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Mis Primeros 70 Años
Ayer, 19 de mayo, cumplí mis primeros
70 años. Creo que en términos generales, he sido muy afortunado
a través de estos 840 meses, que no parecen muchos, pero cuando
los multiplicas por la unidad de tiempo que mejor nos motiva, son 3640
semanas. Escogí las semanas, porque en las primeras 1092, es cuando
crecemos, nos desarrollamos, estudiamos, nos educamos, aprendemos, nos
ilustramos, asimilamos, nos instruimos en lo vital, y nos enfrentamos a
ella, la vida. Es en esas 1092 semanas, que nos formamos, en muchas cosas
y en las que, en algún momento, encontramos el minuto de la verdad:
SOMOS MORTALES. Para muchos tiene que ser un trauma saber eso, pero
para todos es una realidad incontrovertible, que nos hace retar a la vida,
a veces consciente y a veces, inconscientemente. Cada semana, luego
de la 1092, es un reto, un juego, una aventura, una realidad, una vivencia,
una obligación.... es muchas, muchas otras cosas. Y la vida nos
exige un cambio, una entrega, un comportamiento, una obligación,
una evolución y un resultado. Ya somos adultos y legalmente responsables
por nuestro devenir, futuro, resultados y consecuencias.
Toda juventud tiene ansias de aventuras, y la mía no fue distinta.
Primero, quise viajar por Sudamérica en una motocicleta Indian,
de 1000cc, nada menos la que usaba la Policía Nacional, en los años
40. Nunca llegué a hacer ese viaje, pero ya mayor, en alguna forma
lo compensé pedaleando desde ATLAPA, hasta NAOS, en un “rally” multitudinario,
que algunos no llegaron a terminar. De regreso, los que llegaron se vinieron
en autos, camionetas y taxis. Yo regresé solo, pedaleando hasta
Bethania, donde le entregué la “agotada bicicleta” a su dueño.
Siempre quise tripular un velero, una goleta y viajar por las islas del
Caribe, con todo el tiempo del mundo en mis manos, pero tampoco se dio.
Lo sustituí remando, en compañía de Tito Giraldez,
alrededor de la Isla de Taboga, en un domingo cualquiera, hace años,
pero robándome el lunes inmediato, para poder retomar el uso de
mi cuerpo, molido por la secante locura. A los 14 años, yo no sabía
bailar, y en un sarao carnavalesco, sentí que desde el cielo, todo
los santos se burlaban de mí, al meter los pasos más ridículos,
simplones y totalmente fuera de tiempo. Salí del baile, rumiando
mi vergüenza, caminando desde Calle 15 hasta casi cerca de El Chorrillo,
cuando Barraza era un paseo tranquilo y pacífico. Nunca regresé
al baile, pero al día siguiente, le pedí a la Manena,
mi hermana, que me enseñara a bailar, pues ese papelón no
lo viviría más. De allí en adelante, tenían
que amarrarme para que no fuera a bailar, donde fuera, a la hora que fuera,
tocara quien tocara. Mis pasos quedaron en la historia de Colón,
La Chorrera, Bejuco, Taboga, Las Tablas, David, Concepción, Chitré,
y particularmente en un sitio llamado Campo Florido, en alguna parte del
centro de la República, donde en una “sala” de baile, que no era
más que un cuadrado de cemento rodeado de gradas por todos lados,
una cantidad de mujeres hermosas salían a bailar con quien las invitase.
Allí ellas no contestaban a los piropos, no aceptaban un brindis,
mudas como esfinges, pero bailaban, ¡cómo bailaban!, y si
uno pestañeaba cuando la pieza terminaba, se quedaba solo en medio
de la sala, pues ya las damas estaban sentándose. Pero bailaban,
vive Dios, y típico.
Fui afortunado en cuanto a trabajo, pues saliendo graduado de la Escuela
Profesional (1951), por mi proficiencia en el manejo de máquinas,
Lilo
Sáenz, querido profesor, me logró una plaza en el
Departamento de Estadística y Censo, por un año.
