine no había sabido mirar, no se había animado a mirar; que ahora comprendía lo que era la pasión... El le dijo que la había encontrado, que por fin la había encontrado, que su barco se había detenido y que habían incendiado el tiempo, y que iba a besarla de nuevo, y que iba a tenerla otra vez...

...............

Y en la oscuridad, en el secreto, en el imposible encuentro del náufrago y Faustine, de Alfonsina y su amado del teléfono, se cumplieron todos los encuentros, todos juntos, todos los que no pudieron ser y no podrán ser. Por la magia del destino se cumplieron; por la fatalidad del destino, también... 


 

 

32 (treinta y dos)

Un esqueleto en el armario

 

 (11)

Cuando abrió la puerta, Carlos Montero. Después de tanto tiempo, pensó, después de perseguirlo tanto, ahí estaban frente a frente, Carlos Montero y él. Su madre le preguntó qué quería, qué le pasaba, por qué asustaban a Mayra de esa manera, qué le estaban haciendo.

Entró con dos hombres.

- ¿Usted es Mario Mistral, verdad? Mayra siempre me habla de usted. Le agradezco que se hayan ocupado de ella. Por suerte la encontramos.

Los dos hombres se acercaron a Mayra. Ella retrocedía... finalmente se arrinconó contra la ventana balcón. La levantaron en vilo. Entre los gritos, Mario y Consuelo pedían explicaciones.

- ¿Qué pasa? ¿Dónde se la llevan?

- ¿Usted cree que ha matado a Julián? ¿No se da cuenta de que es imposible?

- ¿Les contó esa historia? ¡Pobre, Mayra! Hace rato que tiene alucinaciones...   Ve imágenes en los vidrios, no sé si se los comentó, y cree que esas cosas que ve van a pasarle... No hay remedio, había que tomar una medida...

- ¿Una medida? ¿Dónde está Julián?

- De viaje... Sí, sé que les dijo que lo mató... Desvaría; he tenido que tomar esta determinación en ausencia de Julián... Vuelvo a agradecerles lo que han hecho por ella. Julián y Mayra siempre me hablaron bien de ustedes...

- No, espere... No se la lleven...

- Tranquilo, Mario, va a estar mejor con la atención adecuada. Ni ustedes ni yo podemos ayudarla. Necesita de un especialista... 

Mayra había dejado de gritar, había dejado de llorar; estaba paralizada. Solo al salir lo miró a Mario y le dijo:

- Buscame, Mario, no me abandones, por favor...

(23)

Los días que siguieron a este episodio fueron desesperados para Mario Mistral; desconfiando hasta de su sombra, se había impuesto la tarea de salvar a Mayra a cualquier costo, a pesar de las súplicas de su madre, que había medido exactamente las dimensiones de Carlos Montero. Que esperá un poco, que es peligroso ahora, que no averigües, que ese tipo no me gusta nada. Pero el pequeño Mario Mistral, tan insignificante como empecinado, no escuchaba razones de ningún tipo, ni las mejores ni las peores, porque no podía razonar. Y buscó sin descanso una pista, un indicio, algo que le diera la solución para sacar a Mayra de dónde estaba, que ni siquiera sabía dónde era.

Las cosas se agravaron, por otro lado: cuando fue a la casa de los Montero, una semana después, habían desaparecido del mapa: una mudanza se decía en el barrio. La gente hablaba poco, prefería no meterse, no aventurar conjeturas; le llamó la atención: los barrios, hasta los más adinerados, murmuran (ese es su oficio); este callaba; el silencio era tan grande que hasta Mario se sentía paralizado. ¿Dónde está el que me cuente algo, el que me dé una pista, el que me diga un mísero chisme? Finalmente, dio con alguien: el del quiosco de enfrente; todo el día mirando la casa, pensó... Sí, a Julián lo mataron... No, el cadáver no lo vi, lo habrán velado en otra parte; yo a las doce me voy, cierro y a casita... Se fueron hace unos días... Fue la piba; él la trataba muy mal, era un bruto con ella, una chica tan delicada... Andaba con la tía, digo yo, porque estos crímenes son pasionales... Lo ahogó con la almohada, dicen... Usted sabe que cuando uno está con bronca tiene mucha fuerza; los locos tienen una fuerza bárbara, ¿se imagina?, una chica que no mataba ni una mosca... La descerebraron en esa familia; uno era peor que el otro, una mafia, ¿me entiende? ¿Que a dónde se la llevaron?, ni idea, y no se gaste en preguntar porque acá nadie sabe nada; dentro de un tiempito va a ser como si no hubiera pasado. El Carlos Montero ese no es trigo limpio; en la cuadra se dice que estuvo en cana, que violó y mató a una menor; no sé, yo en esa no me meto... La mujer es medio sonada; tienen una hija discapacitada, una cruz... Por eso le digo, capaz que el pibe le hizo un favor... Van a hacerla desaparecer del mapa a la piba, les trajo muchos problemas; tienen comprado todo: abogados, jueces, lo que se imagine. Hay guita ahí...  Perdón... y, usted, ¿quién es?

...................

Los días que siguieron a este episodio fueron desesperados para Aníbal Galván; luchar contra los miedos de su madre, contra el silencio de los Montero fue una empresa inmensamente difícil. Porque, cuando le contó por teléfono Pilar que Mayra había desaparecido, que en tres días los Montero habían levantado la casa y se habían ido vaya a saber dónde, supo que la única que podía hacer alguna averiguación, sin despertar sospechas, era su madre. 

...................

 

Desayunaban. Lunes a la mañana. No descansaba el teléfono con los pedidos de remises; los choferes llegaban y se iban, se iban y llegaban. Doña Flora les daba un matecito entre viaje y viaje, charlaba un ratito con ellos mientras limpiaba la casa con fruición: lustraba lo que relucía como un espejo, incansable buscaba tierra donde sólo había brillo. Tenía una manía: la limpieza; una pasión: su hijo Aníbal, y un único amor después de la viudez: su perro Nerón. Era una mujer sencilla... ¿Qué puede hacer una mujer sencilla frente al miedo?

Terminó la medialuna; atendió un llamado...

- Mamá, ¿qué sabés de tu hermano?

- ¿Del Carlos? Nada...

- ¿Sabías que se mudaron?

- No...

- ¿Pero no estuviste ayer con la Tía Francisca? Ella los ve seguido...

- Algo me comentó, pero no me acuerdo...

- Decime ya qué sabés.

- Aníbal, no te metás... Hacele caso a tu madre. Yo sé lo que te digo. Es gente mala; el Carlos es un hombre malo. ¡Mirá!, yo, que soy la hermana, no le confío...

- Se llevaron a Mayra...

- Mayra es la mujer de Julián, le pertenece; él tiene derecho de llevarla adónde se le antoje.

- ¡No, pará un poquito, vieja! El no tiene derecho a hacerla infeliz, a tenerla agarrada con amenazas, a pegarle como un bestia.

- ¿Y vos cómo sabés que le pega? ¿Quién te lo dijo?

- Ella...

- ¡¿La volviste a ver?! ¡Aníbal, por favor, no hagás locuras! Nos van a sacar la casa y ya vamos a ver dónde iremos a parar...

- ¡La volví a ver y la voy a ver todas las veces que quiera! ¡Y basta con la casa, la herencia y todo ese asunto! ¿Vos también le tenés miedo a ese hijo de puta? ¡Yo, no! ¿Me vas a contar o no me vas a contar lo que sabés de los Montero?

Golpeó la mesa; hablaba a los gritos.

- La tía me dijo que, parece que... bueno, que hubo una discusión, la chica se puso como loca, se escapó y...

- ¿Adónde se escapó?

- No sabía muy bien, pero la encontraron, quedate tranquilo que la encontraron... Y bueno, desvariaba mucho, decía que Julián estaba muerto, que ella lo había matado...

- ¿Y Julián está muerto?

- No... La tía dice que no, que ella está mal de la cabeza.

- ¿La tía lo vio al Julián?

- No, no lo vio, pero Carlos le dijo que Mayra lo había imaginado, nada más y que...

- ¡¿Qué?!

- Decidieron internarla por un tiempo, hacerle un tratamiento.

- ¡Internarla!, ¿dónde?

- ¡¿Qué se yo, Aníbal?! En un loquero o algo por el estilo...

- ¡La encerraron en un loquero! Son unos hijos de puta...

- A lo mejor tienen razón; la chica esa siempre fue muy rara, hijo... ¿Te acordás que tenía esas visiones? Una vez vos me contaste... Capaz que, no digo que no, con todo lo que le pasó con Julián, con ese asunto de la hermana que apareció de golpe, con la madre que se la mataron casi delante de ella, el padre que la dejó y nunca más se supo... Son muchas cosas... Un tratamiento para los nervios le va a venir bien...

- ¡¿Vos creés que ellos lo hicieron porque quieren que Mayra esté bien?!

- Pero, Aníbal, recapacitá... ¿Por qué si no? ¿Por qué Julián se casó con ella? ¿Qué podía querer tu primo de esa chica? Una calentura, puede ser, pero... La hubiera dejado, si le molestaba tanto; tendría mil candidatas con la pinta y la plata que tiene...

- Mirá, vieja, tenés razón. Acá hay algo que no se entiende, pero Aníbal Galván te dice, y acordate bien de lo que te dice, la mandaron ahí para tenerla bien guardadita; yo sé, los conozco; para algo la quieren, para algo... 

- ¡Pero, para qué!

- Hay una sola razón para que los Montero se tomen tanto trabajo: la guita, ¿me entendés?, la guita, vieja.  Y yo la tengo que encontrar, la tengo que salvar...

-  Por favor...

- ¡No empecés con el miedo! ¿Soy un boludo yo que le tenés tanto miedo a los Montero?

- No es eso... Los conozco, los conozco... Yo sé lo que le hicieron a tu padre; yo sé cómo salió de la cárcel Carlos, jurando que se iba a vengar del Nene ese, con una furia en los ojos que mamá se asustó; me acuerdo que me dijo: “El Carlos no es el mismo, Florita”. Las madres saben... Lo único que le ha importado todo este tiempo es esa venganza.

- El Nene fue el que lo mandó en cana, ¿no?

- El Nene la mató a la Mimí, la violó y la tiró en un baldío; andaban siempre juntos en la noche, en los boliches. El Nene era mala junta...

- ¿Y cómo sabés que Carlos no fue el culpable?

- Por la furia que tenía, que tiene... No es ninguna maravilla el Carlos, pero si él lo hubiera hecho, yo te aseguro que no hubiera salido tan furioso; se hubiera bancado la gayola de otra manera... Mamá decía que esa noche, el Carlos estaba con la Rosita, y mamá siempre supo todo sobre el Carlos. Lo que pasa es que no se podía decir, la mujer embarazada, vos me entendés...

- ¿Y Mayra? ¿Qué tiene que ver Mayra?

- ¿Por qué pensás que Mayra tiene algo que ver?

- No sé... Si Carlos está tan obsesionado con eso, que pasó hace... ¿Cuánto hace?

