Una técnica de redacción
Presentación 2. Texto modelo 3. Lectura comprensiva
4. Estructuración del texto 5. Imitación del modelo 6. Puntuación
7. Ortografía 8. Autocorrección 9. Heterocorrección

2. Texto modelo
   
Nuestro método parte de una visión globalizada de la lengua. Es analítico en su comienzo.
    El punto de partida para un estudio lingüístico desde el texto, es insuficiente aún, pero es más completo que el que parte de la frase, e indudablemente mejor que el que parte de la palabra.
    La palabra presupone un análisis previamente establecido por los eruditos, pero no es fruto de la experiencia personal del niño, base de la moderna pedagogía.
    En este sentido, enlaza nuestro trabajo con la enseñanza activa.

2.1. Selección de textos.
    Esta es una no fácil cuestión. Es conveniente plantearse en función de unos objetivos que demarquen las finalidades, nítidas, a que nos encaminamos.
    Hemos dicho que nuestro método es globalizador. Pretendemos por tanto, sin que el orden de exposición sea el de prioridad, enseñar a redactar, con su complejo mundo de puntuación y ortografía; ampliar el léxico, amoldándonos en lo posible, a listas científicamente establecidas; adquirir conocimientos de cultura literaria y con todo ello, cumplir unos principios formativos acordes con los intereses del niño.

2.2. Características de los textos
   
  En función de los objetivos arriba enumerados, los textos que seleccionamos cumplirán las siguientes características:
    a) Unidad temática. En esta primera fase es conveniente que exista un solo tema, al que inexorablemente se volverán nuestros ojos cuando hayamos concluido la lectura del texto. La diversificación temática y las ideas paralelas las postpondremos para fases ulteriores de nuestro estudio.
    b) Claridad expositiva. Cuidaremos sobremanera que no existan ambivalencias. Las frases correrán fluidas y el hipérbaton no será superior al grado de comprensión del objeto discente.
    c) Nivel léxico adecuado. Buscaremos que el vocabulario usado sea asequible al nivel cognoscitivo del alumno. Las nuevas palabras se irán introduciendo con una graduación que responderá a baremos previamente establecidos. 
    d) Calidad estética y literaria. Entre los autores posibles en los que fijar nuestra atención, preferimos a aquellos en los que la sensibilidad brote espontáneamente. Personalmente prefiero a los ya consagrados cuyas cualidades estéticas estén ampliamente reconocidas y justificadas. Esto no será óbice para que en cualquier momento seleccionemos un texto que reúna las cualidades propuestas, aunque el autor sea desconocido.
    En síntesis son éstas las características que juzgamos más procedentes en el texto seleccionado, si bien no las consideramos excluyentes.

2.3. Textos
   
Hacemos aquí una exposición corta, pero que creemos representativa y progresiva de textos teniendo en cuenta las diferentes fases que se han de superar. Este apartado, sin embargo, queda abierto para que el profesor lo complete en función del ritmo de aprendizaje y de la edad de los alumnos.

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Ideas  Tema:                              (A)


(B)









 

        Yo vivo en un pueblo pequeño, de casas blancas, calles estrechas, gente amable y mar azul. En la plaza de mi pueblo hay un frondoso roble que da sombra. Cerca del roble hay una fuente de agua potable, donde los abuelos hablan de sus problemas y los niños juegan.
        Frente al Ayuntamiento está la biblioteca pública.
        ¡Viva mi pueblo!

 


Alba 2. Cuaderno de lectura
Cid, Galán, Muñoz
Ed. La Muralla

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Ideas  Tema:                              (A)


(B)









 

        La bruja había descolgado el candil: Alzábale sobre su cabeza para alumbrarse mejor, y me mostraba el fondo de su vivienda, que hasta entonces, por estar entre sombras, no había podido ver. Al oscilar la luz, yo distinguía claramente sobre paredes negras de humo, lagartos, huesos puestos en cruz, piedras lucientes, clavos y tenazas. La bruja puso el candil en tierra y se gachó revolviendo en la ceniza:
        - Ved aquí vuestro anillo

 


Ramón del Valle-Inclán
Sonata de Primavera

 

