PRIMERA PARTE
1 (uno)
Me falta un ojal...
Siempre le pasaba, siempre le había pasado, desde que era chica, desde la primera vez que había ido a la casa de Doña Pepina, y se volvían con un montón de verdura y de fruta que tenían para comer una semana entera. Le pasaba porque ella vivía muy lejos, o a Mayra le parecía, en Glew o más allá, en el medio del campo, como si estuviera perdida, como si la próxima vez no la fueran a encontrar. Pero siempre la encontraban.
Tomaban el 12 y se iban a Constitución; después el Roca, el que echaba humo, el de antes, el verdadero. Y cuando estaba en el tren, su madre se dormía porque era muy temprano y se había acostado tarde y tenían que ir temprano porque después había que limpiar los palier. Y entonces, ella, Mayra, miraba por la ventana y en el vidrio empezaban a aparecer la figuras: primero, los árboles; después, las casas, los perros que corrían y no las alcanzaban, alguno que otro que saludaba o tiraba una piedra, pero no le daba, porque todas las piedras rebotaban en la sombra del tren. Más tarde empezaban las otras imágenes, las que la fascinaban, las que no sabía de dónde venían, una tras otra, tan veloces como la velocidad del tren o más. Ella las miraba extasiada: un hombre con un bebé, una mujer casi transparente que lloraba, un colectivo que se le venía encima, y ella misma, ella misma pero otra, que jugaba en otro lugar, en un palacio, con otros juegos y otros vestidos, con una trenza negra interminable y una bicicleta y una muñeca que decía “mamá”. A veces, su madre la interrumpía y le decía en qué estaba pensando con los ojos tan asombrados y la boca tan abierta, que parecés una babieca... Y ella le contaba, pero su madre se reía, se moría de risa de que veía tantas cosas imposibles y no le creía que las veía y ella no intentaba que le creyera, total, yo las veo igual...
Y entonces, casi siempre cuando volvían con las bolsas, en el tren de las diez, ella le preguntaba siempre lo mismo, porque le gustaba la historia, porque a los chicos les encanta que les cuenten mil veces la misma historia, aunque viaje tras viaje se le fuera convirtiendo en una mentira, en una reverenda mentira.
- ¿Y por qué me pusiste Mayra?
Hoy le pregunté otra vez a mamá por qué me había puesto Mayra, un nombre que no tenía nadie...
Y esa mañana, la mañana de su cumpleaños, le había preguntado a su madre, en el tren, por qué la había llamado Mayra, un nombre tan raro que nunca había sabido de nadie más que lo tuviera. Ella le había dicho que lo había escuchado una vez, que se le había quedado grabado, que así se llamaba una señora muy importante que vivía en París, que era una señora muy hermosa y muy rica y muy feliz y con una vida que se deslizaba como si los problemas no existieran, como si en la vida no hubiera problemas. Y que cuando ella nació, pensó que si te ponía ese nombre ibas a tener un hermoso destino, una hermosa vida, la vida de una princesa... Por eso te puse Mayra, porque ese nombre iba a hacerla especial, única, irrepetible, como el personaje de una novela.
Y le había mentido.
Esta vez no le creí, ni una palabra le creí.
No hubo fiesta de quince para Mayra, ni vestido, ni baile de princesa; ni siquiera pudo invitar a las compañeras, porque yo no las puedo atender, yo trabajo todo el día; sólo un diario que le había comprado la madre con sus ahorros, porque sabía que le gustaba escribir y pensaba que se iba a distraer siempre metida en ese departamentito de la portería, tan oscuro que es, tan sola que está todo el día...
Hoy, lo único que espero es verlo a Julián, en nuestro banco de la Plaza Francia. Soñaba con el beso prohibido de Julián, me importa verlo a Julián y contarle todo lo del cole, y que él me cuente también y que pasen las chicas y se rían de pura envidia.
.....................
- ¿No está?
- Salió... Se fue a la plaza como todas las tardes. Hace los deberes y después se va a tomar un poco de aire. Es una buena chica.
- Pero hoy es 14 de noviembre; hoy cumple 15 años.
- Y es un día más para mí... Siempre igual, desgraciadamente, limpiar y limpiar. ¿Se te ocurre que tengo otra chance?
- Vos sabés que sí...
- ¡Ni pensarlo!
- Tarde o temprano vas a convencerte de lo que te digo. A vos te conviene y a ella también. ¿Vos querés un futuro para ella? ¿Un buen futuro?
- Por supuesto. Es lo único que deseo en la vida, pero no se puede pagar un precio tan alto; hay cosas que son sagradas.
- ¡Perla! ¡No exageres! Lo mío es muy honesto; más de una...
- Lo tuyo es asqueroso.
- ¿Asqueroso? ¿Por qué no hacés un poquito de memoria?
- ¡Andate, por favor! Puede volver en cualquier momento.
- Me gustaría verla, le traje un regalo... Además, Julián...
- Julián es asunto terminado... No quiero que la vea...
- Tarde o temprano, no vas a poder impedírmelo...
- Nunca, Montero, nunca... Vos podés apurarme, sabés que ando en la mala; pero yo... yo también sé...
- No me amenaces... Ni te atrevas... Acordate, Perla, lo que le digo: no vas a poder impedírmelo.
...................
No sé por qué mamá se enfurece tanto cuando le hablo de Julián; Nelly dice que son celos, que soy lo único que tiene, que le da miedo que me engañe, que haga algo malo...
....................
Esa noche fue la primera vez, nunca antes le había pasado y siempre después iba a pasarle, como un destino, como uno lleva su nombre, hasta cuando uno no piensa en él, hasta cuando uno no lo dice. Le pasó como pasan los relámpagos, como pasan los sueños, como si todavía estuviera en el tren yendo a visitar a Doña Pepina; fue una invasión de luz y de sombras veloces, de sensaciones indeterminadas, de profusión de visiones coloridas y líquidas, de miedo, de mucho miedo porque le pasara otra vez.
Increíble... La siguiente fecha del diario era ¡el 14 de noviembre de 1982!
Durmió más de una hora, mucho más. Se despertó a las once de la mañana, con la luz del sol entrando por la ventana, de la que no había corrido ni las cortinas, tan cansada estaba.
¡Nos quedamos dormidas! ¡El cole! Las monjas me matan, hay prueba de historia...
¡Mamá!, gritó. Nada. El silencio le dio frío. ¿Qué pasa?
¡Mamá!, mientras se ponía los zapatos. Temblaba... ¿Por qué tiemblo? No es nada, Mayra, no es nada...
¡Mamá!, mientras abría la puerta e iba al comedor...
¡Mamá!, mientras se repetía mil veces la visión de la ventana.
.................
- ¿No escuchó nada?
- Ya se lo dije... No escuché nada. ¿Le parece que si hubiera escuchado algo no me hubiera levantado?
- Usted no es la que hace las preguntas, jovencita. Las preguntas las hago yo.
En pocas horas la casa se había convertido en un lugar desconocido, había sufrido una transfiguración. El cuerpo de su madre mal tapado con una sábana, en el medio de un océano de manchas; los muebles, el suelo, la alfombrita, el televisor, todo inundado por un polvo blanco que perseguía punto a punto invisibles huellas desconocidas; la policía (la del ’79) que preguntaba sin piedad, que ensuciaba todo sin piedad, que trataba a todos igual, sin piedad.
Y ella, Mayra, en el medio de ese lugar extraño, trastornado e irreconocible, que no podía parar de llorar. Desde afuera, Julián la observaba escondido detrás de la puerta entreabierta del departamento de la portería, sin saber qué hacer, con los diecisiete años tan escasos como para hacer algo. Lo único que hubiera deseado era llevarse a Mayra muy lejos, donde nadie la encontrara, donde nadie la hiciera sufrir nunca más; llevársela donde su madre no pudiera decirle que era una chirusa, donde su padre no pudiera insinuarle que “se la bajara” tranquilo, que la pobreza es una fábrica de putas.
- ¡Mayra! ¡Hija! ¿Qué pasó?
Nelly no podía creer lo que veía. Tuvo que sentarse, tomar agua, acostumbrarse a ocupar una silla en el medio del infierno.
- Señora... Usted es...
- Nelly Mir, la madrina de Mayra, amiga de Perla. ¿Cómo se explica esto?
- Como verá, un crimen cometido con gran violencia, tal vez pasional.
- ¿¡Pasional?! Usted no sabe lo que dice. Perla solo pensaba en su hija.
- Es posible. Pero tal vez alguien le andaba atrás y...
- Ni lo insinúe. Perla tenía una vida intachable; lo único que hacía era trabajar sin parar para darle una buena educación y un buen futuro a Mayra. Ha dejado que la exploten en este lugar, sin ponerle ninguna ayuda, sin un feriado ni un domingo, sin un respiro. El administrador, el Sr. Montero, es un negrero, se lo aseguro.
- No estamos aquí para hablar del Sr. Montero, señora; estamos acá para descubrir quién ha cometido este asesinato. La occisa, ¿estaba relacionada con facciones políticas de la izquierda?
- ¡No diga estupideces!
- Nelly, por favor...
- No te preocupés, estos ya no me asustan. Le repito: Perla vivía para Mayra; era lo único que le importaba.
- Hay mucho por investigar, entonces. Para retirar el cuerpo, tenemos que esperar al juez. En cuanto a la chica...
- Se viene conmigo.
- Bien. La llamaremos, déjeme su teléfono.
- No tengo; los pobres no tenemos teléfono, agente. Le dejo mi dirección.
Cuando salió, Julián la miró, le tendió la mano, se la acarició levemente. Iban a pasar muchos años antes de que pudiera hacerlo de nuevo...
En blanco, pero no tanto... En esos tres años del convento, Mayra no solo se mantuvo viva por los dos motivos que mencionaba en el e-mail; en esos tres años descubrió mucho de ella misma (mucho más de lo que debía, tal vez).
Supo que la Hermana de la Caridad iba a morir súbitamente la noche de la navidad del ’80, alcanzada por una bala perdida en el patio de convento; la vio morir dos noches antes en el pequeño vidrio de su ventana surcada de rejas, donde se miraba la cara porque en ese lugar no estaban permitidos los espejos, fuente insaciable de vanidades. Supo (aunque nunca lo dijo) que dos de sus compañeras iban a robar las llaves del convento y a fugarse sin rastros, hartas del encierro y la mediocridad. Supo (y no pudo impedirlo) que María de los Angeles, su mejor amiga, iba a suicidarse porque su madre se había suicidado en un oscuro cuarto de pensión del barrio de Once. Supo todo eso y mucho más, pero nunca supo, en esos tres años, si Julián se acordaba de ella, si la pensaba como ella lo pensaba, cada vez con más intensidad; y tampoco supo, nunca lo supo en esos años, quién había matado a su madre ni por qué.
Cuando finalmente cumplió los dieciocho y la puerta del convento se cerró tras de ella, a pesar de que lo había deseado con toda su alma, se sintió abandonada, desposeída, en el más hondo desamparo. Las monjas le habían enseñado todo lo que una mujer debe saber para tener una casa limpia y ordenada y para dar de comer a una docena de hijos; se habían asegurado de que obtuviera su título de Perito Mercantil; habían intentado convencerla de que la virginidad era su mayor bien y de que perderla sería su mayor desgracia, que había que conservarla para el esposo que Dios le tenía asignado, pero si el esposo era Dios tanto mejor; la habían asustado con los rusos, con los hippies, con las sectas, con el aborto, la pastilla y el rock nacional; le habían dedicado horas enteras a explicarle como era el cielo y el infierno, Dios y el conquistador demonio... pero no le habían dicho qué tenía que hacer cuando se cerrara la puerta, y el mundo de adentro se terminara y empezara el mundo de afuera.
Nelly la abrazó y le dijo que todo iba a salir bien, que iba a encontrar trabajo, que les iba a alcanzar, que no se preocupara. Mayra solo le preguntó si sabía algo de Julián...
2 (dos)
Me sobra un botón
- ¡No lo puedo creer! No puedo creer que un chico inteligente como vos todavía se esté acordando de esa chirusa... ¡Por favor, Julián! Recapacitá, hijo. Hace tres años que no sabés nada de ella, que se fue de acá, del barrio, cuando pasó lo que pasó. Una verdadera vergüenza, por otra parte...
- Ella no tiene la culpa de que le hayan matado a la madre, mamá.
- ¡La madre! ¡Una portera! ¡Por favor! Andá a saber en qué andaba... Porque fue un crimen pasional, no cabe duda...
- La policía nunca pudo descubrir lo qué pasó.
- Pasó lo que siempre se dijo. Tenía un amante o varios, no importa, y la mataron por la vida que llevaba.
- ¡La vida que llevaba! Si la madre de Mayra lo único que hacía era limpiar, y atender la portería.
- ¡De día! De noche recibía tipos... Por algo a la hija la encerraron en un reformatorio.
- No fue a un reformatorio, fue a un colegio y...
- ¡Vos qué sabés! ¡Vos no sabés nada, Julián! ¡Recién estás saliendo del cascarón! Lo que pasa es que te quedó ese metejón porque no te la pudiste bajar, como dice tu padre, eso es lo que pasa...
- Vos lo ensuciás todo...
- ¡Ay, Julián! No se puede ensuciar lo que está lleno de barro. ¿Quién es en definitiva esa Mayra? Ni apellido tiene...
- ¿Apellido?
- Yo nunca supe su apellido; no conocí al padre...
- La abandonó cuando ella nació.
- ¡No ves! ¡No ves! ¿Cómo te vas a interesar por una chica que ni apellido tiene?
- ¡Y qué importa el apellido! Lo que a mí me importa es Mayra, tenga el apellido que tenga...
- No sabés lo que decís...
- Tengo veinte años, mamá.
- Y sos un nene. Dejame que te diga lo que te conviene; soy tu madre y sé lo que es mejor para vos... Tu padre y yo estamos dispuestos a pagarte los estudios en una Universidad de Estados Unidos; cuando te fuiste con el intercambio de estudiantes, la pasaste muy bien esos tres meses. Bueno, ahora, un título en el extranjero no cualquiera lo tiene...
- Eran tres meses... Ahora es mucho tiempo...
- Tu tío va a regalarte los pasajes para Navidad...
- Decile que no me interesa, que se evite el gasto.
- Hablá bajo... Está con tu padre en el estudio... Sabés cómo son los Montero... Si te escucha, te vuela la cara de un cachetazo.
- Vos lo debés saber bien...
- No seas insolente, Julián.
- No te entiendo, mamá, ¿cómo podés soportarlo? No las entiendo ni a vos ni a la tía... ¿Por qué no los mandan a la mierda?
- Estás hablando de tu padre... Le debés respeto, hizo todo por vos; te dio todo lo que tiene... Tenemos una buena vida, Julián; tu padre espera que alguna vez te hagas cargo de la empresa, y te quiere bien preparado. Es tu futuro, sos nuestro único hijo y...
- Y tengo un apellido... Soy Julián Montero; me gustaría ser como Mayra, libre, con sólo un nombre, nada más que un nombre...
- Todo va a salir bien, nena, no te preocupes por nada; todo va a salir bien...
Nelly trató de abrazarla lo más fuerte que pudo, y trató de parecer lo más convincente posible, pero en realidad, ni ella se lo creía. Y no es porque no hubiera intentado esos tres años mejorar su situación, pero la inflación, los gobiernos inestables, los golpes de estado y la jubilación, que se le vino encima sin remedio, no le habían dejado muchas opciones en la Argentina de los ’80.
Nelly Mir había sido la mejor amiga de Perla, la única que la madre de Mayra había tenido a pesar de los casi veinticinco años que las diferenciaban. Se habían conocido en el ’62, en la Brassovora de la 9 de julio, donde Perla noche tras noche se afanaba por limpiar las oficinas hasta dejarlas relucientes, como ninguna las dejaba, para ganarse el sueldito e irse a bailar los sábados, de pollera corta y pelo batido. Todas las noches, ella llegaba cuando Nelly daba las últimas tecleadas en la Remington, y como ninguna de las dos tenía apuro (una por demasiado joven, la otra por demasiado soltera), se demoraban con el mate y esas charlas casi interminables que sólo las mujeres conocemos bien.
Porque Nelly tenía una buena historia para contar y la curiosidad de Perla conseguía, pregunta tras pregunta, hacerla volver al comedor de la casa de los padres, al piano que una de sus hermanas tocaba de oído, a la pasión por el tango, al único hermano varón perdido en las sombras de la pulmonía, a los tres novios, a las tres alianzas, a las tres fiestas de compromiso, al oscuro zaguán que no disimuló la vergüenza de la entrega, a los tres ajuares primorosos de sábanas bordadas que ninguna sobrina quiso usar porque había que plancharlas, al solitario que le había regalado su amado Tito que no se había casado para no dejar a la madre sola.
Pregunta tras pregunta la historia que Nelly tenía y que Perla no tenía aún las unió en una complicidad que terminó abruptamente aquella mañana, cuando sonó el teléfono y le dijo la del 4to. “B”, entre llanto y espanto, que a Perla la habían asesinado y que no sabían qué hacer con Mayra...
Por eso, porque Mayra era como una hija para ella, lo primero que hizo cuando supo que salía del Colegio fue vender, en la calle Libertad, el hermoso solitario que le había regalado Tito.
- ¡De ninguna manera! Ese hombre es un farsante. Lo siento Mayra, pero no puedo permitirte que aceptes la propuesta de Montero.
Nelly, furiosa, hacía girar sin piedad la carta entre sus manos: la doblaba, la desdoblaba, la metía en el sobre, la volvía a sacar, la releía con disgusto y expresiones de indignación, la tiraba sobre la mesa, se la guardaba en el bolsillo del pantalón, la arrugaba, la estiraba, finalmente la rompió lo más chiquita que pudo.
- ¡No la rompas!
- ¡No me digas lo que tengo que hacer, Mayra! Yo sé muy bien lo que tengo que hacer... ¿Vos no sabés que Montero y tu mamá se llevaban muy mal?
- Nunca lo supe...
- ¿Qué Montero era un negrero y que la hacía trabajar aunque estuviera enferma y la obligaba a tener la puerta de entrada abierta aunque hiciera un frío de cagarse? ¿Qué, una vez que tu mamá no limpió los bronces como al señor le gustaba, le dio un cachetazo que le dejó los cinco dedos marcados?
- No, Nelly... Y no lo puedo creer... A mí Montero siempre me pareció un tipo muy educado.
- Educado a lo mejor es; eso no impide que sea un hijo de puta.
- ¡Pero, Nelly, es un trabajo seguro! Con la que estamos pasando las dos, creo que es una buena oportunidad... Además...
- Además, ¿qué?
- Es el tío de Julián...
La miró como si se la fuera a comer.
- Mirá, Mayra, por tu bien, olvidate de Julián... olvidate de los Montero, y no se hable más.
3 (tres)
Elemental Watson...
Los meses iniciales de 1983, el diario de Mayra I. se vuelve confuso, no conserva la periodicidad y, en ocasiones, hasta está mal escrito, con letra apurada e ilegible y oraciones incompletas. Más de una vez, me he sentido tentada de escribirle un e-mail, pedirle explicaciones, no ir de a poco sino saber todo junto para poder dominar esta historia a mi antojo. He desistido. No me parece justo adelantarme. Por otra parte, estoy segura de que si me equivoco, Mayra I. no va a dejar de comunicarse conmigo...
De todas maneras, creo saber que las variaciones del diario, los cambios de letras y hasta los borrones en las hojas se debieron a diferentes circunstancias que, me parece, complicaron su vida mucho más de lo que cualquiera de nosotros podría imaginarse...
La primera de ellas fue la visita de Mario Mistral, a mediados del mes de enero. ¿Quién es Mario Mistral? La tarjeta de presentación, que Mayra recibió por la entreabierta puerta del departamento del Once, donde vivía con Nelly, decía:
Mario Mistral
Investigador Privado
No estaba muy segura de abrirle, no estaba muy segura de que la tarjeta fuera verdadera (cualquiera visita una imprenta), no le parecía confiable la mano pequeña y de dedos afinados y blanquecinos que aparecía (casi irreal) detrás del marco de la puerta, pero cuando le dijo que estaba investigando el crimen de su madre, se olvidó de Nelly y de su “no le abrás a nadie”, y lo dejó entrar...
...............
- ¿El crimen de mi madre?
- Perla Iñiguez, ¿verdad? Le aseguro que no la molestaría, si no fuera porque usted me parece una testigo clave del asesinato. Hasta ahora, no podía comunicarme con usted, era menor de edad...
- He cumplido los dieciocho.
- Por eso me atreví a venir. Mi cliente...
- ¿Quién es su cliente?
- No estoy autorizado a develar su identidad. Si esto le molesta o le parece un impedimento para continuar con esta conversación, no tiene más que decírmelo y la dejo tranquila...
Evidentemente, un amante de las formalidades... (- Demasiado alambicado. – Los detectives son así. –Los detectives de principios del siglo XX... – Este pasó al siglo XXI sin modificaciones, lo siento...).
- No, está bien...
Nada en el mundo hubiera conseguido que Mayra se negara y le pidiera que se fuera sin averiguar qué sabía y qué quería saber; a pesar de que el sujeto era bastante desagradable, detrás de sus anteojos oscuros, enmarcados por un pelo engrasado y casposo, y una boca con excesivos dientes o, por lo menos, excesiva encía. Completaban el cuadro un traje de dudoso color crema, una corbata de la década del sesenta (tal vez una herencia) y unos zapatos negros abotinados (demasiado abotinados y negros para el mes de enero). Sin embargo, Mayra creyó ver, en sus ojitos empequeñecidos por los vidrios opacos, una lucidez que con el tiempo confirmó.
- ¿Cuál es su nombre completo?
- Mayra Iñiguez.
- ¿Iñiguez? Ese, ¿no es el apellido de su madre?
- Sí...
- ¿Su madre estaba casada legalmente?
- No lo sé... Supongo que sí... Mi padre se fue cuando yo nací, y mi madre nunca me habló de él.
- ¿Y en la escuela? Siempre hay que presentar papeles...
- Yo fui a una escuela muy cara, pero iba becada... Como usted sabe, mamá era la portera de un edificio de la calle Posadas; teníamos muchos vecinos generosos, y uno de ellos era el dueño de un colegio de la zona... Me ubicaron allí, y hasta me compraron el uniforme, los libros, todo...
- Pero, entonces, su madre era una mujer muy querida...
- Lo era. Todos nos trataban muy bien.
- ¿Y a usted nunca le llamó la atención tener el apellido de su madre?
- Sí... Una vez se lo pregunté y me dijo que no merecía mi padre que yo llevara su apellido, pero se negó a decirme más... No me hice mucho problema, un apellido u otro es lo mismo, ¿no?
- Tal vez... Por lo menos para una adolescente puede parecer lo mismo... ¿Qué sabe de su padre?
- Le dije que nada. Nelly, quizás, podría darle mejor información.
La cuestión es que quiera...
- ¿Nelly Mir?
- Sí, mi madrina... Estoy viviendo con ella, fue a buscarme al colegio y...
- Ya lo sé, le he seguido los pasos como se imaginará.
Nada, Mayra no se imaginaba nada; le molestaba un poco imaginar que ese sujeto tan desagradable le hubiera seguido los pasos.
- La noche del 14 de noviembre de 1979, usted estaba en la casa con su madre, ¿verdad?
- Era la noche de mi cumpleaños...
- ¿A qué hora se fue a dormir?
¿Por qué me cuesta tanto recordar esa noche?
- A las diez. Las dos nos levantábamos temprano...
- ¿Durmió toda la noche?
- ¡No! Dormí muy poco en realidad...
- ¿Por qué?
Si se lo cuento, va a pensar que estoy loca... Si no se lo cuento, tal vez no lo estoy ayudando...
Pensó que contárselo era lo mejor.
- ¿Un botón?
- Sí, de traje de hombre. Vi también el cuchillo lleno de sangre.
- ¿Usted sabe que nunca se encontró el arma con que se realizó el asesinato?
- No... Mire, Sr. Mistral, esa mañana me fui de mi casa y Nelly, a la semana, me internó en el colegio. No supe nada más, hasta ahora...
- Bien... Porque el arma era evidentemente un cuchillo...
- ... de cocina... El cuchillo de nuestra cocina...
Recién en ese momento lo comprendía.
- Es muy posible. No se encontró un cuchillo de cocina en su departamento, y por las heridas...
- Nosotras teníamos uno...
Comenzó a pasearse por la habitación; Mayra lo observaba curiosa. No sabía si lo había impresionado con sus premoniciones, si le iba a recomendar que visitara a un psiquiatra, o si estaba simplemente encontrando una explicación razonable a algo que parecía no tenerla. Daba unos pasos, se detenía, se miraba los zapatos, se comía las uñas, volvía a pasearse... Casi se lo podía escuchar pensar, como se escucha a las computadoras cuando buscan el archivo, cuando graban en su memoria un dato más. Mayra se dijo que el tipo no le caía mal, que después de todo era posible que sólo quisiera descubrir la verdad...
- Dígame, Mayra. ¿Usted es sonámbula?
- No lo creo...
- Porque lo que parece es que usted vio la escena del crimen antes de que el asesino la limpiara...
Un escalofrío la sacudió.
- ¡Ay, no! ¡No me diga eso! Me hubiera matado, ¿no cree?
- Si hubiera estado despierta, es posible... ¿Cuál es su interpretación?
- Creo que son premoniciones. Las visiones se han repetido, pero después siempre las tuve despierta no dormida, ¿me entiende? He tenido otras en el colegio y acá también, en situaciones muy distintas. Por ejemplo, supe dos días antes de que sucediera que la Hermana de la Caridad iba a morir en el patio, la noche de Navidad, por una bala perdida... ¡Dos días antes!
- ¿Siempre se cumplieron las visiones?
- Una no... Espero que no se cumpla...
- De todas maneras, me parece que, esa noche, cuando usted tuvo la visión, su madre ya estaba muerta. Le confieso que en las escaleras de entrada del edificio encontramos un botón... Tenía un cabello de su madre...
- ¿¡Sí?!
- Eso llegó allí después que usted lo vio...
Mayra lo miraba asombrada; sintió miedo de confirmar lo que presentía, hasta sintió miedo de que Mario Mistral le creyera ( - ¿Le cree? ¡Sherlock Holmes hubiera buscado una explicación más racional...! - Es verdad... O Mario Mistral es muy amplio en las interpretaciones o hay otros motivos de por medio para que tenga fe en lo que ella dice. Veamos.)
Es muy hermosa...
- Su madre murió entre las once y las once y media; muy poco después de que usted se fue a la cama. ¿La vio acostarse?
- No. Se quedó lavando los platos... Yo la ayudaba siempre, pero como era mi cumpleaños me dijo que me fuera a dormir, que estaba muy cansada. Quizá si...
- No se atormente... No creo que hubiera podido impedirlo...
- No puede usted evitar que me sienta culpable...
Me encantaría...
- ¿Qué más recuerda?
- Nada más. A la mañana, cuando me di cuenta de que nos habíamos quedado dormidas, corrí a despertar a mamá... y... fue horrible...
Mistral la presintió muy emocionada.
- ¿Hay alguna otra diferencia entre lo que vio en la ventana y lo que vio después?
- Nunca me lo he preguntado. ¿Ayudaría que recordara algo más?
- Creo que sí, sería muy útil...
No voy a seguir torturándola...
- Bueno...
Se puso de pie; estaba muy pensativo.
- Espere... Yo le he contestado a sus preguntas, me gustaría ahora saber algo más sobre el asesinato. Yo también quiero encontrar a ese hombre...
- ¿Cómo sabe que fue un hombre?
- Estoy segura...
- Se supone que fue un hombre; lo hizo alguien con mucha fuerza, muy brutal... Creemos que la atacó de espaldas, la amordazó, la ató y...
- Sin ruidos.
- Sin ruidos. Muy efectivo, casi profesional.
- ¿Casi?
- Demasiado cruel para ser un profesional. Ellos son otra cosa, no se manchan con sangre, en general. Esto es una venganza, Mayra, un profundo rencor o un miedo aterrador. O su madre había hecho algo como para enfurecer al asesino, o su madre sabía algo demasiado comprometedor. ¿No puede darme ningún dato?
- No...
La llave en la puerta; Nelly que irrumpía en la habitación. En general, Nelly siempre irrumpía: alta, percherona, de gran porte, miraba desde arriba y desde atrás. Lo miró a Mistral como quien mira a un insecto.
- ¡Ah, madrina! El Sr. Mistral...
- ¿Quién es usted? ¿Qué hace en mi casa?
- Esperá que te explico...
- ¡Te dije, Mayra, que no le abrieras a nadie! ¿Este tipo quién es?
- Un detective privado.
Mistral intentó darle una tarjeta...
- Las tarjetas se imprimen en cualquier lugar. Si no tiene otro tipo de identificación, se va ahora mismo o llamo a la policía... Además... ¿Quién lo contrató?
- No puedo revelar la identidad de mi cliente.
- Entonces se va... Así de simple...
Y se tuvo que ir... Cuando Mayra le abrió la puerta, Mario Mistral le dijo en voz muy baja que iba a llamarla, que pensara en lo que habían hablado, que era muy importante para la investigación. Mayra le prometió que sí, que lo haría.
Esa noche, al llegar, Nelly le hizo los mil reproches por haberle abierto la puerta a Mistral, por contestarle sus preguntas, por no haberse dado cuenta de que esa historia del crimen de Perla era una triste historia que había terminado, que se había ido con ella, que mejor era olvidar porque su madre no iba a volver aunque ella viera cara a cara al que la había matado. Si la policía no lo había descubierto, ¡cómo iba a descubrirlo un pobre tipo con esa estatura!
Esa noche, Mayra le dijo muy segura pero muy triste que nada quería más en el mundo que olvidar pero que no iba a poder, no iba a poder, porque era su madre y no la ayudó cuando pudo haberla ayudado y eso le había quedado como una culpa y le parecía que si descubría al asesino de alguna manera la reivindicaba y se reivindicaba y que no era una estupidez y que no tenía razón Nelly no la tenía.
Esa noche le preguntó por qué no llevaba el apellido de su padre...
Esa noche, le dijo que ella lo tenía que saber y nunca se lo había dicho y que cuál era el apellido de su padre y que se lo dijera de una vez y no se lo dijo; Nelly no se lo dijo, pero no le dijo por qué no se lo decía.
