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Sobre el libro «Estampas de El Ejido» de Mikel Azurmendi Publicado en EL PAÍS, 6 de diciembre
de 2001 Un abrazo para Pep MIKEL AZURMENDI Uno, que es del Barça
desde los tiempos de Bakero, Chiqui y López Recarte, no puede sino sufrir por
la presente tribulación de Pep Guardiola. Si se certifica su positivo en
ingesta de substancias dopantes, el fútbol habrá perdido dos años de
vibración porque en cada una de sus jornadas Pep no se pondrá ya el traje de
faena ni servirá pases magistrales pisando el acelerador del equipo. Y ya no
habrá tanta emoción en las gradas sin él. Pep no obstante ha dado la cara y
dice con humildad no entender lo que le pasa. Dice no haber tomado nada que
no hubiera tomado hasta ahora y hay mucha credibilidad en su carácter, pero
la nandrolona está ahí, en sus análisis fisiológicos. También yo he dado
positivo en el primer control al que se me ha sometido. Hay metabolitos de
nandrolona en mis orines, aseguran inveterados analistas en estas lides de
preparar trampas sorpresivas al incauto deportista, casi un dominguero, que
todavía no se había quitado ni el chándal para participar en la primera
jornada de una liga de beneficencia a la que se va a dedicar en cuerpo y
alma. Pero este positivo mío, a diferencia del de Pep, proviene del alma y no
del cuerpo. Y ésa es precisamente mi única esperanza, porque me será mucho
más fácil probar que existe alguna confusión en la analítica de algún
laboratorio que no haya asimilado bien ésa mi substancia del alma. Hablaré de
ella en otra ocasión. Hoy sólo exijo que no me cambien mi orina por otra. Acaba de publicarse mi
libro Estampas de El Ejido, que ha coincidido con mi nombramiento para
presidir el Foro de la Inmigración. Acepté con ilusión y también temor el
envite editorial de promocionar mi libro que propone una perspectiva bastante
intempestiva para analizar algún conflicto nuestro con la inmigración.
También para hablar de propuestas para integrarla, elaboradas desde el hecho
democrático y desde mi experiencia directa de exclusión social, de la mía
propia en el País Vasco y de la de los trabajadores que se llegan a esta
tierra de todas las partes del mundo a mejorar su suerte. Me lo presentaron
en sociedad, entre otras, dos conspicuas personas de la oposición política,
escritores ambos de este mismo diario. Y uno se alegra de este azar tan
favorable porque también aquí, en esta tierra de Almería donde sigo
trabajando, es la televisión privada e independiente de El Ejido la que lo
presentó antes en un emocionante programa de una noche entera con
participación directa de algunos vecinos que aparecen estampados en mi libro. Sin periodismo libre no
existiría pluralismo político ni plurales opciones para poder uno decidir con
conocimiento de causa. Y uno lo agradece, aunque el periodista le apriete con
objeciones, le urja maniqueamente y le exprima con preguntas de casi
imposible respuesta, a menos de tener que escribir otro libro. Que, en
definitiva, es el medio natural de un profesor de provincias como yo, más
allá de la labor lenta y de diálogo con el alumno en las aulas. Pero el
periodista que, incluso iba a entrevistarte sobre el libro, prefiere inquirir
sobre cuestiones que tengan que ver con el Foro, con la Ley de Extranjería o
con afirmaciones de tal o cual dirigente político. Y se las arregla para que,
desde un titular inexacto y casi siempre falsario, la orina le dé a uno
positivo. Llevo aquí, entre
agricultores e inmigrantes, ediles municipales, organizadores sociales y
personas altruistas, once meses ya sin ver aún motivos para corregir las
opiniones de mi libro. He indicado a periodistas y universitarios de esta
provincia andaluza que estoy dispuesto a participar activamente en cuantos
debates quieran abrir sobre la integración del inmigrante y, por supuesto, en
discutir las ideas de mi libro. Son ideas que, en definitiva, atacan no solamente
la visión unilateral del periodista que informó sobre los sucesos de El Ejido
de febrero del año pasado, sino la función social del intelectual en la
explicación de aquellos hechos. Sostengo que el
reportero necesitó de racismo ejidense para explicar el desastre social de
violencia y segregación en que cuajó un funesto azar de tres asesinatos
consecutivos en la misma Aldeílla. Aquel repentino desastre podía haber
tomado otras formas diferentes de expresión, seguramente mucho peores, de
haber existido racismo entre los ejidenses, es decir un pensamiento
consolidado u organización racistas. El reportero no supo
mirar en su premura desde otra lente que la del antirracismo para comprender
lo que estaba sucediendo y hacérnoslo comprender a los lectores y televidentes.
