Carlomagno

 

LA LEYENDA DURANTE LA VIDA DE CARLOMAGNO

A pesar de todo lo que se llegar� a saber de nuestro personaje, la leyenda naci� muy pronto; recogida y agrandada para ser difundida en la cristiandad, infundi� a los hombres de iglesia la idea de la santidad de Carlomagno. Se hizo de este pr�ncipe, un santo.

Hacia el fin del siglo IX, Rabano Mauro lo cita en su martirologio. En German�a se lo venera como el ap�stol de los sajones. En Aquisgr�n -donde hab�a sido sepultado- sus reliquias son ya, en el transcurso del siglo XI, objeto de culto y los peregrinos se llegan a orar delante de su imagen profusamente iluminada. Incluso mientras vivi�, los que lo rodeaban contribuyeron a la creaci�n de esta leyenda. Los cronistas narran sus victorias y le agregan datos fant�sticos. Los mismos "Anales Reales", en el relato de las guerras de Sajonia del 777, por ejemplo, al evocar la espantosa sequ�a que aflig�a a la regi�n, agregan: "pero para que el ej�rcito no fuese atormentado por la sed, sucedi�, sin duda por la voluntad de Dios, que un d�a, siendo las doce horas, una inmensa cantidad de agua surgi� del lecho de un torrente, al lado de una monta�a que limitaba con el campo y as� se pudo satisfacer las necesidades de todo el ej�rcito".

En todas partes sus campa�as son conducidas con "rapidez prodigiosa"; mientras el enemigo "se consume en esfuerzos vanos para realizar sus planes, Dios le infunde un terror p�nico y as�, de repente y temblando de miedo, emprende vergonzosamente la fuga". O se trata de la aparici�n en el cielo de dos j�venes vestidos de blanco o, de dos escudos de un rojo resplandeciente, que al surgir en el cielo, ponen en fuga al enemigo despavorido.

Qu� decir de los hombres de letras, como aquel desconocido poeta que algunos meses antes de la Navidad del 799 -el a�o en que el Papa coloc� sobre la cabeza del monarca la corona imperial- escrib�a: "Carlos, sabio, modesto, se�or del mundo, bienamado del pueblo, cumbre de Europa, h�roe, augusto p�o, est� trazando los muros de Roma." Palabras de un poeta quiz�s, como aquellas del l�rico Alcuino que lo parangonan al le�n, "rey de los animales", y que auguran, m�s adelante, la extensi�n de su dominio "a las plantas que nacen sobre la tierra y a los granos de arena que costean el litoral de los oc�anos". Y que muestra c�mo los astros, la tierra y el mar, los p�jaros y las bestias lo aclaman un�nimes, para parangonar, por �ltimo, "este pr�ncipe del que no se conoce igual desde el comienzo del mundo" con Juan Bautista, el Precusor "que bautiz� para redimir a todos del pecado".

Incluso el mismo Carlomagno no se cree obligado a ser modesto y en la Academia de la corte, elige el seud�nimo de David. La admiraci�n hacia �l luego de su muerte aumenta de siglo en siglo; la concepci�n dominante acerca de su persona, llega a formar, tanto en los historiadores como en la leyenda que ofrece numerosos relatos, la idea de un pr�ncipe bajo el cual un orden maravilloso ha reinado en el mundo.

El "Libro del monje de San Gallo" entre 883 y 887, el "Tratado sobre la organizaci�n del Palacio" escrito por Hinemar en 882, "La vida de Carlos" de Eginardo, compuesta hacia el 824 sobre el modelo de la "Vida de los doce C�sares" de Suetonio, para no citar sino los m�s conocidos, no pueden ser acusados -por su fecha de aparici�n- de adulaci�n. M�s a�n, la apolog�a que anima cada p�gina deriva seguramente del recuerdo, de la nostalgia de una �poca de gloria y de acci�n fecunda y de la preocupaci�n de instruir y educar a los d�biles pr�ncipes, que fueron sus sucesores. El monje de San Gallo es quien enriquece nuestras nociones corrientes y escolares con casi todas las an�cdotas c�lebres de Carlomagno: el emperador y los escolares, la lucha de Pepino el Breve y el le�n, las l�grimas de Carlomagno ante los primeros barcos normandos, la conversaci�n entre Ogiero y Desiderio sobre los muros de Pav�a y la aparici�n del emperador de hierro. En el siglo X, la iglesia es la instituci�n que recoge el mayor beneficio de esta leyenda. El pa�s, devastado por las guerras civiles y las invasiones extranjeras, reconquista poco a poco, bajo el prudente gobierno de los reyes Capetos la calma y una cierta seguridad.

