collide

Capítulo 10

Kian estaba completamente entretenido mirando a la mujer sentada junto a él, con la cara arrugada y el ceño fruncido. Hacía apenas media hora que Mariel había abandonado el Centro Médico de Londres. A última hora, Kian había ignorado la petición de la chica de llevarla a su casa y en cambio había optado por llevarla para que un médico la atendiera. Y ella no había estado muy emocionada al respecto. Sin embargo Kian no se arrepintió de su decisión de llevarla al hospital. Al final había estado en lo correcto, ya que la lesión de Mariel había resultado ser más grave que una simple raspadura. Se había lastimado seriamente la rodilla y tendría que usar muletas por al menos dos semanas. De la forma como Kian lo veía, Mariel realmente le debía algunas palabras de gratitud, pero estaba seguro que, siendo así de testaruda, no las escucharía en mucho tiempo.

“Es descortés fruncir el ceño, señorita Goldbarg.”

“También lo es ignorar la petición de una persona de ir a su casa, y al contrario, echársela en hombros y llevarla a la fuerza a una sala de hospital.” Mariel respondió.

“Lo hice por su bien.”

“Mi rodilla pudo haber esperado. Lo que más importa ahora es la conversación que estábamos sosteniendo previamente a todo este incidente.”

“¿Y cuál era esa conversación, señorita Goldbarg?”

“Aquella donde usted iba a darme la pasantía.”

Y aquí iban de nuevo. Kian suspiró. Esta mujer era terriblemente testaruda. Estaba peleando una batalla perdida, ¿por qué no podía entenderlo?

“Si mi memoria no me falla, señorita Goldbarg, usted dijo que el empleo le pertenecía y yo le dije que no era así. Fin de la conversación.”

“No, no es el fin de la conversación.” Mariel replicó. “¿Por qué se empeña en llevarme la contraria?”

“¿Entonces debería ceder y darle lo que quiere?”

“¡Sí!”

“Buen intento.” Kian sonrió, deteniéndose frente a un edificio de seis pisos. “Aquí es donde vive, ¿cierto?”

“Sí.”

“¿Qué piso?”

“El segundo.” Mariel respondió mientras él le ayudaba a bajar del carro.

“¿Quiere sostener mi mano mientras la ayudo a subir a su apartamento, o prefiere que la cargue de nuevo?” Preguntó Kian.

Mariel volvió a mirar su hermoso rostro y sus mejillas se enrojecieron. De inmediato el recuerdo de ser sostenida en sus brazos pasó por su cabeza. Aún podía sentir su sólido torso presionado contra su hombro mientras la levantaba sin mayor esfuerzo. Sus pasos habían sido largos y firmes mientras cruzaba la calle con ella en brazos. Incluso su perfume permanecía en su ropa. Mariel pudo sentir el comienzo de un familiar palpitar en ciertos lugares que no mencionaría y rápidamente desvió su mirada al suelo.

“¡No trate de cambiarme el tema! No necesito que me cargue. Puedo llegar a mi apartamento yo sola.” Mariel ladró, apoyándose en su muleta y dirigiéndose a las escaleras. “Yo quiero ese empleo, señor Egan.”

“No.” Respondió Kian y la siguió.

“¿Por qué es tan testarudo?”

“¿Por qué es usted tan testaruda?” Dijo Kian al entrar al segundo piso.

“Se llama determinación, señor Egan, y difícilmente puede ser asociada con testarudez.”

“¿En serio?” Kian se mofó. “Ya le di mis razones por las cuales rechacé su solicitud de empleo y aún así usted sigue insistiendo en que le dé el puesto.”

Mariel se detuvo frente a su apartamento y se volvió para encararlo.

“Si usted puede decir honestamente que las cosas que le dije en la cafetería no afectaron en lo más mínimo la crítica que hizo de mi trabajo, entonces lo dejaré en paz.”

Kian observó a la belleza frente a él. Con la mandíbula apretada y la mirada desafiante, y su boca... Kian tragó saliva mientras sus ojos se posaban en sus suaves y rosados labios. Con los años se había cruzado con muchas mujeres hermosas, pero ninguna tan tentadora como la que estaba ante él. Era sutil, pero Kian podía sentir como despertaba su cuerpo. Y no solo despertaba. El cosquilleo que sentía era algo que no había sentido desde que estaba con Liz, y se sentía bien.

