(1)
Messenger Service
Subject: ¿Qué hay en un nombre?
Estimada Julia: creo que ha tenido muy poca fe. Sólo necesitaba llamarme por mi nombre y lo ha hecho; no era necesario gritar, ni buscar en listas inútiles.
Soy Mayra I., la protagonista de su historia y, aunque le parezca mentira, yo también la estaba buscando a usted. Tengo mucho para contarle.
No puedo escribir más por ahora, me vigilan.
Espero sus noticias.
Mayra I.
(2)
Estimada Mayra I:
Tengo que reconocer que estoy sorprendida; no esperaba que las cosas fueran a suceder de esta manera. Es cierto que hace rato que la estaba buscando, pero no me imaginaba que usted me buscaba también a mí. Parece que una necesita de la otra, después de todo. Yo quiero contar su historia, y usted quiere que yo la cuente...
No le pregunto cómo ha conseguido mi e-mail; eso responde, seguramente, a uno de los tantos misterios que rodean el hecho de escribir una historia; no me importa; no creo que a nadie le importe.
Tampoco me interesa saber cómo se ha enterado de que he dicho su nombre, de que la he llamado exactamente como había que llamarla para que usted viniera; esas son simplemente cuestiones de espacio y de tiempo que cualquier novela supera sin dificultad.
Sin embargo, sí necesito que me ayude, que me dé pistas para poder contar su historia.
No quiero que me la cuente, si no la escritora sería usted, y usted es la protagonista. Usted es Mayra I.; yo soy Julia Juliá. Yo soy la escritora; usted es mi personaje.
Pero deme indicios, los que se le ocurran, los que la expliquen mejor; yo después me encargo de modelar la historia, de darle cuerpo, suspenso, pasión.
¿Quién o quiénes la vigilan?
Dígame algo más y le prometo que no voy a defraudarla. Confíe en mi intuición, yo confío en que usted va a decirme la verdad...
Julia Juliá
(3)
Estimada Julia:
Discúlpeme por no haberle escrito antes, pero no es fácil para mí acceder a una computadora en este lugar. Sólo puedo hacerlo de noche y a escondidas.
Por supuesto que voy a decirle la verdad. Lo único que deseo es que usted me reivindique; es más, necesito que usted me salve, que haga justicia, que les grite a quienes hay que gritarles que Mayra I. (como aquí me llaman) no se ha ido, no se ha dado por vencida; que no soy tan idiota, ni tan sumisa, ni tan fácil, como todos suponen.
Estoy encerrada porque me han acusado de un crimen que no cometí. Le juro, Julia, tiene que creerme, yo no maté a mi marido, aunque lo odiaba con todo mi corazón. Yo no lo maté, pero sé quién lo ha hecho y ahí está mi verdadera condena.
No estoy en una cárcel; estoy en un lugar muchísimo peor, donde todos parecen muertos, sin alma, desgarrados y vacíos. Estoy desesperada en el medio de estos gritos insoportables. La gente aquí no vive, vaga; no se despierta, porque nunca está dormida del todo; no piensa, porque ha perdido para siempre la razón... ¡Pero yo no! Yo estoy viva, estoy despierta, no puedo parar de pensar. Usted es mi única esperanza, mi único juez.
He tratado de imaginarme cómo puedo darle las pistas que tanto necesita, y he encontrado una manera. Voy a en
(4)
Estimada Julia:
No se preocupe demasiado por los tres años en blanco; comprendo la curiosidad, a mí me pasaría lo mismo, pero sinceramente fueron así: tres años en blanco. El diario no lo escribí, porque no pude. Cuando me devolvieron mis cosas (mi ropa, mi guitarra, mis muñecas, mi cadenita con la virgen de Pompeya que me había regalado mi madrina), lo encontré. Casi me había olvidado de él, y decidí continuarlo tres años después.
Usted se preguntará qué pasó; nada más que lo que me dijo la visión de la ventana. Aún hoy me pregunto cómo no la escuché, cómo no la pude ayudar, por qué no seguí mi visión, como tantas veces lo hice después. Nunca voy a poder perdonármelo.
Mayra I.
(5)
No Julia; nunca vi el botón en la pieza real, lo cual me hizo pensar, sin equivocarme, que yo había visto antes y que sabía un poco más que todos: había “visto” a mi madre muerta antes de que lo estuviera; había visto el cuchillo con que la mataron, que la policía nunca recuperó; había visto el botón del saco del asesino... Le hablé a Nelly del botón y de las visiones, pero no me dejó que fuera a la policía. Me dijo que me iban a tratar de loca, que la “poli” era muy peligrosa, que los chicos jóvenes le caían mal, que mejor me callara. Y yo no estaba segura, y me callé, y siento haberlo hecho porque hubiera evitado mucho de lo que me pasó después.
Ese día tan terrible, tan trágico para mí, supe muchas cosas: supe que yo podía “ver más”, más allá, ¿me entiende?, más allá de lo real y lo posible, y que iba a tener que cuidar ese don como se cuida un secreto; supe (con culpa) que los ojos de Julián iban a estar conmigo siempre, y que lo único que hubiera querido es que hubiera extendido la mano y me hubiera tocado; supe que mamá estaba muerta y que yo estaba sola.
Una semana después, Nelly, tan pobre como yo, me internó en un convento de monjas de la calle Independencia, gracias a un cura amigo, para que me cuidaran hasta que cumpliera los dieciocho.
En esose tres en blanco sólo dos motivos me viva: encontrar allla asesino de
mamáe y poder decirle a Julián que de él.
(3)![]()
Mayra I.
(6)
Estimada Julia:
Siento desilusionarla, pero no es este el camino de mi historia. No hubiera estado mal como argumento de una novela (aunque un poco remanido) la vieja trama del muchacho rico enamorado de la chica pobre y huérfana, despreciada por sus padres. Creo que hubiera funcionado, pero (le repito) mi historia no es esa.
Cuando salí del Colegio, sí es cierto que no sabía qué hacer, como usted dice; que durante esos años hubo una serie de premoniciones sorprendentes que me hicieron pensar que algo en mí me diferenciaba de las demás personas; que, sin embargo, no había podido saber quién había matado a mi madre ni por qué; que pensaba a Julián todo el tiempo y que descubrí en plena adolescencia (como tantas otras cosas que se descubren de los quince a los dieciocho) que estaba muy enamorada de él (o así lo creía y lo sentía).
Ahora me pregunto si era realmente amor, ese que tanto me torturaba; o era producto del encierro, la soledad, los discursos sobre lo prohibido (que era casi todo) y los valores incalculables de la virginidad. No tiene importancia, ya, de todos modos.
