BREVE HISTORIA DE PIURA  -  TOMO II

LA CONQUISTA EN PIURA

Reynaldo Moya Espinoza

Carátula

Contenido

Prólogo

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Galería de fotos

Bibliografía

Biografía de R. Moya E.

Página web

 

CAPÍTULO II

Se prepara la Conquista

 

01.- Antecedentes.

02.- Pasan los años y se gana experiencia.

03.- El contrato.

04.- El Imperio del Sol.

05.- Los españoles en Paita.

06.- Pizarro y las capullanas.

07.- Honores y mercedes

08.- Francisquillo y Fernandillo.

09.- Juanillo de puerto Viejo.

10.- Contrato para la conquista

 

04.- El Imperio del Sol

Retomando lo anteriormente manifestado, Almagro y Bartolomé Ruiz, salen de Panamá en un bergantín en auxilio de Pizarro tras de largos meses que fueron necesarios, para con la ayuda de Luque vencer la resistencia del gobernador de los Ríos. Tras el episodio borrascoso de Tafur y Pizarro, éste  aprovechó el bergantín que acababa de llegar para incursionar profundamente en los mares del sur. En la Gorgona dejaron a tres españoles cuidando el bagaje: Peralta, Páez y Trujillo, con indios auxiliares. A los pocos días falleció Martín Trujillo.

Pizarro cruzó la línea equinoccial y a los veinte días de navegar entraba a las mansas aguas del golfo de  Guayaquil. Para Cieza de León, esto acontecía en marzo de 1528, pero Mendiburo y el padre Vargas sitúan estos hechos entre junio y julio de 1527. Sea lo que fuere, ya habían penetrado en los territorios del inca y en el golfo encuentran cinco grandes balsas de guerreros tallanes de Tumbes que se dirigen atacar la isla de Puná. La llamada guerra de la Sal estaba en su apogeo y todo hacía suponer que en ese momento la iniciativa la tenía los tumbesinos. Caro les costaría. Los españoles visitan la isla de Santa Clara o del Muerto en donde los indios tienen un adoratorio. Se apropiaron de vasos de oro y plata, que formaban parte de los objetos del culto idolátrico.

Balseros tumbesinos guiaron al pequeño bergantín de Pizarro, que sin embargo causaba el asombro de los navegantes tallanes; hasta la caleta de la Cruz. A lo lejos Pizarro contempló la ciudad de Tumbes. No era ésta una aldea cualquiera como las que habían visto a su paso por las costas de la actual Colombia y Ecuador, pues a la distancia se podían apreciar sus edificios.    

Pizarro estaba en las puertas del gran imperio. El rudo soldado habrá sentido en esos momentos, la más grande emoción y que su sueño empezaba hacerse realidad.

Los tumbesinos también avizoran la nave, que les parece algo extraña. Las extensas playas se llenan de gesticulantes e intranquilos tallanes, pero bien pronto aparecen los balseros que han escoltado a Pizarro, y tratan de dar una explicación.

De inmediato llevan la información al curaca. Nos imaginamos a éste en reunión de urgencia para contemplar la situación y decidir lo que debía  hacerse. Por el momento la guerra contra el secular enemigo Tumbala de Puná, pasa a segundo plano. Están enfrentando a lo desconocido y es el primer contacto con los agentes de un mundo nuevo que va a crear un cambio profundo en el Tahuantinsuyo.

En Tumbes había en esos momentos un Apo, es decir un orejón y como tal un personaje muy representativo. No se puede asegurar, si era un seguidor o no, de Huáscar o de Atahualpa, pues la guerra fratricida recién había comenzado.

En una decisión que lo honraba, el Apo decidió enfrentar a esos seres desconocidos y extraños y se dirigió a la nave de Pizarro. Su porte, majestad, y desenvueltas maneras, hacen comprender a los españoles que ese embajador es hombre importante y se le da un trato respetuoso. El visitante, todo lo observa y con ayuda de los intérpretes, que los españoles han adiestrado en la isla de la Gorgona, pide que haga fuego el arcabuz, sin mostrar temor por el ruido, ni por la llamarada del disparo.

En nombre del curaca el Apo invita a Pizarro a desembarcar, pero éste con prudencia envía a un marinero, para que se le proporcionen veinte barriles de agua dulce. Gines de Bocanegra, que así se llama el marino, se asombró de encontrar una ciudad bien poblada con varios edificios y un apreciable desarrollo urbano. Llevó la noticia a Pizarro que incrédulo decide enviar a uno de los Trece del Gallo: Alonso de Molina.

Este hará el papel de un verdadero embajador. Con el saludo de Pizarro al curaca, le lleva obsequios consistentes en una pareja de cerdos, cuatro gallinas y un gallo. Forma parte de la comitiva un negro de Guinea, que como es natural, su nombre no es recogido por la Historia.        

