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| No lo duda. Acepta la invitaci�n de los M�rtires y se siente feliz el d�a que deja la iglesia de San Acisclo, y con paso seguro se dirige al tribunal de los sectarios de Mahoma. �Bella confesi�n de fe y de amor a Cristo! Le sale del alma. No espera a que le pregunten, porque el Credo vibra en sus labios con acentos de tal emoci�n, que los jueces le mandan a la c�rcel, como primera providencia.
Y en la c�rcel est� como en la antesala del cielo. La chusma le espera a la puerta, pidiendo a gritos la cabeza de aquel osado que maldijo a Mahoma. A golpes, empellones e insultos le llevan a la presencia del Juez. Ha empezado en realidad el martirio. Un interrogatorio, mezclado de amenazas y halagos, tropieza siempre en el pecho del joven como en muro de bronce, castillo de su fe en Cristo. Est� invitado a las bodas del Cordero, �y qui�n podr� impedirle asistir a ellas? Niega y reniega de Mahoma, canta la fe y el amor a Cristo... Su canto era ya el �deseo ser desatado de este cuerpo de muerte para estar con �l�, que dijera San Pablo. La hora feliz se acercaba. Era un jueves, 16 de julio de la era 889, a�o cristiano de 851. El juez fulmina la sentencia de muerte, y el alfanje le ejecuta. Rueda la cabeza por el suelo, mientras el alma vuela, a su Dios. �Cortes�a encantadora de los santos! Seguramente saldr�an a recibirlo los santos m�rtires Pedro, de Astigi, y Walabonso, de Elepla, - He aceptado vuestra invitaci�n. Heme aqu�, entre vosotros. Dir�a el Di�cono. Mientras tanto, a las puertas del palacio est� el cad�ver del joven. La chusma fan�tica mahometana impide que los cristianos le recojan como reliquia veneranda; pero d�as m�s tarde, unas mujeres cristianas le encuentran entre la piedras del r�o. Lo recogen y lo llevan, como un tesoro, a la iglesia de San Acisclo. El nombre de M�rtir es Sisenando; el cronista del triunfo, San Eulogio. JULIO 20 SAN PABLO, DI�CONO Y M�RTIR (851) He aqu� la vida generosa de un defensor de la Fe frente a la persecuci�n mahometana. Que recibi� �urea condena. �En C�rdoba, de Espa�a, San Pablo, di�cono y m�rtir, que por responder a los Pr�ncipes mahometanos por la feroz impiedad de su secta, y predicar constant�simamente a Cristo, de orden de los mismos, martirizado, pas� a los premios del cielo�. As� canta el Martirologio romano en el d�a de hoy. El canto es de triunfo, porque evoca a un h�roe, vencedor en el m�s duro combate. Pensamos en la emoci�n con que San Eulogio, el cuadillo, maestro y ejemplo de los cristianos moz�rabes de C�rdoba, escribir�a este nombre querido de Pablo, su amigo, disc�pulo y pariente. Le ten�a en su �nimo con seguridad cuando escrib�a: �En cuanto a m�, a varios de ellos los he empujado al combate, y, si yo no he combatido, les di las armas para luchar. Compartamos todos la alegr�a, celebremos todos jubilosamente, indiscretamente, si quer�is, la memoria deleitable de estos felices varones. Mezclemos nuestras voces y ofrezcamos con el mismo entusiasmo el sacrificio de nuestras alabanzas a ese Se�or que ha hecho nacer para nosotros los siglos felices de los tiempos pasados, por cuya gracia luchan y vencen los santos, vana a la muerte, y viven y se llenan de valor para despreciar varonilmente todos los suplicios que puede inventar la crueldad de los imp�os�. La gloriosa leva de m�rtires cordobeses forma una cadena de oro. Sus eslabones son mujeres y hombres, presb�teros y di�conos, ancianos y j�venes, fieles del pueblo y monjes de los monasterios. Reviv�a en ellos la fortaleza e intrepidez de los primeros siglos cristianos. Como en �stos, los m�rtires de la persecuci�n sarracena, no s�lo le hac�an cara varonil cuando los buscaba, sino que la desafiaban yendo espont�neamente a su encuentro. Era la embriaguez del martirio. Roto