collide
Capítulo 5
Tres horas y seis cambios de ropa más tarde, Mariel se encontraba frente al espejo de su cuarto admirando su última selección en vestimenta. Le había tomado casi la mitad de la mañana, pero finalmente se había decidido por una simple falda negra por encima de la rodilla, una blusa blanca y una chaqueta que hacía juego con la falda. Para complementar su atuendo, se adornó con su juego favorito de collar y zarcillos de perlas, un regalo de Mark.
Mariel dio la media vuelta para poder verse mejor. Se veía muy bien, además de hacerle parecer que tenía un trasero espectacular, la falda la hacía ver segura de sí misma sin exagerar. Incluso había logrado arreglar su dorado cabello rebelde en una ordenada y sencilla coleta, con solo algunos flequillos sueltos.
Definitivamente estaba vestida para impresionar. Y de acuerdo a Zoë, necesitaría estar preparada para hacerlo. El señor Kian Egan no parecía un hombre muy agradable. De acuerdo con Zoë, al parecer el señor Egan disfrutaba atormentando a aquellos que seleccionaba para trabajar como sus aprendices. La historia de Zoë hubiera asustado a cualquier persona, pero no a Mariel.
Los desertores nunca triunfan, ese era su lema. Y eso había evitado que ella le diera la espalda a sus retos en muchas oportunidades. Además, había trabajado muy duro y llegado demasiado lejos como para simplemente rendirse por el mal temperamento de un viejo verde. La determinación de Mariel por ser entrenada por el mejor era de acero. En aquel momento el señor Kian Egan era el mejor y hoy lo convencería de que ella era la más apta para ser su aprendiz.
***
Kian observó su más reciente diseño con desagrado. Tenía un trabajo muy importante pendiente y la presentación había sido fijada para el fin de semana. De ninguna manera podría presentar el dibujo frente a él. Probablemente era el peor que había hecho hasta ahora. Kian arranco el boceto de su bloc de dibujo, lo hizo una bola y lo tiró al otro lado de la habitación. Entonces se levantó y caminó hacia la ventana de su oficina.
Kian no había querido reconocerlo, pero el ligero zumbido se había convertido en un ruido tan fuerte como el de un tambor. Había tratado de ignorarlo, esa soledad que había estado sintiendo últimamente y que se cernía sobre él como una nube oscura. Ya no podía ignorarlo más. La verdad era que, había algo que faltaba en su vida. De todo lo que había tenido, había algo que ya no tenía, Liz. Su ausencia había dejado un vacío en su vida, un vacío que estaba tratando de llenar desesperadamente pero que no podía.
Y se hacía más profundo, amenazándolo con tragárselo entero. La idea de asistir a terapia había cruzado su mente, pero los terapeutas y psicólogos eran para gente loca, y él estaba más que seguro que no estaba loco, sólo intranquilo y necesitando algo que probablemente nunca tendría. Ya no había mucho por hacer. Y mirando su reloj, vio que faltaban cinco minutos para las diez.
“Perfecto.” Se dijo a sí mismo y salió de su oficina. “Fabiola, voy a bajar al Starbucks por algo de comer. No me tardo.” Le dijo a la joven que se encontraba estacionada detrás de un escritorio justo a las afueras de su oficina. Su próximo entrevistado no llegaría hasta las once. Esperaba que el próximo fuera algo prometedor.
***
Mariel se detuvo delante de la puerta de vidrio, preparándose para el final. Una vez que cruzara esa puerta estaría en camino de conocer el hombre que le abriría las puertas a un mundo que sólo había visto en libros. Hoy se convertiría en la aprendiza de Kian Egan, y no obtendría un no como respuesta.
Mariel finalmente ingresó en el edificio. El vestíbulo estaba lleno de clientes además de los que trabajaban en las diferentes oficinas alrededor de aquel edificio de treinta pisos. Aquí se reportaría a trabajar, por supuesto, luego que sorprendiera al señor Egan con su trabajo. Mariel observó el largo tubo negro que llevaba en sus manos. Contenía lo mejor de su trabajo. Una vez que el señor Egan viera lo que ella tenía para ofrecerle, no había forma de que la rechazara. No señor.
Pero primero lo primero, pensó colocándose la mano sobre el estómago. El hambre comenzaba a atacarle. Un edificio tan grande como ése seguramente tendría algún lugar donde comer. Escaneando todo el vestíbulo por signos de alguna tienda o restaurante, no le tomó mucho tiempo en divisar un Starbucks. Mariel miró por última vez su reloj y se dirigió a la cafetería por algo de comer.
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