| 2- PRIMER ESBOZO
GENERAL DE LOS PARTICIPANTES: AVELINO:
Nació en Pontevedra y pasó
unos meses en Cangas hasta que, a causa de la viudez de su madre, lo llevaron con ellos
sus tíos al centro de Bouzas (salvo una estancia de 3 años en Gironella, Cataluña). En
Bouzas vivió en la calle Alfolíes, junto al Bar Dourado, en una casa antigua de piedra,
con tres habitaciones de suelo de madera y dos patios preciosos. Jugaba en la Alameda de
Bouzas con grupos de amigos mayores que él de quienes aprendía mucho. También salía a
la alameda, que era toda de tierra, todas las noches después de cenar.
Los muchachos hacían carreras de
relevos, y él llegaba siempre el primero porque corría más que nadie. Cuando jugaban al
trompo, el que se salía del círculo trazado "apandaba", lo que significaba que
los demás podían lanzar las afiladas puntas de sus trompos contra el suyo (les ponían
verdaderas trenchas afiladas, por maldad, a ver si rompían los de los otros), o empujarlo
a carambolas hasta la vía del tranvía, que, a menudo, se lo machacaba... así era el
juego, no a ganar, sino a hacer que alguien perdiese. Aquel tranvía se llamaba
"Blancanieves" porque era blanco y todo acristalado, tenía freno hidráulico,
los conductores arrojaban arena en las vías para mejor deslizarse.
-Mi tío era barbero -cuenta- y tenía
su negocio en la Alameda. Yo iba a la escuela de Doña Antonia, alias "La
Cotona"; otro colegio de Bouzas era llamado el San Juan de Dios, que estaba junto al
Bar Blanco, y también recuerdo la escuela de Doña Merceditas, que tenía un montón de
gatos. Al salir de clase disfrutábamos mucho de la playa sur, que entonces aún estaba
limpia y transparente. Pescábamos nécoras y mejillones y nos bañábamos en ella.
también en aquella otra de frente al mercado, aunque estaba más sucia porque atracaban
allí los barcos más viejos. Hacíamos faluchos de hoja de lata estirando botes de
pintura y, metidos en el agua de la orilla hasta la rodilla, competíamos en regatas
tirando de ellos con un cordel. Tenía Bouzas un equipo de fútbol muy famoso, el Rápido,
y nos dedicábamos a ver los entrenamientos de los mayores.
También estudié en un colegio oficial
pagado por el estado, el de Don Antonio Costas, que daba clases particulares de refuerzo
por la tarde, de 6 a 7, y esas sí las cobraba a 20 pesetas al mes. En aquel tiempo lo
normal era que los niños y las niñas fuesen a colegios públicos diferentes. Allí, a
los 12 años, me propuso una cajera de una empresa, amiga de la maestra, ir a trabajar por
primera vez y dije que sí. Mi tío me acompañó a la Vinícola Gallega, en García
Barbón, subiendo la esquina de Isaac Peral, enfrente de Club de Campo. Me empleó de
botones el dueño, el señor Pepiño Valeiras, aunque no me dio de alta hasta los 14
años, ya que la ley impedía el trabajo de los menores de aquella edad, aunque jamás
aparecían los inspectores de la Delegación del Ministerio de Trabajo encargados de
controlar que se cumpliera. Mi tío dijo: "Yo lo que no quiero es que el niño no
ande con dinero, porque le pueden robar". Le prometieron que no tendría que
preocuparse por eso, pero ya el primer día le mandaron a cobrar un talón al Banco
Hispano-Americano, y así me pasaba el día, haciendo recados para el apoderado y la
cajera. En el 48, yo ganaba 75 pesetas al mes que entregaba religiosamente para ayudar en
casa, como era lo normal. Me daban
los domingos para ir al
cine, y con eso iba que chutaba... luego más adelante, cuando ya era mayor, me pasaban siete pesetas: con cinco iba al baile a La Cruz Blanca, y aún sobraba para
comprar un paquete de picadura y un
librillo de papel del
liar Abadía, que me daba para fumar toda la semana. Entretanto,
yo seguí estudiando, iba a la Academia de Banca y Bolsa y a la Biblioteca.
