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Capítulo 9

Kian volteó a ver quien lo estaba llamando y se encontró con una sorpresa. La joven que había entrevistado temprano esa mañana venía directamente hacia él.

“Necesito hablar con usted, señor Egan.”

“¿Necesita hablar conmigo?” Kian preguntó dándole la cara. “¿Qué razón tendría para hablar conmigo?”

“La entrevista.”

“¿La entrevista?” Kian se mofó y Mariel se detuvo frente a él. “Todo lo que había por decir fue dicho en su momento, señorita Goldbarg.” Kian bufó, se dio la vuelta y siguió su camino. El sonido de los tacones chocando contra el pavimento hacía eco mientras ella se apuraba para seguirlo. Aquella mujer era implacable. “¿Por qué me está siguiendo?”

“Lo seguiré hasta que me escuche.” Mariel anunció sin aminorar el paso.

“Ya tomé una decisión y no pienso cambiar de parecer. Está perdiendo su tiempo.”

“Su evaluación no fue justa. Ese empleo me pertenece, señor Egan, y usted lo sabe.”

Kian se paró en seco y se volteo a mirarla. Era una mujer persistente pero su decisión era definitiva. “¿Que el empleo le pertenece?” Kian gruñó, dando un paso hacia ella. “Ese cargo está proyectado para alguien que muestre una promesa excepcional. Promesa que no vi en su trabajo.”

“¡Mentira!” Mariel replicó, acortando la distancia entre ambos. “En verdad lamento haberlo insultado, señor Egan, pero su crítica de mi trabajo no tiene base. Soy una excelente diseñadora y no pienso permitirle, ni a usted ni a nadie, que me diga lo contrario. Yo merezco ese puesto.”

Kian casi sonrió cuando ella levantó la cara para verlo directamente a los ojos. La determinación de aquella mujer de no recibir un no por respuesta y quedarse con la pasantía era admirable. Hacía mucho que no veía esa pasión en alguien, pero el hecho era que, aunque su trabajo era bueno, tampoco era el mejor que había visto.

“Mire, me halaga que esté realmente dispuesta a convertirse en mi aprendiz, señorita Goldbarg, pero la decisión ya está tomada. Ahora, si me disculpa.” Kian dio la vuelta y se dirigió hacia el auto deportivo color negro que se encontraba estacionado del otro lado de la calle.

***

Sin poder hacer nada, Mariel vio como Kian se dirigía hacia el carro estacionado del otro lado de la calle. Las cosas no estaban saliendo como las había planeado. El señor Egan era la persona más testaruda que había conocido, pero ella podía llegar a ser igual o peor de obstinada. Se había equivocado al decir que su trabajo no mostraba promesa. Y se había equivocado al decir que ese cargo no era para ella. Simplemente no podía permitir que las cosas terminaran de ese modo. Entonces se dirigió hacia él. Dio un paso y de repente se encontró cayendo de boca. Ni siquiera tuvo tiempo de pestañear. En cuestión de segundos todo había terminado.

“¡Maldición!” Mariel gruñó, sobándose la cabeza mientras intentaba levantarse. En un momento estaba persiguiendo al señor Egan y de repente se encontraba tendida boca abajo sobre la acera.

“¿Está bien, señorita Goldbarg?” Pudo escuchar esa voz familiar junto a ella. Mariel levantó la mirada para encontrarse a Kian a su lado, con una mezcla de sorpresa y preocupación en su expresión.

“Sí, eso creo.” Respondió Mariel, sentándose y sacudiéndose la falda.

“¿Qué diablos sucedió?” Kian preguntó, agachándose a su lado.

“No lo sé. En un minuto lo estoy persiguiendo y en el siguiente estoy besando el pavimento.” Mariel respondió mientras que él hacía a un lado su mano para revisar su cabeza en busca de alguna lesión.

“Pues al parecer no se golpeó la cabeza, sin embargo…” Suspiró Kian mirando la herida en la rodilla de Mariel.

Mariel siguió su mirada para detenerse en la herida, de la cual no se había percatado hasta ese momento. Le dolía un poco pero no parecía ser grave. Lástima que no podía decir lo mismo de sus zapatos favoritos, uno de ellos yacía en la acera con el tacón completamente despegado.

“¡Genial! Mi zapato está arruinado.”

“Su zapato es lo que menos debería preocuparle en este momento.” Dijo Kian, incorporándose. “¿Cree que pueda ponerse de pie, señorita Goldbarg?”

“No estoy segura, pero lo intentaré.” Dijo Mariel, apoyando sus manos en el suelo para poder darse impulso. Estaba completamente de pie cuando un dolor agudo atravesó su rodilla y casi la manda de regreso al suelo, y de no haber sido por los rápidos reflejos de Kian, se habría repetido el desastre de hacía un par de minutos atrás. Entonces, y sin previo aviso, Kian la asió por la cintura y la tomó entre sus brazos.

“¡Oiga!” Mariel chilló cuando él se enrumbó nuevamente hacia el carro. “¿Qué cree que hace? Yo puedo caminar.”

“No sea estúpida, mujer. No ve que no puede hacer presión en su rodilla.” Le dijo irritado y sosteniéndola con firmeza. “Yo la llevaré hasta que averigüemos que sucede. Así que no discuta, créame que disfruto de esto tanto como usted.”

Kian la miró y toda su fiereza se desvaneció. Sus ojos eran del azul más claro que había visto, realmente hipnotizantes. Además olía muy bien, pensó Mariel, cerrando los ojos e inhalando profundamente para poder apreciar mejor su aroma. Su olor le recordaba a un pastel de manzana recién horneado, cálido y tentador, y Mariel hubiera permanecido así el resto de su vida disfrutando de él. Pero su viaje acabó así de repente como había empezado.

“Tendré que bajarla por un minuto mientras abro la puerta. Trate de no hacer mucha presión en su rodilla.” Dijo Kian, trayéndola de vuelta a la realidad. Entonces con cuidado la ayudó a apoyarse del pequeño Porsche negro mientras el buscaba las llaves en su bolsillo.

“No me duele tanto.” Dijo Mariel, tratando de pensar en cualquier otra cosa excepto en su aroma.

“Puede que no le duela mucho, pero es mejor que un médico la revise para estar seguros.” Kian le dijo, ayudándola a subir al carro.

“¡Un médico!” Mariel exclamó. “No necesito un médico. Es sólo un pequeño raspón.”

“Su herida puede no parecer grave, señorita Goldbarg, pero se arrepentirá de no haber visto un médico si se va a su casa y despierta en la mañana con la rodilla del tamaño de una toronja.” Replicó Kian, saliendo del estacionamiento. “Además, odiaría ver un par hermosas de piernas arruinadas.” Kian sonrió abiertamente.

Kian miró a Mariel, y sus mejillas se pusieron color escarlata el instante en que sus miradas coincidieron. “No pienso ir a ver a ningún doctor.” Mariel dijo con enfado, apartando su mirada. Aquella mirada azul la hacía más que sonrojarse y eso no le gustaba para nada. Aunque debía admitir que era sólo una respuesta natural. Ninguna mujer en sus cabales podría mirar a un hombre tan devastadoramente guapo como Kian Egan y no sentir nada.

“Si no vamos al médico, ¿a dónde entonces?” Preguntó Kian.

“A mi casa. Queda a sólo media hora de aquí.” Respondió Mariel, evitando todo tipo de contacto visual.

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