TERCERA PARTE
(¿o un epílogo?)
40 (cuarenta)
Perla
“Dicen, los que cuentan su historia, que murió pensando en ella, murmurando su nombre y el nombre de su hija: Perla...”.
Cerró el libro. Una vez más se acordó de su padre. Se preguntó, como tantas otras veces, por qué nunca había podido publicarlo. Habían sido injustos con él los editores; él los justificaba: decía que esa novela, en los cincuenta, ya estaba pasada de moda; que en los cincuenta, ya Sartre había escrito La Náusea y Borges, Las Ruinas Circulares, ¿qué tenía que hacer en la literatura una novela como La hermana de la Cruz?, ¿qué tenía que hacer una novela que lo único que cuenta son las desventuras de dos generaciones de amores contrariados? Decía: “¿a quién le importa una monja enamorada en el ’10, y una mujer perseguida por el pecado del incesto en el ’40? ¡A nadie!”, se contestaba. Eso le decía, cuando ella le preguntaba, con la insistencia de la admiración. Y ella no le daba la razón: “no hay nada mejor que los amores prohibidos, contrariados... nada mejor; en realidad, todo lo demás no importa, papá”. “Vos decís eso, porque te llamás Carmen, como la de Bisset, que te lo puse por eso”, y se reía...
Pensó en Perla... Tenía su edad; era real. En algún lugar estaba, sin ninguna duda. ¿Qué le habría contado su padre de todo esto? ¿Sabría ella que su madre había imaginado que su amor era una equivocación?, ¿que si hubieran hablado, si solo hubieran dicho unas pocas palabras, tal vez Marcela se hubiera animado a irse con él y el final hubiera sido otro?
¿Dónde estará Perla?
.....................
Durante días parecía que lo único que iba a hacer era llorar, hasta los quince, hasta los veinte, tal vez más... La casa estaba llena de su llanto, mojada, aturdida hasta decir basta, hasta gritarle que no la iba a secar más, que la iba a dejar inundarse para que el agua se la llevara lo más lejos posible; y no pensaba seguir escuchando, no se iba a quedar sordo por ella, por su capricho, por su tiranía de creer que era lo más importante del mundo. No, que se callara de una vez, que no la aguantaba más. Comprendía que la extrañaba, que la habían arrancado de su olor, de sus costumbres, de su leche, de sus canciones; no él, pero un poco él también. El no sabía qué canciones le cantaba; no lo iba ni siquiera a adivinar por mucho que llorara y llorara. El comprendía, por supuesto, que era muy violento para ella, pero no podía soportarla más, en el medio de su tristeza, de su profunda tristeza, porque él también estaba triste y no quería comer y tenía ganas de llorar o de volverse loco o de que alguien le dijera qué tenía que hacer. El la había querido, había pedido llevársela lo más lejos posible, para que nadie la despreciara; él la quería como un loco porque ella era ella, la que no iba a volver. Y había que convencerse y convencerla de que por mucho que llorara, que inundara la casa con torrentes de llanto, no iba a volver. La habían perdido, por muy cruel que fuera, la habían perdido. Pero si seguía llorando hasta los quince, hasta los veinte, no la iba a soportar, de eso estaba completamente seguro.
......................
Y le dice y le repite a su madre, a la tía Dolores, que a su padre le hubiera gustado que la buscara, que siguiera la historia que terminó tan mal. Ella pensaba que Perla debería de haber tenido una posibilidad (o varias) de ser feliz. A lo mejor está enamorada, se va a casar, o ya tiene hijos o es una mujer exitosa o es una gran científica que algún día ganará el Novel, o... ¿por qué no? La historia tiene que tener un buen final.
La tía Lola se ríe de mí; mamá me mira con esa pura melancolía de la que, me parece, ya no va a escaparse desde que papá murió...
Pero Perla Iñiguez tiene que haber podido superar su destino, estoy segura.
....................
A los diez días, paró de llorar. El silencio era sorprendente; no hacía otra cosa que comer, dormir y mirarlo; no dejaba de mirarlo con toda la profundidad de los ojos de un bebé, recién estrenados. Y Ramiro se enamoró de ella, le dio su vida desde la primera miradita furtiva; y ella nunca pudo responderle a su mirada, nunca pudo aceptarlo del todo, desde ese décimo día juntos y durante los veinte años en los que él fue su padre y ella fue su hija. Porque después se fue, lejos, a otra parte, y nunca más lo vio y él nunca supo nada más de ella. ¿Qué no la buscó? Sí, la buscó hasta el cansancio, hasta que la policía le dijo que si había cumplido los veintiuno, y ella no quería volver, la diera por perdida. ¿Se resignó? Creo que sí... El, lo que había perdido, lo que realmente había perdido, lo había perdido hacía muchos años, en las escaleras de una Iglesia. Todo lo demás era una profunda resignación y un empecinamiento en la soledad. Ese disparo lo había dejado solo para siempre...
Se fue con Nicky, a Córdoba; iban a vivir juntos, sin casarse, a fumar marihuana, libre ella del colegio de monjas y él de la farmacia de su padre. Libres, para siempre, “Amor y Paz”, pensaban. Y no les importaba qué iban a comer, adónde iban a dormir, ni qué iban a hacer al día siguiente, no les importaba. Terminó violentamente: Perla con algunos golpes, Nicky con algunas patadas en los tobillos, nada serio, después de todo.
Si hubiera vuelto con su padre, si lo hubiera encontrado... esta sería otra historia. Pero Perla tuvo que irse a Buenos Aires, se metió en una pensión y se puso a limpiar por poca plata las oficinas de Brassovora, de noche, cuando todos se habían ido y solo se quedaba una solterona macanuda: Nelly Mir.
Una sola vez volvió a Ushuaia
(79),
cuando ya se había peleado con Nicky y había conseguido que Nelly le prestara
la plata para el pasaje con la promesa de que algún día se la devolvería.
Después de tanto tiempo estaba desesperada por volver a verlo; ni ella entendía por qué. Durante toda su vida había renegado de su padre; lo sentía como un enemigo, que solo le había impuesto una serie de normas de vida que detestaba; lo recordaba como el de los reproches y las sentencias inútiles. Sin embargo, cuando finalmente se separó de él, empezó a pensar en cómo la miraba, como la había cuidado cuando tuvo la pulmonía, como se había deslomado para que terminara el secundario que ella nunca terminó, como se había preocupado cuando ella empezó a salir con Nicky, que había llegado un día en un barco, para trabajar en las minas, y que no había trabajado, y que se la había llevado a ella con todas las esperanzas del primer amor. Se acordaba también la tristeza cuando le preguntaba sobre su madre, sobre su historia, cuando le exigía explicaciones que él no estaba dispuesto a dar, tal vez porque le causaban demasiado dolor.
Así que volvió, dispuesta al reencuentro, no sé si a quedarse pero segura de que por fin quería estar cerca de su padre, saber lo que no quería contarle y por qué no quería contárselo. La cuestión fue que él era el que se había ido, el que había desaparecido de la faz de la tierra, sin dejar rastro. Doña Luz, su vecina, la de toda la vida, la que había sido un poco (solo un poco, nada más) su madre, después de todos los reproches que imaginamos, le contó que un buen día, Ramiro se le apareció en la casa con la valija lista, le dijo que se iba a Buenos Aires, que no aguantaba más la soledad, que el fin del mundo con Perla no era lo mismo que el fin del mundo sin Perla, que se las iba a rebuscar y que algo conseguiría para vivir en la gran ciudad. Le pidió que si ella volvía que le diera las llaves y que se llevara todo, que él no se llevaba nada, porque no tenía nada que llevar; que la casa quedaba intacta, que la vendiera, que hiciera lo que quisiera.
