Es hora de decirle la verdad, señor; después de todo nosotras no tenemos nada que ver con el asunto, nosotras somos las víctimas de esta situación, las que debemos ser recompensadas, indemnizadas, si lo quiere más claro. Porque mi nieto es un chico abandonado, y mi hija una mujer golpeada, y nadie nos ha dado un peso todavía por tanto sufrimiento. A lo mejor usted nos ha caído del cielo...

De Julián no supimos nada en muchos días, ya no me acuerdo cuántos, pero mi hija estaba muy nerviosa; dos veces le dio un ataque de nervios que tuvo que venir el médico de acá de la vuelta que nos atiende gratis, porque me conoce a mí desde hace años. Pensamos que se las había tomado con toda la familia; fuimos varias veces a la casa, aunque Julián nos lo había prohibido, y nadie sabía nada. Hasta que a mí se me ocurrió en el medio de la desesperación, porque ni para comer teníamos, una tarde que me fui con el nene, cruzarme al quiosco de enfrente. El quiosquero, un hombre sumamente amable, me contó que a Julián lo habían matado, que la mujer lo había empujado de la terraza abajo (77), en una pelea, que los dos estaban drogados y borrachos... Imagínese mi sorpresa ante semejante noticia. Me contó también que a Mayra la habían encerrado en un psiquiátrico para evitarle la cárcel, que tuvieron que pagar una buena suma, porque era culpable y no tenía salvación. Hubo testigos a patadas, todo el barrio escuchó los gritos y lo vio caer...

Cuando se lo dije a Nati, mi hija, que está acostumbrada a las mentiras y a los engaños de esa familia, pensó que era una trampa para sacarnos de encima, para que no le pidiéramos más plata a Julián. Hasta hace un tiempo, todavía pensábamos eso... Pero tanto buscamos, que el que busca encuentra, usted sabe... Y Nati lo buscó a Julián y a Carlos por los club nocturnos, por donde siempre estaban, porque los dos eran de la noche, noche, ¿me entiende? Y no lo encontró, pero encontró a Maruja, una que anduvo mucho con Montero en un tiempo. Ella le contó la verdad, que sí, que Julián estaba muerto, que lo había matado la mujer, que estaba muerto y enterrado.

¡No lo podíamos creer mi hija y yo! Ella, pobrecita, viuda y sin un peso en el bolsillo para darle de comer al nene, que no tiene la culpa de nada y tiene que pagar por todo. Y los traumas que le van a quedar... ¿Qué le decimos cuando sea grande? ¿Qué al padre lo tiraron de una terraza abajo? Nati ya lo está llevando al psicólogo, muy bueno... no nos cobra porque fueron compañeros de escuela...

¿Qué cómo estamos seguras de que está muerto? Y, porque hace unos días, por fin, Nati y yo pudimos comprobarlo. El que busca encuentra, dicen, y nosotras nos fuimos a la Dirección General de Cementerios, preguntamos si había algún muerto con el nombre de Julián Montero, y la nena... bueno, la nena le cayó bien al empleado y tanto hizo que se lo confirmó y le dio la dirección... es una manera de decir, usted me entiende. Estaba en Chacarita, ahí nomás... No sabe cómo lloró la Nati delante de la placa con el nombre del delincuente ese... No se merecía Julián que lloraran por él así, pero el amor es ciego. Lo llevó a mi nieto, le dijo que ahí estaba el padre, pero no entiende, es muy chiquito. Ahora,  le dijimos que está en una estrella, cosas que uno dice porque no sabe qué decir...

Esa es la verdad, señor, ni más ni menos. Dígame... Si él está muerto, la mujer encerrada... el premio es para Nati... El la eligió; era la mujer de su vida, como usted dijo. ¿Hay alguna posibilidad de cobrar ese dinero? ¿No cree que mi hija se lo ganó en buena ley?

 

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