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CAPITULO XII
La Guerra Civil llega a Piura
01.-
Pizarro visita San
Miguel.
02.-
La rebelión peruana.
03.-
La rebelión de Cosme Chinguel.
04.-
La muerte de Almagro.
05.-
El escudo de la ciudad de
San Miguel.
06.-
La misión de Lorenzo de Aldana.
07.-
Dudas sobre el escudo de Piura.
08.-
El Dr. Garrido Lecca halla al verdadero escudo.
09.-
La fundación de Guayaquil.
10.-
La leyenda de El Dorado.
11.-
Descubrimiento del Amazonas.
12.-
Asesinato de
Pizarro
13.-
Arribo de Vaca de Castro.
14.-
Los piuranos y Vaca de Castro.
15.-
La rebelión de Almagro el Mozo.
16.-
Ahorcan a pizarristas en Piura.
17.-
Los hijos de Pizarro en Piura.
18.-
Vaca de Castro llega a Piura.
19.-
Castigan a almagristas piuranos.
20.-
El auge de Paita.
21.-
Arrieros y piaras.
22.-
Las
principales familias en los primeros 50 años
11.-
Descubrimiento del Amazonas
Francisco Pizarro autorizó a su hermano Gonzalo a efectuar la
expedición tan pronto se hiciera cargo de la tenencia de gobernación
de Quito.
Gonzalo salió del Cuzco con Antonio de Rivera, Juan de Acosta, el
padre dominico fray Gaspar de Carvajal, y el mercedario Gonzalo de
Vera. También lo acompañaban los capitanes Juan de Alcántara,
Cristóbal de Segovia y otros.
Al pasar por San Miguel de Piura, Pizarro enganchó algunos soldados
y siguió viaje a Quito, desde donde escribió al emperador su
intención de conquistar El Dorado y en febrero de 1541 partió con
220 hombres, 900 animales entre perros, cerdos, llamas y
abastecimientos de toda clase. Como siempre, lo acompañaban gran
cantidad de indios, que se calcula, pasaban de 4.000.
Unos pocos días más tarde salió tras de Gonzalo, dándole alcance el
capitán Francisco de Orellana. De primera intención los
expedicionarios tuvieron que franquear las altas cumbres de los
Andes. Los indios acostumbrados al clima benigno de los valles
ecuatorianos no resistieron el fatigoso cruce de la cordillera, el
intenso frío y las nieves perpetuas. Cuando al fin se logró
transponer los Andes se encontraron con la selva virgen e
impenetrable, con sus lluvias torrenciales y extrema humedad. Las
ciénagas, las miríadas de insectos y la gran cantidad de ríos
caudalosos, tornaron muy penoso el avance. No sólo murió la casi
totalidad de los caballos, sino también la mayoría de los indios.
Parecía un ejército de espectros, de hombres famélicos cubiertos con
harapos, barbudos y desgreñados.
Un recuento que se hizo, mostró que faltaba un gran número de
españoles, y casi todos los cerdos, las llamas y los perros. Las
armas se oxidaban inutilizándolas por la extrema humedad. El calor y
la lluvia descomponían las semillas y los víveres. Los trajes se
enmohecían. Se tenían que tomar medidas extremas con la pólvora para
evitar que se mojara. Los selvícolas, desde lugares que no podían
precisar les arrojaban flechas, algunas envenenadas. Era como haber
entrado en un mundo de alucinación y locura. Las provisiones se
agotaron y el hambre hizo su aparición. No se podían enviar grupos
para lograr provisiones porque retroceder o separarse equivalía a la
muerte.
Al fin los expedicionarios llegaron al río Coca, afluente del río
Napo. Construyeron un pequeño barco capaz de hacer frente con éxito
a las ligeras canoas indígenas atacantes.
Los clavos los fabricaron fundiendo arneses de los caballos muertos.
Navegaron por el río Coca y luego entraron al Napo cuyo curso
siguieron hasta su confluencia con el Aguarico, punto que en la
actualidad es un hito en la línea de límites con el Ecuador.
En este lugar los expedicionarios hicieron alto y levantaron un
campamento. Algunos selvícolas dijeron a Gonzalo Pizarro que más
adelante había poblaciones grandes con gran cantidad de víveres.