La casa estaba estática, como si su padre todavía estuviera allí, sentado en el comedor, leyendo el diario. Pero no estaba. Solo se llevó una valija vieja, donde (sabía) había recuerdos de su madre, cartas, fotos... algo que algún día le diera alguna respuesta. Nada más... ni nada menos. Dejó todo lo demás allí, y allí debe estar todavía.
Cuando volvió a Buenos Aires, no lo buscó; no porque no quisiera verlo sino porque pensó que él no quería ser encontrado.
......................
Cuando Carmen Sanlúcar encontró a Perla, Perla ya había conocido a Néstor Imar.
No le resultó muy difícil encontrarla, aunque parezca mentira. Era como que ella expresó su deseo y su deseo se cumplió, como si hubiera frotado la lámpara. Nadie puede llegar a imaginarse lo absolutamente increíble que fue el encuentro...
(- Todos... - ¿Todos? - Todos los que estén leyendo esta novela ppueden llegar a aceptar cualquier argumento, por inusitado que sea...)
Apelemos a la actitud siempre abierta a las novedades más fabulosas de nuestros
lectores y pasemos a relatar tan maravilloso acontecimiento
(80).
......................
Entró al Ramos Mejía con las manos transpiradas y la presión muy baja; creía que en cualquier momento se iba al suelo, se desmayaba sin remedio y se rompía la cabeza ahí, en las baldosas blancas y negras de la guardia del Hospital. Nelly casi no podía sostenerla, tanto se caía y se caía por el pasillo. Había mucha gente, demasiada para los mareos de Perla...
- Estás embarazada, estoy segura.
- ¡No me digas eso, Nelly! Es lo peor que mme podés decir... Cualquier cosa menos eso... Nene me mata...
- Nene se la va a tener que bancar. ¿Le gusstó hacerlo? Bueno, ahora que se la banque. Que vuelva de una vez y se ocupe de vos. Ni las cartas te contesta el hijo de puta.
- Está muy ocupado...
- ¡Es un hijo de puta! Andá a saber en qué anda, no lo justifiques más, Perla, ya tendría que estar acá. ¿Cuánto hace que se fue?
- Un mes...
- Por lo menos dos. Ahí sale una doctora.... ¿Qué número tenés?
- 124.
- Van por el 52, no podemos esperar, voy a hablar con ella...
Se le nublaba la vista; solo veía, difusas, las manos de Nelly protestando frente al guardapolvo blanco que la observaba con atención.
- Vení, te atiende ahora, yo te ayudo... Noo mirés a nadie que nos deben estar puteando.
El consultorio era un cubículo, una mesa descascarada y una camilla con la sábana corrida. Nada más. Pero la mujer la recibió con una sonrisa amplia, a pesar de que parecía muy cansada. Le preguntó su edad, los síntomas, la revisó con minuciosidad, como si ella fuera la única paciente que tenía y como si todo su tiempo fuera para atenderla; la revisó como si fuera a pagar la visita. “Tuve suerte”, pensó, en medio de las náuseas. Nelly le dijo lo del embarazo; ella pensó que por qué no se callaba la boca; la mujer nada dijo, pero le mandó unos análisis, que se tranquilizara, que volviera con los resultados, que no tomara ningún remedio, que hiciera reposo, que no fuera a trabajar, que tengo que ir, que no podía ir.
Le preguntó su nombre para hacer la ficha.
Cuando se lo dijo, Perla se preguntó por qué la doctora tenía esa cara de asombro.
41 (cuarenta y uno)
Gabriel
- Ya te dije, tu padre está muerto.
- ¿Estás segura?
- Completamente.
Se quedó mirando la Tour Eifell, algo disipada bajo la lluvia. Se avergonzó. No estaba triste, no le daban ganas de llorar, ni siquiera le latía más fuerte el corazón... No se sentía sufrir... Solo estaba aliviada, muy aliviada...
- ¿Cómo supiste?
- Me acaba de llamar Mario Mistral. Lo habíía localizado hacía poco en un hospital de Bélgica; no te dije nada para no preocuparte... Bélgica está demasiado cerca para el terror que le teníamos. Finalmente, hoy a la mañana, parece que murió.
Clara no tenía ninguna expresión en la voz; hablaba de él como si hablara de un extraño.
- ¿Y de qué?
- Una neumonía; Sida, tal vez... No me extrraña.
- Mamá...
- Ya sé, yo tampoco. Es cruel... En realidaad, solo siento que me he sacado un peso de encima.
- Tomás cumple hoy nueve años sin abuelo y sin padre...
- Sin padre, porque vos querés... Hay alguiien que estoy segura de que te está esperando.
- Pasó mucho tiempo, mamá. Yo le dije que nno me esperara; no hay amor que valga contra el tiempo y la distancia.
- ¿Estás segura?
- Completamente... Gabriel debe haberme olvvidado, y es lógico que así sea.
- ¿No vas a intentarlo?
Mirta Salguero no pudo resistir la tentación; sabía que estaba mal, que esas cosas no se hacían, pero ella había hecho infinidad de cosas en la vida que no se debían hacer. Así que le daba vueltas y vueltas a la carta; el apellido le sonó muy mal, espantoso: Imar... Sí, no tenía dudas: ese era el apellido de la minita esa, la de España, que (intuía) lo ponía a Gabriel de la cabeza, todavía. Porque estaba segura, y ella era muy experimentada, de que a los hombres las grandes calenturas irresueltas les quedan para siempre metidas ahí, donde ustedes saben, y afloran, afloran, sin remedio, por mucho que una haga. Pero ella había caminado un largo camino para conseguir lo que consiguió: una buena pareja, una buena posición, una tranquilidad después de tantos años de probar y probar y no encontrar uno uno solo que se comprometiera de una vez; solo le faltaba un hijo y el casamiento, pero ya lo iba a convencer, lo estaba por convencer para decir verdad. Ella era una señora, una profesional y una dama, eso era ahora. No hay retorno, no se puede perder, ni pensarlo. Y yo la abro, se dijo, que no está bien, pero la abro, y si no me conviene, la quemo, eso, la quemo y se acabó.
....................
Pero el destino no es tan fácil de manejar; ni las mujeres, por más experimentadas que sean, pueden evitar que tarde o temprano las lleve de las narices, adonde no quieren ir. El rompecabezas parece ensamblado a la perfección y, de pronto, aparece una nueva pieza, una pieza con la que uno no contaba, y se pone allí, en el centro mismo del paisaje, y lo cambia para siempre. Es así, siento mucho decírselos.
....................
Ni siquiera se puede prever con quién uno se va a encontrarse en el medio de la calle, en un bar, en un banco, en una fiesta... en donde se les ocurra. Todo esto en la vida es así; en una novela, es más... mucho más...
.....................
- Encantado, Gabriel Grimaldi.
- ¿Cómo los Grimaldi, los de...?
- Mónaco, pero nada qué ver.
Gabriel Grimaldi...
- Usted me llamó...
