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Capítulo 4

Media hora más tarde Zoë le había contado a Mariel todo lo que sabía acerca del misterioso señor Egan. Mariel tenía que admitir que las historias que había escuchado le habían dejado cierto sabor amargo en la boca. Francamente era difícil de creer que alguien tan dotado como el señor Egan pudiera ser tan cruel y desalmado como el hombre que Zoë describía. Sin embargo, Zoë tampoco tenía motivos para inventar cosas así, y muchas veces la gente poderosa podía llegar a abusar de ese poder con los demás.

Quizás Mariel lo había idealizado demasiado. Aún así, idiota o no, deseaba ser tocada por su magnificencia. Estaría bendecida si le transmitiera aunque fuera un poco de su gran talento. Y sabiendo lo mucho que quería ese trabajo, no se echaría para atrás después de estar tan cerca de lograr una parte de su sueño.

“Oye, Mariel…” Zoë le dio una ligera sacudida, sacándola de sus pensamientos.

“Discúlpame, creo que me distraje un poco.”

“No hay problema. No te hubiera molestado pero parece que Mark ya se va.” Respondió Zoë, señalándole la puerta. Mariel volteó a ver y efectivamente Mark estaba en la puerta, haciéndole señas para que fuera hasta él.

“Sí, así parece.” Dijo Mariel poniéndose de pie. “Y también parece que tu hermana no va a regresar. Por favor dile que la llamaré mañana.”

“Claro.” Respondió Zoë.

Mariel se dirigió a la salida. La noche había resultado un fiasco. Lo que se suponía sería una celebración por su esfuerzo se había convertido en una pelea entre su mejor amiga y su novio. Definitivamente esa noche estaba al final en su lista de las noches más memorables.

“¿Ya nos vamos?” Preguntó ella, incapaz de mirar a Mark a los ojos.

“Sí, no me queda de otra.” Mark respondió, tomándola de la mano y escoltándola fuera del club.

“¿Al menos me vas a llevar a la casa?”

“Esta noche no puedo. Tendrás que tomar un taxi.” Dijo Mark, caminando hasta la acera para llamar a un taxi.

“Un taxi, ¿eh?” Mariel se recostó de la pared y lo miró mientras intentaba llamar a un taxi. Siempre era lo mismo. Cada vez que estaban juntos algo sucedía y él se iba corriendo. No tenía derecho a estar enojada, su relación era compleja y con muchos obstáculos, de los cuales ella estuvo muy al tanto desde el momento que decidió continuar su relación con él. Aún así, Mariel no podía ignorar el dolor que le causaba el tener que verlo marcharse una y otra vez para estar al lado de otra mujer. “¿Por qué tiene que ser así siempre, Mark? Ella te llama y tu sales corriendo.”

“¿Y qué quieres que haga, Mariel? Es mi mujer, por el amor de Dios.”

“¿Y yo qué soy?” Zahirió Mariel. Estaba tan cansada y enojada, y se suponía que esa noche no debía ser así. Entonces sintió sus brazos rodearla; habían entrado en la fase de consolación donde él le diría todo lo que ella quería escuchar. “Lo siento, Mark. Sé que no es tu culpa, sólo que ya estoy harta de que sigamos así.” Ella apoyó la cabeza en su hombro.

“Lo sé, Mariel, y lamento que tengas que pasar por todo esto, pero las cosas mejorarán para nosotros. Te lo prometo.”

Mariel cerró los ojos y se dejó llevar por su abrazo. Estos momentos, tan efímeros, eran demasiado preciosos para ella. Mark no le pertenecía. Años antes se había prometido a sí misma aceptarlo, y realmente se esforzaba por lograrlo. Pero aceptar la realidad no la hacía menos dolorosa.

“El taxi está esperando.” Dijo Mark rompiendo el abrazo. Mariel se sintió tan desvalida al verlo abrir la puerta trasera por ella. Como una buena niña, se acercó y subió al auto. Mark cerró la puerta y luego procedió a darle instrucciones al taxista antes de voltear hacia ella.

“Prometo compensarte luego.” Mark dijo, estirando la mano por la ventana para acariciarle la cara.

“Más te vale.” Mariel trató de sonreír pero no pudo. No se sentía muy alegre en ese momento y estaba segura que Mark lo sabía. Se miraron uno al otro por un par de minutos y luego simplemente se alejó.

El taxi dio vuelta en la esquina y se dirigió hacia su apartamento. Mariel era realmente un enigma para sí misma. Hubiera sido mucho más simple alejarse de la locura que el amar a este hombre había traído a su vida, pero no podía. Aunque le doliera y sintiera que no podía seguir, no era suficiente. Cuando se trataba de Mark Feehily, Mariel se volvía inexplicablemente débil. Pero era como había sido siempre, y lo seguiría siendo. Para Mariel, Mark era el hombre que siempre había amado, y el único que siempre amaría.

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