Ya en el 50, el puesto de
apoderado quedó vacante por defunción y me preguntaron si sería capaz de asumirlo...
aquello eran empleos, y no lo que hay ahora, temporales y precarios... uno podía pasarse
toda su vida en una empresa desde los puestos más humildes a los más altos, todo era muy
familiar, y lo importante era que te tuviesen confianza. Así asumí la administración
toda de la fábrica. Exportábamos mucho conservas de calamares en su tinta para Cuba.
Trabajé allí hasta el 61, en que me casé. La fábrica iba entonces muy mal porque el
jefe, que era un señorito muy simpático que gastaba más de lo que ganaba. Su madre
pidió una ayuda a director del Banco de Vigo, dueño de la panificadora, que envió un
gerente que trajo al personal por el camino de la amargura y que acabó de arruinar la
empresa.
Pero antes de eso, viendo que ya
no tenía futuro allí, me ofrecí en una fábrica, J. Mtnez Blanco, que estaba haciendo
en Canido Conservas Botas, de Don Antonio Cerqueira, exportador de pescado, cerca del Bar
Puerto, también llamado "Bar La Mona", por un mico africano que le trajeron en
un barco y que tenía allá subida a un árbol. Administré esa fábrica muchos años
hasta que se quedó obsoleta y entonces me encargaron licenciar a todo el personal, en el
año 75. Aquella liquidación fue una bicoca para los dueños (no llegó a las trescientas
mil pesetas), y también yo me salí. Intenté trabajar en una cárnica de Pereiró, pero
las condiciones que me prometieron eran muy distintas de las reales, vi además que, para
meterme a mí iban a despedir a otro gerente que estaba casado y tenía un hijo, así que
estuve sólo un mes allí y regresé a la Empresa Botas, pero para la Ribera.
De aquella se enviaba pescado
sólo para Madrid y la Península, pero mi jefe, Ángel, quería exportar también al
extranero, lo que suponía un sin fin de trámites en la Delegación de Comercio. como yo
estaba ducho en ellos, se lo facilité y estuve trabajando allí desde el 75 hasta el 93,
año en que me operaron de un cáncer en Povisa, en el 95 me dieron la inutilidad y ya me
jubilé.
Cuenta Avelino que uno de sus hijos
sufríó un accidente deportivo que le hizo perder un par de años encamado, pero después
decidió seguir con lo suyo en Santiago. -¿Para qué?- preguntó su hermano de 16 años
-¡Si dentro de poco ya es un viejo...!- Apenas iba a a cumplir 25 años, pero eso da una
idea de lo relativos que son los diferentes puntos de vista -¿Ya eres un viejo, Toñito?-
preguntaba el padre a este hijo menor cuando llegó también a los veinticinco.
BALTASAR:
Baltasar vino una tarde a contarnos su
experiencia de hombre que no puede vivir lejos del mar -"que non me leven
dele"-. Hablando un alegre gallego de ribera nos dijo que desde chaval, cuando
aprendió a sumar y apenas a escribir en la escuela, había mamado la pesca de bajura, por
la ría, en cabo Estay y Moaña. En su juventud se arriesgó a la de altura en el Gran Sol
durante tres o cuatro años, hasta que se casó. Y finalmente en las collas (turnos) de
tierra que limpiaban y abastecían los pesqueros de Bouzas, donde le llegó la jubilación
a los sesenta.
La pesca de bajura de la sardina se
hacía "a xeito", es decir, a favor de las corrientes, en barquiños de madera
llamados "Bois" y "Vacas" donde se apiñaban, en los tiempos heróicos
en los que aún no había arrastre hidráulico, hasta 40 hombres con un cacho de tortilla
fría toda la noche, que echaban el aparejo y tiraban con esfuerzo de las redes.
Al Gran Sol se fué a los 19 años.