- Sí. Creo que su departamento tiene un comprador. Lo que resta es encontrar de dos ambientes para usted. En realidad, por lo que lo hemos tasado, usted podría aspirar a uno de tres, cómodamente...
- Mi madre ha muerto, no quiero algo demasiado grande, pero sí mejor ubicado, ¿comprende?
- Sí, por supuesto... Mi socia, la Doctora Salguero, conoció a su madre; de hecho creo que vendió varias de sus propiedades con nuestra inmobiliaria por su intermedio. Bueno, entonces...
- Perdón... Usted es Gabriel Grimaldi, me dijo...
- Sí...
- ¿Usted no vivió en París por los años ‘82-‘83?
- ¡Sí!... Pero yo a usted no lo recuerdo.
Apareció la pieza... ¿No les dije?
- No, no nos conocemos. Lo que pasa es que he tenido referencias de usted, por una gran amiga, Mayra Iñiguez.
- ¡Mayra! Usted es Mario Mistral... ¡Claro! Ella lo mencionaba en las cartas.
Mario bajó la cabeza. Por un momento se sintió hondamente triste.
- ¿Y cómo está ella?
- Muy mal...
Le contó lo que sabemos.
- ¿Y no han podido demostrar que no está...?
- ¿Loca? No hubo forma. Primero pensé que ssi podía encontrar al médico forense que había hecho la autopsia de Julián, se podía demostrar que no había matado a su marido, que había sido una mentira bien armada por Montero. Pero no, no hubo manera. El tiempo ha pasado; ella está allí, encerrada, cada vez más alejada de la realidad, cada vez menos comunicativa. Casi no me habla ni me mira cuando voy, y eso que lo hago muy a menudo (- ¿No era que todos se habían olvidado de ella? - A lo mejor ella se olvidó de todos...).La han destruido, Gabriel, lo han conseguido. ¿Me comprende? Son diez años, por lo menos... ¿Cómo sale alguien, si sale, después de una experiencia semejante? Creo que ahora, por lo menos, está muy entusiasmada con la PC, por lo que me cuenta en secreto y aterrorizada, cuando se decide a decirme algo.
- ¿No hay forma de sacarla?
- Desgraciadamente, no sé si ella puede salir a esta altura. Mi madre, con los años me había hecho entender que Mayra está perdida.
- Mayra confiaba mucho en usted...
- Lo sé. No crea que no siento culpa, pero no me siento capaz de ocuparme de ella... Está tan ausente... No se imagina...
- Yo también hace mucho que no veo a Mayra... a la hermana, claro...
- Mire qué casualidad, yo tengo, entonces, un dato para usted. Parece mentira que nos hayamos encontrado justo cuando tengo esta novedad... Mi madre, tal vez, me esté ayudando...
- ¿Un dato?
- Sí. Néstor Imar está muerto; murió en Bégica hace unos días... Mayra está en París viviendo con su madre y su hijo... Quedó viuda... ¿Le sirve?
- No sabe cuánto...
- Si ellas se encontraran, tal vez Mayra podría reaccionar, recordarse... A veces pienso que ella no se recuerda; que cree que no es real, que es una imagen en una ventana; está llena de fantasmas, muy confundida. Tal vez, usted podría ayudarme... Yo tengo muchas cartas, fotos, documentos para que ella pueda saber su verdadera historia, para que las dos puedan saberla. Si Mayra Imar viniera a Buenos Aires, si se enfrentaran, tal vez podrían armar definitivamente su rompecabezas, el rompecabezas de su vida, ¿no le parece?
.....................
¿Usted sabe lo que es una casa ordenada? ¿Usted conoce a ese tipo de mujeres maniáticas de la limpieza y el orden? Nada está fuera de lugar; no existe la más mínima posibilidad de que una pizca de polvo invada la alfombra del comedor; no puede aparecer un par de anteojos adentro de una heladera ni puede perderse una media detrás del inodoro; no hay ninguna posibilidad; es inimaginable que alguien no camine sin patines por el parquet o que quede un plato sin lavar por más de cinco minutos después de desaparecer de la mesa del comedor. Usted debe conocer ese tipo de casa, aunque no sea la suya.
Por eso, nada más que por eso, si en una casa como la que les he descripto, con una dueña con esas intachables características, algo no está como debe estar, se ve enseguida, a la primera mirada. Por eso, nada más que por eso, cuando Gabriel abrió la puerta, lo único que vio en el suelo fue el papelito semiquemado... fue lo único que vio, porque era lo único que se veía; lo demás: brillo y esplendor.
¿Y qué decía el único pedacito de un rompecabezas hecho cenizas? Bueno, ya se lo escribo, no tiene por qué adivinarlo...
compromisos matrimonia
naza de su padre.
Y usted?
Eso decía...
42 (cuarenta y dos)
La prisionera
Cuando le dijo que eran dos, que iba a ser un parto difícil, que ella estaba muy débil, se asustó de cómo tomó la noticia. Por suerte, había venido con la amiga, que parecía ser una mujer de carácter; por suerte había venido, en realidad, porque desde que le había dado la confirmación del embarazo había desaparecido por cinco meses, no la había visto más. Se había desesperado: Perla Iñiguez significaba mucho más que una paciente sorprendida por un embarazo no deseado; Perla Iñiguez era la persona exacta que ella necesitaba para completar la historia que su padre había empezado, que había moldeado y atestiguado (lo presumía) noche tras noche, cuando escribía esa novela que nadie quiso publicar; esa historia a la que había dado un final imaginado, ya que para su pesar nunca había vuelto a ver a su amigo Ramiro.
Parecía una tontería que ella le diera tanta importancia (más de la debida), pero de alguna manera sentía que si completaba la historia, si respondía las preguntas que desde chica se hacía sobre el destino de esa mujer que tenía su edad, se acercaba a su padre, a una parte de él que no se había cumplido del todo. Perla y ella habían crecido juntas: una de la mano de Javier, la otra en la imaginación y en el deseo de responder preguntas que son un misterio; una, real; la otra, un sueño... Si esa novela no podía estar en las mesas de las librerías, por lo menos tenía que ser útil para develar a quien debía ser develado el porqué de su destino. ¿Sería lo correcto? ¿Y si a Perla Iñiguez no le importaba la historia de sus abuelos y de sus padres? Hay gente a la que no le importa de dónde ha venido... ¿Y si ya la conocía? ¿Qué iba a aclararle ella que no le hubieran aclarado ya? Porque Ramiro podía haberle contado todo... él todo lo sabía... Sin embargo, era imposible evitar la inmensa ansiedad de volver a verla, de decirle, de retomar la voz de su padre, que nunca debería haberse callado, que debería haber resonado en todas partes. Eso es; era una reivindicación, absolutamente eso.
Por eso, cuando la vio entrar, la revisó y comprobó que eran dos, por lo menos dos, se acordó de Soledad y Tomás, pensó en la genética, se convenció de que tenía que decírselo, de que no era una casualidad que estas cosas pasaran.
Le dio reposo, le dijo que al día siguiente iba a ir a verla a su casa, que no iba a cobrarle nada, que no se preocupara. La amiga la miró: demasiado inusual. Por supuesto que era inusual, pero Perla Iñiguez era lo que ella estaba buscando desde que su padre murió...
