(1)

Recuerdo perfectamente esa noche en el avión. Surcábamos el Atlántico y, como siempre, las turbulencias no dejaban de hundirse en mi estómago. A pesar de que ya tenía suficientes horas de vuelo y que había superado los simuladores, seguía sintiéndome inestable cuando cruzábamos la zona de los pozos de aire. Tom, el piloto de turno, no dejaba de hacerme las proposiciones de rigor, en los viajes largos; yo, como siempre, me negaba. No sabía si lo hacían porque me deseaban o simplemente para pasar el tiempo o para cumplir con las tradiciones.

 Esto le decía a Demy, en francés, mientras servíamos las bebidas a los pasajeros que, como nosotras, trataban de superar el tiempo entre Buenos Aires y París. Decidí caminar un poco, para ver si todos tenían los cinturones puestos y necesitaban algo. La compañía era muy estricta con la amabilidad en la atención de los clientes de Air France. Fue entonces cuando la sentí gritar en sueños... Estaba sola sentada en su asiento; su compañero, creo, había ido al baño. Era una mujer muy joven y parecía aterrada... La desperté, me senté al lado de ella para calmarla, y tuvimos una extraña conversación que, confieso, nunca voy a olvidar.

Por eso quiero contarles esta historia, la historia de Mayra Imar.”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(2)

Le pedí a Demi que me cubriera por un rato. Algo me llevó a escuchar atentamente a esa mujer que presentía desesperada.

Casi en un susurro me dijo que el hombre que la acompañaba la había secuestrado. Imagínense mi sorpresa ... Sin embargo, en ningún momento pensé que no me estaba diciendo la verdad o que lo que decía provenía del delirio o la fantasía. No, Mayra Imar era sincera; nunca lo dudé.

Me contó que vivía en París, que su padre la había perseguido hasta Buenos Aires, a la que había llegado el día anterior con su novio, y que (no sabía cómo) los había encontrado en el departamento que le había prestado  una amiga en Callao y Santa Fe.

Está bien que estábamos en el ’84, que ella solo tenía dieciocho años y que yo hacía tiempo que convivía con los franceses, pero me pareció exagerada la actitud. Se lo confesé, no sin temor de que pensara que no le creía. Ella me dijo que había otros motivos, mucho más importantes que ese, para que su padre tomara esa determinación; él la había amenazado con llevarla muy lejos, con alejarla para siempre no solo de Gabriel, el hombre que ella amaba, sino de todos sus seres queridos, incluso de su hermana melliza.

No entendia nada, le pedí que me explicara mejor, pero en ese momento apareció el secuestrador en cuestión... Simulé arreglarle el cinturón, escondiendo mis manos temblorosas,  y antes de irme le prometí que la ayudaría en París a escaparse de ese hombre...

Y eso hice...”  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(3)

“Cuando el tipo volvió al asiento, nos hicimos las tontas. Por un rato largo permanecimos callada+s, hasta que a mí se me ocurrió una idea extraordinaria para salvarla. No es por mandarme la parte, pero usted sabe que los escritores, en general, tenemos una imaginación a prueba de balas y somos de una creatividad sin igual. Pero... ¿cómo le decía a Mayra lo que había pensado, con el tipo tan sentadito y tan atento, al lado de ella? ¿Sabe lo que se me ocurrió? ¡Se lo escribí y le escabullí el papel en un descuido! Ella aceptó inmediatamente; me dijo que sí, disimulada, con la cabeza.

