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§          Inmigrar para vivir en democracia

§          Democracia y cultura

 

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EL PAÍS,  22 de enero de 2002

Inmigrar para vivir en democracia

MIKEL AZURMENDI

Desde mi experiencia en el Poniente almeriense he advertido que el inmigrante porta consigo dos handicaps cuando llega a esta tierra de agricultura intensiva. Primeramente, no viene de una cultura de trabajo, al menos no de la en exceso habitual entre sus patronos agricultores, también inmigrados en otra época a esta tierra desde La Alpujarra, sin nada más que su fuerza y su ánimo. Y, además, llega el inmigrante en un momento en que él, por mucho que trate de hacerse de esa cultura de trabajo, jamás logrará lo que logró el agricultor, hacerse con un lote de tierra. Y esta imposibilidad suya de salir para adelante como salió su patrón complica la relación entre ambos, porque al recién llegado se le exige ser uno más del campo, uno de los que trabajen como el patrón, pero sin poder estar nunca incentivado por la misma motivación que empujó al patrón. Motivación que le empujaba a trabajar aquí de sol a sol, a él con su consorte, a meterse luego en una enorme hipoteca y a seguir trabajando con toda su prole hasta muy recientemente. De manera que emerge una contradicción en el discurso del agricultor cuando habla de los inmigrantes como gente que no quiere trabajar 'como ellos han trabajado'. Esto ha incentivado un hechizo izquierdoso que está haciendo mucho daño en las relaciones sociales de la comarca, al poner al orden del día el absolutamente nocivo discurso del 'nuevo esclavismo' y de los 'agricultores esclavistas'. Nocivo no sólo porque es intencionalmente falso, fabricado para perjudicar al agricultor, sino porque logra que el inmigrante atento a ese mensaje se lo crea realmente, incentivándose en él mucha animosidad: muy mal resorte psicológico para su inserción laboral y su integración social en la zona. Sobre este discurso escorado del antisistema cobra fuerza la hipótesis, aparentemente de izquierdas, de que es el racismo de los agricultores lo que motiva o expresa ese supuesto comportamiento esclavista. Un auténtico error suponerlo así, puesto que los móviles y desarrollo de la explotación de mano de obra del agricultor son de la misma naturaleza que los de cualquier empresario de España. El discurso izquierdoso confunde, además, causa y efecto, sosteniendo a veces que el racismo es causa y otras expresión o resultado, en la misma tónica de ambigüedad explicativa de los universitarios que hablan del racismo del agricultor como funcionalmente necesario. No diré nada del enorme error de haber considerado que la identidad del agricultor de aquí se la proporciona el inmigrante, un 'otro' de quien, por oposición, extraería él sus valores y representaciones.

El gran hechizo con el que viene desde África y del que, para integrarse un mínimo, debe desprenderse el inmigrante africano cuanto antes es el de El Dorado o creencia en que pisar suelo español y sobrevenirle la felicidad es algo cuasi automático. Es una representación imaginaria que le hace sufrir doblemente, primero, porque no se verifica y, luego, porque opta por hacer como que sigue siendo válida ante su gente de allá, fingiendo que aquí le va muy bien la vida. Con ello se crea en él un doble vínculo psicológico de rechazo y de aceptación de las difíciles condiciones de vida, así como de la gente española que encuentra: sus ideales no se cumplen y, en lugar de culpabilizar a su imaginario, lo hace a la sociedad de acogida. Y quien, venciendo por su parte este doble vínculo, se vuelve realista, a resultas del traumatismo puede convertirse en un ser bastante más dócil que responsable y menos autónomo de lo que debiera ser. De ahí el denodado esfuerzo institucional que se precisa a niveles locales y municipales para vehicular en el inmigrante una buena y muy personalizada información acerca de los hábitos de nuestra cultura, así como una generosa oferta para que se cumplan, un mínimo al menos, sus expectativas. Algo que se halla precisamente en las antípodas del cómodo discurso revolucionario que no le obliga a nada al siempre impecable promotor de reivindicaciones inasumibles.