También es cierto, y la felicito por la intuición, que la cuestión ha sido toda una cuestión que me hacía sentirme avergonzada sobre todo en esa época...
En realidad, cuando Nelly me fue a buscar a la puerta del Colegio y me aseguró que todo iba a salir bien, no salió nada
(7)
Estimada Julia:
No cabe duda de que a Nelly la reconozco en cada línea que ha escrito. No puedo negarle que es tan cierta como la Nelly misma, de carne y hueso, que hizo tanto por mí durante esos años.
De todas maneras, por lo que supe, me gustaría aclararle que tengo entendido que el verdadero amor de Nelly no fue Tito (el último) sino Valentín (el primero), un tipo por demás atrevido y mujeriego, que se casó sin previo aviso con otra mujer. Parece que era una novia que tenía en el campo y que finalmente se decidió por ella. Nelly se consolaba diciendo que los padres lo obligaron (lo cual también puede ser posible), pero viendo la foto del sujeto, no me pareció nunca un sometido ni mucho menos.
Es cierto que Nelly vendió el solitario para que pudiéramos defendernos, mientras yo conseguía un trabajo decente. Me costó bastante, porque no teníamos relaciones ni recomendaciones, y Nelly tenía mucho miedo de los avisos de los diarios y de lo que podían hacerle a una chica joven e inexperta. Finalmente, una tarde recibí una carta, confieso que bastante extraña, de uno de los vecinos del Edificio de Posadas, que también era el administrador, Carlos Montero. Cuando la vi, pensé que me podía decir algo sobre Julián, porque era su tío y, hasta ese momento, lo único que había averiguado sobre él era que se había mudado con su familia a otro barrio.
Desgraciadamente, Carlos Montero no me acercó a Julián, pero me ofreció trabajo...
Mayra I.
(8)
Estimada Julia:
Le confieso que no recuerdo exactamente esta conversación con Mario; no estoy muy segura de que me haya creído, esa primera vez que hablamos, el asunto de las visiones. Discúlpeme, en general me parecen acertadas sus interpretaciones de mi historia, pero no puedo dejar pasar que parte de este diálogo no me parece que se corresponda con la personalidad de Mario. De todas maneras, reconozco que el tiempo puede jugar una mala pasada a mi memoria.
Por otra parte, Mistral se fue antes de que Nelly llegara (- Me parece que no le va a perdonar una... Allá usted...). No cambia esto demasiado las cosas; solo me interesa remarcar esta diferencia porque Nelly lo vio salir de la casa de departamentos y lo reconoció, así que su furia posterior fue muy similar a la que hubiera tenido de encontrarlo conmigo.
A Nelly la había perseguido durante esos tres años, porque sabía que ella tenía datos clave de la historia de mi madre, que creo que nunca le reveló. Le confieso que al verla tan enojada con Mistral, yo decidí que si volvía a verlo, si decidía volver a verlo, nunca se lo mencionaría a Nelly.
Mistral, a pesar de su exacta descripción, es uno de los hombres más sagaces y más discretos que he conocido; lo que pasa es que su aspecto de alfeñique no lo ayudaba, aunque a veces le convenía pasar desapercibido. Siempre he admirado su increíble destreza para estar en el lugar exacto y disimularlo con total eficacia. Parece Watson, pero es Sherlock Holmes...
Más adelante, descubrirá usted en cuántas ocasiones me ha ayudado.
Mayra I.
(9)
Estimada Julia:
No dude. Parece absolutamente imposible lo que cuento, pero puedo asegurarle que ella era igual a mí. Era yo aunque más elegante, más educada, más atractiva en su aspecto, más feliz... Eso es, parecía más feliz... Cuando entró no me miró, estaba distraída con la gran cantidad de objetos antiguos que Don Rómulo ofrecía en la tienda y que atraían sobre todo a los conocedores. Al aparecer el hombre, muy apurado por la lluvia torrencial que lo empapaba, ella me miró molesta, como para pedirme disculpas. Ni ella ni yo pudimos comprenderlo, pero éramos una el espejo de la otra. Recuerdo que le miré el color de los ojos, tan verdes como los míos, aunque me parecieron mucho más hermosos.
Para ayudarla un poco le copio una carta, que recibí dos días después en el negocio y que siempre guardo conmigo. Estaba dirigida: “A la empleada del negocio de antigüedades El sol de Sicilia” (supongo que no debe haber sabido cómo dar a entender que era para mí). Se la reproduzco textual:
Estimada señorita:
No sé si me recuerda. Los otros días entré al negocio de antigüedades para pedir el precio de una fosforera que creo es de una colección francesa, de principios de siglo.
Me ha impresionado cómo nos parecemos. Creo que somos iguales. Mi padre se ha peleado conmigo y me ha prohibido encontrarme con usted, pero pronto regresaremos a Francia y no quiero dejar de verla antes. Ni él ni mi madre ni mi hermano lo sabrán.
Pasaré por el negocio a la 2 de la tarde el jueves. Si quiere, almorzamos juntas.
Mayra I.
Quiero destacar, Julia, que la firma de esa carta ha sido reproducida textualmente. Imagínese mi asombro.
Mayra I.
(10)
Estimada Julia:
Recuerdo perfectamente que no pude escribir el diario, más que algunas pocas líneas, casi durante un mes, tan complicada se volvió mi vida por esos días. Hubo dos motivos fundamentales (entre otros que no desecho, pero que pongo en segundo término): la enfermedad de Nelly y la aparición de Julián.
Esa noche estaba allí, en la puerta de casa y yo no podía creerlo. Me dijo que su tío le había dado la dirección, y que venía a verme para preguntarme si había pensado en su propuesta, porque Francis estaba cada vez peor y me necesitaba. Que su tío creía que yo era la persona ideal, y que además podía ser una ayuda para mí el sueldo que me ofrecía. Y me decía todo eso como si fuéramos dos extraños, sólo dos compañeros de colegio que hacía rato que no se veían, como si estuviera haciendo una transacción comercial. ¡Hasta me dijo cuánto me pensaba pagar el tío!
Y yo todo el tiempo pensaba que por suerte me había cortado el pelo y pintado la boca de una vez por todas, porque al principio no me di cuenta de que era inútil, de que todo era inútil, de que Julián no me miraba como yo lo estaba mirando.
Quiero advertirle, Julia, que le cuento los hechos como me sucedieron ese día, o como yo sentí que me sucedieron; eso no quiere decir que realmente las cosas fueran así; quiere decir que fueron así para mí, ¿me comprende?
Y fue muy amable, y me sonrió, y yo me derretía, y me dio un beso (en la mejilla), y yo me derretía; le dije que lo iba a pensar, que lo iba a consultar con Nelly... y se fue, y yo casi me muero.