Iban por parejas de barcos de plancha, doce hombres en cada uno, que se pasaban quince o
diecisiete días pescando 400-500 toneladas, en aquel mar donde siempre hacía mal tiempo,
muchas corrientes, frío, niebla... -"mirábamos cuarenta veces á morte ó ollo
naqueles barcos cativos, non morreu máis xente porque Deus non quixo..."-. Era el
tiempo de la Segunda Guerra Mundial, en aguas británicas. De repente, el ruido de un
motor -"¡Aí ven un bicho!"- el caza salió de la niebla y disparó una
ráfaga. El compañero que estaba en la popa recibió tres balas en la espalda, aunque no
murió de aquello.
Y todo por un sueldo miserable de 24
duros, 42 en el Gran Sol, más 7 por el esfuerzo de limpiar la nevera al volver a tierra
-"non estaba sindicado o porto, e aínda pasou tempo ata que se crearon collas para
lavar a nevera e meterlle xelo"
-¿Non levaban un porcentaxe sobre a
pesca?-
-"Antes o último lance que se
pescaba era para nós, o quiñón, pero logo quitáronllo, porque lles parecía muito e a
mar xá non daba... ¡Cobrábamos o que eles querían, coma sempre, en soldo e peixe!
-"O mar chegaba á praza. O
quincenal tíñamos que varalo barco e fregalo. Despois dos 23 anos , xa casado, traballei
nas collas que facían iso, más a descarga, a limpeza da nevera, ir por carbón... Antes,
en terra só traballaba o redero, agora eso é cousa do amo de terra, e a maioría dos
mariñeiros son emigrantes, especialmente en Canarias".
El momento mejor de la pesca en Bouzas
fueron los años 40, cuando él tenía 17. Había veinte barcos en el puerto. Luego vino
el hambre, faltaba pan, sólo se conseguía pescado y patatas - "Calquer cosa que
podas imaxinar era antes muito pior que agora, hoxe ai máis vida, íbamos con buzos ou
monos, aos que atábamos as perneiras, para poder levarnos algunha merluza dentro para
casa, 50 pesetas daban por unha folla de bacalao".
CARMEN:
Hablando mucho y muy deprisa, cuenta
que es una viguesa total, nacida en El Castro y bautizada en Santiago de Vigo. Vivió en
la calle Arines. Tenía una madre muy pobre y trabajadora. Ella era la única chica y
hasta los 13 años hubo de cuidar de su hermano pequeño y coser. Si el pequeño gritaba,
le pegaban a ella... eran muy, muy peleones; cuando mandaron a los hermanos al colegio
privado de los Salesianos, ella, por mujer, tuvo que ir al colegio público. se acuerda de
tener siempre hanbre de pan blanco, que no había, por estar racionado durante la guerra.
había pan de maiz, pero lo le gustaba y lo hacían artesanalmente y con muy poca higene.
A los niños se les caía la baba mirando para un bollo de panificadora que los padres
habían agujereado y colgado en alto. A los 14 años empezó a trabajar como modista.
Su padre era chófer de los ricos
dueños de un importante colegio y de un banco; los llevaba en un coche descapotable hasta
Andalucía. Pero se arruinaron. Años después, ella se sorpredió cuando aquella
señorona vino a pedirle que le remendase un abrigo, declámándole un viejo proverbio en
gallego:
"Remenda o teu saio
e duraráche un ano,
reméndao ben e
duraráche o que ven."
A los 18 años ya era una
modista de alta costura, que trabajaba para una diseñadora de El Louvre, la empresa más
cara y prestigiosa de Vigo en ese campo, situada en la esquina de Carral con puerta del
Sol. Traían modelos de París y ella misma fue allá en alguna ocasión, y hasta pensó
en estudiar francés para entenderse. De aquel entonces recuerda una propaganda referida a
una determinada bovina.
"El Hilo Filomena,
que vende Felipín,
más duro que el hambre
y más fuerte que el alambre"
CHITA:
Nació en Alcabre, y la llevaron desde
muy pequeña a vivir a Bouzas. Su padre era marinero, tenía que pasar hasta un mes
pescando en los tempestuosos mares del Gran Sol y hasta tres en los helados de Terranova.