Nelly Mir le abrió la puerta y la encaró: que no era lógico que una médica de un hospital se ocupara tan desinteresadamente de una paciente; que si la iban a tomar de “conejillo de Indias” a Perla, que se olvidara de la idea; que los médicos eran unos carniceros; que bastante tenía la pobre con lo que le había tocado; que si esa era su idea, que se fuera por donde había entrado... Que no, que era otra cosa, que se quedara tranquila, que era solamente que ella sabía de la familia de los Iñiguez y necesitaba decírselo... Que no le creyó, pero (vasca al fin) entró igual.
..................
- ¿Usted conoció a mi madre?
- No, claro que no... Yo tengo su edad; ellla murió poco después de su nacimiento... ¿Lo sabía?
- MI padre hablaba poco... Siempre que le ppedía explicaciones, me salía con cualquier cosa. No se crea que estoy muy sorprendida de que esto me pase...
- ¿Por qué?
- Porque cuando una está embarazada es comoo que quiere saber todo de todos los anteriores... No sé si me expreso bien... quiero saber qué les pasó a los que...
- A los ascendentes.
- ¡Eso es! Es algo muy raro, pero es así.... Es como para asegurarse de que todo va a estar bien, o que si algo va a estar mal, por lo menos estar preparado. Y no le hablo de la salud solamente... Le hablo de todo, porque todo se te viene encima.
- ¿Y el padre?
- Nada... No sé nada de él ni de su historiia; creo que me miente, ¿me entiende? Por lo menos me gustaría saber más de la mía. Usted...
- Yo puedo contarle, es más puedo darle alggo para que lea...
- ¿Documentos?
- No, una novela.
- ¡Adoro las novelas!
- Bueno, entonces aquí tiene... Esta es su historia. La de sus abuelos, la de sus padres.
- ¡¿Está escrita en una novela?!
>- Sí; mi padre, Javier Sanlúcar, que fue ammigo del suyo, la escribió, por lo que él mismo vio y por lo que le contó Agustín Sanlúcar, mi abuelo. Pero léala con atención y después hablamos...
- La Hermana de la Cruz... ¿Una monja?
- Su abuela era una monja, aunque no lo crea...
- ¡¿Qué estás haciendo, Perla?! ¡Casi no te podés mover de lo pesada que estás y te agachás ahí, debajo de la cama! ¿Qué buscas?
- La valija...
- ¿Qué valija? ¿Adónde te pensás que vas?/span>
- A ningún lado... No seas plomo, Nelly... Estoy buscando la valija que traje de Ushuaia, con las cosas de casa...
- ¡¿Y para qué?!
- ¿Me dejás de joder?
....................
Mientras la leyó, no podía dejar de llorar. Casi no pensaba en que era su historia (o no podía creerlo); la leía como se leen las novelas, con la misma extrañeza y la misma ansiedad, con esa tranquilidad de lo absolutamente imposible para uno, que no es un personaje. Yo me quería casar con un mocito barbero, y mis padres me querían monjita de monasterio, le cantaba en la cabeza, y no sabía (seguro que no lo sabía) que esa era la canción que le cantaba Marcela, mientras pudo cantársela. ... quiso el destino que no se distrajera y que le pareciera ver el brillo del pelo de Soledad entre las flores de nácar; quiso el destino que el amor no fuera, por muy fuerte que fuera..., leía y se mortificaba por la suerte de los dos amantes contrariados, sometidos a la voluntad de otros, y se le caía una que otra lágrima y solo le importaba cómo iba a terminar para llorar un poquito más. Lo peor es que, aunque parezca mentira, con lo mal que me siento, me la paso pensando en mi pelo sobre el piso de mármol de la Iglesia, y en qué va a decir Tomás cuando vea lo que me hicieron... y no tenía a nadie que le dijera que ese Tomás, justamente ese que se había atrevido a quebrar lo que no se debía quebrar, era nada más y nada menos que su abuelo; pero no había nada qué hacer... la realidad enredada en las ilusiones de la ficción o al revés (no sé) se diluía, se evaporaba sin otra solución y alimentaba las ilusiones de Perla, que esperaba el final feliz, después de todo. Y se olvidaba mientras leía del embarazo, de que eran dos, de que le anunciaban un parto complicado, de que Nene no contestaba las cartas, de las verdades que le gritaba Nelly sin ninguna compasión por decir la verdad, de que se estaba poniendo demasiado gorda, de que Tony la molía a preguntas desde las rejas de la cárcel de Devoto, de que su historia podía ser tan triste, tan triste, que cualquiera se pondría a llorar con solo escucharla.
Pero cuando empezó a leer la historia de Marcela, las cosas no fueron iguales, claro que no...
- Entonces... ella pensaba que mi padre era su hermano. ¡No puede ser!
- Pero fue. Como verá la historia es sumameente posible.
- Sí, para una novela, pero para la vida, nno sé... No es que yo desconfíe de su padre, Doctora, pero si pudo imaginar el final, puede haber inventado desde cosas pequeñas hasta lo más grande. Era una escritor... No sé si me explico... ¿Quién me dice a mí que esto es tal cual?
- ¿De qué duda?
- Hay muchas cosas que pegan, no le digo quue no: las fechas, los nombres, los apellidos. Recuerdo, ahora, algunas cosas que me dijo mi padre sobre ese asunto de que mamá había sido criada por su abuela, y de que había habido otro hombre en su vida. Ese fue un día que había tomado un poco de más y estaba muy triste... Pero nunca me dijo nada de esto...
- Era difícil mencionarlo.
- Pero si él no me lo dijo... yo dudo...
- ¿De la historia que escribió mi padre? /span>
- No... de que no fueran hermanos, después de todo... Dígame, Doctora... ¿esto le puede hacer mal a mis hijos?
....................
Le parecía fascinante que su madre hubiera sido una mujer tan elegante; ella soñaba cada noche con haber sido así. La veía entrar en la redacción de la revista con el traje, las medias de nylon, los tacos bien altos y bien aguja. “Papá debe haberse quedado con la boca abierta”, pensaba, mientras se acomodaba mejor las almohadas para ver si la cintura la dejaba en paz.
Extrañaba a su padre, cada vez más; cada párrafo que leía se lamentaba una y otra vez por no poder preguntarle si todo eso era verdad. Se decía, con pena, que ya no podía buscarlo, que nunca se animaría a decirle que era una madre soltera, que Nene la había abandonado o que la iba a abandonar irremediablemente (tarde o temprano), que no se iba a casar con ella, que no había vestido blanco ni Iglesia, que se había equivocado al irse con Nicky, que ya no había remedio. “No va a perdonármelo”, se decía.
Alvaro ocupaba
todo el espacio, absolutamente todo el espacio de la casa estaba contaminado por
Alvaro; no porque fuera muy alto, ni muy robusto, ni porque gritara o
gesticulara demasiado al hablar o bostezara o roncara... No por eso; eso hubiera
sido sencillo de explicar,
leía. Odiaba a Alvaro; se preguntaba por qué se había casado con ella y la había
convertido en su prisionera, si la despreciaba tanto, si no tenía nada qué ver
con él
(83);
le parecieron débiles las explicaciones que encontraba Javier; supuso que no
sabría el porqué y trató de encontrar una causa razonable, pero era poco
convincente.
Su nacimiento fue toda una revelación; comprendió por qué su padre nunca le hablaba de él, siempre había rehuido las preguntas. “¡No había estado allí, no había podido estar!”, se repetía. Pensó que debería haber sufrido mucho, muchísimo por eso. Se dijo que sus hijos también iban a nacer sin padre; nada aceptaba de las profecías de Nelly, pero cada vez se convencía más de que Nelly iba a ser la única testigo del nacimiento de los mellizos. Ella iba a sufrir como su madre había sufrido, como su padre también.