Y Mayra no lo supo, no lo supo hasta mucho después.
Esa noche, Mayra intentó recordar esa visión que tanto la atormentaba, recordarla en todos sus detalles...
4 (cuatro)
El espejo
La segunda de las razones que parece explicar los problemas en el diario de Mayra I. se debió, sin duda, a los extraños acontecimientos que, a mediados de febrero del ’83, le sucedieron, y que mucho tiempo después tuvieron una explicación razonable.
Mayra, para
esa fecha, creo entender
(5),
había conseguido un trabajo temporario, en una casa de venta de antigüedades en
San Telmo, reemplazando a una antigua amiga del colegio secundario que, con más
fortuna, se había ido de vacaciones. Por lo que pude interpretar, esta amiga no
es otra que Pilar Gala, la que más tarde fue su confidente y compañera fiel.
Nelly estuvo de acuerdo en que Mayra trabajara; un poco, porque necesitaban el dinero; mucho, porque la veía cada vez más reservada, más ausente, más pensativa; pensó que una distracción le iba a venir bien. Por su parte, Mayra se dijo que tal vez, si salía más, si estaba en un lugar por el que pasaba tanta gente todos los días, podía llegar a encontrar a Julián, le podía gritar, le podía decir por fin que había sobrevivido, que allí estaba, que el perfume de las violetas que le había regalado aquella tarde en la Plaza Francia la perseguía persistente, que no lo había olvidado...
................
- ¡En qué estarás pensando, vos, todo el día! ¡Nunca en mi vida conocí a una chica tan linda y tan callada...!
Mayra se sonrió, una vez más, como todas las veces en el día cuando Don Rómulo le decía lo mismo. No le contestaba, sólo se sonreía... ¿Cómo contarle que estaba obsesionada con la visión de aquella noche en que mataron a su madre, que buscaba una y otra vez las diferencias como le había pedido Mistral, que soñaba con la visión y gritaba asustada en los sueños? Don Rómulo no hubiera entendido, no porque le faltaran sentimientos y no pudiera interpretar sus emociones, sino porque no había forma de confesar lo que le pasaba sin que sonara a una locura.
- ¿Mal de amores, cara mía?
También, mal de amores, ¿cómo negarlo?
Don Rómulo estaba acostumbrado a Pilar, ocurrente y movediza, toda una castañuela; y no podía entender a esa jovencita de ojos tristes, que trabajaba con devoción, que con devoción limpiaba cada día desde las estatuas estilizadas y voluptuosas hasta las postales antiguas que repetían figuras en sepia coloreadas con el pincel detallista de algún antepasado minucioso, pero que no sabía cómo salir del oscuro rincón donde Don Rómulo no podía ir a buscarla.
Sabía, porque Pilar tampoco era discreta, que habían matado a su madre y que la había recogido su madrina; pero no sabía mucho más, o sea, no mucho menos que nosotros. Sin embargo esa tarde de febrero, lluviosa y casi desierta, no iba a ser igual a todas las tardes; nosotros (claro) íbamos a saber algo más sobre Mayra I.; ella misma iba a saber algo más...
- No se preocupe por mí, Don Rómulo... No me pasa nada, yo soy así.
- Pero, ¡una chica joven, con la vida por vivir! Cuando yo tenía tu edad, me llevaba el mundo por delante... Imagináte, a los veinte años me vine solito de Italia, por la guerra; estaba jodido allá... Mi padre me dijo que o me iba o la iba a pasar muy mal... Yo era rojo, ¿sabés? ¿Sabés qué es ser rojo? ¡Comunista! “Andáte, Rómulo, no vuelvas a pisar Palermo”, me dijo... ¿Y a dónde me voy?, le dije.
- ¿Y por qué vino a la Argentina?
- ¿Te digo la verdad? Mi padre me dijo que me fuera lo más lejos posible; yo agarré un mapa y me pareció que la Argentina era el fin del mundo, ¿me entendés? Pero no me arrepiento: acá la conocí a Pierina, tuve los hijos, no pasé hambre, puse el negocio, ¿qué más puedo pedir? Por eso no te entiendo a vos, Mayra... Si hubieras vivido la guerra...
- Para cada uno lo más terrible es lo que le pasa. Me imagino que la guerra es horrible, pero yo...
- A vos te mataron a tu mamá, ya lo sé... Vos tenés tu propia guerra...
- Una guerra para saber la verdad.
- ¿Querés descubrir al asesino? Mirá, Mayra, tené cuidado... Capaz que es peligroso, si sabe que lo buscás...
- No sabe que lo busco... Creo...
- ¿Ves? ¿Por que no te olvidás? Si la policía no lo encontró... Está bien, ¡la policía!, ¿qué podés esperar de la policía? ¡Mama mía!
- Sí, pero...
Las campanitas de la entrada repicaron.
- Mirá, nena, ahí viene la de la estatuilla. ¡Qué mujer! ¡Ni con la lluvia que hay capitula!
Doña Celina visitaba el negocio de Don Rómulo casi dos veces por semana. Hacía unos meses, le había comprado al anticuario una estatuilla francesa, del Siglo XVII, que representaba a una mujer, con una sombrilla, algo inclinada sobre la derecha y de costado como dialogando con alguien. Ella afirmaba que debía haber una muy similar, su pareja, también femenina, que al revés completara el imaginario diálogo de porcelana, como una imagen y su espejo. Don Rómulo, con tal de vender, le aseguró que iba a conseguirle la otra estatuilla; todo anticuario que se precie de tal sabe que casi es imposible encontrar ese tipo de parejas, separadas por siglos de descuido e ignorancia y océanos de distancia. A partir de ese día, la empecinada señora no dejaba de visitar el negocio...
- ¿Tiene alguna novedad para mí?
- Estoy en eso, Doña Celina, en eso... ¡Cómo se vino con esta lluvia!
- Porque si a usted no lo persigo... Mire que me lo prometió; esa fue la condición de la compra. No puedo ver a la estatuilla sin su compañera, inclinada hablando con alguien que no está... Hasta tristeza me da... Fue hecha para la otra, y la otra para ella, ¿me entiende? ¡No pueden estar separadas!
- ¡Pero, señora, sola es igualmente una pieza única!
- Sola es la imagen de la melancolía... Necesita a su compañera.
¡Qué manía! ¡Esta mujer no tiene nada que hacer!
- Tengo un reloj del XVIII, suizo, que le va a encantar.
- Muéstremelo, pero yo a usted no le compro nada más hasta que no me traiga lo que le pedí.
Don Rómulo se hundió en las profundidades de la trastienda, mascullando entre dientes.
- ¿Cómo te va, Mayra?
- Bien, Doña Celina...
- Te vi el otro día y no me saludaste.
- ¿Dónde?
- En la Feria de San Telmo, ahí en la plaza... Eras vos, estoy segura, pero estabas distinta... No sé... La ropa, el arreglo... Pero eras vos.
- No lo creo... Nunca voy a la Feria.
- ¡Pero sí! Eras vos... Estoy segura... Estabas con un señor y un muchacho, mirando los puestos... Parecían turistas... Pero eras vos. Yo pasé por al lado y te saludé, pero ni te diste vuelta. ¿No me reconociste?
- Se confundió, Doña Celina, yo nunca voy a la Feria.
- ¿¡No?! Pero eras vos...
Se quedó pensativa. Era una mujer muy observadora, muy fisonomista y se preciaba de tal; además, estaba cansada de ir al negocio y verla a Mayra... ¡No me puedo haber confundido así!
Don Rómulo venía cargando el reloj.
- Déjelo, me lo muestra otro día... Cuando me haya conseguido la estatuilla...
Se fue.
- ¡Qué mujer! Me hizo cargar con esto y ahora...
..............
Y entonces sucedió... Detrás de la cortina de la lluvia, en la penumbra de la ventana del negocio de antigüedades, se eclipsó la figura de una mujer... Las campanitas de la puerta tintinearon con extrema suavidad, esta vez como si hubiera entrado un fantasma.
El jueves no llegaba nunca o la ansiedad carcomía la paciencia de Mayra. Decidió no contarle nada a Nelly ni a Don Rómulo, pero llamó por teléfono a Mistral que, muy curioso, la instó a que se encontrara con esa mujer que parecía repetirla rasgo por rasgo. En algunas ocasiones pensaba que nada de eso había sucedido, que sólo era su imaginación, que era imposible; en otras, que después de todo no era tan parecida, que hay parecidos entre personas que no tienen nada que ver, que hay muchas personas similares, que todo el mundo tiene su socías (aunque no conocía a nadie que lo hubiera encontrado); finalmente, a veces se convencía de que si era verdad lo que había visto, si realmente era así, algo fundamental y extraordinario para su vida estaba por revelarse...
El jueves llegó, pero no llegó la esperada visita. A las tres de la tarde, un muchachito pelirrojo le trajo una carta con las mismas indicaciones de destinatario de la anterior y escrita con la misma letra minúscula y minuciosa. Don Rómulo había ido a buscar a la aduana una mesa isabelina que había comprado hacía bastante tiempo y que esperaba ansioso, así que Mayra pudo leerla y releerla con tranquilidad. Su contenido era mucho más extraordinario de lo que nuestra imaginación puede barajar...
Yo, también...
5 (cinco)
Boquitas pintadas
Marzo del ’83... La tercera de las cuestiones que perturbó la vida de Mayra comenzó en marzo del ’83, según la fecha de su diario; es más, hasta puedo decirles la hora: las once de la mañana de un domingo.
Los domingos eran los únicos días en que Mayra podía descansar un poco. Don Rómulo abría la tienda a las cuatro, cuando los turistas y los curiosos de siempre poblaban las callecitas de San Telmo, después del almuerzo. Ese domingo de marzo, se había despertado a las diez, casi no había desayunado y se arreglaba para encontrarse con Pilar Gala, la que le había pedido que la suplantara en el negocio y que, para desgracia de su economía, iba a volver muy pronto a ocupar su lugar. Todo el tiempo, mientras se pintaba los ojos y se enrojecía la boca con el maquillaje de Nelly, le hablaba al espejo ensayando cómo pedirle a Pilar que la ayudara (sin humillarse), que no tenía un peso, que un solo sueldo no les alcanzaba, que la recomendara en algún otro lugar... Y se le corría el rimel demasiado espeso y se le caía la sombra de los ojos sobre la remera y se delineaba mal los labios porque tengo una boca muy grande y me queda horrible este color y no tengo otro, y no podía dejar de temblar porque nunca se pintaba y se sentía una inexperta y una tarada que perdió su tiempo con las monjas. Pilar va a pensar que perdí tres años de mi vida; ella es tan segura, tan atractiva, tan moderna y yo parezco una tarada... Ni siquiera sé cómo vestirme y, aunque lo supíera, no tengo plata para comprarme ropa. ¿Y el pelo? ¿Qué hago con el pelo?
A eso de las once, Nelly apareció en el marco de la puerta del baño. Nunca la había visto tan pálida; casi no podía mantenerse en pie.
- ¿Qué te pasa?
- No sé... Desde hace unos días, no me siento nada bien; estoy con náuseas todo el tiempo, me mareo... Anoche me parece que tuve fiebre; tenía unos escalofríos terribles.
- Será algo que comiste...
- ¡Si me la paso haciendo régimen!
Mayra la miró de reojo... ¡Qué habrás comido!
- ¿¡Qué te pusiste en la cara!?
- Nada... ¿Tomaste algo?
- De todo...
Estaba segura de que era cierto. Nelly era una de esas personas que, al menor dolor, se ametrallan con remedios de todo tipo, recomendados por vecinas y parientes (nunca por un médico diplomado). Además, cuando se mejoran, no pueden saber qué realmente les pasó y qué realmente les hizo bien o mal, atribuyendo la enfermedad a suposiciones de lo más dispares.
- Me tomé un té con unas galletitas de agua con dulce, y me parece que me hizo peor...
- ¡Pero, Nelly! ¡Cómo te va a hacer mal un té! ¿Por qué no vas al médico?
- No, no, no es para tanto... Me voy a acostar; descansar me va a hacer bien.
- ¿Querés que me quede?
- No, andá tranquila, yo me arreglo... Hoy a las cinco viene Silvia; cualquier cosa que necesite se la pido a ella.
- ¿Silvia? ¿Qué Silvia?
- La que iba al 6to. piso de Posadas, ¿no te acordás de Silvia?
- ¿La que limpiaba en lo de los Alzaga?
- La misma.
- No sabía que la seguías viendo...
- Me la encontré de casualidad, hará dos semanas. Trabaja en un negocio acá cerca; fui a hacerle una visita y quedamos en que venía hoy a la tarde. ¿No te parece que estás muy pintada?
- Sí... Ahora lo arreglo... Bueno, me alegro de que estés acompañada... Decime, Nelly, ¿Silvia no te dijo nada de Julián?
- ¡Mayra, por favor, ya te dije que..!
- Está bien, está bien... No nos peleemos, tal vez sea mejor no saber nada más...
- Exacto... ¡Ah! Tengo un color más claro de rouge... ¿Lo querés?
...............
- ¡No sabés lo que era el tipo, Mayra, un bombonazo total!
Mayra la miraba alucinada. Los tres años en que no se habían visto las habían distanciado notablemente: una, en un encierro casi completo tras los muros del colegio de monjas; la otra, dominando los bastos espacios que le abría una familia con dinero y un futuro casi asegurado. Se habían encontrado a mediados de diciembre, cuando Mayra había intentado ver a Julián en Recoleta. Mayra casi no reconoció a Pilar, tan cambiada estaba; Pilar reconoció inmediatamente a Mayra, estaba igual...
Ese día, Pilar le contó que se había conseguido el trabajo en San Telmo, porque Don Rómulo le había vendido a su mamá un dresoir de colección, espléndido. No era que necesitaba el dinero, pero quería independizarse, porque una no puede depender de los padres siempre; además me quiero ir a vivir sola, y tengo que tener un sueldo, no es tanto pero por algo se empieza... Mayra no se animó a preguntarle por Julián ese día; en realidad, Pilar se habló todo y no tuvo oportunidad de decir demasiado; sin embargo, aceptó entusiasmada cuando le ofreció que la suplantara en febrero, porque se iba de vacaciones a Punta del Este; casi fue un regalo del cielo.
Pero había vuelto, y allí estaba con las manos como mariposas, la piel dorada por la luz del mar, el pelo rubio con las “mechitas” que estaban de última moda ese verano, los pantalones bien ajustados, los aros, los anillos, los cigarrillos importados, las películas prohibidas que se vio en Punta (detalle tras detalle), la bikini roja que me queda genial, la mini y la maxi, el bronceado que todavía no sabía de pantalla solar, las uñas postizas... y todo lo demás que puedan imaginarse para una chica de 18 en el ’83... Allí estaba frente a Mayra, pálida como un papel (a pesar de los esfuerzos frente al espejo), con unos jeans demasiado viejos y la hebilla en el pelo que todavía los lazos invisibles de las monjas no le habían permitido soltar. Allí estaban: Mayra, loca por un recuerdo; y Pilar, loca por un bañero...
- ¡No sabés! ¡Me muero, me muero con solo acordarme de esos ojos! Te confieso que no me pude resistir... Bueno, mejor a vos no te lo cuento... Me imagino que las monjas te habrán secado el cerebro con ese asunto de la virginidad; yo tengo una prima que se piensa que es súper porque es virgen... ¿Vos sos virgen?
- Sí...
Bajó la cabeza ante los ojos inquisidores de Pilar... Para Mayra, es cierto, era bastante dudoso que la virginidad fuera un valor en sí, como se lo habían repetido mil veces, pero nunca pensó que iba a sentirse avergonzada de confesar esa condición.
- Bueno, tampoco es un pecado ser virgen, ¿no?
Pilar se sintió culpable.
- Perdoname... Fui un poco agresiva... En realidad, cada una tiene que hacer su elección en eso, ser libre para decidir cuando quiere hacerlo; bueno, por lo menos eso dicen los psicoanalistas... ¿Vos te psicoanalizás? ¡Otra estupidez! ¡Dije otra estupidez! Debe ser difícil estar metida tres años en un convento, y de pronto salir al mundo... ¡Y encontrarte conmigo!
Se rieron...
- Lo que pasa, Mayra, es que... No sé cómo decírtelo... ¿No me dejás que te de algunos consejitos?
- ¿Por qué?
- Y... Te tendrías que hacer algo en el pelo... Y el maquillaje, no sé... no se usa más esa sombra celeste tan fuerte, y ese rouge... ¿de dónde los sacaste?
- Me los prestó Nelly...
- Que los tiene desde hace diez años... No te ofendás, Mayra, pero con esos ojos que vos tenés, tendrías que explotarlos un poquito. ¡Ya sé! Tengo un peluquero, que me corta el pelo; es marica, pero...
- Pará, Pilar. No tengo un mango... No puedo pagar una peluquería.
- ¡Te la pago yo! ¡Es muy barato!
- No, no... Y menos ahora que me quedo sin el trabajo...
- ¿No conseguiste nada?
- La verdad, me habían ofrecido otro... ¿Vos los conociste a los Montero?
¿Por qué me pongo a temblar?
- ¿Los de Julián?
- Sí... El tío de Julián, Carlos Montero, me ofreció cuidar a la hija, Francis...
- ¿La paralítica?
- Sí... El padre me mandó una carta, muy cariñosa, y me ofreció que trabajara para ellos en la casa, acompañando a Francis, que parece que cada vez necesita más atención.
- ¡Qué embole, Mayra! ¡Cuidar a una enferma! ¡Dejame de joder! ¡No, no, vos tenés que hacer otra cosa con tu vida!
- ¿Y qué puedo hacer yo?
- ¡Trabajar en una oficina, estudiar periodismo, vender en un negocio, hacer artesanías...! No sé... ¡Encontrarte un novio como la gente y soltarte el pelo, Mayra, dejar a las monjas de una vez!
¡Pilar, no seas bruta!
Si fuera eso solo...
- ¡Vamos a la peluquería, ya! Atienden los domingos...
- Te dije que no tengo...
- Eso no importa.
- Pero tengo que ir a trabajar...
- Yo le explico a Don Rómulo; es un santo, no te preocupés.
..............
Esa tarde, Mayra se dio cuenta de que podía cortarse el pelo, y soltárselo, y hacerse los reflejos, y pintarse sin el maquillaje de Nelly, y reírse como una loca con la cara de Pilar cuando el peluquero les contaba que estaba enamorado, que “una persona” le había cambiado la vida. Se dio cuenta, también, de que después de todo ella podía hacer muchas cosas, que la puerta del colegio se había cerrado definitivamente, que los jeans que tenía puestos eran demasiado viejos y que todavía no se había escrito su historia, la verdadera, la de ella, no la de los recuerdos terribles, la de las enigmas indescifrables, la de un Julián que a lo mejor no volvería a ver...
Cuando Don Rómulo las vio entrar les preguntó por Mayra, y Mayra se sintió feliz de que no la hubiera reconocido y Don Rómulo pensó que todas las mujeres eran iguales que eran una brujas que podían cambiar tan rápidamente y convertirse en otra en la que quisieran pero no lo dijo, tan radiante la vio a Mayra. Y le prometió que le iba a buscar un trabajo y Pilar dijo que se quedara que no importaba que ella se iba a arreglar que alguien le iba a conseguir algo porque mi papá tiene muchas relaciones y Mayra no sabía cómo agradecérselo... Y todo hubiera sido ideal, si no hubiera sucedido lo que sucedió cuando se despidieron esa tarde...
..............
- Che, Mayra... Cuando nombraste a los Montero, me acordé... ¿Sabés que hace poco lo vi a Julián?
- ¡Lo viste!
- Sí... Está hecho un bombón... ¿Te andaba atrás a vos, no?
- No... Eramos amigos, nomás.
- Bueno, igual no importa, porque lo vi muy acompañado.
- ¿Muy acompañado?
- Sí... Iba con una chica embarazada. Para mí... se casó de apuro. En el cole era un turrito, se bajó a la mitad de las minas. ¡Claro, con esa facha! ¿Quién se le resistía?
- ¡Vos...!
- No, a mí no me va. No me gustan los morochos. Además, yo en el cole salía con Javier..., ¡perdí un tiempo con ese tipo! Me dejó por Lily, el muy guacho...
- ¿Y cuándo lo viste a Julián?
- En Punta del Este, en la playa... Ya te digo, estaba con una mina embarazada... No me extrañaría que el muy boludo haya quedado enganchado. Estos machitos, terminan así, metiendo la pata. Seguro que lo casaron...
- Mirá vos...
El mundo se derrumbó.
...............
Lloró mientras lustraba las estatuillas y le sacaba el polvo a los muebles de ébano y a las postales coloreadas; lloró cuando bajó la cortina del negocio y Don Rómulo le dio la espalda; lloró cuando tomó el colectivo que la dejaba en la esquina de su casa; lloró pensando que Julián nunca nunca nunca iba a darle el beso con que había soñado esos tres años... ¡por que no se lo di cuando me lo quiso dar! Lloró cuando se dio cuenta de que era virgen y de que no quería serlo desde hacía mucho tiempo, pero nunca se había atrevido a confesárselo; lloró cuando pensó que era tarde para soltarse el pelo, sacarse la hebilla, cerrar la puerta del colegio y pintarse la boca... Lloró porque Julián no la había esperado y se convenció de que era lógico que no la hubiera esperado a ella, a Mayra, a la virgencita, modelo de virtudes y de aburrimiento. Se sintió sola y desamparada, cuando llegó a la puerta de su casa. Y allí estaba, porque la vida está llena de sorpresas, Julián Montero...
6 (seis)
Avec moi
- Voilá, la Tour Eiffel!
Nadie puede dejar de abrir la boca al verla por primera vez, pensó Mayra, mientras esquivaba al grupo de turistas japoneses, aglomerados detrás de los flashes y las cámaras filmadoras; todos iguales, todos rasgados, todos cortados por la misma tijera sistemática del Oriente. Mayra ya no recordaba la primera vez, como no recordaba tampoco la primera vez que vio el Obelisco, pero París o Buenos Aires eran igualmente sorprendentes para ella, viajando siempre entre una y otra, siendo de las dos y de ninguna, confundiéndolas en sus idiomas y en esa nostalgia tan particular de las ciudades. ¿Qué París era más hermosa? (como le decían); ella ya no lo sabía; a veces, ni sabía (por instantes, claro) si caminaba una u otra, en los dobleces de las esquinas, los toldos de los cafés, las callecitas empedradas o los tonos grises de los días de lluvia. Y siempre entre una y otra, y siempre añorando a una...
Bueno, los turistas japoneses eran de París, indudablemente...
- Los detesto.
- ¡Los detestás! ¡Gabriel!, ¿vas a dedicarte a esto y detestás a los turistas?
- Mirá, Mayra I., no me apurés... Primero, vos sabés que no voy a dedicarme a esto... Segundo, no dije que detestaba a los turistas, dije que detestaba a los japoneses.
- ¿Sos racista?
- No... En los ’80, los orientales nos invaden, ¿no te diste cuenta? ¿Hay muchos, ahora, en Buenos Aires?
- No, lo normal... No sé, no me fijé...
Gabriel la observaba hasta en sus mínimos gestos, no le perdía pisada. Argentino de pura cepa, a los veinticinco, lo había convencido a su padre de que le pagara los estudios de Turismo en París (- Cuando vuelvo, colgamos el diploma en la agencia, y te la renuevo por completo, a la europea... ¿eh, viejo? Yo soy tu mejor inversión...), y lo único en que ocupaba el día era en acompañar a Mayra a L’Ecole de Turisme, vagar por la ciudad, visitar el atelier de su amigo Marcel y, después, encerrarse en la buhardilla que había alquilado en Montmartre y pintar, pintar, pintar... llenar la tela de colores, de figuras sinuosas, de ojos de bocas de espaldas de senos, todos de Mayra, todos robados a Mayra en sus más calladas distracciones, en sus mínimos suspiros, en las sombras que le recortaban el perfil cuando iba a buscarla a la noche para tomar un café. Porque Gabriel era pintor y solo eso era y solo eso quería ser, a pesar de su padre.
Se habían conocido meses atrás, el día de la inscripción (único esfuerzo que había hecho Gabriel, para poder enviarle a su padre el recibo de pago, símbolo inequívoco de que había decidido cambiar hoy y para siempre), y no se había podido separar de ella, de su pelo, de su perfume, de su boina roja, de su acento francoporteño con un pequeño (pequeñísimo) arrastre en la r. Además, Gabriel no sabía francés (más que el de la escuela secundaria, y nunca fue muy buen alumno), y Mayra le vino de perilla: hermosa y bilingüe... Desde ese día, se le había pegado como una estampilla, a pesar del padre de Mayra, y del hermano de Mayra, y de la madre de Mayra, y de toda la familia Imar junta.
Y la seguía a todos lados, y la llevaba a comer a los restaurantes italianos, y la invitaba a subir a la torre (¡Otra vez!), y la paseaba por el Cartier Latin, y la quería besar contra la pared de la Bastilla (y ella no lo dejaba, todavía...), y le pedía que le jurara amor eterno bajo la bóveda celestial del Sacre Coeur, y la hacía morirse de risa (a ella, a esa chica tan formal, tan educada, tan susurrante) cuando la llamaba Mayra I., porque él le había puesto Mayra I., aunque ustedes no lo crean...
- ¿Me podés explicar qué estuviste haciendo en Buenos Aires, que no te diste cuenta de si hay japoneses? ¿Te encontraste con alguien tan interesante, como para no hacer ese estudio de mercado esencial para el futuro del turismo en la Argentina?
Gabriel se reía entre la broma y un cierto temor de que hubiera alguien que fuera más interesante que él. Mayra, no...
- Aunque te parezca mentira, me encontré... avec moi...
- ¿Y ese quién es?
- No... Quiero decir que me encontré conmigo... que encontré a alguien que... ¡soy yo!
- Ahora, sí, Mayra I., y eso que me lo dijiste en cristiano, no te entiendo.
...................
Rue de Rivoli... Un cafecito perdido en la Rue de Rivoli, una tarde de abril que iba dejando muy de a poquito el invierno europeo atrás, un pequeño bombón de chocolate, una música nostálgica que venía de algún lugar del Sena bastaron para que Mayra confiara su secreto, para que Mayra tuviera la esperanza de que alguien pudiera creerle.
- ¿Y no la volviste a ver?
- No, me fui esa misma tarde, después de mandarle la carta, y no pude verla otra vez.
- Mayra I...., ¿estás segura de que...?
- ¿No vas a creerme?
Suspiró desesperada; si Gabriel no le creía, que era la persona más adecuada para aceptar una cuestión tan misteriosa, ¿qué le quedaba para los demás?
- No es que no te crea, claro que te creo, pero es difícil imaginar que... Tiene que haber una explicación.
- Puede haber una explicación, pero lo de las visiones va más allá. Hacía rato que la veía, ¿me entendés, Gabriel? La veía vivir y...
- ¿Cómo sabés que lo que veías era su vida? No tiene por qué ser así.
- No sé cómo lo sé, pero estoy segura. Cuando la encontré, inmediatamente recordé las visiones; ella no es igual a mí en cuanto a la forma en que nos peinamos, nos vestimos, nos maquillamos... En cambio, es igual a la mujer de las visiones; pude entenderlas mejor a partir de que me encontré con ella; no podía explicarme cómo me veía a mí misma, pero con un aspecto tan diferente... Ahora, sé que no era yo, que era ella. Eso fue lo que más me impresionó, además de sentir que estaba frente a un espejo, claro.
- Y, decíme... ¿Vos sos adoptada? No tenés por qué contestarme esto si no querés, pero me parece que las cosas deben empezar a explicarse por ahí. No creo que tus viejos, si hubieran tenido mellizas, las hubieran separado, se hubieran quedado con una y la otra...
- ¡No!
- Entonces, es más fácil que te hayan adoptado a vos...
- Sí... Pero no lo sé...
- ¿Tu hermano es mayor que vos?
- Julio tiene doce años más que yo... Hay mucha diferencia entre nosotros.
- Más a mi favor, entonces. Puede que Julio sea hijo biológico y, por alguna circunstancia, tus viejos hayan querido tener otro hijo, no hayan podido y te hayan adoptado... ¿No les contaste a ellos?
- ¡No! No me
animo...
(7).
Por una razón o por otra no sé cómo encarar la conversación. Si me ocultaron la
adopción, no se si querrán reconocerla ahora; y si no soy adoptada, van a pensar
que estoy loca. Hay momentos en que creo que estoy loca en serio, Gabriel.
- No es para menos. Pero algún indicio debe haber; en todos estos años, ¿nunca pasó nada que te hiciera desconfiar?
- Solo una vez, pero ahora lo relaciono. Fue el día en que cumplí quince años; papá había preparado una reunión en Buenos Aires, en San Isidro, en la casa de la abuela; invitamos a todos los amigos de allá, a mis primos, a los tíos... Incluso, papá había alquilado un coche con caballos para que llegara a la fiesta... Fue hermoso.
- Sí, sí, las típicas fiestas de quince.
- A eso de las doce, después del vals, apareció un hombre y preguntó por mí. Recuerdo que papá, que recién llegaba a casa, no dejó que me viera y se encerró con él en el escritorio del frente. A pesar de que yo estaba pendiente de la fiesta, tenía mucha curiosidad y le pregunté a mamá qué pasaba; ni Julio ni ella me quisieron contestar, incluso en un momento pidieron que se pusiera la música más fuerte, yo creo que para que no se escuchara la discusión que había en el escritorio.
- ¿Discusión?
- Sí, papá y él discutían; sentí que me nombraban más de una vez. A la hora, más o menos, salieron del escritorio y papá, con bastante violencia, lo llevó a la puerta, pero... Fue algo muy extraño...
- ¿Qué?
- Antes de irse me buscó con la mirada... Me dio escalofríos; nunca voy a olvidarme de cómo me miró.
- ¿Por qué?
- Porque parecía que ese hombre me conocía, que me miraba como si me estuviera reconociendo... Se sonreía, eso es, se sonreía de una forma muy particular... Además, antes de que papá le cerrara la puerta escuché que le decía algo así como que él tenía derecho, que tarde o temprano no iba a poder impedirlo, y yo pienso que se refería a mí. Lo pensé en ese momento, y ahora lo pienso con más claridad...
