Marcela y Ramiro, como los abuelos, dijo que se van a llamar y ni siquiera los nombres pude elegir, y estoy tan cansada y siento tanta vergüenza que no puede parar de llorar. Pero los van a bautizar para sacarles a ellos la culpa, pero ¿quién va a sacármela a mí? Papá no quiere que hable todavía con el Padre Pedro, pero yo quiero confesarme porque tengo miedo de morirme ahora y de irme al infierno, y quemarme ahí para siempre. Le prendió la vela a Santa Eulalia, para que me ayude y me dejen verlos de nuevo, una sola vez, aunque más no sea.

Y pensó que no los iba a ver más en su vida, que todo ese milagro al que había asistido era lo único que iba a quedarle y el mechoncito de pelo que Lucita les cortó a escondidas... Pensó también que la esperaba el convento, el encierro, el castigo y me dio miedo.

Se dijo que nunca iba a decirles dónde está Tomás, pasara lo que pasara, porque su padre y sus hermanos eran capaces de matarlo; si no pudieron lograr que confesara antes, menos ahora. Y aunque me vaya al infierno, lo que más querría es ver a Tomás, aunque se vaya al infierno ahora mismo y me queme ahí con el diablo rojo hiriéndome con el tridente, muerto de risa. Dios tendría que perdonarme, ¿por qué me dice tía Flora que van a pasar años antes de que te perdone? ¿Por qué es tan malo?, se preguntó.

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