Decide enviar a un grupo explorador eligiendo para tal tarea a
Francisco de Orellana que parte en el pequeño navío con 57 hombres,
el 26 de diciembre de 1541, es decir al día siguiente de la Pascua.
Se le entregó una buena cantidad de oro para que adquiriese víveres,
y se estimó que en quince días podía estar de vuelta.
Orellana agotó pronto los alimentos y la tropa tuvo que aprovechar
hasta los cueros, sin poder hallar víveres. Por fin se encontró un
poblado habitado por gente pacífica que les proporcionaron alimentos
y construyeron en ese lugar llamado Aparia, un bergantín para lo
cual demoraron 35 días. Tuvieron que forjar 2,000 clavos. El 24 de
abril de 1542 se resolvió salir adelante.
Habían pasado ya 4 meses que había dejado a Gonzalo Pizarro. Algunos
cronistas dicen (Garcilaso y Gómara entre otros) que Orellana
procedió deslealmente al decidir actuar por su cuenta y dejar en
abandono y esperando a Gonzalo, actitud que aseguran le fue
reprochada por varios españoles de su expedición, entre ellos Hernán
Sánchez de Vargas al cual castigó dejándolo abandonado. Otros
historiadores expresan en cambio que le era ya imposible a Orellana
retornar contra la corriente y que Comisionó a tres españoles y
varios indios para que regresaran al lugar donde estaba Pizarro y le
informasen de la situación. De tales hombres no se volvió a tener
noticia, la selva los devoró.
Orellana llegó al Amazonas el 12 de mayo y encontró en ese lugar una
gran cantidad de gente en actitud hostil. Los indios atacaron al
bergantín y a la otra barca. Se produjo a bordo ardua lucha,
mientras que en tierra Cristóbal de Segovia con sólo 12 hombres hace
frente a varios cientos de atacantes. Veinte soldados resultaron
heridos, pero lograron apropiarse de los víveres de los selvícolas.
Al reemprender la navegación, un centenar de canoas tripuladas por
fieros indígenas, los persiguieron un buen trecho.
En el gran río, cuya anchura llenó de asombro a los españoles, la
navegación fue rápida y llena de incidencias.
En los primeros días de junio, ya estaban los expedicionarios frente
a la desembocadura del río Negro, uno de los principales afluentes
del Amazonas en Brasil.
El 22 de junio entraron a un pueblo habitado sólo por mujeres, altas
y desnudas y al desembarcar en busca de víveres fueron atacados,
trabándose un combate en el que murieron ocho mujeres y resultaron
varios españoles heridos, entre otros el padre Carvajal, que perdió
un ojo a causa de un flechazo. Al hacer este religioso la narración
del viaje, denominó al lugar país de las Amazonas y fue así como
nació la leyenda de las Amazonas.
Más adelante fueron atacados por gran cantidad de indios tripulando
canoas que les lanzaron nubes de flechas envenenadas, a consecuencia
de lo cual murieron Antonio Carranza y García de Soria.
Por fin, el 26 de agosto de 1542 entraron al Atlántico. Como no
tenían piloto ni brújula, navegaron a la vista de tierra hasta que
lograron llegar a la isla Trinidad habitada por españoles. El padre
Carvajal retornó al Perú y Orellana se dirigió a España a dar cuenta
al rey de su descubrimiento, siendo muy bien recibido.
El rey accedió a los pedidos de Orellana para intentar una nueva
expedición, nombrándolo gobernador de los nuevos territorios a los
que llamaría Nueva Andalucía.
Partió Orellana de España con 400 hombres. Asombra el número pero es
que en la península existía una verdadera fiebre por venir a América
a hacer fortuna. A los reyes de España no costaba nada conferir
gobernaciones de territorios por conquistar, y hombres audaces y
valerosos no titubeaban en lanzarse a empresas sin que al estado
español, le costase nada, y más bien, año tras año los hombres que
venían al continente en afán de conquista, informaban a sus
majestades de las nuevas tierras adquiridas con su espada para la
corona.