- Y tus viejos qué te dijeron después?
- Nada concreto... Que era un antiguo empleado de la empresa que buscaba plata, un inoportuno. Pero yo no les creí...
- Todo es posible... ¿Le escribiste de nuevo?
- Tengo la carta; la traje para enviarla por correo. ¿Querés leerla? Todavía no la cerré.
- ¿Vos querés que la lea?
- Claro que quiero que la leas...
¿Y si te como a besos, Mayra I...?
Leyó Gabriel:
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París, 12 de abril de 1983 Estimada señorita: Como verá, no me he olvidado de usted; ya instalada en París, le escribo y espero que usted también lo haga. No he dejado de pensar un sólo momento en lo que nos ha sucedido; ¿ha podido usted olvidarlo? Le repito lo que le dije en mi última y apurada carta: creo que es su vida la que veo. Un colegio de Buenos Aires, la muerte de una religiosa, el suicidio de una compañera, la terrible visión de un crimen. ¿Le han pasado estas cosas? ¿Van a pasarle? ¿Tiene usted visiones como yo las tengo? Sería increíble que usted viera mi vida, también. Quiero contarle algunas cosas de mí, necesito que me conozca. Me llamo Mayra Imar, tengo 18 años y estudio Turismo en París, que es donde vivo con mi familia casi todo el año. Por lapsos de tiempo visito Buenos Aires, donde viven mis abuelos, por razones de trabajo de mi padre. Somos una familia muy unida, y casi siempre viajo con mis padres y mi hermano Julio, que tiene 30 años. A pesar de que vivo en Francia, me siento muy identificada con el lugar donde he nacido y siempre he sentido que un lazo invisible me une a él (¿será usted?), y que estoy tan cómoda en Buenos Aires como en mi casa. Siempre he pensado que era la hija biológica de mis padres, aunque en ocasiones, sobre todo en la adolescencia, he sentido una cierta extrañeza, casi inexplicable, una melancolía muy especial, como si algo no estuviera en su lugar, pero nunca me he preguntado por qué, hasta ahora. Cuando la vi, tuve la misma sensación al quedarme sola con mi familia; pero la melancolía tenía un rostro: el suyo (que se repite en mi espejo todas las noches). Algo de mí siempre me ha faltado y ahora creo comprender qué es. ¿Es usted adoptada? ¿Cómo es su familia? Perdóneme si la lleno de preguntas, pero creo que usted debe tener también muchas para mí. Escríbame a la dirección del remitente, por favor. Entre las dos vamos a encontrar una explicación a lo que nos está pasando. Tarde o temprano voy a volver a Buenos Aires, y seguramente conversaremos más tranquilas. Espero ansiosa. Mayra I.
|
..............
- ¿Qué te parece? C’est bien?
- Es sorprendente.
- ¿Qué es sorprendente?
- La forma de escribir. No parecés vos, Mayra I. Es sumamente formal, prolija... Demasiado... La tratás de usted. Ella tiene tu edad, 18, ¿no te parece que la podrías tutear, por lo menos? Parece una carta escrita a fines del Siglo XIX.
- A mí también me sorprende, pero desde la primera carta que le escribí fue así... Yo tampoco me reconozco, pero es la única forma en que puedo dirigirme a ella. Es cierto que aprendí un español escrito muy formal, estudiado en una escuela francesa, pero conozco las expresiones de todos los días, y con ellas debería escribirle. Sin embargo, no puedo.
- Querés mantener una distancia...
- ¿Por qué?
- Porque tenés miedo. Ella puede ser la revelación de cuestiones no muy agradables...
- Pero yo quiero acercarme, quiero que me cuente quién es; quiero volver a verla tarde o temprano... Debe haber otra razón.
- ¿Cuál?
- Creo que no sé cómo tratarla... Es difícil escribirle a tu propia sombra, y siento que ella es mi sombra, esa que siempre te sigue y que casi nunca ves. No la conozco y la conozco demasiado... ¿Y si ella es todo lo que no sé de mí? ¿Qué más puedo hacer?
- Nada, por ahora... Solo hay que esperar que te conteste, y seguir investigando... Solamente ella y vos tienen la respuesta.
- Elle avec moi...
.................
- ¿Hola? ¿Hablo con Néstor Imar?
- Con el mismo.
- ¿Qué dice, Imar? Carlos Montero le habla desde Buenos Aires.
................
- Te dije que no me gusta que te pasees por Montmartre después de las siete...
- No me paseé por Montmartre, y si lo hubiera hecho, yo sé lo que hago. Dejáme en paz, Julio.
- Voy a hablar con papá y ya vamos a ver... Encima, ese vago que te sigue a todos lados.
- Gabriel no es un vago, es pintor.
- Ese es un vago que le roba la plata al padre.
- ¿Y vos qué sabés?
- Estuve averiguando a la familia Grimaldi, por una amiga que tengo en Buenos Aires. Es el varón, la oveja descarriada, siempre les dio disgustos hasta que pensaron que en París iba a estudiar en serio, y ya ves, lo único que hace es andarte atrás.
- Te dije que está estudiando pintura.
- ¿Pintor? ¡Por favor, Mayra! Va a terminar pintando paredes... Cuando venga papá vamos a hablar.
- No le digas nada a papá, Julio, bastante problemas tengo.
- ¿Problemas? ¿Qué problemas podés tener vos?
7 (siete)
- No podemos transcribir esta discusión.
………………
- Hay que tomarse las cosas con tranquilidad... No podemos abandonar la historia... Sería una traición...
- ¿Traición? ¿A quién?
- A los personajes, a nosotros, a Mayra I....
- ¡A Mayra I.! ¡Por favor, Julia! En tal caso, como yo le dije desde el principio, con la intuición que me dan los miles de años que tengo de experiencia en este asunto, ella nos ha traicionado a nosotros.
- ¿Por qué dice eso?
- Porque nos ha mentido...Así como lo lee: MENTIDO. Ella no es Mayra I.
- ¿Quién?
- ¡Ella, la de los e-mail, la que desde el principio nos quiso convencer que iba a decirnos la verdad, la que clamaba justicia en un encierro injusto, la que le mandó el diario...! Ella ha falseado su identidad; se ha metido en un nombre, como un fantasma, pero no es quien dice. Está claro.
- ¿Está claro? ¿Por qué? ¿Porque ha aparecido otra que se llama Mayra I. o que la llama un amigo Mayra I.? ¿Usted cree que la historia de Mayra Imar es la que deberíamos contar?
- Tal vez...
- ¿Y si es la segunda la que miente? Mire, narrador, no me parece que todo pueda explicarse por una simple mentira... Quizás el mayor enigma de esta historia esté en esa cuestión...
- ¿En esa cuestión?
- ¡Claro! En que las dos estén diciendo la verdad... Después de todo los dos apellidos tienen la misma inicial... La cuestión está en que las dos sean Mayra I....
- O ninguna...
- No sea desconfiado. Los años de experiencia también deben haberle servido para saber que los personajes a veces pueden ser más nobles que las personas. Hay de todo, en la vida como en el sueño; en realidad, es muy posible que cada uno sueñe lo que es, o sea lo que sueñe. Mayra I. es un sueño, un sueño de la que escribe los e-mail, de la chica que estudia turismo en París, un sueño nuestro también... A su pesar, nosotros también somos un poco Mayra I.... Si es una traidora, seremos traidores; si es auténtica (como supongo), también lo seremos...
-
“Aunque ninguno lo entienda...” ¿Eso es, no?
(9)
- Algo así...
.................
Desde la misteriosa aparición del primer e-mail, me he preguntado una y otra vez si esta historia es una historia falsa... Es cierto, está documentada. Están los e-mail, el diario de Mayra Iñiguez, las cartas de Mayra Imar; ¡son documentos escritos! Tienen tanto valor como cualquier otro documento; bueno... no son históricos, pero hoy en día se cuestiona hasta la historia, ¿no? Por lo menos, se pone en duda que haya un solo relato que explica todo, desde donde explicar todo; y eso es lo que me parece que está pasando con esta novela, por eso estamos tan molestos el narrador y yo. Múltiples relatos la explican; tenemos que mirarla desde tantos lugares que estamos confundidos, tan confundidos como cuando nos enfrentamos a la realidad... Pero desde cada lugar vamos a encontrar un pedacito de la historia, una parte de la interpretación, un punto de vista; solo hay que saber colocar cada fragmento en el lugar exacto. Esa es nuestra función: interpretar... eso es...
¿Y si no podemos? ¿Y si no sabemos encontrar el hilo conductor, el hilo de Ariadna, y nos perdemos en el laberinto? ¿Y si no devora el Minotauro? Castigo de los dioses al que quiere ser Dios...
Si sabemos hacerlo, un día, estoy segura, vamos a tener frente a nosotros a Mayra I., que hasta ahora se corporiza y se diluye con una facilidad extraordinaria. Ella es la clave, su nombre es la medida exacta, la esencia, la solución... En cada una de sus letras, está todo lo que hay que saber, o eso creo... Es una tarea de detectives, de investigadores, de detallistas, de los que trabajan con empeño inquebrantable, de los que ya no creen en la historia (en aquella, en la otra); de los que empiezan a comprender que la realidad tiene múltiples entradas, como cuando uno entra al mundo de la pantalla, y navega en una red y encuentra miles de relaciones posibles y sabe que hay muchas más que nunca encontrará, porque una vida no alcanza, ya no alcanza para ver todo lo que hay allí...
Espero que alcance una novela,
para poder encontrar a Mayra I. Solo eso espero...
(10)
No... Hace un rato, usted me
gritaba sin miramientos porque esta historia era una maraña, no tenía
consistencia y no sé cuántas cosas más... Ahora, le parece de lo más fácil
encontrarle a este universo confuso una explicación razonable... No, no lo
entiendo.
(11)
Pero nosotros estamos en el
universo, o por lo menos yo estoy, y voy a mostrar, irremediablemente, mi visión
de la realidad en la historia que escriba. No hay otra forma, narrador, no hay
otra...
(12)
Si se puede, de hecho usted está
allí y yo estoy acá. Lo siento. Cuestiones del milenio...
(13)
Son las reglas del juego; hay que
aprender a jugar... Nadie que esté acostumbrado al zapping o a abrir ventanas
infinitas en la pantalla puede incomodarse con una lectura a los saltos, con una
historia quebrada en miles de acertijos, donde lo único seguro es un nombre.
(14)
8 (ocho)
“El año del cometa y del Centenario”
“Te lo tengo que contar, porque a alguien se lo tengo que contar, pero te lo voy a decir todo muy bajito, Lucita, para que no nos escuchen las de acá, las hermanas, que son terribles con esto y se quieren enterar a toda costa; es un secreto que no se lo conté a nadie y nadie tiene que saberlo nunca jamás. Te lo confío porque sos mi nana, y ni en mi mamá confío como confío en vos.
Nos conocimos en la misa de doce del 1910, de la Navidad del 1910, ¿te acordás?, que yo esperaba con tanta ilusión, después de un año tan raro, primero con los festejos del Centenario y después con el cometa, que Dios nos protegió y nos salvó de él, y fue tan hermoso verlo... Aunque parezca mentira, fue ese día cuando nos conocimos él y yo, Tomás y yo. Yo estaba en el coro de las benedictinas y me sentía, como siempre me sentía desde hacía dos años, desde que había empezado el noviciado; como me habían dicho las hermanas que me tenía que sentir: en la luz de la verdad de Cristo Resucitado, que era la única manera de estar segura en un mundo de pecado y de tentaciones, sobre todo siendo una mujer. Además, estaba la música del órgano, el coro de las novicias con esas voces tan perfectas, y yo a un paso de tomar los hábitos, de tomar los votos, de que me cortaran el pelo, de olvidarme del mundo. Todo era una gran ilusión para mí. ¡Estaba cumpliendo con mi deber!
Papá y mis hermanos estaban orgullosos, y yo, loca de contento de que ellos me tomaran en cuenta, me pusieran como ejemplo a mí, a mí que me había tocado ser una mujer, la culpable de que estuviéramos en este valle de lágrimas. Porque las hermanas me dijeron que nosotras éramos las culpables y que por eso teníamos todos el pecado original. ¿Vos sabías eso, Lucita? Es muy difícil salvarse si una es una mujer; vamos a tener mucho tiempo de purgatorio, ¿sabés?
Mamá estaba muy emocionada; ni se atrevía a mirarlo a papá, ni a Armando, ni a Andrés. ¿Viste que mamá nunca lo mira a papá a los ojos? ¿Le tendrá el mismo miedo que le tengo yo? Papá es tan estricto que siempre me dio miedo; ¿te acordás cuando le tiró la comida al piso a mamá porque estaba fría, y ella lo tuvo que limpiar de rodillas? Pero hay hombres que no son así, te lo juro, Lucita; yo conocí a uno, que será el mismo demonio como me dicen las hermanas, pero que es el primero que me ha tratado como si yo fuera un cristal, un bibeló, una piedra preciosa. ¿El demonio siempre nos trata así? ¿Siempre nos engaña así?
Me acuerdo que yo quería que Armando me mirara cuando me levanté para comulgar, una vez aunque más no fuera; siempre tuve preferencia por él, tan fuerte, tan seguro... Pensar que ahora ni siquiera me dirige la palabra y me juró que no va a hablarme hasta que no le diga dónde está y yo no se lo voy a decir, y vos tampoco, Lucita, vos tampoco. Porque lo va a matar, lo quiere matar, y yo me muero si lo matan, aunque sea el demonio en persona, me muero si lo matan.
Y fue en ese momento, cuando volvía de comulgar con el cuerpo de Cristo Crucificado; sentía que caminaba entre nubes, que lo tenía a El dentro de mí y no necesitaba nada más y entonces, sucedió... En vez de volver al coro, tenía que ir al banco de la familia hasta el final de la misa; me puse, un poco temerosa, en la punta del banco. Lo sentí al lado mío respirar; lo miré de reojo, no sé por qué; debería haber estado concentrada en los rezos de la comunión... ¡Tenía a Cristo! Pero no fue así...
Lo escuché decirme: ‘Nunca vi un rostro más hermoso que el que oculta esa mantilla, ¿cómo no lo vi antes?’ Sentí un calor en la cara y el corazón se me salía del pecho. Recé para que papá no lo hubiera escuchado... ¡En lugar de hacer mis oraciones a Jesús! Lo miré; nadie me vio mirarlo. ¡Era un hombre, hecho y derecho, y me estaba hablando a mí!
Salí de la Iglesia temblando; sabía que me seguía, que estaba solo a unos pasos; sentía sus ojos encendidos en la nuca. Recuerdo que el Padre Pedro, cuando me saludó, me dijo que tenía que orar mucho esa semana, que el día de Reyes me casaba con el Señor y que debía tener el alma dispuesta para abandonar las vanidades del mundo; que iba a ser difícil la clausura, pero que todos estaban orgullosos de mí y de mi decisión... ¿Sabés, Lucita?, fue la primera vez que me di cuenta de que no era yo la que lo había decidido, de que fue papá el que decidió por mí. Desde que era chica, desde que me acuerdo, yo iba a ser religiosa, porque en la familia Yrigoyen cada generación tenía una mujer consagrada a Dios, y yo era la única hija que tenía. Vos sabés que no miento...
El también se detuvo a saludar al Padre Pedro. ‘¡Tomás Iñiguez, tanto tiempo! ¿Por fin de regreso del País Vasco?’, escuché. Sin ninguna vergüenza, me miró y dijo: ‘De regreso y para quedarme’. El Padre Pedro nos presentó. ‘En pocos días, para Reyes, Soledad Yrigoyen toma los hábitos’, le decía, ‘en una Orden difícil, las Benedictinas, y se va a la Clausura, en Córdoba... estamos muy orgullosos de ella’. Pero él no lo escuchaba o no lo quería escuchar, solo me miraba. Me besó la mano y yo sentí algo indescriptible, que nunca antes había sentido, que me pinchaba desde adentro, que me alborotaba las mejillas y me humedecía las manos. ¿Nunca sentiste eso, Lucita? Mejor para vos; cuando eso se siente no hay cura o por lo menos yo no pude encontrar el remedio.
Ya me iba, casi corriendo, (a lo mejor si hubiera corrido un poco más me hubiera salvado), pero se me cayó la mantilla. Tomás me la dio y mientras me la daba me acariciaba la mano, me encendía los ojos, me decía que iba a buscarme aunque tuviera que ir al fin del mundo... ‘Voy a buscarla, Srta. Yrigoyen; y nadie va a impedir que la encuentre, ni el mismo Dios’ Y ni Dios pudo impedirlo...”.
......................
No escuchaba la conversación de su madre en el coche de regreso sobre los dolores de pecho de la Tía Flora; no se sintió molesta, como siempre le ocurría, con el humo del habano de su padre; no durmió como dormía siempre, y la mañana la encontró con los ojos muy abiertos y la boca sin una plegaria. Porque esa noche, no pudo rezar; ni a Santa Eulalia, de la que era abogosa, le pudo decir una oración, nada... Y pensó que la había poseído el demonio, porque no conocía otras explicaciones, porque no sabía que había otra magia, otro hechizo, otro sortilegio, tal vez más fuerte y más poderoso que el mismo infierno; que había en el mundo, en el peligroso y débil mundo de las mujeres, responsables del pecado original, otro cielo, otra luz, otro paraíso más hermoso que el paraíso perdido...
.....................
“Madre angustiada y piadosa, confesamos avergonzados nuestra ingratitud y perfidia. Cada culpa nuestra es una nueva herida que abrimos en el corazón de Jesús, y nuestra crueldad es tanto mayor cuanto que no se detiene a la vista de tus sufrimientos. Danos, Señora, lágrimas abundantes para llorar nuestros pecados. Sienta nuestra alma todo el peso de su ingratitud, y siendo fieles en adelante a nuestro Salvador, obtengamos derecho a tu maternal piedad. Así sea”.
- Repitan la jaculatoria:
“Oh, Jesús, pues das Tú la vida por mí, haz que yo te consagre todo el resto de la mía”.
Había llegado a las cinco de la mañana al Convento; las semanas previas iban a ser muy duras, les habían dicho a las novicias, y lo eran. Hacía dos horas que rezaban sin interrupciones, y solo las esperaba un pedazo de pan para el desayuno y un poco de té. Después, media hora de descanso, donde podían hablar y caminar por el patio, y hasta el almuerzo tenían que limpiar palmo a palmo la Iglesia.
Pero el Padre Pedro tenía una cierta preferencia por Soledad Yrigoyen, aunque (por supuesto) ni se atrevía a considerar y no creo que haya considerado nunca hasta el día de su santa muerte. Así que, mientras las demás se deslomaban de rodillas con el cepillo, el jabón y el balde, Soledad tenía como especial encargo ordenar la pequeña casita del Padre Pedro, con ventana a la calle, al lado de la Iglesia: hacer su cama, asear las habitaciones y preparar su suculento desayuno, mientras se le hacía agua a la boca... Porque el Padre Pedro comía muy bien, seguramente porque no necesitaba de los rigores de la abstinencia para no tener malos pensamientos. Y allí iba Soledad todas las mañanas, y cantaba a Jesús mientras limpiaba y mientras cambiaba las sábanas blancas y prolijas que las hermanas preparaban con primor y mientras sentía el olor de las tostadas y del dulce y la manteca deliciosa, que no podía tocar, que ni siquiera debía mirar.
Y fue también esa mañana del 26 de diciembre del 1910, la mañana después del día en que había conocido a Tomás Iñiguez. Pero esa mañana no podía cantar, no podía estirar bien las sábanas, ni siquiera la distraía el crepitar del pan sobre el fuego... No podía olvidarse, eso es, no podía dejar de pensar en esos ojos que la habían mirado con tanta intensidad. Si le hubieran dicho que le daban mil tostadas con dulce las hubiera rechazado; si le hubieran ofrecido acostarse a dormir en la cama primorosa del Padre Pedro, una vez dormir hasta las diez de la mañana, hubiera dicho que no; hubiera sido indiferente hasta a la salvación eterna, sólo por ver de nuevo esos ojos en los suyos. Nada más intenso que el deseo de una mujer...
- Parece que nos volvemos a encontrar antes de lo esperado, Señorita Yrigoyen...
Increíble, tras la reja, debajo del ala del sombrero.
¡Dios mío!, es él, ¿qué hago? No sabía qué hacer , no sé qué hacer, tengo que irme, pero si se iba se darían cuenta en el convento, le preguntarían por qué no estaba limpiando la casa del Padre Pedro, y yo no podría contestar y se pondría colorada; ellas, las hermanas, irían a la ventana y lo verían a usted, señor, a usted que desde ayer me persigue... y me dirían que he pecado, que he mirado a un hombre, a un hombre como él, como Tomás Iñiguez, un hombre hecho y derecho.
- ¡Váyase!, ¿no se da cuenta?
- ¿Cuenta de qué?
- ¿No ve que estoy limpiando la casa del Padre Pedro?
- Bueno... es usted muy caritativa con el Padre Pedro. ¿Hay alguna otra razón para que una joven como usted asee la casa de un cura?
- ¡Por supuesto! Soy una novicia y...
- ¡Oh, claro! Algo le escuché decir ayer... Me imagino que no será en serio que usted piensa perder su vida en un convento, Señorita Yrigoyen.
- ¡Es usted un sacrílego, un hereje! ¡Váyase!
- Está usted muy equivocada... No soy ni un sacrílego ni un hereje; ya vamos a discutir esas categorías algún día... ¿Sabe lo que soy yo? Un hombre enamorado...
Se quemó con el agua hirviendo de la pava del salto que pegó. Le ardía, le dolía, seguía el fuego por dentro.
- Pase la mano por la reja, déjeme ver...
Y la mano no volvía, y él le besaba la mano y la mano le ardía cada vez más y él se la volvía a besar y era interminable el placer de la mano que tanto le dolía, y no volvía porque no quería volver, porque quiero que te quedes con mi mano, es tuya, de nadie más.
- Sé donde vive...
- ¡Ni se le ocurra!
- Esta noche, a las once, voy a estar en el jardín de su casa, en el templete. Espero que sea puntual...
- No voy a ir.
- Claro que va a ir.
- ¿Cómo lo sabe?
- Le he curado la mano...
...................
- Soledad, lee los consejos... Novicias, escuchad con atención.
“Para mantenernos siempre buenos como en el día más bello de la vida, que fue el día de la primera comunión, debéis:
1°
Huir de las malas compañías y de las lecturas nocivas…
(17)
2°
Recitar con fervor las oraciones de la mañana y de la noche…
(18)
3°
Santificar los domingos y día de fiesta oyendo la Santa Misa y la palabra de
Dios…
(19)
4°
Acercaros en el primer domingo del mes a los santos sacramentos de la confesión
y la comunión…
(20)
5°
Invocar todos los días la amorosa protección de la celestial Madre, aunque sea
con tres Ave Marías; pedirla su bendición al comienzo de las principales
acciones…
(21)
Amén.
Amén, repitieron las novicias...
Armando la esperaba en la puerta del Convento, como todas las noches, y le dijo que la veía ojerosa, que si había sido muy rigurosa la preparación, que en casa había un rico guiso que Lucita hizo, que estaba bien que empezaran de a poco para que se fuera acostumbrando cuando estuviera lejos, que iba a ser duro al principio pero que ella iba a ser recompensada por esa hermosa vocación que los enorgullecía, aunque no pudieran verla siempre, aunque te vamos a extrañar tanto.
Y se subieron al coche; en el balanceo del empedrado, la mano debajo del guante, blanco y primoroso, estallaba de fuego, gemía de vergüenza, se excitaba de amor...
9 (nueve)
David y Goliat
Corría; no caminaba; ya corría temblando, como si el demonio la llevara. No respira, no respira, está muerta... muerta... y yo me voy a quedar sola en el mundo... Corría y casi se ahogaba con la lluvia, las palpitaciones, las lágrimas que le mojaban la cara, el miedo... Porque llovía a cántaros esa mañana de mayo en que Mayra encontró a Nelly hundida en la cama, como si las sábanas se la hubieran devorado, como si hubiera perdido peso, consistencia, como si se estuviera evaporando... Y cruzó la calle y resbaló y no miró y casi la mata; el 150 casi la mata...
.................
- ¿Qué hacé, piba? ¿Estás loca, vos? ¡Casi te mato! ¡No mirás al cruzar! ¿Sabés el quilombo que se armaba si te mataba? Y encima el seguro no iba a pagar, porque es así, los del seguro se las arreglan... ¿Estás bien?
Mayra lo miraba desde abajo, en el medio de la lluvia y del barro, tratando de sacarse el pelo de la cara y las lágrimas de los ojos. De pronto sintió que la alzaban, que la levantaban por los aires, que iba a llegar al cielo de golpe. ¡Animal, no la toqués, a ver si tiene una fractura!, escuchó. Se vio parada en el suelo, sana y salva. Alguien le descubrió los ojos, muy despacito, como si la acariciara...
- ¡Qué susto me pegaste, piba! ¡Qué linda sos! ¡Menos mal que no te maté!
Se asomó una verruga...
- Ustedes, los colectiveros, son todos iguales. ¡No hay nada que hacer! La atropella, la levanta del suelo como una bestia y ahora se la quiere conquistar... ¡Qué vergüenza! ¡En este país se perdió la vergüenza!
- Oiga, Doña, ¿y a usted quién le dio vela en este entierro?
- ¡Por favor! Diríjase a mí con propiedad, jovencito, que puedo ser su madre.
- ¡Mi abuela!
La verruga se movía en un temblor incontenible; se empapaba con las inclemencias del tiempo; se contraía y se agrandaba sin cesar, al compás de los movimientos epilépticos de una boca por demás grande e indignada.
- ¡Insolente! En lugar de decir estupideces, sería más útil que llamara a una ambulancia.
- No, no, por favor... Tengo a mi madrina enferma... Necesito llegar pronto al Hospital Francés... Ahí está el médico...
- Yo te llevo, piba, con el bondi... Bajo a los pasajeros y te llevo...
- Usted no la lleva a ninguna parte. Tengo mi auto en la esquina; mi chofer nos alcanza...
- De ninguna manera, Doña, es mi responsabilidad y voy a cumplirla. Nosotros, los colectiveros, seremos brutos, como usted dice, pero tenemos buen corazón... ¿Entiende? La llevo yo...
- Dejala, pibe, no te gastés... El auto es más cómodo... Mirá la chica como está; toda desarmada...
Siempre hay un comedido...
- Bueno, Doña, pero yo voy con ustedes... Yo soy el responsable... ¡Arriba!
Mayra se sintió de nuevo en el aire, como una pluma en el viento; voló por un instante, por un instante pensó que el alma se le salía del pecho, que se había muerto; tan violento fue el envión. Ya arriba, se encontró entre unos brazos duros como una piedra que la sostenían y una mirada directa, transparente, sin vueltas... Muy cerquita, escuchó que le decían...
- Encantado... Aníbal Galván...
Se desmayó.
..................
- Concha Consuelo Pasos. Yo me hago responsable.
- ¡Usted se llama Concha, Doña!
- Soy española...
- ¿Usted sabe que en Argentina, la concha es...?
- No es necesario que lo aclare; llevo mi nombre con absoluta dignidad, y soy indiferente a las risas y a la chabacanería de la gente bruta como usted...
- Yo seré bruto, pero en la Argentina, la concha es...
- ¡Cállese! Ahí viene el médico...
Le abrió la puerta y se puso a llorar frente al hombrecito de piloto negro, con el pelo y los anteojos empapados por la lluvia y con las pequeñas manos movedizas llenas de preocupación.
- Disculpe la hora, Mayra, pero no podía dejar de venir... Mi madre me dijo que parecía usted muy angustiada.
Le tendió un pañuelo, perfumado con colonia y de impecable planchado. Alguien cuida de él, pensó Mayra, mientras se secaba los ojos. (- Perdón... La imagen del personaje ha variado... ¿No era que tenía una corbata anticuada, el pelo grasiento, un traje deplorable? – No sea ansioso… Algo ha variado en su vida, también…
………………
- Lo estoy...
Le contó lo que sabemos.
- Evidentemente, un accidente...
- ¡Claro! ¿Qué otra explicación le encuentra?
- Bueno, soy desconfiado por profesión, pero por lo que me cuenta del colectivero parece que sólo hubo buena voluntad...
- ¡¿Usted piensa que alguien querría matarme?!
- Nunca se sabe... Pero no es el caso, quédese tranquila. Concentrémonos en Nelly; eso me preocupa más... Usted dice que ha tenido estos episodios con interrupciones...
- Sí... En un mes se han repetido algunas veces, pero cada vez son peores...
- Y, ¿cuáles son los síntomas?
- Se descompone del estómago, vomita, tiene tremendos dolores y calambres; a veces, hasta se le pone azulada la boca y la cara tan blanca, que parece que se va a morir; dos veces perdió el conocimiento.
- ¿Estos son los primeros análisis que le hacen?
- No; hace quince días tuvo unos resultados.
- ¿Y?
- Nada... Todo normal... ¿Será que en el hospital no se los hicieron bien?
- Bueno, a veces sucede; nuestro sistema de salud pública es muy deficiente, aunque el Francés es un buen Hospital. Cabe otra posibilidad...
Mayra, como siempre, lo sentía pensar; sentía los chips de la computadora personal de Mistral establecer extrañas relaciones, inimaginables para ella.
- Dígame, Mayra, ¿Nelly recibe visitas en su casa?
- ¿Visitas?
- Sí... amigos, amigas, algún pariente...
- No tiene parientes ni demasiados amigos.
- ¿Alguno que haya surgido en estos meses?
- No... Bueno... Yo no la vi, pero me habló de que vino a verla varias veces, cuando yo estoy trabajando, una tal Silvia, que mucho no recuerdo, pero que parece nos conocía del barrio de Recoleta. Limpiaba en lo de los Alzaga, vecinos de la casa de departamentos donde vivíamos, del 6° piso.
- ¿Silvia qué?
- No me acuerdo, pero ahora pienso que varias veces que...
Se detuvo; Mayra era una de esas personas a las que les cuesta pensar mal de alguien; esas personas que creen que toda la gente es buena.