Ella era una niña tan birrita, enfermiza y enclenque que cada vez que sonaban las
campanas parroquiales de Bouzas se decía: "Ya se murió la niña". Años más
tarde le reprochaban: "No eres de palabra, llevas años muriendo y muriendo, y no te
mueres".
Un verano la llevaron a Leiro, interior
de Ourense, a una casa de madera que tenía unas azucenas preciosas entrando a la derecha,
un lindo balcón y una lareira, con vacas en el patio y el Monasterio de San Clodio cerca.
Le daban, con 4 o 5 años de edad, unas gotas de aguardiente que la mantenían alegre toda
la mañana. Cuando regresó a Bouzas sus padres estaban avergonzados del Gallego
acastrapado que había aprendido y que soltaba con la mayor inocencia. Pasó mucho tiempo
soñando con aquella casa, se veía en ella, mientras dormía, tomando con el mayor gusto
una papilla en una cunca de barro hasta que se vaciaba y se veía el dibujo de un pavo
real que tenía grabado en el fondo. Durante muchos años aquella casa soñada y añorada
fué su paraíso de infancia, aunque se llevó una gran desilusión el día que, por fin,
regresó allí.
-Cuando yo tenía 18 años, íbamos a
las Cíes con unas amigas y mi marido, que era de Orense y hablaba buen Gallego. Decía:
"¡Ay as gavotas, Chita, mira as gavotas!" y las amigas se violentaban
muchísimo.
-¿Cómo es que habla gallego delante
de la gente? ¡Dile que no hable gallego, qué vergüenza!- y le pedían que se pusiese
lejos de ellas para que no las confundieran. Así fue asesinado el idioma de nuestro
país.
DANIEL:
-Yo nací en Bembrive, Lavadores,
estudié en el Colegio Mezquita, de la calle García Barbón, me volvía caminando a la
parroquia, o me colgaba del tranvía por detrás para ahorrar un real; "ahorcaba
clase" con frecuencia para descubrir el mundo. En mi casa había abundancia, no nos
faltó de nada ni en los años del hambre, del 41 al 45. Eran tiempos en que había colas
de racionamiento para todo. Alguien se murió en mi familia y no se dio parte de la
defunción para poder seguir disfrutando de su cupo de tabaco. Lo plantábamos, a pesar de
que estaba prohibido, y lo hacíamos en casa. No se daba mal en Galicia. Había que
declarar a la Fiscalía de Tasas lo que tenías sembrado, y te obligaban a entregar un
cupo en especies, así como durante la guerra habían hecho requisas. También había que
pagar su diezmo a la iglesia y dar limosna a quien llegara a pedir. La gente sólo dejó
de mendigar en los 60, cuando empezó la emigración a Europa.
La generación anterior había emigrado
a América. De Vigo salían para Venezuela en los transatlánticos Covadonga, Guadalupe,
Montserrat, Marqués de Comillas... o para el Brasil, con el Santa María, que fué
secuestrado por Galvao. Y estaban también los ingleses. Costaba 15.00 ptas. el pasaje a
América, imposibles de satisfacer por un peón, al menos que tuviese tierras para vender.
Daniel estudió Comercio, comenzó a
trabajar a los dieciocho, no terminó la carrera y acabó de mancebo de farmacia. También
fue visitador médico.
DELIA:
-Yo hice la Primera Comunión,
por costumbre, vaya, las costumbres que había entonces, en el año 38, en la iglesia de
Coya, y en un salón que tenían al lado, nos dieron un chocolate con churros. "Has
hecho tu comunión en el mismo día en que la hizo Napoleón", le dijo el cura, para
que siempre se acordase. Después de eso, había que confesar y comulgar por lo menos una
vez al año, y la misa era solamente para los niños de los colegios de Coya y de Bouzas,
que entonces eran lo mismo, y, al salir, nos daban un bollo de pan y una onza de
chocolate.