- Y... él estuvo preso casi cinco años; en agosto del ‘63, me acuerdo como si fuera hoy, vino la policía a buscarlo a casa...

- Mayra nació en el ’64...

- Mirá, Aníbal, que no se te ponga eso ahora en la cabeza... Yo no le veo qué tiene que ver.

- ¿Sabés qué me dijo Mayra una vez, vieja?  Me dijo: “Julián se casó conmigo porque lo obligó Montero”.

- ¿Y qué le importaba al Carlos que el Julián se casara con la Mayra?

- No sé... Pero el petiso tiene que saber...

- ¿El petiso? ¿Quién es el petiso?

- Yo me entiendo... Vos me tenés que hacer un favor, vieja. Andate a ver a la tía Francisca a ver si sabe donde la encerraron a Mayra.

- ¡No me comprometás con eso, Aníbal!

- Con lo que habla la tía Francisca, le das un poco de manija y te lo dice; ni se va a dar cuenta... Haceme caso, vieja, haceme caso...

..................

 

¿Qué querés que te diga, Florita? Imaginate mi situación, estoy desesperada. No sé dónde se metieron y, si no aparecen, me quedo sin la mensualidad. Porque yo les planché y les lavé todo el mes; todo el mes me la pasé trabajándoles a ellos, cuando tengo tantos pedidos; mejor que en la tintorería les dejo la ropa, ¡y ahora desaparecen! Y ella no sabe dónde están, que se encontró, cuenta, con la Mirta, la que cuidaba a la Francis, ¿te acordás de la Mirta?, bueno, y que la Francis es su ahijada y que ella la quiere ver y que dónde está. La Mirta quedó varada también, se fueron cuando ella no estaba y se encontró con la puerta cerrada en sus narices; pero no es por eso, ella le asegura que no es por eso porque plata tienen y mucha, siempre tuvo mucha plata el Carlos, yo también lo sé, no le va a faltar ahora me dijo.  Es algo más gordo, Florita, un delito o algo así, ¡Dios no libre y guarde!, porque el Carlos tiene prontuario. Y le recuerda lo que sufrió mamá cuando estuvo preso, cinco años de agonía, por eso le agarró el cáncer que le agarró. ¡El varón! ¿Quién se lo tocaba al varón? Que el Carlitos esto, que el Carlitos lo otro, que nadie mejor que el Carlitos; yo le di la razón, era así; nosotras nos matábamos por atenderla, pero ella sólo tenía ojos para el Carlos. ¿Qué me preguntaste de la Mayra? En un loquero, creo. La Mirta le dijo que ella piensa que la mandaron a una clínica muy cara, en las afueras, por Luján. La Mirta sabe, porque ella es enfermera diplomada, y lo escuchó al Carlos hacer averiguaciones por teléfono, unos días antes; y ella, que no tiene un pelo de tonta, pensaba para qué el Carlos quería saber que cuánto cobraban, que si había lugar, y esas cosas; pensó que era para la Francis, pobrecita, que cada vez está peor, pero mirá lo que resultó... Me dijo que es muy cara, pero que aceptan cualquier cosa; hay tramoya, le dijo la Mirta. ¡La plata todo lo mueve, Florita! Y decime, hablando de eso... ¿vos no tendrás unos pesitos para prestarme? Yo te los devuelvo el mes que viene... ¿Porque vos me preguntaste por la Mayra porque el Aníbal quiere saber, no? ¡Dios me libre que se entere de eso el Carlos! ¡Te lo mata al Aníbal, te lo mata! ¿Sabés que me dijo la Mirta? Le dijo que: “Yo se lo aseguro Francisca, el que entra ahí no sale más; si no está loco se vuelve loco... Yo trabajé en un lugar así, y me tuve que ir. Me pagaban millones, pero me fui. Da miedo, Francisca, da miedo...”, me contó que le dijo la Mirta.

- Gracias, vieja.

 

...................

- ¡Aníbal!

- Hola... Desapareció Mayra.

- Ya sé... Se la llevó Montero de acá.

- ¡¿De acá?!

- Vino desesperada diciendo que lo había matado al marido; no sabía cómo calmarla...

- ¿Y vos le abriste la puerta al hijo de puta de Montero?

-  Si no se la abría, ¿pensás que hubiera podido detenerlo?

Aníbal lo miró desde su metro noventa.

- No... ¿Y lo mató?

-  Ella dice que sí, Montero dice que no...

- Hay que encontrarla.

- La internaron...

- Creo que sé dónde... No es ese el problema; el problema es saber por qué Montero quiere tener a Mayra tan guardadita, ¿me entendés, Mario? Es más... Yo creo que vos lo sabés... ¿Me equivoco?

- No, no te equivocás. A Mayra es muy posible que le hayan metido un esqueleto en el armario, y yo creo saber por qué...

- Entonces, vos y yo tenemos que solucionar este asunto.

- ¡¿Vos y yo?!

- Sí, petiso, después nos peleamos por ella, pero ahora... ahora hay que salvarla...

 

33 (treinta y tres)

Variaciones de Gabriel

 

A las dos de la mañana, después de horas y horas de interminables idas y vueltas de Mayra Imar a Gabriel Grimaldi de Gabriel Grimaldi a Mayra Imar, Julia estaba al borde del desmayo, del soponcio, de todo lo que ustedes puedan imaginarse estaba al borde, y se caía, en cualquier momento se caía en el abismo más profundo. Suponiendo que no iba a sobrevivir ni un minuto más a los dimes y diretes de Claudia Clavel, resolvió invitarla a almorzar al día siguiente, en otro lugar, en cualquiera, en el que ella quisiera, menos ese... Después de interminables discusiones sobre invito yo no invito yo que yo le debo una historia que usted no me debe nada que para mí es un verdadero placer ayudarla que somos escritoras y entre nosotras nos entendemos tan bien, finalmente consiguió salir a la calle Corrientes, volver a ver el Obelisco, la disquería de la esquina, el quiosco de la vuelta; todo cerrado, como imaginarán (el Obelisco no, claro, porque no suele estar abierto). Y consiguió tomarse un taxi, llegar a su casa, escuchar el silencio inequívoco de Parque Patricios, barrio del sur.

Por supuesto, Julia no se durmió así nomás; tecleó la PC casi con obsesión, para no olvidar detalle, para recuperar de a poco a Mayra Imar y a su enamorado Gabriel Grimaldi, para no perder en el enjambre confuso y alambicado de la voz de Claudia Clavel la esencia de la historia; para no perderse de nuevo, para no perderlos otra vez... Así fue como escribimos algunos capítulos de esta novela, en esa noche única en que las dos escritoras se encontraron por primera vez.

Cuando el tipo volvió al asiento, nos hicimos las tontas. Por un rato largo permanecimos calladas, hasta que a mí se me ocurrió una idea extraordinaria para salvarla. No es por mandarme la parte,

Escribió...

Lo que pasó al día siguiente... Ya les cuento.

...................

Almorzaron en Puerto Madero, en el reciclado de los viejos edificios de la Aduana, mirando el incesante pasar de la gente, el incesante pasar del Río de la Plata, atrapado entre los edificios cada vez más espejados, más luminosos, más elegantes. Si no la aguanto, había pensado Julia, por lo menos puedo mirar el agua, la Fragata, los barquitos, los enamorados de Buenos Aires como yo que la recuperan asomados a la baranda de la costanera...

 

 

(8)

 

 

Cuando le abrió la puerta, comprendió inmediatamente a su amiga Margarita Pradón; más allá de que siempre fue lo que se puede llamar “una varonera”, son absoluta y perfectamente comprensibles los sentimientos que la arrebataron, pensó Claudia Clavel, cuando se recortó Gabriel en el marco de la puerta...  (64). No sabía cómo empezar la conversación; le habló de que una amiga le había dicho que él vendía cuadros y que ella estaba interesada en ver qué tenía y que su amiga le había hablado maravillas de él que había sido tan amable... Gabriel recordó enseguida a Margarita (por supuesto, porque era la única clienta que tuvo en toda su vida) y le dijo que no podía ayudarla que ya no se dedicaba al oficio que ahora tenía un negocio inmobiliario que había puesto con una socia que lo sentía mucho...

Entonces, ella, Claudia Clavel, le nombró a Mayra I., sin demasiadas vueltas, que para ella era mucho... ¿Ustedes saben lo que es la magia? ¿Han visto las elegantes maravillas de los magos? Bueno, ella se sintió mágica... Los ojos de Gabriel se tiñeron de un resplandor insospechado; dejó de ser Rififí, de ser el galán de Margarita Pradón... Se convirtió en aquel Gabriel que buscaba desesperado a Mayra I., que se preguntaba desesperado dónde estaba en el capítulo XVI de esta novela ( -Parece que lo ha logrado… - Esperemos, nunca se sabe…).  

Cuando le preguntó cómo sabía, qué sabía, por qué sabía, ella le contó todo, todo lo que nos contó a nosotros que, por piedad y buen gusto, no vamos a repetir ni en una sola palabra...

Le dio la última carta de Mayra, para no tener que decirle directamente que se había casado y todas esas cuestiones (que recordarán). Le dijo que anotara la dirección y que hiciera lo que quisiera, que ella ya había cumplido...

 

(12) 

Estaba harta de los ingleses y de los alemanes, absolutamente harta. Cada verano venían más y más, se adueñaban de la isla, de su idioma, de su sol, de sus pequeñas playitas de ensueño, de su paisaje; la contaminaban sin cesar, la pisoteaban, la llenaban de alcohol y de malos modales. O era eso lo que ella sentía y pensaba todo el tiempo, cada verano.

Pero ese... claro, ese verano era diferente; no era igual a ninguno de los que había vivido en la isla. Se habían tenido que mudar; había tenido que dejar su trabajo en el hotel, para ponerse al frente del bar. Estaba sola; sola para atender las mesas llenas de clientes coloradotes y morrudos, que pedían a los gritos las delicias del país, se tomaban toda la cerveza que encontraban a su paso y hablaban ese idioma empedregado, tan distinto al francés y al español, que ya invadía los menúes, como si no existiera otra lengua, como si la isla no fuera de quienes era... Muchos no se daban cuenta, quizás porque había sido de a poco y a billeteras abiertas, pero ella, ella que no era nadie, sentía cada acto como una sutil ocupación. Y les tenía que sonreír, porque las cosas estaban difíciles ese verano. Y con exagerada calma, le tenía que pedir a Antonio, el ayudante de cocina, que sacara a los que estaban demasiado alegres, con toda la cortesía posible del caso.

Ignacio casi no podía levantar la cabeza de la almohada; los médicos no decían demasiado, pero ella sabía, intuía, averiguaba, buscaba los términos difíciles en la enciclopedia, sacaba deducciones.  Charo no largaba prenda, porque ella estaba como estaba, pero las cosas no andaban bien. Ella se decía que Charo y ella tenían que poder, que tenía que poder por todo lo que Ignacio había hecho por ella en uno de los peores momentos de su vida. Pero había noches que casi no podía respirar, que el ventilador no alcanzaba, que no era el ventilador, que Ignacio parecía hundido sin retorno en el centro mismo de la cama. Y no se podía acostar y no podía dormir y se le hinchaban los pies y le pesaba todo le pesaba como si todo fuera desmesuradamente pesado.