El inmigrante viene generalmente a estas tierras desde una sociedad no democrática, donde ni las instituciones, familias y seres están vertebrados en torno a la igualdad entre personas ni sustentados en el respeto de la autonomía personal. Generalmente nos llegan hombres, mujeres y niños habituados a ser súbditos de jerarcas tribales o comunitarios, seres sometidos a otras personas mayores, de sexo masculino y de ámbito estrictamente religioso. De ahí que nuestras prácticas de dignidad personal deban constituirse con urgencia en el principal desactivador del horizonte de sometimiento en que el inmigrante concibe su propia existencia y hasta plantea su llegada misma a nuestro suelo. Una costumbre como lanzarse al mar a la buena ventura, romper sus papeles, desaparecer como alguien sin nombre ni apellido identificables no es, en efecto, ninguna disposición correcta de uno sobre sí mismo. Someterse a mafias de transporte y manipulación como el ganado que, una vez le abandonen a uno a su suerte, le habrán de buscar de nuevo para extorsionarle a él y su familia, sólo suele ser un corolario de redes de poder interfamiliar que jerarquizan con su poder a miles de personas de valores tradicionales no aptos para su convertibilidad ciudadana. Verse sometido al poder de su propia familia ampliada, que le financió el viaje de venida a España, pero exige sin titubeo alguno que el recién emigrado le envíe el coste del viaje más un peculio mensual fijo, a expensas de que sacrifique incluso el sustento mínimo y realice un excesivo y sostenido ahorro, es un chantaje indigno por parte de la jerarquía del clan y le coloca en una mala posición para exigir derecho alguno. Venir aquí a prostituirse y esperar que algún almeriense la rescate con amor y dinero de la red mafiosa de señores del hampa ucraniano, lituano, ruso o nigeriano no es una buena rampa de lanzamiento personal hacia la ciudadanía democrática. Ni tampoco quedar ensimismada a veces en el cierre doméstico que el marido, trabajador de invernadero, le ha preparado bajo el digno apelativo de reagrupamiento familiar. Es, además, una enorme contradicción supeditar las decisiones personales a los valores de la tradición expresados por el mulá, el marido o el patriarca familiar, pero, en cambio, no perder ocasión para llamar racista a cualquier español por el más fútil motivo, como puede ser no ofrecerle un cigarrillo

El racismo se da, por antonomasia, en una sociedad democrática y de derecho porque en una sociedad sin valores democráticos ni tolerancia y pluralismo no existe racismo ni tampoco antirracismo porque ambos son posiciones ideológicas que se construyen desde la perspectiva de la igualdad jurídica y política entre las personas consideradas ciudadanos. Racismo es la creencia en la desigualdad biológica como origen de las diferencias culturales para exigir una supeditación de unos individuos inferiores a otros superiores. Y entonces se fabrica la limpieza étnica o hasta el horno crematorio. Racismo es un discurso que emerge esencialmente en el seno de la ideología igualitaria para hacer aceptables prácticas previas de segregación y dominio mediante razones pseudocientíficas que falsean el imaginario de igualdad. Es bastante normal que en África exista al menos tanta xenofobia como aquí, pero allí hasta llega a ser una virtud en defensa de importantes valores tribales de identidad. Aquí, en cambio, la xenofobia es un vicio por expresar actitudes de exclusión de personas que son tus iguales; por eso la xenofobia ante el gitano es hoy de naturaleza absolutamente diferente de la que existió aquí en épocas predemocráticas. El desprecio del musulmán al europeo por ser impío e infiel es, de entrada, mera fobia religiosa y xenofobia cultural, sin comportar per se implicaciones racistas. El desprecio europeo actual al musulmán sí puede llevar a veces connotaciones racistas, pero no necesariamente. De manera que el racismo únicamente es algo condenable desde las posiciones democráticas e igualitarias, no desde las que defienden que hay súbditos y categorías de personas. El musulmán, por ejemplo, está bien situado para hacer una condena del racismo solamente si defiende una cultura laicizada y de valores democráticos.

Pues bien, el máximo baluarte democrático que debe ofrecer nuestra sociedad a todos los inmigrantes es la dignidad personal o el tratarse uno a sí mismo como ser autónomo y de valor absoluto, tanto como es el vecino; un baluarte para no ser explotados en el trabajo ni sometidos por nadie en las relaciones de la convivencia diaria. Cumplir la ley es un requisito mínimo para ello, pero, además, al no subvertir las normas de convivencia, usos y costumbres, el ciudadano inmigrante encuentra en la ley el espacio de libertad que precisa su autonomía: ahí puede ubicar su vida según su propio proyecto, económico, afectivo, religioso, ético o estético. Por eso la ley es aquí nítidamente diferente a la ley de la sociedad tradicional, porque aquí le garantiza al inmigrante el espacio de actos positivos de su propia construcción personal en libertad. A esta costumbre práctica, bastante sólida en nuestra sociedad, se le llama también cultura de los derechos humanos y constituye la base para negar la discriminación y, en consecuencia, para que no surja el racismo. Luchar, pues, contra el racismo no es un asunto eminentemente ideológico, sino de fomento de prácticas ciudadanas de autonomía personal y de lucha contra la marginación, el gueto y la explotación.

Así como la cebolla, siempre tendrá capas insospechadas nuestro etnocentrismo de mirar extasiados al ombligo de nuestros juicios y prejuicios sociales, pero el único modo de ir quitándole capas es incluir al otro, haciéndole sitio cada vez más adentro de nuestra propia cultura. Ésa que posibilita que cada cual decida en entera libertad en sus ámbitos privados. Es decir, se construya él con autonomía personal, como mujer o como hombre, pero también como joven o como niño, educados en ser iguales por la aceptación mutua como gente diferente que tiene el mismo comportamiento cívico público.