- ¿Qué?
- No, no puede ser... Varias veces después de que vino Silvia, Nelly se sintió mal.
- Tiene que decirme todo, Mayra, lo siento. Es la única forma de poder proteger a Nelly.
- ¿Proteger a Nelly? ¿Usted cree que está en peligro su vida?
- Por los síntomas, parecería que la están envenenando... Tal vez cianuro... no se percibe en los alimentos y no deja rastros... Lo que pasa es que no le han dado una dosis mortal. Puede ser que por desconocimiento... pero...
- ¡Cianuro!
- Es una suposición... ¿Silvia no le ha traído a su tía alguna torta, masitas...?
- Que yo sepa... ¡Un dulce! ¡Un dulce de tomate! Se lo preparó especialmente. A Nelly le encanta el dulce de tomate.
- ¿Usted no lo comió?
- Lo detesto. Todo el que me conoce lo sabe.
- ¿Por qué?
- Porque mi mamá era especialista en hacer dulce de tomate, le regalaba a todo el edificio, y todos se asombraban de que yo no lo probara nunca, tan rico les parecía.
- Una buena forma de terminar con Nelly, pero no con usted... Y, dígame, Mayra, ¿Nelly comía mucho de ese dulce?
- Siempre comía mucho, pero ahora está haciendo régimen, se cuida...
- ¡Le falló la dosis! Lo peor es que no van a encontrar rastros del cianuro en su estómago, por muchos análisis que le hagan. ¿Lo tiene?
- ¿Qué cosa?
- El frasco de dulce. Sería interesante analizarlo.
- Sí... Debe estar en el armario de la cocina. Pero...,¿quién puede querer matar a Nelly?
- El mismo, tal vez, que mató a su madre; sin pasiones, en este caso... Ella debe saber lo que sabía Perla Iñiguez o el asesino piensa que es así.
- Estoy muy asustada...
Mario Mistral se maldijo mil veces de seguir el hilo de sus deducciones y no pensar en Mayra, olvidarse de que estaba hablándole a una pobre chica sola, que había tenido un día terrible y que nunca se había imaginado que las cosas adquirieran ese tenor.
- Perdóneme por asustarla, Mayra...
Le tomó la mano con afecto, tal vez con un poco más que afecto, pero con gran respeto. Eso es lo que tenía Mario Mistral: era un verdadero caballero.
- ¿Usted está seguro de lo que me dice?
- No... Y es por eso que no debería habérselo dicho. ¿Quiere que me quede a acompañarla un rato?
- Por favor... Sáquese el piloto, está empapado... ¿Le hago un té?
- Se lo agradezco.
Timbre.
Cuando Mario Mistral le abrió la puerta a Aníbal Galván, Mayra pensó en David y Goliat, y si no hubiera estado tan triste se hubiera muerto de risa a escondidas...
.................
- Perdón... Disculpe... ¿La Srta. Mayra?
Mario Mistral casi no podía abarcarlo en su totalidad, tan alto le quedaba; Aníbal Galván, por su parte, lo miraba como quien mira a un insecto...
- ¿Y usted quién es?
- Es el colectivero, Mario, el que me atropelló... Me ayudó mucho... Aníbal, él es Mario Mistral; es... es...
- Investigador privado.
- ¡La puta! ¡Con esa facha sos investigador privado! ¡Me quedo con Perry Mason!
- Aníbal...
Se miraban con furia. Fue la primera vez, la primera, que Mayra sintió que dos hombres estaban pendientes de ella. No crean que no le gustó...
- ¡No sea bruto, hombre, Perry Mason era abogado no detective!
- Bueno, no es necesario que se peleen; yo...
Se sintió un ruido, leve, casi nada, como si una hoja de papel hubiera volado con el viento; entró en el comedor el sutil rumor de la brisa de mayo; en cualquier otra circunstancia, ninguno de los tres se hubiera dado cuenta. Pero Mayra estaba muy sensible; Mistral, muy atento, y Aníbal... bueno... Aníbal, en realidad, no lo escuchó; sólo miraba a Mayra que lo tenía sordo y ciego.
- ¿Qué fue?
- No sé, Mayra... ¿Tiene alguna ventana abierta?
- No... Cerré la de la cocina. Vamos a ver.
La ventana estaba abierta, pero todo se mantenía en una falsa normalidad. Había, sin embargo, en el aire, la presencia de alguien, tal vez desconocido, que había contaminado el lugar. Mayra se estremeció...
- Está abierta... Estoy segura de que la cerré...
- Tal vez, solo la entornó...
- Puede ser... ¿Habrá entrado alguien? Parece todo igual... ¿Que buscaría?
- Muy fácil: el frasco de dulce.
Mayra se avalanzó sobre el estante más alto de la alacena.
- ¡No está!
- ¡Qué joda, piba! ¡Mirá que arriesgarse por un frasco de dulce! ¿Qué tenía? ¿Era de oro, era?
.........
- Usted se viene conmigo. He vuelto a viviir con mi madre; el trabajo no anda del todo bien... Estoy seguro de que ella va a atenderla como si estuviera en su casa. No voy a permitir que se quede aquí sola.
- Yo me puedo quedar a cuidarla ¿Querés quue me quede, piba?
- No diga estupideces...
..................
- No se haga problema, Mayra... A mi madree no va a molestarle para nada, mucho menos cuando conozca su historia...
Mistral giraba las llaves con un cierto temblor en las manos. Estaba emocionado.
- ... Cuando su tía se reponga, ya veremoss como implementar el asunto de la seguridad...
Llave tras llave.
- Adelante. La casa es, como verá, bastantte cómoda; lo que pasa es que aquí vivíamos con mis abuelos, los padres de mamá, y mi padre, claro... A pesar de que somos los dos solos, estamos muy acostumbrados a vivir acá...
Nunca había visto Mayra, en toda su vida, tanto brocato, tanto terciopelo, tanto mueble de estilo, tanta mesita, lámpara, puntilla, estatuillas de porcelana... Tanto y todo junto... Sí, perdón, lo había visto en el negocio de Don Rómulo, claro, pero era un negocio de antigüedades. Si viniera Don Rómulo, se haría una fiesta, pensó.
- ¡Mamá! ¡Ya llegué!
Desde una de las habitaciones, hizo su aparición la mentada madre de Mario Mistral.
Mayra no pudo evitar la exclamación; ella, tampoco.
- ¡Mi querida amiga! ¿Cómo está su madrinaa?
Concha Consuelo Pasos, viuda de Mistral (como imaginarán), con verruga y todo, le tendió la mano y le regaló su mejor sonrisa...
10 (diez)
Un error, un secreto, un milagro
Lloraba y lloraba. No sabía qué hacer para consolarla; en realidad, no podía verla llorar. No puedo verte llorar Mayra I., no puedo; no me alcanza con tratar de estar a tu lado; quisiera que ya tuvieras la respuesta a todas esas preguntas que te debés estar haciendo. Se hacía tantas preguntas, que no podía dejar de llorar.
- Pará un cachito, Mayra I. Tranquilizate....
- ¿¡Te das cuenta de que es mi hermana!?, ¿de qué no hay posibilidades de equivocarnos?, ¿de que viví toda mi vida engañada?
- Bueno... Pero... ¿por qué te lo tomás assí ahora? Estabas bastante tranquila con esto...
- Porque ahora comprendo, Gabriel, ahora ccomprendo que me mintieron todo este tiempo... Ella no tiene a nadie, no puede reprocharle a nadie. En cambio yo tengo que tener una larga conversación con mis viejos, una larga conversación...
Estaba indignada; la indignación se le salía por los ojos, se le instalaba en los hombros, en las comisuras de la boca, en la punta de los dedos...
- Bueno, vas a tener una larga conversacióón y es posible que...; debe haber otra forma de mirar las cosas, alguna explicación...
- ¡Sí, que me mintieron! ¿Cómo pudieron occultarme que no son mis padres?
- ¡Y que sabés! A lo mejor son tus padres y...
- ¡No, no, no! Ellos no hubieran abandonaddo a mi hermana; no había ningún motivo para separarnos, ninguno, Gabriel; ni económico, ni... ¡ni nada! Es más fácil que ella haya vivido con su madre que yo con la mía. Y eso... que no me hayan dicho eso, no se los voy a perdonar...
Era tan dura como son duros los jóvenes, como son duros los que todavía no saben (o no pueden aprenderlo) que hay muchas medidas entre lo bueno y lo malo.
- No seas tan dura, Mayra I.... Todo tienee una explicación... Pensemos, además, en las otras cuestiones...
- ¿Qué otras cuestiones?
- ¿Te parece que hay pocas? ¿Y las visionees?
- Sí... las visiones...
Ella ya había pensado en eso, ¿cómo no pensar? Había pensado en esas cosas mágicas que tiene la vida; porque la vida sin magia no es nada, le faltan explicaciones. Pensaba todo el tiempo que mi hermana y yo, Mayra y yo, estuvimos unidas por quién sabe qué lazo invisible que hizo que una viera la vida de la otra y encima me tocó a mí ver la tuya, una vida tan especial, tan rara como la tuya... Y vos, el futuro. Pero ninguna de las dos puede ver el pasado, y eso es lo que a las dos nos interesa. ¿Cómo vamos a saber la verdad?; aunque sepamos que somos hermanas algún día, ¿cómo vamos a saber la verdad? ¿Quién nos abandonó, quién nos mintió y por qué? Es una historia que tenemos que reconstruir (y va a costarles), y por mucha magia que haya de por medio, va a costarnos (sí, va a costarles...). Lo que tenemos que hacer juntas, vos y yo, es reconstruir nuestra historia para poder contarla, para hacer justicia con ella, para odiar a quien hay que odiar y amar a quien hay que amar. Si (como piensa) su madre es la mujer que ella vio morir, si ese hombre la mató, las únicas que podemos reivindicarla somos nosotras dos. Pensó que estaba asustada; que estoy muy asustada, pensó.
- Estoy muy asustada.
- ¿Asustada?
- Si esa mujer de las visiones, la que mattaron esa noche en que la vi en la ventana, también es mi madre...
- ¿Qué?
- Yo he visto al asesino.
...................
Llegó tarde esa noche. Tarde para su padre, que no soportaba a ese Gabriel que no hacía otra cosa que seguirla como un lacayo. Se preguntaba (más de una vez), qué le había visto su hija a ese bohemio insoportable y se lo preguntaba a Clara cada noche de cada trasnochada de Mayra. Y Clara le decía que no se preocupara, que era joven, que se le iba a pasar. Pero él no podía; esa hija era lo único que tenía, en toda su vida, (en su vida entera); lo único que no podía comprar, lo único que lo mantenía arraigado en algún lugar, (firme, permanente); él pertenecía al lugar donde Mayra estaba, nada era tan claro y no iba a aceptar (de ninguna manera) que se fuera con el primer imbécil que se le cruzara. Pero había algo más, algo peor, (algo que venía de lejos...). Y sabía y lo presentía y estaba seguro de que algún día se le iban a venir todos los días encima...
Por eso, cuando leyó la carta no pudo mirarla a los ojos, ni pudo mirar a su mujer; (casi no podía mirarse en el gran espejo del comedor). Se sintió impotente; se sintió un mentiroso; se puso a gritar.
- ¿¡Te volviste loca!? ¡Una hermana gemelaa! ¿No te das cuenta, Mayra, que te están manipulando? Seguro que el Gabriel ese tiene algo que ver...
- ¡Gabriel no tiene nada que ver!/p>
- Néstor, por favor, escuchemos a Mayra.... ¿Cómo conociste a esta persona, Mayra?
- Trabaja en San Telmo, en una tienda de aantigüedades... La conocí en febrero, cuando nos hicimos la escapada... ¿Te acordás esa tarde que vi esa fosforera tan linda?
- No, no me acuerdo... Y eso no interesa aahora.
- Bueno, aunque no interese, fue esa tardee. Incluso discutimos, y vos...
- ¿Y por qué pensás que ella es tu hermanaa?
- Pero, mamá... Es igual a mí... Nació el mismo día... Yo la vi en las visiones...
- ¿Visiones? ¿¡Qué visiones?!
Su madre lo sabía... El no. Mayra sintió que explicarlo la ponía en ridículo ante un hombre tan racional como Néstor Imar. Todo lo que ella sentía como una evidencia sin discusiones se derrumbaba como un castillo de naipes, ante la mirada de su padre. Es terrible franquear las barreras de los puntos de vista.
- Nada... Te repito: es igual a mí, nació el mismo día y tenemos el mismo nombre.
- ¡Sos una ingenua, Mayra, una reverenda iingenua!
- No la grités más, Néstor.
- ¡Pero, Clara! ¡No puedo permitir que la manipulen así!
- ¿Qué me manipulen?
- ¡Es evidente! Vos decís que en una cartaa le diste el dato de la fecha de tu nacimiento. Ella aprovechó el parecido e inventó lo demás.
- Pero... ¿Para qué, papá, para qué?
- Para sacarte dinero, hija, ¡por favor! SSi trabaja en una tienda de antigüedades, es una pobre rata, no cabe duda.
- ¿Todo pasa por el dinero para vos? Pero además... un momento...
Lloraba, indignada. Indignada con su padre, con su punto de vista, con que fuera posible, con que hubiera una mínima posibilidad de que fuera posible (aunque ella sabía que no podía haber un error, que no era una impostora; ella lo sabía con certeza; ya lo sabía y lo sabía para siempre, sin ninguna duda...; tal vez hubiera sido mejor no estar tan convencida...).
- ¿Y vos, mamá? ¿No tenés nada para decirmme?
Con lágrimas en los ojos le dijo que no, Mayra, mi amor, que no.
................
- ¿Y esta novedad? ¿Vos sabías esto, Claraa?
Un whisky tras otro...
- No tomés más, por favor.
- No me cambiés de tema. Decime si sabías algo de este asunto.
La miraba a través del espejo del dormitorio; no se atrevía a mirarla a los ojos. En el espejo, vio la sombra deformada de un hombre, que conocía muy bien.
- No tenía la menor idea. Cuando me la dieeron...
- ¡Eso! ¡Nunca me contaste cómo te la dierron, nunca me dijiste ni palabra de cómo fue!
- No voy a discutir con vos, Néstor... Voss estabas acá, en Francia, y nunca quisiste saber los detalles de cómo fue que conseguí a Mayra.
- Estaba loco con ella... Pero ahora quierro saberlo. ¿Quién te dio a Mayra?
- Una mujer.
Se lo sintió suspirar; ella no se dio cuenta; ella, hacía tiempo, que no se daba cuenta o no quería darse cuenta de algunas cosas.
- ¡Una mujer! Me imagino que sabrás su nommbre...
- Nelly Mir.
¡Nelly Mir!
- ¿Quién es Nelly Mir?
- No sé muy bien... Me llamaron a casa, essa noche del 14 de noviembre. Me acuerdo de que hacía demasiado calor... Me dijeron que sabían que yo buscaba un bebé y que los trámites de adopción eran interminables...
- ¿Quién te llamó?
- Nelly Mir... Yo no la conocía, pero ellaa me dijo que era amiga de una amiga mía. Me dijo que si yo iba a la puerta del departamento a las doce, ella me iba a dar un bebé.
- ¿Y le creíste?
- Le creí y me la dio... Nunca supe quién era la amiga que ella conocía, ni siquiera si el bebé había nacido ese día; parece que sí... Lo único que me dijo fue que la llamara Mayra, que no le cambiara el nombre, que el nombre era el que quería su madre que tuviera, que se lo prometiera. Fue la única condición, y yo le hice caso.
- Un error.
- Puede ser... o no... Es el destino, Nésttor... Después, vos volviste a los cinco días y la anotaste como nuestra... Nada más... ¿O hay algo más?
Por un momento pensó que ella sabía...
- ¿Y la gemela?
- Nunca supe nada de la gemela. A esa mujeer la vi ese día, por única vez...
Menos mal...
- Es muy extraño, Néstor.
- ¿Qué?
- ¿No te parece muy extraño que se llame MMayra, como ella? ¿Quién le pondría a dos gemelas el mismo nombre?
Tal vez, alguien que quiere que tarde o temprano se encuentren...
Tal vez, alguien que quiere que tarde o temprano se encuentren...
- Tal vez, alguien que quiere que tarde o temprano se encuentren...
Nos quedamos pensando.
- Me encanta mirar el Sena; me pasaría horras aquí sentada mirando el agua, los bateaux mouches, la gente, como disfruta la gente...
Y yo me pasaría horas mirándote a vos...
- ¿Mi hermana pensará en mí como yo piensoo en ella?
¿Como yo pienso en vos..?
- Tendríamos que hablar ya con ese amigo de Marcel, el médico que me contaste, para ver si son muy caras esas pruebas experimentales. ¿Serán seguras? Yo no puedo creer que con un pelo puedas saber si alguien es tu hermano... Pero yo sé que se están haciendo muchos estudios de genética en Estados Unidos; acá, en Francia, creo que también. Es una esperanza, ¿no te parece?
Una esperanza...
- Tengo que volver a Buenos Aires, tengo qque volver a ver a mi hermana, no me aguanto más acá, tan lejos, con tantas dudas... ¡Me voy a escapar...! Papá nunca me dejaría hacer algo así... mamá tampoco... Tengo la plata que me regaló la abuela y el pasaje abierto de Air France... Vos podés venir conmigo... Le podés decir a tu papá que querés pasar el cumpleaños con ellos y... ¿me vas a acompañar, Gabriel?
Hasta el fin del mundo.
- ¿Me estás escuchando, Gabriel? ¿En qué eestás pensando, mon ami?
Je pense á toi... Je t’aime...
- En Buenos Aires....
La miró hasta ponerle rojas las mejillas.
En Buenos Aires... No te vas a escapar Mayra I; te juro que en Buenos Aires no voy a dejar que te escapes....
11 (once)
Reto al destino
Habían terminado de rezar el rosario, como todas las noches, como siempre después de la cena; pero esa noche era diferente, aunque solo una de ellos lo supiera. Las cuentas de nácar se le resbalaban de los dedos nerviosos, casi no podía recitar una oración que repetía de memoria desde que había aprendido a hablar; hasta su padre, extrañado, la había corregido dos veces. Su madre pensó que era el cansancio, las tareas del convento; nada más podía explicar los titubeos inexplicables. El rubor la perturbaba; tenía miedo de que se dieran cuenta, de que le vieran el secreto asomarse por los bordes de la mirada, de que escucharan el eco de su corazón que se empecinaba con el martilleo en el centro de su cabeza. Por eso había permanecido con los ojos bajos, Ave María tras Ave María.
Habían terminado de rezar el rosario, cuando escuchó la canción...
- ¿Qué es eso?
- Una copla... A Lucita le gusta cantar coplas españolas mientras lava la vajilla. Toda la vida lo ha hecho, hija...
- Para mí es la primera vez que la escucho, mamita. Es muy cruel...
Sintió un escalofrío.
- ¿Qué te pasa, Soledad? Estás muy pálida... No comiste nada... ¿Te sentís bien?
- No es nada, papá. Estoy bien... No se inquiete.
- Me parece que en ese Convento son muy rigurosos; podrías no ir mañana y descansar. ¿No estarás un poco anémica? Lucita te puede preparar esos bizcochos que tanto te gustan. El chocolate te va a levantar el ánimo; es bueno para la salud y para aclarar la mente; lo leí en el diario. He visto unos bocaditos de dama en la cocina...
- ¡Por Cristo! No la consientas, Armando. Ustedes, los estudiantes de medicina, ven enfermos en todos lados... Tu hermana tiene un deber que cumplir, un compromiso sagrado del cual todos estamos muy orgullosos. Si por fuera parece débil, la fortaleza la tiene adentro, en el espíritu, en el alma, en la comunión diaria. Ustedes dos tendrían que imitarla un poco, e ir más de una vez por semana a la misa. Te estoy hablando también a vos, Andrés.
- Sí, papá, voy a tratar, lo que pasa es que el trabajo...
- ¡Periodista! Si estudiaras, como tu hermano, te disculparía más. Por lo menos, harías algo de provecho. Cada vez llegás más tarde de noche... Los cabaret, la farra...
La discusión se acaloraba; nadie se daba cuenta de que Soledad destrozaba el rosario, que luchaba con sus manos nerviosas...
- Por favor, Ramiro, está tu hija...
- Perdoname, Marcela, tenés razón. Nada más lejos de su comprensión y de su mundo que la vida de este badulaque.
- Andrés va a tratar de volver más temprano, papá...
- Sí, como dice Armando, voy a volver más temprano... Discúlpeme.
- Vamos a ver si es verdad. Sos varón, no puedo detenerte, pero puedo darte un consejo. Nada bueno vas a encontrar en los Cabaret... Solo mala junta... Vamos a la sala a fumar un cigarro y poder hablar con más libertad.
- No creo que ese humo le haga bien a nadie... Ya te dije que no soporto ese olor asqueroso. Hace calor, vayan al jardín.
- Como quieras, Marcela... Mi padre decía que no hay como un buen cigarro para mantenerse joven, airear los pulmones y tener una buena digestión.
Nadie se atrevía a discutir palabras de un Yrigoyen... Nadie...
....................
- ¿Qué hora es, mamá?
- Las nueve... ¿Qué te pasa, Soledad? Nunca te vi tan pálida. ¿Es muy duro el Convento?
- No, no se preocupe; no es tan duro. El Padre Pedro es muy gentil conmigo.
- Pero el Padre Pedro no va a estar siempre. Me preocupa que te vayas tan lejos, hija... Sos mi única compañía. Sé que no tengo que ser egoísta; el Señor te ha elegido, necesita de tu servicio, y yo lo acepto con resignación...
- ¿Qué es lo que usted acepta con resignación: la elección del Señor o la elección de papá?
- ¡Soledad! ¿Qué estás diciendo? ¿Te volviste loca? ¿Cómo mencionás a tu padre en ese tono?
- Discúlpeme, mamita, es que estoy muy cansada... Le pido permiso para ir a mi habitación.
- Andá tranquila... Lucita se queda un rato conmigo, bordando.
Finalmente las cuentas cedieron; se dispersaron como semillas, se perdieron debajo de los muebles entre los débiles destellos del nácar.
- ¡Se rompió el rosario!
- Mala señal.
- El rosario de tu comunión... No pensemos en supersticiones; tu padre se enojaría si supiera que creemos en esas tonterías... Ya le digo a Lucita que lo recoja. Andá a descansar.
Soledad se fue como se van los fantasmas, casi sin poner los pies en el suelo, tan leve como el tul de una novia. Marcela la miró irse, extrañada; por un momento, no la reconoció: no reconoció ni su voz, ni sus gestos, ni el movimiento de sus manos, ni su mirada; sobre todo no reconoció su mirada... Era como si su hija hubiera recorrido en pocas horas miles de kilómetros y miles de siglos, espacios inconmensurables; era como que había crecido, que no era la misma, que ya no era aquella niña que rezaba con su rosario de nácar. Tonterías de una madre que está por perder a su hija, hubiera dicho su marido. Pero había algo más que su miedo allí, algo más que su imaginación; allí había un profundo y angustiante presentimiento.
- ¿Y Soledad, Marcela?
- Se fue a dormir. Decíme, Ramiro, ¿no la ves muy cambiada a Soledad? Ayer, cuando volvíamos de la misa, ya me pareció que algo había cambiado en ella... No sé...
- ¡Tonterías! Se enfrenta a un gran momento, es cierto... Hasta no te niego que esté un poco asustada, es natural; solo es una niña... Pero en Dios va a encontrar todas las respuestas... Estoy seguro, mirá lo que te digo y que te quede grabado, que nuestra hija va a ser una Santa... Los Yrigoyen vamos a tener en la familia a una Santa... Serán bendecidas todas las generaciones que nos sigan; seremos un ejemplo de familia devota y cristiana. ¿Qué más puede pedir Soledad que darnos esa satisfacción?
- ¿Lo tenés todo pensado, no?
- Eso y más. He logrado que tus hijos se acuesten temprano hoy y que acompañen a Soledad a la misa de seis, mañana.
- ¿Y qué les ofreciste a cambio?
- El Ford T. En cuanto llegue al país, se los compro.
- Para que se maten con ese auto tan veloz. ¡Ay, Ramiro! ¡Un disgusto tras otro!
- Con tu hija basta para llenar tu corazón; ella te va a dar la mayor alegría de tu vida. La familias de posición te envidian y te miran como la madre de una niña ejemplar. ¿Qué más querés, Marcela?
- Que mi hija sea feliz.
- ¡Estupideces!
No sabés, Lucita, lo que fue esa noche para mí. Cuando me fui al cuarto, le encendí una vela a Santa Eulalia para que me ayudara, para que me hiciera fuerte. Le rezaba todo el tiempo; iba de jaculatoria en jaculatoria, de Ave María en Ave María, pero nada... No podía dejar de pensar que a las once iba a estar Tomás en el templete.
Para no ir, me desvestí, me puse el camisón, me cepillé el pelo, me lo até con una cinta, me tapé hasta la cabeza con la sábana. “Dios te salve, María...”
Para no ir, me puse a leer el folletín, que me había prestado Mariquita, aunque las monjas tenemos prohibido leer eso. “Llena eres de Gracia...”
Para no ir, traté de pensar en cuando era chica e íbamos al campo de la abuela y Armando me llevaba con el caballo lejos, tan lejos que yo creía que nunca íbamos a volver a casa. “El Señor es contigo...”
Para no ir, guardé el reloj en el ropero, lo cerré con llave y tiré la llave debajo de la cama. “Bendita tu eres entre todas las mujeres...”
Para no ir, tiré los zapatos por la ventana que daba al jardín... ¡pensaba que descalza no podía ir! “Ruega por nosotros, pecadores...”
Para no ir, mientras hacía todo esto, rezaba una jaculatoria tras otra, sin parar, casi a los gritos. ¡María, Dios te salve!
Pero fui, Lucita, vos sabés que fui. Apagué la vela y fui...
En camisón, con el pelo suelto, descalza, con todo el miedo del mundo, con el corazón en la boca, sintiendo gota a gota mi sangre y suspiro a suspiro mi aliento... crucé el jardín y fui.
“Ahora y en la hora de nuestra muerte, amén”.
......................
Y los pies volaban (hacia el pecado, pensó después), sin sentir el barro ni el pasto, ni las hortigas ni las flores; parecía que los pies no le pertenecían, no eran de ella; la llevaban tan veloces más allá de su voluntad (me llevaba el corazón, pensó después).
Y no se dio cuenta de que llovía; es cierto que no mucho, pero lo suficiente como para humedecerle la ropa y hacerle brillar el pelo (que él me acarició, porque estaba mojado, pensó después).
Y se le cayó el chal que se había puesto sobre los hombros y se le cayó la cinta del pelo; y ella se sintió más libre sin el chal y sin la cinta (porque había perdido la vergüenza, pensó después).
Y vio su sombra en el templete... y solo vio su sombra...
- ¡Vino!
Allí estaba. Con el pelo húmedo, sin aliento y casi sin voz, con las manos temblorosas y las emociones a flor de piel, en medio de la noche.
No sabés, Lucita, cómo llegué de empapada, casi sin respiración... ¿Si no me dio vergüenza? No, no tenía vergüenza; solo quería verlo, comprobar que había ido, que no me había mentido, que era real.
- Vine... pero no puedo quedarme. En realidad, vine para decirle que no puedo venir.
- Si vino, se queda.
Era casi una orden, dicha con suavidad, en voz baja, como un ruego, pero era una orden. Nada mejor que una orden a la medida del deseo.
Le acarició el pelo. Ella nunca se olvidó, nunca se iba a olvidar de cómo le acarició el pelo aquella noche..
No sabés, Lucita, lo que se siente cuando un hombre te acaricia así el pelo...
- Siéntese... Está muy agitada... ¿Por qué corrió tanto?
- Porque tenía miedo.
No, no tenía miedo... No era eso; no era miedo.
- Mire, Soledad. Yo sé que no tendría que haber hecho esto. Cuando venía para acá, cuando salté la verja, cuando crucé el jardín de su casa, todo el tiempo me preguntaba por qué estaba haciendo esto... No soy un Don Juan ni un mujeriego. Se lo juro por la memoria de mi madre. Hace cuatro días me bajé del barco. Volví de Europa, del país vasco, donde estuve con mi hermano seis meses. Pensaba pasar el fin de año con mi padre, y regresar lo antes posible...
- Y yo el seis de enero hago los votos.
- A veces uno no sabe lo que le puede pasar... Uno proyecta, piensa que su vida es de una manera y que ya tiene todas las respuestas. Yo tengo 26 años, y hasta hace dos días, pensaba que sabía lo que quería, pero de pronto me encontré con sus ojos...
- ¿Y qué quería?
- Volver a España, a la casa de Miguel. Mi padre está acá con mi hermana, que es soltera, y yo tengo trabajo asegurado en la imprenta que él tiene allá... además...
- ¿Además?
- No voy a ocultárselo, quiero ser absolutamente sincero con usted... La cuñada de mi hermano y yo estamos comprometidos; ella es una excelente compañera, y yo pensé que entraba muy bien en mis planes. Sabía que no estaba enamorado de ella, pero creía que era lo que más me convenía: una buena mujer, con la que tener hijos, fundar un hogar... Pensaba que había encontrado mi destino, para decirlo de alguna manera. Por supuesto, suponía que el amor es otra cosa... Y lo he comprobado, no estaba equivocado...
Había evitado mirarla; no porque le estuviera mintiendo, sino simplemente porque tenía miedo de que ella pensara en un engaño. Por eso se lo decía tan de golpe, tan rápido, aunque echara hielo sobre el fuego que adivinaba en el fondo de sus ojos...
Y yo le creía palabra por palabra... No pude evitar creerle; si viniera ahora, te lo juro Lucita, aunque te parezca una locura, si viniera ahora, me dijera lo que me dijera, le volvería a creer...
-¿Puede creerme si le digo que estoy enamorado de usted?
- No, no le creo; es una locura. Entro a la orden de la benedictinas, ¿me entiende? Voy a tomar lo hábitos. Voy a ser una monja de clausura, y eso es para siempre, no tiene cambios; es vivir solo para Dios...
- ¿Y realmente está decidida a renunciar a la vida? ¿Es su vocación, Soledad, está segura?
