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Literatura/Biografía

 Memorias en deporte blanco

Desertó de la opresión comunista en su país natal para luego conquistar todos los torneos posibles del tenis profesional. En esta biografía, Martina Navratilova cuenta cómo ganó todos los sets que se propuso, tanto en la cancha como fuera de ella 

Martina
Martina Navratilova and George Vecsay
Fawcett Crest/1985

JULIO, 2012. Consumido por las grillas internas y los favoritismos, el tenis mexicano se encuentra empantanado desde hace buen tiempo. Atrás quedaron esos días en que gente como el "Pelón" Osuna y Ramón Ramírez (tan suertudo que luego se ligó a la ex Universo Maritza Sayalero) figuraban entre los mejores del ranking mundial. Y si de tenistas varones ha salido apenas un puñado, de tenistas mujeres, la verdad, se carece de registros importantes en este país. Mientras en el mundo nombres como Seles, Sabatini y Kurnikova dieron días de gloria a ese deporte en su rama femenil, por acá nos la pasamos con el farol apagado. Algún día tendremos una tenista de respeto pero por el momento ese día se ve lejano.

Pero antes de esas tenistas modelos donde Sabatini incluso lanzó una línea de perfumes, estuvo otra de gran peso y talento, trátese de Maria Shriver, Chris Evert y Martina Navratilova. De ésta última recordamos el fuerte rumor, allá a inicios de los 80, que en realidad se había cambiado de sexo dado su aspecto hombruno, su voz grave y sus facciones un tanto masculinas. Lo cierto es que años después Navratilova aceptó que tenía una pareja de su propio sexo y que sí, había nacido mujer, por lo que pidió respeto a su condición. Se llamó feminista pero a diferencia de otras simpatizantes, se asumió como conservadora; no por nada la tenista escapó de Chescolovaquia, hoy República Checa, un país comunista de línea totalmente apegada a Moscú.

En nuestros países el tenis suele ser considerado un deporte elitista y aburguesado, algo así como el primo del golf que solo se juega en clubes caros y que practican millonarios que no saben en qué matar su tiempo. En la Chescolovaquia de la guerra fría ocurría exactamente lo contrario: el Estado apoyó la enseñanza y práctica del tenis, quizá a manera de enfrentar a los odiados capitalistas en sus disciplinas, tal vez para enseñar a la mente a mantenerse fría en momentos de gran tensión o, como dijera en alguna ocasión Steve Wulf, ex periodista de Sports Illustrated, "para permitir al mundo admirar las piernas de sus atletas". De hecho Agnes Semanska, abuela de Navratilova, no solo se convertirá en leyenda nacional sino que en 1962 competirá en Wimbledon. Pero para evitar que se dejara seducir por Occidente, a su regreso el Estado evitó que se convirtiera en profesional, enviándola a una fábrica so pena de perder su pensión. 

La pasión por el tenis corría en las venas de los Navratilovo --en aquellos países la "o" del apellido cambia a "a" cuando se trata de una mujer-- tanto así que la abuela exige a su hija a que también alcance la grandeza pero ella se niega y prefiere irse a esquiar, una actividad mucho más relajante. Poco después nace Martina y meses después el padre abandona a la familia de modo que ella vivirá al lado de un padrastro al que llamará "segundo padre". En sus primeros años Martina acompañará a su madre a esquiar pero en cuanto toca una raqueta por primera vez, escribe, "sentí una especie de descarga eléctrica pese a mi corta edad". Su familia nota una habilidad nata de Martina con la raqueta: a los 9 años es enviada a practicar con George Parma y su técnica se perfecciona de modo que la nieta se ve encaminada a hacer lo que la abuela no pudo. El obstáculo más visible: un Estado opresor que --otra más de sus incongruencias-- promueve un deporte individualista como el tenis pero que detiene en seco y recuerda al atleta que es parte de una colectividad.