ELENA:
Nació en Las Traviesas, la bautizaron
en la Colegiata y vivió una vida dura en Castrelos desde los 8 años, criando, por la
mañana, como una pequeña mamá, a sus cuatro hermanos. Haciéndoles la comida, se la
daba y se la llevaba después a la madre al monte, quedándose con ella desde las tres
hasta las ocho de la tarde a machacar piedras para hacer gravilla, que venían a buscar en
carros. Lo que le daban por toda esa tarde de pesado trabajo apenas llegaba para comprar
el pan y la leche diarios de su familia. En el tiempo de la guerra había muchas mujeres
descalzas picando piedra en plena calle por toda Galicia, lo que para las clases burguesas
constituía una verguenza regional, aunque poco se cuidaban de solucionarla. Todavía las
portuguesas seguirían en ello durante una década más. Una compañera suya se
autolesionaba, para que la dieran de baja cobrando algo, y se marchaba a vender
rosquillas.
A los trece años tuvo un ascenso
laboral: empezó a trabajar en una tienda de ultramarinos en la Calle Real, al tiempo que
también atendía un puesto en la Plaza da Laxe. Estuvo allí cuatro años cobrando 7
duros (35 pesetas) a la semana. En aquel tiempo, año1948, una criada fija recibía 125
ptas. al mes, con comida y alojamiento, y costaba 28 ptas. 1 kgr. de carne de ternera.
GLORIA:
Nació en la Plaza de la Constitución
de Vigo, estudió en Cluny y en Placeres y se casó con un médico pediatra. Se fueron a
vivir a Policarpo Sanz y tuvo un hijo y una hija. En el 65 murió su marido y decidió
ponerse a estudiar una carrera -¡Pero si tienes cuarenta años! ¡Ya estás demasiado
mayor para estudiar!- le dijeron las voces sensatas. Afortunadamente, no hizo caso y se
marchó a Madrid a estudiar Arte y Decoración, tras colocar a sus hijos internos en
colegios de Zaragoza y Toledo.
Le gustaba su carrera, pero, durante
unas vacaciones de verano, metió la rueda de su motocicleta en el riel del tranvía,
cayó y se partió una cadera, lo que supuso largas e interminables operaciones y
convalecencias durante varios años. Luego estudió la carrera de Esteticista y practicó
masajes y tratamientos de belleza en la antigua clínica de su marido en Policarpo Sanz,
que reformó. Durante un tiempo estudió también Modelado en Barro con el maestro
Nogueira en la Escuela de Artes y Oficios, y llegó a crear muchas esculturas y a
mostrarlas en exposiciones. Cuando se jubiló por invalidez, dejó la vida de ciudad y se
retiró a una finca junto al río Lagares, en Comesaña, donde vuelca su creatividad en el
cultivo de un hermoso jardín.
Su hija salió abogada e hizo unas
oposiciones que la situaron muy bien hasta que se casó con un inglés. Su hijo, sin
embargo, prefirió seguir su vocación de artista pintor y escritor por varios
continentes. Volvió de América, después de diez años, con mujer y tres hijos.
FLOR DE TOXO:
Nació en Porriño, entre 18 hermanos.
Cuenta una anécdota de la guerra con uno de ellos: Estaba movilizado y le vinieron a
decir a la familia que el chico había muerto. Toda la familia se tiñó de luto y
marcharon tres de los mayores, ensombrecidos, con un ataud comprado en Rivadavia a recoger
su cuerpo. Pero, al llegar a Burgos, les dijeron que estaba vivo y que se habían
confundido al colocar una "S" de más delante de su apellido. No se lo podían
creer hasta que se lo confirmaron con un telegrama, ya que el chico estaba en Castellón.
Alguien quería comprarles el ataud, pero, locos de alegría, lo tiraron por un barraco.
Cuando regresaron a su pueblo, todo Porriño salió a recibirlos con música.