De allí me fui a la Cía. Internacional
de Ventas (CIV), donde ascendí desde oficinista
a vendedor, a gerente de la sucursal en David, para regresar
a Supervisor, Asistente de la Gerencia y mi jubilación,
32 años después. Todavía hay quienes
en la Avenida Central me consideran el mejor vendedor de
la línea Parker, y fui el Vendedor del Año,
la única vez que se hizo ese concurso. Lector infatigable,
me dijo Esperanza que entré a la primaria
sabiendo leer, pues aprendí en los brazos del abuelo
Azael, mientras éste corregía los
distintos trabajos que se hacían en la Imprenta
Excélsior Villalobos Panamá, en Santa
Ana. Si querían aquietarme, y yo no fui un chico
díscolo, sólo tenían que ponerme algo
que leer en las manos, y había para eso las revistas
Bohemia, Carteles, Vanidades, Para ti, Leoplan, y todo lo
que me cayera en las manos. La Librería Preciado
vendía, a diez centésimos, una serie de aventuras
que yo devoraba. Existían, para soñar, las
acciones de Bill Barnes, piloto extraordinario; Pete Rice,
indomable vaquero; La Sombra, misterioso personaje; Mr.
Reeder, pintoresco detective, y el rey de todos ellos, el
invencible Doug Savage, el Hombre de Bronce. Leía
periódicos viejos, revistas nuevas, libros incomprensibles,
paquines, Pobre Diablo, Rico Tipo, National Geographic...
leía desesperadamente y me atrofié un ojo,
por malas posturas al leer acostado. Pero cuando crecí
algo más, y ya podía salir solo, de la misma
imprenta tenía que llevar la programación
semanal impresa en hojas para repartir por el boletero,
y allí ardió Troya, pues por llevar los paquetes,
podía entrar GRATIS al cine que me tocara de mandado.
Aunque me dijeran que no me quedara, ¿quién
iba a hacer caso y perder esa oportunidad? ¿Yo? ¡Nunca!
Y cuando descubrí PLAYBOY, hubo más lectura
con mejores paisajes... Esperanza compraba la Selecciones
del Reader's Digest, en castellano, desde que se
inició en castellano, y después los empastó
en libros tentadores. Fui entonces, lector, cinéfilo,
piropeador, enamorador, bailarín... y Dios me dejó
seguir viviendo hasta hoy. En San Expedito, finca de los
abuelos en Charco Espíritu (Pueblo Nuevo) yo era
un cervatillo suelto en esos montes; comiendo todas las
frutas que veía, tantas que después de comerme
un marañón de Haití, me quise comer
la pepa y me quemé la boca. Peleé contra un
venado que quería quitarme una guayaba que cayó
en su patio, pero me noqueó después de tamborilearme
la cabeza con sus agudas pezuñas. ¡Pero no
la solté y no se comió la guayaba! Ya mayor
de edad, me pasé un mes de vacaciones en el Hospital
de David a causa de un accidente, no provocado por mi, pero
me echaron del lugar, pues lo tenía como casa de
campo, con radio, televisión, ajedrez y enfermeras,
las que le pedían permiso a los doctores para que
las acompañara a bautizos, bodas, fiestas, y hasta
bailes... Un hato de vacas casi me aplasta en una semi estampida,
al tirarme un caballo en la finca de un amigo ganadero,
cuando todavía estaba convaleciente del accidente.
Me pude ahogar dos veces, una en Sajalices y la otra en
la noria de San José, en el Casco Viejo de la capital.
Sin embargo, nunca estuve preso, nunca tomé drogas,
nunca me llevaron a una Corregiduría, bebí
mucho ron en David, pero antes muchos whisky en la capital.
Después bastante cerveza y cigarrillos Camel, pero
ya ni tomo ni fumo.
Un policía me puso una pistola en el pecho, porque el panel de
reparto de CIV que yo manejaba atropelló a un gallo de pelea que,
salido de su jaula, se cruzó por mi camino. En Puerto Armuelles,
atropellé a un caballo; un ternero se me puso delante, de noche,
y lo tumbé. En Juan Díaz, caí de un puente abajo,
pero no conducía yo. Me ponía a pescar los marañones
de Curazao, cuando oía que venían cayendo del enorme árbol,
frente a la San Expedito. Nunca he matado a nadie, pero alguna vez me ha
pasado por la mente, viendo el comportamiento de algunos políticos
de antes... y de ahora, pero la idea no ha fructificado, todavía.
