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Capítulo 6
Quince minutos más tarde, Mariel estaba de pie buscando un lugar por toda la tienda donde sentarse y disfrutar su pequeña comida de té y panecillos. Pero el lugar estaba lleno a excepción de una silla vacante en la mesa donde un hombre estaba sentado leyendo el periódico. Mariel se detuvo un momento para considerar sus opciones. Lo último que quería era preguntarle a un desconocido si podía sentarse en su mesa. Podría pensar mal de ella. Pero aún así, tampoco le importaba mucho porque en realidad se estaba muriendo de hambre, pensó al escuchar el gruñido de su estómago, tan fuerte como para hacer que uno de los clientes cerca de ella la mirara raro. Su situación había cambiado de repente de arriesgarse a que el tipo del periódico la enamorara o esperar a que su estómago la avergonzara de nuevo. Aunque después de pensarlo un poco, la idea de que el sujeto del periódico la piropeara no parecía tan mala. Además, eso no significaba que ella estaba obligada a hacerle caso después de todo.
Mariel se acercó a la mesa, el hombre no parecía haber notado su presencia. No había problemas, de todas maneras planeaba reclamar la silla vacía. Su estómago gruñó de nuevo y no pudo esperar ni un minuto más. Tenía que comer, pero antes de que pudiera abrir la boca para preguntar sobre la disponibilidad de la silla, el hombre habló de repente sorprendiéndola un poco.
“Su servicio es pésimo. Le pedí otra taza de té hace más de media hora. No espere propina.” Le gruñó detrás del periódico mientras levantaba su taza vacía como esperando a que le sirvieran.
Mariel miró su mano extendida y luego lo miró a él, soltando la risa. “Siento decepcionarlo pero afortunadamente no soy su mesera puesto que ella no recibirá propina.”
El hombre bajó la mano y también el periódico. La risa de Mariel se calmó rápidamente al encontrarse con semejante vista. Se quedó boquiabierta y con la mente en blanco. Aquel hombre era pecaminosamente guapo. Piel bronceada como la miel, un par de penetrantes ojos azules y el cabello dorado como el sol se unían para crear un glorioso orgasmo.
“¿Quién eres tú?” Dijo con irritación, entrecerrando los ojos y sacándola de su trance.
“Nadie en particular.” Mariel se recuperó rápidamente. Estaba guapo, pero no lo suficiente como para hacerla olvidar su regla de nunca decirle su nombre a extraños.
“Bien, nadie en particular, ¿por qué diablos estás parada junto mi mesa?”
“¿Está ocupado este asiento?” Mariel dijo ignorando su pregunta.
“No.”
“Que bien.” Mariel jaló una silla y se sentó.
“Oye, ¿qué diablos crees que estás haciendo?” El extraño hizo a un lado el periódico y le lanzó una mirada incrédula.
“Preparándome para comer.” Respondió ella, quitándole la envoltura a su panecillo para luego darle un mordisco.
“¡Yo no dije que podías sentarte aquí!”
“Mire, necesito un lugar donde sentarme a comer.” Dijo Mariel señalando su panecillo. “Y esta silla era la única disponible. Ahora puede volver a leer su periódico y fingir que no estoy aquí.”
“¿Y si no quiero que estés aquí?”
“Bueno, eso podría ser problemático, pero estoy segura que podríamos encontrarle una solución fácilmente.” Mariel sonrió. “Para empezar, ¿es usted dueño de esta franquicia de Starbucks, señor?” Preguntó.
“No.”
“¿Es dueño de esta mesa o de esta silla?”
“¡No!” Respondió el hombre, frunciendo aún más el ceño.
“Pues entonces, lo que usted quiere se ha convertido, no sé, en algo de poca importancia.” Mariel sonrió, poniéndose cómoda en la silla. Y ahí comenzó un duelo de miradas, aunque Mariel sabía que había ganado la pelea puesto que él no había vuelto a protestar, y en cambio tomó el periódico y resumió su lectura.
“Haz lo que quieras. Me importa un pito.” Replicó él.
Pecaminosamente guapo estaba genuinamente agravado con su presencia, y por alguna razón a Mariel le molestaba eso. De hecho, disfrutaba atormentarlo. Sin mencionar que cuando bajó aquel periódico que insistía en poner frente a su cara, era toda una delicia. No todos los días una se encontraba hombres como ése.
“¿Y qué está leyendo, señor?”
“El periódico.” Respondió lacónico.
“¿Algo interesante dentro?”