Cuando entré a la casa, Nelly estaba peor, realmente muy mal, muy enferma. Llamé al médico de la cuadra, y le pagué con lo poco que me quedaba a esa altura del mes. No me dio muchas explicaciones, me dijo que volvía al día siguiente. Esa noche se repitió la visión que tuve de Nelly en la cama, pero se agregaron algunos det
(11)
Estimada Julia:
Sinceramente, estoy sorprendida y muy interesada en este diálogo entre Gabriel y ella. Nunca supe cómo se habían conocido, no tenía estos datos.
Yo conocí a Gabriel tiempo después, en Buenos Aires, y tenía mis dudas de que por ese entonces fuera sincero su amor por ella. De todas maneras, siempre me ha caído bien.
Ahora comprendo mis sentimientos con respecto a París. Aunque nunca lo ha relatado, antes de encontrarme con ella yo ya tenía algo con París muy particular. Cuando veía fotos o películas, o alguien me hablaba o leía algo sobre París, me parecía, indefectiblemente, que yo ya había estado allí; que en cada calle de Buenos Aires estaba la otra calle, que en cada café estaba el otro café. Nunca me expliqué el porqué; me decía, medio en broma, que en otra vida yo había vivido en París.
Usted me ha dado la verdadera razón, que no había pensado: ella. Como tantas otras razones de mi vida. Parte de mí siempre estuvo en París; parte de ella siempre estuvo en Buenos Aires...
Se lo agradezco, Julia.
Mayra I.
(12)
Estimada Julia:
Nuevamente, le confieso mi sorpresa; no puedo creer que usted haya encontrado, sin pista alguna, este eslabón tan importante de mi historia. Mi madre siempre me decía que había que tener fe en los escritores, que admirablemente ellos sabían interpretar como nadie algunas cuestiones. Amaba la lectura, aunque era una mujer sin preparación, como ya debe haber comprendido; no porque no hubiera querido cultivarse, sino simplemente porque no tuvo oportunidad.
Ahora, después de tantos años de su muerte, la comprendo más. Tuvo una vida que llevó como una carga, llena de conflictos y falta de contención. Su madre murió en el parto; su padre, un hombre maravilloso según lo que me contaba, la cuidaba como podía, pero hubo cuestiones familiares muy difíciles de superar. No quiero adelantarle demasiado, pero mi madre representó para mi abuelo la encarnación de un pecado que no se puede sostener. Desde que ella se enteró no pudo nunca superarlo del todo. Hay reglas de la naturaleza que no se pueden violar.
Eso no impidió que la cuidara como debe hacerlo un buen padre; le dio incluso una educación moralista que, a veces, creo que actúo en su contra. La ruina económica por la que pasaron impidió que mi madre cumpliera con sus aspiraciones de ser maestra; con el matrimonio, no le fue mejor...
Creo que mi madre quiso reivindicar su historia, pero no hizo nada más que repetirla o empezarla de nuevo; por eso estaba tan asustada conmigo y con lo que me pasara, por eso me cuidaba tanto. Tenía miedo, mucho miedo. Yo lo comprendí después, cuando conocí la historia (o creí conocerla), cuando hablé con Carmen y leí la novela de su padre; ese día terminé de entender mi propia vida. Era el único eslabón que me quedaba y lo encontré o, mejor dicho, ella me encontró a mí.
Yo no pude contarle nuestra historia a Mayra I.; a veces pienso que es injusto que no haya podido hacerlo, aunque la hubiera hecho sufrir. Cada uno tiene derecho a saber la verdad, ¿no? Sobre todo si es la suya. Pero, me estoy adelantando demasiado; usted ya no debe entender nada, y yo no quiero confundirla más.
Hasta la próxima.
(13)
Estimada Julia:
Aunque muchas de la afirmaciones que se encuentran en el inicio de este capítulo tienen especial coincidencia con la historia real, nuestra historia, la historia de las dos Mayras, no puedo asegurarle que Nelly y Conse hayan tenido esa y otras conversaciones sobre las confesiones de mi madre. Reconozco que siempre pensé que Nelly sabía toda la verdad sobre el asunto, porque mamá y ella fueron muy confidentes y, muchas veces, las encontraba cuchicheando en la cocina con esa complicidad que solo se encuentra entre las grandes amigas... ¿Cómo no le iba a contar algo tan determinante para su vida?
También es cierto, no lo dudo, que a Nelly intentaron matarla esa tarde en que
Aníbal casi me mata a mí con el colectivo. El frasco de dulce de tomate tenía
cianuro; el laboratorio se lo confirmó a Mario días después de lo que pasó.
(19)
Por otra parte, sé que quien mató a mi madre intentó matar también a Nelly, y
por la misma razón.
Sin embargo, aunque ella la sabía, nunca escuché la verdad de boca de Nelly; creo que su fidelidad a mi madre, el cumplimiento de una promesa, le impidió decirme palabra.
No sé cuánto supo Conse; ella cuidó a Nelly con absoluta dedicación, un poco porque la veía muy desamparada y siempre fue una mujer muy solidaria; un poco porque sabía los sentimientos de Mario, que no voy a negarle, y me veía como el ideal de nuera. ¡Ojalá que su deseo se hubiera cumplido! No creo, tampoco, que alguna vez se lo haya comentado a Mario; él sí me lo hubiera dicho.
De todas maneras, cabe reconocer, recuerdo que en una oportunidad Conse me dijo
que mi nombre era un nombre extraño, que casi parecía una clave, que lo pensara,
que allí podía estar la explicación de mi historia e incluso del enigma de la
muerte de mi madre.
(20)
Acepto que es posible lo que usted relata, pero yo no puedo dar fe de su veracidad. Ninguna de las dos me dijo nunca nada concreto. No fue ni por la una ni por la otra que yo descubrí el secreto.
Mayra I.
(14)
Estimada Julia:
En general, aplausos para usted. Nunca supe los detalles, pero me imagino que las cosas deben de haber sido así.
Desde lo que yo sé, puedo contarle que cuando llegó a Buenos Aires, me llamó desde el aeropuerto de Ezeiza y me dijo que al día siguiente íbamos a encontrarnos en la casa de antigüedades, para el almuerzo, como la primera vez. Pero, como la primera vez, no vino, no pudo venir. Néstor Imar estaba sin duda entre nosotras, como una sombra, a pesar de que yo en ese momento no lo sabía ni me lo podía imaginar. Me habló de Gabriel, me dijo que la había acompañado, que creía en ella, en nuestra historia.