La admiración de Martina por Estados Unidos la siente desde temprana edad. Le atraen las enormes praderas que ve en las películas y los grandes desiertos, desconocidos en su país, le hacen pensar en un gigantesco lote baldío con un tremendo potencial: "Había una chica en uno de los torneos cuya familia vivió en Filadelfia para regresar años después. Me encantaba hablar con ella sobre Filadelfia, así como escribir ese nombre y decirlo en voz alta; incluso podía deletrearlo correctamente. En ese tiempo, vivir en Filadelfia hubiera sido lo más grande para mí". Aquellas impresiones, escribe más adelante, "no encajaban precisamente con lo que nos decían nuestros profesores". Se traza entonces el objetivo de vivir en aquel lejano país, "una parte de mí sabía que eso exactamente es lo que iba a suceder". Lo que termina de convencerla es la invasión soviética de 1968 tras una serie de manifestaciones con las que simpatizaba la tenista: "De repente el sueño del 'socialismo democrático' termina y acabamos, como dijo Orwell, con una bota eterna sobre nuestras caras".

En 1969 sale por primera vez del país a un torneo en Alemania Federal y entra a un mundo completamente diferente a donde se podía ingresar a una tienda y comprar lo que uno quiera sin pensar que pudiera estar racionado. Ahí ve por primera a los negros norteamericanos de una base militar cercana que manejan sus propios autos y platican despreocupadamente con otros soldados blancos e hispanos. Martina describe ese shock entre lo que le decían en la escuela y lo que vio en realidad: "Un profesor afirmaba que los negros vivían en ghettos donde vivían peor que sus contrapartes en África y aquí los veo manejando un Mercedes o un BMW. Y como si previera la llegada de las hermanas Williams --esta biografía fue escrita en 1985-- señala que "no me sorprendería que la siguiente estrella del tenis fuera una mujer negra que empezara a tomar lecciones a los 9 o a los 10 años, como ocurrió conmigo".

En 1973 finalmente viaja a Estados Unidos, a un torneo en la Florida y entra a un 7-Eleven, experiencia que la convence que se encuentra en casa. A unas horas de terminar la competencia Martina pide asilo político una vez que asegura un contrato con una promotora local. "Dejé atrás al mundo de mis padres, de mis recuerdos y de muchas cosas que no pude traer conmigo", escribe, aunque segura que sus padres y su abuela, a la que adora, puedan visitarla algún día. Ellos sí lo hacen pero su abuela no pues fallece semanas antes, algo de lo que la tenista se entera mucho después. El golpe psicológico fue muy fuerte pero también le sirve como aliciente para ser la mejor tenista de su país adoptivo.

Enseguida vinieron los días gloriosos: triunfos consecutivos en el abierto de Francia, el U.S. Open, la Copa Federación, el Virginia Slims y finalmente, en 1983, Wimbledon, el cual conquistará en cuatro ocasiones. Derrota a la hasta entonces invencible Chris Evert y luego se convierte en una de sus mejores amigas. Pero en 1982 percibe que sus facultades comienzan a disminuir y decide formalizar su relación con Judy Nelson para luego aceptar su lesbianismo públicamente. (se separaron en 1991). Asimismo crea una fundación para ayudar a niños de escasos recursos a que alcancen su sueño, deportivo y --algo que no incluye el libro pues fue publicado antes de ello-- se retira en 1989 y deja tras de sí una excepcional racha de triunfos que ella decide interrumpir antes que llegue la decadencia. (Recientemente Martinea apareció en el programa Dancing With the Stars)

Las tenistas que han salido desde entonces han sido también excepcionales, aunque la generación a la que perteneció Martina Navratilova se escribe, sin asomo de duda aparte. Esta biografía es amena, ágil, y en momentos cándida. Pero nunca aburrida.

 

Junto con Asimov y Arthur C. Clarke, este escritor norteamericano se hizo famoso con dos novelas que fueron apenas la punta de su inconmensurable talento. La literatura fantástica pierde en Ray Bradbury a un exponente ligamayorista. El mejor homenaje que puede dársele es el repasar su obra

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