Las iglesias y las abad�as se recobran y adquieren gran esplendor. Los caminos se cubren de un tr�nsito siempre creciente de mercaderes y peregrinos, que se dirigen hacia los pasos de los Alpes o de los Pirineos o hacia los puertos italianos para embarcarse hacia Tierra Santa; unos para ejercer su comercio, otros para entregarse a la oraci�n en los famosos santuarios de Roma, de Jerusal�n, de Santiago de Compostela.

Iglesias y abad�as son etapas habituales, donde los viajeros encuentran alojamiento para reposar y asilo para ser curados en caso de enfermedad. Es entonces cuando cl�rigos y monjes demuestran mayor inter�s en atraer y retener lo m�s posible a esa clientela. Y ya que los lugares santos, las ferias y los mercados coinciden en el mismo lugar, no es cuesti�n de descuidar la oferta de importantes reliquias -contenidas en preciosas urnas- que ser�n veneradas por los fieles. �Qu� provecho presentaba bajo este aspecto la vida legendaria de Carlomagno! Su nombre continuaba presente en la fantas�a de los cl�rigos, convencidos de los m�ritos del emperador. Abundaba en las bibliotecas de las iglesias y abad�as, toda una literatura cuyo contenido estaba constituido sobre todo por las empresas de Carlos, por las leyendas de Guillermo de Orange o de Rolando; Carlomagno con sus expediciones a Espa�a e Italia se transforma en el patrono -y osemos decirlo-, en el agente publicitario del peregrinaje a Roma, a Santiago de Compostela, a�n a Jerusal�n,
�acaso no se ha dedicado constantemente a perseguir a los infieles en el mundo entero hasta llegar a Constantinopla?...

Adem�s, monjes y cl�rigos no han perdido el recuerdo de los beneficios acordados a unos y otros por Carlomagno cuando �ste a�n viv�a: conviene sacar partido de su gloria creciente y hacer de �l un escudo, un estandarte contra los cambios pol�ticos y las posibles expoliaciones. El nombre de Carlomagno se transforma cada vez m�s en el s�mbolo del poder civil y militar puesto al servicio de la religi�n y recompensada ya en este mundo con una protecci�n manifiesta y con el constante �xito de las empresas m�s osadas. Se saca provecho de las ventajas que pueden derivarse de la atenci�n, de la protecci�n que el gran emperador habr�a prestado a tal fundaci�n mon�stica, can�nica, o incluso civil. De este modo una literatura con intenciones claramente pr�cticas preside, acompa�a y a menudo inspira la literatura po�tica; se intenta inculcar la convicci�n de que el fundador del Imperio de Occidente ha deseado la construcci�n de tal ciudad, de tal iglesia, de tal abad�a y los privilegios exorbitantes y las exenciones se multiplican en todas partes.

El n�mero de estas ingenuas creencias y piadosas supercher�as es enorme. Ser�a dif�cil agotar la lista completa de las localidades que reivindican a Carlomagno. Son, por un lado, las reliquias personales -Carlomagno no tiene ya nada que envidiar a los santos m�s c�lebres-, los tesoros de la Catedral de Aquisgr�n con el "olifante de Carlomagno" la cimitarra persa ofrecida al Emperador por Harun al Rashid, el tesoro de Corbie, de San Sernin de Tolosa, de Santa Cruz de Poitiers, de San Medarno de Sajonia, de la abad�a de San Dionisio en Francia con su propio cetro, de San Pedro en Roma, para mencionar s�lo a las m�s c�lebres y conocidas. Sin contar las copas de metal diverso, los vasos y los poseedores de la corona, el cetro, las espuelas, los guantes, la capa, la dalm�tica, las espadas... En el siglo XII, el platero que adorn� y cincel� la caja que contendr�a los huesos del santo emperador luego de la exhumaci�n ordenada por Federico Barbarroja (1166), no dud� en agregar escenas de car�cter legendario y en particular, la historia de la expedici�n de Carlomagno a Tierra Santa. A pesar de todas las razones que podr�an haber hecho dudosa esta leyenda, fue admitida sin discusiones por todos aquellos que la escucharon; de ella qued� el relato escrito por el monje Jocundo, que no dejaba de afirmar devotamente: "El p�o Carlos no tem�a morir por la patria, por la Iglesia; recorri� as� el mundo entero; a aquellos que ve�a rebelarse contra Dios los combat�a y a aquellos que no pudo someter a Cristo con la palabra, los someti� con el hierro." Esto contribuy� mucho a difundir en la Iglesia la idea de la Santidad de Carlomagno. Muy pronto, la cr�nica del seudo Turpino confiere al emperador el car�cter de ap�stol guerrero -ya Jocundo lo hab�a puesto de manifiesto un siglo antes- que fue f�cilmente aceptado por los laicos, habituados por las canciones de gesta a admirar la piedad de Carlomagno y a creer en los milagros divinos hechos por su intermedio. De este modo se gest� se acept� su imagen como plena de santidad. Y muchos debieron considerar realmente, que esa santidad ten�a la misma intensidad que se atribu�a a los santos.