Como le dije en otra ocasión, desconfiaba mucho de Gabriel; pensé en ese momento que era él el que nos separaba. Esa noche tuve una visión: la vi llorando, desconsolada; un hombre se la llevaba, la obligaba a subir a un avión, a pesar de que ella le rogaba que no lo hiciera, que la dejara saber, descubrir la verdad. Sufría, la sentía sufrir. Veía también como revolvían un departamento, tramo a tramo, como si estuvieran buscando un secreto, una maldición. Esa noche, yo pensé que Gabriel era el culpable de todo, que por alguna razón le había impedido venir a verme; era la única forma de explicarme su ausencia.
Dos días después, creo, Gabriel apareció en la tienda. Le había costado ubicarme; finalmente, encontró en la guía el teléfono de Mario, porque yo se lo había mencionado a Mayra I., con nombre y apellido, en las cartas. Estaba desesperado; me di cuenta de que estaba enamorado de ella, o lo imaginé porque yo sólo era en ese entonces una chica romántica. Me pareció un tipo que rajaba la tierra, como decía mi amiga Pilar. Me cayó bien.
Cuando me dejó las cartas, me dijo que Imar no había podido encontrarlas porque
Mayra I. las había guardado en un locker en el aeropuerto, a su nombre. No
entendí muy bien para qué me las daba, ni cuál era su valor, pero me dijo que mi
hermana pensaba que eran un eslabón importante en nuestra historia y yo sen
(24)
(15)
Estimada Julia:
Perdón por la interrupción tan brusca. Me gustaría hacer algunas aclaraciones:
· En cuanto al sueño, lo recuerdo perfectamente; es más, se reiteró muchas noches de mi vida mientras dormía, y otras veces apareció como las visiones que me han perseguido hasta el día de hoy. No sabía que ella también lo había tenido y que las coincidencias fueron tantas. Algo más que usted me ha revelado.
· En cuanto a la conversación de Julián y su tío, no creo que sea exacta; no se deje engañar: Julián me amaba por esa época, no me cabe ninguna duda. Es más, no puedo pensarlo de otra manera, no puedo creer que toda mi vida ha sido un engaño. Quiero rescatar aunque sea algunos momentos de sinceridad. Sí, por supuesto, acepto lo de Montero; no se podía esperar otra cosa de él, a pesar de que en ese momento no lo sabía y no lo supe hasta mucho después.
· Por lo que he leído en el último párrafo, me imagino que viene una parte de mi historia que he querido guardar como un secreto muy importante para mí; en los momentos más difíciles, ese recuerdo me ha salvado de la desesperación... Adelante, Julia, acepto que haga esta revelación; desde la distancia, me parece que ese ha sido uno de los momentos más hermosos de mi vida.
Le mando en attach algo muy importante. Desde aquí no puedo escribirle muy tranquila, pero he podido conseguir una computadora en un lugar más reservado y de fácil acceso para mí, donde no hay interrupciones; cada vez se me hace más difícil este encierro. Usted, Julia, es mi único consuelo. ¿Podrá reivindicarme?
Le envío en archivo de word lo que escribí esta tarde.
Gracias por todo.
Mayra I.
C:eudora/attach/Anibal.doc
(28)
(16)
Estimada Julia:
He leído y releído el capítulo diecisiete. Se imaginará lo que este encuentro significa para mí. Durante todos estos años, lo único que he deseado es verla de nuevo, y ahora creo que (como pensaba) usted va a ser la encargada de que eso sea posible.
Anoche soñé con ella, o la vi, como usted quiera. Por años se me había repetido la visión de Mayra en una oscuridad profunda, como sumida en un pozo, tratando desesperada de encontrar una salida entre paredes vacías sin una ventana ni una puerta. Por momentos, no sabía si era ella o era yo. Unos meses atrás, fue la primera vez que la vi encontrar una abertura en la pared, abrir una luz, mirar hacia fuera. Por fin, anoche, la vi salir. No era yo, era ella; estoy convencida y su encuentro en el avión me lo confirma. Está con Gabriel, es libre, ha regresado.
¿No es injusto que yo no pueda correr a verla, que esté atrapada todavía en este
lugar indescriptible?
(37)
Pero, volvamos a mi historia, si quiere. Me he quedado (usted me ha dejado) cuando comenzaba a tener la convicción de que había encontrado la punta del hilo que iba a desanudar el misterio de mi vida y la de mi hermana. Recuerdo que, si bien no reconocía en esa Perla (la de las cartas a Nene) a mi madre, sentía que esas cartas eran para mi padre, que tenía que ser ella y no podía ser otra, y que los dos hijos que nacieron éramos nosotras dos. No sólo coincidían las fechas y las circunstancias, coincidían los sentimientos en mi corazón, y eso era lo que importaba.
Mario y Conse ponían en duda ciertas cuestiones por piedad, pero los dos estaban convencidos como yo. Mario todavía no me había dicho lo de Clara Imar, que usted menciona en el diálogo con Conse, y creo que en ese momento me hubiera confundido; no sabía cuándo lo supo Conse.
Estaba convencida de que lo que tenía que hacer era encontrar esas cartas (las respuestas de Nene a mi madre) y pronto, por muy arriesgado que fuera.
Nelly era una clave para mí, pero (y
no por casualidad)
empeoró repentinamente sin que los médicos pudieran explicarlo. Le digo que
no por casualidad
por lo que se imaginará
(38).
Casi no podía hablar; cuando le pregunté por las cartas, me miró con tanto
miedo, me pedía con tanto temor que no me metiera, que no me pusiera en peligro,
que decidí decirle que iba a dejar el asunto.
Pero busqué por mi cuenta, como una loca, como una enferma. Si no hubiera sido por lo que me pasó con Julián y con Aníbal, creo que las hubiera encontrado. Pero buscándolas encontré otras cosas, pedazos de mi historia, aunque todavía no lo sabía.
No puedo seguir. Alguien grita en medio de la noche. Van a venir.
Mayra I.
(17)
Estimada Julia:
Aunque no lo crea, es la primera vez que confirmo mi hipótesis sobre lo que pasó con Aníbal en ese momento. Al principio, cuando me dijo que no podíamos vernos más, que él no era para mí, que era un colectivero y un ignorante, que lo había pensado bien y que no quería hacerme daño, yo creí que me habían engañado como a tantas otras; que había conseguido lo que quería, que todos los hombres querían solo eso (como decían las monjas) y que me abandonaba. Es más, me convencí, porque Pilar todavía no había podido sacarme todas esas ideas de la cabeza, de que era un castigo merecido por entregar lo que no debía y perder algo tan preciado como mi pureza. ¿Se sonríe? Yo pensaba así...
El día en que Aníbal se fue, el día en que lo perdí por primera vez (porque lo perdí varias veces), fue el día en que me di cuenta de que estaba enamorada de él. Nadie, como ya le dije, fue mejor ni más dulce conmigo. Marcó mi vida, aunque no lo crea. Supe diferenciar, darme cuenta, gracias a él. ¿Idealización? Puede ser; a mí me sirvió.
