Viernes, octubre 12 de 1990.
100 años de bolero... y una semana después

por César Villalobos
Diario La Prensa (Panamá)

Nunca se había esperado un festival musical por tanto tiempo. Imagínense, ¡cien años de espera! ¿Valió la pena? ¡Por favor! Lo confirman los nutridos aplausos, las gargantas apretadas, los ojos húmedos, las palmas adoloridas y la causa... sobre todo la causa. Lo primero a destacar es la producción, que fue inmejorable. Todos los que participaron, bajo la hábil dirección de Willy Femández, hicieron un trabajo a conciencia. La orquesta dirigida por Edgardo Quintero estuvo formidable, la escenografía apropiada y la luminotecnia precisa, para darle al escenario el marco digno al espectáculo, que se saboreó a plenitud. Un programa de cuatro horas, a veces acaba por cansar, pero en este caso el tiempo ni se sintió y todos quisieron que durara hasta el amanecer. La platea estaba llena, con algunas butacas vacías, muy atrás pero la galería... ¡ah!, la galería estaba en en tal punto de gozo que hubiera sazonado sabrosamente cualquier guiso musical que se celebrara. Y si era del bolero, como lo fue del bolero, se sazonó rico, espeso, con todos los ingredientes debidos y en las cantidades precisas.
Marcela, Máximo, Maritza, David, Leoni y Marta Estela, así sin apellidos, pues ellos no los necesitaron para darse a este público que quería cantar con ellos, recordar con ellos, ¡se dieron bien! El montaje fue bien fluido con pequeños errores, pequeñísimos: papeles del director que se caían, una letra que se olvidó, un micrófono con un golpe, una nota fuera de tiempo, pero fueron minúsculos ante la magnitud de lo que se cocinaba en el amplio escenario del Anayansi, nunca más acogedor que esa noche del bolero. Lo mejor y lo más querido del bolero panameño se desgranó en esas queridas voces panameñas: Irremediablemente solo, el timbre fino de David; Soñar, el sentimiento de Marcela; Santana, la dulzura de Leoni; Panamá Vieja, el tronío de Maritza; historia de un amor, el sabor de Máximo; mi último bolero y la intensidad de Marta. Solos, duos, tríos, coros, viviendo cada palabra, cada gesto, cada sentimiento, los recuerdos se sucedían con los cambios de luces, de voces, de estilos y cada cambio era recibido con gusto, con ganas, con aprobación y con corazón.
Ese mismo corazón sano Rotarios quieren para esos niños que nacen con problemas congénitos, y cuya causa enarbolaron estos jóvenes empresarios y excelentes profesionales. Un año se pasaron planeando, discutiendo, escogiendo, aprobando y aportando para por fin, darnos el elenco de 100 años de bolero. Es claro que no se escogieron todos los que merecían estar, pero es que no había espacio para más. El final de fiesta panameño, con ese "Viva el Bolero", fue magnífico. Mientras cantaban, yo medio hundido en la butaca pensaba en los Germán Vergara, los Tito Contreras, los Mani Bolaños, los Flavio García, los Carlos Guevara, las Violeta Green, las Betty Williamson, los Neville Chang, los Juan Coronel y el resto de esos soldados desconocidos de la canción. ¿Dónde está su festival? ¿Cantarán allí también los Rafael Corcho, los Max Alvarado, los Noyi Valdivieso?
Vicentico nos regaló Plazos traicioneros, La gloria eres tú, Los aretes y 3 ó 4 más, como uno de sus últimos homenajes en Panamá, dominando después el gran Cheo, que sólo con Mi Triste Problema me puso a mí en dificultades. Una detrás de otra, como un collar de perlas que eso eran, salieron como ríen, Inolvidable, Nuestras vidas, Juguete... para después permitirnos degustar el añejo cogñac vocal que es Olga Guillot. Antes de ella, los Ases habían hecho vibrar guitarra y voces en un recordar dorado de boleros panameños, cubanos, mexicanos. Un paréntesis rítmico con otros tiempos mexicanos alegró más el ambiente y nos sacó de la abstracción romántica y sentimental. Hicieron bien, pues ese descanso nos preparó para el banquete vocal y visual que es el bolero hecho mujer. Olga gorjeó, trinó, susurró, jadeó, suspiró y robó corazones en su cierre musical. ¿Qué bolero no canta bien Olga?. Todavía tiene la misma tesitura y alcance, con más peso en la voz, pero tan dulce en el frasco como, siempre. ¡Ah, Olga, qué de recuerdos nos trajiste con ese Bravo, ese Adoro, ese Contigo a la distancia; cantaste por bulerías, por gitanerías, Olga hiciste que los Rotarios rotaran, los ojos brillaran y el corazón saltara! ¿No era ese precisante el propósito de los Rotarios? La alegría de los corazones presentes, con su apoyo al Festival logrará que algunos tiernos corazones infantiles puedan, algún día, vibrar de emoción cuando ellos acudan al Festival de los 150 años del bolero, que otros Rotarios y otro público disfrutará con ellos. El Obsequio de vida del, Club ya ha permitido que 16 jóvenes de Panamá puedan llevar una vida sana, feliz y provechosa. ¿En un futuro, Rotarios ellos, tal vez?
Yo soñaba con un final de fiesta con Vicentico, Cheo y Olga cantando los tres un solo bolero que sintetizara todo lo que el festival significaba: ¡Añorado encuentro! Los panameños hicieron su despedida con una pieza especial para todos los que sintieron bolero como cosa suya: "Viva el Bolero".
Imaginar a Vicentico, Cheo y Olga cantando ese bolero, añorado encuentro, iba a ser taquicárdico. Giraldo Piloto se hubiera asomado desde el cielo y sus lágrimas nos hubieran rociado a todos; Alberto Vera sonreiría desde Cuba y no sé que hubieran hecho todos al oír a esos tres corazones cantar ese final:
Hoy, rompo las cadenas del silencio.
Logro decirte que te quiero,
que tú eres todo lo que anhelo.
Volveremos a vemos tú y yo,
trataremos el tiempo borrar,
no tendremos en cuenta razones que no sean...
las de nuestros corazones.

¿Hubiera sido mucho pedir...? ¡definitivamente, mucho pedir!

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