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El oscurantismo reverenciado 01
EL PAÍS, 24 de febrero
de 2002
El oscurantismo
reverenciado Contra lo que pudiera
parecer, la convivencia de diferentes culturas en el ámbito de una misma
sociedad no forma parte de las transformaciones más decisivas de las dos
últimas décadas. Lo que sí constituye un cambio sustancial, un cambio que
está alterando las percepciones y las políticas de los países desarrollados,
es la transformación del significado del término 'cultura'. Frente a la idea
ilustrada de cultura como excelencia, que ha venido operando desde el fin de
la II Guerra Mundial y hasta fecha reciente, la noción que se ha impuesto
ahora es la romántica, para la que la cultura está vinculada a la tradición.
Sólo tomando en consideración esta radical alteración de los significados se
puede entender la inquietante paradoja de que se apele al multiculturalismo,
no para referirse al hecho de que se representen las obras de Ibsen y de
Tawfiq al-Hakim en el mismo teatro, sino para comparar la costumbre de
arrojar una cabra desde un campanario con la de mutilar sexualmente a las
mujeres. Cuando en los análisis
ortodoxos acerca de las transformaciones del mundo contemporáneo -de los
efectos de la globalización- se habla del resurgir de las identidades, pocas
veces se repara en que el fenómeno tiene menos que ver con unos hipotéticos
miedos al gigantismo de los actuales procesos económicos que con el
extraordinario desarrollo de las políticas locales. Durante los últimos 20
años, la cultura que se ha promocionado desde los poderes regionales y
municipales responde al patrón romántico, de modo que, al mismo tiempo que se
consideraba ruinoso el hecho de que el Estado central financiase, por
ejemplo, la edición del Poema de Gilgamesh, se pensaba que la
subvención de grupos de baile tradicional, de museos antropológicos o de
premios para los artistas nativos constituía, por el contrario, una opción
legítima y razonable. Pero si lo fuera, ¿cómo sorprendernos entonces de la
reaparición de las actitudes etnicistas? ¿Cómo admirarnos del irrespirable
aire castizo que ha invadido las fiestas y conmemoraciones públicas de la
mayor parte de los pueblos y ciudades de nuestro entorno? Como es fácil advertir
a poco que se contemple el problema desde esta perspectiva, no son los
inmigrantes quienes han aportado la diferencia a nuestras sociedades, sino
que son nuestras sociedades las que, de manera insensata, llevan dos décadas
aplicadas a cultivar la diferencia, a concederle relevancia y significado
políticos, a recorrer ese tortuoso y fatídico camino que conduce a considerar
valiosos el apego al pasado y los prejuicios, tan sólo porque hemos decidido
ofrecerles cobijo bajo el venerable nombre de cultura. Eso que se ha dado en
considerar como el 'desafío' de la inmigración no es, en el fondo, más que el
repentino descubrimiento de que todos los argumentos empleados para cultivar
nuestras señas de identidad, nuestras esencias, servirían también para que,
llegado el caso, los inmigrantes pudiesen cultivar las suyas. El absurdo en
el que estamos incurriendo es el de que, en lugar de desactivar la tensión recordando
que las identidades son quimeras y que las culturas son otra cosa, nos hemos
lanzado a encontrar razones en las que apoyar la superioridad de las
nuestras, de manera que las suyas aparezcan como irremediablemente bárbaras. Con todo, la cuestión principal
no radica en saber si se deben admitir prácticas atroces como, pongamos por
caso, la ablación del clítoris o los sacrificios humanos siempre que se
realicen bajo la coartada de una 'cultura': por supuesto que no. La cuestión
principal radica, por el contrario, en saber por qué nos parece digno de
tener en cuenta el móvil 'cultural' para lo que, en todos los demás casos, se
castigaría sencillamente como una mutilación o un asesinato, en los que las
razones alegadas por el delincuente serían irrelevantes a la hora de
aplicarle la ley. La repentina importancia del móvil 'cultural' no procede
del apego de los inmigrantes a sus identidades y sus esencias, sino del hecho
de que nuestras sociedades llevan demasiado tiempo reverenciando la tradición
y el oscurantismo, llevan demasiado tiempo considerándolo cultura, al punto
de que hoy parecen flaquear algunos de los más elementales principios
democráticos, como el de que la ley debe ser igual para todos o el de que lo
único que debe enjuiciar son conductas individuales, evitando convalidar la
idea de que hay grupos humanos sospechosos o más proclives que otros a
cometer atrocidades. 02
EL PAÍS, 27 de marzo de 2002
El islam como coartada
En razón de una
heterogénea variedad de motivos que abarca desde la trágica actualidad del
terrorismo internacional hasta los tocados femeninos o los castigos
