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Publicado en EL CORREO, 3 de
marzo de 2002
Multiculturalismo, dos niveles de un mismo debate
JOSÉ LUIS
ZUBIZARRETA
El incidente del hiyab como obstáculo para la
escolarización de una niña marroquí, así como otras manifestaciones de particularismo
cultural, han servido, entre otras cosas, para iniciar, también en nuestro
país, un debate sobre el multiculturalismo en las sociedades democráticas. Se
trata de una buena noticia. Sin embargo, algunas de las reacciones -tanto
favorables como contrarias- que han provocado las críticas al modelo
multiculturalista dan a entender que aún nos encontramos en ese estadio
preliminar del debate en el que sus mismos términos no están todavía
suficientemente aclarados. Si el debate ha de progresar sin descalificaciones
impertinentes ni adhesiones hipócritas, será imprescindible que quienes
intervienen en él hagan un esfuerzo previo de aclaración de conceptos.
En efecto, ocurre a veces que los mismos términos en que el debate se plantea
abocan ya a un resultado predeterminado de antemano. Así, quienes se oponen
al multiculturalismo suelen comenzar definiéndolo como aquella situación en
la que un Estado de derecho acoge y promueve en su seno, con idéntica
receptividad, a una cultura propia y mayoritaria, que se califica de
democrática, y a otras foráneas y minoritarias, cuya democraticidad se pone
en duda. Planteado en estos términos, el debate resulta un tanto ventajista.
Es evidente que un Estado de derecho no puede admitir, sin negarse a sí
mismo, la coexistencia, en pie de igualdad, de su propia cultura democrática
con las de otros grupos que la contradicen a la hora de regular sus
comportamientos internos. Tal multiculturalismo sería realmente un agente de
destrucción de la propia democracia.
Pero este planteamiento es, como decíamos, un tanto ventajista. Su ventajismo
consiste en que el término cultura se emplea en sentido equívoco. Cuando se
aplica a la propia y mayoritaria, el término se ennoblece hasta identificarse
con el de democracia y, en cambio, cuando se refiere a las foráneas y
minoritarias, se degrada hasta confundirse con meras tradiciones folclóricas
antidemocráticas . Para los demás, cultura es lo que por ella gustan entender
el romanticismo y la antropología; para nosotros, lo que con ella denotan el
racionalismo y la ilustración. Nuestra cultura sería la universalista del
respeto de los derechos humanos; la de los otros, la particularista de unos
usos y costumbres tradicionales que no han logrado desprenderse de atavismos
tribales despectivos de la dignidad de la persona.
Las cosas no son, como es obvio, tan simples. En primer lugar, si tomamos el
término cultura en un sentido unívoco, es decir, en un sentido idéntico tanto
cuando hablamos de nosotros como de ellos, ni la nuestra es igual a
democracia ni la suya es reducible a tribalismo. Para la nuestra y para la de
ellos, la democracia es el producto universal de una lucha que se ha librado
y está librándose precisamente en oposición a las culturas particulares o, lo
que es lo mismo, el proceso nunca acabado de depuración y superación de
nuestras respectivas tradiciones culturales. La democracia es, por así
decirlo, más civilización que cultura, más racionalidad que naturalidad o
espontaneidad, más ciudadanía que pertenencia grupal. Consiste en el esfuerzo
continuado por el que nuestra racionalidad civiliza , día a día, nuestras
respectivas culturas particulares. Nuestra cultura mayoritaria, al igual que
las minoritarias de ellos, ha debido someterse -y debe seguir sometiéndose- a
un proceso de racionalización para hacerse civilizada y democrática. Ahora
bien, los ritmos -o incluso el sentido- con que discurre ese proceso
racionalizador y civilizador no son coincidentes en las diversas culturas,
sino que están aquejados de un desfase temporal, de una falla en la
sincronización, que es lo que hace problemático el multiculturalismo.
Esta aproximación más dinámica no resuelve el problema, pero nos ayuda a
comprenderlo y manejarlo. Nos hace, en primer lugar, más comprensivos,
pacientes y tolerantes con las culturas foráneas que han venido a instalarse
en nuestra sociedad, toda vez que nos recuerda los atavismos culturales de
los que nosotros mismos hemos debido desprendernos, a veces sin éxito total,
antes de acceder al grado de civilización democrática en que nos encontramos.
Nos enseña, además, que las culturas no son unidades monolíticas e
indivisibles, sino que pueden fragmentarse en rasgos perfectamente
integrables por la civilidad democrática y en otros que son, de todo punto de
vista, refractarios a ella. Nos indica, también, que lo que, en última
instancia, accede a la civilización democrática no son las culturas, sino sus
portadores, es decir, los individuos y grupos humanos que las gestionan y
reproducen. Nos predispone, finalmente, a asumir que la función civilizadora
que ha de ejercerse sebre toda cultura nunca tendrá éxito si se limita a la
represión de sus rasgos antidemocráticos -por inevitable que aquélla sea-,
sino que habrá de apoyarse, para resultar creíble, en una labor pedagógica y,
sobre todo, en la puesta a disposición universal de los derechos que el
sistema democrático de acogida asegura a sus miembros autóctonos.
Resultaría, en efecto, cínico el hecho de que a los portadores de una
determinada cultura foránea se les impusieran todas las obligaciones del
Estado democrático sin permitirles disfrutar, al mismo tiempo y con la misma
efectividad real, de todos sus derechos. En este sentido, la crítica del
multiculturalismo, en lo que éste tiene de contrario a la igualdad de todos
ante la ley, sólo dejará de ser sospechosa de xenofobia cuando promueva, con
el mismo celo con que ejerce su crítica, el disfrute efectivo de los derechos
democráticos por parte de todos los grupos culturales.
Pero, asumido el sometimiento de todas las culturas al imperio de una ley
igual para todos y aceptada, en esa misma medida, la crítica al
multiculturalismo, éste no deja todavía de plantear problemas a la sociedad
democrática. De hecho, es entonces cuando surge el auténtico problema que
representa la multiculturalidad. Supuesta la coexistencia de una
multiplicidad de culturas democráticamente civilizadas en una sociedad
determinada, la pregunta se abre en torno a la actitud más acertada a
mantener respecto de ellas. La respuesta no es indiferente para el futuro de
esa sociedad. La razón y la experiencia parecen desaconsejar dos posturas
extremas. La primera sería la de un asimilacionismo que intentara por todos
los medios ejercer tal presión fáctica de la cultura dominante sobre las
minoritarias que acabara negándolas y absorbiéndolas. La segunda, la de un
multiculturalismo liberal extremo que permitiera e incluso fomentara la
guetización de culturas en compartimentos estancos. Frente a ambas, cada una
con sus efectos colaterales altamente perniciosos para la cohesión de
cualquier sociedad, parecería más recomendable la búsqueda -mediante el
diálogo, la interacción y el intercambio culturales- de un pluralismo
integrador que desembocara en un mestizaje étnico-cultural respetuoso con la
diferencia, pero no sacralizador de ella, y terminara generando una nueva
cultura perfectamente civilizada por la razón democrática y altamente
enriquecida por la diversidad de sus aportaciones de origen.
Nada puede, sin embargo, predecirse. Lo que ocurra será producto más de la
inevitable interacción espontánea de la multiculturalidad real que de
proyectos racionalmente estudiados y voluntariosamente puestos en práctica.
Pero el problema está ahí y no puede dejar de plantearse. En este sentido, el
debate sobre el multiculturalismo, enfocado en sus justos términos, ha de
darse por bienvenido.
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