SIGI:
-Yo tuve una niñez fatal... nací en
plena guerra, en circustancias terribles... era un pueblo de Castilla, de esos a donde
iban a segar los gallegos. Mi madre tenía un niño de dieciséis meses, mayor que yo, mi
padre era republicano y concejal del ayuntamiento, cuando lo detuvieron le pegaron una
paliza al que se le veían las costillas. Luego le llevaron con mis abuelos en la cárcel,
con una condena a pena de muerte y estuvo encerrado muchos años. A mi madre le
cortaron el cabello al cero y la estuvieron paseando junto a otras señoras por donde los
falangistas quisieron, rodeadas de retratos de Franco. A mi tío paterno, que era el
alcalde, lo habían fusilado tras un juicio sumarísimo. Pasamos hambre y necesidades de
toda índole... Hasta los catorce años, toda mi familia estaba marginada como apestados,
ya que todo el mundo se fue haciendo falangista, por conveniencia, excepto los que
naturalmente, no podíamos hacernos, porque lo teníamos claro... éramos lo que nos
contaban de niños. La escuela fue prácticamente imposible, nos marginaban hasta los
curas.
Yo les voy a contar un detalle: a un
tío mío, se lo llevaron en un camión con otros cinco jóvenes más (sólo tenían
dieciocho años), y los asesinaron, o eso creían, ya que le descargaron siete tiros a mi
tío en el cuerpo... pero sobrevivió y un pastor lo recogió donde los dejaron tirados y
lo llevó a su casa. Entonces, el cura y los falangistas del pueblo se enteraron y fueron
a buscarlo para rematar a aquel "enemigo de Dios". Pero le dijo el médico:
"No hace falta que se lo lleve, mire como está, éste ya se muere solo".
Acabó salvándolo una poesía que le
hizo a la Virgen y que recitó el día de la fiesta mayor, sorprendiendo a muchos que lo
daban por muerto. Entonces todos empezaron a decir que era santo y que por eso la Virgen
le permitió sobrevivir. Luego lo hicieron ir a la guerra y se las arregló para pasarse
al otro lado, con los suyos, hasta el final. Pero no quiso pasar a Francia y lo apresaron.
Estuvo la pena de muerte pesando sobre su cabeza durante años hasta que, de nuevo, fue
salvado por una amnistía... Mucho después, la revista Interviú contó su
historia.
Nosotros los niños éramos inocentes,
pero el estigma de nuestra familia nos tenía marcados. Una vez, por curiosidad, me
acerqué con otros chiquillos a los locales de Acción Católica, donde se estaban
catequizando mis amigos, y me salió al paso un energúmeno gritando "¿Tú? ¡Tú
que quieres aquí!" y me hizo salir corriendo sin que el cura dijera nada.
Como éramos labradores, teníamos unas
fincas y podíamos vivir de ellas, no había más alternativa que quedarse allí, a pesar
de todo. Me gané malamente la vida en el pueblo hasta los dieciséis años,
trabajando en los campos cuando encontraba trabajo, hasta que me decidí a emigrar.
Primero a Bilbao, luego a Barcelona y por fin Suiza y Holanda. En Holanda conocí a una
bella gallega, me casé con ella a los veintiocho años, en 1966, y nos fuimos a Sidi
Ifni, en el norte del entonces Sahara Español, por mediación de mi cuñado, que era
policía allí.
Invertimos en una lavandería el dinero
que habíamos ganado en el extranjero, contratando también a unas señoras del lugar, y
trabajamos duramente tres años hasta que Franco entregó aquel territorio a Marruecos.
Como la lavandería estaba en el mismo edificio que había sido la sede del Istquial, el
partido socialista de los marroquíes, nos decían que nos iban a rebanar el cuello. Las
últimas autoridades españolas nos obligaron a marcharnos sin nada en el 69, sin un duro,
diciendo que ya se nos indemnizaría al llegar a nuestro país. Tuve que desenterrar
personalmente a nuestro hijito para darle sepultura en España, ya que los moros
amenazaban que se iban a arrasar hasta las tumbas, junto con todos los malditos recuerdos
de los colonizadores europeos y cristianos. Por causa del rigor de aquel clima, estaba su
cuerpecillo seco como una raiz.
Pero, al llegar a nuestra patria, lo
que nos dieron fue absolutamente nada, más una patada en el culo, cuando yo fui a ver al
Gobernador civil de Pontevedra con una carta del general Gobernador de la provincia de
Ifni, pidiendo que nos dieran algo, por lo menos empleo. Las dos primeras veces que fui no
me recibieron y me dijeron que dejase allí la carta. La tercera, dos policías me
agarraron y me pusieron como un perro en la calle.