Entonces, era cuando más se acordaba de él...

 

...................

 

No estaba; la dirección existía, en pleno centro de la isla, pero ella no estaba y no le sabían decir dónde se había ido; que antes trabajaba en el Hotel Gran Palma, que desde que llegó con la otra chica y el marido trabajaba muy bien ahí, pero el conserje no sabía decirle nada más que que el marido era mucho mayor que ella, que la cuidaba con dedicación, que se tenían un gran cariño, que Charo era como una hermana, no una hija, claro, por la edad, que ella hablaba muy bien el francés y por eso la habían tomado en el hotel, aunque cada vez hay más ingleses y alemanes acá... No, que a la playa no iban porque en verano trabajaban mucho, él en el bar y ella en el hotel, no sabían lo que era un sábado o un domingo; que Charo a veces iba; y que yo no conozco a Charo así que no me sirve...  Que dónde la voy a buscar, que siempre me pasa lo mismo con vos, Mayra I...

...................

 

Pero, claro... la isla, después de todo, no es tan grande...

Se sentó esa tarde en una de las mesitas, mirando la catedral que resplandecía bajo el sol del mediodía como si fuera una nave blanca y fantasmal, preguntándose si sería cierto que según la luz era el color de las piedras, si era posible que hacía tanto tiempo que estaba allí y si iba a estar tanto tiempo más sin sentir el peso de las variaciones. Porque él lo sentía; sabía que hacía mucho, tanto que no veía a Mayra I...  que tenía miedo de que ella no lo reconociera, que le pasara por al lado y ni siquiera se diera cuenta de que era él. ¿Y si ella lo soñaba, lo imaginaba, lo recordaba como alguien perfecto, se refugiaba en la memoria de aquella noche única, cuando se sentía sola, pero él no podía responder a su imagen? Después de todo, solo fue una noche, una mínima noche en el medio de toda una vida... ¡Es tan poco para los años que han pasado! Porque yo no soy de cartón piedra, yo varío, me siento variar, no soy el mismo ni siquiera en el mismo día... a veces casi no recuerdo al Gabriel que le mentía a su padre, que se llevó una mañana muy temprano el cuadro aquél de la tía Paca para irse a París a buscarla y que no lo pudo vender y que cuando lo pudo vender ya no sabía dónde estaba... Y mientras tanto varió, es cierto, casi sin darse cuenta, y un día se miró al espejo del baño del avión y vio a otro, al que era, al que había finalmente sobrevivido  de todo lo que había soñado ser... ¿cómo voy a responder a los recuerdos de Mayra I., si ni siquiera puedo responder a los míos? ¿Qué estoy haciendo acá?

Lejos, lo escuchó a Serrat; una de esas canciones de él, tan clásicas, tan repetidas que son parte de uno, como el idioma o el sabor de las comidas. Hablaba de una mujer, de la mujer que él quería, que era fruta jugosa, de que no hacía otra cosa que pensar en ti... Estoy escuchando a Serrat, eso estoy haciendo acá... pensó...

Y ahí la vio cruzar el puente; venía hacia él y él no lo podía creer. Ella también había variado, pero él sabía que era ella. Y todo desapareció a su alrededor porque ella lo hizo desaparecer; se fueron la catedral, las cúpulas, las piedras, los vitraux, las agujas pretenciosas clavadas en el cielo; se fueron el calor del mediodía, el ruido de los autos, el olor del “pescaíto” frito; se fue Serrat, hasta Serrat se fue, envuelto en el resplandor de su pelo negro. Solo ella avanzaba cruzando el puente como superando las variaciones, el tiempo, los desafíos, lo que no puede ser...

¡Mayra I!  

Y entonces escuchó muy lejos, pero muy lejos, que Serrat decía que uno se cree que los mató el tiempo y la ausencia...

Se sintió completamente enamorado.

Se dio cuenta de que estaba embarazada.

 

 

34 (treinta y cuatro)

“Star-crossed lovers” (66)

 

 

Habían pasado seis meses como si hubieran pasado seis horas; eso pensaba Ramiro Iñiguez, colgado de un punto exacto de fascinación que convertía en un murmullo casi ininteligible las discusiones de la guerra...

- Avanza, avanza, nadie puede detenerlo... Holanda, Bélgica, París... ¿Quién coño se podría haber imaginado lo de París, el pacto con Vichy, con Franco? ¿Te das cuenta de que no me podía quedar? Antes, papá no quería moverse por nada del mundo, por esa cuestión increíble de que todavía pensaba que estaba huyendo, que había que ocultarse, que no podía ni asomar por Argentina...  mamá había muerto y él lo seguía pensando. Después que tu padre murió, Ramiro, Dolores y yo creímos que íbamos a convencerlo, pero nada... Les confieso que yo casi me vengo solo con Gina; ser periodista en esas circunstancias era terrible: o tragabas saliva y soportabas la censura o eras hombre muerto... Para bien o para mal,  Hitler por fin lo empujó a Buenos Aires. ¡Hay algo peor que la familia, parece!

- ¿Y de la familia de Carmelita saben algo? Tu viejo era primo de ella, ¿no?

- Sí, además... Un transgresor mi padre, no hay duda. Si hubiera sido más joven, yo creo que lo hubiera enfrentado al mismo Franco.

- ¿Y vos?

- Yo prefiero ser un burgués; no me avergüenza decirlo. Argentina es la oportunidad de tener una familia con Gina y vivir en paz. Quiero trabajar en un diario y escribir una novela; es todo lo que quiero... ¿Desilusionados?

- No... La guerra es demasiado para cualquiera, Javier... Acá se toma partido, pero no tenemos ni idea... ¿Supiste de La Acción Argentina?

- Sí, ¿estáis en eso?

- En eso andamos Ramiro y yo... Amalia, también... Amalia es una amiga, está muy entusiasmada con lo que está haciendo Victoria Ocampo, la directora de Sur, ¿oíste hablar de ella? Hay una comisión investigadora para identificar alemanes organizados en Argentina... Estamos pensando en cambiarle el nombre a la revista; tiene la palabra Hogar, y ya tuve varios comentarios desfavorables... No sé, vamos a ver qué hacemos. Suena medio fascista, ¿no?

- ¿Por Dios, Patria, Hogar? Octavio, ¡no es para tanto!

- No sabés lo difícil que se ha puesto el asunto. Amalia...

- Amalia, ¿qué?

- Anchorena...

- De los...

- Sí, pero ella no... Les salió un tanto rebelde...

- ¿Y qué te pasa a ti con Amalia?

- Todo... Pero no me lleva el apunte...

- ¿Casada?

- No... Soltera, 34, y sin ningún interés en casarse.

- ¡Le ofreciste casamiento!

- Sí, y salió corriendo...

- El mundo está al revés...

Octavio Ortiz y Javier Sanlúcar lo miraron.

- ¡Bueno!, volviste... ¿Dónde estabas que no nos dabas ni la hora?

- Con una mujer, Javier... Desde hace seis meses, Ramiro Iñíguez no sabe pensar en otra cosa que en esa mujer.

- ¿Tú, enamorado? ¿Y también te dijeron que no?

- El problema es que no le dijeron que no...

- No entiendo nada, pero ando con poco tiempo... ¿Por qué no pasáis por casa esta noche para la cena? Alquilé cerca. Dolores tiene ganas de verlos; además quiero que conozcan a Gina.

- ¿Cómo va el matrimonio? ¿La aceptó finalmente Agustín?

- Me tiene chalado... Papá se resignó; además, el hecho de ser abuelo me parece que no le disgusta, aunque su nieto tenga la mitad de su sangre italiana... Después de todo su casamiento fue mucho menos convencional que unir a una italiana con un gallego, como decís vosotros. Está raro... no sé... me dijo que tenía urgencia de hablar contigo, Ramiro.

- ¡¿Conmigo?!

- Sí, dice que tiene algo que contarte. Supongo que debe ser alguna cuestión relacionada con tu padre, pero, ¿qué puede contarte que tú no sepas?

- Muchas cosas, intuyo que muchas cosas... Siempre sentí que papá se murió sin decirme un secreto, que algo había en Buenos Aires que lo hizo penar durante toda su vida. Siempre supe también que, si alguien sabía cuál era su obsesión, era tu padre, Javier. Cuando me vine a Buenos Aires, Agustín no me lo quiso decir, estoy seguro. A lo mejor se decidió ahora...

- Bueno, los espero a las ocho... ¡Ah!, y me cuentas qué te pasa con esa mujer...

 

.................

 

Habían pasado seis meses como si hubieran pasado seis horas, pensaba, mientras esperaba que la atendieran con Amalia que le hablaba todo el tiempo de la colección primavera de Harrod’s y de Octavio que no dejaba de llamarla por teléfono y de que no sabía más qué hacer con su corazón y que al final iba a aflojar porque no era de piedra y que no le dijera ni mu a Alvaro y ¿qué te pasa que estás tan pálida? Y Marcela, ella, que se sentía tan mal y tan culpable, a veces, y el médico que la llamaba con el apellido de Alvaro...

- Bueno, Señora Anchorena, no hay motivo de alarma... Los estudios están bien, una leve anemia, nada más... Tengo una muy buena noticia para darle...

- ¿Una muy buena noticia?

- Por supuesto... ¿Vio que yo le dije que había que tener paciencia? Bueno... está usted embarazada, ¡felicitaciones! Le voy a recetar unas vitaminas, un régimen de comida y unos días de reposo; todo va a andar bien, quédese tranquila.

- Bueno...

- Salúdelo a Don Alvaro de mi parte.

- Gracias.

Y Amalia que se lo dijo enseguida, enseguida se lo dijo; que no era de Alvaro, que por supuesto que era de Ramiro, que eso probaba que Alvaro no podía tener hijos, que era estéril, y que no había sido culpa de ella que era culpa de él, lo que pasa es que los hombres parece que no pueden tener la culpa de esas cosas pero no es así porque es una vergüenza, los machos no pueden fallar en eso, ¡Dios los libre!, que yo sé, claro, un tipo sin corazón no puede tener hijos, Dios lo castigó por haber matado al mío y que me dieron ganas de tener uno a mí, que no es tarde, que Octavio y yo... Y que: ¡¿cómo se lo vas a decir a Alvaro?! Que no le digas nada, total, qué sabe, acomodás un poco las fechas y lo engañás como querés, el muy imbécil va a pensar que es de él, del omnipotente Alvaro, pero es de Ramiro, ¿no?

- Sí, Amalia, estoy segura.

- ¡Qué lío, ¿no?!

....................

 

Esa noche, Agustín Sanlúcar les habló de Soledad Yrigoyen...

