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Apuntes en Posdatas 17-24 febrero / 3 marzo 2002
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Artículos sobre
multiculturalismo §
Apunte en Posdatas
sobre las culturas: el pluralismo §
Manifiesto de
antropólogos sobre las tesis de Azurmendi La sociedad multicultural (I) domingo, 17
febrero, 2002 La inmigración de personas
de otras culturas plantea la dificultad de la plena integración de esta
población en la sociedad receptora, garantizando el cumplimiento de las
reglas mínimas de convivencia democrática que rijan en el país y el respeto
por los valores culturales y sociales de los inmigrantes. Ese debe ser el
objetivo de todos, y el modelo de convivencia basado en la pluralidad y la
tolerancia, el camino para lograr esa sociedad multicultural y democrática. Por todo ello, y en el
contexto actual, no suena más que a una polémica estéril, y un tanto falaz,
la desatada por la prohibición a una niña marroquí de 13
años de usar el tradicional hijab o pañuelo de cabeza
en la escuela. No se trata del chador (como se ha dicho, confundiendo
realidades distintas), ni es comparable en absoluto a la ablación. Que cada persona pueda
mostrar en su vestimenta las tradiciones o costumbres de su lugar de origen,
entra dentro de la libertad individual y no presenta incompatibilidad alguna
con las reglas comunes que se deben cumplir en una democracia. Levantar una
polémica sobre un caso como este son ganas de imitar a la opinión pública en
Francia, que hizo del chador una cuestión de estado. No escolarizando
a las hijas de los inmigrantes musulmanes se está provocando un daño mucho
mayor que el de la supuesta discriminación sexual del pañuelo de marras. Fátima puede decidir
perfectamente en un futuro prescindir del hijab, una prenda que la
diferencia de los demás. Pero no podemos pretender que la integración de los
inmigrantes se base en que ellos tengan que adoptar nuestras costumbres. Eso
indicaría que no estamos preparados para conocer y respetar al otro, al diferente. La sociedad multicultural (II) domingo, 24
febrero, 2002 En los últimos tiempos
hay intelectuales que se han sumado a esa moda de ser 'provocador' y de ir
contracorriente para agradar a cierto público que sucumbe con facilidad al
caramelo, en ocasiones envenenado, de lo políticamente incorrecto. Como
ejemplo, un politólogo tan prestigioso como Giovanni Sartori, que viene
sosteniendo una contundente crítica a la posición más débil dentro del
progresismo respecto al fenómeno de la inmigración en Europa. Las tesis de Sartori se
fundamentan en la consideración del Islam como religión que vertebra una
cultura no democrática, para concluir así que la población emigrante a Europa
desde países musulmanes tendrá dificultades insalvables en su integración por
la incompatibilidad de la cultura islámica con la cultura democrática de
nuestras sociedades. En principio, habría que reconocer el
riesgo de deriva de este discurso hacia un peligroso e infundado temor al
inmigrante, a la persona de otra cultura, por el mero hecho de serlo. Esas
recelosas opiniones que advierten indiscriminadamente del riesgo de
integrismo islámico en la población extranjera quizá no puedan más que
catalogarse como semillas de xenofobia en la tolerante Europa. Algunos hablan de «intelectualización del
racismo» cuando se plantea la integración de quien viene de fuera como un
permanente e inevitable conflicto entre la cultura de unos y otros. Lo que sí
parece innegable es que se está utilizando la cultura como sustitutivo del
concepto de raza, como señala el antropólogo Manuel Delgado, para presentar
las diferencias humanas como irrevocables y afirmar que quienes no se
integran en democracia es porque tienen otra cultura. De esta manera siempre
habrá personas que no podrán ser nunca como nosotros debido al obstáculo
cultural, y eso sí es puro racismo. Esta semana Mikel Azurmendi -nombrado hace
unos meses presidente del Foro de la Inmigración- ha vuelto a insistir,
siguiendo al profesor Sartori, en unas declaraciones
que en superficie se saben polémicas y que, pronunciadas en una comisión del
Senado, han despertado la consabida controversia entre los grupos políticos y
en los medios. Azurmendi dijo que «el multiculturalismo es una gangrena de la
sociedad democrática», sacando al debate público la que es conclusión de su
libro “Estampas de El Ejido”, escrito sobre los sucesos xenófobos
ocurridos en el levante almeriense hace dos años (febrero de 2000). La visión de aquellos lamentables hechos que
se presenta en el libro resulta inquietante si, como parece, lo resume todo
en un conflicto lógico entre una población autóctona, descrita impecablemente
como laboriosa y emprendedora, y los inmigrantes de origen magrebí,
caracterizados por todos los males de la convivencia (son sucios,
maleducados, ladrones, etc). Este análisis, nada objetivo, termina siendo muy
preocupante si pretende negar la violencia racista en favor de la explicación
de los hechos como una reacción normal de unos ciudadanos indignados por la
violencia de los moros. Al margen de los casos concretos, Azurmendi
tiende a centrar su discurso en la crítica al 'multiculturalismo', como ha
dejado claro en un artículo
publicado en "El País" a raíz de la polvareda que ha
levantado con sus afirmaciones. Pero es incomprensible por qué en un tema de
tanta trascendencia las discusiones filosóficas se están realizando en un
