(1)

 

¿Por qué me viene, Niña, con estas cosas, después de tanto tiempo? ¿De dónde sacó eso? Yo tengo una promesa hecha, las promesas no se deben dejar de cumplir... trae mala suerte. Los que no cumplen sus promesas son castigados y se van al infierno, me decía su abuela. ¿Usted no sabe lo que es el cielo y el infierno? Yo no me quiero quemar ahí, que debe ser horrible. ¿No se acuerda de las figuras del Misal? ¡Cruz Diablo! Su madre siempre me las mostraba... pobrecita Soledad, siempre me las mostraba... Yo siempre la ayudé en lo que pude a la Niña Soledad, porque la entendía, me daba cuenta de que ella no podía con ese amor que se le había metido en el corazón. El amor es muy difícil de sacar, lo más difícil, aunque sea un amor para la condenación eterna. Porque ella estaba prometida a Dios; el Señor Ramiro la había prometido, que lo había hecho por ella, y ella no había elegido, que las mujeres no podemos elegir, como le debe pasar a Ud., Niña... porque usted no me ha venido a ver antes porque no la dejó Don Alvaro, ¿no? Los hombres son así, Niña Marcela, se creen dueños y se toman el codo cuando una solo les dio la mano, ¿me entiende? Yo ya estoy vieja, pero ahora un hombre ya no podría hacer eso conmigo, porque yo fui testigo de muchos sufrimientos, de los de su abuela, de los de su madre, hasta al ver su carita ahora, Niña, me doy cuenta de que usted está sufriendo por un hombre...

Que sí, que su madre era monja, ¿para qué negárselo si todos están muertos? Su abuela, que en paz descanse... El Sr. Ramiro... bien muerto está y que Dios me perdone. Monja benedictina, de clausura... Si no hubiera conocido a su padre, tal vez... Pero una siempre se lleva el destino por delante, y no está mal, así debe ser; por lo menos los tuvo a ustedes, sus queridos hijitos, como decía ella: “lo mejor que pudo pasarme en esta vida”. Sí... sí... eran dos, mellizos. ¡Cristo Sacramentado, qué parto! No se crea que su padre, ¿qué cómo se llamaba su padre? Tomás Iñíguez se llamaba. Le decía que su padre, un joven muy elegante, una belleza de persona, se la quería llevar a España, sacarla del convento; se batió a duelo con su tío, el Sr. Armando, y lo podría haber matado, era la ley, pero no... lo perdonó. El sabía lo que significaba para su madre el Sr. Armando. Entonces, su abuelo le dio a su hermano, que se lo llevara lejos, que nunca supiera la historia, que era como que nunca había nacido y que se olvidara de usted, que usted no era su hija, que estaba muerta para él... usted y la Niña Soledad, que Dios la tenga en su Santa Gloria... porque Dios la tiene que haber perdonado, estoy segura. Y él se lo llevó, nomás, a Bilbao. Carmelita me tenía al tanto, las cartas iban y venían, y usted crecía acá en medio de todas esas mentiras que le contaba su abuela. Yo nunca estuve de acuerdo con eso de mentirle. Usted tenía que saber la verdad y encontrar al Sr. Tomás. Eso, eso era lo que me hacía pelear con su abuela, que tenía un carácter que Dios mío. Se la llevaban los demonios cuando le decía que le mostrara las fotos, las cartas del arcón, porque ya era usted grandecita. Y ella nada, que cómo una criatura va a escuchar una historia tan terrible. Pero, ¿vio? Tarde o temprano una sabe la verdad; “el diablo mete la cola”, decía una comadre mía...

Porque si usted me viene a preguntar ahora si tiene un hermano, es porque alguien le dijo algo. ¿De dónde va a sacar eso, si no es que alguien fue a maliciarle algo? Y Lucita se lo asegura, que usted tuvo un hermano, que era una preciosura, que su padre se lo llevó y lo crió en Bilbao, y que él no sabe que usted existe, porque su padre prometió que no iba a decir esta boca es mía, y su padre era un hombre de palabra, como yo, que no me gusta la gente que no cumple con sus promesas, que no me gusta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(2)

¿Qué cuál era el nombre, el de su hermano? ¡Ah, esa fue toda una orden del Sr. Ramiro: “como yo, el niño; como la abuela, la niña”! Y se lo dijo a Tomás Iñíguez cuando le dio a su hermano, se lo hizo prometer... Nada de otros parientes, nada de nombres raros, nada que tuviera que ver con los Iñíguez. Todo Yrigoyen, ¡cómo si la sangre de los Iñíguez no hubiera tenido nada que ver!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(3)

Su mamá murió muy mal, muy sola, muy enferma, Niña. Aunque usted no lo crea, a cuentagotas podíamos ir a verla al Convento; su abuelo dijo que se iba a morir encerrada, como se lo merecía, para que Dios se apiadara de ella y la perdonara. No se podía ni hablar de ella, no se la mencionaba en la casa. Yo creo que ahí su abuela se volvió loca, le atacó a los nervios, como quien dice. Por eso hizo las cosas que hizo dispué, se pelió con el marido a muerte, me echó a mí, me dejó en la calle sin saber adónde ir. Y a usted, nada, no le contaron nada; su madre, la pobre Soledad, no pudo verla más... La tuvo en los brazos cuando nació, como a su hermano, y nunca más. Se murió sola, sin sus hijitos, sin Tomás... Eso enferma a cualquiera, ¿no le parece?

Yo le avisé a su papá que se había muerto, se lo mandé a decir por Carmelita, que era una amiga de su mamá, que tiene una historia que para qué le voy a contar; pero se la cuento otro día, porque usted tiene bastante con lo que le dije hoy.

¿Si su padre está vivo? No, no sé si está vivo; no supe más de él, y él nunca más se comunicó conmigo. La dio por perdida, pero no era que no la quería, Niña, no crea eso, ¿qué iba a hacer el pobre después de la muerte de la Niña Soledad? Tratar de alejarse de todo, digo yo...

 

 

 

 

 

 

 

 

(4)

Sí, sí... Usted es Marcela Yrigoyen, y su hermano, Ramiro Iñíguez, que debe estar en Bilbao todavía, que se lo digo yo, que sé toda la verdad.

 

 

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