No quería escucharlo... De pronto me estaba haciendo preguntas terribles, que nunca me hubiera atrevido a hacerme a mí misma... Todo estaba en duda, Lucita, todo se tambaleaba. Es una herejía lo que te digo, pero no lo encontraba a Dios por ninguna parte...
- Todo está previsto, es un hecho ya, ¿comprende?; es como si ya hubiera pasado; es mi destino y yo lo he aceptado. Mi padre está orgulloso de esa decisión; los amigos de la familia van a ir ese día y... ¡Ay, Dios mío!
En realidad, creo que Dios estaba allí también, pero de otra manera; de eso me doy cuenta ahora... Si lo hubiera comprendido antes, tal vez me hubiera defendido mejor, me hubiera animado a hacer y decir lo que te estoy diciendo a vos ahora.
- ¿Y si le digo que estoy dispuesto a luchar contra el mismo Dios por usted?
- No diga eso, es un pecado.
- Pecado sería no tenerla...
- Por favor, Sr. Iñiguez... He venido hasta aquí, porque quiero terminar con esto. No se puede ir contra las elecciones de la fe.
- Cuando uno elige, lo hace entre varias posibilidades. ¿Usted ha considerado otras?
- ¿Otras?
- El matrimonio, los hijos, el amor...
No tuve tiempo; nadie me dio tiempo para elegir, pensé. ¿Entendés, Lucita, que nadie me dio la posibilidad de decir que sí o que no...?, ¿qué Tomás fue mi primera elección?
- Nunca tuve otra posibilidad...
- Pero ahora la tiene; yo soy su oportunidad de elegir..
- ¡No puedo! ¿No comprende que no puedo?
Estaba llorando. Le acariciaba las manos.
- Sí puede... Siempre se puede... Yo voy a convencerla...
- Me va a hacer daño.
- Es posible... Dicen que el amor a veces hace daño, pero no puedo evitar, le aseguro que no puedo, pelear por usted, enfrentarme con quien sea, convencerla, conquistarla... ¿Va a dejar que la conquiste?
Le acariciaba el pelo; la rodeaba con sus brazos, la besaba, le tocaba punto a punto todo lugar en que la sentía sensible, única, temblorosa. Sobrepasaba todos los límites sin poder evitar sobrepasarlos. La medía, esperaba el rechazo y no llegaba y seguía y no llegaba y seguía... Ella pensó que se deshacía en el abrazo, que no iba a sobrevivir a esa sensación de estar rodeada, apresada por fuera y cada vez más libre por dentro. Nunca iba a olvidarse como se sintió esa noche, nunca... Monja o no, convento o no, nunca iba a ser igual después de esa noche; nunca iba a estar tranquila después de saber, nunca...
Porque me olvidé de todo, porque no podía pensar, porque lo único que sentía eran sus manos, su boca, sus palabras... Todavía las siento y nadie va a poder cambiar eso, ni el encierro, ni el convento, ni las oraciones, ni el dolor de haber perdido todo lo que perdí.
- Espere...
Casi no podía respirar.
- Discúlpeme. No debería haberme sobrepasado... No me he portado como un caballero. Parece que todo el tiempo estoy diciéndole lo que no debería hacer y lo hago igual...
Soledad le sonrió; por primera vez, se dio cuenta de cómo la miraba.
- Yo tampoco debería haber venido y aquí estoy; no debería haber permitido que me besara, y lo he hecho. Y lo peor es que... tendría que sentirme avergonzada, porque esto se contradice con todo lo que me han enseñado, con todo lo que esperan de mí... Y no me importa.
La besó de nuevo. Ella nunca se olvidó, nunca se iba a olvidar de cómo la besó aquella noche.
Cuando volvía a casa, corriendo en el medio de la lluvia, todo estaba lleno de luz... No, no estoy loca, yo vi esa luz que convirtió la noche en pleno día. La flores del parque eran todas blancas, nacaradas, como si todas fueran los azahares de una novia; de las manos me salían las flores; las sentía en el pelo y en el escote del vestido; me sentía como se deben sentir los pájaros cuando vuelan por primera vez hacia un lugar más cálido y mejor. Alguien cantaba el Ave María, muy a la distancia, muy en secreto, pero te puedo asegurar que alguien lo cantaba y que yo tenía ganas de llorar. Hasta sentí la alianza en mi dedo, exacta y fuerte como una promesa... Aunque no lo creas, todavía la siento.
Me dijo que a la misma hora y en el mismo lugar nos veíamos al día siguiente. Y yo le dije que sí... ¿Entendés por qué le dije que sí, Lucita?
12 (doce)
La historia de las dos Mayras
No dudaba de que ella le había contado la verdad; hay ocasiones, se decía, en que las personas necesitan confesar sus secretos, aquello que han callado toda una vida y, sobre todo, aquello que no le han dicho a la persona indicada en el momento indicado. Y así debe ser, hay que desahogarse con alguien, sobre todo cuando uno está en una situación límite, al borde de la muerte como en este caso.
Pensaba que si no podía dormir ahora, era justamente porque el secreto había cambiado de lugar y pesaba adentro de ella como una culpa. Pero yo no soy culpable, se decía, estoy cumpliendo con el compromiso de guardar silencio... Claro, el mismo que cumplió ella, y la hizo sentirse tan mal.
Hemos hablado ya varias veces del asunto, casi todas las tardes que la visito. No está bien, le cuesta reponerse, pero es una mujer de mucha entereza y va a salir a flote. Tiene que vivir, para que sea ella la que le diga a esa pobre criatura la verdad. No puedo imaginarme con toda esa carga sola, ni se lo quería imaginar...
No entiende bien por qué Perla les puso a las dos Mayra, ¡qué locura! Y, sin embargo, la obligó a Nelly a que lo hiciera, a sacarle la promesa a la señora aquella de que no le iba a cambiar el nombre; y lo hizo bien, porque cumplió, sin duda. Cuando Nelly se enteró sobre la hermana, me dijo desesperada que el vaticinio de Perla se había cumplido... “Algún día van a encontrarse”, ¡y así fue! Cosas de Dios, sin explicación, llenas de coincidencias increíbles. Hágase su voluntad, le dije, pero (por la cara que puso) me parece que Nelly no es muy creyente.
De la mujer no se acuerda prácticamente nada, lo lógico, la vio una sola vez en la puerta de su casa. En cambio de él... De él se acuerda bien, muy bien... Fue un verdadero villano con Perla, un mafioso, un mujeriego. Pero ella lo engañó bien, también, pensó: ¿cómo iba a imaginarse que le iba a hacer esa jugarreta?
Se dijo que al final los chicos son los que pagan las culpas de los padres. ¿Por qué tienen que estar en el medio de toda esta vergüenza? Porque el asunto de Carlos Montero es una verdadera vergüenza... Un asunto de dinero, sin ninguna duda. El dinero todo lo ensucia, pensó. ¿Cómo fue capaz de hacerle esa propuesta a Perla?
Y pensaba que lo peor era que todavía estaba sin resolver el asunto del crimen de la madre; tiene que haber sido él, cuando se dio cuenta de que no había manera de hacerla callar, que no se iba a avenir, que no pensaba obedecerle. Porque Perla, por lo que le decía Nelly, le parecía una persona muy decente, muy recta; dio un mal paso, es cierto, pero... ¿quién no se equivoca en esta vida?
Me da miedo de que Mario esté en el medio de esto... Lo que pasa es que Mayra es una chica muy dulce; confieso que hasta me ha conquistado a mí, que soy bastante estricta, lo reconozco. Mario es un muchacho casi sin experiencias importantes; lo crió entre algodones; cree que ha sido demasiado sobreprotectora con él, pero es lo único que tengo. ¿Qué otra cosa tengo en la vida?
Se dijo que su hijo estaba enamorado, que nunca lo había visto así, tan pendiente de alguien. Se dijo también que Mayra le había tomado cariño, pero que no estaba enamorada de él, que ella sabía mucho de eso, aunque no lo pareciera, porque ella se casó enamorada de su marido, como no... Se dijo que tenía miedo de que su hijo sufriera, pero si con el tiempo no se presentaba nadie más, es posible que ella cambiara de opinión...
Por eso daba vueltas y vueltas en la cama, porque estaba preocupada por Mario y porque era la dueña de un secreto imposible de creer, que todavía resonaba en sus oídos.
.................
“Se lo tenía que contar, Conse, a alguien se lo tenía que decir. Si me muero hoy, esta noche, no puede ser que Mayra no sepa la verdad de su origen, sobre todo ahora que ha aparecido su hermana. Porque yo estoy segura y se lo aseguro a usted que la otra Mayra es real, no es una impostora, es su hermana, su melliza, su misma sangre.
Son hijas de Perla y de ese hijo de puta... Perdóneme, Conse, pero no puedo llamarlo de otra manera. Para acostarse con ella, le prometió el oro y el moro y después, cuando supo lo del embarazo, la largó parada.
No, no, él no sabía que eran dos... Nosotras lo sospechábamos, el médico también, pero en aquel entonces no había ecografías y todos esos adelantos. De todas maneras, al quinto mes parecía que estaba por tener; tenía una panza de locos. Sufrió mucho las últimas semanas, casi no se podía mover. Ahí, en la cama, ella imaginó esta historia de las dos Mayras... Me acuerdo que revolvía unos papeles viejos y unas fotos que tenía en una valija, que no sé adónde fue a parar, aunque recuerdo que algo traje conmigo cuando levanté el departamento de la portería; nunca me contó exactamente lo que estaba buscando, pero una tarde, después de que se fue la doctora que la atendía, me dio la sensación de que había hecho un descubrimiento...
‘Si son dos y mujeres se van a llamar Mayra y no había forma de sacarle la idea de la cabeza. ¡Y se le dio! Me hizo prometerle todo; si se moría, yo tenía que ocuparme de una y de la otra... no se murió, pero igual tuve que hacerlo. Ella me dio el teléfono, me hizo llamar a esa mujer, Clara Imar, no sabía el apellido de soltera... A mí me parecía una locura, ¡justo a ella! Pero después, cuando vi como la tomaba en los brazos, me sentí más tranquila, supe que la iba a cuidar siempre... Y así fue...
Estoy segura que después Perla quiso saber de ella, porque era su hija al fin y al cabo, pero hubo un momento en que le perdió el rastro. Me acuerdo de una noche que lloraba desesperada porque nadie sabía decirle dónde se habían ido los Imar. Yo le pregunté por qué la había dado; me animé finalmente a preguntárselo. Ella podía haberla criado... nos hubiéramos arreglado, donde comen dos comen tres, no hay duda. Ella me dijo que, en ese momento, pensó que no iba a poder mantener a las dos, pero que tenía claro que había otro motivo: quizás, después de todo, solo estaba repitiendo su historia. No le entendí.
Lo de Montero es imperdonable. Yo estoy segura de que es el responsable de todo, de todo lo que pasó... Nunca pensamos que iba a hacer lo que hizo; Perla lo odiaba, pero no le tenía miedo. Ese fue su error. Cuando pasó lo que paso, hasta me cuesta decirlo, lo único que atiné a hacer fue tratar de alejar a Mayra de toda esa basura y callarme la boca... Como siempre... Pero ya no me callo más, no puedo, alguien tiene que saber la verdad...
La había invitado a una confitería que para él era “de lo más paqueta” (para decirlo como lo pensaba), porque quería impresionarla, mostrarle que era un tipo serio, de buenos sentimientos, que no se quería sobrepasar. Y allí estaba, engominado, con sus mejores pilchas, sentadito con el ramo de rosas en la silla de al lado (cosa de que no las viera de entrada) Aníbal Galván.
A cualquiera le hubiera caído bien, a cualquiera... menos al mozo de El Molino, demasiado tradicional, acostumbrado (a las cinco de la tarde) a las caras de té canasta y profesionales de traje. Aunque en el 83’, hay que aceptarlo, los nuevos aires de la democracia lo habían resucitado un poco; lo habían mezclado casi imperceptiblemente con otras voces, otros cantos, otras esperanzas; le habían dado a sus vidrieras otros reflejos distintos a los de los uniformes de botones dorados y relucientes. ¡Bendita esquina de Rivadavia y Callao!, donde siempre hay alguien esperando a alguien, donde siempre hay un mendigo, un perro, un loco...
Pero Aníbal Galván, el colectivero de nuestra historia, no pensaba en Alfonsín, en la democracia o en el té de la tarde; se tomaba el cafecito, el vaso de agua, el jugo de naranja (bastante aguado), mientras sentía que a él, tan grandote y tan estúpido, lleno de músculos y de estatura, le temblaban las piernas con solo pensar en Mayra, en que la iba a volver a ver, en que tenían su primera cita...
Por eso cuando Mayra entró, de jean y zapatillas, se levantó tan de golpe que tiró la silla, y el té y las masas y el vaso de agua y el jugo sobre una señora muy compuesta, muy fina, muy modelada, que lo miró como quien mira una cucaracha. Para su bien, Aníbal se dio poca o ninguna cuenta de lo estropeada que habían quedado la señora y sus puntillas; un breve disculpe y asunto terminado, para alguien que solo tenía un objetivo.
- Casi la matás a la señora...
- Sí, sí... no me di cuenta... ¿Cómo estás, piba? ¿Nelly?
Mayra se sentaba, Mayra hablaba con él, Mayra le sonreía, Mayra le decía que Nelly andaba un poquito mejor, Mayra lo miraba a los ojos, Mayra respiraba agitada debajo de su remera, Mayra se arreglaba el pelo, Mayra tomaba un sorbo de coca, Mayra resistía todas las pruebas, Mayra era irresistible...
Mayra le contaba su vida, Mayra le confiaba un secreto.
- Pero es... ¿igual... igual?
- Absolutamente... Y sé que nos vamos a encontrar muy pronto; ella viene a Buenos Aires.
- ¿Te mandó otra carta?
- No... La vi... la vi bajar del avión... Anoche la vi...
- ¿Tuviste otra de esas cosas raras que te pasan?
- Sí... Una visión... Ella viene con un muchacho, creo... Pero la persiguen...
- ¿La persiguen? ¿Quién la persigue?
- No sé, no estaba claro, pero vi a alguien detrás de ellos; alguien que corría, que quería impedir que entrara a la ciudad, que quería hacerla volver; alguien que discutía mucho con ella. Me da miedo de que no podamos vernos. Yo estoy muy nerviosa y necesito hablar de una vez por todas con mi hermana.
- Bueno, piba... No te hagás problema. Si querés, la vamos a buscar a Ezeiza con el bondi, y Aníbal Galván te jura por la vieja que vos la vas ver, que nadie te lo va a impedir. Vos la querés ver, la vas a ver...
- No es tan fácil, Aníbal, gracias, pero... no sé ni el día ni la hora en que va a llegar...
- ¡Ah, claro! Vos la visiones esas las tenés, pero la posta posta, no...
- Y no...
Bajó la cabeza, pensativa. ¿Cómo le entro a esta piba?
Por mucho que le gustaran las confidencias y se sintiera un protector y un superhombre, Aníbal no había pensado en una primera cita tan llena de confesiones y problemas. Las rosas se morían en el tercer asiento de la mesita de té de El Molino, y él se moría de ganas de tocarle, por lo menos, un dedo de la mano.
- Te traje estas flores... Las vi y me acordé de vos... Vos sos más linda, claro... se marchitan al lado tuyo...
Roja como las rosas.
- Son hermosas.
- ¿Así que estás viviendo con el Mario ese?
- Con él y la madre...
- La Sra. Concha, la copetuda esa que se la pasó retándome el día del accidente.
- Le dicen Conse...
- ¡Menos mal! Alguien la pegó con el sobrenombre...
- Es muy buena conmigo y la cuida a Nelly...
- Me imagino... Te tengo que decir la verdá, piba; la señora no me preocupa, me preocupa el petiso.
- ¡¿Quién?!
- El petiso, el hijo, Mario... Ese tipo te arrastra el ala.
Inevitablemente, se acordó de Pilar.
- ¡Pero no! ¿Estás loco? Ya te dije que él investiga un caso y...
- ¿Y te lleva a vivir con él? Lo tenés muerto, lo tenés...
- No, estás equivocado... Y, perdonáme... pero... a vos, ¿por qué te preocupa tanto?
Buena pregunta. Pilar la hubiera aplaudido.
- Porque me enamoré de vos... Me tenés loco, Mayra... ¿Querés que seamos novios?
.................
- ¿Y vos qué le dijiste?
- Que no... que casi no lo conocía... que yo tenía esperanzas en que Julián...
- ¡No te lo puedo creer, Mayra! ¡Sos una reverenda pelotuda! ¿Vos viste el tamaño de los brazos de ese tipo? ¿Lo miraste irse? Parece remero profesional... ¿Y quedaron así?
- Sí... El me dijo que iba a insistir, que desde que me conocía, no hacía otra cosa que pensar en mí.
- ¿No te gusta ni un poco?
- Y... no sé... Es tan distinto a Julián...
- Terminála con Julián, Mayra. Ya te conté cómo y con quién lo vi... Ese tipo es trampa, cambió mucho... Dicen que trabaja para el tío.
- ¿Para Carlos Montero?
- Sí, el hermano del padre... Es un tránfuga Carlos Montero, Mayra; parece que es un estafador de aquellos; la plata que tiene es sucia.
- Bueno, pero porque Julián trabaje para él, no quiere decir que sea igual que él. A lo mejor necesitaba trabajar y...
- No te equivoques... Julián le tapa los chanchullos. Le atiende un boliche bailable que tiene Montero por el centro y parece que hay droga y prostitución de por medio. Tiene un arreglo con la policía y... milicos o democracia, Montero sigue con su negocio.
- ¿Y vos cómo sabés?
- Me lo contó Yayo, Yayo Mendoza... ¿Te acordás de Yayo Mendoza?
- ¿El pelirrojo?
- El mismo. El iba al boliche, lo habían contratado para vigilar la entrada, por el físico que tiene... pero dice que la mano venía muy pesada y se fue...
- A lo mejor no le convenía el sueldo.
- ¡Ay, Mayra! Yayo Mendoza no necesita un sueldo; el padre es dueño de una empresa de exportaciones. Creéme, Julián ya no es el mismo que te esperaba en la Plaza Francia.
- No podés asegurarlo.
- ¡Es verdad...! Lo que pasa es que Aníbal me encanta; es puro corazón.
- ¿Viste cómo habla? Es un poco...
- ¡¿Un poco?! Es de lo más bruto, no te lo voy a negar... Pero eso se arregla, hasta queda, que se yo... ¡exótico!; en cambio, hay cosas que se rompen y que no tienen repuesto, como la decencia... ¿Me entendés?
13 (trece)
El viajero sin equipaje
- ¿Las tenés ahí?
- Sí, acá las tengo, pero tengo miedo de lleerlas...
Se había ido casi en secreto; Air France salía 9,47 en su vuelo 202, directo a Buenos Aires; y era a las 9,47 en punto, ni un minuto más ni un minuto menos; así son los franceses. Había abierto la puerta de su casa a las 6,30 y había visto la sombra de Gabriel esperándola en la esquina. Estaba casi por cerrar la puerta, casi la había cerrado, cuando sintió que la detenían...
- ¿Vas adonde pienso?
- Sí...
- Llevá esto... Es una corazonada... Es poosible que vos puedas encontrarle una explicación.
- ¿Qué es?
- Cartas... Hace años que las tengo. Se laas encontré a tu padre hace mucho tiempo y nunca pude saber de quién eran ni de qué estaban hablando. Todos estos años tu padre me ha dicho que no sabe nada de ellas, que no son suyas, que deberían estar en la casa desde antes que nos mudáramos, que por eso las encontré en el sótano. Sé que las buscó para destruirlas, pero yo las escondí muy bien... Nunca le creí... Pienso en las fechas, y me parece que, a lo mejor, vos vas a poder reconstruir esta historia...
- ¿Por qué?
- Leelas y vas a entender. Buen viajje; sos una chica muy valiente, Mayra.
La abrazó; Mayra se sorprendió de que temblara. Cerró la puerta. Se quedó con el paquete en la mano, llena de preguntas.
Solo el zumbido del avión; el trajinar de las azafatas que preparaban el servicio; algunas risas con el oficial de a bordo como si no estuvieran a diez mil pies de altura, respirando el aire artificial de los filtros y violando las leyes más elementales de la naturaleza; como si estuvieran con los pies en la tierra en una oficina cualquiera; solo algún suspiro de los que detestan volar y ven que ha pasado apenas una hora y el martirio, sobre todo para los que tienen más de un metro setenta de estatura, está muy lejos de terminar; solo el pasar de las hojas de la revista de Air France o el murmullo de la música funcional en los mudos auriculares de los asientos. Solo eso y Mayra I. que leía la primera de las cartas de Perla (de la misma Perla que pensamos), muy bajito y muy en secreto, a Gabriel. Solo eso y Gabriel, que la escuchaba con atención, aunque se perdía por instantes en el perfume de su pelo.
- ¿Quién es Perla?
- No tengo la menor idea; no sé quién es eella ni a quién le manda las cartas. No sé por qué me las dio mamá y si realmente tienen alguna relación con papá... ¡No sé nada! Tengo la sensación de que cada vez sé menos... Además, no están lo sobres... Lo que ves es lo que tengo.
Las cartas, unas veinte, unidas con un piolín, estaban escritas con una letra pequeñita, prolija y minuciosa, en papel rosa, sin faltas de ortografía y con un cuidado que parecía indicar que habían sido pensadas tramo a tramo, que no eran obra del apuro o de la casualidad, sino de alguien que se había sentado muy esmerada como si fuera algo muy importante para ella. Del mismo paquete asomaban algunos papeles de envoltorio plateado, como de chocolates o caramelos, algunas hojas secas y hasta una tarjeta de Navidad y una postal de Mar del Plata. Gabriel empezó a recorrerlas casi al azar, por curiosidad, sin detenerse demasiado.
- Son todas de la misma persona: Perla. ¿TTe fijaste en la letra?
- ¿Qué pasa con la letra?
- Es casi igual a la tuya.
- Voilá! Por eso he tenido todo el tiempo la sensación de que ya las había visto, de que me eran familiares...
- Es extraño...
- ¿Lo de la letra?
- No solo eso... Seguramente, alguien debee tener las otras cartas...
- ¿Las otras cartas?
- Sí... Alguien debe tener las cartas de ccontestación de “Nene”.
- Perla. Lo que no entiendo es por qué mi madre supone que yo en Buenos Aires puedo llegar a encontrar a Perla...
- No sé si tu mamá piensa eso o si cree quue lo que vas a buscar en Buenos Aires tiene que ver con estas cartas. Por ahora, la primera no me dice mucho... Sin embargo, es posible que cuando las leamos todas, encontremos una punta para explicar la historia tuya y de tu hermana, la historia de las dos Mayras.
- Entonces, mi madre sabe mucho más de lo que yo pensaba...
- O lo supone... Veamos la segunda<:
Buenos Aires, 30 de julio de 1963
Querido Nene:
Ya sé que me pedís que no te escriba tanto, que no me podés contestar porque estás muy ocupado, pero yo recibo una carta tuya y ya estoy sentada en la mesa de la cocina escribiéndote casi sin respiración, de lo excitada que me pongo. Hoy vino Nelly, y me retaba porque no le di bola.
Nelly me dice que ayer fue a tocar la puerta de los que emplearon a la Mimí. Le dijeron que nunca conocieron a nadie con ese nombre, que a los chicos los cuidaba la madre y que eran dos no tres, que se había equivocado de lugar. No puedo entender por que nos mienten. El Tony le dijo a la Nelly que es porque no quieren pagar impuestos, parece que si alguien tiene una niñera tiene que pagarle jubilación y esas cosas. Por eso lo negaron. La Nelly no le cree pero a mí me parece que es posible, los ricos son así por eso tienen plata.
Nene, a mí me angustia no tener noticias de la Mimí. Ya sé que está bien, y que nadie le podría dar comodidades como las que tendrá en esa casa, pero ya hace más de seis meses que no hablo con ella y siempre me acuerdo de lo que le prometí a la madre.
¿Así que volvés la semana que viene? Me encantaría ir al aeropuerto, pero comprendo tus razones, mi amor, te espero en casa. No veo la hora de verte. Te extraño mucho, anoche me la pasé llorando, encima la novela que estaba leyendo terminó muy triste. La protagonista, que era un prostituta, se muere de una peste, en la miseria. Me dio miedo.
Bueno, mi amor, mi corazón te espera ansiosa.
Un beso
Perla
Nadie viaja sin equipaje; aunque sea un viaje corto, de negocios, de dos días, nadie viaja sin equipaje. Aunque sea una muda de ropa, un cepillo de dientes, un peine... lo mínimo que cualquiera necesita para instalarse en cualquier lugar. Nadie viaja sin equipaje en un vuelo entre París y Buenos Aires; nadie lo hace. Es absolutamente imposible, no tiene lógica, no es razonable. Sin embargo, nadie se dio cuenta de que en el vuelo 202 de Air France, un pasajero no llevaba nada ni siquiera un abrigo o un pequeño maletín; había subido con las manos vacías, se había sentado muy silencioso en la última fila y fumaba sin cesar los Parisien bien franceses, bien negros. ¿Quién puede subir a un avión, realizar un viaje de 12 horas o más, con sólo un paquete de Parisien? Alguien que ha tomado el vuelo muy apurado, alguien que no va a instalarse en ninguna parte, alguien cuyo objetivo no es el de viajar, ni el de instalarse, ni el de lavarse los dientes...
Sin embargo, nadie se dio cuenta. Ni siquiera cuando el hombre empezó a pasearse por el pasillo, después de la cena; ni siquiera cuando se detuvo más de una vez muy cerca de los asientos 16 A y 16 B. Nadie pensó cuánto le interesaba lo que conversaban los ocupantes de esos asientos, ni siquiera ellos... Cuando dieron el desayuno a las cinco de la mañana, horario de algún país, nadie había visto que el viajero, en medio de la noche más oscura, había intentado sin éxito encontrar en una de las gavetas del avión algo que buscaba con mucho interés, hasta que una de las azafatas lo obligó a volver a su lugar. Nadie, prácticamente nadie lo vio bajar, porque se adelantó a todos, y bajó primero y fue muy hábil para hacerlo. Nadie lo vio encontrarse con otro hombre en Ezeiza, al que saludó con una inclinación de la cabeza y con el que hablaba casi en forma imperceptible mientras cruzaba el hall del aeroparque. Ojalá alguien se hubiera dado cuenta, alguien hubiera reparado en él...
.................
- Estoy muerta de sueño...
- ¿Vas a lo de tu abuela?
- No... Mi abuela no sabe que estoy en Bueenos Aires. No le dije a nadie que venía; no sé cómo mamá se dio cuenta...
- ¿Pensabas desaparecer?
- Sí... Ahí hay un taxi... ¿Vas a tu casa??
- No... Voy adonde vos vas.
- Pero, ¿tus viejos no te esperan?<
- Que me esperen...
Ella lo miró. Era la primera vez que lo miraba así, tan de frente, tan de una sola vez.
- ¿Adónde vamos Mayra I.?
- Callao y Santa Fe... Una amiga me dio laas llaves de su departamento la última vez que estuve en Buenos Aires, para que le regara las plantas. Como me fui de una manera tan inesperada, no se las devolví.
- ¿Y ella, dónde está?
- En la India.
- ¡En la India!
- ¿Por qué no?
...............
No se dieron cuenta de que los seguían; tan preocupada estaba Mayra I. con su historia; tan preocupado estaba Gabriel con la historia de Mayra I. No vieron el paquete vacío de Parisien en el ascensor; no lo vieron.
................
Cuando abrieron la puerta del departamento, las plantas estaban muertas.
- Estoy muerta de sueño.
- Y yo estoy muerto por vos.
................
Ella no había venido a Buenos Aires para eso; en realidad, no era muy consciente de por qué le había pedido a Gabriel que la acompañara; no se lo había preguntado, lo había hecho y nada más. Ella no había venido para que Gabriel la besara de esa manera, para que se le aflojaran las piernas, para que la desnudara tan despacio y con tanta ternura, para que le dijera mil veces en una noche que estaba enamorado de ella, para que le hiciera el amor por primera vez, para que terminara no importándole para qué había venido. Ella no había venido para olvidarse de por qué había venido, pero esa noche, si alguien se lo hubiera preguntado, no hubiera acertado con la respuesta, hubiera dicho que solo había venido para estar con Gabriel a solas.
Por eso, cuando a la madrugada, su padre, Néstor Imar, irrumpió en el departamento de la amiga de Mayra I., la que estaba en la India, la de las plantas muertas, y los encontró como se imaginan que los encontró y le dio una cachetada y se la llevó a los gritos y le dijo que nunca más iba a volver a Buenos Aires que era la vergüenza de la familia que no lo podía creer de ella... ella sintió que le arrancaban dos cosas: su historia del pasado, la historia de las dos Mayras, y su historia del futuro, su historia con Gabriel.
