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Lo extrañaremos, Neil Armstrong

Su hazaña, ahora sí, es de las que dejarán huella, quizá durante miles de años. Pero el primer hombre que pisó la luna prefería la tranquilidad a la fama, y rehuyó a ésta hasta el final. Por lo demás, un personaje admirable

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AGOSTO, 2012. "Ya no hay héroes", cantaban hace décadas los británicos The Stranglers. Bueno, hasta el pasado sábado 26 quedaba uno que llevaba décadas viviendo en Ohio, que nunca se consideró como tal y que llegó a decir a un entrevistador su opinión sobre el haber dejado el la luna una huella que podría perdurar miles de años más respondió "espero que cuando alguien vaya para allá lo primero que haga sea borrarla", declaración que da la idea de que Neil Armstrong era un cascarrabias o, incluso, un antihéroe. No: simplemente evitó caer en la trampa en la que caen otros pionero que se dejan llevar por la alabanza y terminan con sus reputaciones destruidas. El caso de Charles Lindbergh quizá sea el más ilustrativo de todos.

Aunque ingeniero de profesión, Armstrong parecía conocer muy bien la sicología humana. Ser el primer hombre en pisar la luna y luego externar su declaración que, por ser harto conocida nos abstendremos de reproducir aquí --un columnista escribió hace años que la frase fue redactada por la misma NASA y que se obligó difundirla a quien primero bajara por la escotilla-- tendrían una reacción mayúscula tras su regreso a la tierra; la palabra "héroe" le quedaría bastante chica; se habría convertido en una especie de deidad reencarnada, casi casi un gurú al que luego se encendería incienso. Las repercusiones serían tan impredecibles como peligrosas, y ahí está el caso de su compañero Michael Collins, quien terminó convertido en alcohólico. Como se ve, el desdén de Neil Armstrong era más bien una decisión inteligente: "Hice mi trabajo, lo que se me encomendó", dijo años después al entrevistador Larry King, "la misión fue un éxito pero eso de ninguna manera me convierte en un héroe", cosa que finalmente lo era para el resto de nosotros.

El mismo columnista mencionado anteriormente señala que una condición indispensable para quien fuera astronauta en los años sesenta era cierta indiferencia frente a la peligrosidad de las misiones y de que posiblemente no se regresaría de ellas con vida. Antes del Apolo 11 por lo menos dos misiones habían resultado en tragedia, y en una de ellas los astronautas habían muerto asfixiados dentro de la cápsula durante una sesión de prueba. La diferencia es que la misión que despegó en 1969 tenía como objetivo concreto no solo sobrevolar la Luna, sino posarse en ella y realizar una caminata. Las bromas y la incredulidad en aquellos años respecto al éxito de la misión abundaban por el mundo, tanto así que desde antes (¡sí, desde antes!) se pensaba que todo era una pantomima orquestada por Hollywood para hacer creer algo que en realidad estaba ocurriendo en unos estudios de Burbank, California. Tras el alunizaje los escépticos se desbocaron, quizá decepcionados de que la proeza no hubiera correspondido a sus entonces admirados soviéticos.

No faltó quien preguntara a Armostrong sobre esos chiflados, a lo que respondió con humor: "Yo estuve ahí, y puedo comprobarlo. De haber estado en otro lugar mi esposa no habría tardado en enterarse, es imposible esconderle algo a ella".

La atención descomunal que tuvo la misión Apolo 11 casi se había evaporado cuando la prensa anunció en interiores el lanzamiento de la misión Apolo XIII apenas dos años después la cual saltó de nuevo a las primeras planas dadas las complicaciones que tuvieron a sus tres astronautas de morir sin haber logrado alunizar. Armstrong voló de urgencia a Houston para estar presente en la emergencia, y no se dude que suspiró aliviado una vez que la NASA anunció la interrupción de estas misiones lunares, seguro de que la celebridad en realidad estaba entorpeciendo el éxito de las misiones.

Pero lo que Armstrong también representa para muchos de nosotros es que hasta dónde el espíritu de un hombre y de una nación pueden llegar cuando se lo proponen. Se decía que John F. Kennedy estaba levemente ebrio (o que venía de pasar una alegre noche con Marilyn Monroe, vaya uno a saber) cuando anunció que antes de terminar la década, Estados Unidos habría puesto un hombre en la luna y regresarlo con vida a la tierra. La promesa fue tomada por chiste a lo largo de esa década, sobre todo en nuestros países. Los fracasos que hubo para conseguirlo no amedrentaron a los encargados del proyecto, un contraste con buena parte del mundo donde, por ejemplo, la muerte de los tres astronautas en 1967 habría derivado en protestas para impedir que se siguieran perdiendo tiempo y vidas en un idealismo ramplón. 

En el Estados Unidos de los años sesenta la historia era distinta: en medio del hippismo, la guerra de Vietnam y un bombardeo tanto de intelectuales como medios de comunicación hacia la institución familiar, el país necesitaba volver a creer en sí mismo. Es la misma determinación que hizo construir la Torre de la Libertad a unos pasos del monumento a donde alguna vez estuvieron las Torres Gemelas de Nueva York, destruidas por un ataque en el 2001.

Pero si bien Neil Armstrong restaba importancia a los alcances de su hazaña, estaba consciente de la importancia que el programa especial tiene para la mentalidad colectiva de una nación. Los años de Barack Obama no han sido precisamente promotores de que el hombre sea enviado otra vez fuera de la atmósfera pues primero se dieron por concluidas las misiones de los transbordadores y más tarde se anunciaron fuertes recortes presupuestales a la NASA con lo cual se canceló la posibilidad de que Estados Unidos regresaría a la Luna en el 2019 con motivo del 50 aniversario de la hazaña. Armstrong manifestó su inconformidad porque de esa forma un país, dijo, "dejaba atrás sus posibilidades de soñar", declaración que coincide con lo escrito décadas atrás por Carl Sagan: "La exploración espacial no es algo barato, pero debemos persistir en ella. Es una manera ideal para definir nuestro futuro".

Extrañaremos a Neil Armstrong. Quizá no deseaba convertirse en héroe, pero para la mayoría de nosotros lo fue de todos modos. Y quizá nunca debió preocuparse: cualquier astronauta que vuelva a la Luna difícilmente va a querer borrar su huella. Su gigantesco paso.

 

 

 

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felipillovox escribe 28.08.12

Cómo hacen falta en nuestro presente personajes como Neil Armstrong, si hoy a alguien se le pidiera ir a la luna primero lo consultaría con sus abogados y luego firmaría contratos de exclusividad con Adidas, con Umbro o vaya usted a saber qué más, también habría protestas afuera de la base espacial exigiendo que se enviara al espacio al primer gay

 

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