Domingo, mayo 20 de 2001.
Mis Primeros 70 Años

Ayer, 19 de mayo, cumplí mis primeros 70 años. Creo que en términos generales, he sido muy afortunado a través de estos 840 meses, que no parecen muchos, pero cuando los multiplicas por la unidad de tiempo que mejor nos motiva, son 3640 semanas. Escogí las semanas, porque en las primeras 1092, es cuando crecemos, nos desarrollamos, estudiamos, nos educamos, aprendemos, nos ilustramos, asimilamos, nos instruimos en lo vital, y nos enfrentamos a ella, la vida. Es en esas 1092 semanas, que nos formamos, en muchas cosas y en las que, en algún momento, encontramos el minuto de la verdad: SOMOS MORTALES. Para muchos tiene que ser un trauma saber eso, pero para todos es una realidad incontrovertible, que nos hace retar a la vida, a veces consciente y a veces, inconscientemente. Cada semana, luego de la 1092, es un reto, un juego, una aventura, una realidad, una vivencia, una obligación.... es muchas, muchas otras cosas. Y la vida nos exige un cambio, una entrega, un comportamiento, una obligación, una evolución y un resultado. Ya somos adultos y legalmente responsables por nuestro devenir, futuro, resultados y consecuencias. 

Toda juventud tiene ansias de aventuras, y la mía no fue distinta. Primero, quise viajar por Sudamérica en una motocicleta Indian, de 1000cc, nada menos la que usaba la Policía Nacional, en los años 40. Nunca llegué a hacer ese viaje, pero ya mayor, en alguna forma lo compensé pedaleando desde ATLAPA, hasta NAOS, en un “rally” multitudinario, que algunos no llegaron a terminar. De regreso, los que llegaron se vinieron en autos, camionetas y taxis. Yo regresé solo, pedaleando hasta Bethania, donde le entregué la “agotada bicicleta” a su dueño. Siempre quise tripular un velero, una goleta y viajar por las islas del Caribe, con todo el tiempo del mundo en mis manos, pero tampoco se dio. Lo sustituí remando, en compañía de Tito Giraldez, alrededor de la Isla de Taboga, en un domingo cualquiera, hace años, pero robándome el lunes inmediato, para poder retomar el uso de mi cuerpo, molido por la secante locura. A los 14 años, yo no sabía bailar, y en un sarao carnavalesco, sentí que desde el cielo, todo los santos se burlaban de mí, al meter los pasos más ridículos, simplones y totalmente fuera de tiempo. Salí del baile, rumiando mi vergüenza, caminando desde Calle 15 hasta casi cerca de El Chorrillo, cuando Barraza era un paseo tranquilo y pacífico. Nunca regresé al baile, pero al día siguiente, le pedí a la Manena, mi hermana, que me enseñara a bailar, pues ese papelón no lo viviría más. De allí en adelante, tenían que amarrarme para que no fuera a bailar, donde fuera, a la hora que fuera, tocara quien tocara. Mis pasos quedaron en la historia de Colón, La Chorrera, Bejuco, Taboga, Las Tablas, David, Concepción, Chitré, y particularmente en un sitio llamado Campo Florido, en alguna parte del centro de la República, donde en una “sala” de baile, que no era más que un cuadrado de cemento rodeado de gradas por todos lados, una cantidad de mujeres hermosas salían a bailar con quien las invitase. Allí ellas no contestaban a los piropos, no aceptaban un brindis, mudas como esfinges, pero bailaban, ¡cómo bailaban!, y si uno pestañeaba cuando la pieza terminaba, se quedaba solo en medio de la sala, pues ya las damas estaban sentándose. Pero bailaban, vive Dios, y típico. 

Fui afortunado en cuanto a trabajo, pues saliendo graduado de la Escuela Profesional (1951), por mi proficiencia en el manejo de máquinas, Lilo Sáenz, querido profesor, me logró una plaza en el Departamento de Estadística y Censo, por un año. 