Le cuento mi plan. Yo viajo siempre con unas pastillas para dormir, porque no soporto las noches en el avión. Si me pongo muy ansiosa, me tomo una. Mayra tuvo suerte esa noche, porque todavía no la había tomado. Le propuse a Mayra en el papelito darle a ‘nuestro amigo’ unas cuantas dosis con el café del desayuno, que lo durmieran, no que lo mataran, claro. Matarlo era un compromiso... ¿Y cómo hice? Bueno, tres horas antes de bajar, nos sirvieron el desayuno. El tipo estaba en el asiento del pasillo, como se imaginará, para que la presa no se le escapara; justo cuando ya lo habían servido, y estábamos todos con las bandejas desplegadas, le pedí permiso para ir al baño, para obligarlos a levantarse a Mayra y a él. El tipo me puso una cara terrible, pero yo le dije que tenía una descompostura repentina... ¿Qué iba a hacer? ¡Me tenía que dejar! Justo cuando empezamos el movimiento, y yo con el polvito que me había armado triturando las pastillitas casi listo para tirarlo en la tacita de café de Air France, la  imbécil de la azafata que me dice: “No se puede levantar ahora, Señora”. “¿Quiere que haga un desastre?”, le dije; “Tiene unas bolsitas...”; “No es cuestión de bolsitas”. Era un poco vergonzoso, le confieso, pero yo estaba decidida a salvar a Mayra. Finalmente, se armó un desbande infernal, y entre las protestas sobre los aviones que son cada vez más chicos y mis suspiros acalorados por la fingida descompostura (le aseguro que hubiera sido una gran actriz), salí al pasillo, no sin antes poner el polvito donde había que ponerlo. Cuando volví, aprovechando que estaba enfurecido conmigo, Mayra lo había convencido de que se pasara a mi asiento; siempre la gente comete algún error; este tipo de personajes, más; usted lo sabe.

Nos pareció una eternidad el tiempo que tardó en hacerle efecto el cóctel; cuarenta y cinco minutos antes de aterrizar, se sumió en un profundo sueño del que , por lo menos nosotras, no lo vimos despertar. Se imagina lo demás: corrimos como locas por el Charles De Galle, y para perderlo de vista, ni siquiera retiramos el equipaje...”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(4)

“La llevé a la casa de mi hermana, que vive en las afueras , en un barrio muy tranquilo; es viuda, pero se consiguió un francés de primera y se pudo quedar en París con sus dos hijos. Ahora, se le murió el francés... pero esa es otra historia, no nos distraigamos. Bueno, la cuestión es que la mantuve escondida allí durante un mes. Tuvimos largas charlas con Mayra, en todo ese tiempo, donde me contó su vida, que usted seguramente conoce mejor que yo. Le reconozco que el asunto de la hermana melliza me pareció un argumento alucinante, y lo de las cartas y lo que le contó la madre, bueno, la que la crió, verdaderamente cruel.  Sinceramente, la historia de Clara Imar es patética...(45). Los hombres son así, Julia, sin ninguna duda... El la engañaba, el muy degenerado; tenía una doble vida. Se casó con ella por la plata, ¡y la supo invertir bien: prostíbulos, trata de blancas! Una vergüenza . Pero le salió mal con la nena... la de las cartas, usted sabe. ¡Qué tristeza me dio la historia de la nena! Pensar que en el mundo hay gente capaz de hacer eso con las pobres criaturas desamparadas de la mano de Dios... ¡Y encima, fue a la cárcel el otro y no él! Le digo algo: Perla me dio mucha lástima, también; una víctima más de ese degenerado; no se la puede culpar de la determinación que tuvo que tomar al separar a las mellizas... ¡Cómo se le dio vuelta cuando se encontraron! Clara sabía que si Mayra conseguía las otras cartas, iba a poder por fin demostrar lo que Néstor Imar era. Porque nadie le creía; consiguió una posición social que para cualquiera hubiera sido increíble. Creo que hasta intentó con un investigador privado, pero nada le dio resultado... ( -¡Mario Mistral!) ¡Qué sumisión, qué vida de sumisión la de la pobre Clara! 

Como se imaginará, Mayra estaba desesperada por comunicarse con Clara, pero durante ese mes no hubo forma. Incluso mi hermana se acercó dos veces a la casa de los Imar para preguntar por ella con una excusa, y le dijeron que estaba de viaje...  No quiero imaginarme lo peor, pero si Imar se enteró de que fue ella la que le dio las cartas...