No le había gustado para nada que Javier le hubiera dado un final a la historia;
ese final era imposible, no iba a ser así, no podía ya ser así. ¿Qué derecho
tenía a imaginar su vida?
(84).
Nada le dijo a Carmen, de todas formas: ella tenía buenas intenciones y estaba
orgullosa de la novela de su padre. Pero Javier les había robado a los Iñíguez
su drama, su tragedia, su vida... y algunas cosas tienen que permanecer en
secreto, no está bien que se sepan. Nadie tiene derecho a inventarle la vida a
nadie. Si su padre la leyera, sería peor; no hay nada peor que ver cómo podría
haber terminado bien lo que terminó mal; porque su historia era una historia sin
esperanzas, eso sí, no cabe duda...
Pensó que tenía que buscar, que su madre hubiera querido que ella buscara entre sus cosas, las que tenía su padre en la casa de Ushuaia, las que siempre le decía que le había dado Amalia Anchorena, la mejor amiga , la hermana de Alvaro (ahora lo sabía). Entendía, finalmente, por qué se las había dado: para que ella supiera. Allí, seguramente, estaba la intimidad de una prisionera, lo secreto, lo que no podía saber Javier Sanlúcar; el amor y el pecado, lo más sublime y la mayor equivocación. Si Amalia había querido a su madre, como parecía, tenía que haber querido también que, alguna vez, su hija conociera la verdad. Era un legado y una obligación.
Por eso, a pesar de Nelly y de la cintura que se le partía en dos, se puso a remover los papeles viejos... Y allí estaba, claro, la esencia de la historia, lo que nadie supo, lo que Javier Sanlúcar nunca pudo imaginar. Allí estaba después de tanto años. Decidió leer todo, sacar conclusiones, liberar a la prisionera de su prisión, hacer lo que pudiera para darle alas, para devolverle por fin la libertad, aunque estuviera muerta.
43 (cuarenta y tres)
Que olvidate de mí, Gab, que si te vas ahora te podés ir olvidando de mí y de todo lo que conseguiste, le retumbaba en la cabeza, que no te salvás del juicio que te voy a hacer; aunque no estemos casados, convivimos, y yo te saco el departamento, ¿que te crées?, ¡¿qué me vas a dejar así?! Detestaba que lo llamara “Gab”; la detestaba, en realidad, pero solo ahora lo comprendía.
Todo esto se lo dijo cuando estaba en la puerta, a los gritos, mientras él levantaba la valija; está bien que no le había avisado nada, que se lo había confesado media hora antes, justo en el momento en que se ponía la medialuna mojada en el café con leche de las siete de la mañana; bueno, estaba bien, lo reconocía, pero no tenía por qué gritar como una histérica, o sí, no sé, no me importa.
Al cerrar la puerta, los gritos se fueron perdiendo por el pasillo; cada paso recobraba el silencio; se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que no escuchaba ese silencio; que era como si se hubiera despertado en una habitación completamente vacía, invadida por el sol; como si hubiera dejado, por fin, de dormir. Se sintió feliz, tan feliz que cuando salió a la calle se puso a reír a carcajada limpia, como solo se ríen los que han soñado y encontrado algo más allá del sueño, tal vez el sueño mismo.
Cuando viajaba en el taxi a Ezeiza, pensaba que todavía estaban a tiempo, que no había sido tan tarde (como a veces imaginaba) el reencuentro y que en los cuarenta la pasión está intacta... porque ellos tenían pasión, la tenían guardada esperando el momento, solo era cuestión de despertarla. Cerraba los ojos y se sonreía pensando en eso.
Te voy a sacar
hasta el último peso, Gab, te vas a quedar en la calle. Sacámelo,
pensaba,
hacé lo que
quieras.
No le contestó nada; pensar que no le dijo palabra, que solo le cerró la puerta.
Estuve
mal... pésimo... ¿A quién le importa?
(85)
Y así se fue Gabriel a París... como si tal cosa.
....................
Cuando se bajó del taxi se puso a correr por Champs Eliseé; a los cuarenta no debería correr así; ahora me agarra un infarto y no la veo y me mato si no la veo, pensaba; pero no podía parar de correr, como si no tuviera pies, como corrió bajando las escaleras Marcela, sesenta años antes, para encontrarse con Ramiro, aquella noche que llovía tanto.
En París llovía, como es habitual después del verano, y la gente lo miraba (los que lo miraban, unos pocos) como si estuviera loco. Bueno, un poco loco estaba, hay que reconocerlo. Tiene que estar loco un tipo que lee un pedazo de papel, hace una valija lo peor que puede, se olvida hasta de su nombre y de su sombra, paga un boleto de avión con una tarjeta que es una extensión de una mujer a la que va a abandonar y vuela (esto es literal) a encontrar a alguien que (para ser sinceros) no sabe si quiere encontrarse con él. Está loco un tipo al que solamente lo mueven la pasión y las suposiciones, pero, bueno, hay que aceptarlo, todos estamos un poco locos en esta novela...
.....................
Y tocaba el timbre y se avalanzaba sobre ella y la besaba sin miramientos, porque ese beso lo tenía atragantado desde el capítulo aquel en que la besó y todo lo demás que le hizo (como ustedes recordarán). Y casi se equivoca, lo cual hubiera sido un reverendo papelón.
.....................
- ¿La Place Vêndome?
- Sí, se encontraba con una amiga en un caffecito muy lindo que está ahí no más, en la misma plaza... Es todo de madera adentro... No me acuerdo cómo se llama.
Clara Imar estaba tan asombrada como él; él, porque no había calculado que en París vivían otras personas además de Mayra I.; ella, porque no podía creer que Gabriel Grimaldi apareciera en el momento más oportuno, por mucha carta que ella le hubiera mandado. Parecía magia, pensó; el amor es mágico, pensó.
- Y... ¿Qué estás haciendo en París?>
¿Qué estaba haciendo en París?
- Vine a buscar a Mayra I...
Sonó raro, aunque fuera la verdad. Si hubiera dicho: negocios, estudios, turismo: todo bien. Pero decir que vine porque estoy enamorado suena raro, de telenovela, de ficción, de happy end... Por suerte, Clara Imar es un personaje y tiene prioridades y explicaciones sobre el mundo muy distintas a las reales, o por lo menos a las que uno se atreve a confesar en la realidad.
- Lo suponía...
- Y... ella, ¿cómo está?
- Bien... Néstor murió...
- Lo sé.
- Entonces, recibiste mi carta y estás acá....
Finalmente el misterio del pedacito de papel se aclaraba. Comenzó a alegrarse de que Mirta se hubiera quedado ronca de tanto gritar.
- No, no la recibí... Lo supe por una casuaalidad, me lo contó Mario Mistral... ¿Usted me envió una carta?
Clara no me quería, pensó...
- Sí... ¿Raro, no? Bueno, pensé que tenías que saberlo... Mayra tiene a su hijo, pero ha sufrido mucho y está muy sola... Intuyo, ella no me lo ha dicho, que no ha dejado de pensar en vos...
- Usted ha cambiado mucho... Antes...
- Antes no te aceptaba; ahora, solo quiero que Mayra sea feliz.
