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| JULIO 3
SAN IRENEO DI�CONO Y M�RTIR (S. III) San Ireneo, que era di�cono seg�n se dice, sepult� el cad�ver de San F�lix, sacerdote de la Iglesia de Sutri, quien hab�a sido martirizado por la fe. El suceso lleg� a o�dos del prefecto Turcio, quien estaba encargado de la ejecuci�n de las leyes en aquel distrito, y orden� que se arrestase a Ireneo. Con las manos atadas y los pies desnudos, el santo tuvo que correr delante del carro de Turcio desde Sutri hasta Chiusi. Una noble dama llamada Must�ola asisti� en la prisi�n a Ireneo y sus compa�eros. El prefecto la cit� por ello a juicio; pero, al ver la belleza de Must�ola, olvid� su deber y empez� a cortejarla. Para vengarse del desprecio con que la dama acogi� sus atenciones, Turcio decidi� atormentar a Ireneo y sus compa�eros. As� pues, en presencia de Must�ola, someti� a Ireneo a la tortura del potro; como el m�rtir se mostrase inconmovible en la fe, el tirano orden� que le desagarrasen con garfios de acero y le quemasen con hierros ardientes hasta que muriese. Must�ola clam� valientemente contra la ferocidad de Turcio y le amenaz� con la c�lera divina. Esto enfureci� al tirano, quien dio la orden de matarla a palos. Seg�n la leyenda, el martirio tuvo lugar en la �poca de Aureliano. Must�ola fue sepultada en una catacumba de Chiusi. Tanto en dicha ciudad como en P�saro se la venera como virgen y m�rtir; pero el Martirologio Romano afirma que era casada. JULIO 12 SANTOS HERM�GORAS Y FORTUNATO, DI�CONO M�RTIR (S.I) Fortunato Di�cono del Obispo Hermagoras, comparti� con �l, el martirio, algunos hagi�grafos: murieron juntos y seg�n otros en forma separada. Seg�n una tradici�n que data del siglo VIII, San Marcos el Evangelista, antes de ir a fundar la Iglesia de Alejandr�a, fue enviado por San Pedro a evangelizar Aquilea. El Ap�stol predic� ah� el Evangelio, reforz� su predicaci�n con milagros y convirti� a muchos paganos. Al partir a Aquilea, nombr� obispo a un �distinguido personaje�, llamado Herm�goras, acompa�ado por su di�cono San Fortunato, predic� el Evangelio en Belluno, Como, Ceneda y otras ciudades. Las actas de San Hermm�goras, que son muy posteriores y carecen de valor hist�rico, cuentan que Ner�n envi� a Sebastio a Aquilea para que pusiese en vigor los edictos de persecuci�n contra los cristianos. Sebastio encarcel� y tortur� a San Herm�goras. Una noche, el carcelero vio la celda donde estaba el Santo, iluminada por una luz muy brillante; el prodigio le impresion� tanto, que se convirti� al cristianismo. Pero, lleno de un entusiasmo imprudente, sali� a gritar por las calles de la ciudad: ��Grandes es el Dios de Herm�goras y grandes los prodigios que obra!� Muchas gentes acudieron entonces a la prisi�n y vieron la luz en la celda del santo, y se convirtieron. Aprovechando la oscuridad de la noche, Sebastio mand� decapitar inmediatamente a San Herm�goras y a San Fortunato. En realidad, aunque San Fortunato fue martirizado en Aquilea, no hay ninguna raz�n de peso para relacionarle con San Herm�goras. V�ase Acta Sanctorum, julio, Vol. III; Delehaye, CMH, pp 371-372. y or�genes du Culte des Martyrs, pp 331-332 JULIO 16 SAN SISENANDO (DI�CONO �851-) La hagiograf�a de San Sisenando, m�rtir, relaciona el martirio de otros Di�conos: Pablo, San Acisclo, Pedro de Astigi, Walabonso. Lo impresionante es que entre s� se invitaron al martirio y juntos lo sufrieron, seg�n relata otro Di�cono San Eulogio. C�rdoba, la c�rcel es sucia, estrecha y h�meda. El r�gimen penitenciario musulm�n no se preocupa en estos d�as de las comodidades de los presos, y mucho menos cuando se t rata de cristianos La despectiva palabra �perro� expresa claramente el sentir de los disc�pulos de Mahoma al aplic�rsela a los disc�pulos de Cristo. En la c�rcel hay multitud de presos, acusados de cr�menes, cuyo sello llevan en el rostro, torvo procaz y sanguinario. Como lirio entre maleza de un zarzal, las puras facciones, los claros ojos, la dulce placidez de un joven llama la atenci�n de los mismos carceleros. Cuando todos blasfeman, �l reza; cuando todos gritan, calla �l; cuando todos se desespera, �l est� tranquilo. Tiemblan todos ante la idea de comparecer en presencia de los Cad�es, �l lo desea; miran todos con horror el suplicio y la muerte, y �l sonr�e y esp�ralo con ilusi�n... Un carcelero se aproxima y tiende un billete al joven preso. �Son unas l�neas de cari�o, unas palabras de aliento, o un adi�s de despedida? �Van dirigidas al di�cono Pablo, a quien las exhortaciones y ejemplo del joven llevar�n muy pronto al martirio? El joven lo va a contestar. Est� escribiendo; ha trazado ya cuatro o cinco renglones y, de repente, se levanta, suelta el c�lamo y, con una alegr�a que ilumina su rostro, se desborda en los ojos y en los labios, entrega la comenzada respuesta al recadero y le dice: - Ret�rate, hijo, no sea que te atropelle la avalancha de alguaciles, pues ya lleg� la hora en que la potestad de las tinieblas me sacar� de las prisiones, y ofrecer� en v�ctima mi cabeza. Vuelve el joven a su rinc�n como transfigurado por alegr�a indecible, en una quietud de �xtasis feliz. El sue�o va a tocarse en realidad. Porque hab�a so�ado. Desde la ciudad Pacense-Baja de Badajoz-, que en esta identificaci�n no se han puesto de acuerdo los autores- llegara a C�rdoba en este siglo IX, glorioso para la mozarab�a de esta ciudad, atra�do, sin duda, por el nivel cultural y la pujante vida de aquella Iglesia, cuya alma era San Eulogio. El joven era di�cono en la iglesia de San Acisclo; estudiaba y ense�aba, serv�a al templo y a los pobres. Y el sue�o, visi�n o realidad, recuerda las palabras de los Libros Sagrados: ��Qui�nes son �stos y de d�nde vienen?. Estos son los que acaban de pasar la gran prueba y han lavado sus estolas en la sangre del Cordero�. En su presencia estaban dos m�rtires gloriosos, rutilantes de luz, que invitaban al martirio al di�cono de San Acisclo. Los nombres de estos nuncios celestiales eran celebrados en C�rdoba con aplauso, j�bilo y santa envidia: eran lo m�rtires Pedro Astigitano y Walabonso de Elepla. El joven ya no pens� ni vivi� para otra cosa que para el d�a y la h9roa felices en que �el tambi�n!, cortar�a la palma victoriosa y mejorar�a su estola en la sangre redentora del Divino M�rtir, fundi�ndola con la suya, en el altar de sacrificio cruento. No ser�a, sino el sacerdote que lo consuma, el sacerdote trocado en hostia de inmolaci�n. |