Cuando pasó el mes, y yo tenía que volver a casa (no me podía quedar más, si no quería divorciarme... tengo cinco hijos, que en ese entonces eran muy chicos), Mayra decidió irse también; me dijo que iba a buscar Gabriel, aunque no sabía dónde, y que iba a tratar de comunicarse con Clara. Yo traté de convencerla de que se quedara más tiempo con Thelma (mi hermana), pero no hubo caso.”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(5)

Me puse en campaña; me encantan los desafíos, los reencuentros. Aunque usted no lo crea, muchas de mis novelas se basan en historia s de  encuentros y desencuentros de hermanos, de padres e hijos, de gente que se busca, que está muy cerca y que no se da cuenta de que tiene la persona tan deseada o tan odiada al alcance de la mano. ¡¿No le parece original?!

“De Edipo para acá, no...”

Imagínese cuando me encontré la posibilidad de hacerlo en el mundo real

“¡¿El mundo real?!”

y de poder ayudar “verdaderamente” a alguien. Primero lo intenté con la hermana, la otra Mayra... ¿No le parece raro que las dos se llamen Mayra?

“¡Vaya novedad!”

Ella me dijo que buscara el apellido Iñiguez, pero me recorrí toda la guía y ninguno conocía a nadie llamada Mayra... ¡Un nombre tan raro! ¿Se le ocurrió a usted? Es original... Bueno, recordé por fin que Mayra me había hablado de que había conocido a su hermana en una tienda de antigüedades de San Telmo, “El cielo de Sicilia” o algo así; me fui una tarde, me compré mil pavadas (yo soy muy gastadora), y finalmente di con el lugar. Linda, la tienda; llena de cositas chiquitas como a mí me gusta ; me pareció ver la fosforera, ¿se acuerda de la fosforera?, pero a lo mejor sólo fue el deseo de verla.

Don Rómulo, un encanto de persona. Un poco italiano del sur, pero un encanto. El me contó que Mayra se había casado y no trabajaba más ahí; por lo que parecía, él no estaba muy de acuerdo con el casamiento (le confieso que primero me imaginé un romance senil; después –yo soy muy observadora-, me di cuenta de que la quería como a una hija). Me habló bastante mal de Julián Montero, el marido; el nombre no me sonaba; Mayra Imar sólo recordaba a un tal Mario Mistral, al que no llegué a indagar.

¡Usted no sabe lo mal que me fue con los Montero! ¿Cómo hizo para imaginarse gente tan desagradable?

“Conozco gente mucho más desagradable y es real...”

La cuestión es que más de la sirvienta no pasé ¡ni al hall!  Me quedé estacionada con el auto un día entero hasta que la vi salir de la casa con un hombre que, después supe, era Julián... ¡Dos gotas de agua! Siempre me impresionaron los mellizos... La llamé por su nombre, varias veces, pero ella ni me miró, ni siquiera puedo decir que me escuchó; parecía tener miedo, un miedo que la tenía como ausente del mundo.

No se crea que me di por vencida. Más de una vez me aposté cerca de la casa para ver si podía verla salir o entrar sola... Nada, siempre con el marido. La tenía sojuzgada, estoy segura; mire que yo tengo mucho ojo... por la profesión, supongo...

Tuve uno de los chicos enfermo, ya no me acuerdo cuál; hepatitis, un espanto. ¡Cuarenta días de encierro! La cuestión es que cuando volví a la casa, la misma Mayra me recibió con el marido... Me dijo que no sabía nada, que yo estaba equivocada, que me confundía de persona... Sentí que tenía miedo, un miedo que la paralizaba... Pensé que podía perjudicarla y decidí volver en otro momento, tratar de verla a solas, no sé, fuera del círculo de los Montero... Después no pude hacerlo, desgraciadamente, pero eso ya se lo contaré...

“¿Y Gabriel?”

Usted se preguntará por Gabriel... ¡No sea ansiosa, Julia, no me ponga esa carita! Ya viene... Sabía el apellido: Grimaldi, como los famosos de Mónaco. Le cuento que no tienen tanta plata, pero hay bastante, por lo que pude ver en la hermosa casa de la calle Posadas, a media cuadra de la Iglesia del Pilar. Los encontré fácilmente, porque el padre y el hijo se llaman igual. ¡Este sí que es un tipo como la gente, Julia! ¡Qué clase! 