“Mira, ¿es muy difícil para ti estar sentada allí y mantenerte en silencio mientras lo haces?” Él bajó el periódico y ella casi se desmaya. Un rostro como el suyo era una obra maestra.
“Bueno, ya que estamos compartiendo esta mesa, pensé que podríamos charlar un poco antes de irme a mi entrevista.”
“¿Entrevista?” Preguntó él entrecerrando los ojos.
“Sí. Tengo una cita con el viejo verde de Egan Designs. Voy a ser su nueva pasante.”
“Ah, sí. Que interesante.” Dijo el hombre, colocando el periódico sobre la mesa.
“Sí que lo es.” Mariel dijo. “Mi sueño es ser una arquitecto de clase mundial. Y creo que el puede ayudarme. ¿Ha oído hablar de Egan Designs?”
“He oído algo sobre la compañía, pero estoy realmente interesado en saber qué has escuchado tú.” Respondió el hombre.
Mariel sonrió y se inclinó hacia delante. Estaba a punto de hacer dos de las cosas que más disfrutaba, hablar de su trabajo y chismosear. Por supuesto, a todos les gusta chismosear de vez en cuando.
“Está bien, pero no sé mucho al respecto, así que también tendrá que contarme lo que sabe, ¿de acuerdo?”
“De acuerdo.” Dijo él, colocando los codos sobre la mesa y acercándose a ella. “Ahora, cuéntame todo.”
***
Kian miraba en silencio mientras que la joven mujer sentada frente a él parloteaba sin cesar. Apenas se podía contener al escucharla decir cosas que ella creía ser ciertas acerca del misterioso señor Egan. Hasta ahora se había enterado que era viejo, gay, se estaba quedando calvo y que era un amargado. Y hasta donde tenía entendido, tener veintisiete años no era precisamente tener una pata en el cementerio. No se estaba quedando calvo y si era gay entonces tenía que ser lesbiana. Y ciertamente era un poco tosco con las personas, pero amargado… No era amargado. Era honesto, y algunas personas simplemente no podían lidiar con ello.
Cansada de hablar sin parar por casi quince minutos, la chica finalmente se recostó sobre la silla y, para su alivio, se calló la boca.
“¿Eso es todo lo que sabes de él?” Preguntó Kian, probándola para ver si le había contado todos los rumores sobre sí mismo.
“Sí, eso fue todo lo que pude averiguar.” Mariel dijo, tomando su taza y tomando un trago de su té. “El sujeto es un completo idiota.”
Kian se mordió la lengua, forzándose a sí mismo a permanecer en silencio. No podía creer las cosas que la gente decía, y mucho menos las cosas que la gente creía.
“Ese señor Egan realmente parece un imbécil, y aún así estás decidida a trabajar con él. Me sorprende el hecho de que consideres pasar por todo esto a pesar de todo lo que sabes.”
“Puede que el señor Egan sea un completo idiota, pero sigue siendo mi ídolo. Adoro su trabajo y sería un gran privilegio para mi el poder trabajar con una persona tan talentosa.” La chica sonrió en una forma que no la había visto sonreír hasta ahora. Lo miró y sus grandes ojos verdes parecieron iluminarse. Kian se sorprendió un poco. Al principio no le había prestado mucha atención, posiblemente porque estaba ocupado siendo incomodado con su presencia, pero después de observarla por un momento, no podía ignorar lo atractiva que era.
Su piel era tan blanca y tan suave como la porcelana. Sus grandes ojos verdes estaban enmarcados en el suave perfil de su rostro, y algunos mechones de cabello rubio caían sobre su cara. Definitivamente era muy hermosa. Pero a pesar de sus palabras halagadoras y su cara bonita, no podía perdonarle que estuviera esparciendo rumores sobre él como si fueran ciertos. La haría pagar por ello, comenzando desde ahora.
“Bien, supongo que es mi turno de contarte lo que sé sobre el señor Egan.” Dijo mientras que una sonrisa maliciosa se dibujaba en sus labios. “Es justo como lo acabas de decir, un idiota. También he escuchado que es muy difícil de llevar. No eres la única que está optando por esta pasantía, ¿cierto?”
“No, no lo soy. ¿Tiene alguna sugerencia, algún consejo para mí?”
“Por supuesto. Estoy seguro que si sigues mis instrucciones, serás contratada de inmediato.”
“¿En serio?”
“En serio.” La sonrisa de Kian se ensanchó. “¿Por qué no te pones de pie y comenzamos?”
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