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MARZO 8

SANTOS FILEM�N Y APOLONIO (305)

San Apolonio era un di�cono de Antinoe de la Tebaida y Filem�n era un m�sico y comerciante que se hab�a convertido al cristianismo gracias a Apolonio. Ambos fueron arrestados durante la persecuci�n de Diocleciano y comparecieron ante el juez Arriano, que hab�a condenado ya a los santos Asclas, Timoteo, Pafnucio y algunos m�s. Tras de sufrir el interrogatorio y la tortura, fueron enviados a Alejandr�a, donde otro juez les conden� a muerte.  Sus cad�veres fueron arrojados al mar.  Las �actas� de estos m�rtires, tal como las populariz� en griego el Metafrasto, son muy extravagantes. Terminan, como todas las novelas del g�nero, con la conversi�n y el martirio de los jueces.  Sin embargo, no es imposible que el resto se base en hechos hist�ricos, sobre todo teniendo en cuneta que  los cristianos menos fervorosos acostumbraban durante las persecuciones pagar a algunos paganos para que ofreciesen sacrificios a los dioses y les obtuviesen as� el certificado de que hab�an cumplido con la ley.  La Iglesia obligaba a los �libellatici�, como se llamaba a esos cristianos, a hacer penitencia,; pero no en todas partes se les consideraba como ap�statas.
Seg�n cuentan las �actas�, Apolonio, temeroso de la tortura, fue a ver a un famoso m�sico y bailar�n, llamado Filem�n y le ofreci� cuatro piezas de oro para que ofreciera sacrificios en su lugar.  Filem�n acept�, pero le pidi� que le prestase sus vestidos y su capa para disfrazarse.  As� present� al juez, el cual despu�s de haberle interrogado, le orden� que ofreciese el sacrificio.  Pero en ese instante el Esp�ritu Santo descendi� sobre Filem�n y �ste, confes� la fe cristiana.  El juez discuti� con �l y al fin le dijo:  �Hagamos venir al m�sico Filem�n, tal vez su agradable m�sica conseguir� hacer volver en s� a este loco.�
Como no pudiesen encontrar a Filem�n, los guardias arrestaron a su hermano Teon�s, quien le reconoci� al punto.   El juez pens� que se trataba de una broma de Filem�n, que era muy h�bil en la comedia, pero exigi� de todos modos que cumpliese el mandato del emperador.   Filem�n se neg� rotundamente.  Arriano le dijo que era una locura que pretendiese ser cristiano pues ni siquiera estaba bautizado, El m�sico se angusti� mucho al o�r al  juez; pero se puso en oraci�n y Dios hizo descender del cielo una nube con cuyas aguas qued� bautizado.  Arriano trat� de tentare por el orgullo profesional dici�ndole que su presencia har�a mucha falta en los  pr�ximo juegos y pregunt�ndole c�mo pod�a sufrir que su flauta cayese e manos de m�sicos ineptos. Filem�n or� de nuevo y descendi� del cielo una lengua de fuego que consumi� la flauta.
Entre tanto, los guardias hab�an arrestado a Apolonio, quien compareci� ante el tribunal, muy arrepentido de su cobard�a y proclam�ndose abiertamente cristiano. Como ambos santos se negasen a ofrecer sacrificios, el juez les conden� a ser decapitado. Antes de la ejecuci�n  Filem�n pidi� a los soldados que trajesen una gran olla.  Dentro de la cual se orden� que metiesen a un ni�o; Despu�s indic� a los soldados que disparasen sus flechas contra la olla.  As� lo hicieron; pero, aunque las flechas atravesaron la olla, el ni�o sali� perfectamente ileso. Entonces Filem�n les explic�: �El cuerpo de un cristiano puede ser atravesado por las flechas, como la olla; pero su alma queda intacta como la del ni�o�. Al o�r esto, el juez orden� a los soldados que disparasen sus flechas contra Filem�n, pero el m�sico levant� la mano y las flechas quedaron suspendidas en el aire, excepto una, que fue a clavarse en os ojos de Arriano. Pero el juez recobr� milagrosamente la vista m�s tarde, aplic�ndose a la herida un poco de tierra de la tumba del m�rtir. Esto provoc� su conversi�n y la de los cuatro personajes de la corte que fueron a investigar el caso.  Los cinco fueron encerrados en sacos y arrojados al mar.

La primera historia de la muerte de estos m�rtires, sin las adiciones posteriores, se halla en la Historia Monachoroum  traducida por Rufino (Ver Preuschen, Palladius und Rufinus. Pp 80-82) Rufino cuenta que �l hab�a visitado el santuario de los m�rtires y viso sus reliquias. As� pues, es evidente que ya entonces se les tributaba culto.

MARZO 8

SAN PONCIO   (260)


Cuando San Cipriano, el gran obispo de Cartago, fue desterrado a Curubis, el Di�cono Poncio, se ofreci� voluntariamente a acompa�arle y permaneci� con �l hasta su muerte.  En aquella �poca, los lazos que un�an a los di�conos con su obispo eran muy estrechos; en el caso de San Cipriano y San Poncio las relaciones se estrecharon todav�a m�s.  Sin duda que Poncio tuvo todas las oportunidades posibles de informarse de la vida y las actividades de su obispo; desgraciadamente, en su af�n por escribir una biograf�a que eclipsara por su popularidad las �acta� de Perpetua y Felicitas.  Poncio concentr� casi exclusivamente su atenci�n en el martirio de San Cipriano y dej� en la oscuridad el resto de su vida.  San  Jer�nimo y otras grandes figuras de la historia de la Iglesia alabaron mucho el estilo y el contenido de la Vita et passio Cypriani, en cambio, ciertos autores modernos han criticado el tono laudatorio y la falta de sentido cr�tico de San Poncio, si tener en cuenta que su finalidad  era precisamente la de glorificar al m�rtir y que una biograf�a cr�tica, en el sentido moderno de la palabra, habr�a resultado incomprensible para el p�blico de Poncio.  En esa biograf�a aparee incidentalmente la piedad del autor y su celo por la fe cristiana.  En efecto, Poncio no fue condenado a muerte junto con San Cipriano, probablemente porque los jueces no le consideraron como un personaje demasiado importante.  San Poncio anhelaba el martirio, de suerte que eso constituy� una desilusi�n para �l. Las �ltimas palabras de la biograf�a son �Con toda el alma me alegro de la gloria de Cipriano, pero todav�a mayor es mi tristeza por no haber sido digno de acompa�arle en ella�.  No sabemos ni el sitio, ni las circunstancias de la muerte de San Poncio, pero no hay ninguna raz�n para pensar que haya sido martirizado.

Gracias a San Jer�nimo, conocemos el nombre del autor de la Vida de San Cipriano, a quien volveremos a encontrar en el art�culo sobre este �ltimo, el 16 de septiembre. Baste con hacer referencia aqu� a Delehaye, les passions des martyrs et les genres litt�rairis (1921), pp. 82-110 y con hacer notar que Harnack reedit� y anot� el texto de Poncio, Das Leben Cyprians von Pontius, en la colecci�n Texte un Untersuchungen, vol. XXXIX. No hay que confundir a San Poncio con el m�rtir del mismo nombre, cuya fiesta se celebra el 14 de mayo.

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