Lo que él nos contó es muy similar a contarnos cómo es San Sebastián desde el
interior del túnel de Ondarreta que, por cierto, también es un lugar para
mirar mi ciudad. Pero no es el lugar más adecuado para explicar qué es esa
ciudad. Y el intelectual cogió aquella perspectiva unilateral y construyó una
teoría social desde la que abordar la crítica y la terapia de la sociedad
ejidense en particular, pero también de la democrática en general. Yo mismo
quedé influenciado por aquel marco teórico en que mis más estimados y
brillantes colegas habían participado, pero he comprobado in situ que no es
un marco teórico socialmente benéfico, ni para los almerienses ni tampoco
para los inmigrantes, pues perjudicó seriamente a ambos. Contribuyó a
volverlos más racistas todavía, a ambas partes, dado que la violencia de
aquellos sucesos xenófobos sí creó, como resultado, ciertas intuiciones de
racismo en las mentes que más se activaron por entender lo que había pasado.
'Si hasta los catedráticos dicen que esto ha sido racismo, pues seré racista,
pero ellos también lo serían de vivir aquí nuestra vida como nosotros la
vivimos; porque está clarísimo que no tienen ni idea de qué pasa aquí con
nosotros' han pensado los que más suelen pensar, es decir, la gente que suele
ser más escuchada. Los de la otra parte
han pensado que efectivamente 'los españoles de aquí son unos asquerosos
racistas de mierda y en todo lo que hagan habrá racismo oculto' y, hagas lo
que hagas, por ejemplo, decirle al cliente inmigrante que no le puedes
cambiar el billete porque no tienes cambio, provocará que te diga que eres un
racista. Y uno va pensando que si de la doctrina política de los
intelectuales no resultó beneficio social alguno para nadie, no era correcta. Pues uno ha aprendido
ya que no es correcto lo que piensan tus colegas de universidad sobre ETA o
sobre Batasuna cuando te dicen que 'por qué dices esas cosas' como que matar
y extorsionar no es bueno pero sí conversar, cuando lo que realmente dicen es
'para qué dices esas cosas', pues solamente sirven para que te persigan. Por
eso a tus colegas no les persigue ETA. Además en los guetos del Norte de
Manhattan y del Bronx aprendí bien pronto que lo 'políticamente correcto' es
puro oportunismo funcional para sobrevivir en privilegio, también los
afroamericanos. Y, por supuesto, esa 'corrección' de la expresión política
siempre se ayudaba de una discriminación positiva, que es a lo que aboca la
concepción de integración de los inmigrantes que han manejado nuestros
teóricos antirracismo. Como se ve, aquí podríamos orinar muchos más para
analizar mejor nuestras respectivas almas. Me haya equivocado o
no, también en mi libro queda claro un asunto tan nimio en el conjunto del
problema cultural y social de la integración del inmigrante como es la
cuestión de la ablación del clítoris. Ni la violación, ni la pederastia ni el
asesinato ni el robo son cuestiones centrales ahora aquí en la integración
social del inmigrante, pero si se producen a escala ampliada en un solo
lugar, como sucedió en la comarca de El Ejido (y doy pruebas de ello)
entonces sí pueden constituir en ese momento y lugar un problema fundamental
para la integración social. De ahí la importancia
de hacer cumplir la ley, como recurso esencial para proteger al ciudadano;
pero también como espacio de libertad para que se expanda él mismo, al
practicar su derecho a ser diferente, estética, ética y religiosamente. Al
parlamentario de la oposición que considera tan importante indignarse con mi