océano de conceptos tan equívocos. El rechazo frontal a la multiculturalidad,
al que muchos están dispuestos a sumarse, es muy peligroso, pues supone no
aceptar la realidad de una diversidad cultural que convive en un marco
democrático. Sin embargo, multiculturalidad se confunde
con multiculturalismo, y éste a su vez es considerado por algunos de sus
críticos únicamente en su vertiente más nefasta. En principio, podríamos
convenir que multiculturalidad y multiculturalismo se pueden considerar
sinónimos, aunque siguiendo la literalidad, éste último -como señala el
sufijo «ismo»- se refiere exclusivamente a una orientación política destinada
a alcanzar el objetivo representado por el primer concepto, la
multiculturalidad. Negar la sociedad multicultural es negar la realidad, y
otra cosa sería estar de acuerdo o no con determinados planteamientos
multiculturalistas. Y ahí reside el centro de la polémica: ¿a
qué 'multiculturalismos' nos estamos refiriendo? Muchos teóricos coinciden en
señalar cuáles serían los 'malos multiculturalismos', los que no nos sirven
por su exacerbación de las identidades contrapuestas, el relativismo cultural
en que se basan y la situación social que propician dónde cada grupo cultural
vive aparte del otro, formándose «ghettos» y no existiendo
integración. Esta definición es la que usa Azurmendi cuando condena al
multiculturalismo de forma tan rotunda. Pero que, desde esta perspectiva, la crítica
de Azurmendi parezca cargada de razón no quiere decir que no la haya expuesto
de una forma infinitamente irresponsable, jugando de una manera un tanto
absurda con conceptos muy confusos [1]. Junto a esto,
cabría también hablar del «oscurantismo reverenciado», que describe José
María Ridao, presente en muchos discursos -tanto en el de los
seguidores de Sartori como en muchos de sus detractores- y que contamina el
debate con una visión culturalista del mundo basada en una idea de cultura
romántica y esencialista que fomenta las diferencias y las identidades
excluyentes. La sociedad multicultural (y III) domingo, 3 marzo,
2002 A pesar de la presión que las opiniones escépticas
con el futuro multicultural o multiétnico de nuestras sociedades puedan
ejercer, las corrientes políticas liberales y de izquierda deberían
comprometerse con transmitir un mensaje nítido de defensa de la
multiculturalidad en Europa. Bajar de la nube de las distintas filosofías
políticas para buscar en la práctica cuál es el mejor camino para mantener
sociedades abiertas junto al fenómeno inmigratorio y la globalización, es lo
más positivo para las ideologías mayoritarias. Para ello es necesario establecer qué entendemos
por 'multiculturalismo' y cuáles son los principios por los que éste se debe
regir. Porque existen acepciones equivocadas de lo que es multiculturalidad,
que precisamente están sirviendo para la crítica simplista en los medios y para
fomentar visiones que no alcanzan a comprender la sociedad multicultural en
su conjunto. El sociólogo Alain Touraine describió hace
unos años en un artículo los que denominó 'falsos multiculturalismos', que se
acercan más a posiciones de defensa de la pureza cultural y la xenofobia que
a otra cosa. Existen al menos cuatro concepciones de lo multicultural que no
reflejarían la realidad de la pluralidad cultural convenientemente. La primera considera únicamente la defensa
de las minorías culturales, que puede llevar a la fragmentación social por la
coexistencia de diferentes culturas que conviven de una manera autista. La
segunda acepción de lo multicultural sería la del derecho al respeto de la
diferencia por encima de todo lo demás; esta posición liberal llevada al
extremo desemboca en un relativismo cultural que perpetúa la diferencia y
tiene como inevitable final la segregación en la sociedad, no la
multiculturalidad. Otra de las concepciones equivocadas de la
multiculturalidad se basa en la mera convivencia indiferente de culturas
diversas en una sociedad; desde una supuesta tolerancia se alentaría la no
existencia de interacción entre ellas. Y por último tendríamos la peligrosa
conexión de multiculturalismo con antioccidentalismo, que desde posiciones antimodernas
identifican el rechazo a la cultura occidental con el reconocimiento de
"otras" culturas. Todas estas interpretaciones erróneas están
negando el verdadero significado de la multiculturalidad basada en la
diversidad de culturas en un marco social democrático y las relaciones que
entre ellas se producen. El debate en torno al multiculturalismo se ha
abierto en España haciendo uso de conceptos muy equívocos, por eso es
imprescindible que previamente convengamos cuál es el significado de cada
término. Porque en este caso, además, el objetivo del intercambio de ideas no
debe ser otro distinto al de definir qué sociedad multicultural queremos
construir en las próximas décadas. [1] Sobre el equívoco
significado de multiculturalismo: el siguiente extracto del articulo “Inmigración:
algunas preguntas y respuestas” de Manuel Pimentel (Diario
El País, 9/3/2002): «...La
experiencia nos demuestra que el complejo concepto de multiculturalismo
significa cosas distintas para personas distintas. Si por multiculturalismo
entendemos que bajo una misma frontera convivan culturas distintas gobernadas
por leyes propias y diferentes, no cabe duda que estaríamos ante un fenómeno
negativo y disgregador, que ocasionaría graves desequilibrios en el futuro.