Pero confieso ahora que me había enamorado de él; no lo acepté en ese momento; en ese momento acepté que era lo mejor, que no había remedio. Yo estaba acostumbrada a perder; o me habían convencido de que las mujeres siempre perdían... ¿Por qué no me di cuenta de que Aníbal estaba desesperado? Tenía una indignación que no la vi en aquel entonces y la veo tan evidente ahora... El me ama, lo sé. (- ¿Y ese presente? - Ya lo sabremos, supongo…).
Y justo cuando debía, cuando yo estaba más vulnerable, reapareció Julián. Me aferré a él como si me estuviera ahogando. Además, ¿no era lo que siempre había soñado? Ni Conse, ni Mario, ni siquiera Nelly lograron separarme de él (y lo intentaron, como se imaginará). Me volví sorda, ciega, desesperadamente aferrada a mi ilusión de los quince años. Me olvidé de las cartas, de las historias, de la llave... No me olvidé de mi hermana, pero traté de convencerme de que era mejor dejar las historias del pasado, allí, en el pasado, y mirar para adelante. Creí que, si cumplía con ese sueño, iba a ser feliz para siempre. ¿Me entiende, Julia?
Sin embargo, me niego a pensar, todavía hoy, que todo lo que me dijo Julián era mentira, ¿será una ilusión? Siempre creí que los primeros años, Julián me amaba y que era yo la que, después de esperarlo tanto, no podía responder a su amor. Era como si los sueños tuvieran que quedarse donde están, que no pudieran ocupar un lugar en la realidad; como si fueran perfectos solo si no se realizan.
Intuyo que, tal vez, lo sabe usted mejor que yo; que usted puede darme, finalmente, la respuesta.
Gracias, como siempre.
Mayra I.
(18)
Estimada Claudia Clavel:
Usted no me conoce; yo he sabido de usted a través de la Revista “Nosotras” donde aparece su novela por entregas: “Memorias de una azafata”, que he leído con sumo interés.
Quiero ser sincera con usted: me sorprendió que contara la historia de Mayra Imar. Aunque no lo crea, Mayra Imar es un personaje mío, que pertenece a una novela que estoy escribiendo y que se llama: “Mayra I”. No sé si va a creerme o no, pero hace un tiempo había perdido a mi personaje, justamente porque su padre la había secuestrado; aunque ella es mi personaje, desconozco las razones exactas del secuestro, pero suponía que no solo se debía a su fuga con Gabriel.
Hace poco tiempo, aunque le parezca increíble, me reencontré con Mayra Imar en un viaje en avión de regreso a Buenos Aires. La reconocí, pero ella a mí no, como era de esperar. Le di mi teléfono, pero no me ha llamado todavía.
Por lo que he leído en “Nosotras”, usted sabe una parte importante de su historia; por lo menos, cuál fue el destino de Mayra al llegar a París. Sabía que una azafata la había ayudado en el avión esa noche, pero no sabía nada más. Necesito, como supondrá, esa parte de la historia para seguir adelante con la mía; necesito de usted, Claudia.
¿Cree que estoy loca? ¿No le parece que todos los escritores estamos un poco locos? Es saludable, después de todo...
Espero su respuesta. Me encantaría conocerla en persona.
Afectuosamente.
Julia Juliá.
(19)
Estimada Julia:
Por supuesto que todos los escritores estamos medianamente locos. De todas formas, increíble lo que me cuenta.
Nos vemos mañana, si le parece, en “La Opera” (Callao y Corrientes), a las cinco.
Afectuosamente.
Claudia Clavel.
(20)
Estimada Julia:
No busque más. Adivino que habrá tratado de encontrar algo en mi diario que pudiera darle una pista de lo que fue de mi vida después de mi casamiento con Julián.
Las últimas páginas son, efectivamente, las que usted ha reproducido con gran fidelidad, o sea, la extraña visión de ese hombre con un bebé, que intenta sonreír y no puede y por fin lo consigue en el medio del fogonazo del magnesio. Y las figuras de mamá, de mi hermana y de mí misma, como si fuéramos transparentes. No hay nada más; a partir del casamiento mi vida cambió de una forma tan rotunda que, si hubiera seguido escribiendo el diario, ni usted me hubiera reconocido.
Como en un sueño, como en la más completa irrealidad (ya lo sabe), le dije que sí a Julián en “La Biela”. En un mes nos casamos. Ese mes fue absolutamente inestable; me veo ahora como si hubiera estado nadando contra una corriente desfavorable, luchando por imponer a todos e imponerme el convencimiento de que estaba haciendo lo mejor, de que estaba cumpliendo con lo que me había prometido, de que eso era lo que yo quería, exactamente lo que yo quería. Las discusiones con Nelly fueron terribles, las que más me dolieron. Ella estaba internada todavía, aunque con algunas mejorías momentáneas. Si la hubiera escuchado, es posible que hubiera podido evitar estar donde estoy y, no lo dudo, salvar su vida...
Sí, Nelly murió 6 meses después de mi casamiento, en forma, yo diría, “inesperada”; los médicos nunca pudieron darme una razón consistente. Me aterra pensar en la verdad; la culpa no me va a abandonar nunca con respecto a Nelly.
Mario y su madre estaban furiosos; los motivos los imagina. Dejé de verlos durante mucho tiempo, y también dejé de ocuparme de absolutamente todo lo que se relacionara con mi hermana y con mi verdadera historia. Julián decía: “lo pasado, pisado”, y yo acataba.
La que no me dejó ni a sol ni a sombra fue Pilar. Nunca voy a poder agradecerle del todo lo que hizo por mí en esos años. Si pudiera volver a verla, encontrarla...
En cuanto a Aníbal... es muy largo y no puedo seguir escribiendo; ya le contaré o usted lo sabrá.
Escucho a los guardias.
Todo mi afecto para usted.
Mayra I.
(21)
Estimada Julia:
No se preocupe demasiado por ser fehaciente en ese diálogo que Aníbal y yo tuvimos aquella noche, la noche en que Pilar se casó con Javier. Yo tampoco lo recuerdo en su totalidad y menos palabra por palabra. De esa noche tengo sensaciones más que una memoria exacta. Veo la imagen de Pilar radiante con su vestido blanco bajo la luna; escucho la memorable voz de Fito que solo después la “Negra Sosa” pudo superar; siento la mirada de Aníbal resbalar por mi vestido rojo, sus manos cuando me cortaron la respiración en el jardín; recuerdo ese beso y mucho más entre lo vivido y el engaño de la imaginación y los deseos.
Escuché un ruido, pero voy a seguir.