talante por minimizar o anecdotizar la cuestión de la clitoridectomia como la
más general del racismo, le sugiero tenga la amabilidad de leer mi libro,
como mínimo las páginas 352 y 357, las de la ablación. Y no me cambie mis
orines. No sabe Pep cuánto me
apena verlo, también por sus orines, en esta congoja y le deseo pueda
demostrar pronto su inocencia para que continuemos gozando de sus
maravillosas jugadas en el equipo de la selección. Aunque mis metabolitos
positivos son para participar en una liguilla de beneficencia, donde no
cobraré ni ficha ni por partido jugado, le quiero decir a Pep que mi
sentimiento por él es sincero pues yo también defenderé los colores de la
selección, tratando de conformar un brillante equipo absolutamente mixto
entre toda la gente de casa y toda la gente de fuera que buenamente quiera. Y
te mando un gran abrazo para que no te aflijas ni te sientas solo, Pep. Publicado en EL PAÍS, 24 de diciembre
de 2001 Estampas en blanco
y negro JUAN GOYTISOLO Como preámbulo a estas
reflexiones sobre el libro de Mikel Azurmendi quiero lamentar el hecho de que
no haya incluido en él el capítulo sobre 'el paseo que no di' por la zona y
en el que me refiere el paisaje para mi información y solaz. Pero confío en
que en las próximas reimpresiones del libro que, conforme me dicen amigos de
El Ejido, se vende allí como rosquillas -algo en verdad milagroso en un área
poco dada a la lectura-, aquél aparezca tal como lo compuso, sin cortes ni
omisión algunos. Lo políticamente
correcto en los medios intelectuales democráticos no es el mismo que entre
los empresarios y horticultores de El Ejido, y si las ideas de Azurmendi
suscitan inquietudes y reservas en los primeros las mías son rechazadas de
plano en la nueva patria adoptiva del antropólogo. En la misma 'televisión
privada e independiente' que le dedicó un 'emocionante programa de una noche
entera' (véase 'Un abrazo para Pep', EL PAÍS, 6-12-01), los ataques y
descalificaciones a quienes disentimos de esa conmovedora unanimidad son,
como comprobé el pasado verano desde una ciudad en donde se captaba este
canal regional, pan de todos los días. Si dicha televisión es libre e
independiente no lo parece: su adulación continua al alcalde y a los concejales
de su partido emula la que tributa la de Marbella ad majorem Jesus Gil
gloriam. Ni el 'malo' de El Ejido ni Atime ni Almería Acoge ni
antropólogos del fuste de Javier de Lucas o Ubaldo Martínez Veiga lo tienen
fácil para pasar en antena. La libertad de la gran mayoría que vota al PP de
Enciso no se extiende a cuantos no comulgan con el unanimismo en el que, tras
años de duro acoso abertzale, se esponja actualmente Azurmendi. Pero vayamos al grano.
El propósito del antropólogo de mostrar la transformación del emigrante
alpujarreño que bajó de las estribaciones de la montaña o de la sierra de
Gádor al entonces inculto y semidesértico Campo de Dalías en uno de los
diecisiete mil propietarios de los invernaderos hortofrutícolas, es a todas
luces encomiable. La vida adusta y a veces mísera del campesinado español en
las décadas posteriores a la guerra civil debe ser analizada como merece por
sociólogos y antropólogos para comprender cabalmente el brusco y a veces
caótico acceso de la España rural a la modernidad. La empresa de estos
alpujarreños que abrieron pozos en el yermo, plantaron los primeros tomates
siguiendo el modelo de Canarias y cubrieron sus huertos de plástico procura
ejemplos estimulantes de ello: su biografía es un auténtico filón. Yo mismo,
a fines de los cincuenta, publiqué en Tribuna Socialista con el
