Posdatas
«Apuntes virtuales
sobre el mundo real»
|
|
|
IR AL BLOG EN:
|
Publicado en EL PAÍS, 3 de marzo
de 2002 Contra el multiculturalismo
piadoso JOSEP RAMONEDA El debate sobre la
pluralidad cultural es demasiado serio para encerrarlo en los estrechos
límites del discurso políticamente correcto. Como en tantas cosas, caminamos
por la historia con retraso y nos enzarzamos ahora en controversias que en
países vecinos, que por ser más ricos y abiertos tuvieron inmigración mucho
antes, se dieron hace tiempo. Se ha equivocado el PP en su simplismo, en su
tendencia a reducir la cuestión de la inmigración a un problema de fronteras
y de orden público. Y la figura del ilegal -que puesto que no tiene derechos
tampoco tiene obli-gaciones- es un factor que sólo sirve para enconar los
problemas al crear un espacio clandestino caldo de cultivo de muchos delitos. Pero se está
equivocando la oposición al querer imponer una piadosa censura a toda voz que
resulte estridente respecto a los lugares comunes del mal llamado
multiculturalismo. También es simplismo poner beatíficos velos sobre la
realidad, por mucho que sea en nombre de los más altos valores democráticos. Que vivimos en sociedades
pluriculturales es un dato de la realidad. La vieja ecuación una nación=una
lengua=una cultura=un Estado periclitó hace tiempo, aunque algunos no quieran
enterarse. Antes de que España haya asumido plenamente su propia historia
como una realidad pluricultural, cuando en Cataluña y en el País Vasco
algunos todavía se empeñan en lo que podríamos llamar la acumulación
primitiva de la nación cultural homogénea (algo que ya nunca será), la
inmigración extranjera ha venido a añadir más diversidad a la diversidad. A
esta realidad algunos la llaman multicultural, a mí me parece más preciso
hablar de pluralidad o de sociedad policultural, como hace Bauman. Detrás de lo
multicultural viene el multiculturalismo, que es la formulación ideológica
que se ha construido a partir de una lectura dogmática del principio de
diversidad. El multiculturalismo me parece extraordinariamente peligroso
porque da un carácter primordial a la pertenencia, como si cada cual llevara
inscrita la marca de una sangre, de una lengua y de una historia que le hace
parte inseparable de un pueblo, y porque en nombre de la diferencia se
desliza rápidamente por la vía del relativismo, como si no hubiera un mínimo
denominador común de la humanidad, base de cualquier protocolo de
comunicación entre personas. Llevado el multiculturalismo al extremo tenemos
los Balcanes, donde cumplidas las limpiezas étnicas, es decir, metido cada
pueblo en su territorio, todos se regodean en sus diferencias lanzando
toneladas de odio y violencia contra el vecino. Esta idea del
multiculturalismo como razón absoluta de la diferencia sí que es un cáncer de
la democracia y de la vida societaria. Ni la cultura de un
pueblo ni la cultura de un género puede ser un valor absoluto. Las sociedades
policulturales no pueden encerrarse en las rígidas separaciones del
multiculturalismo. La realidad afortunadamente es más compleja. El inmigrante
que se va de su país lo hace forzado por las circunstancias, pero también con
cierta carga de disconformidad y con voluntad de permeabilidad a las nuevas
situaciones. Encerrarnos unos a otros en los nichos de la diferencia cultural
es negar lo más elemental: el intercambio que constituye la relación humana.
El grupo puede ser, sobre todo para el que acaba de llegar, un punto de apoyo
y es natural la tendencia a ayudarse y protegerse entre connacionales, pero
la cultura es muy compleja para reducirla a las pautas grupales y, sin
renunciar forzosamente a ellas, el individuo tiene suficiente polivalencia
para ampliar sus horizontes. El discurso multiculturalista es una máquina
trituradora de las diversas posibilidades de complicidad y enganche más allá
de los sellos de origen. Las manchas culturales
se alargan y saltan fronteras. No volvamos a encerrarlas dentro de nuevas
murallas, ya sean sociales o mentales. Co-mo dice Appadurai, la inmigración y
los medios electrónicos generan constantemente imaginarios nuevos. No
limitemos sus posibilidades, y menos por compasión. No se trata de pasar de
la fragmentación multiculturalista a la unificación integracionista, sino de
defender el pluralismo y la promiscuidad. La política tiende al
simplismo: son las reglas del mercado mediático. Pero el bien intencionado
discurso del respeto y la tolerancia -pérfida palabra con que el poderoso
perdona la vida al débil- acaba convirtiéndose en un velo que oculta la
realidad concreta y sólo sirve para satisfacer la buena conciencia de quien
lo pronuncia. La buena pedagogía democrática empieza por uno mismo, por
revisar los tópicos acumulados que se repiten sin hacer el esfuerzo de pensar
en su significado o en sus consecuencias. Condenar a Azurmendi y columpiarse
en la bondad multiculturalista no es una respuesta política, es una fuga
retórica en busca del aplauso fácil. |