- ¿Y cómo sabe que yo soy la felicidad de MMayra?
- Porque ella no ha aceptado a otro, desde que murió su marido... Porque vos estás acá, sin otro motivo que ella... ¿Te acordás donde está la Place Vêndome?
..................
La Place Vêndome... la elegante Place Vêndome... La vio enseguida en el reflejo del vidrio; estaba con una francesita indudable, de boina y todo, que hablaba sin cesar, con todas las erres y todas la “u” cerraditas imaginables por los imperceptibles movimientos de su boca. Pero él no la miró casi (nosotros la miramos); el mundo se borraba cuando se materializaba Mayra I.
Pensó que tenía que serenarse, que tenía que hacer las cosas bien, que no tenía que asustarla, que no podía parecer un loco de atar en el medio de un café tan elegante de la Place Vêndome. Además... ¿Y si no me espera? ¿Si no me recuerda? ¿Si no quiere verme ni en figurita?
Se acordó del gallito ciego... Uno siempre quería alcanzar al que podía reconocer, quería tocar al que tenía de memoria en los dedos (por conocimiento o por ilusión), quería abrir por fin los ojos y no haber tocado en vano...
Entró. Le hizo señas a la francesita que, como buena francesita, comprendió inmediatamente. Le cubrió los ojos y sintió sus manos en las suyas, como si nunca se hubieran ido de allí. La escuchó preguntar en francés, se desilusionó... Casi de inmediato, escuchó el español, escuchó su nombre, le liberó los ojos...
Ninguno de los dos la vio irse... a la francesita de la boina, claro...
...................
¿Es posible estar en el centro de París y no ver la Tour Eiffel, sobre todo cuando es de noche y parece una llama de luz en medio de un incendio?; porque París es un incendio de noche... Es posible no verla, si uno tiene su propio incendio, el personal, el que no se apaga con el agua de los bomberos, el que no depende de ilusiones de la electricidad que nos convence de que hay luz cuando no debe haberla.
Gabriel había perdido la noción del espacio; no recordaba donde estaba, no tenía la menor idea de si ese café que había pedido por pedir, para esperar que ella reaccionara, era francés, porteño, cubano o... bueno, casi no se daba cuenta de que era café. La situación de Mayra era (podríamos decir) sumamente similar, con una desventaja: no sabía si estaba despierta.
Y, además, el silencio. Ninguno de los dos se atrevía a decir palabra, aparte del “hola” inicial. Cuando se decidieron a hablar, lo hicieron al mismo tiempo, al mejor estilo de las telenovelas mexicanas. Y se sonrieron, como suele suceder, ustedes saben.
¿Cómo Estás me muy encontraste hermosa Gabriel? Mayra I...
- Mario Mistral me dio tu dirección... Dejéé todo y... acá estoy. Clara me dijo que estabas en este bar...
- ¿Mamá?
- Sí, parece que tu mamá cambió de opinión con respecto a mí...
- Bueno, ya no sos aquel estudiante de turiismo que me perseguía todo el tiempo, y le sacaba plata al padre para invitarme a salir...
- No...
- Ni tampoco sos el que me acompañó a Buenoos Aires y me enseñó el amor en un departamento lleno de plantas muertas...
- Tampoco...
- Ni siquiera sos el de esa tarde de tanto calor en Mallorca, que me amó a pesar de que yo tenía un bebé que no era suyo...
- Ni siquiera...
- ¿Y quién sos ahora, Gabriel?
- El que quieras... si querés que te persigga, te persigo; si querés que te vuelva a enseñar el amor, te lo enseño otra vez; si querés que ahora el bebé sea mío, con todo placer.
- ...
- ¿Te vas a casar conmigo, Mayra I?<
..................
Lo único que me falta es encontrarla; la necesito. Desde que supe que ella estaba, que existía, que era tan real como yo y no solo un reflejo en la ventana, lo único que he deseado es volver a verla. No verla es como no poder mirarme en el espejo, es jugar al gallito ciego todo el tiempo. Solo quiero tocar su cara para reconocer la mía. ¿Me podés entender? Ella es mi historia, es todo lo que yo no sé, todo lo que yo no he sufrido, todo lo que yo no he tenido y todo lo que yo no he soñado. En general, las personas se buscan a sí mismas; yo no puedo buscar solo dentro de mí, necesito encontrarme en ella. Ella me va a decir lo que no sé de mí...
¿Está encerrada? ¿Mi padre tuvo que ver en eso? ¿Mario dice que está loca? ¿Por qué la abandonó Mario?
Mamá me ha explicado muchas cosas, pero no me alcanzan; yo sé que detrás de todo esto está ese tipo, Carlos Montero, y su sobrino, y ese asunto de la venganza; sé lo de las cartas, sé muchas cosas que antes no sabía ni entendía. Pero hay otra historia, Gabriel, más antigua, más nuestra, de las dos, una historia que empezó antes y que debe ser la verdadera explicación. Esa es la historia que tengo que conocer, por eso quiero encontrarla...
¿Me llevás a Buenos Aires, otra vez, Gabriel?
Se casaron en una pequeña capillita del pueblo de la abuela de Mayra; se sentaron en una mesa blanca, en el medio del campo, para comer la torta de rigor y brindar con el mejor champagne de la región; se levantaron a la tardecita, se despidieron del cura, de Clara que se emocionaba sin remedio, se sacudieron el arroz del pelo, se rieron felices de tener arroz en el pelo. Mayra besó a Tomás más de mil veces y le dijo que pronto, muy pronto estarían juntos de nuevo, en Buenos Aires o en París; le dio mil recomendaciones a Clara, entre beso y beso, para que lo cuidara hasta los innumerables y prolijos detalles de las madres que ellas solas solo ellas pueden conocer de los gustos y disgustos de sus hijos, que para eso los sacaron de tan adentro. Gabriel tomó seguro a su mujer de la cintura y se la llevó al hotel y le dijo tantas veces que la amaba que se durmieron con esa voz, y no soñaron porque estaban en el medio de un sueño. A la mañana, Gabriel escuchó el silencio y sintió su perfume; se preguntó cuál de las veces era y donde estaba, porque para él había un solo espacio y un solo tiempo: el de los límites de Mayra I.
Y se tomaron el avión de Air France, y se encontraron increíblemente, con Julia, como ustedes saben...
44 (cuarenta y cuatro)
¿Una clave?
- Mi madre no me quería.
Me convencí, cuando encontré las cartas a Amalia, de que mi abuela no la quería.
Trató de convencerla de que no era así, de que no pensara eso. Carmen le decía una y otra vez que su padre le había contado que Marcela estaba muy atormentada, que el asunto del incesto era y es todavía hoy una mala palabra y que eso le hacía escribir esas cosas.
Saber eso debe haber sido una carga para mi madre. Carmen me decía que no, que me convenciera como se había convencido ella de que había mucho amor en Marcela, que Perla era la hija de su pasión por Ramiro, que había luchado mucho por ella, que mi hermana y yo éramos el homenaje que Perla había querido rendirle a ese amor, que ella se lo había dicho.
- Se murió sin saber la verdad... No puedo culparla; creer eso destruye a cualquiera, hasta el amor de madre. Debe haber sufrido mucho, y lo peor es que no se puede hacer nada. ¡Cómo me gustaría poder mandarle un mensaje de que yo lo supe, de que no era verdad, de que el amor que le tenía a mi padre era lo mejor que podría haberle pasado!