 

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EL PAÍS, 23 de febrero de 2002

Democracia y cultura

MIKEL AZURMENDI

La democracia no es únicamente un Estado de derecho, sino un sistema cultural. Además de un sistema público de leyes iguales para todos y de instituciones políticas para fomentar y salvaguardar el pluralismo, la tolerancia y la igualdad de oportunidades, es una interacción cotidiana de gente que queda como impregnada de muy similares hábitos de obrar y de vivir los acontecimientos. Cultura es ese molde configurador de una conducta compartida; consiste en materiales simbólicos que permiten a las personas predecir las conductas del vecino. En consecuencia, lo que uno espera que el otro haga en determinada ocasión y que es lo que supone haría él mismo se le aparece como lo más cabal, realista y sensato.

Los materiales simbólicos de la interacción en democracia nos conducen a la suposición de que todos somos iguales, somos personas no sometidas una a la otra, individualmente libres y autónomas. La ley, pensamos que sirve para todos por igual y que todos debemos cumplirla por igual. Los tribunales, los concebimos como que solamente son aceptables por su imparcialidad y el derecho a la defensa. Ante la autoridad, creemos que conviene discutirla, controlarla, elegirla, cambiarla. Lo justo se ve como una constante aproximación a un reparto más igualitario de la oportunidad social. La verdad, no la concebimos sino como resultado de un discutir sin constricción alguna para aceptar lo que parezca más adecuado según el mejor argumento en base a lo que se esté buscando en cada ocasión. Ante el Estado, nos parece más sensato intervenir en su constitución y ser titulares de su legitimidad constrictiva que dejárselo a algún jerarca o dictador. Pero por experiencias pasadas, siempre disponemos de signos de temor y tendemos a mostrarnos desconfiados de su avasalladora capacidad de irrupción en otros ámbitos de la vida personal y social, y por eso tendemos a controlar el Estado. Las formas de vida privada se nos vuelven aceptables únicamente porque queda en nuestras manos el expandirnos libremente, pues, de lo contrario, nuestra vida no merecería la pena ser vivida.

Y por eso no creemos que aguantaríamos vivir en el Afganistán de los talibanes, en la Yugoslavia de Milosevic o en la España franquista. Ni concebimos ser españoles sin ser ciudadanos libres, autónomos y con mayores cotas de acceso al reparto de los bienes sociales, ni podríamos ser profesionales o artistas sin ejercitar la más absoluta determinación personal. Así es la base simbólica de nuestra cultura compartida y según ella tomamos cada cual, individual e íntimamente, la decisión de nuestra peculiar forma de vida. Cada yo busca, como mejor le parece, sus propios materiales identitarios de expansión, según las contingencias de tiempo y espacio que le tocan vivir, pero es uno mismo quien elige la propia partitura de su vida y la ejecuta.

Se llama ahora multiculturalismo al hecho de que en el seno del mismo Estado de derecho coexistan una cultura democrática, por ejemplo la nuestra actual, con otra u otras culturas no necesariamente democráticas. Es decir, cuando junto a nuestro actual tejido social de civismo laico, pero colocadas de manera aparte y sin interactuar con él, estuviesen cohabitando conductas masivas de personas sin igualdad jurídica que interactuasen entre sí mediante recursos simbólicos de desigualdad y jerarquía; no en virtud de imparcialidad y derecho, sino de supeditación discriminante entre varón y mujer, mayor y joven, rico y pobre, clérigo y súbdito fiel. U otra cualquiera. Pero, por suerte, en España no existe multiculturalidad todavía aunque sí existen proyectos, mensajes o intenciones de crear multiculturalismo. Cuantos hablan de que los inmigrantes son etnias piensan -lo quieran o no- en algo multicultural, piensan en que grupos enteros de gente inmigrante se coloquen aparte, en ghettos o reservas y mantengan ahí su modo de vida colectivo de allí. Pero a España no nos llegan etnias, sino personas singulares con proyectos personales. Personas sueltas o con su familia, que quieren mejorar su vida. Y por muy parecidas que sean unas y otras y tengan orígenes culturales similares, cada persona llega con su propio proyecto, a intentar realizarlo. Y lo encara desde su cultura de origen, pero renovando constantemente sus interacciones con las personas de la cultura democrática para lograr triunfar personalmente.

