BREVE HISTORIA DE PIURA  -  TOMO II

LA CONQUISTA EN PIURA

Reynaldo Moya Espinoza

Carátula

Contenido

Prólogo

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Galería de fotos

Bibliografía

Biografía de R. Moya E.

Página web

 

CAPÍTULO VIII

LA PARTIDA

 

01.- El primer hospital

02.- La partida.

03.- La marcha hacia Cajamarca.

04.- La ruta según el Dr. Miró Quesada.

05.- Los españoles en Pabur.

06.- La misión de Soto a Caxas.

07.- La ciudad de Caxas.

08.- Soto en Huancabamba

09.- Los obsequios de Atahualpa.

10.- La ubicación de Caxas.

11.- Pizarro en Lambayeque.

12.- El dilema de Pizarro.

13.- ¿Quién fue Maizabilca?

14.- Martinillo y Maicabilca

 

07.- La Ciudad de Caxas

Jerez relataba que el pueblo de Caxas estaba en un valle pequeño entre una sierra. Por su parte Cristóbal de Mena, decía que Caxas era grande y, sus graneros contenían maíz en abundancia y los depósitos tenían calzado y chicha.

Diego Trujillo asegura que la ciudad tenía grandes edificios y tres acllahuasis o casas de las escogidas, en lo cual coincide con Jerez que dice que tal casa estaba cercada con tapias, y las mujeres dentro se dedicaban sólo a tejer y a hilar para las tropas de Atahualpa. Los únicos hombres que había en el Acllahuasi eran los porteros. El cronista-soldado Diego Trujillo asegura que las casas eran tres, lo que no es creíble.

Soto al llegar a Caxas, encontró que a la entrada habían gran cantidad de indios muertos, colgados de postes por los pies. Formaban como una alameda de dos hileras. Unos aseguran que eran gente adicta a Huáscar que habían sido ejecutados por los soldados de Atahualpa, mientras otros afirman que se trataba de porteros de la casa de las escogidas, que violaron las normas del enclaustramiento y convivido con las escogidas. Sobre esto habría que observar, que los ajusticiados eran muchos y por lo tanto resulta más creíble la versión de que se trataba de huascaristas.

Parece que en Caxas existía una guarnición de 2,000 soldados de Atahualpa la que al saber la aproximación de los españoles se retiró. Entre los naturales de la ciudad, el ingreso de la extraña cabalgata causó tremenda sensación.

El curaca huascarista, conociendo que Pizarro venía por el camino propalando que iba en ayuda del legítimo inca, salió al encuentro de Soto para agradecerle. Le contó que antes la ciudad tenía 12,000 habitantes, pero que ahora sólo habían quedado tres mil a causa de las guerras. En agradecimiento a Soto, sacó del acllahuasi a 200 vírgenes tejedoras y se las ofreció. Cuando los soldados españoles estaban en la labor de escoger, hizo su aparición un hombre joven de porte arrogante y altanero, que llegaba como representante de Atahualpa con una escolta. El curaca de Caxas, se indignó tremendamente y dio claras muestras de temor ante el recién llegado. Este, dirigiéndose a todos, en voz alta de reproche, les dijo, que cómo osaban cometer ese sacrilegio, (se refería a la entrega de las vírgenes del Sol) sin pensar que Atabalipa estaba sólo a veinte leguas y los podía castigar a todos, sin dejar un solo vivo.

Soto, recordando la recomendación de Pizarro de usar las buenas maneras y evitar todo enfrentamiento, replicó que no era su intención hacer daño a nadie y que sólo deseaba que se reconociera al rey de España y se sometieran a su obediencia, pues era el más poderoso monarca del mundo.

El oficial de Atahualpa, al que Juan José Vega llama Maica Huilca, ya apaciguado, dijo que estaba allí cobrando los tributos, le dio información del gran poder del ejército del inca y del rigor con que éste trataba a sus enemigos. El cronista Betanzos llama a este personaje Sillín Chara.

Otros cronistas aseguran que fue el mismo Maica Huilca el que obsequió a Soto, las vírgenes del Acllahuasi mostrando así desprecio por algo que los incas cuzqueños respetaban.

La versión de otros cronistas, es que el curaca de Caxas, sólo dio a Soto cuatro o cinco mujeres para que les cocinaran. Le hizo conocer al jefe español que no podía darles oro, salvo unas pocas barras, porque todo lo había llevado a Cajamarca el ejército de Atahualpa.

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