Los animales y el negro fueron un nuevo motivo de asombro para los tallanes. Les intrigó mucho el color del esclavo y su blanca dentadura, y pensaron que estaba cubierto de pintura que trataron de quitársela limpiándolo y bañándolo. La apostura del gallo y su canto, fue motivo de gran distracción.

Molina confirmó lo dicho por Ginés de Bocanegra en cuanto a la importancia de Tumbes, pero así y todo, Pizarro siguió en la duda y consideró que la extrema juventud de Molina lo hacía propenso a exageraciones.

Resolvió enviar entonces a Pedro de Candia, el artillero griego. Era éste un tanto diferente al resto de sus compañeros de la isla del Gallo. De talla casi gigante, tenía la barba muy poblada y rojiza, lo que unido a su porte atlético, le daba un aspecto impresionante, y como fue forrado con la armadura de hierro, y armado de rodela y arcabuz, parecía sin duda un habitante de otro mundo.

El desembarco de este nuevo ser revolucionó Tumbes. Los habitantes sintieron la sensación del peligro y se produjeron aprestos de defensa. Candia avanzó en forma lenta y prudente de la playa hacia la plaza en donde esperaba una multitud entre temerosa, curiosa y alerta. El sol tumbesino al caer sobre el metal bruñido producía mágicos reflejos y al andar, el personaje dejaba oír un ruido muy especial por el roce de las piezas de metal de la armadura. Ni los tumbesinos ni el resto de los peruanos conocían el hierro y por eso no se explicaban el vestido del personaje.

En torno a ese desembarco, se ha creado una leyenda de acuerdo a la cual, el curaca para comprobar si  el recién llegado era un Dios o un hombre, dejó suelto un puma o un jaguar, que Huayna Capac en su visita a Tumbes había dejado. Para unos, la fiera se acercó a Candia mansa como un perrito y para otros se espantó por el disparo del arcabuz y huyó ante la maravillada mirada del curaca y de sus cortesanos. Creyeron entonces que estaban ante un ser excepcional, algo así como un semidiós. Eran posiblemente los viracochas anunciados por los oráculos.

Tras de eso, Candia hizo nuevas demostraciones con su arcabuz causando el espanto de la multitud. Comprendieron que ese ser era dominador del trueno y del relámpago y cuando después, desde lejos y por efecto de un disparo rompió un tablón, supieron que también tenia el poder del rayo. Era pues el hijo de la tempestad o del trueno, ese hombre llegado del mar.

 Candia estuvo dos días en Tumbes y recibió el trato que correspondía a un personaje muy excepcional. Vio el templo, la fortaleza, la casa de las escogidas, el mercado y la plaza. En esta oportunidad fue entonces el visitante el asombrado, de la riqueza y de lo grande de la ciudad. No imaginaba el griego como en un país que se suponía habitado por gente casi salvaje, se hubiera logrado tanto progreso, tanto orden y bienestar.

Candia hizo a su jefe un relato entusiasta y exagerado de la ciudad llenando de pasmo a Pizarro. Recién éste se dio cuenta de la grandiosidad y magnitud de la empresa que trataba de acometer. El Imperio del Sol era un estado bien organizado y Tumbes al decir de Candia, comparable a Valencia. Según Estete llevó Candia algunas llamas y muchachos.

Candia dibujó, sobre una servilleta, un plano de la ciudad de Tumbes que después Pizarro mostró al rey.

Mapa del Tahuantinsuyo

 

 

EL IMPERIO DEL SOL

 

Pizarro al continuar su segundo viaje tuvo mayores noticias el Imperio Incaico, llegó hasta Tumbes, pasó por Paita y siguió hasta  la desembocadura del  río Santa, En el trayecto tuvo contacto con varias capullanas piuranas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Imperio de los Incas se componía de diversas naciones, que habían conservado cierta independencia después de ser sometidas y obligadas  a reconocerse tributarias.

Por eso cuando legó Pizarro muchas de esas naciones se le plegaron.

 

 

 

 

 

 

 

William Prescott

WILLIAM PRESCOTT

 

Prescott, en “Historia de la Conquista del Perú” relata que Pizarro  logró amigable  recepción de los tumbesinos, los que le contaron del poderoso Imperio y de las guerras entre Huáscar y Atahualpa.

 

 

Raúl Porras Barrenechea

RAÚL PORRAS BARRENECHEA

 

En su libro “Pizarro” narra que en la desembocadura del río   Chira recogió a  a seis muchachos tallanes.

 

Pizarro frente a Tumbes

PIZARRO FRENTE A TUMBES

 

El bergatín de Pizarro al llegar frente a Tumbes fue rodeado por una gran cantidad de balseros alborozados.

Estaba ya en las puertas del gran imperio. En la ciudad se encontraba un Apo u orejón, personaje de alto nivel que no se sabe si representaba a Atahualpa o a Huáscar.

El Apo mostrando mucha serenidad y con majestad hizo una visita al barco y se interesó en todo lo que veía y era nuevo para él. Invitó a Pizarro a desembarcar, pero éste se excusó.

 

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