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Capítulo 2

Kian observaba la puesta de sol desde el ventanal de su oficina. Desde su lugar en el piso 22 podía ver a todos los trabajadores que luego de su jornada diaria se disponían a regresar a casa. Se llevó la taza a los labios y tomó un largo trago de té. Sin importar cuantas veces se parara frente a esa ventana, no se podía deshacer de aquella sensación de surrealismo que lo rodeaba.

Siendo nada más que un vulgar buscapleitos callejero, se las arregló para salir de aquel hoyo negro y hacer su sueño realidad. Kian pasó de ser un don nadie a alguien importante, al menos de acuerdo a las reglas que gobiernan la sociedad. Pero todo tiene un precio, y el tuvo que pagar con creces el haber dejado de ser un chiquillo inseguro de cuando volvería a comer para convertirse en un millonario con tres casas, cinco automóviles y un montón de mujeres rendidas a sus pies y dispuestas a complacerlo en todo lo que quisiera. Podría tener todo cuanto quisiera, a excepción de una sola cosa.

Kian caminó hasta su silla y tomo asiento. Entonces miró la foto de aquella mujer que se encontraba en su escritorio. Podía sentir como su corazón se contraía dentro de su pecho cada vez que miraba su fotografía; después de casi cinco años aún continuaba afectándolo de esa forma. Kian no estaba sorprendido por esto, Liz era el amor de su vida, su ángel de misericordia, la única mujer que había visto más allá de muchacho callejero y andrajoso, al pobre niño indefenso y herido dentro de él.

Ella lo recibió con los brazos abiertos, le enseñó a leer, a escribir, y lo más importante, le mostró una vida más allá de los puños que comenzaba con su ingenio, y que podría terminar donde él quisiera.

Antes de darse cuenta, un nudo se había formado en su garganta. Kian se puso de pie y caminó de regreso hacia la ventana. Otra vez con sentimentalismos, se reprendió en silencio. Esa vida que había vivo al lado de Liz la había perdido años antes y nada podría cambiar eso. Y él tenía que seguir con su vida, sin importar cuán difícil fuera.

“Ahora sólo somos tú y yo, Yoko.” Kian observó a la planta en un rincón de su oficina. Un sentimiento de nostalgia lo invadió, pero su momento de recuerdos tendría que esperar. En ese instante el teléfono sonó repentinamente, sacándolo de sus pensamientos. Kian miró su reloj y fue hasta su escritorio; tenía una clara idea de quien podría estar llamando.

“Kian Egan.”

“Esperaba poder encontrarte.” La voz familiar de aquel hombre se dejó escuchar del otro lado de la línea, seguido de una risa.

“Tuviste suerte. Estaba a punto de marcharme.” Respondió Kian, tomando asiento. “¿Por fin que resolviste? No irás a enviarme otro grupo de incapaces como los del año pasado, ¿verdad?”

“No son incapaces como te gusta llamarlos. De hecho, me parece un grupo estupendo.”

“Estupendos o no, solamente accedí a aceptar uno de tus mocosos.”

“Para eso es la entrevista. Tú escoges quien se queda.”

“Más sencillo imposible. ¿Alguna sugerencia, Shane?”

“Ninguna en particular. Aunque uno de ellos sobresale entre los demás.”

“¿Ah, sí? ¿Y cómo se llama él?”

“Es ella, y su nombre es Mariel Goldbarg.”

“¿Mariel?” Kian bufó. “¿Qué hay de interesante en una chica llamada Mariel? Hasta su nombre es aburrido.”

“Su nombre puede que no sea del todo interesante, pero es talentosa. Y estoy seguro que te sorprenderás cuando veas su trabajo. Me recuerda mucho a ti, siempre tan determinado…”

“Eso mismo dijiste de la rubia que me enviaste el año pasado. Le di mi sincera opinión de su trabajo y se encerró en el maldito baño, rehusándose a salir por cuatro horas. ¡Cuatro horas, Shane! No quiero bebés llorones, necesito gente capaz de entender que estamos aquí para trabajar y que estén listos y dispuestos para hacerlo.”

“Recuerdo ese incidente.” Rió Shane. “Mae Hamilton era su nombre. Esa chica nunca se recuperó de tu cruda crítica acerca de sus diseños. De hecho, abandonó el programa una semana después que terminó su pasantía contigo.”

“No fue mi culpa que renunciara.” Kian se defendió. “El criticismo es parte de este negocio. Y si no fue capaz de aceptar que alguien le señalara sus fallas, entonces hizo lo correcto al renunciar.”

“Parece que estás de mal humor.”

“No estoy de mal humor. Estoy cansado de niños que le temen al trabajo. No puedes llegar a ninguna parte sin moverte.”

“Tienes toda la razón.” Shane rió. “Bueno, Kian, debo irme. Otra clase está a punto de comenzar. Sólo recuerda tomártelo con calma. Y por el amor de Dios, trata de no herir demasiado el orgullo de mis preciados estudiantes.”

“No te prometo nada.”

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