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CAPÍTULO VIII
LA PARTIDA
01.-
El primer hospital
02.-
La partida.
03.-
La marcha hacia Cajamarca.
04.-
La ruta según el Dr. Miró Quesada.
05.-
Los españoles en Pabur.
06.-
La misión de Soto a Caxas.
07.-
La ciudad de Caxas.
08.-
Soto en
Huancabamba
09.-
Los obsequios de Atahualpa.
10.-
La ubicación de Caxas.
11.-
Pizarro en Lambayeque.
12.-
El dilema de Pizarro.
13.-
¿Quién fue Maizabilca?
14.-
Martinillo y Maicabilca
07.-
La Ciudad de Caxas
Jerez relataba que el pueblo de Caxas estaba en un valle pequeño
entre una sierra. Por su parte Cristóbal de Mena, decía que Caxas
era grande y, sus graneros contenían maíz en abundancia y los
depósitos tenían calzado y chicha.
Diego Trujillo asegura que la ciudad tenía grandes edificios y tres
acllahuasis o casas de las escogidas, en lo cual coincide con Jerez
que dice que tal casa estaba cercada con tapias, y las mujeres
dentro se dedicaban sólo a tejer y a hilar para las tropas de
Atahualpa. Los únicos hombres que había en el Acllahuasi eran los
porteros. El cronista-soldado Diego Trujillo asegura que las casas
eran tres, lo que no es creíble.
Soto al llegar a Caxas, encontró que a la entrada habían gran
cantidad de indios muertos, colgados de postes por los pies.
Formaban como una alameda de dos hileras. Unos aseguran que eran
gente adicta a Huáscar que habían sido ejecutados por los soldados
de Atahualpa, mientras otros afirman que se trataba de porteros de
la casa de las escogidas, que violaron las normas del
enclaustramiento y convivido con las escogidas. Sobre esto habría
que observar, que los ajusticiados eran muchos y por lo tanto
resulta más creíble la versión de que se trataba de huascaristas.
Parece que en Caxas existía una guarnición de 2,000 soldados de
Atahualpa la que al saber la aproximación de los españoles se
retiró. Entre los naturales de la ciudad, el ingreso de la extraña
cabalgata causó tremenda sensación.
El curaca huascarista, conociendo que Pizarro venía por el camino
propalando que iba en ayuda del legítimo inca, salió al encuentro de
Soto para agradecerle. Le contó que antes la ciudad tenía 12,000
habitantes, pero que ahora sólo habían quedado tres mil a causa de
las guerras. En agradecimiento a Soto, sacó del acllahuasi a 200
vírgenes tejedoras y se las ofreció. Cuando los soldados españoles
estaban en la labor de escoger, hizo su aparición un hombre joven de
porte arrogante y altanero, que llegaba como representante de
Atahualpa con una escolta. El curaca de Caxas, se indignó
tremendamente y dio claras muestras de temor ante el recién llegado.
Este, dirigiéndose a todos, en voz alta de reproche, les dijo, que
cómo osaban cometer ese sacrilegio, (se refería a la entrega de las
vírgenes del Sol) sin pensar que Atabalipa estaba sólo a veinte
leguas y los podía castigar a todos, sin dejar un solo vivo.
Soto, recordando la recomendación de Pizarro de usar las buenas
maneras y evitar todo enfrentamiento, replicó que no era su
intención hacer daño a nadie y que sólo deseaba que se reconociera
al rey de España y se sometieran a su obediencia, pues era el más
poderoso monarca del mundo.
El oficial de Atahualpa, al que Juan José Vega llama Maica Huilca,
ya apaciguado, dijo que estaba allí cobrando los tributos, le dio
información del gran poder del ejército del inca y del rigor con que
éste trataba a sus enemigos. El cronista Betanzos llama a este
personaje Sillín Chara.
Otros cronistas aseguran que fue el mismo Maica Huilca el que
obsequió a Soto, las vírgenes del Acllahuasi mostrando así desprecio
por algo que los incas cuzqueños respetaban.
La versión de otros cronistas, es que el curaca de Caxas, sólo dio a
Soto cuatro o cinco mujeres para que les cocinaran. Le hizo conocer
al jefe español que no podía darles oro, salvo unas pocas barras,
porque todo lo había llevado a Cajamarca el ejército de Atahualpa. |