Llegaron puntuales, pero ya estaba la mesa lista. Costumbres de la casa de los Sanlúcar; la hora de la cena era sagrada: ocho y media. Dolores y Gina se ajetreaban en los últimos preparativos de la cocina, mientras ellos charlaban en el amplio comedor, se preparaban una copa y hablaban de cualquier cosa menos de lo que se iba a hablar, finalmente, esa noche: de Soledad Yrigoyen.

Durante la cena, se contaron anécdotas; se acordaron de los tiempos pasados y de qué buenos amigos que eran Tomás, Agustín y Pedro, el padre de Octavio; se detuvieron en detalles olvidados por unos y evocados por otros; se mencionó lo rica que estaba la cena; se alabó a Dolores por el pavo y a Gina por el postre; se imaginó los nombres de un supuesto varoncito que tendría el joven matrimonio para alegría del mayor de los presentes y para permanencia y gloria del apellido Sanlúcar; se lamentó que la abuela no pudiera disfrutar del esperado nieto, y se afirmó y se volvió a afirmar con nostalgia que hubiera sido una de las mayores felicidades de su vida; se supuso que si era una “chancleta” sería gran compañera de la madre y que lo importante era que viniera con salud; se brindó por el regreso a la Argentina, por fin; se hablo mal, muy mal de Hitler y de Franco y de la difícil situación de los franceses... Pero nada se dijo, esa noche, durante la cena, de la que estábamos esperando que se mencionara, o sea, Soledad Yrigoyen.

No es que no se habló; es que se habló después, en la salita, con el café y el cigarrillo, en una conversación de cuatro hombres solos, en la cual dos eran testigos y los otros dos, los que realmente tenían que hablar. Muchas cuestiones se develaron esa noche, muchas más de las que podemos imaginarnos sin leer lo que sigue, muchas más de lo que uno supone que se puede decir entre el humo del cigarrillo y el sabor de un café. Agustín pudo finalmente cumplir con una promesa; Octavio, completar los datos de una historia incompleta; Javier, empezar una novela que nunca publicó, y Ramiro, prometerse que iba a desafiar a las estrellas...

   

..................

 

- ¿Usted me está diciendo que era una moja?

- Sí, Ramiro... En realidad, yo conocí a tu padre por Carmelita, porque habían sido compañeras de clausura. Cuando llegamos a España, mi mujer estaba aterrada; nos acercamos a Tomás, que ubicamos en Bilbao, porque nos pareció que era la única persona que podía entender lo que nos había pasado. Fue muy difícil para nosotros escondernos de todos y luchar contra muchos prejuicios, incluso lo propios...

- Contra los que mi padre no pudo luchar...

- No lo juzgues. Ponte en su lugar. Soledad era la única hija de una familia muy tradicional que tenía como única expectativa entregarla a Dios, sin preguntas previas; sabes cómo era la época. Tu abuelo, como la mayoría de los padres, pensaba que era el dueño de la vida de su hija...

- ¡Vamos, Agustín! ¡Eso no ha variado mucho!

- No, todavía. Carmelita siempre decía, y aclaraba que ella no lo iba a ver, que algún día las mujeres iban a poder decidir y que nos preparáramos.

- Su mujer era una audaz...

- Mi mujer era admirable... No voy a olvidarme nunca de la decisión de sus ojos cuando nos escapamos aquella noche, en que llovía tanto, antes de que tomara los hábitos. Por eso Dolores tiene el carácter que tiene... Va a darle mucho trabajo al marido que le toque... Pero, no nos vayamos de tema, hay algo más...

- ¿Algo más?

- Sí... Soledad tuvo mellizos... 

- ¡Mellizos!

- Una varón y una mujer. Tomás se fue con el varón a España, y la nena quedó acá al cuidado de los abuelos...

- ¿Y ella?

- La mandaron a la clausura. Enfermó gravemente y murió de tisis. Ni siquiera pudo criar a su hija, y a su hijo nunca más lo vio...

- ¿Y papá supo todo esto?

- Sólo lo que le podía averiguar Carmelita por sus nexos en Buenos Aires, sobre todo por la nana de Soledad, Lucita. Tampoco nosotros estábamos en una posición demasiado cómoda como para ponernos en evidencia. El le escribió varias cartas que, supongo, le llegaron, pero ella nunca le contestó o no pudo contestarle. Fue una cuestión muy desgraciada, Ramiro...

- O sea que lo que mi padre añoraba en Buenos Aires era a esa hija, que había perdido, y no a una mujer, como yo pensaba...

- Así es... Cuando tú viniste para acá,  pensé mucho en decírtelo, pero le había prometido a tu padre silencio.

- ¿Y por qué me lo dice ahora?

- Me parece justo que lo sepas... ¿Es también tu historia, no? Es un secreto demasiado grande para mí... Además, y este debe ser el verdadero motivo, Carmelita me pidió que lo hiciera, que tú merecías saberlo, ya que eras el único Iñíguez que quedaba...

- El único no... acá, en Argentina, debe haber una mujer con ese apellido...

- No... Ella no llevó nunca vuestro apellido. Le pusieron el apellido de Soledad y el nombre de su abuela. Se llama Marcela Yrigoyen.

El mundo se derrumbó.

......................

¿Por qué volvió a abrir el arcón esa noche? Meses enteros ni siquiera lo había mirado, ni de reojo, tan ocupada había estado con el amor. Y esa noche, tan ocupada que estaba con las revelaciones increíbles de la tarde, sin embargo, abrió de nuevo el arcón y se encontró otra vez con las cartas, las que nunca habían sido enviadas, las que estaban envueltas con una cinta rosa, las que ustedes suponen...

 (13)

 

Leyó el sobre. Destinatario: Tomás Iñiguez, dirección en Bilbao, España. Remitente: Soledad Yrigoyen, dirección: Córdoba, Argentina...   

Es mi madre, es una carta de mi madre a mi padre, pensó. Estaba en un Convento, en una clausura... Mi padre es Tomás Iñiguez, ese es su apellido, el que yo nunca  tuve... Y Ramiro... Ramiro Iñiguez... ¿quién es?

...................

 

- Me alegra que le hayas contado la historia, papá. Yo no la sabía, nunca me lo dijiste.

- Tomás no quería... A pesar de que Soledad murió muy joven, sin que se volvieran a encontrar, siempre respeté su voluntad. Tu madre fue la que me decidió. Insistía tanto en que Ramiro se enterara, en que no era justo el silencio, en que él era el único que podía encontrar a Marcela en Buenos Aires y contarle la verdad...

- Ramiro se quedó muy mal, me parece... casi no hizo comentarios. Octavio también parecía muy impresionado...

- Es una historia muy desgraciada, Javier... A tu madre y a mí nos podría haber pasado lo mismo... Te confieso que nos ayudó la lluvia, el obispo se retrasó y...

- Y fuiste un audaz esa noche. Desafiaste a todo... ¿La raptaste por el balcón?

- Casi... Por tu madre, hasta a las estrellas hubiera desafiado, no te quepa la menor duda.

- ¿Y por qué no las desafió Tomás?

- Porque pensó que tarde o temprano iba a convencerlos; además, cuando se presentó en la Iglesia para llevársela, Armando lo amenazó con un revólver... Lo que pasa es que Tomás sintió siempre una terrible culpa por lo que le hizo a Soledad. El me decía que si no la hubiera seducido, tal vez ella hubiera sido feliz en el convento. Yo le decía que no, que si Soledad se dejó seducir es porque no estaba convencida de nada, porque no tenía una verdadera vocación. Le habían impuesto el convento tanto o más que a tu madre. Pero él se sentía muy culpable; lo único que lo sostenía era su hijo, cuando llegó a España.

- Y después pasó lo que pasó...

- Sí... La historia no se terminó ahí...

- Tendrías que contármela bien.

- Estoy dispuesto a hacerlo, si te interesa.

- Me gustaría escribirla. Hace rato que estoy buscando una buena historia para una novela.

- ¿Quieres dejar el periodismo?

- No... No del todo, pero me gustaría hacer algo más.

- Bueno, entonces no tienes que hacer otra cosa que escucharme. Te aseguro que la historia da para mucho...

.................

 

Esa noche, casi de madrugada, mientras hablaba con su padre, Javier Sanlúcar decidió escribir la triste historia de dos amantes bajo estrella rival; sin saberla por completo, todavía, sin imaginarse que esa historia que iba a escribir no había terminado, sin soñar siquiera que recién empezaba...

 

35 (treinta y cinco)

La otra

 

 (24)

- ¿Vos me estás diciendo que ella es una heredera? ¿Qué Mayra es una mina de guita?

- Ella es la hija de Néstor Imar, y Néstor Imar tiene mucho dinero, Aníbal...

- Sí, pero a Julián y a Carlos se les dio vuelta la tortilla. La hermana no aparece y Néstor Imar se hizo humo... ¿Cómo puede ser que Carlos con todo el dinero que tiene no los haya encontrado?

- Porque Néstor Imar tiene más... Es todo un profesional de los negocios sucios, no es solamente un mafioso.

- Pero la mujer y la otra hija, Mayra Imar, se le esfumaron...

- Tal vez él no quiera encontrarlas; tal vez piense que no le conviene acercarse. El sabe que la venganza de Carlos los necesita a todos juntos, necesita juntar las cartas; si intenta reunirse con ellas, o por lo menos con Mayra Imar, le está abriendo el camino. Carlos tiene a Mayra, encerrada; pero necesita a la otra Mayra, porque no sabe dónde están las cartas de Néstor a Perla, ni de Perla a Néstor. Imar, estoy seguro, sabe que Clara le dio las cartas a su hija cuando salió de Francia, lo que no sabe es dónde están ahora... No sabe tampoco si Mayra Iñiguez las ha encontrado...

- No sabe que todas las cartas las tenés vos...

- Ni se lo imagina, por suerte... Carlos los necesita a todos juntos, te lo repito; Imar tiene que mantenerse separado de ellas, para que a Carlos se le haga más difícil la tarea...

- ¿Vos pensás que lo quiere apretar a Imar para que le dé guita?

- Yo creo que Carlos quiere todo: quiere meterlo en la cárcel y sacarle toda la plata posible; quiere desprestigiarlo, que todos sepan la historia de las dos Mayras y de Perla... Yo creo que ni él sabe todo lo que quiere... ¿Entendés?

- Sí, petiso, la verdad, que vos sí que tenés cabeza para estas cosas... Vos tendrías que ir al loquero a hablar con los médicos; a mí en cualquier momento me dejan adentro. No me aguanto a esos tipos que te hablan como si tuvieran cien pastillas de esas que te dopan encima. ¡No sabés la palma que tienen! A uno casi lo reviento el otro día... Pero la vi a Mayra, se asomó por una ventana y le grité... bueno, ya sabés... Está muy flaca... Me parte en dos, te juro.

- A los gritos no vamos a conseguir nada, Aníbal... Además, no podés crearle falsas expectativas; no sabés si Julián está vivo. Tu tía no larga prenda.

