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Éste sí, un Nóbel indiscutible

Cuando parecía que sufriría el mismo desprecio que Jorge Luis Borges, la Academia premia el trabajo de Mario Vargas Llosa, un portento de la lengua española. Excelentes noticias en torno a una presea que se había atorado en el marasmo, el clientelismo y los méritos cuestionables

SEPTIEMBRE, 2010. Luego de haberse dado a conocer los resultados de la segunda vuelta electoral éstos daban una victoria irreversible para Alberto Fujimori. Un deprimido Mario Vargas Llosa recibió un par de horas después una llamada desde México, era Octavio Paz, quien le espetó un comentario desconcertante: "Qué bueno que no ganaste... ahora podrás dedicarte de nuevo a lo tuyo, que es la literatura". La "locura", como el mismo Vargas Llosa llamó después a la búsqueda de la presidencia de Perú, había terminado. Manifestó su apoyo al nuevo mandatario y expresó su confianza en que "este país se encuentra frente a los mejores días de su historia" y volvió a la escritura, oficio que había interrumpido el anterior año y medio.

Al final Paz tenía razón. Y aunque llegó a parecernos algo lejano, inconcebible, finalmente la Academia entregó el Nóbel de Literatura a un literato cuya aportación e inteligencia se encuentran fuera de toda discusión; pocas veces como esta año el consenso a favor será mayoritariamente unánime pues se reconoce a uno de los mejores autores de habla hispana nacidos en el siglo XX. Se trata de un autor, además, que rompe lo que ya se había convertido en una "tradición Nobel", esto es, premiar a escritores desconocidos, que nadie leía o cuya importancia literaria era, por lo menos, cuestionable. Este 2010 la Academia ha vuelto a su otra tradición, la que en su momento dio a los Nóbel un prestigio internacional, el que realmente premiaba a quien lo merecía.

En cierto modo este Nóbel a Mario Vargas Llosa reivindica a Jorge Luis Borges, otro autor superlativo que esperó hasta el final a que siquiera se le considerara entre los probables a la presea. Desde Estocolmo se argumentaba que el autor de El Aleph "había mostrado cierta simpatía por los regímenes autoritarios, algo que desmerece sus méritos", como señaló el ya fallecido Arthur Lundkvist, un miembro de la Academia especialista en literatura latinoamericana y de abiertas simpatías por los literatos socialistas. Curioso criterio, el mismo que reconoció a Pablo Neruda, quien siguió siendo simpatizante estalinista aun y cuando se revelaron los horrores de ese régimen totalitario. O más recientemente, de Harold Pinter, seguidor de las teorías que culpan a la Casa Blanca de haber planeado los atentados del 11 de septiembre y cuyo discurso en la Academia fue irrespetuoso, saturado de alusiones que no venían al caso. 

Cuando Vargas Llosa dé su discurso en Estocolmo el próximo 11 de diciembre, en cambio, podremos estar seguros de escuchar a quien además es orador brillante. No habrá una sola frase de desperdicio.

Por supuesto que los siguientes días nos toparemos --y sólo basta con asomarse un poco en Twitter-- con quienes protestarán por la decisión de la Academia Nóbel. Ya desde la misma mañana del jueves alguien que comentaba la nota en El Universal de México se quejaba agriamente por haber premiado "a un asqueroso derechista" como Vargas Llosa. Será apenas el principio; nos toparemos con las mismos, manoseados, manidos epítetos de siempre, entre ellos "reaccionario", "vendido al imperio", "autor burgués" y demás estupideces

Es obvio que una de las mayores estupideces es tachar a Vargas Llosa de "derechista". El Escribidor hispaperuano siempre censuró, y no precisamente con términos suaves, a las dictaduras de Somoza, de Stroessner y de Pinochet con la misma dureza que lo hizo hacia los autócratas de izquierda como Honecker o Nicolae Ceaceuscu. Fue de los primeros en darse cuenta que la revolución cubana era otra farsa para luego denunciar a Fidel Castro como un personaje totalitario sin escrúpulos en momentos que la comunidad intelectual le brindaba un apoyo incondicional, ciego. Los críticos olvidan que Vargas Llosa acusó a Alberto Fujimori por el autogolpe de Estado de 1992 y que la presión del oficialismo en su contra hizo que optara por cambiar su residencia a España, donde finalmente se nacionalizó (aunque sin perder su ciudadanía peruana). Pocos de sus colegas pueden presumir de tener esa autoridad moral.

En México Vargas Llosa provocó un tremendo escándalo cuando durante una visita llamó al PRI "la dictadura perfecta" en momentos que ningún medio se atrevía a criticar abiertamente al sistema ni, mucho menos, al Señor Presidente de la República. No extraña que ante una lengua que se anda sin miramientos cuando cuestiona al poder, alguien como Hugo Chávez, dictadorzuelo en ciernes, primero se negó a estar frente a él en una mesa redonda y que luego le negaría la entrada con las excusas más ridículas pese a portar un pasaporte español.

Sin embargo lo que más se debe aplaudir a Vargas Llosa es, precisamente, lo que le reconoce el Nóbel, su aportación literaria. Poseedor de una prosa que nunca aburre, ensayista completísimo y novelista cuyas historias semibiográficas son indiscutiblemente amenas, Vargas Llosa marcó con obras como La Ciudad y los Perros, La Tía Julia y el Escribidor, Conversación en la Catedral, Elogio de la Madrastra, La Guerra del Fin del Mundo y La Fiesta del Chivo --hasta hoy la mejor descripción de la dictadura de Trujillo en República Dominicana-- una senda que ha sido recorrida por muchos otros escritores latinoamericanos, aun muchos que lo repudian por sus convicciones personales.

Otro aspecto gratificante es que, con este Premio Nóbel, la bibliografía de Mario Vargas Llosa será redescubierta y repasada. Como principio, conviene asomarse a su columna Piedra de Toque, que semanalmente publica el escribidor en varios periódicos del mundo.

Felicidades, pues, a Mario Vargas Llosa. Qué bueno, como dijo Paz, que no ganó la presidencia. De lo contrario quizá hoy no estaríamos celebrando lo que por tantos años le había escamoteado.

 

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