EL HOMBRE, EL PRINCIPE
Los contempor�neos de Carlomagno, al crear la leyenda,
tuvieron plena conciencia de los m�ritos excepcionales del hombre extraordinario que
hab�a dirigido sus destinos. Si su gloria la debe a la leyenda, la verdad hist�rica
tambi�n ha hecho su parte. Despu�s d� todo lo que se ha dicho, tenemos el derecho de
preguntamos c�mo hallaremos, a trav�s de esa leyenda o fuera de ella, el medio de
conocer al personaje aut�ntico y su verdadera actividad y jerarqu�a. Hemos encontrado
documentos en n�mero y calidad tales como para permitir a nuestra cr�tica -aguda y
prudente- penetrar en el verdadero Carlos, en su Corte, en sus acciones y en la influencia
que ejerci�. Nuestras fuentes proceden ante todo de la "Vita Caroli" (Vida de
Carlos) de Eginardo, educado en la corte de Carlomagno e importante personaje bajo el
reinado de Ludovico el P�o, o el Bueno; por lo tanto, en inmejorables condiciones para
disponer de una notable, informaci�n sobre la vida del emperador. Y tambi�n de los
"Anales Reales", texto historiogr�fico oficial debido a los cl�rigos de la
Capilla Palatina, conciso, suficientemente exacto, pero que calla la verdad cuando �sta
es desagradable.
Carlos naci� seguramente en el a�o 742, antes del matrimonio de Pepino y de la reina
Bertrada, la Berta de los grandes pies de las canciones de gesta, perteneciente tambi�n a
la familia merovingia. Eginardo nos dice: "de su nacimiento, de sus primeros a�os, y
aun de su infancia, ser�a absurdo que yo quisiera hablar porque ning�n autor lo trata y
no se encuentra hoy a nadie que se diga informado de este per�odo de su vida". De
talla imponente, ancho el rostro, la nuca redonda, el vientre prominente, los ojos vivaces
y un temperamento jovial, alto el timbre de voz, aparec�a locuaz, h�bil en el hablar,
deseoso de hacerse o�r y a veces incansable, gustaba vivir en compa��a. Optimista y
emprendedor, estimulaba a quienes lo rodeaban en las empresas comunes.
Robusto y fuerte, manten�a su vigor gracias a la pr�ctica continua de los ejercicios
f�sicos. Le gustaba la nataci�n, en la que sobresal�a; se dedicaba a la equitaci�n,
pero su gran pasi�n era la caza: seguir la presa, en cuanto ten�a tiempo disponible, en
las Ardenas, los Vosgos, la Baviera o el B�hmerwald; con este fin los bosques reales eran
inmensos y estaban sujetos a un r�gimen de control y vigilancia muy severos. Su vivacidad
es el signo evidente de su excelente salud, y testimonio de su desenvoltura, la rapidez y
la multiplicidad de sus traslados: por agua, por rutas dif�ciles o simples sendas, va de
Colonia -en el centro de Sajonia- a trav�s del Mosela y del Rin, de Thionville a Nimega;
corre de Worms a Salzburgo, de Maguncia y Aquisgr�n a Ravena y a Roma, a trav�s de los
desfiladeros de los Alpes y hacia la Italia del sur. La primavera lo ve partir para la
guerra y los viajes lejanos. Durante el invierno -de Navidad a Pascua y en sus palacios o
en sus residencias campestres- trabaja, administra justicia, da audiencia, conversa con
los amigos, asiste cada d�a a misa; finalmente muestra; gran apetito, pero no se excede
en el beber. En el vestir es simple, como fue costumbre entre los francos, salvo en los
casos de audiencia y de fiestas, en que la conveniencia lo muestra en todo el esplendor de
su poder y magnificencia.
Esta era, seg�n la tradici�n franca, la vida de un jefe de clan; parientes y dom�sticos
formaban su familia. Habiendo contra�do matrimonio, sancionado por la Iglesia, pensaba
-seg�n la antigua ley germ�nica- que deb�a gobernar su casa como mejor le pareciese:
era algo privado sobre lo cual la Iglesia no pod�a pronunciarse. Al lado del matrimonio
cristiano, exist�a el matrimonio germ�nico, mucho menos convencional y los hijos nacidos
de �l, ten�an los mismos derechos que aquellos nacidos del matrimonio religioso.