Ning�n esc�ndalo, ninguna sorpresa trajo pues la ceremonia de Aquisgr�n del 28 de diciembre de 1164. Un contempor�neo, Agolardo, arzobispo de Lyon, no vacila ennumerarlo en su epitafio entre los santos, ni Rabano Mauro citarlo en su martirologio. Cuando por orden de Ot�n III, en el a�o 1000 se busc� y se descubri� su tumba, fueron se�alados en el lugar, numerosos milagros. Con Federico Barbarroja -en 1166- nueva apertura de su tumba en Aquisgr�n, traslado de las reliquias y de todos los elementos de veneraci�n p�blica; es cierto que estamos frente al acto de un antipapa, ya que todav�a un cierto n�mero de iglesias en Germania -como en Francia y en Espa�a adopta este culto y llega a celebrar una misa y un oficio en honor de Carlomagno. Su nombre es citado en varios martirologios. Delante de Carlos VII de Francia, en Chinon, Juana de Arco mencionar� a San Carlomagno coloc�ndolo junto a San Luis.

Incluso la Sorbona, con intervalos, lo declara su patrono. Benedicto XIV, en el a�o1767, dec�a que se pod�a continuar dando a Carlomagno el t�tulo de beato; Papas, concilios, iglesias, proponen lo mismo con argumentos favorables. A pesar de la opini�n de ciertos historiadores de la Sorbona -y de Mabill�n- los bolandistas encontraron en la vida del emperador algunas manchas -sobre todo en lo que concern�a a su conducta respecto a los sajones y sus costumbres- que dificultaron su consideraci�n como santo. Pero merced a una buena literatura, la buena fe del pueblo -sobre todo a partir del, siglo XII-, no se ver� turbada; por otra parte, en los conocidos poemas �picos en lengua vulgar, en las canciones de gesta del "cielo de Carlomagno" -entre ellas la m�s c�lebre es la de Rolando, pero existen alrededor de treinta-, el Carlomagno del que se habla como de un santo es, seg�n el car�cter irreverente del franc�s, un, emperador de car�cter jovial que tiene un fondo de verdad hist�rica. Entre los alemanes, por el contrario, la leyenda conservar� el car�cter de una devota conexi�n. Ot�n III y Federico Barbarroja, se presentan como sus continuadores.

Sin desear proseguir con detalles menores la historia de la leyenda de Carlomagno hasta nuestros d�as, recordaremos con simples menciones "Los reales de Francia", "El Orlando enamorado" de Boyardo, "El Orlando furioso" de Ariosto, para Italia; el modelo que Napole�n pretend�a ver en Carlomagno, para Francia; las obras de erudici�n como la "Monumenta Germaniae" del siglo XIX, para Alemania, que acaparaba para s� la epopeya carolingia, como algo exclusivamente aut�ctono. Sin querer exagerar la perduraci�n del influjo ejercido por Carlomagno sobre el esp�ritu de los soberanos o de los jefes de los Estados modernos, es necesario reconocer que en los pa�ses sometidos a su autoridad: Francia, Alemania, Italia, B�lgica, su memoria subsiste, en los cuentos populares, en la tradici�n o en las obras de arte. El haber logrado -en vida- entrar en la leyenda y, m�s tarde, servir de modelo hasta los tiempos modernos, a emperadores, jefes de Estado, fil�sofos, es elemento suficiente, para valorar desde ya la verdadera dimensi�n de tal personaje.

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