inhumanos, el islam y las reflexiones más o menos documentadas sobre él han
empezado a ocupar durante los últimos meses un espacio central en el debate
democrático de Occidente. Mientras que algunos destacados intelectuales y
politólogos se han decantado por una explícita condena de la fe de Mahoma,
argumentando que el problema no reside en que el terrorismo invoque
determinadas ideologías, sino en que son esas ideologías las que contienen en
germen el terrorismo, buena parte de los arabistas ha reaccionado, en cambio,
intentado distinguir entre el credo religioso y el uso que puedan hacer de él
unos fanáticos dispuestos a estrellar aviones secuestrados contra rascacielos
y edificios oficiales. Al hacerlo así, los arabistas se han colocado en una
posición que, a ojos de sus oponentes, viene a constituir una flagrante
expresión de relativismo cultural, cuando no de abierta debilidad en la
defensa de la democracia amenazada. Por lo que se refiere a
nuestro país, los juicios sobre el islam y su invocación por parte de grupos
extremistas de todas las latitudes parecen en buena medida marcados por una
coyuntura tan próxima como dramática, y es la existencia del terrorismo
vasco. De algún modo, el esquema empleado para enjuiciar sus atrocidades se
ha trasladado íntegro al análisis de la violencia islamista, y de igual
manera que el nacionalismo sabiniano no es considerado ajeno a la deriva
asesina de algunos de sus creyentes, se da por descontado que tampoco el
islam puede serlo respecto de quienes han hecho del suicidio en nombre de
Dios un arma capaz de poner en jaque al país más poderoso del planeta. Esta
aproximación al problema del terrorismo, de todo el terrorismo, está
propiciando la aparición de una frontera política e intelectual que parece
afianzarse de día en día; una frontera que de un lado sitúa a quienes, como
si se tratara de partes de un todo inseparable, aprecian los juicios de
Sartori sobre la inmigración musulmana, consideran el multiculturalismo en
términos de 'gangrena' o suscriben la política conservadora en el País Vasco,
y de otro a quienes mantienen, punto por punto, las posiciones contrarias.
Tan tajante ha llegado a ser la divisoria que, para cualquiera de ambos
bandos, disentir en uno solo de estos aspectos equivale a condescender en
todos los demás. Mientras que, en lo
tocante al nacionalismo, existe clara conciencia de que la crítica a las
ensoñaciones milenaristas de Sabino Arana no debería conducirnos a potenciar
las ensoñaciones simétricas, sino a reforzar la noción de ciudadanía que
establece la Constitución del 78, en el caso del islam, por el contrario, se
están emitiendo juicios que presuponen antes que cualquier otra cosa una
relectura arbitraria de nuestro pasado. En este sentido, cada vez que se
afirma que el islam tiene pendiente la Reforma, que el islam debe aún
evolucionar hacia el laicismo, no sólo se evidencia un alto grado de
desconocimiento de la fe musulmana, algo por lo demás irrelevante en
sociedades laicas como las nuestras. Lo que se evidencia es, sobre todo, una
llamativa manipulación de la historia europea y, por extensión, de los
avatares de la tolerancia. Por más que se fuercen
las interpretaciones, la Reforma no fue el origen de la libertad de
conciencia, sino el de dictaduras atroces como la de Calvino y el de las
guerras de religión entre las diversas confesiones en las que se fragmentó la
cristiandad continental. El fin de los dramáticos enfrentamientos que vivió
Europa entre 1517, fecha en la que Lutero expone en Wittenberg sus tesis
teológicas opuestas a las de Roma, y 1648, año de la Paz de Westfalia, se
debió a que el poder político logró confinar la fe en el ámbito de la
intimidad personal, no a que la religión cristiana, con toda su constelación
de iglesias reformadas y contrarreformadas, experimentase una imposible
evolución hacia el laicismo. Entonces, ¿por qué se le exige al islam algo que
el cristianismo no hizo, y lo que es peor, algo que ninguna religión puede
hacer, como es convertirse en una creencia laica? Y contemplado el problema
desde esta perspectiva, ¿no estaremos contribuyendo a establecer las bases de
un conflicto irresoluble al exigir que, para acceder al mismo estatus que
cualquier otra confesión en el seno de nuestras democracias, el islam, y sólo
el islam, deba acreditar una pauta de evolución que es imposible no ya para
él, sino para cualquier creencia trascendente, incluida por supuesto la
cristiana? Como sucede en tantos
otros ámbitos de la confrontación política y social, la manipulación del
pasado tiene como objetivo surtir efectos en el presente, amparando
decisiones y comportamientos que, vistos bajo otro prisma, se revelarían
equivocados y hasta faltos de cualquier legitimidad. Así, al dictaminar
sumariamente que el cristianismo completó una evolución hacia el laicismo