seudónimo de Ramón Vives una media docena de vidas de emigrantes en Francia,
oriundos todos ellos de Levante y Andalucía. Aunque sin arranques de lirismo
ni comparaciones con Ulises y los Titanes ni citas de Spinoza y de Nietzsche
en un original alemán, intenté darles la palabra y con ello la oportunidad de
explanar sus vidas y la razón de su exilio. Pero mi pequeño trabajo no pasó
de ahí, lo que hicieron luego aquéllos a su regreso a la Península quedó en
el tintero. Por eso, el estudio de ese quehacer y la manera en que lo llevó a
cabo la emigración interior al Poniente almeriense merecen el reconocimiento
de cuantos nos preocupamos por el tema del campo andaluz, la inmigración y
los cambios económicos, sociales y culturales que ésta genera. Pero el enfoque de
Azurmendi, al cubrir a cada paso la voz de los vecinos entrevistados con la
suya propia en una especie de monólogo interior en la que la primera es
fagocitada y asimilada como verdad maciza por el entrevistador daña
gravemente si no mata el proyecto del antropólogo. Estamos a mil leguas de Los
hijos de Sánchez y otras obras de referencia del género. Los lectores no
sabemos qué voz escuchamos, si la del heroico, bueno, feo o mal vecino o la
del propio Azurmendi. Como dice éste al descalificar los artículos de
Joaquina Prades y otros corresponsales de este periódico, tal 'estrategia
narrativa es la que convierte a la crónica en algo próximo al panfleto': ¡una
perfecta descripción de su propia labor! Si en el epílogo de Estampas
de El Ejido hallamos a menudo observaciones atinadas sobre ese
'laboratorio casi único' que un conjunto irrepetible de circunstancias ha
creado en el Poniente almeriense y hay párrafos del mismo que podría
suscribir por completo, las declaraciones directas o indirectas -esto es,
pasadas por el tamiz reflexivo del autor- de los vecinos retratados en el
libro dejan cuando menos perplejo al lector ajeno a las intimidades del
laboratorio. La predisposición del antropólogo a dividir el paisaje humano
entre buenos y malos y su afán de identificarse con los buenos del Poniente
almeriense no favorece desde luego la credibilidad de su empresa. Su
insistencia en ello y el contagio del unanimismo circundante le conducen a
caer en el mismo maniqueísmo que execra. No llamaré a esto 'periodismo de
Goebbels', como el que achaca a los corresponsales del periódico en el que
tanto él como yo escribimos, pero sí trabajo tan escorado que amenaza con
desplomarse página tras página y que al final se desploma. Los buenos del lugar,
casi todos ellos próximos a Luis Enciso y no a Manuel Pimentel, nos refieren
sus vidas, como José Murcia, en perfecta sintonía con la España de Aznar.
'Sólo tres personas -nos dice Azurmendi- le echaron su brazo a José; una le
llevó para su casa y la otra le enseñó a leer, ambas eran de la España de
derechas. La tercera también tiene una raigambre de derechas, es el padre del
alcalde, 'un señor muy bueno que asentaba género y compraba todas las
cosechas'. El párroco navarro de la iglesia de El Ejido, portavoz, cómo no,
de los buenos, le explica al antropólogo que 'la gente de aquí no es racista.
Nada de eso... Lo que pasa es que se llena la copa... aquí, el año pasado, la
gente se cansó; a las mujeres las violaban. Paseaban los padres con sus niñas
y los magrebíes las insultaban y se ponían a mear delante de ellos... Para un
español están diez cobrando de lo del paro... los magrebíes, los moros son
muy vagos', etcétera. Ahora bien: ¿hay pruebas concretas de las presuntas violaciones?
