Entrega especial

Capítulo 7

Mark regresó a la habitación. Diana estaba acostada boca abajo en la cama mirando la televisión. Le entregó un refresco y un paquete de galletas. Luego se sentó en el sillón y se quitó los zapatos y las medias. Los colocó a un lado del sillón. Diana notó que Mark no había comprado nada para él.

“¿Tu no vas a comer nada?” Preguntó ella.

“En realidad no tengo hambre...” Le respondió él. Ambos se quedaron en silencio por un momento mirando la tele. Entonces de la nada Mark dijo “Sabes, deberíamos hacer una tregua...” Diana volteó a mirarlo

“¿Qué dices?”

“Que deberíamos hacer una tregua... claro, eso si tu quieres...” Dijo él.

“Tienes razón,” Dijo ella. “Hemos malgastado tiempo y energías en pelearnos sin razón todo el día en lugar de darnos la oportunidad de conocernos.”

“Es cierto, aún estamos a tiempo de empezar de nuevo... Tal vez no resultes ser tan antipática como aparentas ser...” Dijo él y ella se puso seria. Mark sonrió y dijo “Es broma ¿hacemos una tregua?” Le extendió la mano. Diana la estrechó y respondió “Tregua... y yo también espero que no resultes ser tan tonto como aparentas...”

“Es una broma ¿cierto?” Dijo él sonriendo.

“No” Contestó Diana con cara seria.

“Está bien” Dijo él y regresó al sillón. Se quedaron callados por un par de minutos.

“Supongo que Kian te contó sobre mí...” Diana rompió el silencio.

“Si... pero me gustaría conocer tu versión de los hechos” Dijo él.

“Yo no lo hice” Dijo ella y Mark sonrió levemente.” Ya sé lo que debes estar pensando... y no te culpo si no me crees, pero esa es la verdad”

“No es eso...” Dijo él. “Hasta ahora no hay nada que me asegure que tú seas culpable, pero tampoco hay nada que me asegure lo contrario”

“Te entiendo...” Dijo ella en tono triste. Se sentó en la cama, tomó una almohada y la abrazó.

“Es decir, por ahora sólo Dios y tú saben exactamente lo que pasó esa noche.” Añadió él. Diana sonrió.

“Pues yo estoy segura de que las manos de mi padre están detrás de todo esto” Dijo.

“¿A qué te refieres?” Preguntó Mark.

“Te diré algo. Mi vida ha sido como una especie de cuento de la era victoriana. Soy hija única y mi padre es excesivamente controlador y posesivo en lo que a mi se refiere. Ya sabes, quería decirme que hacer con mi vida, cómo pensar... incluso con qué hombre casarme... En resumen, quería obligarme a hacer su voluntad, lo que él quisiera con mi vida.” Dijo ella. “Por eso me fui de la casa.”

“Ya veo, eres una rebelde sin causa” Dijo Mark.

“No, no soy una rebelde sin causa. Soy muy independiente y amo mi libertad. Y por cosas de la vida heredé el carácter de mi padre, y soy tan o más obstinada que él. Por ningún motivo iba a dejar que me controlara de esa forma. Me sentía como un ave enjaulado, era infeliz viviendo de esa manera cuando lo que quiero es ser yo misma, tener mi propia opinión, vivir mi vida.”

“¿Y qué hay de tu mamá? ¿No te apoyaba en tus decisiones?”

“No, mi madre es un títere más de mi papá... Entonces cuando no podía aguantar más me escapé. Siempre supe que papá estaría dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de lograr sus objetivos, pero en realidad me di cuenta de ello cuando pasó lo que pasó en Asunción.”

“¿Y quién era el chico que murió?”

“No lo sé, jamás lo había visto en mi vida... En verdad yo sería incapaz de hacerle daño a alguien y te juro que nunca he consumido drogas. Estoy segura todo esto es obra de papá para hacerme volver con él... Además ¿por qué crees que los contrató a ustedes y no dejó que la policía tomara cartas en el asunto?”

“Esa misma pregunta se la hice a Kian hoy en la mañana...”

“Te das cuenta” Dijo Diana. “Y de verdad no quiero regresar... desde lo más profundo de mi corazón desearía no volver a verlo nunca más...” Un par de lágrimas comenzaron a asomarse por sus ojos. Dejó escapar un suspiro y trató de cambiar el tema. No deseaba llorar y mucho menos delante de Mark. “¿Y qué hay de ti, Mark?” Mark la miraba fijamente. “ Toda la conversación ha sido sobre mí, pero no me has contado nada sobre ti...” Dijo y ambos sonrieron.

“¿Qué quieres saber de mí?” Preguntó él.

“No lo sé... ¿qué edad tienes?” Preguntó ella.

“Veintidós...” Diana se sorprendió. “Pues eres bastante joven para este trabajo, ¿no crees?” Mark asentó con la cabeza.

“Y ahora te pregunto a ti ¿cómo fue que acabaste en este lío siendo tan joven?” Mark miró al suelo y sonrió.

“Pues comencé cuando tenía 19 y ya ni me acuerdo por qué lo hice...” Dijo él, pero mentía. Mark sabía exactamente las razones por las cuales había decidido convertirse en caza recompensas, pero algo en su interior no le permitía hablar de ello. Muchos recuerdos dolorosos estaban de por medio y a pesar del tiempo ciertas heridas jamás sanarían. Mark era extremadamente reservado en lo que a sus sentimientos se refería y sólo las personas más cercanas a él lo conocían realmente. Diana... Diana era sólo una chica a la que había conocido hacía unas horas antes...

“¿Mark?” Dijo Diana “¿Mark? Te quedaste callado...”

“Discúlpame, por favor...” Dijo Mark.

“No te preocupes,” Dijo ella. “Ya veo que no tienes ganas de hablar.”

“No es eso... es que yo...”

“No importa, yo te entiendo” Dijo ella algo decepcionada.

Se quedaron en silencio una vez más. Mark se levantó y fue hasta donde estaba su bolso. Mientras buscaba unas cosas allí, Diana dijo de la nada

“Mark, ¿tienes novia?” De verdad estaba intrigada. No pudo evitar hacer esa pregunta. De hecho, la idea le había estado dando vueltas en la cabeza desde temprano. Mark levantó la cabeza y la miró.

“No” Le respondió.

Diana sonrió ante su respuesta. Se sintió un poco más aliviada. Aunque estaba consciente que las posibilidades de que sucediera algo entre ambos eran prácticamente inexistentes, le agradaba el hecho de que Mark estuviera disponible.

“O sea que eres como los marineros, tienes un amor en cada puerto...” Mark sonrió ante las ocurrencias de Diana

“Podría ser...” Le dijo.

“¿Alguna vez te has enamorado?” Insistió ella.

“Si, una vez... pero en verdad no quisiera hablar de eso en este momento.”

“Está bien” Dijo ella. Se acomodó en la cama y él volvió a lo suyo.

Mark sacó una toalla de su maletín junto a un par de bóxers limpios y se dirigió al baño. Cerró la puerta detrás de él y se quitó la camisa. La lanzó al suelo y se recostó del lavamanos, mirándose al espejo. Toda esa conversación le había hecho recordar.

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