- El pibe está vivo, yo te lo digo. No está con Carlos, pero está vivo. La tía no sabe, me parece que no sabe un carajo. Pero vos dejame a mí, que tarde o temprano lo voy a encontrar.

- ¿Y qué arreglamos con que lo encuentres? A lo mejor es peor. Ella no está ahí porque piensen que es una asesina; ella está ahí porque la quieren hacer pasar por loca. Si Julián aparece, más loca van a decir que está; van a tener un buen argumento para comprobar que está desvariando.

- ¡Entonces, no hay salida!

- Sería interesante que a Julián lo hubieran matado, y que se demostrara que no fue ella quien lo mató... Porque Julián no aparece... Ni tu vieja ni tu tía saben nada de él... Con Carlos no está.

- No, a Carlos lo ubiqué, a la mujer, a la Francis... pero de Julián... nada... Se lo tragó la tierra.

- Entonces, en realidad, a quien tenemos que buscar es a Julián. Todo lo demás no sirve...

- ¿Y si está muerto?

- Lo tendremos que encontrar muerto, y ver cómo y cuándo lo mataron... Dame una pista, Aníbal, una sola; alguien que pueda saber de él.

- La única es ir a ver a Natalia.

- ¿Natalia?

- La que tuvo el hijo con él. Carlos la quería despachar a Estados Unidos para que no se metiera en el medio. No sé qué embrollo había con el padre, que se había ido, y la madre quería a toda costa encontrarlo. Pero la piba no se fue; les dijo que se iba y no se fue. Se le apareció a Julián con el crío...

- ¿Y se siguieron viendo?

- Sí. Al pibe no lo reconoció, pero se siguieron viendo. Ella sigue metida con él como el primer día. Es más... me parece que, una vez, mamá me dijo que Julián se ocupaba bastante del nene, pero Carlos no lo sabía... ¿Sirve?

- Algo es algo... A veces, no hay nada mejor que una mujer despechada (68).

Cuando tocó el timbre sintió un leve temblor; le extrañó: él nunca temblaba. Por lo general, tenía un enorme dominio de sí mismo, de lo que su cuerpo hacía o dejaba de hacer. Sin embargo, titubeó un poco, casi da media vuelta, casi se le cruza por la cabeza la idea de que él, Mario Mistral, no iba a poder engañar a esa mujer, a la otra mujer de Julián. Y lo tenía que hacer, no había más remedio; de eso dependía el destino de Mayra, de los datos que ella le pudiera dar. A lo mejor no sabía nada, sabía menos que ellos, pero no podía quedarse sin averiguarlo. Su madre se hubiera asombrado de verlo temblar, le hubiera dicho que no podía ser Mario, que tenés que ser un profesional no un enamorado. Pero Mario Mistral se sentía un enamorado y nada más que eso...

Tocó de nuevo. Adentro, los gritos de un chico, el ruido de algo que se caía, la voz de una mujer que discutía con otra. Se abrió la puerta. Pudo entrever un patio angosto y una bicicleta en el suelo.

- ¿Sí?

- Hola... ¿La Señorita Natalia Ghío?

- Sí...

- Encantado... Soy...

Extendió la mano; la puerta se cerraba peligrosamente.

- No, no... No quiero nada, no tengo plata para comprar nada, lo siento...

- ¡No! ¡Espere! No vengo a vender nada; necesito hablar con usted... Está relacionado con Julián Montero...

- ¿Con Julián? El no está acá y...

- Es por el premio...

- ¿¡El premio?!

Una cabeza se asomó por detrás de Natalia; mucho más baja que ella, mucho más gorda, mucho más desgastada, repetía sus rasgos uno por uno, pero mal. La madre, pensó.

- Sí... Julián Montero llenó un cupón en el Shopping Norte, para el sorteo: “Hacele un regalo a la mujer de tu vida”, y la puso a Ud., Natalia Ghío, como beneficiaria. Puso su dirección y su teléfono... ¿Es este?

Le mostró el falso cupón.

- A ver... ¡Sí!

- Bueno... Usted es la que se ganó el premio, entonces... 

- ¿Y qué se ganó?

- 50.000 dólares.

- ¡50.000 dólares!, ¡pase!

La madre la hizo a un lado; se abrió la puerta de par en par.

.................

 

Y le preguntaba cómo había hecho, que cómo había hecho, que sos un genio, petiso, le decía, sin casi dejarlo hablar, pidiéndole que le contara y no dejándolo contar, casi ni respirar lo dejaba de los golpes que le daba en la espalda.  No hay nada peor que un grandote sentimental que no se mide, que no sabe cuánto pesa cada uno de sus puños.

- ¡Pará, Aníbal, que me vas a matar!

- ¡Pero contame!

- Si me dejás... Sentate... Mamá nos va a traer algo... Calma... ¿Querés una coca?

- ¿No tenés una cervecita?

- Bueno... No... Nosotros no tomamos alcohol... Si querés puedo ir...

- Dejá, petiso, no la molestés a Doña Concha.

- Conse, Aníbal, Conse...

- Bueno, lo que sea... Contame y no me des nada.

- Cuando me dejaron entrar, finalmente...

- Vieron la guita, por eso te dejaron entrar.

- Sí, sí, como habíamos pensado...

- No hay nada qué hacer... Por el interés baila el mono. La Mayra es distinta, y ese pelotudo del Julián no la vio...

- ¿Me vas a dejar contar?

Concha Consuelo Pazos hizo su aparición. La verruga se le encendía de solo verlo a Aníbal. No se crean que lo detestaba como al principio, cuando lo conoció en el accidente de Mayra; solo la ponía un poco nerviosa (bastante) que fuera tan pero tan... bruto (son sus palabras, no las mías). Pero comprendía, aceptaba que estuviera tan enamorado de Mayra como lo estaba su hijo, presentía que en ese momento era su mejor aliado. Intuía, además, que era sincero y bien intencionado y eso, tuviera la versión que tuviera, era lo que más necesitaba Mario. “¿Qué tendrá, Mayra”, pensaba, “para que dos hombres la quieran así? Dos hombres tan distintos...” (69).

- ¿Les traigo un cafecito?

- No se moleste, Doña... Doña...

- Conse.

- Doña Conse... Sientese con nosotros y escuchemos al petiso, que vale la pena escuchar a la gente inteligente... No como yo, que lo único que sé hacer es pelearme con los médicos y no conseguir nada. Mayra se va a quedar encerrada toda la vida si la sigo ayudando así...

- Cada uno hace lo que puede, Aníbal, lo importante es la intención. Bueno, Marito, contanos.

- Adentro del departamento lo vi al hijo de Julián, jugaba en el patio, en un triciclo. La madre me hizo sentar en el comedor y me trajo un café. Por lo que pude ver, viven con lo justo...

- El Julián siempre fue un tacaño... ¡Y Carlos, ni te cuento!

- No, pero además, la casa estaba desordenada, descuidada, hasta sucia... Ellas mismas, la madre y la hija, parecía que recién se habían levantado de la cama y no se habían ni peinado... La madre bueno, pero ella es una linda chica...

- Unas dejadas; esas típicas minas en chancleta... Hay mujeres que tienen un pibe y se van a la mierda... Perdón, Doña Concha... Conse...  Mi vieja es admirable, en eso... Siempre con el batón planchado y limpio; siempre de peluquería; yo no le hago faltar nada, va una vez por semana y duerme con la redecilla...

- Aníbal, ¿lo deja contar?

- Sí, perdón, Doña... Seguí, petiso...

- Yo creo que lo que pasa es que están resignadas, parece que no tuvieran ningún horizonte... creo que los Montero les han hecho mucho daño, especialmente a Natalia. No sé si estaba tan interesada en el dinero... la madre, sí, sin duda... Bueno, les dije que había una gran fiesta en el Shopping, para entregar los premios, y que Julián tenía que ir para dárselo a Natalia en el escenario. El la había elegido “la mujer de mi vida”, y todos debían verla recibir los 50.000 pesos de sus manos, incluso la prensa. Me preguntaron si eso se podía evitar. Les dije que no, que era condición para entregar el premio y que estaba escrito en las bases del concurso.

- ¿No les desconfiaste, cuando te preguntaron eso?

- ¡Claro!, pensé que no sabían dónde estaba Julián, o que no lo podían encontrar como suponíamos...

- ¿Y era así?

- No, exactamente... Dimos muchas vueltas, hasta que comprendieron que no había otra forma y me confesaron que Julián había desaparecido.

- ¡Cómo te habrás quedado, petiso!

- Me hice el asombrado, era lo procedente. Les pregunté si habían llamado a la policía y me dijeron que no se podía, que había problemas, sin aclararme bien cuáles. Natalia estaba muy remisa a hablar, pero la madre era un loro...

- Un loro que quería conseguir la platita...

- Exacto... Me contaron que él estaba casado y no con Natalia, claro, con la que había tenido al nene; que la mujer estaba internada porque lo había atacado; que una conocida del barrio les había dicho que Mayra lo había matado, pero que ellas sabían que era una mentira, porque el día que pasó todo y que habían internado a la mujer en el hospital, Julián estaba con ellas.

- ¡Con ellas! Entonces, está vivo...

- No estés tan seguro, Aníbal... Me contaron que esa noche, a eso de las dos, estaban los tres durmiendo y apareció Carlos Montero... Se peleó a muerte con Julián. La madre escuchó todo desde la puerta del comedor. Me dijo que hablaban de la herencia de Mayra...

- ¡Viste que yo te dije que el Carlos buscaba plata! Yo me lo olía... ¡Si lo conoceré, yo!

- Parece que en un momento, Carlos llamó a un tipo que lo esperaba en el patio y, según la madre, se lo llevaron a la rastra...

- ¿Muerto?

- No lo sé...

- ¿Y no te dijo más, hijo?

- Por supuesto que sí... Ellas lo buscaron...

- ¿Y lo encontraron?

- Si se puede decir así... Sí... Lo encontraron...

 

36 (treinta y seis)

Sueño de día

 

  

Se puso de pie. Ella no lo veía, no lo estaba buscando, no podía imaginarse que, después de tanto tiempo, él la estaba mirando otra vez, que otra vez ella ocupaba el espacio entero de su mirada. O sea que podía dejarla pasar... eso es, dejarla pasar, aunque hubiera cruzado el planeta solo por mirarla otra vez, aunque ese hubiera sido su único y verdadero deseo en todos esos años; dejarla pasar para no saber, para no enterarse, para que no le dijera que no lo estaba esperando. También podía decir su nombre, el que él le había puesto, el que ningún otro iba a decir más que él; eso también podía hacer, a pesar de que el viento en su vestido blanco no dejara de mostrarle, una y otra vez, mientras cruzaba el puente, que eran dos, que no era una.

Caminó hacia ella, a lo mejor solo para verla de cerca, para ver si todavía usaba el mismo perfume, si todavía estaba el lunar en su mejilla, el que no tenía la otra, el que no podía tener nadie más.