¿cuántas han sido denunciadas en el juzgado de guardia? El santo párroco no
lo especifica y el antropólogo no nos lo aclara. Joaquina Prades indagó sobre
este punto en la comisaría y no obtuvo sino respuestas imprecisas. Pero aun
en el caso de que dichos delitos y actos contrarios a toda norma de civilidad
fuesen ciertos y no dimes y diretes sin base alguna, habría que preguntarse
por qué se producirían tan sólo en El Ejido y no en el resto de España y de
los países europeos con un gran contingente de marroquíes. ¿No serían
entonces una respuesta brutal o lamentable a algo que Azurmendi omite
mencionar: una situación inhumana propia del lugar y de las condiciones de
vida de sus inmigrantes? El antropólogo señala que la mayoría de ellos están
allí de paso y en cuanto regularizan su documentación se largan de inmediato
a Cataluña o a los países de la Unión Europea. La inmigración de El Ejido es
volátil y se renueva de año en año: parte de ella trabaja 'sin papeles' a la
merced del precio fijado por los propietarios de los invernaderos y algunos
subsisten mediante hurtos y trapacerías, como en numerosos guetos de Europa,
América o África. Esa delincuencia se da en todos los colectivos y
comunidades, pero nuestro antropólogo no lo estima así y traza una línea
divisoria, no sé si cultural o genética entre malos (los magrebíes) y buenos
(los demás). La acumulación de
opiniones xenófobas contra los moros, expuestas por los vecinos
heroicos o buenos a Azurmendi y avaladas tácitamente por él llenarían
columnas de este periódico. Así, me limitaré a espigar unas pocas: 'Todos
esos moros de ahí fuera son chatarra...', 'la invasión, ya sabe usté... van
colándose, colándose, colándose. Hay aquí millones que se están metiendo en
toda Europa... Y se pueden poner a cortar pescuezos. Usté podrá matar con
veinticinco cartuchos a veinticinco, pero cuando llega el veintiséis, a usted
se lo han limpiado'. Tras este florilegio ejemplar, el antropólogo comenta:
'Y me viene a la memoria los que me aseguraban, Simón, José, Francisco y
todos los campesinos con los que he hablado, unánimes todos en que uno no se
puede fiar de los magrebíes'. ¡Vaya lección de antropología! Las matizaciones
tibias de Azurmendi en el epílogo apenas quitan hierro a tal andanada. Más nocivo aún me
parece el retrato de Mercedes García, presidenta de la Asociación de Mujeres
Progresistas de El Ejido, cuyo local fue saqueado durante los sucesos de
febrero de 2000, y que vive desde entonces en una situación difícil, objeto
del odio de muchos vecinos y de un frecuente acoso de amenazas telefónicas.
'El Malo en El Ejido es Mercedes. Y lo entiendo . Comenzó en los años
de lo políticamente correcto, donde situó su discurso: trabajar para las
mujeres. Eso en los inicios, 'porque las mujeres trabajaban como
burras'... y además existía el maltrato. Y debió de ser inicio
molesto, pues intentar que la mujer deje de ser burra en el trabajo ya es
discriminarla favorablemente respecto a lo burro que trabajan también sus
maridos... Y los hombres del trabajo burro no van a entender ese discurso,
pues el trabajo afecta a la célula conyugal como tal, cuya ley impele a ambos
apechugar por igual con la tarea, a él como a ella'. Y tras ese brillante
exordio, nuestro antropólogo añade: 'La gestoría de Mercedes... no defiende
más que a los inmigrantes [marroquíes]. Y esa nueva circunstancia no mejora
en nada la recepción social de aquel escorado discurso de los inicios, porque
el ciudadano que paga a su gestor, se pregunta de qué vive Mercedes. Y crece
la sospecha de que vive a expensas del más pobre...'. ¿Labor científica o
panfletaria? La insidia que rezuma de estos y otros párrafos se compadece mal
con los designios didácticos de Azurmendi. Su libro nos habla menos de las
complejas realidades económicas y sociales de El Ejido que del estado de
ánimo creado por éstas en sus habitantes. En un reciente coloquio
de la Fundación para la Modernización de España sobre los flujos migratorios,
el sociólogo Antonio Izquierdo mostró, estadística en mano, las actitudes y
situaciones divergentes en el tema entre Almería y el resto de España.
Azurmendi puede simpatizar con las primeras mas no ignorar los datos y
elementos que un buen conocedor del problema como Martínez Veiga pone al
desnudo, con rigor y sin apasionamiento, en su obra sobre la discriminación,
exclusión social y racismo en El Ejido. Escudarse en el contradiscurso a lo
políticamente correcto lleva a una nueva y capciosa forma de corrección en la
que, como me dice un ensayista amigo, la valentía no se mide por el hecho de
no sacrificar el juicio personal al prejuicio colectivo sino por el de
expresar lo que una mayoría silenciosa piensa y no se atreve a formular por
contradecir los principios de derecho universalmente acatados. Los invasores maketos
o 'nuestros moros de Euzkadi' que denostaba Sabino Arana adolecen de los
mismos vicios (holgazanería, lujuria) que los moros de El Ejido retratados
por Azurmendi y se parecen a ellos como dos gotas de agua. Para este largo y
circular viaje, del pez que se muerde la cola, sí se necesitan alforjas. |