pendiente en el islam, se desencadena una cascada de especulaciones acerca de
este credo que, impermeables a todo desmentido, sirven de inspiración a
políticas no ya injustas hacia una categoría concreta de extranjeros, sino
además lesivas para nuestro sistema de libertades. Siempre bajo el argumento
de que el islam es una religión que regula todos los aspectos de la vida, se
considera que cualquier persona procedente del Magreb o de alguna región de
mayoría musulmana ha de ser por fuerza un musulmán. Lo grave, a estos
efectos, no es que se descarte de antemano la posibilidad de que, como sucede
en numerosas ocasiones, pudiera ser también cristiano, judío, animista,
agnóstico o ateo; lo grave es que se da por descontado que quien se educó en
un medio musulmán o aceptó alguna vez ese credo no quedará jamás libre de él,
como si se tratara de una enfermedad recidivante que se contrae con
independencia de cuáles sean las creencias personales de los individuos y las
normas a las que ajusten su conducta. En resumidas cuentas,
lo que estamos haciendo al tratar al islam en los términos corrientes de los
últimos tiempos es dar carta de naturaleza a un nuevo determinismo, es
identificar en pleno corazón de nuestras democracias un grupo de personas a
las que no se juzga por lo que hacen, sino por lo que su condición de
musulmanes -una condición muchas veces asignada, no escogida- les obligaría
supuestamente a hacer. De ahí que cualquier debate concreto y específico,
como el de saber si la escuela pública debe aceptar que una niña sea
escolarizada con hiyab, se traslade de inmediato al terreno de las
intenciones y los símbolos, de modo que un pañuelo deja de ser un pañuelo y
se convierte en un emblema de la discriminación de la mujer, al mismo nivel
que la ablación del clítoris o los matrimonios concertados, en los que, por
cierto, tampoco el hombre dispone de libertad para elegir. Esta alucinada
ampliación del campo de batalla lleva a interpretar, acto seguido, que el hiyab
es tan sólo la punta de lanza que acabará franqueando el paso a prácticas
aborrecibles y, sobre esta base, se exige una serie de cambios legales que,
en el fondo, no están pensados para
regular los problemas existentes -por lo demás, casi siempre suficientemente
regulados-, sino para conjurar unos temores inducidos con el único propósito
de legitimar los sentimientos de racismo y xenofobia. Por más que hoy se
consideren pragmáticas unas políticas hacia el islam que, paradójicamente,
operan con pronósticos y prejuicios y no con realidades, lo cierto es que la
caracterización de enemigos genéricos y la consiguiente adopción de medidas
para mantenerlos a raya ha sido un camino habitual en el tránsito desde la
libertad hacia la tiranía. Por esta razón, lo que está en juego en nuestras
sociedades no es la consideración que cada cual quiera otorgar a la fe de
Mahoma, incluso si esa consideración se apoya en interpretaciones y
argumentos equivocados; lo que está en juego son los fundamentos de nuestro
sistema democrático. Una frase de apariencia inocente como la de que la
integración de los musulmanes sólo será posible a partir de un doble
compromiso, el de los ciudadanos originarios, obligados a acoger, y el de los
inmigrantes, obligados a respetar las leyes y las costumbres, vulnera, con el
beneplácito de la mayoría, al menos cuatro principios irrenunciables. El
primero, el de la igualdad ante la ley, puesto que reclama comportamientos
distintos a los nacionales y a los extranjeros. El segundo, el de la
presunción de inocencia, puesto que exige a los extranjeros un compromiso con
la ley que sólo tiene sentido si se parte del convencimiento de su previa disposición
a vulnerarla. El tercero, el del carácter legal de las prohibiciones, puesto
que, aunque su propósito aparezca formulado en positivo, lo que trata es de
proscribir, sin fundamentarse en norma alguna, toda costumbre que no se
ajuste a las nacionales. Y el cuarto, el de la seguridad jurídica, puesto que
¿dónde se encuentran codificadas las costumbres?, ¿quién las interpreta?,
¿qué consecuencias tendría para los nacionales la decisión de no respetarlas? El islam y las
reflexiones más o menos documentadas sobre él han empezado a ocupar durante
los últimos meses un espacio central en el debate democrático de Occidente.
Y, sin embargo, a poco que se contemple el fenómeno con detenimiento, se
observará que no es sobre el islam sobre lo que se discute, ni sobre el rigor
o la flexibilidad de sus disposiciones. En realidad, y mientras se usa el
islam como coartada, se lucubra acerca de un asunto que, expresado con toda
su crudeza, tal vez repugnaría: el de determinar las excepciones a los
principios democráticos que estamos dispuestos a consentir. José María Ridao es
diplomático. |