Lo estoy observando con atención, porque no sé qué va a hacer... Ella está embarazada; él sabe que se ha casado, pero que ella esté esperando el hijo de otro es muy doloroso para él... Si yo pudiera elegir (70), el encuentro sería inevitable...

Cuando lo escuché decir su nombre, cuando lo escuché gritar, casi no lo creo.

- ¡Mayra I.!

Se detuvo... lo miró. Pensé que ella tampoco lo creía... Por un momento casi se da vuelta, por un momento pensó (me parece) que estaba equivocada, que no podía ser. Después empezó a reconocerlo de a poco, rasgo por rasgo, sensación por sensación. El tiempo se achicó, se diluyó la distancia y la pequeña muerte del olvido cotidiano, y ella volvió exactamente a la última caricia, al último beso que le había dado; exactamente ahí volvió: a Mayra I.

Ya estaba muy cerca, ya la abrazaba otra vez, como si ninguna otra cosa hubiera pasado.

- Mayra I...

- Gabriel... ¿De dónde saliste?

- Te encontré Mayra I... Hace ocho años que te estoy buscando y te encontré...

Y no le importaba ni la carta reveladora, ni el casamiento, ni el hijo, ni nada de lo que hubiera pasado que sabía o que ignoraba; solo le importaba tenerla en el centro profundo de su boca. Lo increíble es que a ella parecía importarle exactamente lo mismo.

...................

 

- ¿Dormiste algo?

- Algo...

- ¿Siempre hace este calor en verano?

- Siempre... La isla es muy calurosa, pero hay mar, playa... Está bien para los que veranean... Gabriel...

- ¿Estás arrepentida?

- No, no estoy arrepentida... Fue... como la primera vez... Solo con vos me puedo sentir así... Yo sabía...

- ¿Sabías?

- Sabía que si te encontraba, no iba a poder evitarlo.

- Estás más hermosa que la primera vez.

- Y eso que estoy...

- Más hermosa... ¿Me vas a contar?

- Raquel te debe haber dicho que me casé...

- Sí... Sé que es el padre de una amiga que conociste en Sevilla, que es muy bueno con vos, que te protege mucho... No sabía que...

- Estoy embarazada, pero además Ignacio está muy enfermo.

- ¿Enfermo?

- Sí... Los médicos no hablan demasiado conmigo, porque piensan que puedo estar muy sensible, no sé... Pero estoy segura de que es grave, casi no se puede levantar de la cama. Esto es muy difícil...

- Y yo lo vine a complicar más.

- No... Vos sos mi sueño de todas las noches, cuando me quedo por fin sola y no me puedo dormir y pienso en vos para calmarme y olvidarme de los pies hinchados y del calor... Vos sos un sueño que, por unas horas, soportó la luz del sol... No puedo creerlo...

Lo acarició; no podía creerlo.

¿Y de qué hablaron? Bueno... de todo lo que ustedes saben; no voy a repetirles detalle por detalle la vida de Mayra I. y de Gabriel, que ustedes han leído (espero que con suma atención) en esta segunda parte de la novela. No creo que hayan podido decirse todo esa tarde, pero sí sé, porque no puede ser de otra manera que, antes o después, ella le preguntó por su hermana y por las cartas y cómo hiciste para que mi padre no te encontrara, cómo te escapaste de mi padre y de su furia, Gabriel...

- No me escapé... No hubiera sido capaz de escaparme: lo único que podía hacer era buscarte como un zombi por Buenos Aires, hasta que me convencí de que no estabas... El no se interesó por mí... Nunca pensó, me parece, que yo las tenía. ¿Qué había realmente en esas cartas?

- Mamá... bueno, es la única madre que conozco, pero ahora sé que no es mi madre biológica, además de contarme que Perla era nuestra verdadera madre, como te dije, me aseguró que esas cartas involucraban a mi padre en un crimen que había cometido y que nunca pagó: el crimen de Mimí...

- ¿Entonces, Néstor Imar es “Nene”?

- Sí... El es mi verdadero padre, por mucho que yo quiera que las cosas no sean así... En realidad, yo fui una trampa, una venganza...

- No te entiendo.

- Cuando Perla nos tuvo a mi hermana y a mí, decidió separarnos, tal vez porque mi padre la había abandonado. No sé cuáles fueron las causas reales, pero no puedo encontrar ninguna que la disculpe. Por intermedio de una amiga, me envió como un paquete a mi madre, que no podía tener hijos... Mi hermano también es adoptado... Fue muy difícil para mí aceptar esto, no sé si lo he aceptado realmente...

- Puede no ser tan así, debe haber alguna explicación...

- ¿Cuál? Si pudo criar una podía criar dos... Ella sabía la calaña de mi padre, no debería haberme arriesgado así...

- No llores, Mayra I., te va a hacer mal. ¿Cómo lo supo tu madre?

- Contrató un detective, Mario Mistral, el mismo al que vos le dejaste las cartas. El finalmente averiguó todo. No te creas que hace mucho que supo toda la verdad. No sabés la sensación de abandono y de soledad que se siente... por eso...

Lo miró. El supo exactamente lo que iba a decirle.

- Por eso no querés abandonar a nadie, a nadie que te quiera de verdad...

- ¿Me entendés?

- Sí... aunque sea lo peor que puede pasarme...

- Le debo mucho a Ignacio, y este hijo...

- Tu hijo debe estar con su padre y con su madre, ¿no?

- Por lo menos por ahora... Perdoname, Gabriel... Ojalá las cosas no hubieran sido así...

- Nada es definitivo.

- ¿Qué?

- Nada es definitivo... Lo único que tengo claro es que no renuncio. Puedo esperarte toda la vida, Mayra I.

- No es justo que me esperes...

- No creo que pueda hacer otra cosa. Pero alguna vez, estoy seguro, yo voy a dejar de ser un sueño que te alivia los pies; alguna vez, vamos a estar juntos no importa si de día o de noche, de nuevo en Buenos Aires y vamos a buscar a tu hermana  (71) ¿No renunciaste a eso, ¿no?

- No... Pero con la sombra de mi padre persiguiéndome por las esquinas no puedo buscarla. Me da terror moverme y que me encuentre.

- Algún día, no sé cuándo, ya no va a estar esa sombra y vamos a buscarla juntos... ¿Está bien?

- Está bien... Te amo, Gabriel.

- Yo también te amo... Por mucho dolor que me causes, sos mi destino, Mayra I. 

 

(9)

 

- ¡¿Eso es todo?!

- Sí, mi querida, eso es todo... No supe nada más de ella, que dejó de escribirme, imagino que por todos los problemas que tenía. En cuanto a Gabriel, ¿le parece que se justificaba que insistiera? Había hecho lo posible para que se encontraran, y pensé que allí había terminado la historia.

- Esto es terrible... ¿Y ahora qué voy a hacer? ¿Cómo saber qué pasó? Tengo casi diez años en blanco...

- Pero, Julia... ¿No se da cuenta? Usted sabe que las cosas no terminaron como yo me imaginaba. Usted se encontró con ella en el avión, y estaba con Gabriel, y volvía a Buenos Aires a buscar a su hermana... ¿No me dijo eso?

- Sí... Pero... ¿cómo se volvieron a encontrar? Estoy desesperada, Claudia...

- La comprendo... Usted tiene esa extraña parálisis que nos agarra a los escritores, cuando tenemos el principio y el final y no podemos ver lo del medio... Es de terror. A mí me pasó muchas veces. Por eso, yo creo que es mejor no saber el final. Usted se adelantó y ahora... ¡Ahora, hay que remar!

- ...

- De todas maneras, no me parece tan difícil... Mátelo a Ignacio de una vez, que ni un párrafo tiene; los lectores se lo van agradecer y Gabriel más que nadie... Déjelo como un hombre probo, pero... ¡muerto!

- ...

- Mire, Julia, se acabaron las ayudas, los documentos, las cartas, los juegos de la narración... Usted tiene que enfrentarse cara a cara con Mayra Imar. Ella es la que mejor puede contarle estos diez años que le faltan.

- Pero no puedo decirle la verdad, no va a creerme...

- ¿Y si yo le creí, por qué no puede creerle ella?

 

- ¿Sabe una cosa? Ahora que se va, me empezó a caer bien...

     - A mí también, es increíble... 

 

 

37 (treinta y siete)

La verdad,

toda la verdad

y nada más que la verdad

 

Agustín Sanlúcar le contó todo lo que sabía, que era la verdad, lo que realmente pasó; lo hizo, sin pensar en los secretos y en los prejuicios, porque entre hombres (y él sabía que su hijo era ya un hombre), uno se puede contar ciertas cosas. Nunca se lo hubiera contado a Dolores; era una vergüenza que ella se hubiera enterado de algo así, tan reñido con las reglas. Agustín Sanlúcar sabía que no había reglas tan rígidas o que él las había sorteado más de una vez, pero su hija... su hija era su hija. Pensaba esto mientras se lo contaba a Javier, y la veía entre las sombras, como siempre, a Carmelita, meneando la cabeza en señal de reprobación. Pero, una cosa era una cosa y otra cosa era otra cosa, y no se discuta más este asunto. Le contó que Tomás, en los meses que había estado en Bilbao, se consiguió una novia, Antonia, cuñada de su hermano, Juan, que era bastante mayor que él y que murió hace unos años, unos cuantos creo. Era un noviazgo de solo tres meses pero bastante serio, de visita tres veces por semana, de “pelar la pava” cada noche, de ajuar y de poner fecha. Además, el parentesco creaba lazos pero especialmente obligaciones, y Tomás había prometido regresar para quedarse, para formar una familia, para trabajar en la imprenta de Juan. Era como que ya estaba todo estipulado, aunque solo hubiera habido uno que otro beso entre las rejas, manos entrelazadas y promesas no demasiado encendidas de amor eterno. Tomás pensaba que estaba bien, que era la mujercita indicada, compuesta, ideal para madre de sus hijos... y así hubiera sido, hubiera sido así si no hubiera vuelto a Buenos Aires, para ver a su padre y a su hermana, aquella Navidad de 1910; si no hubiera ido a la misa de la Iglesia del Pilar, si no se hubiera sentado en uno de los bancos de adelante porque había una ventana abierta y tenía mucho calor, si no hubiera habido tanta gente y él no se hubiera sentido tan audaz en medio de ese anonimato, si no la hubiera descubierto detrás de la mantilla y no se hubiera quedado cautivado por sus ojos. Porque Agustín Sanlúcar sabía todo, detalle por detalle, como si fuera el autor de esta novela...

Le contó que después de pasar todo lo que pasó, de encenderse de amor, de enloquecerse de culpa, de morirse de tristeza y felicidad al ver a su hijo entre sus brazos, en el barco aquel de regreso a España, su hermano lo esperaba en el puerto de Barcelona. Y que cuánto hace que no escribes y que cómo cometiste esta locura y que qué disgusto que le diste a papá y que qué vas a hacer con el crío y que no te imaginas lo que pasó con Antonia por tu culpa, que no te lo imaginas... que mi suegra está desesperada, que no aparece, que se ha ido con un tío, una niña tan decente... y que todos hablan y que no dejan de hablar... y toda esta vergüenza por ti, por tu culpa.