un eslab�n por el alfanje, otro m�rtir soldaba la cadena con su sangre. Y as�, cuando el Levita Pacense Sisenando fue al sacrificio impulsado por el aliento y ejemplo de los m�rtires Pedro Astigitano y Walabonso de Elepla, transmiti� el santo y se�a de lucha y de victoria a otro levita, di�cono de San Zoilo de C�rdoba, Pablo anim�ndolo a seguir sus huellas sangrientas. �Iglesia de San Zoilo, en el barrio de los Tiraceros! Aqu� est� el tesoro del cuerpo de Agapio, el santo obispo que levantara la maravillosa bas�lica; aqu� fuera bautizado Eulogio, y aqu� entr� un d�a, como alumno, el ni�o Pablo. Sobre �l rez�, seguramente, el sacerdote las palabras del ritual, bellas y significativas. �Se�or Jesucristo, que abriste la boca de los mudos e hiciste elocuente la lengua de los ni�os: abre la boca de este tu siervo, Pablo, para que reciba el don de la sabidur�a, y, aprovechando en la doctrina que se le empieza a comunicar, te alabe por los siglos de los siglos�. Le revestir�an de la t�nica, le pondr�an abierta alba, le cortar�an los cabellos en cerquillo y le pondr�an enebladium, o beca, como s�mbolo de su vida y ministerio clerical. Pablo estaba ya consagrado a la Iglesia. El templo, los libros y los pobres absorber�an su vida entera. San Zoilo lleg� a contar con un colegio de sacerdotes y con seminario de cien alumnos. All� se form� Pablo. Hoy es di�cono. Y, como di�cono, los pobres, los enfermos y los encarcelados son predilectos suyos. El fragor de la persecuci�n no le arredra; le anima y le enciende en emulaci�n. Sus visitas a las c�rceles y mazmorras despiertan en su alma la idea generosa de sacrificarse por Cristo. El 16 de julio conquista la envidiada palma inmortal San Sisenando; transmite sus generosos br�os a Pablo, y el joven Di�cono ya no lo duda: tambi�n �l con la gracia de Cristo ser�a m�rtir. �Adi�s iglesia y seminario de San Zoilo! Todo habla en vosotros de altos ejemplos de hero�smo. Empapado en ellos, Pablo os dice adi�s, para seguirlos. All� va, camino de la mezquita, en donde suele constituirse el tribunal. En estos d�as de Abderram�n II lo preside un juez austero y fan�tico; tiene fama de inflexible. La presencia del di�cono de San Zoilo es acogida con sorpresa. Pablo lo aclara muy pronto confesando la divinidad de Cristo. El Evangelio tuvo en labios de este di�cono como acentos viv�simos de verdad. Y nunca la mentira mahometana recibi� mayor repulsa, al enfrentarla con el Evangelio. Rojo de ira, encendido en las ascuas de un celo hermano de la furia y del odio, el Juez ordena que Pablo sea encarcelado; piensa que a�n podr� hacerle rectificar. La c�rcel no era mansi�n extra�a para el di�cono. Bien la conoc�a cuando visitaba a los presos por Cristo, o a los cristianos frecuentemente vejados. Aqu� estaba entre �stos, hab�a a�os, un presb�tero que, al ver a Pablo iluminado por halo de gloria, le pidi� que tan pronto Llegase al cielo, le consiguiese la libertad. El juez no logr� doblegar la fortaleza del di�cono, y el lunes 20 de julio del a�o 851, cuatro d�as despu�s del martirio de San Sisenando, Pablo era degollado. Arrojaron el sagrado cad�ver a las puertas del palacio, y all� estuvo como esperando al nuevo eslab�n de ladorada cadena, San Teodomiro, monje y m�rtir, que lleg� pocos d�as despu�s, el 25 de julio. Unidos ambos despojos entraron en la iglesia de San Zoilo, llevados en triunfo por los cristianos. Pablo retornaba a su hogar como retorna el vencedor al suyo cargado de laureles ganados en dura y cruenta batalla. La mano generosa de Pablo rompi� desde el cielo las cadenas del pobre presb�tero, consiguiendo la libertad. Gentilezas de los santos. All� esperaba Pablo a su hermano Luis, que pocos a�os despu�s, en 855, seguir�a su ejemplo y le acompa�ar�a en el premio. �La �urea cadena no se romp�a! |