14 (catorce)
El amor es más fuerte
Señor, tened piedad de nosotrosme parece que toda mi vida está entre sus brazosCristo, tened piedad de nosotrosy lo único en que puedo pensar es en las cosas que me dice, tan suavecito que me las diceCristo, oídnosme quiere llevar con élCristo, escuchadnosmuy lejosDios, Padre Celestial, tened piedad de nosotrosse quiere casar conmigoDios Hijo, Redentor del mundo, tened piedad de nosotrosy yo me voy a casar con DiosDios Espíritu Santo, tened piedad de nosotrosayer a la noche me esperó, aunque era la noche de fin de añoTrinidad Santísima, que sois un solo Dios, tened piedad de nosotrosme trajo una flores blancas muy hermosasSanta Maríay me besó en la boca como si me la mordieraora pro nobisy me acarició como si no le alcanzaran las manos, como si necesitara másSanta Madre de Diosy yo lo sentíaora pro nobiscada vez más cercaSanta Virgen de las Vírgenessentía sus manos que me invadíanora pro nobisy no podía apartarloMadre de Cristoporque me gustabaora pro nobisaunque no queríaMadre de la Divina Graciapero me gustabaora pro nobisme sentía muy exaltadaMadresin alientoPurísimamuy distintaora pro nobisfuera de míMadre Castísimanunca creí que podía sentir esoora prome asombraba mi cuerponobisy él repetía mi nombreMadre Intactay nunca lo sentí tan míoora pro nobisy lo escuchaba respirar muy cercaMadre Inmaculaday no sólo a él sino a mí tambiénora pro nobistan entrecortado mi corazónMadre del Buen Consejoy me estremecía el cuelloora pro nobistan apasionadoVirgen Prudentísimame pedía que no me asustara, que él me amabaora proque nunca me haría dañonobisy entonces pasó...Virgen Poderosa, ora pro nobisy yo sentí un dolor intensoVirgen Clementey sentí mi propio grito que me liberaba el pechoora pro nobisy pensé que la sangre ibaEspejo de Justiciaa derramarme todaora pro nobisa mancharme la ropaCausa de nuestra Alegríapero sentí también una extraña liberaciónora pro nobiscomo si algo se hubiera desprendido de míTrono de Sabiduríase hubiera descubierto para siempreora pro nobisy me dio vergüenzaVaso Espiritualaunque me acariciaba tantoora pro nobisy me puse a llorarVaso digno de honory le sacaba las manosora pro nobisy todavía estoy temblandoVaso insigne de devocióncomo temblaba anocheora pro nobisme explicó muchas cosasRosa Místicaque ni me imaginabaora pro nobisyo tenía miedo de que la sangre siguieraCasa de Oroque corriera para siempreora pro nobisy que inundara todoPuerta del Cieloy que llegara hasta la puerta de mi casa por el camino del jardínora pro nobisse echaba la culpaEstrella del Albaque no debía haber hecho esoora pro nobisque yo era una mujer honradaRefugio de los Pecadorespero que me ama y no pudo dominarseora pro nobisy yo tampocoAuxilio de los Cristianosque los dos pecamosora pro nobispecamos los dosReina de los Angelespero que el amor no es pecadoora pro nobisque no me enseñaron estoReina de los Mártiresque a mí tampocoora pro nobisy que si hicimos estoReina de las Vírgeneses porque es muy fuerte el amorora pro nobisaunque sea un pecadoReina concebida sin pecadoy me besó de nuevoora pro nobisy me secó las lágrimasReina de la Pazy me abrazó con tanto amorora pro nobisque me deshice en sus brazosCordero de Dios, que borráis los pecados del mundoporque estaba dentro de élperdónanos, Señory él dentro de míCordero de Dios, que borráis los pecados del mundoy me olvidé de todo otra veztened piedad de nosotrosy solo me acordé de que tenía corazónora pro nobisporque el amor es más fuerte...
Ave María Purísima
Sin Pecado Concebida.
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- Novicias, ¿han comprendido bien todos loos pasos? Solo faltan dos días y no va a haber otra oportunidad. El Obispo llega mañana, si los caminos lo ayudan; parece que las lluvias lo han retrasado bastante; no tenemos noticias de él desde que salió de Córdoba. Las quiero a todas las que no se quedan en el Convento, pasado mañana a las seis para conocer a Monseñor, antes de la Ceremonia. Mañana no vengan, el Obispo debe descansar, y yo también tengo un corto viaje de por medio, un entierro, pero regreso en el día. Aprovechen para estar con sus familias, oren mucho y traten de no conversar demasiado, de hacer ayuno y de permanecer lo más concentradas posible en el importante paso que van a dar. Carmelita les va a repartir una estampita, con una oración que han enviado especialmente de Roma, en español, para nuestras novicias... Reflexionen sobre ella después de la cena. Dios las bendiga y hasta pasado mañana.
Ave María Purísima
Sin Pecado Concebida.
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No me mueve mi Dios, para quererte, el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido, para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido; muéveme el ver tu cuerpo tan herido, muéveme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, de tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera; porque aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera.
Con aprobación Eclesiástica
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- El amor a Dios es incondicional, Soledadd. Es un hermoso poema.
El poema la conmocionó. Era intenso el calor de las tres de la tarde que las golpeó cuando cruzaban la plaza frente al Pilar. La Iglesia estaba fresca, Buenos Aires estaba hirviendo bajo una lluvia fina y persistente, que solo contribuía a intensificar la humedad y el calor... Lucita las seguía de cerca, charla que te charla con la negrita de Carmelita.
- ¿Y el amor de los esposos?
- ¡Ese amor! De ese amor no sé nada... ¿Poor qué pensás en ese amor?
- Porque existe...
- Pero no es tan bueno como el amor de Dioos. Nada es mejor que el amor de Dios... Eso dice el Padre Pedro: cuando una tiene la Gracia de recibir el llamado, debe sentirse dichosa: es una elegida. Va a tener el mejor amor que puede tenerse.
- ¿Vos recibiste el llamado, Carmelita? ¿CCómo te diste cuenta de que esta era tu vocación? ¿Sentís este amor incondicional, que aunque dé no espera recibir nada?
- ¿Qué te pasa, Soledad?
- ¿Estás dispuesta a renunciar a todo?
- ¡El demonio ha puesto la duda en vos! ¿LLo hablaste en confesión?
- No... Yo creo en Dios, Carmelita, pero nno estoy segura de que lo que me pasa sea culpa del Demonio.
- ¿Estás insegura? ¿Tenés dudas del paso qque vas a dar?
- Tengo dudas...
- Si no es culpa del Demonio... entonces, es culpa de un hombre...
La miró asombrada. Carmelita era diminuta, de ojitos vivaces y semblante plácido y ligeramente ruborizado, como si siempre hubiera en el mundo algo por lo que hay que tener vergüenza. Ni linda ni fea, ni muy vivaz ni muy callada, Soledad desde que la conoció pensaba que iba a ser una monjita perfecta. Se sintió sorprendida de que Carmelita hubiera mencionado la palabra hombre.
- ¡Cómo se te ocurre...!
- Por favor, Soledad... ¿Por qué no se me puede ocurrir? Voy a contarte un secreto, el único secreto que tengo, pero vas a prometerme callártelo, guardártelo solo para vos...
- Te lo prometo, y no juro en vano.>
- Mis padres me han metido en el Convento,, porque estoy enamorada de mi primo hermano.
- ¡De tu primo hermano! Eso es incesto... No está bien...
- Ya lo sé... Pero vos sabés que hay muchoos españoles que se casan entre primos hermanos.
- El Padre Pedro dice que está mal, que ess pecado. Y decime... ¿Lo querés mucho?
- Mucho... Mi amor es más fuerte que todo.. Como dice el poema: aunque no espero nada, lo mismo que te quiero te quisiera... El amor es así, sea para Dios o sea para un hombre... ¿Es una herejía lo que digo, no?
- Creo que sí...
- Por favor, no se lo digas a nadie, Soleddad, pero si me pudiera ir con él, me escaparía.
- ¿Y por qué no te vas?
La miró como si la mirara por primera vez. Habían estado juntas en largas horas de preparación, en largas misas, en largos rosarios, en largas letanías... Nunca se habían confesado nada, nunca habían sido amigas; solo compartían, cuando se animaban, cuando se rebelaban a que también eso fuera una prueba de amor, alguna queja tímida sobre el frío, la comida austera o las rodillas llenas de moretones de estar sobre el banco de la Iglesia horas y horas de oración. Nada más que eso, que es muy poco. Carmelita nunca pensó que Soledad podía imaginar una pregunta como esa; Soledad nunca imaginó a Carmelita enamorada...
- Lo mandaron a España, y yo voy a ser monnja. Estoy resignada.
- ¿No te escribe?
- No sé nada de él desde hace dos años. /span>
- ¿Y si apareciera ahora, ahora mismo?
- Me iría con Agustín. No me falta amor a Dios, no es eso, Soledad, pero... ¿Y vos? Te vi muy distraída en la letanía.
- ¿Se notó mucho?
- No, lo que pasa es que te escuchaba susppirar, te veía retorcerte las manos mojadas, te faltaba el aliento para rezar, ¿vos también estás enamorada?
Lucita ya gritaba desaforada.
- ¡Soledad! ¿Hasta dónde piensan ir? ¡Ya lllegamos!
Se dieron un beso. Muy cerca le susurró:
- No renuncies, no te resignes... Algo pueede cambiar.
- ¿Qué puede cambiar en dos días?/p>
- Si el Obispo no llega... No para de llovver; la lluvia es una bendición del cielo...
Se rieron, a pesar de todo.
Lucita se preguntó de qué se reía Soledad.
.................
Y no paró de llover.
Y el Obispo no llegó.
..................
Los relámpagos deshojaban las flores de nácar del jardín; brillaban en el pelo de Soledad; daban luz a las caricias apresuradas, más ardientes cuanto más prohibidas; se metían en el fondo del aliento; disimulaban los bordes de la queja. Alimentaban la esperanza: cuantos más relámpagos menos Obispo.
- Voy a hablar con su padre, Soledad.
- Usted no puede hacer eso, Tomás. Mi padrre y mis hermanos lo matarían. Lo retarían a duelo, y yo no quiero que le pase nada. Prefiero morirme en el Convento que verlo muerto a usted o a alguno de ellos. No puede ser, renuncie a esa idea, por favor.
- Yo soy un caballero y debo cumplir con mmi deber...
- Ninguno de los dos ha cumplido con su deeber.
- Pero usted es la más perjudicada. Es unaa mujer y yo le he robado el honor. Soy el responsable de que su vocación haya flaqueado, Soledad. Si no me hubiera conocido, es posible que lamentara esta lluvia eterna.
- Si he permitido que me robara el honor ees porque me he enamorado de usted... Mi vocación no era firme. Ahora me doy cuenta; solo cumplía con un mandato de mi padre, con el deseo de mi familia, pero cuando usted apareció en mi vida, fue como si hubiera comprendido finalmente quien soy y lo que quiero.
- ¿Entonces?
- Muy a pesar mío, no puede hablar con mi padre, Tomás, nunca lo comprendería.
- Soy un hombre de bien.
- No es eso... Mi padre cree que la vida dde su hija es suya, se cree el dueño de mi destino, y nada ni nadie podría convencerlo de lo contrario.
- ¿Y usted se resigna?
No renuncies, no te resignes...
- Tengo que resignarme... ¿Qué otra cosa ppuedo hacer?
- Venga conmigo, a España, a la casa de mii hermano. Le prometo casarme con usted, cuidarla toda la vida. Cuando todo esté consumado, ¿quién podrá separarnos?
- Es una locura... ¿Cómo nos iríamos, sin que nadie se dé cuenta?
- Déjeme pensarlo; solo hay que ser muy cuuidadosos. Tengo un amigo que trabaja en el barco que sale para Europa en una semana. Solo necesito que me consiga un camarote para los dos; embarcamos una noche antes y si la lluvia nos sigue ayudando...
Un leve roce de las flores, un breve murmullo del viento, el crujir silencioso de las piedras del camino del jardín... ¿la lluvia? Una sombra, la furtiva sombra de un hombre.
..................
Quiso el destino que Armando no pudiera dormir esa noche, que no fuera al cabaret ni a jugar a las cartas con sus amigos, que se pusiera a mirar por la ventana la eterna lluvia que los empapaba desde hacía una semana; quiso el destino que un relámpago iluminara el Templete; quiso el destino que no se distrajera y que le pareciera ver el brillo del pelo de Soledad entre las flores de nácar; quiso el destino que el amor no fuera, por muy fuerte que fuera...
...................
- ¡Voy a encerrarte en esta casa, en tu cuuarto; voy a ponerte cadenas en los pies como a los reos, como a los pecadores, como lo que sos! ¿Cómo te atreviste, mocosa insolente, a manchar el nombre de nuestra familia? ¿Hasta dónde llegaron, hasta dónde?
Gritaba, se paseaba por el largo comedor, derrumbaba las sillas, hacía temblar los cristales humedecidos de las ventanas; su mujer había intentado calmarlo, más de una vez, en esa primera media hora insoportable del resto de la vida de Soledad. Nada escuchaba, nada daba resultado; el temor estaba instalado en los ojos de las mujeres, las que siempre pecan, las que siempre tienen la culpa.
- No lo entiendo, papá...
- Ella no entiende, Ramiro... La relación no ha ido muy lejos... Dejala en paz...
- ¿¡La relación no ha ido muy lejos!? ¿Y eestaban en el Templete a las once de la noche, solos? ¡Por favor, Marcela! Te equivocaste completamente en la educación de Soledad; esto necesitaba una mano firme... ¡Aquí están los resultados! ¡Respondeme, Soledad! ¿Hasta dónde llegaron? ¿Te respetó?
- Tomás es un caballero, si es eso lo que me pregunta, papá.
- ¿Ves, Ramiro? Es lo que te digo... Sólo ha sido una picardía de dos jóvenes que...
- ¡No puedo creer lo que decís, Marcela! EEs de una irrespetuosidad imperdonable. Tu hija va a tomar los hábitos en cuanto el Obispo llegue, se encuentra con un hombre a solas en nuestro propio jardín y, ¿me decís que es una picardía de dos jóvenes? ¿Cuántas veces se encontraron?
- Una...
- ¡¿Sólo una?!
- Sí... Lo conocí en la Iglesia, en misa, y me dijo que iba a venir a visitarme y...
- ¿A las once de la noche, a solas? Si queería visitarte, ¿por qué no vino a cenar con toda tu familia?
Algo se me tiene que ocurrir...
- Porque no quería, justamente, que usted pensara nada raro... Me pidió unas estampitas que yo tenía en casa para su hermana, que es muy abogosa de Santa Eulalia y vino a buscarlas...
- ¿A las once de la noche?
- ¡Basta, Ramiro! Tal vez tuviera otra inttención, pero no tuvo oportunidad. A lo mejor, abusó de la inocencia de Soledad y la convenció... Gracias a Dios, llegó Armando.
- Soledad ha sido educada para saber que ttiene que decirle que no a un hombre que la quiere ver a las once de la noche.
La miró. Finalmente se había calmado.
- ¿Y dónde está el galán?
- Se fue, papá, le pedí a Armando que lo ddejara ir... Fue un error, perdóneme...
- ¡No, no puedo perdonarte, hija! Solo cuaando te vea convertida en una benedictina hecha y derecha voy a perdonarte...
Se fue como un relámpago. Se quedaron solas las mujeres... Marcela la miraba con atención; en el fondo de los ojos de su hija veía un resplandor inequívoco.
- Soledad... ¿Es verdad que hoy fue la priimera vez que lo viste?
Soledad le enfrentó la mirada. Le dijo que era verdad, lo juró por Cristo Crucificado y juró en vano, y Marcela no le creyó.
.....................
Se fue a la cama, se metió muy abajo entre las sábanas., se puso a llorar. Todavía tenía el pelo húmedo, todavía temblaba de amor... Cuando entró Armando trató de hacerse la dormida, pero su hermano siempre la había conocido muy bien; nunca pudo engañarlo.
- Es Tomás Iniguez. Es de una familia de pprosperidad de nuestra sociedad... Son vascos; vive con su hermano en España; su padre está acá, en Buenos Aires, con su hermana... No parece un aprovechador.
- No lo es...
- ¿Hasta dónde llegaron?
Se sentó en el borde de la cama; le tomó la mano; nunca la había querido tanto, ni cuando la llevaba a caballo por el campo y sentía su risa en el cuello.
- No te entiendo, Armando.
- No puedo creer que no me entiendas... Esstuve hablando con él...
- ¿Qué te dijo?
- Que se quiere casar con vos...
- Armando, por favor, te pido que no le diigas nada a papá... Te prometo que voy a ser una benedictina perfecta, que nunca más...
- No voy a decir nada, pero me has desilussionado profundamente, Soledad.
- ¿Podés comprender que siento un amor muyy fuerte por él? ¿Un amor que es más fuerte que todo?
- No, no puedo comprenderlo...
- Lo siento por vos.
15 (quince)
Un secreto de oro
No sé muy bien si fue un sueño o una visión, pero nunca me voy a olvidar lo que vi. No sé muy bien si fue un sueño o una visión, pero nunca me voy a olvidar lo que vi. Yo estaba frente a una escalera muy alta, casi infinita; los últimos escalones se perdían a siglos de distancia. Yo estaba frente a una escalera muy alta, casi infinita; los últimos escalones se perdían a siglos de distancia. De pronto, la veía bajar a mamá en medio de la luz; la veía bien, con su pelo muy peinado, como para una fiesta. De pronto, veía bajar a una mujer en medio de la luz; la veía muy elegante, con su pelo bien peinado, como para una fiesta. Me sonreía, me reconocía, y yo me acercaba a ella. Me sonreía, como si me reconociera, y yo me acercaba a ella. Quería abrazarla, pero me decía que no con la mano. Quería tocarla, pero me decía que no con la mano. “¿Vos no estabas muerta?”, le preguntaba. “¿Usted no está muerta?”, le preguntaba (no sé por qué le preguntaba eso). “Estoy viva en vos...”, me contestaba, pero se la notaba muy triste. “Estoy viva en vos...”, me contestaba, pero se la notaba muy triste. “Tu nombre es Mayra, en tu nombre está el secreto. Todo lo que hay que saber ya está escrito”. “Tu nombre es Mayra, en tu nombre está el secreto. Todo lo que hay que saber ya está escrito”. No entendía; le preguntaba dónde estaba escrito. No entendía; le preguntaba dónde estaba escrito. “Mayra, está en las cartas, en las dedicatorias de las fotos, en las historias de las novelas, en la memoria de Javier (- ¿Quién es Javier? – Trete de imaginar, narrador, lo que me imagino yo…), en los silencios de Nelly, en todos los que saben parte de la historia”. “Mayra, está en las cartas, en las dedicatorias de las fotos, en las historias de las novelas, en la memoria de Javier, en los silencios de Nelly, en todos los que saben parte de la historia”. Yo entendía lo que decía. Yo no entendía lo que decía. Pero quería que me explicara más... Le pedía explicaciones... De pronto, al pie de la escalera, aparecía mi hermana Mayra. De pronto, al pie de la escalera, aparecía mi hermana Mayra. Mamá se ponía a llorar. La mujer se ponía a llorar, desesperada. “¡Se encontraron, yo sabía que iba a pasar!” “¡Se encontraron, yo sabía que iba a pasar!” Nos extendía las manos, y explotaba en mil pedazos. Nos extendía las manos, y explotaba en mil pedazos. Me puse a gritar; miles de partículas de luces diminutas me cubrían y me ahogaban sin remedio. Me puse a gritar ; miles de partículas de luces diminutas me cubrían y me ahogaban sin remedio.
Cuando me desperté, Conse estaba a mi lado muy pálida; no sabía qué me pasaba, por qué gritaba tanto en medio de la noche...
Cuando me desperté, una azafata estaba a mi lado muy pálida; no sabía qué me pasaba, por qué gritaba tanto en medio de la noche...
Supe que el secreto estaba en Mayra...
Supe que el secreto estaba en Mayra...
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- ¿Tuviste alguna respuesta?
- Ninguna.
- Andá a verla.
- No sé, tío. La tengo muy encima a Natalia, con el asunto del bebé...
- Ya te dije que le des plata; la plata lo arregla todo. ¿Estás seguro de que es tuyo? Mirá que las minitas tienen muchas vueltas, esconden. No sea cosa de que te estén ensartando como a un gil.
- Te dije que era virgen.
- Hasta eso se disimula.
- Tiene diecinueve años.
- Suficientes para esta época. ¿No ibas a ofrecerles a ella y a la madre pagarles el viaje a Estados Unidos? ¿La mujer no quiere encontrar al marido que se tomó el buque hace diez años? Nosotros les pagamos todos los gastos... ya sabés... Bueno, por un tiempo, después vemos.
- ¿Y la residencia? Quedarse en Estados Unidos no es fácil...
- No es imposible. Vos dejame eso a mí. Ocupate de convencerlas, yo me ocupo de lo demás... Acá lo importante es Mayra, Julián, Mayra... Esa chica es todo un negocio. No pude convencerla con el asunto de Francis... No resultó. Perla está muerta, pero Nelly...
- ¿Me podés explicar un poquito más, tío? Vos me decís que si me caso con Mayra hay un vagón de guita de por medio. Yo no puedo entender cómo de esa piba insignificante podemos hacer un negocio. Ya que soy el que va a poner el pellejo, me gustaría alguna razón más concreta.
- ¡Poner el pellejo! ¡Lo único que tenés que hacer es casarte! Ni siquiera tenés que ser fiel; no creo que ella pueda ver mucho más allá de sus narices. En vos tiene una fe ciega. ¿Te acordás de Silvia, la que limpiaba en casa de los Alzaga?
- No mucho.
- Una peticita... Bueno, ella me hizo un trabajito en la casa de Mayra. Nelly, la madrina, le aseguró que Mayra sigue enamorada de vos como el primer día.
- Nelly me odia.
- Más me odia a mí... Pero eso también tiene arreglo, no te preocupés.
- Te fuiste de tema... No me contestaste por qué Mayra es un vagón de guita.
- Porque Mayra representa un secreto que no puede revelarse...
- ¡La mierda! ¿Y van a pagar por que no se revele?
- Vas entendiendo, Julián, vas entendiendo...
Carlos Montero sonrió satisfecho... Nada le fascinaba más que poseer un secreto poderoso, un secreto que valía oro. En realidad, Carlos Montero tenía mucho dinero, pero nada era más excitante para él que obtener mucho más de la manera más ilegal posible, sentir que tenía a alguien (especialmente a alguien que había marcado su vida, que la había determinado para siempre) en el puño de su mano, y que entraba, y que no podía escapar. Nada era más fascinante para él...
- ¿No me vas a decir más?
- No, Julián, conformate con saber que el secreto está en Mayra...
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No puedo perdérmela, no puedo...
Nunca me pasó esto con una piba, hay que reconocer que yo
(27)
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No puedo perdérmela, no puedo... Nunca me pasó esto con una piba, hay que reconocer que yo tuve una cantidad de minas, que no puede ser, será la facha; eso es lo que dicen todos en el barrio, hasta mi vieja lo dice: “El Aníbal es uno... Piba que mira, piba que cae”, eso dice y con orgullo lo dice. Pero lo que pasa es que Mayra no es una mina de esas que suben al coletivo y te piden el boleto con la bocecita esa de caramelo, es una piba para tenerle respeto, y yo sé darme cuenta de la diferencia porque no soy ningún boludo. Cuando se lo conté al Tito me dijo: “Caíste, chabón, te agarraron”, así nomás me dijo, y el Tito sabe porque las pasó con la mujer, sabe lo que es el metejón. Y eso me da miedo: el metejón. Porque no es lo mismo metejón que calentura, y yo con Mayra tengo metejón. Mirá bien lo que te digo: si tengo que casarme con ella, me caso. Ni yo me la creo esa, y es verdad, es verdad; a veces pienso que me enfermé, que no soy yo, Aníbal Galván. Encima está el Julián, un tipo de plata, un ricachón, un estirado... y la piba todavía piensa en él, fue el primer amor... se la pasó en el convento pensando en él y eso sí que es jodido. Cuando uno piensa mucho en alguien, es difícil sacárselo de la cabeza así como así. Además, la piba es preparada y yo soy un bestia, bruto soy no sé ni hablar bien, aunque ahora trato de cuidarme, porque me doy cuenta de que a veces meto la pata. ¿Sabés qué haría? Me casaría con ella y si la tía no quiere, me la raptaría, como en las películas, como en esa película vieja que vi que se llamaba “El Graduado”, y que el flaquito ese se la alza en la Iglesia y se la lleva en la moto... ¡Qué bueno que estaba! Pensar que la minita que me la hizo ver, se esfumó a la salida... Ya me olvidé, que Dios la ayude... Pero Mayra no se olvida, la tengo metida acá, ¿me entendés?, en el medio de la zabiola...
Por fin conseguí que nos volvamos a encontrar; tuve suerte: de una vez por toda atendió ella el teléfono, porque entre Doña Concha y el petiso no me pasaban el tubo ni por casualidad. Parece que la tienen guardada como si fuera un secreto... Me conseguí el auto del turco; me dio tanta recomendaciones, que casi lo estrolo contra la paré del patio de casa... ¿Yo no voy a saber manejar? ¡Si soy coletivero! Es un Torino viejo, pero lo tiene cuidadito, es un fana... Vamos a ver dónde la llevo... Ya me las voy a arreglar...
- ¿Las leyó Mayra?
- No... Me dio el paquete entero y me dijo que las leyera yo... Menos mal...
- ¿Por qué? Yo no entiendo, hijo, qué es lo que quieren decir estas cartas.
- Lo que pasa es que vos no sabés algunas cosas, mamá... Creo que llegó el momento de decírtelas.
- Vos siempre, Mario, con esa costumbre de andar con ocultamientos. ¡Yo nunca sé todo!
Mario Mistral se sonrió. Su madre tenía la virtud de causarle gracia porque era todo lo exagerada que él no era, todo lo estricta que él evitaba ser, todo lo sincera que él, a veces, no podía ser. Eso y el lazo invisible e indestructible de los hijos varones y sus madres posesivas habían marcado su vida, cuyo primer contacto con la diferencia, con la verdadera posibilidad de poder percibir, por fin, otro perfume y otra voz, era Mayra...
- Soy un investigador privado...
- ¡Y yo soy tu madre! Contame de una vez, ¿qué tiene que ver Mayra con estas cartas?
- Bastante... Hace más de cinco años, me contrató una mujer para que vigilara a un hombre, acá en Buenos Aires. No era su marido, ni su amante, ni parecía tener demasiado contacto con ella... Al principio, solo me pidió que le describiera sus pasos, todo, hasta lo que me pareciera inútil. Me dio una foto, su nombre y nada más.
- ¿Y quién era?
- Un tipo peligroso. Supe muchas cosas de él: andaba en negocios sucios; era socio de varios boliches bailables, donde la prostitución y la droga eran moneda corriente. Finalmente, descubrí su relación con Perla...
- ¿La de las cartas?
- Eso supongo.
- ¿Eran amantes?
- No, nada de eso... Perla era la portera del edificio donde él vivía. Una tarde los pesqué discutiendo en el palier; hablaban de un secreto; él le decía que si ella y su hija lo ayudaban a revelarlo iban a conseguir mucho dinero.
- Un chantaje...
- Sí, sin duda. Varias veces después lo discutieron; Perla se negaba sistemáticamente a ayudarlo en el asunto, sobre todo le recalcaba que no podía implicar a su hija.
- ¿Y cuál era el secreto?
- No lo sabía bien en ese entonces, ni lo sé con seguridad ahora. Sin embargo, cuando le conté los datos a mi cliente, me dijo que ella tenía unas cartas que mencionaban a esa Perla, y que creía que era la misma. Me aseguró que estaba bien encaminado y redobló la suma de dinero que me pagaba. Pero algo imprevisto pasó...
- ¿Algo imprevisto?
- Sí, mamá... A Perla la asesinaron en su departamento. No puedo decir que haya sido él, tal vez no... Inclusive esa noche, la noche del crimen, el hombre que vigilaba tuvo una discusión con Perla... Más tarde, lo seguí hasta una casa en el barrio de Belgrano y eso me alejó, a lo mejor, del lugar en donde debía estar... No tengo pruebas, pero estoy seguro de que en estas cartas está parte de la clave...
- ¿Y la hija? ¿Por qué no hablaste con la hija?
Mario la miró muy fijo. Su madre no se había dado cuenta, y eso le producía una secreta satisfacción...
- ¿Todavía no te diste cuenta de quién es la hija?
- ¡Mayra!
- Mayra... Por eso la busqué cuando salió del colegio, a los 18...
- ¡Perla es la Perla de la que habla Nelly! Y el tipo peligroso...
- Carlos Montero.
- El embarazo que menciona Perla en las cartas... Las fechas coinciden... Pero entonces...
Su madre era admirablemente suspicaz.
- ¿Entonces?
- Estaba embarazada de las dos Mayras. Sin ninguna duda, “Nene” es el padre... ¿Ese es el secreto?
- Parte...
- ¿Y tu cliente? ¿Qué tiene que ver en este asunto? Mirá, Mario, no tengo paciencia; ¡explicame de una vez!
- No voy a explicarte, solo voy a decirte el nombre de mi cliente.
- ¿Y quién es tu cliente?
- Clara Imar.
....................
- ¿Por qué temblás, piba?
- Porque nunca me dieron un beso así...
- ¿Querés que te haga temblar un poquito más?
Sintió que se
moría de miedo y de curiosidad, que nunca nadie antes la había hecho sentir tan
frágil... que esos brazos podían quebrarla y que no le importaba... que le
estaban revelando un secreto, un secreto que valía oro...
(29)
16 (dieciséis)
...te robaré un color...
Caminaba por Buenos Aires y le parecía demasiado grande, demasiado ancha, demasiado plagada de rincones... A él, que el mundo no le alcanzaba; a él, que sentía que no había espacio más grande que el que contenía su mirada... A él, que sólo quería tener libertad para recorrer millones de leguas infinitas y que ahora hubiera dado su vida por estar en el mismo lugar que ella. ¿Dónde estás Mayra I.?
Se la habían arrancado de los brazos, eso le habían hecho a él; y lo habían dejado solo con la cantidad enorme de caricias y de deseos que tenía para ella, que no se daban en una noche, que no se daban en toda una vida. Justo cuando ya estaba, justo cuando ya era. A él, que no le habían podido negar nada, que no le habían podido imponer nada, que no le habían podido quitar ni un pedazo de lo que quería, de lo que realmente quería. ¿Dónde estás Mayra I.?
Y ahora no sabía qué hacer, él que siempre sabía qué hacer; ni siquiera estaba seguro de que el impulso de darle las cartas a su hermana no había sido una equivocación... Pero May
....................
- No entiendo qué pasa... ¿Por qué no abrió el archivo de la novela?
- Porque lo dejó como trabajo pendiente; usted sabe como son estas máquinas... Parece que está intentando abrirlo.
- ¿Y si no pudo ayer, por qué puede hoy?
- ¡No me diga que quiere entender! Tómelo como es, narrador... Secretos de la técnica, cuestiones de Bill Gates, misterio, brujería, magias de la pantalla o de las novelas. No importa... Ahí está...
- Espere un poco, Julia... No podemos cortar las cosas así; esto es casi una imposición... Habíamos empezado a retomar la historia que dejamos en el capítulo 13, lo que correspondía, veníamos bien, bastante ordenados.
- Yo no quiero ser ordenada.