Carmen le decía que desde donde estuviera, Marcela lo sabría, pero a Perla no le bastaba.
A mamá no le bastaba, me dijo Carmen. No era muy creyente: los muertos muertos están, pero... uno siempre duda. Creo que quiso solo rendirle un homenaje; a lo mejor, tenía la esperanza de que su madre estuviera en algún lugar y recibiera el mensaje.
- Tengo que decirle que no todo está muerto, que mi padre me ha amado, que yo admiro su valor por haber tomado esa determinación en los ’40, a pesar de Alvaro y de los Anchorena. Ella fue muy valiente, Carmen.
Terminó admirándola; mi madre sentía que Marcela fue más valiente que ella, pero yo le reprocho que no supo retenernos a las dos, que no se animó con las dos. Carmen me decía que no fue así, que si nos separó no fue por ese motivo. Mi madre le dijo que era porque quería que una de nosotras se criara con el padre. Carmen no sabía, como ve, los motivos de mi madre, los imperdonables motivos de mi madre.
- Ya se cómo, ya lo sé...
Encontró la forma, no digo que no; además, nos puso el mismo nombre para que nos encontráramos alguna vez, según Carmen. ¿Habrá sido esa la intención?
Carmen le decía que la idea era un poco extraña, que nunca se había visto poner a dos mellizos el mismo nombre, que no se sabía si eran nenas o varones, que si eran varones...
- Son nenas, no cabe duda, lo sé. Nosotras somos una generación de mujeres que necesitan un futuro mejor. Ellas van a tener un futuro mejor, Carmen, se lo aseguro. Por eso voy a llamarlas Mayra...
¿Un futuro mejor en esas condiciones? A veces pienso que mi madre era demasiado pasional, que no pensaba como hay que pensar, con la cabeza. Si se hubiera dado cuenta de lo que estaba haciendo, se hubiera detenido. Mire donde estoy yo. ¿Y mi hermana? No sé nada de ella, porque mi madre nos ha separado y es muy difícil volver atrás con eso. Carmen me dijo que su intención fue la mejor. No le creo. A veces la odio; hubiera sido mejor no saber lo que sé. ¿¡Para qué vino a contarme toda esta historia?!
- Pero... ¡El mismo nombre!
- Es una clave... ¿O no te diste cuenta? Hay que unir lo que siempre debió estar unido, hay que liberar a la prisionera, Carmen...
- No recibe visitas.
- Pero soy la hermana... ¿No se da cuenta de que soy la hermana? Creo que debe ser bastante evidente...
- No tanto... De todas maneras, tiene un diagnóstico reservado; por secreto de sumario, no puede el hospital revelarlo, ni siquiera a los familiares, si es que comprobáramos que usted es un familiar... Lo siento...
- He venido desde muy lejos, y me ha costado mucho llegar hasta aquí. Ella me debe estar esperando desde hace años.
- No creo que ella espere nada más...
45 (cuarenta y cinco)
El otro epílogo
Tenía que hacerlo, era la única manera; cruzar las barreras y entrar en otro mundo, en el que yo había creado o en el que me había creado a mí... Ni siquiera eso tenía muy claro. Como una sombra, usted me ha seguido hasta aquí, casi sin reproches, lo cual me llama poderosamente la atención. ¿No tiene nada que decirme? Parece que no; no vamos a pelear más, tenemos que entrar, saber, descubrir finalmente la verdad. Si usted no la sabe, nada más podemos hacer. No, no me da miedo, después de todo soy dueña de la situación, bueno, eso creo... No se sonría, no soporto esa risita sarcástica. Esta es mi novela y no se diga más.
....................
El lugar es el previsible; entre el gris y el blanco, ningún otro tono. Todo un poco deteriorado, un poco sucio, un poco deplorable; todo un poco muerto, para ser más clara. Algún que otro grito lejano, de rigor, como imaginan después de tanto cine. Me siento temblar; a usted no le gusta tampoco, estoy segura. Verla y salvarla, para irse lo más rápido posible.
Pronunciamos su nombre; primero en voz baja, después con más claridad, al final casi con desesperación. La enfermera (supongo que lo es, de eso está disfrazada o a mí me parece) está muy cansada, un poco ausente, como queriendo estar en otra parte (no la culpo).
- ¿Cómo dijo? Iñiguez... No, aquí no hay ninguna Iñiguez...
- Mayra Iñiguez...
- ¡Ah! ¡Debe ser Mayra I.! ¿Ustedes son familiares?
No sabemos qué decirle... Le decimos que no...
- Hace más de diez años que está acá... Pero no van a poder verla, está incomunicada por orden del juez... Es muy peligrosa. No sé si saben...
- ¿Qué?
- Mató a una doctora que trabajaba en su rehabilitación; parecía que estaba bien, pero... usted sabe cómo son los locos: por años y años parecen de lo más normales y un bendito día se destapan... No hace mucho vino otra persona, dijo que era la hermana... se parecían en algo, no se lo voy a negar, pero el Dr. Montero no permitió que la viera; no tenía documentos que demostraran el parentesco... Parece mentira, tantos años sin que nadie reclamara por ella y ahora...
- ¿El Dr. Montero?
- Es el director del psiquiátrico, el Dr. Carlos Montero.
- ¿Podemos verlo?
- Voy a ver si está...
Ni nos miramos. Usted está tan sorprendido como yo, y no es para menos.
...................
- El crimen de la Dra. Sanlúcar fue un hecho muy doloroso para todos, un descuido... Uno se acostumbra tanto a ellos que a veces no recuerda lo peligrosos que son... Hacía poco que la atendía, pero insistía en que Mayra I. estaba recuperando su identidad... Se confío demasiado...
Frente a nosotros, papeles y más papeles sobre Mayra I. (su apellido no figura en ninguna parte); tantas hojas como las hojas de esta novela, pero llenas de palabras indescifrables de las que solo podemos rescatar las que se filtraron en la tradición popular por la manía de las interpretaciones pseudopsiquiátricas, adoradas por los argentinos: esquizofrenia, paranoia y una que otra más... Le tenemos que pedir que nos explique, que nos diga cómo llegó, quién la trajo, quién es (si él sabe quién es).
- La verdad, ella es un misterio... Llegó acá en el ’89, tendría unos 20 ó 25 años; nunca supimos su edad exacta porque nunca tuvimos documento alguno. La trajo una mujer con su hijo... Por ahí debe de estar el nombre, ya no lo recuerdo...
Concha Consuelo Pasos, leo...
- ... del hijo sí, se llamaba Mario, Mario Mistral; todavía me parece ver la corbata tan rara que tenía; un tipo muy especial... Bueno, me dijeron que casi la pisa un colectivo, que ella y su hijo la cuidaron en su casa, pero que empezó a tener conductas muy raras, inexplicables. Gritaba mucho de noche, veía imágenes en los espejos, decía que iban a matarla como mataron a su madre; lo típico... Un médico de la familia la atendió y... le recomendó el psiquiátrico. La señora estaba decidida a dejarla, él no... creo que su madre lo obligó a hacer lo que hizo. En ese mismo momento, le hicimos varios estudios que ya mostraron problemas bastante serios... Creo que en la segunda página hay algo de esos resultados... Yo no quería internarla, no sin un familiar o un responsable, no sin un documento de identidad. Ella me rogó que se quedara esa noche, que hacía mucho que no dormían en paz ni ella ni su hijo. Recuerdo que Mistral no estaba de acuerdo, por eso me extranó y nunca me pude explicar por qué pasó lo que pasó después...
