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El mundo capitalista-contracultural de las patinetas

¿Piensa usted que  subirse a una patineta es una manera clara de enfrentar al orden establecido o como una protesta contracultural? Lo cierto es que hay pocos asuntos tan representativos del libre mercado como esta actividad donde la ley de oferta y demanda se manifiesta claramente. Sólo es cuestión de echar a rodar el asunto

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NOVIEMBRE, 2010. En cualquier parte del mundo occidental donde haya rampas o amplios estacionamientos nos toparemos con ellos. En México se les llama comúnmente escatos, palabra que proviene de skaters. Igualmente sonaría a lugar común señalar que quienes utilizan las patinetas forman parte de una cultura, a la que ellos gustan de llamar marginal o underground. Pantalones cortos de colores, camisas a rayas igualmente variopintas, de repente alguna banda en la cabeza, y magalladuras tanto en los codos como en las rodillas. Los últimos años el tatuaje se ha vuelto parte del atuendo, así como el piercing y en ocasiones el cabello teñido. 

Ya sea en Buenos Aires, en Tegucigalpa, en Amsterdam o en Sydney, la cultura de la patineta --o "monopatín" como le denominan en España-- escucha la misma música, que va desde la más "pop" como Blink 182 hasta la medianamente agresiva de Limp Brizkit y, para los radicales, de Rage Against the Machine. Hace algunos lustros preferían a Nirvana pero lo abandonaron una vez que sintieron que "se vendió al sistema", algo que el mismo vocalista Kurt Cobain utilizó como pretexto para pegarse un escopetazo allá por 1994.

Al igual que otras corrientes que se asumen como contraculturales, los patineteros afirman pertenecer a la corriente marginal, la rechazada por los convencionalismos e igualmente se consideran enemigos de la enajenación de los grandes medios que llaman rebeldía a Britney Spears. Lo suyo, dicen, es más auténtico. A diferencia de otros grupos alternativos, los patineteros no limitan su protesta a las vestimentas y los foros de internet, al cual no son tan adictos dado que la mayor parte de su tiempo la pasan ejercitándose, encima de su minitabla de surf con rueditas. Muchos de ellos son realmente buenos; saben que quien usa drogas terminará por atrofiarse por lo que, si las consumen, lo hacen hasta un límite. Cuando no están sobre la patineta sufren fuertes depresiones. Esa es su verdadera droga.

Inevitablemente, los patineteros fascinan a los sociólogos. Ron Dawski, de la Universidad de Nebraska, escribe en su ensayo Skating World: Toward a Mind Liberation at a zombie-domination land ("El mundo de las patinetas: Hacia una liberación de la mente en una tierra donde domina lo zombie): "El patinetero provoca la furia del dueño del estacionamiento no tanto por ver invadida su propiedad sino por el espíritu de libertad que lleva consigo el montarse en uno de estos artefactos. Una protesta más efectiva que arrojar rocas a los vidrios de la lujosa oficina del rico jefe. 'No soy como tu y jamás querré serlo' dice el patinetero cada vez que lo vemos frente haciendo piruetas en sitios supuestamente prohibidos. Es un punto básico hacia la emancipación de una juventud sin ideales".

El argumento de Dawski tiene algunos puntos válidos. ¿Por qué la moda de los patines que se dio a finales de los setenta no se trasminó hacia una forma de protesta? Sencillo: la cultura de los patines se daba en pistas cerradas, generalmente bajo techo y en un negocio establecido, por lo cual sus practicantes que se podían costear una tarde en patines eran generalmente de clase media y alta. Los patineteros, en cambio, precisaban de espacios más amplios, sobre el pavimento. Los estacionamientos de los supermercados, y las rampas de las universidades o ayuntamientos eran lugares ideales para practicar con la patineta. Cuando sus dueños llamaron a la policía para echarlos de ahí el paso para autoconsiderarse parte de la contracultura tenía que darse forzosamente.

Pero esa es apenas parte de la historia. Cuando la patineta comenzó a popularizarse masivamente, a mediados de los setenta, no ocupaba las calles sino las albercas vacías de domicilios particulares. E igualmente era una moda entre las clases altas. Su paso hacia estratos más bajos se dio debido a la demanda, que hizo que los precios bajaran considerablemente. Antes de ello, el artefacto que iba directo a convertirse en un ente contracultural era el frisbee, que igualmente se practicaba en espacios abiertos, como la playa. Cuando la patineta alcanzó un costo muy corto respecto al frisbee, desplazó a éste como elemento de protesta juvenil. Los patines, en cambio, no pudieron bajar sus costos y por ello se mantuvieron en un nivel relativamente elitista y fueron abandonados una vez que su clientela alcanzó la mayoría de edad.