“¿El padre o el hijo?”

“Los dos...”

Aunque muy buen mozo y con mucha clase, en cuanto me recibió en el estudio (un lugar espectacular) el padre me preguntó bastante enfurecido dónde estaba ese delincuente. Presumí que el delincuente era el hijo y le dije que yo también lo estaba buscando, que venía de parte de su novia. ¡Para qué! “¡Qué novia ni qué ocho cuartos!”, me gritó. “No me venga con historias de embarazos, porque yo no pago más nada; ¡bastante que le pagué una carrera en Francia que nunca empezó!” Las conclusiones eran fáciles de sacar: padre duro, hijo descarriado; lo típico, como sabe.

Traté de explicarle que Mayra no estaba embarazada (hasta lo que yo sabía) y empecé a contarle la historia, pero se me hizo un embrollo infernal... Convengamos que es una historia un poco embrollada

“No es usted la primera que me lo dice...”

y que a veces me supera, y eso que yo estoy acostumbrada a narrar... Bueno, para hacérsela corta, casi me saca a las patadas, pero, eso sí, con mucha clase, como se imagina...

“No me imagino...”

Pero, y acá viene lo mejor, cuando salía de la casa me chistó alguien desde el jardín (porque la casa hasta jardín tenía). Era una chica de unos veinte años, una chiquita encantadora, un primor. Me dijo que se llamaba Florencia, que era la hermana menor de Gabriel y que tenía algo para decirme... ¡Imagínese mi felicidad! Nos citamos en un bar para vernos al día siguiente, sin que el padre ni nadie de la familia supiera. No hay nada más encantador, convengamos, que la reuniones secretas y clandestinas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(6)

Y así fue; al día siguiente me encontré con Florencia Grimaldi en Recoleta, en el Café “Victoria”, ¿lo ubica? Un lugar especial. Me acuerdo que llovía y que la chica se retrasó bastante, para serle sincera; cuando ya pensaba que no venía, llegó. La juventud no es muy puntual; no le importan los relojes; los jóvenes no saben todavía que el tiempo no debe

“¡La mato!”

perderse, porque es oro y... ¡Me fui de tema, no me ponga esa cara! Sigo. Se lo resumo: la chiquita me pidió por favor que no le contara al padre lo que estaba haciendo, que era muy estricto y que estaba  furioso con  Gabriel desde que le confesó que nunca había ni empezado los estudios. Me contó que lo echó de la casa, que le dijo que ni una moneda de la herencia, que no apareciera más, que ya no era su hijo, y todas esas cosas típicas que sabemos. Ella, sus hermanas y su madre estaban desesperadas (le aclaro que Gabriel  tiene cuatro hermanas y que Florencia es la menor). La madre logró que se fuera a vivir con una tía de ella sin que el padre se enterara. Florencia iba a verlo todas las semanas, porque tiene locura con Gabriel. En esas visitas, Gabriel le confió que estaba muy enamorado, que lo único que le importaba era reencontrarse con su novia y que el padre de ella se oponía a la relación y se la había llevado lejos, muy lejos. Era todo lo que sabía (Gabriel no le debe haber explicado más, porque la pobre chica no hubiera entendido ni jota), pero coincidía perfectamente con la historia. O sea... ¡Sí, Julia! Lo había encontrado...   Sin dudarlo, una semana después estaba tocando el timbre de la tía Paca...

“¡La tía Paca! ¡Qué nombre!”

¿Le gusta Paca? Se me ocurrió a mí...

“¡No la soporto más!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(7)

Como se imaginará, me desesperé. Me devanaba los sesos pensando cómo iba a encontrarlo, porque para ese momento estaba empecinada en encontrar a Gabriel, y usted sabe lo que es una escritora empecinada.