No tiene importancia lo que nos dijimos, sino lo que descubrí esa noche: que podía vivir algo sin la participación de Julián, que podía engañar a Julián. Eso, que parece bastante reprochable, fue para mí todo un logro; si me hubiera dado cuenta de cuánto significaba, es posible que me hubiera salvado.
No se asombre de que en cualquier momento deje de escribir. Me pareció ver una sombra.
Lo que, supongo, no puede llegar a imaginarse, es lo que me pasó después, cuando volví a casa y volví a Julián... Esa mañana me juré que tenía que dejarlo, que no podía seguir aceptando tanta humillación, pero también me di cuenta de que era un hombre muy poderoso, de que los Montero lo eran, y de que iba a ser muy difícil encontrar la manera.
De todas formas, lo más interesante fueron algunos datos que Aníbal me dio relacionados con el tío de Julián, el hermano de su madre. No fue demasiado, pero bastaron para que sacara con Mario, más tarde, algunas conclusiones que fueron un paso importante para saber la verdad.
Creo que hay alguien en la puerta. Me parece que la cerré, pero no es nada seguro; algunos tienen llaves.
Voy a apagar la luz.
A partir de ese día, yo me decidí a encontrar la verdad, la que usted sabe que
buscaba. Esa noche, en la ventana, vi la valija con las cartas que habíamos
descubierto Conse, Pilar y yo; vi el extraño arcón de la foto; vi las otras
cartas, las que todavía Mario guardaba, las secretas cartas que Gabriel me dio
cuando ella desapareció. Las cartas hacían un remolino y, en el medio, estaba yo
o mi hermana, no lo sé, tan iguales somos; detrás, en las sombras, figuras que
no podía distinguir. Tuve mucho miedo, como siempre que tengo una visión, y
decidí i
(50)
(22)
Estimada Julia:
Perdone la forma abrupta con que tuve que dejar de escribirle la otra noche. Han reforzado la vigilancia y me es muy difícil acceder a las PC. Lo que pasa es que la actividad empieza aquí muy temprano y cambia constantemente la guardia. Además, a mí me tienen especialmente vigilada, soy una persona especial, sé muchas cosas de acá adentro y soy peligrosa para ellos. A veces escucho pasos, en medio de mi encierro, y no sé si esos pasos están dentro o fuera de mí. Espero que usted pueda terminar de contar mi historia, antes de que sea demasiado tarde... No estoy dramatizando; cuando estaba viva (no como ahora, que estoy donde estoy), ya me perseguían. Confío en que usted termine con mis penas.
Por esos años, los que la ocupan en este momento, es cierto que volví a ver a
Mario, que tanto me ha ayudado siempre. ¿Por qué lo hice? Varias veces lo vi en
la ventana; incluso, algunas parecía estar en peligro, borroso, preocupado; a
veces se diluía, y yo me desesperaba. Estaba muy preocupada por él y por Aníbal,
ya que Julián, como muy bien ha escrito, me había amenazado con matarlo
(53).
Eso me asustó muchísimo. ¿Y si descubría que era con su primo que lo engañaba?
No sabe usted lo que era Julián furioso, se enceguecía. Iba matarlo, estaba
segura.
en cuanto a las cartas, tomé la decisión de alejarme de ese asunto; tenía demasiado con Julián, y no podía poner en peligro ni a Mario ni a Aníbal. ¿Qué podía importarme quién era yo, cuál era mi identidad, dónde estaba mi hermana y mi verdadera familia, si no podía casi salir sin que se me pegara uno de los custodia que contrataba Julián y sentía su respiración en cada paso que daba? ¿Cómo hacía para encontrar las cartas, las otras, las que estaban guardadas en algún lugar (siempre que mi madre las haya guardado), si cada vez con mayor asiduidad tenía un vigilante (por llamarlo de alguna manera) en la puerta misma de mi cuarto? ¿Cómo iba a ponerme a averiguar quién había matado a mamá, si yo misma estaba en peligro de muerte?
Conseguí convencer a Aníbal, por medio de Pilar, de que no nos viéramos por un
tiempo
(54).
En cuanto a Mario, fue distinto. Lo que yo no quería hacer lo hizo él; como se
imaginará, lo supe mucho después. En realidad, solo me sirvió para que
confirmara algunas teorías y para que se me agregaran ciertos detalles sobre una
venganza muy bien urdida. Mario me ayudó a saber la verdad, por lo menos parte
de la verdad.
Tengo que dejar de escribirle. Estoy aterrada.
Mayra I.
(23)
Estimada Julia:
Comprendo su asombro. Esta vez no tengo que corregir nada; es exactamente lo que pasó.
Cuando encontré en el armario de la habitación el cadáver de Julián, cuando se
me cayó encima con ese disparo espantoso en la cabeza
(63),
supe que yo podía haberlo matado, o que eso querían que creyera, porque lo veía
en la ventana todo el tiempo, me veía disparándole a Julián, gritándole que lo
odiaba, que lo había odiado siempre y que me había casado con él porque lo
odiaba. Nunca me ha fallado la ventana, Julia, nunca.
Mientras corría como loca a la casa de Mario, pensaba que si alguna vez, inconsciente, había sido testigo de la muerte de mi madre; si había estado allí, sin intervención de mi voluntad, y había consentido ese crimen, bien podía haber matado a Julián y no recordarlo.
Querían que creyera que lo había matado o yo lo había matado y me dejaron ese revólver en la mesa de luz, para que lo hiciera, para encerrarme en una cárcel, para sacarme de encima. Y lo consiguieron, Julia, lo consiguieron. Estoy aquí porque lo consiguieron. Ahora lo sabe, sabe como llegué hasta este lugar hace más de diez años.
Debo irme.
Mayra I.
(24)
Estimada Julia:
¿Usted lo suponía, verdad? Sin duda, se ha dado cuenta de que ninguno de los dos podía abandonarme, de que iban a tratar de hacer lo posible para sacarme de aquí. No supe bien hasta ahora en qué términos se hizo el pacto, pero puedo asegurarle que los dos cumplieron con su parte. Yo lo sentí, lo supe, fueron mi única esperanza en medio de esta locura.
Los primeros seis meses en este lugar están llenos de una confusión terrible.
Sucedió lo tradicional: yo estaba desesperada, no entendía demasiado lo que me
pasaba; la imagen de Julián muerto se repetía en todos los espejos y en todas
las ventanas. Debo haber gritado mucho, llorado mucho, peleado mucho; recuerdo
que lo único que deseaba era golpearme la cabeza contra la pared para que se
terminaran las imágenes que me perseguían. La culpa de haberlo matado no me deja
aún hoy
(67).
