- ¿Y por qué no lo convenciste, por qué no fuiste a ver a la vieja esa y le dijiste que Tito era tuyo y nada más que tuyo? Si te había regalado el solitario, era porque te quería de veras, ¿no?
- Ya no lo sé... Mirá, Perla, cuando él me dijo que no se podía casar conmigo, se me vino el mundo encima. Me di cuenta de que me quedaba soltera, para vestir santos... Mis hermanas, hasta las menores que yo, se habían casado todas. Mi mamá casí lo mata; fue a golpearles la puerta y a decirles que yo lo dejaba a él, que yo lo plantaba en el altar.
- Tu mamá era brava...
- Muy brava... ¡Un carácter! Yo quería devolverle el solitario, yo no le tenía rencor...
- Vos lo querías ver de nuevo.
- A lo mejor... Pero mamá no me dejó; “Algún día podés necesitarlo”, me dijo, “eso siempre es plata”. Y yo le hice caso. Yo siempre le hice caso a mamá.
- ¡Y eso que vos también sos de carácter!
- Sí, me peleaba mucho con mamá, pero siempre terminaba haciendo lo que ella quería. No se la podía contradecir, no te dejaba.