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Inmigrar para vivir en
democracia 01
EL PAÍS, 22 de enero
de 2002
Inmigrar para vivir en
democracia Desde mi experiencia en
el Poniente almeriense he advertido que el inmigrante porta consigo dos handicaps
cuando llega a esta tierra de agricultura intensiva. Primeramente, no viene
de una cultura de trabajo, al menos no de la en exceso habitual entre sus
patronos agricultores, también inmigrados en otra época a esta tierra desde
La Alpujarra, sin nada más que su fuerza y su ánimo. Y, además, llega el
inmigrante en un momento en que él, por mucho que trate de hacerse de esa cultura
de trabajo, jamás logrará lo que logró el agricultor, hacerse con un lote de
tierra. Y esta imposibilidad suya de salir para adelante como salió su
patrón complica la relación entre ambos, porque al recién llegado se le exige
ser uno más del campo, uno de los que trabajen como el patrón, pero sin poder
estar nunca incentivado por la misma motivación que empujó al patrón.
Motivación que le empujaba a trabajar aquí de sol a sol, a él con su
consorte, a meterse luego en una enorme hipoteca y a seguir trabajando con
toda su prole hasta muy recientemente. De manera que emerge una contradicción
en el discurso del agricultor cuando habla de los inmigrantes como gente que
no quiere trabajar 'como ellos han trabajado'. Esto ha incentivado un hechizo
izquierdoso que está haciendo mucho daño en las relaciones sociales de la
comarca, al poner al orden del día el absolutamente nocivo discurso del
'nuevo esclavismo' y de los 'agricultores esclavistas'. Nocivo no sólo porque
es intencionalmente falso, fabricado para perjudicar al agricultor, sino
porque logra que el inmigrante atento a ese mensaje se lo crea realmente,
incentivándose en él mucha animosidad: muy mal resorte psicológico para su
inserción laboral y su integración social en la zona. Sobre este discurso escorado
del antisistema cobra fuerza la hipótesis, aparentemente de izquierdas, de
que es el racismo de los agricultores lo que motiva o expresa ese supuesto
comportamiento esclavista. Un auténtico error suponerlo así, puesto que los
móviles y desarrollo de la explotación de mano de obra del agricultor son de
la misma naturaleza que los de cualquier empresario de España. El discurso
izquierdoso confunde, además, causa y efecto, sosteniendo a veces que el
racismo es causa y otras expresión o resultado, en la misma tónica de
ambigüedad explicativa de los universitarios que hablan del racismo del
agricultor como funcionalmente necesario. No diré nada del enorme error de
haber considerado que la identidad del agricultor de aquí se la proporciona
el inmigrante, un 'otro' de quien, por oposición, extraería él sus valores y
representaciones. El gran hechizo con el
que viene desde África y del que, para integrarse un mínimo, debe
desprenderse el inmigrante africano cuanto antes es el de El Dorado o
creencia en que pisar suelo español y sobrevenirle la felicidad es algo cuasi
automático. Es una representación imaginaria que le hace sufrir doblemente,
primero, porque no se verifica y, luego, porque opta por hacer como que sigue
siendo válida ante su gente de allá, fingiendo que aquí le va muy bien la
vida. Con ello se crea en él un doble vínculo psicológico de rechazo y de
aceptación de las difíciles condiciones de vida, así como de la gente
española que encuentra: sus ideales no se cumplen y, en lugar de culpabilizar
a su imaginario, lo hace a la sociedad de acogida. Y quien, venciendo por su
parte este doble vínculo, se vuelve realista, a resultas del traumatismo
puede convertirse en un ser bastante más dócil que responsable y menos
autónomo de lo que debiera ser. De ahí el denodado esfuerzo institucional que
se precisa a niveles locales y municipales para vehicular en el inmigrante
una buena y muy personalizada información acerca de los hábitos de nuestra
cultura, así como una generosa oferta para que se cumplan, un mínimo al
menos, sus expectativas. Algo que se halla precisamente en las antípodas del
cómodo discurso revolucionario que no le obliga a nada al siempre impecable
promotor de reivindicaciones inasumibles. El inmigrante viene
generalmente a estas tierras desde una sociedad no democrática, donde ni las
instituciones, familias y seres están vertebrados en torno a la igualdad
entre personas ni sustentados en el respeto de la autonomía personal.