Recuerdo que todo el tiempo me estaban inyectando calmantes, y que muchas veces me encerraron sola en una habitación absolutamente desnuda, con las paredes acolchadas. Me acurrucaba en un rincón, y me dejaban ahí, horas y horas, días y días... (-Abuso del cinematógrafo- diría Borges…). Esa imagen también me persigue... La mía, mi propia imagen en el encierro. A veces pensaba que veía a mi hermana, que era ella y no yo, y sufría por ella y quería sacarla de ahí, y era yo... ¿Me entiende?
Pero una tarde, una tarde de verano, me acuerdo que lo vi a Aníbal discutiendo con uno de los médicos en el jardín. Solo recuerdo que hacía calor. El tiempo acá no existe; no puedo precisarle el mes o el año. Le grité, lo llamé por su nombre. El levantó la cabeza y me vio. No me voy a olvidar su sonrisa, su hermosa sonrisa. ¿Sabe lo que hizo? Me gritó que Julián no estaba muerto, que yo no lo había matado, que yo no había matado a nadie, que no les creyera. Lo sacaron a las patadas, pero yo lloré de felicidad.
Supe también de Mario y
Alguien viene. Veo la sombra de un cuchillo en la ventana. Ellos quieren matarme.
Mayra I.
(25)
Estimada Julia:
El encierro comenzó a convertirse en una costumbre, en toda mi vida. Empecé a acostumbrarme tanto a las llaves y a los candados que casi no podía concebir una puerta o una ventana que no estuvieran cerradas. Cuando ya habían pasado algunos meses, acepté la idea de no salir, de que el mundo de afuera no era mejor que el de adentro, de que (tal vez) no era malo después de todo mirar la vida como un espectáculo del que yo no participaba, del que estaba aparte. ¿Se extraña? Para muchos de los que están aquí, ni les hable de salir.
De lo primero que me convencí fue de que había matado a Julián, en una ataque de locura que, por negación, no recordaba. Eso me tranquilizó, aunque usted no lo crea; me dejó en paz. Si uno hace algo en forma inconsciente, ¿dónde está la culpa? Así se lo dije a Mario, cuando me vino a ver, aquella tarde de tanto frío. El me dio una serie de explicaciones que no entendí, ni siquiera escuché, porque no quería escuchar.
Peor fue con Aníbal; yo amaba a Aníbal, usted lo sabe. Se puso furioso, y yo sufría porque no alcanzaba a entenderme. Yo estaba en paz con las explicaciones. No quería que me dijeran más. Ya estaba. La cuestión es que cuando empezó a zamarrearme y a los gritos me decía que lo escuchara, lo sacaron a la fuerza y, le confieso, tuve la tentación de escaparme con él, de planear una fuga, como me había propuesto, pero no lo hice.
Y me quedé ahí... Además, descubrí que cuando comencé a aceptar lo que había pasado, dejaron de perseguirme. Desaparecieron las imágenes en la ventana, todo estaba en blanco. Si no hubiera sido por algunos de los que estaban allí, que no querían aceptar como yo había aceptado, creo que hasta puedo decirle que era feliz. Los gritos, los gritos eran lo único que, a veces, me alteraba.
Y hubiera seguido ahí, y nunca hubiera intentado convencer a Carlos ( -¡¿Quién es Carlos?!) de que me enseñara en secreto cómo manejar las PC de la Administración. El insistía en que yo era muy inteligente, que aprendía muy fácil, que qué estaba haciendo en ese lugar. Yo, desde la primera vez que vi una pantalla, me quedé fascinada; no eran solo imágenes y sonidos como la tele; era pensamiento en colores, en ventanas innumerables, tan innumerables como las que en otro tiempo me obsesionaban, pero mucho más inofensivas (con un click desaparecían); era un diálogo misterioso y oculto con alguien que estaba allí adentro, que pensaba sin sentimientos, sin perturbaciones, que solo pensaba... Por eso aprendí: porque me relacionaba con ella mucho mejor que con cualquier otra cosa o persona.
Pero, claro, todavía no le dije por qué reaccioné, qué fue lo que pasó. Todavía no le hablé de Carmen Sanlúcar.
No puede ser ahora.
Mayra I.
|
- Detesto esta trampa, este golpe bajo continuo... Hay que evitarlo; los lectores deben estar hartos de ella y sus interrupciones enfermizas... ¿Quién va a creer que no es un recurso poco original para mantener el suspenso? ¿Quién nos va a creer que es ella la que interrumpe el texto y no nosotros?
|
(26)
Estimada Julia:
Mamá me hablaba a veces de su primer novio, de Nicky, sobre todo cuando se dio cuenta de lo que me pasaba con Julián; me daba un poco el sermón y me decía que no quería que hiciera las locuras que había hecho ella cuando era joven y que me cuidara, porque después podía arrepentirme. Por aquel entonces, no tenía una idea muy clara de a qué se refería, ni siquiera sabía muy bien qué sentía por Julián. Creo que se me hizo evidente recién cuando no lo vi más y las monjas nos separaron.
Me decía que Nicky se parecía a James Dean; yo no sabía quién era, lo veía en una foto que ella guardaba; creo que era un actor y que se había muerto joven, mal, en un accidente. Ella decía que Nicky era como él, un rebelde sin causa, y que a ella la había enamorado eso: su libertad. Por él lo dejó a su padre y nunca más lo vio. Me parece que estaba arrepentida; a veces me decía cosas que yo no entendía, como que su padre había sido un hombre muy bueno, pero que había tenido mala suerte, que había sabido la verdad tarde, muy tarde; que había perdido a mi abuela por una equivocación del destino. Yo le preguntaba por su madre, pero ella me repetía lo que le repetía mi abuelo: “Mi madre era la mejor mujer del mundo” o sea nada, porque esa contestación era nada para ella y nada para mí. Todo parecía muy trágico; a veces me daba la sensación de que vivía una eterna tragedia de amores abandonados: mi abuelo había perdido a mi abuela, a mi madre la había abandonado mi padre, y yo no podía querer a Julián. Lo peor es que no sabía las razones, solo las espantosas consecuencias. Lo demás era misterio, hablar de otra cosa, cambiar de tema. Recuerdo que Nelly muchas veces se peleaba con mamá y le reprochaba que me contara esas cosas tan tristes. Nelly siempre fue muy razonable, usted lo sabe.
Siempre me interesó saber qué había pasado con ellos, conocer esa historia antigua que, seguramente, había marcado la mía. Pero mamá más de lo que decía nunca dijo.
En resumen, nada supe sobre mi abuela, hasta que me encontró Carmen Sanlúcar, no hace más de un año.
Mayra I.
(27)
Estimada Julia:
No sabía; me acabo de enterar por usted, como tantas otras veces, de esta novedad: mi padre ha muerto. Mario no ha venido a decírmelo; hace tanto que no vienen Mario y Aníbal, que muchas veces pienso que se han olvidado de mí, que me han abandonado.