Y aunque Dawski apenas lo insinúa, el crítico de Rolling Stone Rob Sheffield no duda en llamar a los patineteros "elementos de protesta frente al capitalismo salvaje (...) ellos son víctimas de una sociedad basada en el consumismo, y subirse en las patinetas es su modo de manifestar su descontento y su frustración".

Sin embargo, como lo advierten los canadienses Joseh Heath y Andrew Potter en su libro Rebelarse Vende, los patineteros, los darketos, las tribus punk, las lolitas, los emos y demás son parte incuestionable del sistema capitalista y se manejan, irremediablemente, dentro de los cánones del libre mercado. Como ejemplo, los patineteros tienen dos revistas de alto tiraje, Skater y Thrasher como referencia que refleja su mundo, las novedades, las estrellas y los expertos. Si nos fijamos bien, y si cambiamos las ropas patineteras por un traje caro, la similitud con la que ostentan el Businessweek y el Forbes no se antoja tan descabellada pues el principio es el mismo.

Si le mencionáramos a un patinetero que comparte muchas cualidades con los golfistas seguramente nos soltaría un listado de epítetos ofensivos. Y es que, como el golf --deporte que muchos consideran propio de las élites-- el skating es altamente individualista y competitivo además que carece de un árbitro que ande imponiendo reglas o realice decisiones rigoristas o equivocadas. Ambos juegan en espacios amplios y exigen el silencio del espectador. Ah, y los participantes suelen llevar cachuchas o bandanas.

Tan sólo en Estados Unidos la industria del "monopatín" maneja anualmente unos 1,100 millones de dólares, que si bien incluyen a los fabricantes de patinetas, se le añaden las camisetas, logos, publicidad, venta de equipo protector, patrocinadores, boletos de entrada, derechos de transmisión/grabación y centros para practicar la actividad. (A diferencia del pasado, los patinadores que hoy vemos en TV brincando sobre escaleras y barandales cuentan con todos los permisos necesarios). ¿Qué puede ser más capitalista que ello?

Y otra más: los negocios del cine y de la música han sufrido considerables pérdidas económicas a consecuencia de la piratería. Pero a los patinadores ello no ha afectado en lo absoluto; nadie fabrica patinetas copiadas del original y, más aún, las grandes estrellas de las patinetas presumen entre ellos los diseños originales como lo harían los propietarios de caros autos deportivos. La autenticidad en todos sentidos es una marca de orgullo entre los patineteros, quienes rechazan ferozmente a los advenedizos o quienes desean brillar con fama ajena. ¿Qué otra cosa puede representar más el espíritu capitalista que eso?

Por supuesto que lo patineteros jamás verán las cosas desde esa óptica. Pero como señalan Heath y Potter, la llamada "lucha contracultural" es un negocio, quizá más extravagante y menos convencional, pero negocio al fin. La relación que se ha dado al mundo patinetero con la contracultura representa sin duda un nexo que al final del camino viene a ser otra estrategia de marketing. Lejos de ser "trasgresor", el subirse a una tabla con rueditas y realizar piruetas, el patinetero busca innovar y destacar dentro de un sistema de libre competencia. Y ese espíritu se repite en países mercantilistas y asfixiados por la intervención estatal, como México, donde los jóvenes patineteros buscan sobresalir dentro de una actividad que nació, ni más ni menos, que en California, Estados Unidos, denunciado constantemente como la cuna de los peores vicios producidos por el capitalismo.

En nuestros países pobres el patinetero desea trascender más allá de su estatus social. Así ha sucedido desde que las primeras modas de Estados Unidos comenzaron a ser exportadas a otras latitudes, esto es, se reciben, se asimilan, se imitan y luego se reproducen localmente. Cuando alguien se asume como "marginado" es porque quiere dejar de serlo. El potencial e innovación de los patineteros latinoamericanos es enorme e igualmente desaprovechado. Pero ellos reproducen el esquema procapitalista de sus contrapartes norteamericanas. Quizá nunca asuman ello abiertamente, pero ahí está. ¿Y es que el lector que preferiría, un burócrata que no hace nada pero nos cuesta a todos o un patinetero que quizá grafitee propiedades ajenas pero que lo menos realiza una serie de ejercicios difíciles de reproducir y se mantiene activo? Si es un vago culpemos de ello a la falta de oportunidades de nuestros gobiernos ineptos, incapaces de ofrecer un ambiente que propicie la creación de riqueza.

El capitalismo ha logrado sobrevivir a esos espíritus rebeldes que van desde Henry Ford hasta Steve Jobs y Bill Gates. Los patineteros les realizan un homenaje, quizá inconsciente, pero igualmente válido. Por eso si los ve no se asuste por su apariencia ni sus tatuajes. En vez de ello admire sus acrobacias por un rato. Y después pregúntese si esta sería otro país si toda esa energía fuera canalizada cabalmente en nuestro desarrollo.

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