De su primer enlace con Imiltrude, tuvo un hijo que llam� Pepino. Por motivos pol�ticos
y para reconciliarse con los lombardos, repudi� a Imiltrude para desposar a la hija del
rey Desiderio, repudiada a su vez cuando una nueva situaci�n pol�tica as� se lo
exigi�. Despos� entonces a Ildegarda, de una noble familia de Suabia, de la cual tuvo
numerosos hijos; a la muerte de �sta contrajo otro enlace con Falstrada y, luego de su
muerte, con Liutgarda. Durante estos matrimonios, se suced�an amantes y concubinas, cuyos
hijos eran considerados de noble cuna.- El emperador gustaba sentirse el patriarca de una
gran familia. La administraci�n y todos los problemas pol�ticos eran mantenidos fuera de
la vida familiar. Volcaba su afecto sobre los lujos y los nietos, vigilaba de cerca su
educaci�n y no quer�a separarse de ellos; "diciendo que no pod�a prescindir de su
compa��a", cerraba los ojos sobre sus amores clandestinos.
Es necesario hacer notar que durante su reinado Carlomagno no depuso casi nunca las armas.
En cuarenta y siete a�os, se cuentan no menos de cuarenta y tres expediciones militares,
conducidas por el emperador en persona o por sus lugartenientes; sin embargo, ser�a
err�neo pensar que en �l predomina el hombre de armas. Sabemos poco de su propia
instrucci�n: evidentemente fue descuidada, pero �l tuvo perfecta conciencia de lo que
necesitaba para cubrir esas lagunas y se aplic� tesoneramente a ello. "Su lengua
nacional (el franco es dialecto germ�nico) no le bastaba", nos dice Eginardo,
"y se aplic� al estudio de las lenguas extranjeras y aprendi� tan bien el lat�n
que se expresaba indiferentemente en esta lengua o en su lengua materna. No era lo mismo
con el griego, que comprend�a mejor de lo que lo hablaba." �vido de vida f�sica e
intelectual, declaraba "que se debe dar gracias a Dios con el coraz�n y con la boca,
y realizar sin descanso obras buenas". Pensaba que era cristiano en todo el sentido
de la palabra, pero a semejanza de su clero, en realidad lo era con las limitaciones de la
piedad popular de los francos. Veneraba el culto de las reliquias -que coleccionaba en su
tesoro- y desconfiaba del culto de los santos recientes e inciertos, mientras que le
complac�a la peregrinaci�n hacia los sepulcros de los grandes. Sus expediciones a Roma
fueron tambi�n peregrinaci�n: se comprometi� con Adriano I y Le�n III a un pacto
religioso -especie de adopci�n espiritual de parte del sucesor de Pedro- que era al mismo
tiempo un modo de entrar en la "familia" del santo. Frecuentaba la iglesia
varias veces al d�a y pon�a atenci�n en las ceremonias; respetaba el lugar.
Hac�a donaciones a las iglesias, socorr�a a los cristianos necesitados, incluso a los
que se encontraban fuera de las fronteras de su imperio; enviaba dinero a Roma. Sin
pretender llegar a las altas cimas de una experiencia espiritual, se preocupaba por
preparar la salvaci�n de su alma en la misma forma que organizaba su reino, y si la
amenaza de una posible adversidad para el imperio pod�a leerse en las estrellas, m�s
claramente que en otra parte, esperaba que se observara el misterio de las estrellas con
la mayor atenci�n.
Junto con su inter�s por la astronom�a, estudiaba con mucha aplicaci�n las Escrituras,
pidiendo a los eruditos la explicaci�n de los textos de los Padres, pasajes de los
Evangelios y de las Ep�stolas. Supo rodearse de hombres de ciencia dotados de d�ctil
inteligencia, de esp�ritu investigador y de una extraordinaria actividad, como Alcuino
-del cual aprendi� ese celo excepcional y esa perseverancia en instru�rse que hac�an
que utilizara todo momento de reposo y de insomnio para el estudio y se dedicara durante
las comidas a escuchar la lectura de libros, en particular La Ciudad de Dios y otras obras
de San Agust�n.
Personaje equilibrado, due�o de su persona, capaz de atraerse a parientes y amigos, de
esp�ritu curioso y delicado, acogedor, pose�do de su misi�n de pr�ncipe, juez y
responsable, dedicado, seg�n su concepci�n del poder, a llevar adelante su plan de
gobierno.
Heredero leg�timo de los merovingios, es el jefe absoluto del reino de los francos y
nadie tiene derecho "a oponerse a su voluntad y a sus �rdenes". Pretende
-siguiendo el ejemplo de los merovingios- que sus s�bditos se unan a �l con un juramento
de fidelidad. Es el legislador y el juez supremo, decide sobre la paz y la guerra, manda
el ej�rcito, nombra -y depone a los funcionarios.
Transformado en rey con el santo �leo conferido por Esteban II en la Abad�a de San
Dionisio, es el ungido del Se�or.