En la travesía murió un buen número de expedicionarios, pero al fin
penetraron en la boca del gran río y avanzaron 100 leguas, pero
enfrentaron muchos contratiempos y una gran cantidad de soldados
enfermaron y murieron, lo que obligó a Orellana a retornar, y cuando
estaba frente a la isla Margarita, también enfermó y murió.
Mientras tanto, Gonzalo Pizarro cansado de esperar, dispuso que
Gonzalo Díaz de Pineda, avanzara en algunas canoas río abajo. Ahí
fue cuando encontró abandonado a Hernán Sánchez de Vargas, con
amargas quejas contra Orellana. Por él supo Gonzalo todo lo
acontecido y considerando que con los recursos que tenía era
imposible seguir adelante, resolvió retornar a Quito.
Como Gonzalo Pizarro no sabía que ruta tomar, comisionó nuevamente a
Díaz de Pineda para que con canoas surcase otra vez el Napo, pero
río arriba con el fin de encontrar una mejor vía, pues el avance lo
habían realizado por tierra y había sido muy penoso. La misión de
Díaz de Pineda fue exitosa, por cuyo motivo se emprendió el regreso.
Ya no disponían de caballos, ni de llamas, cerdos o perros. Tuvieron
que sostener combates frecuentes con los selvícolas que desde las
orillas los atacaban o les salían osadamente al encuentro en canoas.
La fatiga y el hambre mató más hombres en el ya reducido grupo.
En junio de 1542, sólo nueve españoles hacían con Gonzalo su ingreso
a Quito. Sus cuerpos cubiertos de harapos, enflaquecidos, macilentos
pero siempre soberbios y con la mirada altanera desfilaron por las
calles de la ciudad ante el pasmo de las gentes. Otra pequeña
tropilla llegó después. En la cordillera y en la selva quedaban para
siempre 140 españoles y 4,000 indios. El resto de expedicionarios se
encontraba atravesando el Amazonas con Orellana.
A despecho de sus deslealtades, de sus ambiciones y crueldades, no
puede dejar de expresarse una gran admiración por esos hombres
excepcionales, valientes hasta la temeridad, con voluntad de acero y
con una decisión inquebrantable, para los que no había peligro que
los hiciera retroceder, ni en su diccionario existía la palabra
miedo.
Eso explica porque España pudo convertirse en esa época en la
primera potencia del mundo. Parece sin embargo que esas virtudes no
se conservaron con su vigor original, y que el disfrute de las
riquezas y el haberse tornado sedentarios, mató el espíritu
aventurero, la decisión y osadía que eran tan generales en los
españoles del siglo XV y del siglo XVI. El temple de los
conquistadores, sólo aparecería en las generaciones que le
sucedieron, por excepción. Eso explica también la decadencia de
España.
Las expediciones de Gonzalo Pizarro y de Francisco de Orellana, no
fueron las únicas que salieron del Perú rumbo a la selva y al
Amazonas. En 1549 cuando gobernaba el Perú don Pedro de la Gasca,
salió de San Miguel de Piura el vecino de esa ciudad el capitán
Diego Palomino, explorando la región del Chinchipe, alto Marañón y
fundó la ciudad de Jaén de Bracamoros. Quince años más tarde de los
hechos protagonizados por Pizarro y Orellana, salieron de Lima,
pasaron por Cajamarca y llegaron al Amazonas, los expedicionarios
que mandaba el capitán Pedro de Ursúa y que terminó Lope de Aguirre
el Traidor.
Como se puede apreciar, San Miguel de Piura dio su aporte en la
conquista del Amazonas, cuya única paternidad reclamaba el país
vecino.
La conquista del Amazonas se inició por lo tanto en el Perú, por
orden del gobernador del Perú, don Francisco Pizarro, con recursos
logrados en nuestro país y cuando Quito era una dependencia de Nueva
Castilla, con un teniente gobernador nombrado por el conquistador.
Cuando Gonzalo volvió a Quito en Junio de 1542, se enteró del
asesinato de su hermano el conquistador del Perú, el marqués
Francisco Pizarro, producido hacía ya un año y que Vaca de Castro
había iniciado campaña contra Almagro El Mozo, hijo de don Diego,
que se había sublevado. |