- ¿Y qué pasó?
- Me convencieron y les dije que me ocupaba esa noche, que volvieran al día siguiente... Pero... nunca volvieron... El teléfono y la dirección que me dieron eran falsos...
No puede ser que Mario Mistral haya hecho eso...
- Durante meses quise averiguar quién era; lo único que me decía era que se llamaba Mayra I., que su marido se llamaba Julián y que la había dejado y se había ido a París; todo me parecía muy fantasioso. Nos fuimos acostumbrando a ella y ella a nosotros; si no fuera por alguno que otro pico neurótico, siempre fue bastante tranquila. Lo que más la desequilibraba era el asunto de los espejos; era como que veía imágenes que la perseguían y la obsesionaban, ¡hasta tuvimos que empapelarle las ventanas..! Pero, no mucho más que eso... normal en una enferma de esas características...
- ¿Y no pudo averiguar nada más en todos estos años?
- Alguno que otro dato... Un enfermero, Aníbal Galván, se hizo muy amigo de ella; a veces uno tiene que hacer la vista gorda con los romances, le confieso; esto es un mundo aparte y hay sexo como en todos lados... Creo que se enamoraron. A él le contó lo de la monja...
- ¿Lo de la monja?
- Sí... Le dijo que había matado a una monja en un colegio en el que estuvo pupila, una noche de Navidad, pero nunca pudimos comprobarlo... Preguntamos en varios colegios del centro que tenían internas, pero no lo encontramos o no existía... Podía ser una fantasía... ¡Hasta una vez nos dijo que su bisabuela era una monja y que sus abuelos eran hermanos! Imagínese lo que puede salir de una mente extraviada...
Me imagino...
- Su confidente era Pilar, mi secretaria... A ella le dijo que había matado a su marido, a Julián, que lo había ahogado con una almohada o algo así, las versiones variaban con el tiempo, y que me había mentido al decirme que estaba en París. Sufría mucho porque pensaba que la perseguían por esa muerte; creo que esa fantasía la trastornaba bastante... También fue a Pilar a quién le mencionó lo de la muerte de la madre; decía que había sido testigo de su asesinato, que lo había visto y no había podido evitarlo... Yo logré que a mí también me lo contara, pero no como algo vivido sino como una visión en el espejo. Recuerdo que sus descripciones eran muy sangrientas; según ella la habían descuartizado ante sus ojos... Ahí está, en alguna parte... me parece que la llamaba Perla, creo.
- ¿Nunca le habló de una hermana?
- Bueno... Muchas veces, ella hablaba de ella en tercera persona, y se llamaba a sí misma Mayra I... por eso la llamamos así... Es posible que se refiriera a otra mujer, con la que tenía una gran identificación, no sé... Nunca pude saber a ciencia cierta si ella es Mayra I. o no...
Estamos igual...
- Para nosotros
es como de la familia, como “La Raulito”
(30)
o algo así, ¿me entiende? Por eso nos ha costado mucho aceptar lo que
pasó con la Doctora Sanlúcar; parecía que todo estaba tan bien... hasta nos
creímos que se iba a recuperar. Uno, después de años y años de esto, puede a
veces ser un ingenuo... aunque le parezca mentira. Nos engañó y fue muy hábil...
Ya lo creo...
- Pero dígame, ¿por qué tienen tanto interés en ella?
..................
Confieso que vacilamos bastante; usted me mira aterrado. Estoy segura de que piensa que si le decimos lo que tendríamos que decirle nos quedamos acá, con la camisa de fuerza bien puesta... Voy a ser prudente, quédese tranquilo; me las voy a ingeniar para que parezcamos lo menos locos posible...
Le doy los e-mail; le digo que los recibí en mi dirección y que, por las descripciones, imaginé que ella estaba en un loquero... y que despertó mi curiosidad; que recorrí muchos hasta que en este encontré a alguien que conocía a Mayra I. Se muestra muy interesado, los lee, no le doy más datos.
- Increíble... Nunca hubiera pensado...
- Hay momentos en que todo parece muy real; la verdad, no podía dejar de averiguar...
- Incluimos en su recuperación el curso de computación. Es muy hábil con la máquina; incluso nos ha ayudado en tareas administrativas del Hospital. Estaba fascinada con Internet; es comprensible... ¿No cree que Internet se parece un poco a la mente de los locos? Una ventana tras otra hasta el infinito, con los nexos y las variaciones más inusitadas; un viaje increíble más allá del espacio y del tiempo... Uno puede estar donde quiere, ser lo que quiere, en el momento que quiere... ¡La gran evasión del fin de siglo! Lo locos se evaden de una realidad que no soportan... y los que navegan por Internet, ¿adónde van?
No sé que decirle; lo peor es que me parece muy claro, pero no me gustaría darle la razón...
- Siento desilusionarla, Sra. Juliá; pero esta Mayra I., la que le escribió los e-mail, la que se ha creado un mundo más allá de este y ha transpuesto y mezclado, a su antojo, seres de uno y de otro, no existe... Siento que en los e-mail le haya parecido tan cuerda, tan razonable como para que, en algún momento, le haya creído... los locos son así... A veces parecen más lógicos que nosotros...
Nos sonríe.
- ... De todas maneras, si me permite que me quede con los e-mail, tengo datos, apellidos, nombres... Tal vez pueda saber algo más de ella; hay muchas cosas que a nadie le ha contado más que a usted...
- ¿Usted cree que esto puede ayudarlo a saber la verdad sobre ella?
Me mira con una insistencia muy particular.
- Señora Juliá... ¿Usted piensa que alguno de nosotros puede saber realmente la verdad? Tal vez pueda tener una versión razonable, no mucho más que eso. ¿Usted siempre está segura de quién es?
Convenimos que no.
- Yo tampoco...
.....................
Usted me dice que me lo había dicho, que me había prevenido, que nunca debería haberle hecho caso a un personaje, que la historia era mía no de ella, que ella me llevó de las narices y que encima estaba loca. Yo le digo que el Quijote hizo lo que quiso con Cervantes, y usted me dice que ni para empezar a comparar.
Le doy la razón.
Usted me dice que Mayra I. no existe, que la que se pasea muy ufana por estas insoportables e inconsistentes páginas son el producto de la fantasía de una loca, una desequilibrada que se divirtió con nosotros lo que quiso, que se burló de nosotros, que se murió de risa... Yo le digo que es lógico que no exista, que nunca tuve la pretensión de que existiera, que es un personaje, nada más... Usted me dice que no es mi personaje, que no lo he creado ni he pensado su vida, ni he decidido su destino...
Le doy la razón.
Usted me dice que ningún lado de la historia se parece a la realidad; que Bioy en La Invención de Morel imagina y delimita un mundo real y sus versiones... que yo no he podido establecer los límites y que me he ahogado en las múltiples versiones de Mayra I... Me dice usted que mi historia es una historia de fantasmas vistos en una ventana, en las múltiples y engañosas imágenes de los espejos, en una inmensa y devastadora máquina de Morel que no permite saber cuál es la versión y cuál es la realidad. Yo le digo a usted que usted es una versión, también; usted me dice que sí, y que yo también lo soy...
Le doy la razón...