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Ideas  Tema:                              (A)


(B)









 

        Era don Cayetano un viejecillo de setenta y seis años, vivaracho, alegre, flaco, seco, de color de cuero viejo, arrugado como un pergamino al fuego, y el conjunto de su personilla recordaba, sin que se supiera a punto fijo por qué, al silueta de un buitre de tamaño natural; aunque, según otros, más se parecía a una urraca, o a un tordo encogido y despeluznado. Tenía sin duda mucho de pájaro en figura y gestos, y más, visto en su sombra. Era anguloso y puntiagudo, usaba sombrero de teja de los antiguos, largo y estrecho, de alas muy recogidas, a lo don Basilio, y como echaba hacia el cogote, parecía que llevaba en la cabeza un telescopio; era miope y corregía el defecto con gafas de oro montadas en nariz larga y corva. Detrás de los cristales brillaban unos ojuelos inquietos, muy negros y muy redondos. 

 


Leopoldo Alas "Clarín"
"La Regenta"


 

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(B)









 

        El gitanillo, a la luz de un farol, cuenta un montón de calderilla. El día no se le dio mal: ha reunido, cantando desde la una de la tarde hasta las once de la noche, un duro y sesenta céntimos. Por el duro de calderilla le dan cinco cincuenta en cualquier bar; los bares andan siempre mal de cambios.
        El gitanillo cena, siempre que puede, en una taberna que hay por detrás de la calle de Preciados, bajando por la costanilla de los Ángeles; un plato de alubias, pan y un plátano le cuestan tres veinte.
        El gitanillo se sienta, llama al mozo, le da las tres veinte y espera a que le sirvan.
        Después de cenar sigue cantando, hasta las dos, por la calle de Echegaray, y después procura coger el tope del último tranvía. El gitanillo, creo que ya lo dijimos, debe andar por los seis años.

Camilo J. Cela.
"La Colmena"
Ed. La Muralla

 

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(B)






        Entonces se le ocurrió decir:
        - Si ustedes les tiran tiros, ellos se tendrán que defender; pero si les hablan pacíficamente, ni morirán ustedes de mala manera, ni ellos.

        - ¡Bah! -le respondió uno de los dos soldados sanos-, hay que vencerles, aunque nos cueste morir, señora.
      - ¿Y no les da a ustedes angustia ver a este hombre malherido? -les dijo.
        - Claro que sí, pero la guerra es la guerra - exclamó el soldado.

        Paz se quedó en silencio; estuvo pensando un momento en aquellas malditas palabras y entonces dijo esta hermosa verdad, que acaso fuera la verdad más importante que Paz había dicho en su vida:

       Las guerras, se ganan o se pierden, no se acaban jamás: los que las pierden se quedan odiando a los vencedores, y ese odio es como una guerra triste y silenciosa. Además, si ustedes aman a su patria, también es justo que ellos amen a la suya. Lo mejor es que hagan las paces, que se hagan amigos y que los pleitos que surjan los arreglen entre unos y otros, en una sociedad formada por los pueblos de las razas blancas, negras y amarillas. 

 

Antoniorrobles
"La bruja doña Paz"

 

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(B)

        Y pensó que le iban a poner un cero.
        Entonces cayó en la cuenta de que tenía en la mano la cajita de pinturas, y con el lapicero verde, que era el de punta más afilada, dibujó un cero en medio de la hoja; luego le pintó patas, tres a cada lado, y le puso dos alitas transparentes; enseguida añadió unos ojos saltones y unas minúsculas antenas.
        Y resultó una mosca muy graciosa.

        El niño probó con la pintura azul; y, cuando estaba empezando a dibujar una mariposa, recibió la sorpresa más grande de su vida.:

        ¡La mosquita se estaba moviendo! Sacudía las alas sobre el papel, y se rascaba las patas, pensativa. De pronto, comenzó a zumbar y salió volando, verde como una brizna de hierba.
       - ¡Ahí va! -dijo "Ninguno".
        En la página quedaba, solamente, el hueco que había dejado la mosca.