- Pero es inadmisible, Julia. Los lectores quieren saber qué pasó con...
- Los lectores quieren saber todo, narrador... No les importa el orden. Algunos estarán más interesados por la historia de Soledad y Tomás; otros, con la de Mayra I. y Gabriel, y otros, con esta. Tenemos todo para seguir con la historia de Mayra y Aníbal, aprovechemos.
- Le voy a decir la verdad... Para mí Aníbal es un personaje intrascendente, ¿qué puede aportar? Solo es un tipo simple y primitivo que se agarró un “metejón”, como él dice...
- ¿Y por qué apareció entonces? ¿Usted piensa que los personajes aparecen en las historias sin motivo alguno? Yo no...
- Yo conozco muchos personajes intrascendentes en mis miles de años de trabajo, de los que uno ni se acuerda cuando termina de leer una novela o de escribirla... Este Aníbal agrega un poco de color, si quiere, algo de romanticismo básico...
- No sea despectivo. Que usted conozca personajes intrascendentes no quiere decir que todas las historias deban contarse de la misma manera... ¿Por qué en lugar de discutir no leemos el archivo?
- Usted decide... Si quiere perder páginas, piérdalas. Los lectores del Siglo XXI no tienen tiempo para perderlo, cierran el libro y a otra cosa.
- ¿No le parece que está un poco agresivo conmigo hoy?
- No puedo soportar que “ella” nos imponga...
- ¡Narrador! ¿Puede salir del siglo XIX de una vez por todas?
- Está bien... Va a ver que no me equivoco... Leamos el archivo, si ese es su deseo...
(-¡Le está dando órdenes! –Tranquilo…)
(-¡Lo destruyó! –No cante victoria… hay partes que pueden leerse, vea…).
- ¡Muy interesante! No se entiende nada, pero muy interesante...
- Se entiende perfectamente... Ella y él...
- Sí, sí... conozco la canción. ¡A todos se les dio por hacer el amor en esta novela! Eso está claro. Lo que no se entiende es ese extraño parentesco que aparece entre esa cantidad de signos insoportables, que nos regala la informática cuando no quiere avenirse a nuestra voluntad. No hay nada peor que una máquina cuando no se comporta como una máquina.
- Creo intuir lo que está pasando. De todas maneras ya lo sabremos.
- Si usted lo dice... ¿Volvemos a Gabriel?
- Está bien. Copio y pego.
...................
Y ahora no sabía qué hacer, él que siempre sabía qué hacer; ni siquiera estaba seguro de que el impuso de darle las cartas a su hermana no había sido una equivocación... Pero Mayra quería eso, por eso había viajado. ¿Qué otra cosa podía hacer él que abrir la única puerta que conocía para reencontrarse con ella, la única que podía ser una llave para explicar su misterio? Porque había cosas inexplicables... ¿Cómo supo Néstor Imar que ella estaba allí, con él? ¿Los había seguido? ¡¿Desde París?! El que tiene plata hace lo que quiere... ¿Puede ser que el único motivo fuera salvar a su hija de un tipo como yo? ¿Por qué no nos detuvo en el aeropuerto? Porque no llegó... A lo mejor estaba en Buenos Aires; el padre viaja mucho... El que nos siguió, tal vez, fuera otro, y le avisó dónde estábamos al llegar el avión...
¿Dónde estás Mayra I.? El la quería raptar, se la quería llevar lejos, la quería tener para él solo y me la sacaron, esos hijos de puta me la sacaron. Tengo que jugarme, tengo que irme a París a ver si la encuentro, si hablo con la madre; ella le dio las cartas, ella sabe, no confía en su marido. Las cartas revelan algo muy jodido, estoy seguro. Se dijo que tenía que volver a París, que Néstor Imar debía haber regresado porque no le convenía que las dos Mayras se encontraran, porque la otra Mayra, la hermana, tenía la otra parte de las cartas (aunque no lo supiera), las respuestas de “Nene” y se iba a descubrir todo y a él no le convenía. Tengo que hablar con ella, con Clara Imar, se dijo que tengo que hablar con ella, que ella tiene que creerme, que yo la quiero, que quiero ayudarla y que quiero mandar en cana a Néstor Imar por haberla raptado, por haberme arrancado este amor y no se lo perdono y no se lo voy a perdonar nunca. Pero ella también debe tener cosas que no le puede perdonar, ella va ayudarme, tiene que ayudarlo, alguien tiene que ayudarme.
La voy a llamar a la hermana y le voy a decir que busque las cartas de Nene que ahí está la verdad que Néstor Imar es un hijo de puta y que me la tiene que devolver y se va a París y la busca y la encuentra él la encuentra porque si no la encuentra se le va a destrozar el corazón...
..............
- Quiero volver.
- Vos no vas a volver; nadie va a saber nuunca qué pasó con vos.
- Pero, ¿por qué? ¿Por qué me hacés esto?
- Vos no sos las que hace las preguntas. ¿¿Dónde están las cartas?
- ¿Qué cartas?
- No te hagás la tonta... Mayra, tengo pocca paciencia...
- Te lo digo, si antes me permitís volver..
- Vos no vas a volver nunca, vos estás mueerta.
- Aunque me mates, ella va a saber donde estoy.
- La Perla de las cartas es mamá.
- No tiene por qué ser tu mamá. Perla es un nombre bastante común.
- No, Mario. Es mamá. Los mellizos somos mi hermana y yo. Y Nene... Nene es mi papá y me parece que es un asesino. Tiene razón Gabriel. Tengo que encontrar las respuestas, las cartas de Nene; en algún lugar deben estar.
- Nelly debe saber...
- Nelly sabe muchas cosas, Conse, muchas cosas que no me dice.
17 (diecisiete)
Nada que ver
- Tratá de dormir...
- No puedo.
Eso es; no siempre se puede dormir en estos aparatos del infierno. No sabés qué hacer con las piernas sobre todo con las piernas y con los brazos que te preguntás por qué son tan largos a veces es bueno que los brazos y las piernas sean largos pero no para estar en un asiento de la clase turista de un avión con horas y horas por delante y colgando en el espacio... ¡en el espacio! sin alas y con una temperatura exterior que no la aguantaría ni un pingüino ni un esquimal ni cualquier ser vivo. Yo soy un ser vivo... Pero no hay que pensar en eso porque entonces el corazón se te desbarranca y se te ahueca el estómago y acá no debe haber un médico despierto ni por casualidad bueno pueden despertar a alguno pero no es seguro tranquila Julia solo son diez horas más de tu vida ¿qué son diez horas en la vida de una persona? Nada. Eso es: nada. Griselda lo consiguió: duerme como si fuera de noche en Buenos Aires o en París o en Londres o en algún lugar si estuviéramos en algún lugar y no pendiendo de un hilo adentro de una lata con aire artificial. Muy incómodo el Charles De Galle la parte nueva llena de negocios donde no se puede comprar absolutamente nada que no te ponga al borde de la mendicidad donde no se puede tomar más que un café donde no se puede sentar uno más de diez minutos en un asiento sin perder parte de la gracia que Dios te ha dado en algunos sectores femeninos de la anatomía. Pero Londres estuvo bien y Dublin y Bath y Stratford vale el sacrificio y la molestia en los oídos y la comida de plástico y la sensación de que uno es un transgresor que viola las leyes de la naturaleza y recorre distancias que no pueden ser recorridas en tiempos mágico e imposibles que mi abuela no hubiera creído. ¿Y si pongo el pie acá la cabeza la ladeo así la cintura la llevo para la izquierda el hombro este para la derecha y...? Me doblé un dedo de la mano y me duele una oreja la que se apoya justamente esa probemos del otro lado no no no ahora me siento una paralítica una deforme hasta no siento la pierna izquierda que se durmió sola sin mí... La miro... ahí está... tranquila, Julia, hacete un solitario en la computadora esa que tenés enfrente y que no te explicás cómo funciona pero no importa no todo tiene explicación en el año 2000. No sabés cómo vuelan los aviones cómo funcionan las computadoras cómo hacés para en trece horas cambiar de continente cómo fue que se cayó el Concorde cuando un avión de esos no se cae... Ni siquiera sabés a ciencia cierta si esa era la casa de Shakespeare si esa era su tumba si alguna vez escribió Romeo y Julieta... No sabés nada...Y no es momento para encontrar explicaciones razonables, claro que no. (- Perdón... esto, nada que ver... - ¿Puede esperar?)
- Pero tenés que descansar un poco... Hoy fue un día muy largo, mi amor.
- Es que tengo miedo.
Y sí... hay gente que le tiene miedo a los aviones, qué se le va a hacer. Yo no porque soy una persona muy segura y eso que nunca me he psicoanalizado pero comprendo a la pobre gente que tiene miedo y sé que es una tortura china porque uno está arriba y no se puede bajar y mejor tomárselo con calma y ya está. ¿Se darán cuenta de que los espío? Como no tengo nada que hacer... El le besa las manos es divino él me hace acordar a alguien, ¿a quién se parece? Ella, ¿está llorando? Bueno no es para tanto si se tomara una de esas pastillitas de Dramamine o algo así asunto arreglado yo nunca las tomé pero sé o no sé por qué nunca las tomé porque no quiero reconocer... ( -Nada, pero nada que ver... - ...)
- ¿De qué tenés miedo?
- De no encontrarla, Gabriel, de que esté muerta.
Gabriel se llama Gabriel... como Gabriel...
- No está muerta, estoy seguro. Hayan pasado los años que hayan pasado... Vamos a dar vuelta Buenos Aires, pero vamos a encontrarla. Te lo prometo, Mayra I.
¡Mayra I.! ¡No puede ser..! (- ¡No puede ser!)
..................
Se fue al fondo, me parece que a fumar Air France todavía te deja pero por poco tiempo en algunas ya no te dejan casi en ninguna. No puede ser que sea ella ella no existe es un invento por muy mágico que sea el avión el asunto del tiempo y de las distancias yo nunca escuché... en la vida lo escuché... si se lo digo va a pensar que estoy loca y estoy un poco loca cada vez más escribiendo estas cosas pensando estas cosas cuando tendría que pensar que mis pies no tienen nada abajo solo miles y miles de millas de aire de puro aire congelado... Pero, ¿si es? ( -¿Es? – ¡SHHHH!) Justamente a ella es a la que estoy buscando porque no sé cómo me las voy a arreglar cómo voy a saber... ¡Voy! Todo puede ser si una me escribe e-mails la otra se puede encontrar cara a cara conmigo en el medio de esta noche artificial, sin tiempo, sin continentes, sin patria, tan mágica pero tan posible como cualquier otra. ¡Voy!
.................
- ¡Adelante, adelante! ¡Otra que no puede dormir y se viene a fumar! Le hacemos un lugarcito...
Cinco o seis transgresores, detrás de la cortinita, tomaban café y devoraban un cigarrillo tras otro como si fueran condenados a muerte. Enseguida la vi: estaba contra la puerta del baño, un poco perdida entre la humareda pero absolutamente visible para mí. Era ella, pero no me la hubiera imaginado así. Desde que los escritores hemos dejado los retratos detallistas, desde que no nos imaginamos a nuestros personajes desde afuera sino solo desde adentro, es muy difícil reconocerlos. Supongo, ahora, que es posible que muchos escritores se hayan cruzado con sus personajes más queridos por la calle y no los hayan reconocido... Cada vez estoy más loca. Pero bueno, era ella, Mayra I., la del lunar, la que una vez entró a una tienda de antigüedades en Buenos Aires y se miró en la otra como en un espejo, la que vivía en París, la que su padre arrancó de los brazos de Gabriel para que callara un secreto que ni ella conocía. La inesperada, la que nunca imaginé antes de empezar a escribir mi novela.
Me acerqué, sigilosa; tenía miedo de que se evaporara (o de evaporarme yo).
- Perdón...
- Il n’ y a pas de quoi ...
- Es que hay poco lugar. ¿Hablás español?
- Sí... Lo que pasa es que tanto tiempo en Francia... Soy argentina...
- ¿Venís a ver a la familia?
¿Vivirá la abuela?
- Sí... Bueno, en
realidad, acá, en Argentina, tenía a mi abuela, la madre de mamá, a una tía y
unas primas... pero... Mi abuela murió...
(33).
Ni siquiera pude despedirme de ella... De mis primas hace mucho que no sé
nada... La verdad es que...
Creo que me va a contar algo... ¡Vamos, Mayra I!, soy la persona ideal, y este es el momento ideal...
- Vengo a Buenos Aires a buscar a mi hermana.
- ¿La perdiste?
¡Qué forma estúpida de decirlo, Julia!
Me miró extrañada, como si hubiera adivinado.
- Sí... Hace diecisiete años que la perdí, que no supe nada más de ella... Tengo mucho miedo de no encontrarla.
- Pero... ¿Tenés alguna dirección, algún teléfono?
- Tengo algunos datos, pero no sé si estará allí todavía... Gabriel... Gabriel es mi marido... Gabriel está muy seguro de que vamos a encontrarla; a lo mejor me lo dice para que mantenga la ilusión, para que no me muera de pena... La verdad es que es una obsesión para mí; antes no podía buscarla, ponía en riesgo muchas cosas, pero ahora que mi padre ha muerto...
La verdad es que cualquiera que la escuche y que no conozca su historia (o sea, cualquiera menos yo) no entendería nada...
- No debés entender nada, ¿no?
- Más o menos. ¿Y por qué la perdiste?
- En realidad, la vi una sola vez... En ese momento una no sabía nada de la otra; fue como vivir un sueño, ¿me entendés? Aunque te parezca mentira, la encontré y la perdí en muy poco tiempo... Ella es mi hermana melliza; como supondrás es una historia muy especial la mía... ¿Cuál es tu nombre?
- Julia Juliá.
- Julia. Yo soy Mayra Imar.
A pesar de que lo sabía, sentí un escalofrío. Una cosa es jugar a los fantasmas y otra, que los fantasmas dejen de jugar.
- ¿Y por qué se separaron después de haberse encontrado?
- Porque su vida peligraba y la mía, también. Yo estuve desterrada, viviendo en el medio de un infierno... Gabriel me salvó; su amor me salvó. Es la razón de vivir mi vida, como dice la canción...
Me miró. Casi lloraba.
- Sí, la recuerdo. “Fogata de amor, mi guía. Razón de vivir mi vida”.
- Esa... La que canta Víctor Heredia... Gabriel me regaló un CD. No sé por qué te cuento tantas cosas.
Porque sos mi personaje...
- Porque estamos acá, sin poder dormir, en medio de la noche... Porque necesitás contarlo, supongo.
- Sí... Yo no soy muy comunicativa; lo era, pero el miedo te calla; cuanto más sabés, más te callás. Ahora tengo explicaciones para lo que nos pasó, ahora sé... Necesito que ella sepa la verdad, compartir nuestra historia. Pude averiguar muchas cosas, pero ella, ¿qué sabrá ella? Me tortura pensar que está sufriendo o que está... muerta. Volver, después de tanto tiempo, me ha puesto muy ansiosa.
- ¿Nunca volviste a Buenos Aires en diecisiete años?
- No, pero...
Buen mozo el que asomó la cabeza entre las cortinitas.
- Entramos en zona de turbulencias... Vuelvan a sus asientos, por favor.
Encima, este bicho se mueve...
...................
Me até con el insoportable cinturón, obediente como en la escuela (más que en la escuela).
- Atate, Griselda, hay turbulencias.
- ¿No dormiste?
- No... Me fui a fumar al fondo. Estuve hablando con la chica de adelante.
- ¡Ah!, la vi cuando subimos... ¿Sabés que me hace acordar a alguien?
No sabés a mí...
..................
No hay nada más hermoso más extraordinario que tener los pies en la tierra cuando una los tuvo en el aire por aproximadamente trece horas ¡nada más incomparable! Además una niebla que no se veía donde poner las ruedas (las del avión claro) y el tumulto impetuoso de las manos urgando los asientos las gavetas palpándose los bolsillos a ver si justo ahora perdí el pasaporte y los suspiros del apuro que no abren más la puerta y uno no se explica por qué tardan tanto en abrirla.
................
Salió delante de nosotras; lo vi a Gabriel darle un beso, acariciarle el pelo. Me llamó la atención que el amor que yo había descripto se mantuviera intacto. Bueno, son personajes de novela, pensé; también es posible que el amor se mantenga intacto, sea el mundo que sea, pensé. Cuando empezó a avanzar la fila, se dio vuelta y me miró con lo que me pareció un poco de nostalgia.
- Bueno, Julia, encantada de conocerte.
- Encantada, yo también...
No la pierdas... Hacé algo...
- ¿Vas a la casa de tu abuela?
- No, no puedo... Una amiga de la época deel colegio tiene un departamento en el centro...
¡La de las plantas muertas!
- Hace años fui con Gabriel allí...>
- Y es un error volver.
Parece que había sido toda una discusión el asunto. Los miraba a los dos completamente maravillada. No podía creer que mi historia y la de ellos coincidiera a la perfección.
- Es que mi padre nos encontró en ese lugaar... Bueno, es largo de contar...
- ¿Y por qué no me lo contás? Si querés noos encontramos, podemos charlar... ¿Tenés amigos en Buenos Aires?
Me emocionó decirlo; me emocionaba pensar que fuera posible.
- No...
Ella me miró extrañada.
- Conozco mucha gente en Buenos Aires. A llo mejor puedo ayudarte a encontrar a tu hermana... Mirá, este es mi teléfono, llamame, si querés...
- Te voy a llamar, Julia.
Nos dimos un beso; me sonrió. Sentí que no era un fantasma.
La gorra del padre de Griselda entre la multitud de los que esperaban en Ezeiza me convenció de que había regresado, de que por fin había regresado a casa, al trabajo, al frío de agosto, a la hora que debía ser y al idioma que debía ser y al continente que debía ser. Por fin había regresado a mi mundo y al de mi novela.
....................
- ¡Ya sé a quién me hace acordar!/p>
- ¿Quién?
- La chica del avión...
- ¿A quién?
- A vos, Julia... Es muy parecida a vos.... ¿No te diste cuenta?
Una valija inmensa nos separaba en el asiento de atrás del auto. Por suerte, no me vio la cara.
18 (dieciocho)
Bocaditos de dama
No vino, no está, ¿habrá podido..? Las monjas la esperaron más de una hora, y el Obispo estaba que se lo llevaban los demonios (si es que los demonios pueden llevarse a un Obispo); nos hicieron rezar dos rosarios más, pero ni los hermanos aparecieron. Acá nadie comenta demasiado, nadie se atreve a hablar cuando no es la hora de hablar, pero María Teresa, la hija de los Andaluz, que se ordena hoy también, no pudo resistir y me dijo bajito, muy bajito, que parece que se había ido con el novio, que la había ido a buscar anoche y la había raptado por el balcón y que se la había llevado en la oscuridad; estaba toda colorada cuando me lo dijo. Me dijo que si era así, seguro que se iba al infierno... Yo pensé que si era así, seguro que estaba en el cielo.
Me pierdo con las Ave Marías de solo pensar que yo, que a mí... Otra vez el temblor en las manos, no puedo evitarlo. Desde ayer que tengo unas náuseas insoportables y no puedo decir nada, ¿a quién se lo voy a decir?
¿Estará acá? Tendría que haber venido, y arrancarme del altar antes de que me corten el pelo y me cambien el nombre. Eso tendría que hacer si me quiere de verdad. Tendría que ser valiente y no importarle nada de nada. A mí no me importaría; si yo fuera un hombre, lo habría hecho... Yo me iría con él y lo besaría hasta morirme, hasta irme al infierno como dice Teresita.
Ya vamos... Se terminaron los rosarios... o recién empezaron... No está por ningún lado... ¿Mi amor, dónde estás?
¡Qué suerte la de Carmelita!
....................
No me siento bien, me siento como si no tuviera cuerpo, como si me estuviera evaporando. Las náuseas son espantosas: no me dejan comer, ni dormir, no puedo rezar, casi no puedo respirar. Ayer, me caí en el patio, no pude seguir fregando, y eso que pongo voluntad, porque a veces siento que he cometido un gran pecado y que tengo que pagarlo. Un pecado que es un secreto, y no hay nada peor que una culpa secreta, que una no puede compartir con nadie en el mundo.
Tomás se ha olvidado de mí... Si no, hubiera venido ese día. Dios no va a perdonarme y me voy a quemar en el infierno... Dice la Superiora que el fuego te quema, pero que no consume la carne y que sufrís por toda la eternidad. No puedo dejar de mirar en el misal las almas que se queman en el infierno, desnudas, con la boca abierta y gritando desesperadas. Así me voy a quemar yo.
Hoy vino a acompañarme un ratito la Hermana Ruth, Teresita todavía para mí; no la dejan demasiado, porque acá hay mucho que hacer; los horarios son muy estrictos. Le dijeron que me leyera algo de la Biblia, pero ella se la pasó hablándome de Carmelita. La madre le dijo, cuando vino a verla, que el padre de Carmelita la está buscando y que cuando los encuentre, a él lo mata. Me puse a llorar cuando me lo contó. Me imaginé a Tomás muerto y me puse a llorar.
Teresita se excita cuando me cuenta: se le abren los ojos demasiado, le palpita el pecho debajo del hábito, no puede parar de hablar, de gesticular, de hacerse cruces, de mencionar que es el primo, que es incesto, que no tiene salvación, que tendrían que matarlos a los dos para dar el ejemplo. A mí me parece que debe hasta soñar con Carmelita, porque hay cosas que me cuenta que no puede saberlas, que se las imaginó... A veces, cuando uno no sabe, inventa, y cuando uno sabe, se calla... Ojalá Carmelita se haya ido muy lejos y no la encuentren nunca. Teresita me dijo: “Por mucho que se escapen, de Dios no se escapan”. De Dios nadie se escapa...
Si sigo así, me van a mandar a casa. Estoy muy flaca, muy demacrada y tienen miedo de que me muera. La Superiora me dijo que iban a hacer una excepción por las donaciones que ha hecho mi familia al Convento y por tratarse de una Yrigoyen , que se lo pidió mi padre y me iban a dejar salir hasta que estuviera mejor. No sé si quiero ir a casa... Tengo miedo... Porque si Tomás se entera y va, y me busca, yo no voy a resistir, no voy a resistir...
Lo peor es que, aunque parezca mentira, con lo mal que me siento, me la paso pensando en mi pelo sobre el piso de mármol de la Iglesia, y en qué va a decir Tomás cuando vea lo que me hicieron...
...................
- Mire, Señor, que yo no sé nada de la Niñña. No me busque más. ¿Usted sabe que pueden pegarme o hacerme cosas piores, si me ven con usted? Buena la haría si me ven con usted...
- Perdóneme, Lucita, es que estoy desesperrado... Usted sabe lo que pasó en la Iglesia. Yo iba dispuesto a todo, a arrancarla del altar, a llevármela conmigo...
- ¡Flor de escándalo se hubiera armado!
- Armando no me dejó ver a Soledad, me ameenazó con ir a mi casa y hablar con mi padre. No me hubiera importado eso; estoy dispuesto a decirle a cualquiera lo que siento por ella... Pero cuando sacó el arma...
- ¡Cruz Diablo! Las armas las carga el demmonio, Señor.
- Tuve miedo de que hiciera una locura. Arrmando estaba fuera de sí. Me dijo que él sabía hasta dónde habíamos llegado, que ella no se lo había dicho, pero que él lo intuía, que lo veía en los ojos de su hermana... Yo no pude negarlo, me callé...
- El que calla, otorga.
- Pero no me callé por cobarde, me callé ppor respeto y por vergüenza; porque yo sé que estuvo mal, que no debía haber hecho eso con Soledad, que tal vez de otra manera hubiéramos podido convencer a la familia...
- ¡Convencer a la familia! Usted no sabe llo que es el Sr. Yrigoyen, ni se lo imagina. Desde chiquita le había dado ese destino a la Niña. “Le voy a dar mi única hija a Dios”, decía. La señora, no... ¡Ah, no! Ella me parece que siempre sufrió en silencio, como sufrimos las mujeres. Pero nadie puede convencerlo, tiene una cabeza muy dura el Señor. Por eso, nunca la dejó tener amigas, ni ir al biógrafo, ni rizarse el pelo como las señoritas de su edad; no le dio demasiado cariño, para no acostumbrarla. Y no quería que nadies se lo diera.
- ¿Cómo así?
- Como le digo... Yo siempre la cuidé y lee hacía los bocaditos de dama que tanto le gustaban con el chocolate, y la acompañaba al convento y me hacía la tonta cuando la veía charlar con las otras novicias y veía que se reía de verdad, porque nunca se rió demasiado la Niña Soledad... Las picardías que hacía, yo se las escondía para que no la retaran, para que no le pusieran juicio porque iba a ser monja; era como si ya no perteneciera a este mundo, como si fuera propiedad de Dios. Y ella era solo una niña... nada más que eso... Fueron muy severos con ella... El Señor Armando también la cuidaba...
- La quiere mucho, ¿no?
- Como nadies... Por eso está tan enojado;; porque Soledad hizo algo sola, sin preguntar, en secreto. ¿Sabe lo que es eso para los hombres? Las mujeres nos tenemos que pasar la vida pidiendo permiso, Señor.
- Y, usted, Lucita, ¿qué piensa de eso?
- ¡Que hizo muy bien! Hizo lo que quiso siin pedirle permiso a nadies..
¡Hizo muy bien!
- Entonces, ayúdeme.
- Una cosa es una cosa, y otra cosa es otrra cosa, Señor...
- Dígame, por lo menos, si está en su casaa, si lo que me contaron es cierto y Soledad ha vuelto.
- ¡Virgen Santísima, claro que está! Pero muy enferma, muy enferma...
- ¿¡Enferma!?
- ¡Enferma! Las monjas la mandaron de vuellta, porque no podían con ella. No comía, tenía pesadillas terribles, le faltaba el aire, tenía suponsios... Se consume, Señor, se le fue el color, la vida... se consume... La Señora Marcela no sabé más qué hacer... la llamó a la hermana, a Flora, para que la ayude a cuidarla ¡Los médicos que llamaron! La iban a internar en el Múniz, pero el Señor no quiso... Ir al Múniz es como estar condenado. Lo de la fiebre amarilla no se olvida así no más...
- ¡Pero, ¿qué tiene?! ¿Tisis, anemia?
Por primera vez, lo miró a los ojos; eran unos ojos negros llenos de piedad.
- Nadie lo sabe, pero yo lo sé... Lo que ssabe una negra, no pueden imaginárselo los blancos...
- ...
- Está embarazada. La Niña Soledad está emmbarazada, y yo no me equivoco, Señor...
...................
- Dr. Fiorito, ¿tiene alguna novedadd? Por favor, trate de que mi hija no vaya al Múniz, se va a morir, se va a morir...
Lloraba desesperada. Desde que había vuelto a ver a Soledad, desde que estaba en la casa otra vez, se había convencido de su error. No tendría que haber permitido que la obligaran sin vocación y sin naturaleza apropiada a tomar los hábitos; no tendría que haberle permitido a Ramiro Yrigoyen, por muy Yrigoyen que fuera, a que hiciera con su hija esa locura. Soledad no era para eso; es una chica frágil, dulce, que necesita amor y atenciones, compañía... ¿Qué compañía va a tener en la clausura, qué clase de amor? Por eso es que está como está... Odiaba a su marido, lo odiaba profundamente, por ser Yrigoyen, por ser un empecinado, por adueñarse de su vida y de la vida de su hija... Lo odiaba...
- Por favor, Marcela, el Doctor Fiorito esstá hablando conmigo, no nos interrumpas...
- Es mi hija, también...
- ¡Marcela!
- Tranquilos... Me imagino que están nerviiosos por el estado de Soledad. Me han tenido muy desorientado sus síntomas... Pero, claro, finalmente he optado por atreverme a hacerle algunas revisaciones inusuales para los antecedentes de su hija, ya que conversar con ella es imposible...
- ¿¡Qué quiere decir!?
- Mi mujer está muy alterada; pasemos al eescritorio, Doctor...
- ¡No, no, no! ¿¡Qué quiere decir!?>
- Adelante, Doctor...
La fulminó con la mirada. Le cerró la puerta en la cara.
Te odio Ramiro Yrigoyen, te odio con toda mi alma...
..................
La tía Flora le repetía una y otra vez que su padre la había negado y que cuando esas cosas pasan es signo de malos tiempos; cuando en una familia un padre niega a un hijo vienen malos tiempos muy malos tiempos porque no es natural porque debe haber un motivo muy terrible. Y su padre la había negado “No es mi hija” había dicho y lo repetía una y otra vez. Y a su hermana, a la pobre Marcela, le impidió verte y una madre que no puede ver a su hija sufre tormentos atroces. Todo después después de hablar con el médico que menuda noticia le dio de vos, Soledad... Que yo no la creo pero vos debés saber y ni me atrevo a preguntártelo porque te podés ofender porque vos sos una monjita... y te están tratando como a una mujer y vos ya no sos una mujer... Claro que fue antes. Soledad, le decía, tenés que decirme si puede ser verdad porque si no le es yo te defiendo que para eso soy tu tía la hermana de tu madre y no voy a permitir que a mi sobrina la traten de... de... de eso... Me tendrías que decir la verdad Soledad a lo mejor necesitás decírselo a alguien confesarlo no digo que lo hayas hecho pero... Dios te perdone si lo hiciste y va a tardar años en perdonarte porque eso es lo peor que puede hacer una mujer entregarse es... es... lo peor... Yo no sé cómo es eso porque soy soltera Dios me libre saber una cosa así Dios me guarde y la Virgen Santísima... Y yo que estaba tan contenta de que habías dado tu castidad a Dios... Mirá qué sorpresa... Tu padre dijo que lo va a buscar y lo va a matar... me pidió que te pregunte dónde está me designó a mí para que te pregunte que si tenés un poco de dignidad que me lo digas que hombre tu padre tan altivo... tan... tan... particular. Así que es mejor que me lo digas alivia el pecado la verdad. ¿Y por qué llorás? ¡Porque lo quiere matar! En un duelo me imagino que en un duelo eso está permitido es legal es la ley de los hombres y él bien merecido se lo tiene por ofender a una niña casta... a una monja... sin consagrar en ese momento, pero ya monja... ¿Me lo vas a decir?