Finalmente nos fuimos a vivir a Bouzas,
a la llamada "Calle Nueva". Trabajé en los astilleros de Ascón, montando
frigoríficos. También repartí cerveza por Vigo, trabajando para la Cruz Blanca y luego
como conductor de los autobuses de Vigo, Vitrasa, en largos turnos de hasta dieciséis
horas diarias en los primeros años. Teníamos un niño pequeño que lloraba mucho y mi
mujer salía con él de la casa, para que yo pudiese dormir cuando llegaba.
Enmedio de todas esos trabajos, a Sigi
le gustaba, hasta hoy, escribir y hacer versos. (Enlace a los "ESCRITOS DE SIGi")
TERESA:
Es viuda desde hace trece años de un
mecánico naval con el que tuvo tres hijas y un hijo que le dieron nueve nietos con los
que está feliz. Su padre era guardia civil, su madre una mujer de pueblo, encantadora.
Su padre era carabinero y lo destinaron
a Villagarcía, donde estaba la isla de Cortegada, que se la había regalado el
Ayuntamiento al Rey Alfonso XIII, aunque nunca fue por allí. Sin embargo, la tenían que
vigilar un carabinero de mar y otro de tierra, para controlar alos cazadores furtivos de
conejos. Su padre era uno de ellos y ella pasó días muy felices en la isla entre los 5 y
los 8 años, habitando en vacaciones la única casa que no estaba derruída.
-Lo recuerdo siempre como lo más
bonito que viví: la semana se me pasaba en un vuelo, en la playa que había alrededor de
las ruinas cogía caramujos amarillos preciosos, conchitas, flores, piedrecitas... y
tenía para mí todo un lavadero, donde lavaba la ropa de mis muñecas. Algunos domingos,
el otro carabinero traía a su familia, pero el resto del tiempo yo era la única niña.
Me sentía como si fuera la reina del lugar. Vivía allí con mis padres y mi tía, con
quien compartía habitación.
Hasta los 5 años su compañera era
aquella tía, hermana de su padre, que la fascinaba. Ella la llevaba a todas partes y le
enseñó a rezar... también la llevaba al asilo de ancianas, que estaba junto a su
casa, donde le encantaba ir, porque le daban los recortes de las obleas. Había allí una
mujercita tan pequeña que parecía a medio camino entre una niña y una viejecita...
se llamaba Andresiña y siempre quería medir su mano con la suya.
-Mi tía me llevaba con frecuencia a
pasear con otro amiguito por el campo. éramos felices recogiendo piedritas... Una vez
tropezó , se cayó al suelo y no se podía levantar, ya que era muy gruesa. Todos
asustados, los niños intentamos levantarla sin conseguirlo. Ella, entonces, se echó a
reir de nuestros esfuerzos. Al ver que no se había hecho daño, también nos reímos
muchísimo... Cuando mi querida tía se murió, a mis 5 años, pesaba unos 120
kilos. Mientras mi madre me vestía, lloraba desconsoladamente. Le pregunté que ocurría
y me dijo que la tía estaba ya en el cielo. Mucho más tarde me contó que, antes de
irse, me había bendecido deseándome la mayor suerte del mundo.
De los 10 a los 15 años estudió
Cultura General en el Colegio Mezquita, no siguió porque era muy nerviosa.
Pasó cinco meses en Guillarey y siete
en Camposancos, en cuya barra recogían algas para abonar las leiras. Recuerda al criado
llevando en burro hasta la playa del río a las niñas de la casa y dándoles fruta y
chocolate. El contacto con la pequeña, cuatro años menor que ella, le desarrolló la
vocación de madre, era una verdadera muñeca viva cantaba para ella y para los gatos.
Vivió el tiempo de la guerra en Vigo.
Estaba enferma del pulmón y se empleó
durante 7 años en una tienda de la calle Real, dode empezó cogiendo puntos a las
medias en una máquina, como se hacía en tantos otros puestos, hasta que por fin la
pusieron en el mostrador.
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