Agustín Sanlúcar le dijo a Javier que Tomás se fue a vivir solo con su hijo a un barrio alejado de Bilbao; contrató a una mujer que se ocupaba del niño, cuando él salía a trabajar. Recordaba Agustín que, cuando Carmelita y él aparecieron en su casa, se sintió esperanzado y empezó a pensar que, después de todo, no eran los únicos que se habían atrevido a cometer semejante locura. Lástima que las cosas no fueron iguales, que Tomás no pudo o no supo o no se atrevió a robársela al padre y a llevársela para siempre. Pero además, por esa época, bautizaron al bebé, porque Tomás finalmente había encontrado un bendito cura que aceptara bendecir la vida de un crío tan dudoso. Y fue esa mañana, cuando volvían de la Iglesia, que pasó lo que pasó, lo que marcó el destino de Tomás y de Ramiro para siempre...

.................

 

Estaba muy vieja o a ella le parecía, porque hacía tanto tanto tiempo que no estaban así, una enfrente de la otra; se preguntaba por qué no se había acercado a ella cuando la abuela murió, si no había ya ningún impedimento, si siempre la había querido como a una pequeña madrecita que le había dado todo su amor. Pero claro, se había casado, había cambiado de lugar, de vida, de reglas, de límites. Alvaro, ¿hubiera aceptado que quisiera volver a verla? No... nada de su pasado estaba permitido recordar; nadie se lo había dicho, pero ella lo sabía. Y estaba mal, mal de acudir a ella en este momento, porque no podía más en medio de las dudas y del miedo.

Además, estaba embarazada; Alvaro lo había tomado bien, sin demasiadas demostraciones, pero con un punto de orgullo en la mirada, que paseaba por el Club, en medio de sus amigos... Y ella que sabía que no y Amalia que se moría de risa y a ella que le remordía la conciencia. Y esa duda... esa carta...

Por eso la fue a ver, y estaba mal que solo fuera por eso, pero no podía hacer nada, no podía quedarse así sin saber. Necesitaba la verdad y Lucita la sabía, estaba segura...  

..................

Agustín le contó a su hijo que, cuando salieron de la Iglesia, se sacaron la foto de rigor, y que Tomás estaba tan triste, tenía tantas nostalgias y se sentía tan solo sin Soledad, bautizando a su hijo a miles de kilómetros de distancia, que le había costado sonreír  (72). Agustín nunca vio la foto, sin embargo siempre imaginó que algo en el rostro de Tomás debía reflejar todo lo que le pasaba por la cabeza. Fue un mal momento, le aseguró. Se la mandaron a Lucita por intermedio de un conocido de Carmelita que viajaba a Buenos Aires, pero nunca supo a ciencia cierta si llegó a manos de Soledad.

El asunto del nombre fue otra historia; hasta último momento, Tomás se resistía a cumplir con la promesa; si hubiera sabido lo que iba a pasar después, ese mismo día... Nunca había sido partidario Tomás de esas creencias, pero siempre sintió que el destino era la única explicación posible, ya que la casualidad no bastaba...

Y entonces, cuando volvían a la casa con el llanto del bebé al que parecían no poder consolar, en la puerta... Antonia... Imagínate la sorpresa.

..................

 

(1)

 

Y venía con un crío. Todavía me acuerdo el aspecto de abandono que tenía. Yo no la conocía de antes, pero nadie podía no darse cuenta de que estaba completamente abandonada de la mano de Dios. Sucia, casi vestida con harapos, sostenía el bebé como si eso fuera lo único que la sostenía a ella. Como te imaginarás, Tomás la hizo entrar a la casa, Carmelita la ayudó a asearse, atendimos a la criatura, bueno... todo lo que se debe hacer en un caso así.

Agustín le dijo que ella les contó, con mucha vergüenza y en medio de llantos y disculpas, que había conocido a un hombre, un tal Ramiro Echechequía, en el campo, y que se había ido con él y que la había engañado con promesas y que ella se sentía tan sola tan sola que no había pensado en nada, que ella quería desaparecer de la vista de todos y de lo que decían de que se iba a quedar para vestir Santos y que ese hombre le prometió que se iban a casar y se iban a vivir al pueblo de él con su madre y que no fue así; cuando supo del embarazo se lo tragó la tierra; un sinvergüenza, pensó Javier. Le dijo que la dejó con el hijo sin hacerse cargo y que ella se había ocultado y que vivía de la limosna y de la Iglesia. El cura se lo había bautizado y le había dicho que dejara a su hijo en el Orfelinato y ella no quería despegarse de él y se había escapado porque se lo querían sacar. Le había puesto Ramiro, como el padre, y que estaba arrepentida hasta de eso, pero que ya estaba. Agustín pensaba que no era casualidad, que era otra cosa, como pensaba Tomás...

 

(2)

 

Tomás le dijo que se quedara, que él la iba a ayudar con el crío, que cómo no, que la familia iba a perdonarla, que Tomasito y Ramiro se iban a criar juntos, que ella se podía quedar (73). Agustín dice que Tomás se sintió culpable, responsable de lo que le había pasado a Antonia, porque él no había cumplido su promesa de matrimonio. Y que fue por eso, sin ninguna duda, que decidió abrirle las puertas de su casa. Pero no pienses, Javier, que Antonia estaba especulando con la situación; no lo creo... aunque con las mujeres nunca se sabe...

Ella fue una buena mujer para Tomás. Al principio tenían una relación bastante distante: ella se ocupaba de los niños y la faena del hogar, y él se iba a trabajar a la imprenta. Casi no se miraban ni se dirigían la palabra; Tomás, muy metido en su melancolía, y ella callada, sin preguntas ni molestias.

 

(3)

 

Pero después, le contó Agustín, después llegó la noticia de la muerte de Soledad. Parecía que todo salía mal, que había una maldición o algo por el estilo. Tomás se sentía culpable de que ella hubiera sufrido tanto, tan injustamente, y se hubiera muerto tan sola como su nombre. Antonia supo ser discreta, aceptar su tristeza y respetarlo; eso le dio el lugar de una amiga, vamos, una verdadera compañera,  que lo escuchaba sin hacer demasiadas preguntas.

Pero, te repito, Javier: todo salía mal. La enfermedad de Tomasito llegó con el invierno. Bronconeumonía, dijeron. Decían que era contagiosa y a Ramiro lo mandaron a la casa de una prima de los Iñiguez, en la montaña.  Agustín le dijo a su hijo que, cuando Tomasito murió, creyó que Tomás no iba a resistirlo y la verdad, la pura verdad, es que si no hubiera sido por Antonia y su hijo Ramiro, Tomás Iñíguez se hubiera ido atrás de ellos.

Antonia fue lo mejor que pudo pasarle, le aseguró Agustín a Javier, porque se dio cuenta de que no podía suplantar a Soledad, que nadie iba a ocupar ese lugar nunca más en el corazón de Tomás, y se conformó con ser una buena amiga, aunque lo amaba profundamente.  Se casaron un año después, se callaron las voces del pueblo y de la Santa Iglesia, tú sabes... Tomás adoptó a Ramiro que, por eso, lleva el apellido Iñíguez.

 

(4)

 

Sí, claro, como te dije: ella se llama Marcela Yrigoyen y no debe saber nada de la existencia de Ramiro Iñíguez, no debe tener la menor idea...

..................

 

- ¿La vas a escribir?

- Espero poder... No sé si voy a tener tu elocuencia, pero voy a intentarlo.

- Es que yo la viví, y tu madre ni te cuento lo que ha sufrido por Soledad. Creo que contarte esta historia es un homenaje a ella, que tanto me pidió que Ramiro supiera la verdad.

- Creo que Ramiro se ha quedado muy impresionado... No sé, tengo que averiguar qué es lo que realmente le pasa. Si bien la historia lo implica, creo que no cambia en nada su imagen de Tomás, a quien siempre quiso y respetó como a un verdadero padre. Siempre dice que todo lo que es se lo debe a él. 

- Habla con él. Es posible que quiera saber más. Cualquier detalle, aquí estoy.

...................

Esa misma noche, pluma en mano, Javier Sanlúcar empezó a escribir una novela que llamó La Hermana de la Cruz, que nunca pudo publicar. En esa novela se revelaban los secretos de la historia de Tomás Iñíguez y Soledad Yrigoyen, de Marcela Yrigoyen y Ramiro Iñíguez; los secretos de la historia de Mayra I...

 

 

38 (treinta y ocho)

“Perdido, como todo se perderá”

 

 (25)

 

 

Lo tradicional en esta novela, lo que ustedes esperan que suceda en este preciso momento, es que termine el diálogo que, en el capítulo treinta y cinco, dejamos por la mitad (como es nuestra costumbre). O sea, ustedes están esperando que Mario cuente cómo se aclaró el enigma esa tarde, en el patio de la casa de Natalia, mientras el hijo de Julián mil veces abandonado por un padre inconsistente, jugaba inocente en el triciclo entre macetas y ropa colgada, y la madre de “la otra” veía cómo, sin solución, se volaban los pesitos del premio inventado por nuestro imaginativo detective... Claro, eso esperan y eso deberíamos hacer, es nuestra obligación decidir de una vez por todas si Julián está vivo o está muerto, si es verdad lo que han esperado desde las primeras páginas: que alguien mate a Julián de una vez por todas.

¿Qué nos conviene? Supongo que Julián esté muerto, y muerto va a estar, que así son de crueles las historias... (75)

De todas maneras, lo que importa no es esto, no es exactamente Julián el que importa en esta historia. El verdadero misterio está en otra parte, aunque algunos no lo tengan muy claro... La verdadera pregunta está en Mayra I., como siempre, como desde que empezamos. La verdadera pregunta está en su nombre...  (76) 

 

 

 

- ¡Muerto!

- Muerto y enterrado...

- Entonces... ¡A desenterrarlo! Hay que hacer una autopsia, petiso, descubrir de qué murió, cómo lo mataron, quién lo mató. Andá ya mismo a hablar con el juez y...

- Es inútil, Aníbal, inútil...

- ¡¿Por qué?!

- Porque lo cremaron... Fui al cementerio, vi la placa con su nombre en la bóveda de los Montero, pero es sólo un recordatorio... Nada de Julián queda; las cenizas las abran tirado por ahí, no sé...

- ¡Pero no puede ser! ¿Cómo vamos a hacer para salvar a Mayra?

- No hay forma... ¿Qué opinás mamá?

A Concha Consuelo Pazos le hubiera encantado encontrar una solución. Por su hijo, especialmente, pero también por Aníbal y por ella misma... Si bien es cierto que uno nunca sabe en qué van a terminar los argumentos, es muy posible que, perdida la misión de salvar a Mayra de su espantoso encierro, los tres personajes caigan irremediablemente en el olvido y no puedan entrar en la tercera parte de esta novela...