- ¿Por qué no puedo salir de esta habitaciión? ¡Hace cuatro meses que estoy entre estas cuatro paredes! ¿Por qué no puedo ver a mamá?
- Su padre lo prohibió. Yo y la tía Flora,, nadie más... ¿Se siente mejor?
- Mucho mejor... ¿Por qué le pusieron estoos cortinados de terciopelo a las ventanas? ¡No soporto no ver la luz, el jardín, las flores..!
- ¿El templete?
- El templete...
- Su padre no quiere que alguien sepa que está todavía en la casa. Le han dicho a todos que se ha ido al convento de nuevo, en Córdoba. Mire, Niña, esto va a ser así hasta que nazca el bebé, dispué no sé qué decirle. Su padre parece un demonio, no habla con nadies, ni a su madre le dirige la palabra. Están muy separados... No sé en qué van a terminar...
- Y yo traje la desgracia, ¿no? ¿Vos tambiién me lo vas a reprochar, Lucita?
- No, Niña, no se lo voy a reprochar... Laa comprendo... Yo tuve un novio, y sé lo que es el amor, lo que es estar loca de amor...
- ¿Y qué pasó?
- Se fue... Me colgó la galleta, como se ddice... Por eso la comprendo; además conocí a Tomás. ¡Ese hombre la quiere, yo se lo digo!
- Entonces, ayudame a verlo...
>- Dios nos proteja, Niña, si se entera su padre, nos mata a sopapos... Hoy, a las once, viene...
- ¡Viene, hoy! ¡Dios mío! ¿Qué va a decir cuando me vea..? Gorda, deforme, con el pelo tan corto, demacrada...
- Yo le aseguro que para él va a ser la muujer más linda del mundo; se lo aseguro, Niña... Quédese tranquila.
.................
- Lucita... ¿no duerme bien Soledad?
- ¿Y cómo quiere que duerma, Señora Marcella? Tanto tiempo encerrada...
- Es que a veces escucho ruidos en su habiitación... Yo también me desvelo; me llamó la atención la otra noche, escuché como voces...
- ¡Era yo! Cuando la veo desvelada, pobreccita, le llevo leche tibia y unos bocaditos de dama... Sabe cómo le gustan...
- ¿Vos la vigilás, no?
- ¡Claro! ¿Qué piensa?
- Nada... No pienso nada...
Por un momento, los ojos de las dos se encontraron. Para mentir, no hay nada mejor que unos ojos negros. Marcela sacudió la cabeza...
- Estupideces, pienso...
.................
Y fue mejor, mejor que la primera vez y que todas las otras veces. Será porque nos deseábamos tanto, porque nos habían separado, porque pensábamos que podía ser la última oportunidad... A mí me habían dicho que había dos clases de mujeres, solo dos: las honradas y las otras, las que fingían y las que no... Soledad no fingía; Soledad sentía lo que sentía yo. Esa noche, cuando nos volvimos a encontrar, supe un secreto muy particular de las mujeres, de mi mujer.
Lucita nos armó el encuentro. Estaba muerto de miedo cuando subía por la soga
hasta el balcón
(36),
no me importa confesarlo, pero tenía más miedo por ella que por mí. No me
importa morir en el duelo, pero que nadie la toque, que nadie se atreva a
tocarle un pelo...
Nunca la había visto tan hermosa... la había soñado tantas veces... Me dije, cuando la vi, que después de todo las mujeres podían cortarse el pelo, si eran mujeres como Soledad.
Ella tenía vergüenza de su aspecto, me pedía que no la mirara, que se sentía gorda, horrible; para mí nunca había estado tan atractiva. Ocultaba el vientre y yo no me cansaba de acariciarlo.
Le dije que íbamos a casarnos, me dijo que ella era una monja, que su padre no iba a permitirlo, que ni siquiera sabía qué iban a hacer con su hijo. Le dije que también era mi hijo y que nadie iba a separarme de él. Me dijo que nos lo iban a sacar, le prometí que yo no iba a permitirlo, que iba a hacer cualquier cosa, que nada me importaba, ni su padre, ni Armando, ni los Santos Evangelios. Le dije que Dios iba a ayudarnos, que no llorara más, que un hijo no era una culpa, que siempre era una bendición...
Le dije que era mi mujer, y ella me dijo que me amaba...
.................
Marcela y Ramiro, como los abuelos, dijo que se van a llamar y ni siquiera los nombres pude elegir, y estoy tan cansada y siento tanta vergüenza que no puede parar de llorar. Pero los van a bautizar para sacarles a ellos la culpa, pero ¿quién va a sacármela a mí? Papá no quiere que hable todavía con el Padre Pedro, pero yo quiero confesarme porque tengo miedo de morirme ahora y de irme al infierno, y quemarme ahí para siempre. Le prendió la vela a Santa Eulalia, para que me ayude y me dejen verlos de nuevo, una sola vez, aunque más no sea.
Y pensó que no los iba a ver más en su vida, que todo ese milagro al que había asistido era lo único que iba a quedarle y el mechoncito de pelo que Lucita les cortó a escondidas... Pensó también que la esperaba el convento, el encierro, el castigo y me dio miedo.
Se dijo que nunca iba a decirles dónde está Tomás, pasara lo que pasara, porque su padre y sus hermanos eran capaz de matarlo; si no pudieron lograr que confesara antes, menos ahora. Y aunque me vaya al infierno, lo que más querría es ver a Tomás, aunque se vaya al infierno ahora mismo y me queme ahí con el diablo rojo hiriéndome con el tridente, muerto de risa. Dios tendría que perdonarme, ¿por qué me dice tía Flora que van a pasar años antes de que te perdone? ¿Por qué es tan malo?, se preguntó.
19 (diecinueve)
Un beso a través del océano
Conse la había acompañado a la casa de Nelly en el barrio del Once. Estaba tan ansiosa que, a duras penas, la había podido detener para que no fuera a las tres de la mañana; la había convencido de que esperara, que si ahí estaban las cartas seguirían ahí, que nadie se las iba a llevar. Sin embargo, cuando llegaron a la puerta, esa mañana, Mayra se puso a temblar y casi no podía poner la llave en la cerradura...
- ¿Qué te pasa?
- Tengo miedo.
- ¿Miedo?
- Sí, Conse... Todavía siento la sensaciónn de la última vez que estuve acá con Mario, después del accidente... El día que lo conocí a Aníbal, el día que entraron y se llevaron el frasco de dulce... ¿Se da cuenta? Hay alguien muy peligroso detrás de todo esto; alguien que quiso matar a Nelly. Es inexplicable, ¿no? Pero alguien quiso matarla. Como mataron a mi madre, como tal vez me quieran matar a mí... ¿Y si el asunto de las cartas tiene algo que ver? Mario, ¿no le dice nada?
- No... Se mantuvo limpito...
- Está bien cerrada.
- ¿Dónde buscamos?
- Ni idea...
¿Vieron cuando uno busca y encuentra todo menos lo que busca?; ¿y se detiene a ver esto y aquello y se distrae y pierde el tiempo y casi se olvida de lo que estaba buscando? Y a veces no encuentra y a veces sí... A veces sí...
- Debajo de la cama hay una valija...
- ¿Marrón, de cuero?
- Sí...
- ¡La valija de mamá! No sabía que Nelly sse la había traído, ¡era tan vieja!
Pero allí se imponía la valija, en el piso no tan limpito de la pieza de Nelly. Cerrada, absolutamente cerrada.
- Hay que abrirla, traeme un cuchillo.
Detrás de la cerradura rota, un mundo de papeles, de fotos y de historias, de las fantásticas historias de esta novela.
- Si no están acá, no están en ninguna parrte... Mire, Conse, esta es mi madre cuando era joven.
La foto, en blanco y negro, chiquita y bastante ajada, recortada con esa tijera de serruchitos, mostraba a una pareja abrazada, en lo que parecía un campo o una ruta. Detrás, un Siam Di Tella, a dos colores, un verdadero lujo de los ‘60.
- Se la ve muy feliz... ¿Es tu padre?
- No... No lo sé... No lo conozco. Acá dicce junio de 1963... No había nacido. A él no se lo distingue muy bien...
- Esta foto ha sido muy besada... Todavía se ven restos de lápiz de labios...
En realidad, no. Conse los adivinaba más que los veía.
- ¿Será Nene?
- Por la fecha, es muy posible... <
- Entonces, este es el rostro de mi padre.... Pero busquemos las cartas.
Revolvía sin descanso, pero no dejaba de mirar la foto de reojo, una y otra vez. Si su madre, como decía Conse, la había besado tanto, era porque estaba muy enamorada y porque estuvo separada de él... Podía ser Nene... A pesar de los años, de los besos (supuestos o no), de las arrugas del tiempo y de la pasión, esos ojos se encontraban claramente con los suyos y tenían algo mágico para ella.
- No puedo dejar de mirarla.
- Llevátela; alguien tiene que conocer a eese hombre. Busquemos ahora las cartas, que para eso vinimos. Acá hay unas cuantas... A ver... No... 24 de diciembre de 1911... Son muy viejas.
- ¡24 de diciembre de 1911!
- No sirven, no pierdas el tiempo...
- No, Conse, si mamá las guardaba eran parrte de su historia, y de la mía también, estoy segura...Veamos:
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Bilbao, 24 de diciembre de 1911
Soledad, mi amor: No puedo creer que hace tanto tiempo que estamos separados. Hoy hace un año, ¿te acordás? Todavía me acuerdo, como si hubiera sido ayer, cuando te vi detrás de la mantilla. No podía creer que hubiera una mujer tan hermosa y que la tuviera tan cerca. Fui muy atrevido ese día, demasiado, pero no me arrepiento de nada. Nada de lo que tengo, y que agradezco, lo tendría si ese día no hubiera sido tan atrevido. No cuento lo que he perdido, porque estoy seguro de que algún día voy a recuperarlo. Como te dije, Pepita es una verdadera madre para nuestro hijo, lo cuida muy bien y trata de darle todo el cariño que tanto le falta. No es igual, como te imaginarás, pero es algo. Lo bautizamos en la Catedral el 20; tuve que decir que era adoptado, porque si no no lo hubieran aceptado. ¡Esas cuestiones inexplicables de la Santa Iglesia..! Pero lo hice, como me lo pediste. He cumplido con todo, mi amor, pero por mucho que te parezca peligroso, no puedo dejar de escribirte. Lucita es lo suficientemente avispada para que las cartas te lleguen sin problemas y no las intercepte tu padre. ¿Sabés de quién recibí carta? De Agustín Sanlúcar, el marido de Carmelita. Aunque no lo creas, tenemos un amigo en común en Madrid; Carmelita te reconoció en nuestra historia y le pidió nuestra dirección. Se casaron inmediatamente que llegaron a España, pero se ocultan de todos. Supongo que se habrán conectado conmigo, porque saben que puedo entenderlos. Me dijo que se enteraron de que te quieren enviar al Convento de nuevo. No permitas eso, mi amor, no podés aceptarlo. Tarde o temprano tenés que convencer a tu padre o tenés que escaparte. Nadie puede ser una monja consagrada, como vos decís, si es una madre. Además, ¿te van a separar de Marcela? Es cruel... ¿Sabés qué me da vueltas en la cabeza y no me deja dormir? Como te comí la mano a besos a través de la ventana del Convento... No me puedo olvidar de esa mano... Mi hijo te necesita , y yo necesito a mi hija y a su madre. Un beso a través del océano, Tomás.
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- ¡Guau! Toda una historia, ¿no?
- Sí... Por lo que entiendo es una pareja a la que separaron y que tiene dos hijos. Lo raro es lo de la “monja consagrada”. No se explica, y menos en esa época... No creo que en esa época aceptaran que tomara los hábitos una mujer con dos hijos.
- Tal vez los ocultaba.
- Uno... ¡Pero, dos!
- Sí, es raro... El la ama... No hay duda.. Ese beso debe haber evaporado el océano...
Estaba como extasiada. Casi no se daba cuenta de que Conse la miraba con tanta atención.
- ¿Estás enamorada, Mayra?
Conse era muy estricta, era Concha Consuelo Pazo, una española de ley, pero no se le escapaban los suspiros, sí que no...
- No... No sé... Puede ser...
Pero no de Mario... Sí que no...
...............
Se llevaron todo, casi todo. Hasta la valija, casi todo.
Pero nada de lo que buscaban.
Cuando eso le dijo Conse a Mayra, Mayra le respondió que no importaba, que habían encontrado otras cartas, otra historia, que a lo mejor era después de todo la misma o parte de la misma o uno de sus enigmas. Conse la miró con curiosidad, porque no entendía, porque nadie puede entender mejor una historia que alguien que forma parte de ella. Y Conse no tenía nada que ver y Mayra, mucho, como suponen.
Sin darse cuenta, en el apuro, en el secreto miedo que uno le tiene a las casa vacías, se llevaron exactamente lo que se tenían que llevar, pero claro, no podían saberlo con seguridad.
.................
Esa noche, después de sentir la mano de Mario que rozaba la suya disimulado, casi por equivocación, cuando se chocaron en la puerta de la cocina al levantarse de la mesa; después de lavarse el pelo, mirarse al espejo para peinarse y ver a la otra, a la misma, a la que esperaba para tener por fin una respuesta, como le sucedía siempre que se miraba en un espejo desde que se habían encontrado por primera vez; después de meterse en la cama y no poder dormir y dar mil vueltas y no poder dormir... después de todo eso, Mayra hizo tres cosas...
La llamó a Pilar y escuchó que esa tarde se había encontrado con Julián y que le había preguntado muy interesadito por ella y si no te podía avisar pero que no le diera bola a ese tipo que era un hijo de puta que se había quedado calentito desde el cole y nada más; que ella, Pilar, sabía que andaba con una que está por tener un hijo y que es de él seguro que yo la conozco porque es amiga de una amiga mía, una reventada.
Lo llamó a Aníbal y muy bajito escuchó que le decía si quería que la hiciera temblar de nuevo y ella le dijo que no que cómo se le ocurría y él le preguntó por qué lo llamaba si no quería y que era un bombón y que se la quería comer. Y Mayra sintió que finalmente sabía lo que era la tentación, la que no tiene que ver con el chocolate, claro.
Abrió la valija, la infinita valija de Perla, repleta de historias que no vamos a poder contar, que ni siquiera vamos a tener tiempo de presuponer, porque estamos muy ocupados, ocupadísimos con esta, y revolvió hasta encontrar lo que buscaba, que no sabía realmente qué era: una foto envuelta en una carta...
La foto tenía ese color sepia, inconfundible, de las fotos entre el daguerrotipo y el flash; tenía esa hermosura, inconfundible, del pasado, de la inocencia del pasado cuando todavía las fotos soñaban con la inmortalidad. Un hombre joven, alto y elegante debajo de la galera, alzaba orgulloso a un bebé, lleno de puntillas y de cuidados; se lo veía sonreír, pero Mayra pensó que era una sonrisa triste. Lo miró atentamente: le reconoció ciertos destellos de la mirada, cierto gesto imperceptible de la comisura de los labios, cierta manera de pararse y de echar la cabeza hacia atrás. Lo sintió suyo, pero no sabía por qué...
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No puedo dormir; no dejo de ver en la ventana la imagen de la foto. Una y otra vez el hombre alza al bebé, lo besa con inmensa tristeza, le arregla con ayuda de una mujer la ropita, intenta sonreír, lo intenta con un esfuerzo terrible, finalmente lo consigue justo con la luz del magnesio. El fogonazo me borra la escena y me la vuelve a repetir. No puedo dejar de verla una y otra vez. Y detrás, a veces, entre la luz y la sombra aparece mamá y Mayra y yo, y no sé por qué...
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Con la mañana encontró los pedazos incompletos de una carta rota. Le llamaron la atención la letra temblorosa, insegura; las palabras borroneadas de la tinta negra; el color amarillento, casi muerto del papel; el misterio de lo poco que se decía y de lo mucho que se podía suponer.
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Esta carta llegará a vos, y es pero es demasiado tarde. Nunca más la vi y esa ansiedad |
Me dicen que es muy grave y conta A veces no puedo respirar; lo ideal Pero papá no quiere que salga del¡Qué importa si me ven! Nadie me ayuda a luchar por mi vida, ¿para qué quiero vivir sin vos? |
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Cuidalo, Hablale, Que no se olvide Nunca Un beso |
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10 de noviembre de Tomás, mi amor: |
20 (veinte)
La llave y el príncipe
- Te digo la verdad, Mayra, es una historiia de novela esta. No se puede creer... ¿Sabés qué me alucino yo? Que esta es una historia de amor de aquellas, bien dramática, bien para llorar. Ella es una monja, seguro; al principio pensé que él era un cura, era redondo que fuera un cura, pero después me di cuenta de que no es posible, porque si no no hubiera podido hacerse cargo del hijo, así nomás. Así que ella es monja, pero él no... incluso parece que no era muy chupa cirios, que se lo interpreta a Dios como le conviene, ¿entendés? Para la época, claro... Se conocieron en la iglesia, por eso dice lo de la mantilla. Es así; cuanto más prohibido, más te gusta. Eso dice mi psicólogo, así después te sentís BIEN culpable... Bueno, siguiendo con la historia: ellos se conocen en misa, un 24 de diciembre de 1910; la carta esta es de un año después, ¿te acordás? Se enamoran, y se vuelven a encontrar...
- ¿Cómo? ¿Si ella está en el Convento?
- De los Conventos se sale, mamita. Porquee vos hayas estado internada como una desgraciada durante años, no quiere decir...
- ¡En 1910!
- De los Conventos se salió, se sale y se saldrá... ¡Avivate, Mayra, de una vez! Aunque, tenés razón... Es posible que ella no hubiera tomado los hábitos todavía, que estuviera en su casa, que tuvieran algún lugar para verse...
- Tenés demasiada imaginación, Pilar.
- ¿Te dije que quiero ser escritora? Buenoo, no importa eso ahora. La cuestión es que queda embarazada. En ese entonces, las mujeres eran unas pelotudas que no sabían nada... Decime, Mayra, vos te habrás cuidado con...
- No estamos hablando de eso, seguí...
- Pero vamos a hablar de eso, porque me paarece que vos sos medio romántica, y en la vida hay que ser práctica, nena... Bueno, ella queda embarazada y trata de ocultarlo, pero...
- ¡Son mellizos!
Por primera vez, Pilar respiró... Suspiró resignada...
- Dios los castigó.
- ¿Dios castigó el amor?
- Dios castigaba así en esa época.<
- ¿Y ahora?
- Ahora Dios no existe, Mayra...
- ¡No seas hereje, Pilar!
- ¡Ay, Mayra! Me alucina esta forma tuya dde ver la vida. Te quedaste pegada al Colegio, a las monjas, vos... Bueno, reconozco que después de lo de Aníbal, por fin te estás despertando un poco... Pero, te falta... te falta un toco... ¿Cómo sigue?
- El debe de haber querido hablar con los padres, ¿no? Parece que se sentía muy responsable de lo que había hecho...
- Y ella no lo dejó.
- Y... ¿por qué no lo hizo igual?/p>
- Las mujeres manejan a los hombres, Mayraa, ¡por favor! Además, finalmente, él se batió a duelo con el padre o con Armando, que debe ser el hermano mayor; ella quería evitar eso. La cuestión es que le dieron al pibe, se fue a Bilbao, y ella se quedó con la nena... Pero, me parece que no por mucho tiempo... Es un poco triste lo que me imagino... Claro que nos faltan cartas, nos faltan partes de la historia...
- Nos falta saber qué tiene que ver esto ccon mamá.
- Y con vos... Si es su historia es la tuyya...
- Otra historia de mellizos separados. ¿Tee das cuenta? ¿Se habrán encontrado alguna vez?
- ¡Es verdad! ¡Qué familia la de ustedes! Mirá que tienen cada quilombo... ¿Estás segura de que no hay ninguna carta más?
- No vi ninguna más, pero acá hay una fotoo...
- ¡Soledad! Seguro que es ella.
>Era una foto familiar, de color sepia, muy típica por otra parte... El padre de bigotes largos y retorcidos, cuello duro y traje negro, orgulloso en el centro; a ambos lados los hijos varones, su vivo retrato, tratando de imitarlo en todo, en la postura, en la forma de entrelazarse las manos, en la manera de cruzar las piernas; atrás, de pie, dos mujeres: la madre, con un cuello apuntillado casi hasta la barbilla, una gran cruz en el pecho y una mirada adusta, atrevidamente inconforme; la hija, la menor, con los ojos brillantes y una semisonrisa, como si no estuviera en la foto, como si estuviera en otra parte; era la única que no posaba; debe haber sido la única que ni vio la explosión del magnesio, como si estuviera viendo otra luz.
- ¿Cómo sabés?
- Tiene cara de enamorada.
- ¡No me hagas reír, Pilar! ¿Cómo es la caara de enamorada?
- Como la de ella... ¿No ves que está en ootra parte?, ¿qué le importa un pomo la foto? Esta mina está en otra, está pensando en Tomás... Mirale los ojos... Se está acordando de algo...
- ¡No lo puedo creer!
- ¿Cuánto te juego que esta foto fue sacadda después de que conoció a Tomás? ¿Cuánto te juego? ¿Tiene alguna fecha?
- Sí... acá atrás... Familia Yrigoyen: Rammiro y Marcela Yrigoyen y sus hijos: Armando, Andrés y ¡Soledad!... 31 de diciembre de 1910... Se la sacaron para el fin de año...
- ¡Porque ella se iba de monja! Querían unna última foto familiar... Entonces, como pensábamos, ella no había tomado los hábitos cuando lo conoció; se los hicieron tomar igual... ¿te das cuenta? ¡Qué castración! ¡Cuándo se lo cuente al psicólogo..! El viejo tiene cara de hijo de puta; la madre no lo aguanta...
- ¿Te parece? Soledad es muy hermosa...
- Me encantan estos vestidos; ¿viste los qque hay en San Telmo? Me los compraría todos... ¿Sabés una cosa? Esta mina se parece a vos...
- ¡Estás loca!
- Sí, un poco loca estoy... ¿Nada más?
- No... Pero si querés busquemos de nuevo....
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No hay nada mejor que unas manos chiquitas para revolver, hurgar, meterse bien adentro de los cajones, las carteras o las valijas viejas. No hay nada mejor que unos dedos finitos para entrar donde nadie entra, donde sólo hay polvo olvidado y cosas irrecuperables. No hay nada mejor que unas uñas largas, bien esmaltadas, para escarbar hasta las ultimas consecuencias. Y Pilar tenía manos chiquitas, dedos finitos y uñas bien largas y bien rojas. Así que, nadie mejor que ella para encontrar lo que encontró...
- ¡Mirá esta cajita!
De cartón verde, con adornos en dorado tipo filigrana, parecía una de esas cajitas herméticas de joyería, que guardan anillos o aros de oro. En el centro, un nombre.
- Casa Escasany... ¿Sabés qué es?
- No... Abrila...
Adentro, una llave.
- ¡Una llave! ¡Qué raro poner una llave enn una cajita!
- A no ser que uno no quiera perderla.
- Capaz que es una llave muy importante....
- ¿Será de la valija?
- No, es muy grande para que sea de la vallija. Es una llave antigua, parece de un cofre o algo así... Es una llave muy rara...
- A lo mejor, esta llave abre la cerraduraa del lugar donde se encuentran las cartas, las otras, las que realmente estoy buscando...
- A lo mejor... Mostrame la foto de nuevo...
- ¡Qué foto?
- La que tiene a Soledad... Acá está, yo ssabía... ¿Ves en esta mesita? ¡Hay un cofre, un cofre antiguo! Esta llave es de este cofre...
- Decime, Pilar, ¿vos te drogás?
A pesar de todo, pensó en mostrarle la foto a Nelly, para ver si sabía dónde estaba ese cofre; pensó en mostrarle la llave a Mario; él era detective, él tenía que darse cuenta, él podía ir más allá de las conjeturas y los delirios de Pilar. Si no le hubiera pasado lo que le pasó con Aníbal y con Julián lo hubiera hecho y hubiera encontrado finalmente las cartas y se hubiera enterado de la verdad y (- … Y nos hubiera desarmado la novela...).
……………………….
- Yo no puedo hacer eso, vieja.../p>
- Tenés que hacerlo... Por mí, tenés que hhacerlo...
- ¿Hasta cuándo vas a estar dependiendo dee ese hijo de puta que te dejó en la calle?
- Por lo menos nos deja vivir acá... ¿Qué haríamos si nos saca el departamentito?
- ¡Es tuyo el departamento! El viejo lo coompró... con el sudor de su frente lo compró...
- Sí, pero viste que lo hizo firmar no sé qué, cuando estaba en cama, tan mal que estaba, pobrecito. Le dijo que era para que no gastáramos en la sucesión... ¿te acordás?
- ¡Hijo de puta! Si lo agarro, lo...
- Nada, no hacés nada...
- ¿Y cómo se enteró?
- No sé, parece que te vieron en el baile.... Ellos siempre andan en la noche... Es muy peligroso el tío, muy peligroso, Aníbal. Te lo tenés que meter en la cabeza eso, vos. Y tenés que sacarte lo otro de la cabeza, ya me entendés...
- ¿Pero cómo voy a renunciar al amor de mii vida?
Lo miró con tristeza...
- Eso... Sos muy joven, hijo... Ya va a paarecer otra...
- No quiero a otra...
- Pero a esa no la podés querer... Esa es de Julián...
Caminaba, casi corría, otra vez en medio de la lluvia. Mirá, piba, yo soy un bruto, un colectivero, un tipo sin futuro soy yo... No sabía exactamente dónde estaba el bar, si se había bajado bien, si llegaba a horario; no quería que la esperara demasiado: ella siempre había sido puntualvos te merecés un dotor, ¿me entendés? Tenés que buscarte a alguien mejor que yo, mi amor¿Y si se había ido, y si no la esperaba? Tanto tiempo para ese momento, y llegar tarde... ¿Por qué me decía “mi amor”, si me estaba abandonando?No llorés, Mayra, no perdés nada con perderme a míAhí está, “La Biela”, ese es, pero ya debe haberse ido, seguro...Si llorás, me rompés el corazón. Para mí, vos sosEntró; sintió que entraba en otro siglo, en un lugar fuera del tiempo, absolutamente extrañouna princesa, pero yo no soy un príncipe, soy un pobre tipo yo... ¿Te puedo dar un beso, un último beso?No, le dijo que no, y se moría por que se lo diera, pero le dijo que no y él se lo dio igual y la hizo temblar como solo él sabía hacerla temblar, despacito, como una hoja, como el agua en el mar cuando llega a la arena con toda la espuma justo antes de irse otra vez¿Y si nos despedimos mejor?pero nos despedimos, ¿por qué nos despedimos, Aníbal?¿sabés que sos lo mejor de mi vida, piba, que voy a estar muerto sin vos?Pero me dejás, me abandonás, todos se van, todos... Y ahí estaba Julián, un poco perdido entre la nube de personas que se atosigaban por mostrar que estaban allí, en “La Biela”, en el corazón aristocrático de Buenos Aires. No se atrevió a mirarlo a los ojospor lo menos yo te enseñé lo que es el amor, ningún príncipe te lo enseñó y eso no me lo saca nadieno era lo mismo, ya no era igual; ahora ella sabía, y lo que sabía no se lo habían enseñado en el colegio ni se lo había enseñado él en la Plaza Francia... Lo vio levantarse, sonreírle, darle un beso, acariciarle levemente el pelome gustaría decirte algo lindo y lo único que se me ocurre es que es lo mejor, que es para tu bien... soy un boludo, Mayra; lo sintió extraño, tan extraño como ese lugar, tan distante en el tiempo como si hubieran pasado siglos desde la última vez. Se dio cuenta de que ella era otra Mayra y de que él era otro Juliánpero si alguna vez alguien te hace daño, vos me llamás y ahí va a estar Aníbal, el de siempre, mi amor.
.................
- ¿Te sorprendí?
- Un poco... Después de que nos vimos ese día, que te mandó tu tío, no apareciste más... La verdad que yo no pude tomar el trabajo y...
- No importa, Mayra. De todas maneras, no sé si hubieras podido manejarte con Francis...
- ¿Cómo está Francis?
- Cada vez peor. Lo que pasa es que no es solo Francis. Ella, pobrecita, no se da demasiada cuenta de lo que pasa; está siempre ahí, en el sillón o en la cama, con la mirada tan perdida que asusta. Es toda una historia cambiarla, darle de comer, hacerle hacer el mínimo movimiento... Cuando tiene las convulsiones es fatal, un bajón... Pero la historia es mi tía...
- Matilde.
- Sí, ¡cómo te acordás! Tía Matilde nunca lo superó. Habla de ella como si fuera normal, como si no pasara nada; se la pasa diciendo que cuando se recupere van a hacer una fiesta con todo... ¡Qué se yo! Una locura... Las peleas con el tío son un infierno.
- ¿Por qué?
- Se la pasan echándose la culpa. <
- Pero nadie tiene la culpa, fue una desgrracia...
- Hacéselo entender a la tía... Carlos es siempre el culpable: que los disgustos cuando estaba embarazada, que en el parto estuvo sola, que es un delincuente...
- ¿Y por qué en el parto estuvo sola? ¿Dónnde estaba Carlos?
- No sé... ¡Cosa de ellos! Bueno, Mayra, ppero yo no vine a hablar de mi tío... Tengo algo que proponerte, mi amor; algo muy importante para mí, algo que tenemos pendiente vos y yo...
Le acarició la mano. Mayra sintió en su piel la piel de Aníbal; eso, exactamente, sintió.
...............
Y le dijo que sí. Porque pensó que los sueños hay que cumplirlos; porque pensó que nunca iba a poder girar esa llave, que nunca iba a volver a ver a su hermana, que nunca iba a saber la verdadera historia de su historia; porque se convenció de que tenía que buscar un lugar seguro para quedarse, donde no tuviera frío en invierno, donde nunca más la asustaran sus propios pasos de noche en la calle, donde no hubiera oscuridad ni sombras ni miedos. Porque quería ser más feliz que su madre y tener más hijos y que todos sus hijos fueran felices y vivieran todos juntos y nunca se separaran. Le dijo que sí porque no quería sentirse abandonada, porque quería sentirse una princesa y esas princesas no existen... Y se equivocó.