Pilar Mateos.
"Historia de Ninguno"

 

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(B)









        Una tarde entró un moscón en la iglesia y picó a San Francisco en la nariz. Fray Perico se lió a escobazos y rompió dos jarrones. El hermano Balandrán, el sacristán, le echó de la iglesia y cerró la puerta. Fray Perico se fue donde estaba Fray Ezqequiel y le dijo:
        - ¿Quieres que te ayude?
        - Sí, lleva este cubo y da de beber a las ovejas.

        Fray Perico entendió mal y fue a echar agua a las abejas. Levantó las tapaderas de las colmenas y echó un chorro a cada una. De pronto, las abejas levantaron el vuelo y echaron a correr detrás de Fray Perico. Una le picó en la nariz. Fray Perico gritaba mientras iba a toda velocidad camino del convento. Los frailes estaban rezando. Fray Perico entró en la iglesia por una puerta y los frailes tiraron los libros de rezos y salieron por la otra. Fray Olegario, el viejecito, era el que más corría. Saltaron por la ventana de la cocina y se tiraron de cabeza al estanque. Fray Pirulero se quedó viendo visiones, les regañó por correr tanto y dijo. 
        -¡Hermanos, a ver si otra vez salimos por la puerta!

        Pero cuando vio las abejas, Fray Pirulero se lanzó detrás de una tinaja de aceite.


Muñoz Martín
"Fray Perico y su borrico"

        

 

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(B)









         Ayer tarde me atacó un gallo cuando pescaba truchas en Marve, en el Pisuerga. Había una granja junto al río y una tela metálica cortaba el camino, de forma que tuve que atravesar el cercado. Al hacerlo, las gallinas huyeron, como corresponde, pero el gallo me hizo cara, y cuando menos lo esperaba se arrojó aleteando sobre mí y me dio un trompazo en el pecho con los espolones. Lo azoté con la caña, pero que si quieres: no retrocedió un paso. Ahuecaba las alas y se agachaba para saltar de nuevo. Mi situación era muy desairada, pero, como no era cosa de matarlo, intenté ahuyentarlo arrojándole piedras.

        Todo en vano. Entonces traté de marcharme, pero, en cuanto le di la espalda, volvió a arrojarse sobre mí picoteándome el trasero. Al alejarme se encaramó en las bardas y lanzó un quiquiriquí triunfal. Al comentarlo con Avellanosa en Burgos, me decía que los gallos eran iguales que los hombres. La verdad es que yo había oído hablar de la agresividad de los gallos en defensa de su cuartel, pero nunca había vivido la experiencia. Ante la estupidez del gallo, se siente uno igualmente estúpido y no sabe qué partido tomar.


Miguel Delibes.

        

 

 

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(B)









        Había un niño que no sabía jugar. La madre lo miraba desde la ventana ir y venir por los caminillos de tierra, con las manos quietas, como caídas a los dos lados del cuerpo. Al niño, los juguetes de colores chillones, la pelota, tan redonda, y los camiones, con sus ruedecitllas, no le gustaban. Los miraba, los tocaba, y luego se iba al jardín, a la tierra sin techo, con sus manecitas, pálidas y no muy limpias, pendientes junto al cuerpo como dos extrañas campanillas mudas. La madre miraba inquieta al niño, que iba y venía con una sombra entre los ojos. "Si al niño le gustara jugar, yo no tendría frío mirándole ir y venir." Pero el padre decía, con alegría: "No sabe jugar, no es un niño corriente. Es un niño que piensa".

        Un día, la madre se abrigó y siguió al niño, bajo la lluvia, escondiéndose entre los árboles. Cuando el niño llegó al borde del estanque, se agachó, buscó grillitos, crías de rana y lombrices. Iba metiéndolos en una caja. Luego, se sentó en el suelo, y uno a uno los sacaba. Con sus uñitas sucias, casi negras, hacía un leve ruidito, ¡crac! y les segaba la cabeza.


Ana María Matute
"Los niños tontos"

 

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(B)









        Llamó mi atención, perdida por las flores de la vereda, un pajarillo lleno de luz que sobre el húmedo prado verde, abría sin cesar su preso vuelo policromo. Nos acercamos despacio, yo delante, Platero detrás. Había por allí un bebedero umbrío, y unos muchachos traidores le tenían puesta una red a los pájaros. El triste reclamillo se levantaba hasta su pena, llamando sin querer, a sus hermanos del cielo.

