LOMBARDIA,
EL PAPADO Y DESTINO DE ITALIA
Evidentemente no hay
generaci�n espont�nea en historia, como no hay personalidad aislada fuera de toda
contingencia. Carlos ha encontrado en su cuna el glorioso legado de su abuelo Carlos
Martel, el vencedor de Poitiers, y de su padre, Pepino el Breve, primer rey de su
dinast�a. Esto significa que exist�a ya un ej�rcito -herencia de los merovingios-, que
un jefe, Pepino, ya se hab�a impuesto y que se hab�a aprendido de nuevo a obedecer.
Pepino se hab�a hecho ungir, agregando a la autoridad de las armas, una consagraci�n dos
veces renovada; la segunda, al venir de las mismas manos del Papa, se�alar� el origen de
la uni�n con el papado, pero, al mismo tiempo, las dificultades del siglo IX.
"Patricio de los Romanos", el rey de los francos -Carlos-, sucesor de Pepino,
conquistador de Italia y de la German�a, emperador, volcar� los beneficios obtenidos con
las armas y la administraci�n en el fondo com�n de una sociedad de la cual el Papa fue,
al principio, un socio de menor rango, luego el igual y finalmente, el aspirante al mando
supremo y �nico.
En sus �ltimos a�os, Pepino hab�a llevado a cabo una pol�tica de paz con los lombardos
de Italia, y de expansi�n y consolidaci�n del reino con los aquitanos y sajones. Cuando
muere deja dos hijos: al mayor, Carlos, le conf�a la parte de su herencia donde se
encuentran las zonas m�s peligrosas, mientras que el m�s joven, Carlom�n, recibe zonas
pacificadas. Pero los dos hermanos no est�n de acuerdo. Desde el comienzo de esta
diarqu�a, Carlos debe combatir solo para hacer entrar raz�n a un rebelde se�or aquitano
y pronto Carlorn�n muere, dejando dos ni�os y la viuda. En lugar de actuar como un
leg�timo tutor de sus sobrinos, Carlos entra en posesi�n de la herencia de su hermano,
mientras se encuentra en dificultades con el rey de los lombardos, por haber repudiado a
su esposa, hija de este �ltimo. Carlos hered� del padre una visi�n muy clara de la
pol�tica italiana. En efecto, Pepino el Breve -alcanzada ya la unidad de la Galia y
decidido a imponer su ascendiente sobre la German�a-, manten�a una amistad cordial con
el reino lombardo que, a su vez, tambi�n buscaba la uni�n de Italia. Esta unidad estaba
en v�as de concretarse despu�s que los bizantinos del exarcado de Ravena fueron
arrojados a la extremidad sur de la pen�nsula. Pepino, por otra parte, estaba
comprometido con el Papa debido a la consagraci�n que �ste le hab�a otorgado con el fin
de consolidar el golpe de estado perpetrado contra la leg�tima dinast�a merovingia;
golpe de estado que, en �ltima instancia, fue s�lo una reorganizaci�n legal de una
situaci�n de hecho, de cualquier modo, contraria a la legislaci�n franca.
De ah� que la Santa Sede no tardara en reclamar de su protecci�n un gran servicio
resuelta a impedir a los lombardos la toma de Roma y la realizaci�n -por parte del rey de
Pav�a- de la unidad italiana.
Roma era por derecho dominio de Bizancio, pero esta �ltima hab�a consentido que el
papado estableciera de hecho su autoridad en la ciudad. La amenaza lombarda provoca el
encuentro de Pepino y el Papa Esteban II, encuentro que ser� seguido de una renovaci�n
de la consagraci�n del rey franco y sus dos hijos, Carlos y Carlom�n. A cambio de esto,
Esteban II, apoy�ndose en una supuesta donaci�n de Constantino, pide a los francos que
le reconozcan la posesi�n de Roma y del Exarcado, encarg�ndoles que expulsen a los
lombardos de esos territorios. Es la famosa "donaci�n de Pepino", pero -m�s
a�n- es el destino impuesto a Italia; la unidad de su reino en la v�spera de su
constituci�n, no llegar� a realizarse.
Carlomagno, influido por su madre, hab�a contra�do un matrimonio lombardo, pese a las
protestas del Papa; no tardar� en repudiar a su esposa, hija del rey Desiderio. �ste
responde invadiendo los Estados de la Iglesia. De inmediato Carlos pasa los Alpes, obliga
a Desiderio a capitular frente a Pav�a y sin dilaci�n coloca la corona de hierro
lombarda sobre su cabeza. Ser� desde entonces una doble monarqu�a, que preserva la
entidad nacional pero que, tanto en Italia como en Galia reservar� todos los puestos de
comando a los francos. �Ha ganado algo el Papa con la destrucci�n del reino lombardo?
�No ha perdido m�s bien su independencia? Si Carlos muestra deferencias respecto del
jefe de la Iglesia, �l es y continuar� siendo el que manda, sordo a las reivindicaciones
territoriales del pont�fice. Pol�tico dotado de autocontrol, Carlomagno no abusar� de
esta situaci�n, pero es evidente que se siente ahora, en Letr�n, como en su propia casa.
Llegara un d�a en que el di�logo entre los dos poderes sufrir� un cambio, cuando a los
carolingios sucedan los C�sares sajones o suevos. Y tendr� lugar el terrible conflicto
entre el poder espiritual y el temporal que desgarrar�, en dram�tica confusi�n y
durante generaciones, a Italia, al Occidente y a la conciencia cristiana. �Por qu�
Carlos, siendo rey lombardo no ha realizado la unidad de Italia? Su pol�tica est�
dominada por el sentido de la oportunidad y el temor de sobrepasar los l�mites; se
detiene siempre que llega a ellos: no quiere entrar en conflicto con los bizantinos. Sus
relaciones con la corte de Constantinopla no son excelentes y ser�n francamente p�simas
luego de la coronaci�n imperial de la Navidad del 800. Pero frente a ese ej�rcito en
decadencia, a esa corte impotente que contempla de lejos la p�rdida de sus provincias,
Carlomagno congerva alg�n respeto todav�a por ese viejo Imperio de prestigio siempre
inmenso, por la nueva Roma protegida por el nombre del gran Constantino que mantiene el
esp�ritu de la concepci�n teodosiana del mundo y que es gobernado fraternalmente -de
Italia al B�sforo- por los dos emperadores designados por Dios. Siempre realista,
positivo, prudente, Carlos rechaza la aventura frente al peligro del deslumbramiento
oriental; desea conservar horizontes familiares.
Italia pagar� cara esta prudencia: el acto del a�o 774 que convierte en Estado
pontificio el territorio de Roma a Ravena, separa a la pen�nsula y transforma la
unificaci�n italiana en una interdicci�n moral. Adem�s, al aceptar para Venecia y la
regi�n napolitana una jurisdicci�n extranjera y el permiso de permanecer en la �rbita
de Bizancio, Carlomagno lanza a ambas a un particular destino. De all� nace el
regionalismo italiano -y por once siglos- la suerte de Italia est� echada.
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