Generalmente nos llegan hombres, mujeres y niños habituados a ser súbditos de
jerarcas tribales o comunitarios, seres sometidos a otras personas mayores,
de sexo masculino y de ámbito estrictamente religioso. De ahí que nuestras
prácticas de dignidad personal deban constituirse con urgencia en el
principal desactivador del horizonte de sometimiento en que el inmigrante
concibe su propia existencia y hasta plantea su llegada misma a nuestro
suelo. Una costumbre como lanzarse al mar a la buena ventura, romper sus
papeles, desaparecer como alguien sin nombre ni apellido identificables no
es, en efecto, ninguna disposición correcta de uno sobre sí mismo. Someterse
a mafias de transporte y manipulación como el ganado que, una vez le
abandonen a uno a su suerte, le habrán de buscar de nuevo para extorsionarle
a él y su familia, sólo suele ser un corolario de redes de poder
interfamiliar que jerarquizan con su poder a miles de personas de valores
tradicionales no aptos para su convertibilidad ciudadana. Verse sometido al
poder de su propia familia ampliada, que le financió el viaje de venida a
España, pero exige sin titubeo alguno que el recién emigrado le envíe el
coste del viaje más un peculio mensual fijo, a expensas de que sacrifique
incluso el sustento mínimo y realice un excesivo y sostenido ahorro, es un
chantaje indigno por parte de la jerarquía del clan y le coloca en una mala
posición para exigir derecho alguno. Venir aquí a prostituirse y esperar que
algún almeriense la rescate con amor y dinero de la red mafiosa de señores
del hampa ucraniano, lituano, ruso o nigeriano no es una buena rampa de
lanzamiento personal hacia la ciudadanía democrática. Ni tampoco quedar
ensimismada a veces en el cierre doméstico que el marido, trabajador de
invernadero, le ha preparado bajo el digno apelativo de reagrupamiento
familiar. Es, además, una enorme contradicción supeditar las decisiones
personales a los valores de la tradición expresados por el mulá, el marido o
el patriarca familiar, pero, en cambio, no perder ocasión para llamar racista
a cualquier español por el más fútil motivo, como puede ser no ofrecerle un
cigarrillo El racismo se da, por
antonomasia, en una sociedad democrática y de derecho porque en una sociedad
sin valores democráticos ni tolerancia y pluralismo no existe racismo ni
tampoco antirracismo porque ambos son posiciones ideológicas que se
construyen desde la perspectiva de la igualdad jurídica y política entre las
personas consideradas ciudadanos. Racismo es la creencia en la desigualdad
biológica como origen de las diferencias culturales para exigir una
supeditación de unos individuos inferiores a otros superiores. Y entonces se
fabrica la limpieza étnica o hasta el horno crematorio. Racismo es un
discurso que emerge esencialmente en el seno de la ideología igualitaria para
hacer aceptables prácticas previas de segregación y dominio mediante razones
pseudocientíficas que falsean el imaginario de igualdad. Es bastante normal
que en África exista al menos tanta xenofobia como aquí, pero allí hasta
llega a ser una virtud en defensa de importantes valores tribales de
identidad. Aquí, en cambio, la xenofobia es un vicio por expresar actitudes
de exclusión de personas que son tus iguales; por eso la xenofobia ante el
gitano es hoy de naturaleza absolutamente diferente de la que existió aquí en
épocas predemocráticas. El desprecio del musulmán al europeo por ser impío e
infiel es, de entrada, mera fobia religiosa y xenofobia cultural, sin
comportar per se implicaciones racistas. El desprecio europeo actual
al musulmán sí puede llevar a veces connotaciones racistas, pero no
necesariamente. De manera que el racismo únicamente es algo condenable desde
las posiciones democráticas e igualitarias, no desde las que defienden que
hay súbditos y categorías de personas. El musulmán, por ejemplo, está bien
situado para hacer una condena del racismo solamente si defiende una cultura
laicizada y de valores democráticos. Pues bien, el máximo
baluarte democrático que debe ofrecer nuestra sociedad a todos los
inmigrantes es la dignidad personal o el tratarse uno a sí mismo como ser
autónomo y de valor absoluto, tanto como es el vecino; un baluarte para no