“Bien, ¿me va a negar que no estaba enojado?” Mariel dijo con enfado, sacándolo de sus pensamientos. Y gracias a Dios que lo había hecho; un segundo más y hubiera intentado hacer una tontería.

“Estaba un poco molesto.” Admitió Kian, tratando de concentrarse en otra cosa que no fuera su boca.

“Usted estaba más que un poco molesto, estaba muy molesto. Hizo que me vistiera como una callejera, y gracias a usted cinco hombres se me acercaron solicitando mis servicios.”

“¿Cinco? Vaya, debería sentirse halagada.” Kian se rió, y no una simple risa sino una fuerte y sincera carcajada que iluminó sus ojos azules, haciéndolos brillar.

“Eso no es gracioso.” Dijo Mariel a punto de llorar.

“¡Oiga, no haga eso!” Kian dijo calmando su risa.

“Lo siento.” Gimoteó Mariel, dándole la espalda. “En verdad quiero ese trabajo.”

Kian observó a Mariel incrédulo. La palabra apasionada se quedaba corta describiendo lo que había visto en sus ojos justo antes de que se diera la vuelta. Las emociones de Mariel eran tan crudas y sinceras que realmente le habían afectado.

“Oiga, ¿por qué llora, mujer? No hay necesidad de llorar, es sólo un trabajo. Seguramente habrán otros.” Dijo Kian tratando de consolarla.

“No habrán otros, no como éste.”

“No lo entiendo.” Kian encogió los hombros y metió las manos en los bolsillos d su pantalón. “¿Por qué es tan importante para usted obtener este empleo?”

“Usted es la razón por la cual es tan importante.” Dijo Mariel mirándolo a los ojos.

Ahora era el turno de Kian de sonrojarse mientras ella lo miraba con sus enormes ojos verdes.

“¿Yo?”

Mariel dio un tambaleante paso hacia delante, acortando la distancia entre ambos. “Sí, usted, señor Egan.”

“Había soñado trabajar con usted desde hacía mucho tiempo. Usted es un genio. Yo sólo quiero la oportunidad para poder aprender algo de usted. Por favor, déme otra oportunidad y le demostraré que soy la persona más indicada para este trabajo. Por favor.”

Le había dicho que no cientos de veces, y aún así ella insistía en convertirse en trabajar con él. Decirle que no una vez más solo serviría para avivar su fiera determinación. Tal vez si la complacía, si fingía reconsiderar su decisión y luego la desalentaba sutilmente, se daría por vencida, y así él podría librarse de esta increíblemente hermosa, y a la vez extremadamente fastidiosa mujer de una vez por todas.

“Está bien, le daré otra oportunidad.” Suspiró Kian.

“¡Sí!” Mariel soltó sus muletas y se le lanzó encima. “¡Gracias! ¡Gracias! No se va a arrepentir. ¡Se lo prometo!” Mariel exclamó abrazándolo.

“Pero tendrá que cumplir con una condición.” Añadió Kian rápidamente.

“No importa, haré lo que sea.”

“Muy bien. Tiene dos días para diseñar un edificio de oficinas. Tiene que ser algo fresco, innovador, pero lo más importante, y lo más difícil, señorita Goldbarg. Debe poner su corazón es esa pieza.”

“¿Mi corazón?” Mariel lo miró confundida. “Yo pongo mi corazón en todo lo que hago.”

“No es cierto.” Respondió Kian sacudiendo la cabeza. “Pero si realmente quiere trabajar a mi lado como mi aprendiz, deberá poner todo su corazón en ese diseño, señorita Goldbarg, deberá mostrarme algo sorprendente. Si no puede hacerlo mantendré mi decisión inicial y usted dejará de acosarme de una vez por todas. ¿De acuerdo?”

Kian pudo darse cuenta que la había tomado fuera de guardia con la ultima parte de su comentario. Pero era un hecho que los mejores trabajos contenían parte del corazón de sus creadores. Si ella no podía superar ese pequeño obstáculo de darle todo a su trabajo, entonces nunca sería la artista que añoraba ser, y todo aquel entrenamiento sería en vano después de todo.

“Bien, ¿está de acuerdo conmigo sí o no, mujer? Ya he desperdiciado demasiado tiempo con usted.”

Mariel lo miró a los ojos una vez más, y con aquella fiera voluntad que había llegado a admirar en el transcurso de un día, le dijo.

“Acepto su reto y ganaré.”

« Anterior | 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | 7 | 8 | 9 | 10

Cerrar Ventana

Hosted by www.Geocities.ws

1