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Después
de
la Segunda Guerra
Mundial, los aliados triunfantes llevaron a numerosos criminales
de guerra nazis ante el célebre Tribunal de Nüremberg
y en otras instancias judiciales. Casi todos eran hombres. Una de
las pocas mujeres enjuiciadas y condenadas por crímenes contra la
humanidad fue Irma Grese, quien cometió múltiples y atroces
delitos durante el tiempo en que se desempeñó como supervisora
en los campos de concentración de Birkenau, en Auschwitz,
así como en Bergen-Belsen y Ravensbrück.
Durante el juicio, realizado al término
de la guerra en Nüremberg, dio pormenores de su vida antes de
trabajar en los campos de concentración: nació el 17 de octubre
de 1923 y terminó la escuela elemental en 1938, dos años después
del fallecimiento de su madre, quien dejó en la orfandad a dos
pequeñas (Irma era una de ellas) y dos niños. Después de la
escuela, la joven desempeñó pequeños y efímeros trabajos en
una granja, en un hospital y en una lechería. Eran ya los tiempos
de la guerra. En Alemania, como en todos los países involucrados
en el conflicto, los brazos masculinos escaseaban porque se
encontraban, en su mayoría, en los frentes de batalla. En 1942,
la Oficina
del Trabajo del Tercer Reich envió a Irma a trabajar en el campo
de concentración de Ravensbrück, en donde empezó con tareas
administrativas elementales.
Allí, la muchacha experimentó una
transformación significativa. Años después, durante su juicio,
su hermana Helena relató que, mientras Irma trabajó en Ravensbrück,
la vio sólo en una ocasión, cuando fue a visitar la casa
familiar en disfrute de un permiso. El padre de ambas se disgustó
al ver cómo su hija se pavoneaba en uniforme de las S.S. Aquella
joven se había adherido con fervor a la causa nazi.
Tras un periodo de aprendizaje, en marzo
de 1943, Irma fue enviada al tristemente célebre campo de
Auschwitz, en donde comenzó realizando labores de control de
provisiones y manejo de correo. Poco después fue nombrada
supervisora (SS Oberaufseherin).
Aunque todavía no cumplía veinte años, su “carrera” iba en
ascenso.
Las nuevas responsabilidades de Irma incluían
el control directo de las prisioneras así como la selección de
las condenadas a la cámara de gas. Durante su juicio, Irma negó
enfáticamente este hecho y dijo que sólo indirectamente, por
boca de las propias prisioneras, había tenido noticia de las
ejecuciones en masa.
Pero los testimonios de las supervivientes
del Holocausto indican otra cosa: acompañada de un perro de
ataque, Irma golpeaba brutalmente a las reclusas con su fuete
“ligero”, hecho de celofán. El más mínimo pretexto era
suficiente para desencadenar el castigo, que las más de las veces
conducía a la muerte.
Fue imposible determinar la
responsabilidad de Irma en un número concreto de asesinatos. Se
dice que los cometía a un ritmo promedio de treinta al día. El galpón C
del campo Birkenau de Auschwitz, en donde ella “trabajaba”,
tenía capacidad para 30 mil prisioneras. El número total de víctimas
en los tres campos que se ubicaban en el pueblo de Oswiecim,
rebautizado como Auschwitz, se estima entre 1 millón y 1.5
millones de personas, que en su mayoría murieron en las cámaras
de gas.
Durante un breve lapso, Irma regresó a
Ravensbrück, a
90 kilómetros
al norte de Berlín, y luego fue enviada a Bergen-Belsen, cerca de
Hannover, Alemania. Luego, permaneció en Birkenau hasta el final
de la guerra.
Fue arrestada por los ingleses y juzgada
en septiembre de 1945, junto con el comandante de Bergen-Belsen,
Josef Kramer y otros cuarenta oficiales; fue condenada y colgada
el viernes 13 de diciembre de ese mismo año por el verdugo británco
Albert Perrepoint, junto con otras dos mujeres alemanas, las
enfermeras Elisabeth Volkenrath y Juana Bormann. Irma Grese tenía
21 años.
Ciertamente, durante su juicio, ella negó
todos los cargos de asesinato pero, aún condenada, no renegó de
la ideología nazi y, en su celda, la víspera de su ejecución,
entonaba los cantos marciales de las temibles SS.
Se ha afirmado que la criminal mantuvo
relaciones amorosas con el doctor Joseph
Mengele, “El Angel de
la Muerte
”, responsable de vivisecciones y experimentos con enfermedades en
los judíos del campo. Sin embargo no hay pruebas directas de esta
relación. De lo que sí quedan testimonios ciertos es de la
belleza de sus facciones, endurecidas por un gesto de ferocidad y
desafío. La prensa la bautizó como “El
ángel rubio de Auschwitz”.
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