De allí me fui a la Cía. Internacional de Ventas (CIV), donde ascendí desde oficinista a vendedor, a gerente de la sucursal en David, para regresar a Supervisor, Asistente de la Gerencia y mi jubilación, 32 años después. Todavía hay quienes en la Avenida Central me consideran el mejor vendedor de la línea Parker, y fui el Vendedor del Año, la única vez que se hizo ese concurso. Lector infatigable, me dijo Esperanza que entré a la primaria sabiendo leer, pues aprendí en los brazos del abuelo Azael, mientras éste corregía los distintos trabajos que se hacían en la Imprenta Excélsior Villalobos Panamá, en Santa Ana. Si querían aquietarme, y yo no fui un chico díscolo, sólo tenían que ponerme algo que leer en las manos, y había para eso las revistas Bohemia, Carteles, Vanidades, Para ti, Leoplan, y todo lo que me cayera en las manos. La Librería Preciado vendía, a diez centésimos, una serie de aventuras que yo devoraba. Existían, para soñar, las acciones de Bill Barnes, piloto extraordinario; Pete Rice, indomable vaquero; La Sombra, misterioso personaje; Mr. Reeder, pintoresco detective, y el rey de todos ellos, el invencible Doug Savage, el Hombre de Bronce. Leía periódicos viejos, revistas nuevas, libros incomprensibles, paquines, Pobre Diablo, Rico Tipo, National Geographic... leía desesperadamente y me atrofié un ojo, por malas posturas al leer acostado. Pero cuando crecí algo más, y ya podía salir solo, de la misma imprenta tenía que llevar la programación semanal impresa en hojas para repartir por el boletero, y allí ardió Troya, pues por llevar los paquetes, podía entrar GRATIS al cine que me tocara de mandado. Aunque me dijeran que no me quedara, ¿quién iba a hacer caso y perder esa oportunidad? ¿Yo? ¡Nunca! Y cuando descubrí PLAYBOY, hubo más lectura con mejores paisajes... Esperanza compraba la Selecciones del Reader's Digest, en castellano, desde que se inició en castellano, y después los empastó en libros tentadores. Fui entonces, lector, cinéfilo, piropeador, enamorador, bailarín... y Dios me dejó seguir viviendo hasta hoy. En San Expedito, finca de los abuelos en Charco Espíritu (Pueblo Nuevo) yo era un cervatillo suelto en esos montes; comiendo todas las frutas que veía, tantas que después de comerme un marañón de Haití, me quise comer la pepa y me quemé la boca. Peleé contra un venado que quería quitarme una guayaba que cayó en su patio, pero me noqueó después de tamborilearme la cabeza con sus agudas pezuñas. ¡Pero no la solté y no se comió la guayaba! Ya mayor de edad, me pasé un mes de vacaciones en el Hospital de David a causa de un accidente, no provocado por mi, pero me echaron del lugar, pues lo tenía como casa de campo, con radio, televisión, ajedrez y enfermeras, las que le pedían permiso a los doctores para que las acompañara a bautizos, bodas, fiestas, y hasta bailes... Un hato de vacas casi me aplasta en una semi estampida, al tirarme un caballo en la finca de un amigo ganadero, cuando todavía estaba convaleciente del accidente. Me pude ahogar dos veces, una en Sajalices y la otra en la noria de San José, en el Casco Viejo de la capital. Sin embargo, nunca estuve preso, nunca tomé drogas, nunca me llevaron a una Corregiduría, bebí mucho ron en David, pero antes muchos whisky en la capital. Después bastante cerveza y cigarrillos Camel, pero ya ni tomo ni fumo. 

Un policía me puso una pistola en el pecho, porque el panel de reparto de CIV que yo manejaba atropelló a un gallo de pelea que, salido de su jaula, se cruzó por mi camino. En Puerto Armuelles, atropellé a un caballo; un ternero se me puso delante, de noche, y lo tumbé. En Juan Díaz, caí de un puente abajo, pero no conducía yo. Me ponía a pescar los marañones de Curazao, cuando oía que venían cayendo del enorme árbol, frente a la San Expedito. Nunca he matado a nadie, pero alguna vez me ha pasado por la mente, viendo el comportamiento de algunos políticos de antes... y de ahora, pero la idea no ha fructificado, todavía. Situaciones normales en toda vida que se vive. 

