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Capítulo 7
Con el cabello alborotado, la falda un poco más corta y los primeros tres botones de su blusa sueltos, Mariel se encontraba en el ascensor, observando los números que se iluminaban mientras subía al piso veintidós. Había estado tan ocupada con aquel hombre del cual ni siquiera conocía su nombre, que había perdido la noción del tiempo y ahora se le estaba haciendo tarde para su entrevista. Aún así, había valido la pena. Sus conocimientos sobre la personalidad del señor Egan habían sido de gran ayuda, aunque no estaba muy segura que velas llevaban el labial rojo pasión y el cabello alborotado en aquel entierro. Pero él había dicho que eran clave para ayudarla a obtener el empleo, y obtener ese empleo era todo lo que importaba.
La campana del elevador sonó y éste se detuvo. Mariel aprovechó la oportunidad para dar un último vistazo a su reflejo en el espejo. Prácticamente se estaba desbordando se su blusa, pero ella haría lo que fuera por obtener ese trabajo. Si el viejo verde necesitaba un pecho que mirar, ella le daría uno o dos. Por fin las puertas se abrieron y ella se dirigió a la lujosa sala de oficinas.
Como lo esperaba, el lugar era asombroso. No era el común ambiente de oficina recargado con muebles de madera; el lugar era una mezcla de arte moderno y arte clásico inglés. A Mariel nunca se le hubiera ocurrido una mezcla semejante, pero en realidad lucía espectacular. Y no podía esperar menos del señor Egan. Era un genio en su propio estilo.
Mariel se apresuró para llegar al cubículo ubicado en el centro de la oficina. Detrás del escritorio se encontraba una jovencita morena, de cabello oscuro y grandes ojos marrones enmarcados en un par de gruesas gafas de marco empastado. Estaba ocupada trabajando en su computadora y al parecer no había notado la presencia de Mariel. Eso era bueno, necesitaba un minuto para calmar sus nervios. Estaba tan cerca, pensó mirando hacia la puerta de la oficina detrás del cubículo justo frente a ella. El nombre en la puerta le puso la piel de gallina; Kian Egan decía en la placa. Detrás de aquella puerta se encontraba el hombre que haría realidad todos sus sueños. Mariel inhaló y después exhaló, no podía desperdiciar otro minuto más.
“Ajem, disculpe.”
La jovencita dio un salto en su silla y la miró con los ojos muy abiertos, como si hubiera visto un fantasma.
“¿P… pu… puedo ayudarla?” Tartamudeó.
“Soy Mariel Goldbarg. Tengo una cita con el señor Egan a las once en punto.” Dijo Mariel con una sonrisa segura.
“Sí, el señor Egan la está esperando. Por favor tome asiento. Le diré que está aquí.” La chica respondió, indicándole el sofá que se encontraba cerca del cubículo.
Mariel caminó hasta el sofá y tomó asiento. Escuchó a la chica comunicarse con el señor Egan. Cuando terminó la llamada, se volvió hacia ella y le dijo.
“El señor Egan la atenderá en un momento.”
Finalmente había llegado el momento que había estado esperando por días. Finalmente tendría el trabajo de sus sueños.
***
Habían pasado dos horas y el señor Egan no se había aparecido. Mariel no podía imaginar que le estaba tomando tanto tiempo, sin mencionar que quería salir lo más pronto posible de la entrevista. Los susurros de los empleados comenzaban a molestarle; los hombres le coqueteaban y las mujeres la miraban con disgusto. Ciertamente lucía más como una callejera que como una profesional en aquel momento, y si eso era necesario para obtener esa pasantía, entonces así sería. Pero si otro hombre se le llegara a insinuar…
“Señorita Goldbarg.” La jovencita detrás del escritorio la llamó.
“Por fin.” Murmuró Mariel mientras se acercaba al escritorio. “Dígame.”
“El señor Egan está listo para recibirla. Entre por esa puerta.” Le señaló la oficina detrás de su cubículo.
Mariel agradeció educadamente y luego se dirigió a la oficina. Se detuvo un segundo frente a la puerta para calmarse un poco. Colocó una mano sobre su pecho, su corazón latía a mil por hora. Apenas podía creerlo. Estaba a segundos de conocer al señor Kian Egan.
“Es ahora o nunca, Mariel.” Susurró abriendo la puerta. “Es un placer conocerlo finalmente, señor Egan. No me va a creer la cantidad de cosas maravillosas que he escuchado de usted.” Mariel dijo, entrando a la habitación y cerrando la puerta detrás de ella.
“¿En serio?” Escuchó decir al hombre. “Bien, no puedo esperar a escuchar todas esas cosas maravillosas que le han dicho de mí, señorita Goldbarg.”
Aquella voz le parecía extrañamente familiar, pero era imposible. Mariel volvió su mirada hacia el hablante y lo que encontró hizo que sus piernas se volvieran de gelatina. Mariel se recostó de la puerta, sus ojos se clavaron en el hombre que se encontraba de pie en una esquina regando una planta.
“Esto no está pasando.” Susurró, observando como él terminaba de vaciar el vaso con agua sobre la planta y luego se dio la vuelta para enfrentarla.
“Sí, definitivamente esto sí está pasando, señorita Goldbarg.” Respondió él mientras se dirigía a su escritorio y tomaba asiento.
Mariel continuaba pegada a la puerta. Esa cara y esos penetrantes ojos azules, no había equivocación; ¿Kian y pecaminosamente guapo eran el mismo? Esto no estaba sucediendo.
“La puerta está perfectamente asegurada al marco, no hay necesidad de que la sostenga con su espalda.” Dijo él, poniéndose cómodo en su silla. “Por favor, tome asiento, señorita Goldbarg.”
“Sí, p-por supuesto.” Mariel titubeó, apenas recuperando fuerzas para sostenerse en pie. ¡Ay, Dios! Había llamado idiota, viejo verde y calvo a Kian Egan. Y obviamente no era calvo. ¡Ay, Dios! Mariel se dejó caer en la silla opuesta a su escritorio. Gotas de sudor comenzaban a formarse en su frente y sienes.
“Soy un hombre muy ocupado, señorita Goldbarg. Si no le importa, quisiera darle un vistazo a sus diseños para que podamos terminar con esto.”
Mariel miró el tubo que llevaba en su mano. Estaba perdida, no había forma que él actuara de forma objetiva después de las terribles cosas que había dicho.
“Señor Egan, yo-”
“Los diseños, señorita Goldbarg.” El la cortó con irritación.
Mariel lo miró y se encontró con su mirada azul que la observaba intensamente. Estaba jodida, no tenía ni la más mínima oportunidad ahora. Eso le decían sus ojos. Mariel colocó el tubo en sus manos, ya no tenía más nada que hacer.
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