ser explotados en el trabajo ni sometidos por nadie en las relaciones de la
convivencia diaria. Cumplir la ley es un requisito mínimo para ello, pero,
además, al no subvertir las normas de convivencia, usos y costumbres, el
ciudadano inmigrante encuentra en la ley el espacio de libertad que precisa
su autonomía: ahí puede ubicar su vida según su propio proyecto, económico,
afectivo, religioso, ético o estético. Por eso la ley es aquí nítidamente
diferente a la ley de la sociedad tradicional, porque aquí le garantiza al
inmigrante el espacio de actos positivos de su propia construcción personal
en libertad. A esta costumbre práctica, bastante sólida en nuestra sociedad,
se le llama también cultura de los derechos humanos y constituye la base para
negar la discriminación y, en consecuencia, para que no surja el racismo.
Luchar, pues, contra el racismo no es un asunto eminentemente ideológico,
sino de fomento de prácticas ciudadanas de autonomía personal y de lucha
contra la marginación, el gueto y la explotación. Así como la cebolla,
siempre tendrá capas insospechadas nuestro etnocentrismo de mirar extasiados
al ombligo de nuestros juicios y prejuicios sociales, pero el único modo de
ir quitándole capas es incluir al otro, haciéndole sitio cada vez más
adentro de nuestra propia cultura. Ésa que posibilita que cada cual decida en
entera libertad en sus ámbitos privados. Es decir, se construya él con
autonomía personal, como mujer o como hombre, pero también como joven o como
niño, educados en ser iguales por la aceptación mutua como gente diferente
que tiene el mismo comportamiento cívico público. 02
EL PAÍS, 23 de febrero de 2002
Democracia y cultura
La democracia no es
únicamente un Estado de derecho, sino un sistema cultural. Además de un
sistema público de leyes iguales para todos y de instituciones políticas para
fomentar y salvaguardar el pluralismo, la tolerancia y la igualdad de
oportunidades, es una interacción cotidiana de gente que queda como
impregnada de muy similares hábitos de obrar y de vivir los acontecimientos.
Cultura es ese molde configurador de una conducta compartida; consiste en
materiales simbólicos que permiten a las personas predecir las conductas del
vecino. En consecuencia, lo que uno espera que el otro haga en determinada
ocasión y que es lo que supone haría él mismo se le aparece como lo más
cabal, realista y sensato. Los materiales
simbólicos de la interacción en democracia nos conducen a la suposición de
que todos somos iguales, somos personas no sometidas una a la otra,
individualmente libres y autónomas. La ley, pensamos que sirve para todos por
igual y que todos debemos cumplirla por igual. Los tribunales, los concebimos
como que solamente son aceptables por su imparcialidad y el derecho a la
defensa. Ante la autoridad, creemos que conviene discutirla, controlarla,
elegirla, cambiarla. Lo justo se ve como una constante aproximación a un
reparto más igualitario de la oportunidad social. La verdad, no la concebimos
sino como resultado de un discutir sin constricción alguna para aceptar lo
que parezca más adecuado según el mejor argumento en base a lo que se esté
buscando en cada ocasión. Ante el Estado, nos parece más sensato intervenir
en su constitución y ser titulares de su legitimidad constrictiva que
dejárselo a algún jerarca o dictador. Pero por experiencias pasadas, siempre
disponemos de signos de temor y tendemos a mostrarnos desconfiados de su
avasalladora capacidad de irrupción en otros ámbitos de la vida personal y
social, y por eso tendemos a controlar el Estado. Las formas de vida privada
se nos vuelven aceptables únicamente porque queda en nuestras manos el
expandirnos libremente, pues, de lo contrario, nuestra vida no merecería la
pena ser vivida. Y por eso no creemos
que aguantaríamos vivir en el Afganistán de los talibanes, en la Yugoslavia
de Milosevic o en la España franquista. Ni concebimos ser españoles sin ser
ciudadanos libres, autónomos y con mayores cotas de acceso al reparto de los
bienes sociales, ni podríamos ser profesionales o artistas sin ejercitar la
más absoluta determinación personal. Así es la base simbólica de nuestra
cultura compartida y según ella tomamos cada cual, individual e íntimamente,