Es mejor el principio del Estado de Derecho: un país, una ley. Si por
multiculturalismo se entiende que cada persona pueda expresar su cultura,
dentro del imperio de la ley del país receptor, estaríamos ante un hermoso
ejercicio de libertad». 01
Artículos
relacionados:
“Un abrazo para
Pep” MIKEL AZURMENDI “Estampas en
blanco y negro” JUAN GOYTISOLO “Inmigrar
para vivir en democracia” MIKEL AZURMENDI “El
oscurantismo reverenciado” JOSÉ MARÍA RIDAO “Democracia
y cultura” MIKEL AZURMENDI “Multiculturalidad
y democracia” ANTONIO ELORZA “Multiculturalismo:
política, no metafísica” JAVIER DE LUCAS “Contra el
multiculturalismo piadoso” JOSEP RAMONEDA “Multiculturalismo
e islamofobia” GEMA MARTÍN MUÑOZ “Multiculturalismo,
dos niveles de un mismo debate” J. L. ZUBIZARRETA “La invención
del multiculturalismo” MIKEL AZURMENDI “¿De qué
hablamos cuando hablamos de multiculturalismo?” J. ARANGO “Multiculturalismo
y emigración” JUAN ARANZADI 02
Las culturas domingo, 28 abril, 2002 La complejidad
del reto que plantea la sociedad multicultural es notable, por cuanto éste se
presenta como un cambio radical en unas sociedades, las europeas, donde el
fenómeno de la inmigración ha enterrado para siempre una tradicional -e
idílica, en la mente de muchos- uniformidad cultural y está provocando una
transformación en la noción de ciudadanía que, en el contexto de la
mundialización, se debate entre una vuelta a un nacionalismo esencialista y
la creación de una identidad de «ciudadano global», el antídoto perfecto a
cualquier deriva anti-inmigración. Pero ¿qué está haciendo la política para
afrontar este fenómeno? Poco, desde luego, si atendemos a los resultados del
Frente Nacional en una Francia que parece sentirse agredida por todo lo que
le llega del exterior, empezando por los inmigrantes. Cuando los ciudadanos ven a unos líderes
políticos incapaces de articular un discurso sólido sobre los nuevos cambios
sociales, caudillos como Le Pen ganan protagonismo: hablan de los problemas
-la inseguridad ciudadana provocada por la marginalidad, vinculada a la
creciente inmigración-, dicen lo que todos piensan -«la culpa es de los
extranjeros»- y ofrecen la solución que quieren oír -«aquí hay que poner
orden». Es absolutamente imprescindible construir, frente a la opción
xenófoba que puede atraer a cada vez más europeos, una política integral en
materia de inmigración que asegure la convivencia intercultural y evite
dificultades insalvables en la integración. Hay que alejarse de la política
de las palabras para solucionar los problemas sobre el terreno, lejos tanto
de utopías ingenuas como de peligrosos prejuicios. Afrontando el reto de alcanzar en la
práctica, y no sobre castillos en el aire, una sociedad multicultural bien
integrada con una base democrática común irrenunciable, se contribuye a
desactivar la demagogia que suele aparecer cuando estos temas centran la
atención de la opinión pública. Aunque tampoco hay que obviar la base teórica
de cada postulado político. Gustavo Bueno expone en «Etnocentrismo cultural,
relativismo cultural y pluralismo cultural» las tres orientaciones
filosóficas que podemos diferenciar: desde el «existe una cultura superior a
las demás» (monismo) hasta el «todas las culturas son iguales, y además
diferentes e inconmensurables» (relativismo), recalando al final en el
pluralismo, que al postular la convivencia entre culturas y no la diferencia
segregacionista del relativismo, bien podría ser abanderado tanto por
corrientes liberales como de la izquierda. Pero hete aquí que en la certera disección
que de cada término del debate hace Bueno, se nos presenta el etnocentrismo y
el relativismo cultural como difícilmente defendibles, y respecto al
pluralismo se recuerda oportunamente la dificultad de llevarlo a la práctica
sin frustrar la pacífica armonía que se postula. La salida a esta disyuntiva