Pero, para su mal y el mío, por aquella época, el menor de mis chicos, Jorge Luis, me dio un disgusto terrible: se cayó de un árbol; sí, así como se lo cuento, lo tuve internado muy grave con conmoción cerebral y no sé cuantas cosas más en el Hospital Fernández (59). Mi marido y yo no dormimos durante meses; cuando todo terminó me costó mucho recuperame... Usted sabe lo que sufre una madre por su hijo. Bueno, por los personajes también se sufre...

Cuestión más cuestión menos, mi hermana Thelma lo invitó a Disney cuando se mejoró y yo me fui con ellos, y no me pude dedicar demasiado al asunto de Gabriel. La verdad, casi lo daba por perdido. Después, ¿para qué le voy a contar? ¿Vio cuando empieza la yeta? Mi marido perdió el trabajo en el ’86, nos agarró la inflación, falleció mi madre y... y yo me tuve que poner a escribir boludeces para poder sobrevivir; ¡lo peor es que sobrevivimos!; todavía hoy no puedo creer que las mujeres se queden enganchadas con mis historias. A mí, me hubiera encantado ser Borges... Bueno, ¿a quién no?

Sin embargo, dos situaciones muy puntuales me hicieron retomar la búsqueda, años después. La primera, otra carta de Mayra, absolutamente sorprendente. ¿Quiere leerla?, se la traje... Como verá, no me olvidé de nada... La segunda, mi encuentro en Plaza Francia con mi amiga Margarita Pradón  

(-¡¿Quién es Margarita Pradón?!).

 (11)

 

¡Imagínese el shock, Julia!, ¡se había casado! ¿La veo un poco shockeada a usted también o me parece? Bueno, es cierto, cuando los personajes empiezan a vivir sin nosotros, a tomar decisiones fundamentales sin nosotros, a cambiarnos el argumento, porque esa es la cosa, nos sentimos un poco desfraudados... Sin embargo, ¿qué quiere que le diga?, la cuestión así se presentó y no deja de ser interesante.  

Le confieso que estaba muy dudosa de ponerme de nuevo en la búsqueda de Gabriel. Con Mayra (la hermana), no; estaba de acuerdo con ella en cuanto a que debían encontrarse de una vez por todas y compartir ese secreto, como ella decía. Pero Gabriel... Gabriel era una pasión y las pasiones, usted sabe cómo son: o nos hacen muy felices o nos hacen muy desdichados. ¿Y si yo contribuía a la desdicha de Mayra I.? ¿Y si después de todo ella había elegido bien su destino, sola, sin usted y sin mí? ¿Tenía derecho a dar otra vuelta a la tuerca? ¿No se hubiera usted preguntado lo mismo?  (60). Ante la duda, empecé por Mayra Iñiguez. Pensé que sería fácil: iba al mismo domicilio de hace unos años y la encontraba; hablaba con ella, le contaba dónde estaba su hermana y que se las arreglaran. Un argumento simple, nada de enredos innecesarios. Casi el final feliz de una historia. Los finales felices son más sencillos de arreglar, ¿no?

Y fui... Me colgué al timbre. La casa parecía cerrada, pero yo no podía creer que algo tan sencillo no se me diera; finalmente, me dije, “están de vacaciones; la gente de plata se va de vacaciones a cada rato, no como yo que tengo que esperar a que mi hermana me mande el pasaje...”. Había un kiosco ahí nomás, “¿y si el del kiosko sabe?”, pensé, “está ahí enfrente, sin hacer nada...”. Me crucé. Mientras le compraba caramelos para los chicos, le pregunté, como al pasar, si sabía algo de la familia de enfrente. “¿Los Montero?, se fueron hace casi un año... Un drama... ¿usted los conoce? Muy copetudos pero ahí hubo una historia muy sucia; trataron de tapar la cosa, pero acá todo se sabe; este es un barrio terrible”. Como se imaginará, no necesité insistir demasiado... “Andaban en cosas raras, droga, prostitución; en la casa vivían la parejita joven, el tío y la mujer y una piba retrasada; yo la veía salir en la silla de ruedas al parque de acá a la vuelta, con la sirvienta. La cuestión es que se corre la voz de que al Julián lo mataron... una  historia muy jodida... Pero lo peor es que parece que lo mató la mujer, Mayra se llamaba. Yo tengo una teoría, y yo de esto sé un rato largo...: el pibe le hacía el favor a la tía, ¿me entiende?. Esta gente de plata no sabe qué hacer para entretenerse...”. Le pregunté si estaba presa... “¡Ah, no sé!, tanto no sé... Una mañana vine y la casa estaba cerrada... nunca más se supo. Igual, hay algo raro, hay... El cadáver del pibe nunca se encontró, ¿usted se lo explica?”.