la decisión de nuestra peculiar forma de vida. Cada yo busca, como mejor le
parece, sus propios materiales identitarios de expansión, según las
contingencias de tiempo y espacio que le tocan vivir, pero es uno mismo quien
elige la propia partitura de su vida y la ejecuta. Se llama ahora
multiculturalismo al hecho de que en el seno del mismo Estado de derecho
coexistan una cultura democrática, por ejemplo la nuestra actual, con otra u
otras culturas no necesariamente democráticas. Es decir, cuando junto a
nuestro actual tejido social de civismo laico, pero colocadas de manera
aparte y sin interactuar con él, estuviesen cohabitando conductas masivas de
personas sin igualdad jurídica que interactuasen entre sí mediante recursos
simbólicos de desigualdad y jerarquía; no en virtud de imparcialidad y
derecho, sino de supeditación discriminante entre varón y mujer, mayor y
joven, rico y pobre, clérigo y súbdito fiel. U otra cualquiera. Pero, por
suerte, en España no existe multiculturalidad todavía aunque sí existen
proyectos, mensajes o intenciones de crear multiculturalismo. Cuantos hablan
de que los inmigrantes son etnias piensan -lo quieran o no- en algo
multicultural, piensan en que grupos enteros de gente inmigrante se coloquen
aparte, en ghettos o reservas y mantengan ahí su modo de vida
colectivo de allí. Pero a España no nos llegan etnias, sino personas
singulares con proyectos personales. Personas sueltas o con su familia, que
quieren mejorar su vida. Y por muy parecidas que sean unas y otras y tengan
orígenes culturales similares, cada persona llega con su propio proyecto, a
intentar realizarlo. Y lo encara desde su cultura de origen, pero renovando
constantemente sus interacciones con las personas de la cultura democrática
para lograr triunfar personalmente. Hay experiencias
multiculturales que nos sirven para no repetirlas nosotros, como por ejemplo
el tratamiento en los EE UU a las comunidades indias, a ciertos colectivos
religiosos y, de facto, a la mayoría de la comunidad de origen
africano esclavo. También Suráfrica decidió practicar la vida aparte de
comunidades separadas unas de otras cuando los afrikánder de habla holandesa
afrikaans decidieron que era mala para ellos la creciente tendencia a la
amalgama entre blancos y negros. El doctor Verwoerd teorizó de esta manera en
1963 la necesidad de multiculturalismo: 'Podremos probar que sólo con la
creación de naciones separadas la discriminación de hecho desaparecerá a la
larga'. Se trataba, pues, de crear algo que no existía, potenciando
institucionalmente la separación existente entre blancos y negros en los
deportes, conciertos, playas, bibliotecas, iglesias, sistemas de educación,
programas de radio o universidades. A. Brink, célebre escritor surafricano en
afrikaans ha escrito en un artículo de 1970 (Cultura y Apartheid) que
'culturalmente, la premisa del apartheid fue que el desarrollo
separado ofrecería iguales servicios para todos los grupos. Con la
conservación de su 'propia' identidad, todos los grupos desarrollarían
plenamente su potencial cultural y serían leales a su propio yo'. Y en su
artículo desvelaba cómo 'la separación cultural ha significado carencia
cultural para casi todos los grupos no blancos' y cómo la separación cultural
fue teorizándose sobre la base de una impotencia física y racial de los
negros respecto a los blancos. Plantearía, pues, un proyecto multicultural
similar quien tratase hoy a los inmigrantes que nos llegan como si fuesen
bloques compactos de culturas y no personas individuales con intereses
particulares, aunque es verdad que con costumbres y recursos simbólicos a
veces muy distintos de los nuestros. Pero hay además
experiencias históricas hispanas que no nos sirven. Por ejemplo, ante nuestro
actual reto por integrar a los inmigrantes en nuestra sociedad, el senador de
Izquierda Unida nos propuso en la Comisión del Senado que el Toledo de las
Tres Culturas era un buen modelo. Lo sentimos mucho, señor senador, pero no
solamente el modelo toledano es irrepetible, sino que es inservible. No se
repetirá nunca más porque en el Toledo de los siglos X o XIII coexistían unos
junto a otros tres tipos de cultura no democrática ni igualitaria, sin ni
siquiera conocer la palabra 'derechos humanos', que es muy moderna.