        La mañana era clara, pura, traspasada de azul. Caía del pinar vecino un leve concierto de trino exaltados, que venía y se alejaba, sin irse, en el manso y áureo viento marero que ondulaba las copas. ¡Pobre concierto inocente, tan cerca del mal corazón!

        Monté en Platero, y obligándolo con las piernas, subimos, en un agudo trote, al pinar. En llegando bajo la sombría cúpula frondosa, batí palmas, canté, grité. Platero, contagiado, rubuznaba una vez y otra, rudamente. Y los ecos respondían, hondos y sonoros, como en el fondo de un gran pozo. Los pájaros se fueron a otro pinar, cantando.

        Platero, entre las lejanas maldiciones de los chiquillos violentos, rozaba su cabezota peluda contra mi corazón, dándome las gracias, hasta lastimarme el pecho.


Juan Ramón Jiménez
"Platero y yo"

 

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(B)









        Papá entró en el cuarto de baño amarillo y entornó la puerta con el pie. Apenas había comenzado cuando sintió a Quico detrás que pugnaba por asomarse:
        - ¡Quita! -le dijo.

        Pero el niño insistía en meter la cabeza y Papá culeaba de un lado a otro para impedirlo. Quico se agarraba a la trasera de sus pantalones y decía:
        - ¿Tienes pito, papá?
        - Vamos, ¿quieres marchar de ahí? -voceó Papá.

        Pero Quico porfiaba en su inspección y los movimientos de cintura de Papá eran cada vez más rápidos y dislocados a fin de impedir el acceso del pequeño y su voz, en un principio reservadamente autoritaria, era ahora dura y contundente como la de un general:
        - ¡Vamos, aparta! ¿No me oyes? ¡Lárgate!

        Quico, ante el fracaso de sus propósitos, intentó asomarse por entre las piernas de Papá y entonces Papá las cerró de las rodillas a los muslos y quedó en una actitud ridícula como de querer bailar el charlestón sin bailarlo, mientras chillaba: "¡Marcha!, ¿no me has oído?" y, al cabo, volvió a culear sin separar las piernas, cada vez más frenéticamente, porque Quico, ante el nuevo obstáculo, trataba ahora de quebrantar su resistencia atacando por los flancos. Finalmente pudo abotonarse y se volvió y le dijo a Quico:
        - Eso no se mira, ¿sabes?


Miguel Delibes
"El príncipe destronado"

 

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(B)









        A las doce de la noche, Alfanhuí y su maestro fueron despertados por un murmullo de hombres airados que venían en tropel la calle arriba. El jaleo se acercaba creciendo como una tormenta. Alfanhuí se asomó a la mirilla de la puerta y vio en la noche un grupo de hombres con garrotes, escopetas y antorchas, que gritaba: 
        - ¡Al brujo, al brujo...!

        Y decían un sinfín de malas palabras. Llegaron los hombres a la puerta y se pusieron a golpearla, aumentando sus voces y sus insultos.
        El maestro se fue hacia la entrada, en camisón y con la lámpara de aceite en la mano; abrió la puerta, se paró en el dintel y dijo serenamente:
        - ¿Qué queréis?

        Los hombres no contestaron y, acrecentando sus voces y sus insultos, lo derribaron al suelo y pasaron por encima de él pisoteándolo violentamente. Luego invadieron toda la casa y los iban rompiendo todo con los garrotes o con las culatas de las escopetas. Alfanhuí se quedó mirando todo aquello con tristeza, quieto junto a la pared, y los hombres pasaban a su lado sin hacerle caso. Cuando lo hubieron destrozado todo, salieron de nuevo a la calle y pareció que se alejaban.

        Alfanhuí se fue hacia el maestro que estaba tumbado en el suelo, sangrante y dolorido. Le llevó agua, y con paños le restañaba las heridas. El maestro se reanimó un poco.


Rafael Sánchez Ferlosio
"Alfanhuí"

        

 

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