Como se imaginará, Julia, había muchas cosas que no me explicaba. Pero esto no es lo mejor. Cuando me iba, completamente aturdida por la noticia, algo inusitado me pasó. Yo creo que fue el destino, ¿qué otro motivo puede haber? Porque yo a mi amiga Margarita Pradón hacía como diez años que no la veía, ¡y me la fui a encontrar a las dos cuadras!  (61) 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(8)

Porque yo a mi amiga Margarita Pradón hacía como diez años que no la veía, ¡y me la fui a encontrar a las dos cuadras!

Retoma... como se retoma una novela; uno lee él último párrafo en que dejó para enganchar...

Usted dirá qué tiene que ver, pero espere, porque lo que me pasó es increíble. Nos fuimos a tomar algo; siempre nos llevamos bien, a pesar de la vida distinta que tuvimos: yo me casé, me llené de hijos y de deudas; ella, ¡llenó de deudas a sus maridos! Bueno, es que Margarita tenía un físico espectacular, y le supo sacar provecho. La supo hacer, ¿me entiende? Para nuestro encuentro estaba “medio retirada”, por decirlo de alguna manera; se había conformado con no cambiar más de marido, pero se echaba sus canitas al aire, de vez en cuando... Justamente de eso hablamos...

¿Y todo esto a mí qué me importa?

  La cuestión es que Margarita siempre fue una fanática del arte, la plástica, la pintura. A sus maridos siempre les pedía que le regalaran cuadros o estatuas; después no tenía dónde ponerlos, entonces les pedía que le compraran una casa más grande, y así... Era insaciable, un encanto... Me dijo que su colección había crecido una enormidad en los últimos años, porque su quinto marido era tan fanático como ella , sobre todo de algunos pintores argentinos: Alonso, Soldi, Monaco, Spilimbergo... El nombre, imagínese, me hizo recordar algo. Tuve una intuición, usted sabe de qué le estoy hablando; esa intuición que nos hace cosquillas en el estómago a los escritores...

¡De qué habla esta mujer!

Le pregunté si tenía muchos Spilimbergos; me dijo que tres, pero que el último que había comprado lo había conseguido de una manera poco convencional... ¡No sabe Julia cómo se puso a suspirar! Empecé a imaginar lo que había pasado... ¿Usted lo supone, verdad?

Ni idea...

Me dijo que había leído un aviso en el diario que ofrecía un Spilimbergo auténtico, a buen precio; daba la dirección y un nombre... Que le había atraído el apellido, de la nobleza monegasca... que se había ido a la dirección indicada y que le había abierto un tipo que rajaba la tierra... que le había sonreído y que a ella le había agarrado una calentura, Claudia, una calentura, me decía, y me destrozaba el brazo porque se acordaba como si fuera hoy... Por supuesto, usted ya sabrá quién era el que vendía el Spilimbergo.

Sí, es evidente, un poco insólito, pero evidente...

Me contó que se lo compró carísimo, que le sacó el triple de lo que valía, que a ella no le importó abrir la cartera...

¿Solo la cartera?

Y que él no quiso que abriera nada más...; que la manejó como un duque y que ella se fue con el Spilimbergo y con las ganas que le quedaron de bajarse al bombonazo ese de Gabriel Grimaldi... Imagínese, ¡yo tenía que pedirle la dirección!; podía decirle una mentira o podía contarle la verdad... Es mi amiga, le relaté con pelos y señales la historia de Mayra I...

¡Pobre, Margarita!