- Que si no encontramos un testigo, alguien que realmente haya visto cómo, cuándo y quién mató a Julián, nada más podemos hacer. Estamos perdidos...

- No puede ser... A vos, Mario, se te tiene que ocurrir algo...

- Lo único es buscar a Carlos...

- O a la mujer; las mujeres hablan mucho, hijo... Tal vez ella sepa...

- O algún médico que lo haya atendido. ¿Quién firmó la partida de defunción? (78)

- A lo mejor... No renuncies, hijo, no todo está perdido.

- Eso, petiso, hay que tener fe.

 

39 (treinta y nueve)

Bodas de sangre

 

- ¡¿Cómo no me lo dijiste antes, Octavio?!

- Pero, Amalia... No sé; no creía que Marcela estuviera enterada de la historia. La verdad, cuando lo contó Agustín esa noche, me quedé helado. Ramiro estaba muy impresionado, también...

- ¿Te das cuenta lo que esto perjudicó a Marcela? ¿Los meses y meses de culpas inútiles, de negarse a verlo..?

- ¡Bueno, vos tampoco me dijiste nada!

- Me daba vergüenza... hablar de un tema así con vos...

- ¿¡Amalia Anchorena con vergüenza!? ¡No puedo creerlo! ¿Amalia Anchorena que se casa mañana con un servidor, sin pasar por la Sacrosanta Iglesia Católica?; ¿que ha tenido peleas interminables con su señor padre y con su señor hermano y con toda su conservadora familia por ese asunto y que los ha enfrentado?; ¿que se ha elegido un vestido rojo sangre y un sombrero de pumas, para que el escándalo sea completo en el Registro Civil..? ¡No puedo creerlo!

- Creelo... No es fácil superar siglos y siglos de represiones; yo también sufro las mías... Hay cosas de las que no se habla con los hombres, hay palabras como el incesto que no se mencionan... ni delante del padre, ni del hermano...

- ¿Ni del futuro marido?

- Ni siquiera... Pero ha sido un error... Ramiro podría haber conocido ya a su hija y juntos podrían haber pensado en una solución... Podría haberle evitado a Marcela toda esa obsesión que, te juro, la consume hasta hoy. Ni Perlita ha logrado sacarla de eso...

- Bueno, es hora de que se lo digas: no son hermanos. Ramiro no se imagina nada de esto; creíamos que ella había cortado toda relación por Alvaro, o porque se sentía culpable de engañarlo... Nunca se podía imaginar esto... Voy a hablar con él.

- Y yo con Marcela...

 (15)

 

Durante nueve meses se preguntó por qué; ni siquiera después, cuando llegó Perla, pudo sacarse un solo minuto de su cabeza la horrible sensación de estar en pecado, de todo el tiempo haber cometido una falta que no tenía forma de borrar. Su hija no consiguió distraerla; al contrario, era la imagen misma de que todo eso realmente había ocurrido, era su resultado.

Quería quererla, como no, era su hija; tenía que quererla. Y todos los que habían venido a visitarla la trataban como si realmente ella la quisiera, y nadie se daba cuenta del esfuerzo inútil que hacía por sonreír, por parecer lo que parecían todas las demás: una mujer realizada, una mujer que había hecho lo que había que hacer y había cumplido con Dios, con su marido y con la sociedad. Nadie podía imaginarse que lo único que ella hacía todo el tiempo era preguntarse por qué.

La leche se le había cortado; vomitaba sin cesar y sin ninguna razón; la piel se le pegaba a los huesos; la culpa se le metía en el fondo de la garganta y casi no podía ni hablar. Cada noche y cada día, le daba la mamadera a una extraña...

Los dos meses que pasaron desde el nacimiento de Perla fueron así, ni más ni menos. Las viejas decían: “la angustia después del parto”; Alvaro decía que se dejaran de pavadas, que a las mujeres nadie las entendía... y se reía, con la facilidad que tenía Alvaro para reírse de lo que despreciaba; Amalia le decía que se olvidara, que mirara a esa nena tan preciosa que tenía, que estaba segura que cuando fuera grande se iba a llevar el mundo por delante, que iba a hacer todo lo que ella no había hecho, que no iba a tener tanta mala suerte... Amalia le decía que no le importara nada, que lo mejor del mundo ella lo tenía en el medio de sus brazos.

Pero ella solo se preguntaba por el nombre, por el apellido, por el destino; por qué Ramiro se llamaba Ramiro, por qué no podía negar su nombre, por qué no destruía la puerta de su casa y la tomaba a ella toda entera, desafiando a las estrellas. Por qué nadie podía decirle que no era verdad, que no podía ser verdad... Por qué, a pesar de todo, lo único que deseaba era tenerlo a él y a nadie más que a él...   

......................

 

Y no pudieron hablar; ni Octavio pudo hablar con Ramiro, ni Amalia pudo hablar con Marcela. Los casamientos son muy complicados, aunque no sean de blanco, aunque no sean un auténtico himeneo, aunque la luna de miel sea el único secreto que el novio no ha confiado a la novia en cuestión.

El color rojo, claro, fue un reverendo escándalo. Pero nadie dijo nada, ni una palabra, que para murmurar estaba todo el día siguiente, después de la reunión. Había tiempo para hablar del asunto de la Iglesia, y de lo pálida que estaba Marcela, tan desmejorada, y del gesto tan adusto de Alvaro, que parecía que estaba por explotar... Sí, mejor era observar todo bien, hasta el mínimo detalle, por supuesto, para después criticar con las que fueron y contarlo una y otra vez en cada esquina, en todas las peluquerías, en todos los ascensores y en todas las tiendas habidas y por haber. Porque no todos los días se casaba una Anchorena, y en esas condiciones tan inusuales; y el hermano qué mal que está, y la cuñada qué desencajada con la nena que lloraba y ella no sabía qué hacer, y el padre no les cuento, de lo más contrariado...

Nadie sabía y a nadie le importaba, creo, que afuera, casi frente a la entrada del Registro Civil, dentro del Ford negro, Ramiro las esperaba. No porque se iba a atrever a acercarse, sino solo por verlas, porque no le alcanzaba lo que le contaba Octavio de cómo era, de lo linda que era. Ni siquiera pude hablarle de Tomás, pensaba; decirle que su padre era un hombre maravilloso, que siempre soñó con volver a Argentina para recuperarla (que él no lo sabía, que lo supo después), que nunca (estaba seguro) se había olvidado de su madre, de Soledad, que había sido su gran amor; que su padre fue el hombre que le dio todo y que, tal vez por eso, él se había encontrado con ella, para cumplir con un destino inacabado, y ningún prejuicio ni reproche debía separarlos...  El estaba seguro de que, si ella lo escuchaba, la convencía, seguro... 

Y miraba el reloj, y sabía que era solo un minuto y después tenía que irse, como si hubiera cometido un pecado...

......................

- Tengo algo que decirte...

- Por favor, Amalia, te acabás de casar, atendé a la gente...

- Pura hipocresía, nada más que eso... Lo único que me interesa es Octavio.

Bajaban las escaleras del Registro Civil, una muy cerca de la otra; una y la otra murmurando sin cesar. Amalia llevaba a Perla que, finalmente, se había callado, embobada con el collar de oro sobre el vestido rojo. Atrás, corriendo, Octavio; se divertía... lo divertía muchísimo Amalia y su falta de convencionalismos; lo divertía y lo fascinaba... Cualquier cosa, menos aburrirme, pensaba...

- Te lo tengo que decir ahora; te vas a caer de espaldas cuando te lo diga.

- Esperá a que lleguemos a casa; ahora tenés...

- Nada, no tengo nada. Escuchá esto: Ramiro no es tu hermano.

- ¡¿Qué?!

- Como oís... Octavio me contó... El no sabía que vos sabías, y yo... fui una idiota de no habérselo comentado...

Se llevaban por delante a la gente, se tropezaban, casi se caían por las escaleras en la eterna lucha que las mujeres tienen entre los tacos aguja y los tobillos finos. Y no se daban cuenta, de nada se daban cuenta ninguna de las dos.

 - ...Tan viva que me creo y mirá lo que me pasó... La cuestión es que Ramiro no es hijo de Tomás Iñíguez; era el hijo de su segunda mujer que lo tuvo con otro hombre; Tomás le dio el apellido, nada más... Es muy complicado de contar ahora, pero no podía dejar de decírtelo...

Marcela se había quedado muda; la miraba como si no entendiera. Estaba escuchando lo que había deseado escuchar desde hacía mucho tiempo y dudaba de que fuera verdad.

- ¿Estás segura?

Llegaron abajo, a la calle, a la tormenta de arroz. El arroz floreció en el vestido de Amalia, se metió en el bolsillo del traje de Octavio, en los zapatos de Marcela... Fastidió de nuevo a Perla, por mucha mantita rosa y cuidados primorosos de su madrina. En medio de la lluvia blanca, que pretendía felicidad, el llanto casi irreverente parecía quebrar la magia del rito. 

- Amalia, la foto con los testigos...

Octavio quería cumplir e irse lo más rápido posible...

- Bueno... ¿Y Alvaro? ¿Dónde está Alvaro? Desapareció...

- No sé, estaba acá... Si querés lo busco...

- Dejá, Marcela, nos sacamos una foto con vos y la nena y después lo buscamos...

Se prepararon para el magnesio. Amalia con Perla que, increíblemente, se había callado por un instante; Octavio, con cara de conquistador, en el medio; Marcela, casi espectral, los pies sumergidos en un mar de arroz, del otro lado. Los tres sonreían o lo intentaban.

Frente a ellos, los demás les devolvían la sonrisa, esperando el turno para la inmortalización del instante.

¿Quién podía imaginárselo?

Nadie lo vio. Se ocultó entre la gente, como un ladrón. Esperó, para disparar, el disparo del magnesio. Se la vio caer.

Atrás, la imagen congelada de Ramiro Iñíguez...

......................

 

- Creo que con nadie va a estar mejor que con vos... Ella te amaba, te lo aseguro. Todo fue una gran equivocación...

- ¿Y Alvaro?

- Su situación es muy difícil... En un principio le querían dar cadena perpetua. Se lo merecía, ¿qué disculpa puede tener? Pero, alegó adulterio... espero que no sea suficiente. Aunque parece que las leyes pueden estar de su parte... No sé, es indignante...

- Pero, si yo me llevo a la nena, tal vez... No quiero que la memoria de Marcela se vea perjudicada...

- ¿Vos querés llevártela?

- Con todo mi corazón.

- Vos sos el padre, llevátela, no lo pensés más. Dale tu apellido, hablale siempre de su madre, sacala del círculo de los Anchorena. ¡Desaparecé!

- Y tu familia... ¿Qué va a decir tu familia?

- Yo me encargo de la familia. Cuando les confirme que no es una Anchorena, no creo que muestren mucho interés por Perla. Es horrible lo que te digo, pero es así. Llevátela, Ramiro, es lo mejor para todos... Si Alvaro sale libre, ¿qué futuro tendría la nena?

 

TERCERA PARTE  
 
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