'Derecho', tanto entre cristianos, judíos y musulmanes, equivalía allá
entonces a dominio o 'facultad para', 'jurisdicción sobre' y se ejercía como
poder jerárquico entre señores y súbditos, patronos y aprendices, varones y
mujeres, clérigos y fieles. Si bien hubo auténticos momentos de buen
entendimiento entre determinados vecinos e incluso entre vecindarios, unos
terminaron por expulsarlos a los otros de la ciudad. Los cristianos a judíos
y musulmanes por cierto; precisamente porque el derecho era un símbolo del
poder del más fuerte, eminente o superior. Y la fuerza física suele ser a la
larga el único dirimente de los conflictos en ese tipo de sociedades. Y sin
embargo, nuestras relaciones con vecinos y hasta vecindarios judíos y
musulmanes hoy, tanto aquí como fuera, pero sobre todo aquí, pueden ser
infinitamente mejores que las mejores de aquel Toledo. A condición de que la
relación se estructure precisamente sobre la base de nuestros valores
democráticos, es decir, reconociendo el derecho de todos a vivir según la
misma ley para todos: la que nos facultará a cada cual ser ciudadanos todo lo
diferente que queramos. Para juntarnos con quienes queramos a hacer el tipo
de cosas que cada cual suele hacer en su casa o con sus amigos: sea comer y
beber, rezar y adorar, jugar y divertirse, estudiar y discutir, planificar y
proyectar el futuro, o bien hacer el amor y estar en el ocio más completo. En
el Toledo democrático actual, con barrios y calles donde cohabitasen más o
menos mezclados agnósticos, evangelistas, ateos, judíos y musulmanes en
proporciones similares, nadie tendría el derecho de expulsar a nadie ni de
molestar a nadie por mor de creencias religiosas, gastronómicas, éticas o
estéticas. El multiculturalismo es
hoy una confusión teórica porque imagina que las relaciones son interétnicas,
entre nosotros, los de la sociedad mayoritaria, y todos los demás, tomados en
bloques étnicos minoritarios. Por eso como proyecto más o menos consolidado
de relación interétnica en agrupamientos separados, unos al margen de otros,
el multiculturalismo sería una gangrena fatal para la sociedad democrática.
Ni nosotros somos cultura mayoritaria ni los inmigrantes son etnias de
cultura minoritaria; aquí, de momento y ojalá para siempre, sólo existe una
cultura democrática, con bastantes taras y costumbres poco democráticas
todavía, en la que ya están integrándose masivamente miles de inmigrantes que
hacen en su vida privada lo que buenamente gustan sin menoscabar la dignidad
ni el derecho de nadie, como hablar en sus lenguas, rezar a su dios o cubrirse
con un pañuelo al ir al colegio. Mikel Azurmendi es
antropólogo.
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