Hay experiencias multiculturales que nos sirven para no repetirlas nosotros, como por ejemplo el tratamiento en los EE UU a las comunidades indias, a ciertos colectivos religiosos y, de facto, a la mayoría de la comunidad de origen africano esclavo. También Suráfrica decidió practicar la vida aparte de comunidades separadas unas de otras cuando los afrikánder de habla holandesa afrikaans decidieron que era mala para ellos la creciente tendencia a la amalgama entre blancos y negros. El doctor Verwoerd teorizó de esta manera en 1963 la necesidad de multiculturalismo: 'Podremos probar que sólo con la creación de naciones separadas la discriminación de hecho desaparecerá a la larga'. Se trataba, pues, de crear algo que no existía, potenciando institucionalmente la separación existente entre blancos y negros en los deportes, conciertos, playas, bibliotecas, iglesias, sistemas de educación, programas de radio o universidades. A. Brink, célebre escritor surafricano en afrikaans ha escrito en un artículo de 1970 (Cultura y Apartheid) que 'culturalmente, la premisa del apartheid fue que el desarrollo separado ofrecería iguales servicios para todos los grupos. Con la conservación de su 'propia' identidad, todos los grupos desarrollarían plenamente su potencial cultural y serían leales a su propio yo'. Y en su artículo desvelaba cómo 'la separación cultural ha significado carencia cultural para casi todos los grupos no blancos' y cómo la separación cultural fue teorizándose sobre la base de una impotencia física y racial de los negros respecto a los blancos. Plantearía, pues, un proyecto multicultural similar quien tratase hoy a los inmigrantes que nos llegan como si fuesen bloques compactos de culturas y no personas individuales con intereses particulares, aunque es verdad que con costumbres y recursos simbólicos a veces muy distintos de los nuestros.

Pero hay además experiencias históricas hispanas que no nos sirven. Por ejemplo, ante nuestro actual reto por integrar a los inmigrantes en nuestra sociedad, el senador de Izquierda Unida nos propuso en la Comisión del Senado que el Toledo de las Tres Culturas era un buen modelo. Lo sentimos mucho, señor senador, pero no solamente el modelo toledano es irrepetible, sino que es inservible. No se repetirá nunca más porque en el Toledo de los siglos X o XIII coexistían unos junto a otros tres tipos de cultura no democrática ni igualitaria, sin ni siquiera conocer la palabra 'derechos humanos', que es muy moderna. 'Derecho', tanto entre cristianos, judíos y musulmanes, equivalía allá entonces a dominio o 'facultad para', 'jurisdicción sobre' y se ejercía como poder jerárquico entre señores y súbditos, patronos y aprendices, varones y mujeres, clérigos y fieles. Si bien hubo auténticos momentos de buen entendimiento entre determinados vecinos e incluso entre vecindarios, unos terminaron por expulsarlos a los otros de la ciudad. Los cristianos a judíos y musulmanes por cierto; precisamente porque el derecho era un símbolo del poder del más fuerte, eminente o superior. Y la fuerza física suele ser a la larga el único dirimente de los conflictos en ese tipo de sociedades. Y sin embargo, nuestras relaciones con vecinos y hasta vecindarios judíos y musulmanes hoy, tanto aquí como fuera, pero sobre todo aquí, pueden ser infinitamente mejores que las mejores de aquel Toledo. A condición de que la relación se estructure precisamente sobre la base de nuestros valores democráticos, es decir, reconociendo el derecho de todos a vivir según la misma ley para todos: la que nos facultará a cada cual ser ciudadanos todo lo diferente que queramos. Para juntarnos con quienes queramos a hacer el tipo de cosas que cada cual suele hacer en su casa o con sus amigos: sea comer y beber, rezar y adorar, jugar y divertirse, estudiar y discutir, planificar y proyectar el futuro, o bien hacer el amor y estar en el ocio más completo. En el Toledo democrático actual, con barrios y calles donde cohabitasen más o menos mezclados agnósticos, evangelistas, ateos, judíos y musulmanes en proporciones similares, nadie tendría el derecho de expulsar a nadie ni de molestar a nadie por mor de creencias religiosas, gastronómicas, éticas o estéticas.

El multiculturalismo es hoy una confusión teórica porque imagina que las relaciones son interétnicas, entre nosotros, los de la sociedad mayoritaria, y todos los demás, tomados en bloques étnicos minoritarios. Por eso como proyecto más o menos consolidado de relación interétnica en agrupamientos separados, unos al margen de otros, el multiculturalismo sería una gangrena fatal para la sociedad democrática. Ni nosotros somos cultura mayoritaria ni los inmigrantes son etnias de cultura minoritaria; aquí, de momento y ojalá para siempre, sólo existe una cultura democrática, con bastantes taras y costumbres poco democráticas todavía, en la que ya están integrándose masivamente miles de inmigrantes que hacen en su vida privada lo que buenamente gustan sin menoscabar la dignidad ni el derecho de nadie, como hablar en sus lenguas, rezar a su dios o cubrirse con un pañuelo al ir al colegio.

Mikel Azurmendi es antropólogo.

 

 

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