No he vuelto a ver la imagen de mi padre en la ventana. Debería haberme dado cuenta. Aunque a veces, por la ventana, aparecen hombres, ninguno es mi padre.
Ha pasado mucho tiempo. Todos deben tener otras cosas. Pero ellos me amaban, estoy segura de que me amaban.
Pienso que si Néstor Imar está muerto, ya no tiene sentido que yo esté aquí encerrada, que me persigan como me están persiguiendo. Nada de todo lo que me ha explicado Mario tiene ya sentido. Si es verdad que Montero me metió en este infierno para vengarse de mi padre, si yo era una de las piezas del rompecabezas de su trampa, ¿qué sentido tiene ahora que me quede aquí? ¿Por qué todavía me buscan para matarme?
Lo peor es que tengo la sensación de que los que me amaban me han olvidado... o de que van a olvidarme. No creo que nadie se ocupe de mí, ahora menos que antes. Voy a morirme en este pozo lleno de fantasmas, Julia, si usted no hace algo pronto.
No me olvide.
Mayra I.
(28)
Estimada Julia:
Como sabe, Carmen Sanlúcar vino a visitarme no hace tanto. Fue una de las pocas visitas que he tenido en estos últimos meses. A pesar de las advertencias, se ha atrevido a verme, lo cual le agradezco. Espero que alguna vez atestigüe, como médica que es, que mi peligrosidad no es tal.
Me habló de mi madre, de cómo se había enterado de su historia y de la mía, de cómo me había buscado para contarme por fin todos los motivos y todas las circunstancias que tanto me marcaron. Le confieso que me sorprendió cuánto sabía y cómo se emocionaba al hablar de mi madre y de cómo había encarado el parto y las decisiones posteriores. Me ayudó a reconciliarme un poco con ella (tan prisionera como yo) y a comprender hasta lo incomprensible.
Pero ya le contaré.
Vien.
Mayra I.
28a
Lo primero que me dijo fue que mi bisabuela había sido una monja, una prisionera. ¿No era para volverse loca?
Anoche vinieron a matarme. Eran cuatro con sus cuchillos y sus máscaras;
entraron por la ventana. Yo me defendí como una fiera, los mordí y los arañé
hasta el cansancio. Me escuché gritar. Aníbal me salvó
.
(82)
(29)
La historia de Soledad Yrigoyen me pareció desgarradora; me sentí desde el primer momento identificada con ella, prisionera en un convento, añorando a un hombre, como me había pasado a mí. Creí absolutamente en esa realidad; es más, supe desde el primer momento que era verdad, que algo de ella había visto en la ventana.
En cuanto a mis abuelos, le confesé a Carmen que no me hubiera preocupado que fueran hermanos, que no importaban esas cosas, que lo importante fue lo que sintieron; que si Ramiro Sanlúcar había aliviado algunos detalles de la historia, que daba igual. Ella me aseguró que esa era la verdad; yo no le creí.
Me molestó, al principio, que mi madre estuviera enredada en un final que no era el suyo; después, pensé que era mucho mejor que el que le había tocado. Las novelas siempre son mejores que la vida.
Viene.
Mayra I.
(30)
Estimada Julia:
No sabe usted, no puede imaginarse la ansias que tenía de saber, lo que me devolvió la lectura de la novela que me trajo Carmen Sanlúcar. Sí, me devolvió muchísimas cosas, yo le diría que la esencia de la vida.
¿Se imagina a una persona que ha estado durante años bajo tierra, pero viva; dentro de una caja muy estrecha, sumamente pequeña, pero respirando imperceptiblemente? ¿Se imagina que, un día, esa persona siente que la tierra se separa, que la tapa de la cajita se abre y entra la luz? Bueno, eso me pasó cuando leí “La Hermana de la Cruz”. Sentí que tenía curiosidad, que quería saber, que necesitaba explicaciones, que finalmente algo, algo me daba sentido, le daba sentido a mi vida entera.
Si ellas, Soledad, Marcela, mi madre habían sufrido tanto para que yo estuviera aquí, fuera alguien concreto y absolutamente posible, tenía que buscar una reivindicación. Salvándome yo, las justificaba. ¿De qué servía tanto sacrificio y tanta humillación, si todo terminaba en este oscuro pozo?
Sentí la necesidad de dos cosas: 1) conocer bien la historia, toda, entera, hasta en sus mínimos detalles, que era como encontrar la mía; 2) recuperar a mi hermana y no separarnos más. Ella y yo éramos el desafío que había iniciado Soledad y que nunca fue cumplido del todo.
O sea, para ser clara: abrir la ventana, terminar con los reflejos, con los fantasmas.
Vivir, Julia, vivir.
Por eso, le pedí a Mario que me trajera la valija. Leí las cartas de Marcela, encontré los motivos de Perla, creí en Carmen Sanlúcar después de no creer tanto tiempo en alguien. Abrí la ventana y entró la luz. ¿Me entiende?
No importa que venga.
Mayra I.
(30a)
Y una tarde, la vi en la ventana, aunque no lo crea, Julia. La vi volver finalmente, sentí que íbamos a volver a encontrarnos, que iba a poder contarle nuestra historia. Porque ahora la sabía, la tenía completa.
Ahora sabía el secreto de nuestro nombre...
(31)
Estimada Julia:
Esa fue la última vez que vi a Carmen en la ventana. Estaba muerta. No sé cómo entraron, por dónde entraron los hombres de los cuchillos, de qué manera lograron atraparla; porque ella se defendía; trataba de gritar, aunque le tapaban la boca; corría por la habitación, aunque le hundían el cuchillo por todas partes.
Había mucha sangre, ¿se lo dije? Acá la sangre se nota más, porque es todo blanco: la cama, las paredes, las cortinas, todo. Parece un hospital.
Me quedé mirándola mucho tiempo cuando estaba muerta; se hizo de noche de tanto que la miré. No me daba lástima como le salía la sangre por todos lados. Vino a contarme una historia falsa, una historia de novela, no real. Yo necesito saber la verdad, no estupideces.
Mi madre no era así, usted lo sabe.
Después vino Aníbal, como siempre ( -Esto no lo entiendo… - Yo, menos…).
Sálveme, Julia. ¿Qué está esperando? Yo la espero.
Mayra I.
(32)
|
Messenger Service Hotmail [email protected]From “Mayra I.” <[email protected]To: [email protected]Subject: ¿Qué hay en un nombre? Date: Wed, 1 jun 2001 23:20:11 GMT
Julia: Le han mentido. No les crea una palabra. Regrese. Mayra I.
|
![]() |