Situaciones normales en toda vida que se vive.
No, no tengo alas de ángel, pero tampoco tengo cola de
demonio. Creo que he llevado mis primeros 70 bastante bien, pero
sé que llevaré los segundos mucho mejor. Conozco tres o cuatro
ciudades de EE.UU. y dos o tres de México. Viajé hasta Tegucigalpa
en carro y conocí todas las capitales de Centroamérica. He
visitado todas las Antillas Mayores, pero no he ido a Haití, ni
a las Antillas Menores. Siempre llevo postales de Panamá cuando
salgo de mi país, no importa donde vaya. Antes del siglo 22 visitaré
cinco capitales de Europa: Madrid, Portugal, Londres, Roma y París,
sin bastón o silla de ruedas. Yo no voy a bailar Can Can en esas
condiciones, y mucho menos zapatear así en un fandango. Nunca he
sido operado quirúrgicamente, pero me sacaron las amígdalas
a pinza limpia, he drenado dos cataratas y creo que llevo bien mi andamiaje.
¿Cuántos años más me ha determinado Dios
para gozar lo que vivo?, no lo sé. Si sé que personas mejores
que yo, y más jóvenes, se fueron prematuramente. No hay un
promedio de vida establecido para que cumplamos el vivir, pero sí
sé que cada minuto que vivimos tiene que ser positivo, honesto y
normal. Aunque no hay tiempo determinado, creo que con todo y el deseo
que tengamos de vivir muchísimos años, estos tienen que ser
los que podamos sostener. Una vez, regresando del sepelio de un colega
de ventas, fallecido a los 61 y acabado de jubilarse, un amigo me dijo
que esa era una buena edad para morir. Yo muy molesto le rechacé
eso. A cualquier edad se muere, pero la muerte debe venir, cuando ya uno
no se vale por sí mismo. No importa si se tiene 100 años,
si el individuo se puede valer por sí mismo, que viva mil más.
Por mucho amor que haya, y lo hay, la familia sufre más que el paciente
cuidándolo nuevamente, pero ahora sin crecimiento físico
y mental, si no al revés, y la familia pasa trabajos por atender
la segunda y más delicada infancia de los viejos. Suena descarnadamente
grosera, pero esa es la verdad. Si voy a vivir otros 70 años, que
sean para estar entero, de mente y cuerpo, y no como dice el otro chiste,
“Ahora que la alcancé, ¿qué se supone que haga con
ella?”
Doña Esperanza, hace unos 20 años me dijo
que yo no podía tener quejas de la vida, que había vivido
como había querido. Casi no tengo nada que desear, sino seguir latiendo
y gozar cada latido de mi corazón. Tengo fenomenales amistades,
formidable familia, sigo creciendo mentalmente, debo quitarme varias libras,
a lo mejor no he hecho nada como para que cante jubilosamente un gallo,
pero estoy contento con lo que he hecho hasta aquí. Puedo hacer
más, y lo voy a hacer. Hace muchos años, creo que uno de
los primeros deseos que tuve, fue conocer a todo el mundo. No simbólicamente,
ni figuradamente, si no verdaderamente, a todas las personas que se cruzaran
en mi camino. No lo he logrado aún, pero tengo otros 70 años
para hacerlo. Conoceré a más personas, y sé que serán
tan educadas, amigables, honestas, confiables y sencillas, como las que
conozco: profesores, doctores, jubilados, arquitectos, músicos,
vendedores, enfermeras, estudiantes, periodistas, policías y bomberos,
funcionarios del Estado, políticos, conductores y jardineros. Quizá
las profesiones serán otras, pues la tecnología y el futuro
ya son parte de nuestras vidas. Sé que tendré la fuerza para
estrechar sus manos, como la tuve para abrazar y brindarle mi afecto y
aprecio a todos los que he conocido. Hoy, 20 de mayo, ya empecé
a vivir mis segundos 70. Voy a conocer la otra la mitad del mundo que me
falta, aquí en mi Panamá, o en el mundo que me esté
esperando, para seguir disfrutando, lo que me quede por vivir, siempre
con música primero, letras después. ¿Segundos 70,
están listos? ¡Yo, ya lo estoy! |