se encontraría, como demuestra el filósofo, en el «mito de las esferas culturales»:
las 'culturas' son construcciones ideológicas y en la realidad lo que existen
son fenómenos (elementos, rasgos) culturales, y no culturas sustantivas. Creo
que deberíamos así desechar concepciones esencialistas de la 'cultura', en
las cuáles ésta trasciende incluso a las personas, y analizar la
fenomenología cultural con vistas a alcanzar desde el pluralismo [1] una universalidad en los valores básicos de la única cultura
que realmente importa: la humana. [1] El
pluralismo de pensadores como Isaiah Berlin, explicado en el siguiente
extracto del último artículo antes de su muerte, en 1997, «Mi camino
intelectual» (publicado en la revista «Pasajes»): «No soy
relativista; yo no digo "A mí me gusta el café con leche y a ti te gusta
sin leche; yo estoy a favor de la bondad y tú prefieres los campos de
concentración": cada uno con sus propios valores, que no pueden ser ni
superados ni integrados. Creo que eso es falso. Pero creo que existe una
pluralidad de valores que los hombres pueden buscar y que, de hecho, buscan,
y que estos valores difieren (...) Pienso que estos valores son objetivos. Es
decir, que su naturaleza, la búsqueda que se hace, es parte de aquello que
llamamos ser humano, y eso es un dato objetivo. Si el pluralismo es una idea
válida, y el respeto entre diferentes sistemas de valores que no sean,
necesariamente, hostiles entre ellos es posible, entonces se deriva hacia la
tolerancia y consecuencias liberales. Cosa que no pasa con el monismo (tan sólo
un conjunto de valores es verdadero, todos los otros son falsos) o con el
relativismo (mis valores son míos, los tuyos son tuyos, y si los mezclamos,
entonces malamente, porque ninguno de nosotros podrá reivindicar que tiene la
razón). Mi pluralismo político es producto de haber leído a Vico y Herder, y
de comprender las raíces del romanticismo, que en su forma violenta y
patológica va demasiado lejos para la tolerancia humana. Lo mismo pasa con el
nacionalismo: el sentimiento de pertenecer a una nación me parece bastante
natural y no creo que deba ser condenado, y ni tan solo criticado, como tal.
Pero su forma mas exaltada -mi nación es mejor que la tuya, yo sé como
debería ser el mundo y tú has de someterte porque tú no lo sabes, porque eres
inferior a mí, porque mi nación es lo mejor y la tuya está muy por debajo y
debe ofrecerse como material para la mía, que es la única nación con
capacidad para crear el mejor mundo posible-, es una forma de extremismo
patológico que puede conducir, y de hecho ha conducido, a horrores
inimaginables, y que es totalmente incompatible con el tipo de pluralismo que
he intentado describir (...) El enemigo del pluralismo es el monismo: la
antigua creencia de que existe una única armonía de verdades en la cual todo
se puede incluir, básicamente, si es genuina. La consecuencia de esta
creencia (que es de alguna forma diferente, a pesar de que se asemeja, a
aquello que Karl Popper llamó esencialismo, y que para él era la raíz de todo
mal), es que aquellos que saben deben de mandar sobre los que no. Aquellos
que conocen las respuestas a algunos de los grandes problemas de la
humanidad, deben ser obedecidos, porque sólo ellos saben como se debería
organizar la sociedad, como deberían ser vividas sus vidas individuales y
como debería desarrollarse la cultura. Esta es la antigua creencia platónica
en los reyes-filósofos, legitimados para dar órdenes a los otros. Siempre han
existido pensadores que han sostenido que si sólo los científicos, o personas
con formación científica, se hicieran cargo de las cosas, el mundo mejoraría
enormemente. En cuanto a eso, he de decir que no se ha presentado nunca una
excusa mejor, o aducido un motivo mejor, para promover un despotismo
ilimitado por parte de una élite que pisotea las libertades a la mayoría». |