No, no tengo alas de ángel, pero tampoco tengo cola de demonio. Creo que he llevado mis primeros 70 bastante bien, pero sé que llevaré los segundos mucho mejor. Conozco tres o cuatro ciudades de EE.UU. y dos o tres de México. Viajé hasta Tegucigalpa en carro y conocí todas las capitales de Centroamérica. He visitado todas las Antillas Mayores, pero no he ido a Haití, ni a las Antillas Menores. Siempre llevo postales de Panamá cuando salgo de mi país, no importa donde vaya. Antes del siglo 22 visitaré cinco capitales de Europa: Madrid, Portugal, Londres, Roma y París, sin bastón o silla de ruedas. Yo no voy a bailar Can Can en esas condiciones, y mucho menos zapatear así en un fandango. Nunca he sido operado quirúrgicamente, pero me sacaron las amígdalas a pinza limpia, he drenado dos cataratas y creo que llevo bien mi andamiaje.

¿Cuántos años más me ha determinado Dios para gozar lo que vivo?, no lo sé. Si sé que personas mejores que yo, y más jóvenes, se fueron prematuramente. No hay un promedio de vida establecido para que cumplamos el vivir, pero sí sé que cada minuto que vivimos tiene que ser positivo, honesto y normal. Aunque no hay tiempo determinado, creo que con todo y el deseo que tengamos de vivir muchísimos años, estos tienen que ser los que podamos sostener. Una vez, regresando del sepelio de un colega de ventas, fallecido a los 61 y acabado de jubilarse, un amigo me dijo que esa era una buena edad para morir. Yo muy molesto le rechacé eso. A cualquier edad se muere, pero la muerte debe venir, cuando ya uno no se vale por sí mismo. No importa si se tiene 100 años, si el individuo se puede valer por sí mismo, que viva mil más. Por mucho amor que haya, y lo hay, la familia sufre más que el paciente cuidándolo nuevamente, pero ahora sin crecimiento físico y mental, si no al revés, y la familia pasa trabajos por atender la segunda y más delicada infancia de los viejos. Suena descarnadamente grosera, pero esa es la verdad. Si voy a vivir otros 70 años, que sean para estar entero, de mente y cuerpo, y no como dice el otro chiste, “Ahora que la alcancé, ¿qué se supone que haga con ella?”

Doña Esperanza, hace unos 20 años me dijo que yo no podía tener quejas de la vida, que había vivido como había querido. Casi no tengo nada que desear, sino seguir latiendo y gozar cada latido de mi corazón. Tengo fenomenales amistades, formidable familia, sigo creciendo mentalmente, debo quitarme varias libras, a lo mejor no he hecho nada como para que cante jubilosamente un gallo, pero estoy contento con lo que he hecho hasta aquí. Puedo hacer más, y lo voy a hacer. Hace muchos años, creo que uno de los primeros deseos que tuve, fue conocer a todo el mundo. No simbólicamente, ni figuradamente, si no verdaderamente, a todas las personas que se cruzaran en mi camino. No lo he logrado aún, pero tengo otros 70 años para hacerlo. Conoceré a más personas, y sé que serán tan educadas, amigables, honestas, confiables y sencillas, como las que conozco: profesores, doctores, jubilados, arquitectos, músicos, vendedores, enfermeras, estudiantes, periodistas, policías y bomberos, funcionarios del Estado, políticos, conductores y jardineros. Quizá las profesiones serán otras, pues la tecnología y el futuro ya son parte de nuestras vidas. Sé que tendré la fuerza para estrechar sus manos, como la tuve para abrazar y brindarle mi afecto y aprecio a todos los que he conocido. Hoy, 20 de mayo, ya empecé a vivir mis segundos 70. Voy a conocer la otra la mitad del mundo que me falta, aquí en mi Panamá, o en el mundo que me esté esperando, para seguir disfrutando, lo que me quede por vivir, siempre con música primero, letras después. ¿Segundos 70, están listos? ¡Yo, ya lo estoy!

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