ROBERT BADEN-POWELL, JEFE SCOUT DEL MUNDO
Teresio Bosco
¿LOCURA QUE A NADA CONDUCE?
Un
gran destino en un rectángulo de papel ** El
sordo tronar de los cañones ** El juego
terrible de la astucia ** ¿Locura que a
nada conduce? ** Los ojos del mundo sobre Mafeking ** Eloff
al ataque ** ¡Por fin la liberación!
Hacia un mundo de muchachos alegres ** La señal
de ¡Nave en peligro! ** Época de
viajes fabulosos ** Palabras mágicas
sobre un sombrero gris-ratón ** En misión
a la India ** Las emboscadas de los Phatan ** Hacia
Rusia en espionaje ** Un combate en la gran llanura ** Un
dictador negro y otro blanco ** Un problema urgente:
el de dos millones de jóvenes ** Seis
tiendas en Brownsea ** La temporada de las fogatas
y pistas ** Su retiro del ejército ** La
Ley Scout ** Un libro que hace estallar a los jóvenes ** Una
vuelta alrededor del mundo ** La guerra europea ** Jamboree,
encuentro de tribus ** Su muerte a los pies del
monte Kenya
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Menuda fue la sorpresa de un comerciante viajero frente a la guerra en Mafeking con abundante provisión de carburo. ¿Qué había pasado? Que con la ayuda de un mecánico, Robert ha fabricado un rudimentario reflector a carburo que en la noche lo hace tomar doce posiciones diferentes iluminando por algunos minutos diversos puntos de las líneas enemigas. Como la treta se repite noche a noche, los oficiales boers llegan a la conclusión de que los ingleses disponen de una docena de reflectores utilizables en caso de ataque nocturno. Por eso éstos no se repiten por varios meses.
Baden-Powell aprovecha muy bien las noches en calma para fortificar las murallas y correr las trincheras hasta quedar a 30 metros de las líneas enemigas. Así consigue poder responder a los cañonazos valiéndose de sus pequeños cañones de poco alcance y de bombas de mano. Cuando éstas se terminan, hace preparar otras con tarros de conserva que llena de dinamita con el agragado de una mecha. Hasta con sus propias manos llega a fabricar un obús sirviéndose de la chimenea de una vieja locomotora.
Un buen día aparece a la entrada de la mesa de los oficiales la siguiente advertencia del coronel: "Si se dan cuenta de que las circunstancias exigen obrar con prontitud, no esperen órdenes. No dejen de actuar por temor a equivocarse. Jamás ha hecho nada quien nunca se ha equivocado. El coraje y la decisión han hecho a menudo que un error se transforme en éxito".
Pero pasan los días. Los defensores de Mafeking escrutan a diario el horizonte por donde deberían llegar los refuerzos y ¡nada! Mientras tanto las municiones escasean más y más y hay señales de desesperación. Un capitán, por ejemplo, entra un día en la tienda del coronel con los nervios destrozados por la interminable resistencia:
- Señor - le dice -, lo que usted hace es una locura que a nada conduce. Si nos ataca el enemigo, en diez minutos nos aniquilará.
- Precisamente así venceremos, capitán - contesta sin inmutarse Baden-Powell -. Porque el enemigo no nos atacará.
Lo urgente en esos momentos era lograr rapidez en las informaciones:
saber de inmedito en qué punto del perímetro urbano se disponían
al ataque los boers, con el fin de concentrar oportunamente a los defensores.
Para llenar esta necesidad, Baden-Powell formó un cuerpo especial con
muchachitos de 10 a 16 años. Los uniformó y los adiestró
en el arte de informar y llevar órdenes en forma que causaron general
admiración por el coraje y el alegre heroísmo con que se desempeñaron
por meses y meses. Cuando en Mafeking llegaron a faltar las estampillas para
la correspondencia interna, Baden-Powell procedió a la impresión
de otras nuevas, pero en lugar del rostro de la reina puso la imagen de "Los
niños mensajeros de Mafeking".