La tenía... una nunca pierde ciertas esperanzas... la tenía bien guardadita con el recorte del diario... Bueno, Julia, ¿qué me cuenta de cómo recuperé a  Gabriel?

¡De novela!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(9)

Como se imaginará, Gabriel volvió destrozado a Buenos Aires. ¿Qué cómo me enteré? Porque, ocho meses después, me encontré por casualidad (usted dirá que yo me encuentro por casualidad demasiado a menudo con quien me conviene, pero en las novelas se usa; las novelas no son como la realidad; en las novelas uno se encuentra con quien se tiene que encontrar, para bien o para mal... ¿no cree?) con Florencia Grimaldi, la  hermanita de Gabriel, ¿la recuerda? Me contó que su hermano había vuelto muy triste de Europa, que no quería ni siquiera hablar con ella, que se había encerrado en su departamento y que solo se dedicaba a trabajar. También supe que tenía una socia en el negocio inmobiliario, que era abogada, y que estaba loca por él, pero que Gabriel no le daba ni la hora, aunque su madre le hacía  gancho sin descanso. Una chica de buena posición, un poco mayor que él, capaz de hacerle sentar cabeza... absolutamente incompatible con nuestros intereses, ¿no? Se llamaba Mirta Salguero.

Hice lo que se imagina.

No me imagino...

Lo fui a ver a Gabriel. Sí, lo que escucha, lo fui a ver. ¿Sabe quién me abrió la puerta? La mismísima  Mirta. No le voy a negar que había intimidad entre ellos y le digo más... no era de un día ni de dos. Una se da cuenta... la susodicha no estaba de visita... Me miró como si yo fuera una cucaracha y me dijo que Gabriel no estaba y que no podía saber cuándo volvía, porque tenía mucho trabajo. ¡Y ella instaladita ahí, como la dueña de casa! Me cayó mal, muy mal, una odiosa, una parada...  Me empeciné, le dije que iba a esperarlo. Ella se tenía que ir no sé adónde, pero bastante indignada tuvo por fin que dejarme en el departamento, porque yo no me moví del sillón, como se imaginará. Y entonces... ¡pasó algo inusitado!

Dios mío... ¿Qué habrá hecho esta loca?

Como supondrá, yo después de tomarme el café que me sirvió la mucama (digo mucama, porque es la más pasable entre “criada”, “sirvienta”, “muchacha”...; ¿vio qué difícil que es, a veces, encontrar una palabra como la gente?), me empecé a aburrir soberanamente. Yo soy muy inquieta, no sé si se habrá dado cuenta, así que me puse a curiosear el comedor y... ahí pasó lo inusitado. Adentro del cajón de  una mesita  del living,

¡¿Se puso a abrir los cajones?!

¡encontré una carta de Mayra Imar! La fecha era reciente y el contenido, revelador... Pero deje que le cuente... (14)

Justo cuando dejaba la carta en el lugar de donde la había sacado, ¡me pescó Gabriel! Le confesé que había encontrado la carta y que era muy curiosa; no sé cuántas cosas más le dije, la cuestión es que me disculpó y que me contó todo su encuentro con Mayra en Palma y lo desolado que se sentía. No se crea que yo estaba mejor; me la veía venir: Mayra con el hijo y con el deber sacrosanto de cuidar al marido enfermo, él sin esperanzas de volverla a ver, y la Mirta Salguero triunfante con el vestido de novia puesto. ¡Un perfecto desastre!

Traté de darle una esperanza... ¿Y si Ignacio se moría? Ya sé, ya sé, no hay que desearle la muerte a nadie, no está bien, Dios puede castigarnos... Pero los escritores no somos como los demás; ¡no me va a decir que no hemos matado a más de un personaje con sumo placer! Gabriel me dijo que no podía especular con la muerte de alguien que había sido tan generoso con Mayra, en un momento terrible de su vida. Como verá, Julia, dignidad es lo que les sobra a nuestros personajes. ¡Ni un mal pensamiento, ni una mala intención, por Dios!

Me despedí de él y pensé que era para siempre...

Y... eso es todo...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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