Su soberan�a est� as� consagrada, su poder viene de Dios y �l es realmente "rey
de los francos por la gracia de Dios". Uno de sus contempor�neos, Smaragdo, no duda
en decir: "Cuando Dios esparci� sobre su cabeza el �leo santo, lo hizo rey del
pueblo de la tierra y el heredero de su hijo en el cielo." No se trataba a los ojos
de Carlomagno de una simple teor�a; su piedad es profunda y declara al papa Le�n III que
su misi�n es fortalecer a la Iglesia con el conocimiento de la fe cat�lica. En esa
�poca, exaltar y defender la Iglesia no significa solamente glorificarla y protegerla
contra los inspiradores de doctrinas imp�as, con medidas legislativas o administrativas:
es m�s bien "defenderla con las armas contra las incursiones de los paganos y la
devastaci�n de los infieles" y esperar, con la ayuda de Dios, que "el pueblo
cristiano lleve a todas partes la victoria sobre los enemigos de su santo nombre y el
nombre de Nuestro Se�or Jesucristo sea glorificado en el mundo entero", como lo
afirma expresamente Carlomagno en una carta a Alcuino. En otros t�rminos, es hacer la
guerra para proteger la cristiandad y extender, si es posible, el propio dominio. En
efecto, las empresas militares cuyo car�cter religioso parece indiscutible -como las
dirigidas contra los sajones y los �varos- fueron promovidas tambi�n para garantizar la
seguridad del reino contra las naciones lim�trofes establecidas en fronteras mal
definidas.
Por otra parte, la literatura pontificio interven�a para incitarlos a la conquista. Pablo
I, como Esteban II no titubearon en augurarles que "el �ngel del poder guerrero
prosternar�a a todos los adversarios a sus pies", y que Dios les conceder�a el
triunfo sobre todas las naciones".
Carlomagno, para quien la fidelidad al Estado franco se confund�a con la fidelidad a
Dios, puso en esta causa -conforme a su concepci�n del poder- una energ�a y un vigor
quiz�s excesivos. No fue su habitual dulzura, sino la fe religiosa reforzada con una
l�gica implacable, la que lo llev� a proceder sin piedad. De nada valieron, en esta
situaci�n, los consejos de moderaci�n, no s�lo del Papa, sino de sus mejores amigos,
como Alcuino. De la guerra que quiere defender la religi�n a aquella que quiere
imponerla, no hay m�s que un paso.
Al igual que Paulino de Aquilea, Carlomagno ve en los vencidos a los hombres que,
regenerados "con el agua del bautismo, entrar�n en el seno de nuestra Madre Iglesia.
Creyendo castigar, con las leyes divinas y humanas, las continuas infracciones a los
mandatos de la fe, llega a cometer, bajo una apariencia legal, actos de fr�a crueldad.
Sus guerras, fragmentos de una gigantesca epopeya, asumen bajo algunos aspectos car�cter
de cruzada. Carlos aparece rodeado de oficiales y soldados e incluso de obispos,
sacerdotes y monjes. En la v�spera de los ataques o de las invasiones se celebran misas,
letan�as, salmos, ayunos y plegarias, y se hacen traer -por ejemplo en el a�o 791 contra
los �varos- las santas reliquias para obtener "la salvaci�n del ej�rcito, la ayuda
de Nuestro Se�or Jesucristo y la victoria"; tal es su orden.
Por lo tanto, es l�cito sonre�rse cuando los contempor�neos lo llaman p�o, dulce,
clemente y pac�fico, frente a esta guerra continua y terrible; pero su pueblo no se
enga�a: sabe que el fin de Carlomagno es establecer y mantener la paz, y alcanzar la
uni�n entre sus s�bditos.
En sus palabras, en sus escritos, Carlos repite continuamente que las viudas, los
hu�rfanos, los pobres, todos los que est�n bajo la protecci�n de Dios y su patronato,
deben tener la paz, la justa paz.
Soberano absoluto, conocedor de sus derechos y de sus deberes, su car�cter, su cultura,
lo elevado de sus miras, le confieren una personalidad de excepci�n. Su ubicaci�n en el
tiempo est� tan claramente delineada que no se exagera diciendo que con este pr�ncipe la
Edad Media se divide en dos per�odos: desde la ca�da del Imperio romano y su absorci�n
por el Imperio bizantino a la proclamaci�n del Imperio de Carlomagno, y de esta
proclamaci�n, hasta el Renacimiento del siglo XVI.
Antes y despu�s de su paso por el mundo, el Occidente Pol�tico, el concepto y el
ejercicio del gobierno y de la administraci�n, la econom�a, la Iglesia, el ej�rcito y
la guerra, la vida cultural: todo asume una nueva imagen.
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