BREVE HISTORIA DE PIURA  -  TOMO II

LA CONQUISTA EN PIURA

Reynaldo Moya Espinoza

Carátula

Contenido

Prólogo

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Galería de fotos

Bibliografía

Biografía de R. Moya E.

Página web

 

CAPÍTULO VIII

LA PARTIDA

 

01.- El primer hospital

02.- La partida.

03.- La marcha hacia Cajamarca.

04.- La ruta según el Dr. Miró Quesada.

05.- Los españoles en Pabur.

06.- La misión de Soto a Caxas.

07.- La ciudad de Caxas.

08.- Soto en Huancabamba

09.- Los obsequios de Atahualpa.

10.- La ubicación de Caxas.

11.- Pizarro en Lambayeque.

12.- El dilema de Pizarro.

13.- ¿Quién fue Maizabilca?

14.- Martinillo y Maicabilca

 

09.- Los obsequios de Atahualpa

Soto regresó a Serrán a los diez días de su salida de Pabur. El conquistador lo estaba esperando desde hacía ocho días.

Hernando Pizarro recibió a Soto de buen talante. Ya le había pasado el mal humor que le había causado su hermano Francisco al rechazar su pedido para ser él, quien mandase la excursión.

Francisco Pizarro se había movido con mucha prudencia de Pabur a Serrán y más eran los días que descansaba, que los dedicados a la marcha. Por los caminos, pregonaba que iba a defender al inca Huáscar en sus legítimos derechos. Esto no impidió sin embargo que brindase al oficial de Atahualpa un buen recibimiento.

El cronista Pedro Pizarro asegura que el mencionado embajador era el espía de Poechos golpeado por Hernando Pizarro, lo que no es creíble pues no se presentó ningún incidente con el hermano del conquistador. Otros cronistas dicen que era un mensajero enviado expresamente por Atahualpa desde Cajamarca, y que se había juntado a Soto en Huancabamba. Eso haría suponer que el embajador era otro personaje y no el orgulloso y soberbio oficial indio que apostrofó a Soto en Caxas.

El enviado era portador de dos fortalezas de piedra en miniatura y dos patos secos desollados, que explicó estaban destinados a ser reducidos a polvo para utilizarlos en sahumar. Eso parece que era costumbre entre los grandes señores del imperio y como tal, el regalo era una delicadeza. Sin embargo los españoles no lo tomaron así y creyeron ver una burla o una amenaza y una alegoría de lo que podía pasarles a ellos. Sin embargo Pizarro disimuló y agradeció el presente, así como la invitación que le hacía Atahualpa para que lo visitara en Cajamarca. Como regalo le envió una camisa y otras bagatelas que Atahualpa, después clavaría en una lanza.

Pizarro continuó por dos días más en Serrán, para dar oportunidad a que los soldados de Soto tomaran un justo descanso.

A San Miguel envió las dos fortalezas y ropa de lana que Soto había tomado en Caxas; y cartas en las que hacía un relato pormenorizado de las experiencias propias y de las de Soto.

José Antonio del Busto, en su obra “Francisco Pizarro” acogiendo la versión de diferentes españoles, dice que el indio no se inmutó ante los disparos de arcabuces que en forma exprofesa hicieron los españoles para amedrentarlo. Su rostro al decir de los historiadores, parecía de piedra y más bien en sus labios se notaba cierto rictus de desdén. Probó su fuerza física con los españoles en juegos de éstos y comprobó que en ese sentido los aventajaba. Durante tres días recorrió todo el campamento y se pudo apreciar que llevaba cuenta de los caballos. Se interesó por las espadas y hacía muchas preguntas a los soldados. Se detuvo ante un grupo de españoles que se estaban haciendo afeitar y tomó a uno por la barba, motivando la airada reacción del ofendido por cuyo motivo se suscitó un pugilato que no llegó a trascender mayormente, pero que sirvió al indio para comprobar que tenía más vigor que su oponente. Durante su permanencia en Serrán, hizo Pizarro que fuera muy bien tratado. Para el cronista Pedro Pizarro, este indio era el mismo que llegó a Poechos en plan de espionaje, del que los indios tallanes aseguraron que era un Apu, o sea un orejón al servicio de Atahualpa.

Cumplida su misión, el embajador se retiró para llevar su mensaje e información a Cajamarca.
Juan José Vega dice que este indio era Maica Huilca, el valiente guerrero al cual Atahualpa le había confiado el control militar de todo el valle del Chira. El control político seguiría con el cacique de Poechos.

El mismo historiador da a conocer, que este Maica Huilca, presentó a Atahualpa una versión totalmente desfavorable de los españoles, negando en absoluto su calidad de seres divinos y motejándolos más bien de gente viciosa, ladrones y haraganes, que cabalgaban en unos carneros de gran tamaño, que ocupaban gran parte del día en sacar lustre a ciertas varillas de metal (los sables) y que él podría destruirlos si el inca le daba cinco mil guerreros y unas sogas para llevarlos a Cajamarca atados, reducidos a la condición de yanaconas. También hizo conocer al inca, que los españoles se cansaban mucho al subir las cuestas y tenían que agarrarse a la cola de sus carneros grandes para hacerlo.

Esta versión causó enorme satisfacción a Atahualpa que estaba francamente preocupado y pensaba destruir a los recién llegados, en uno de los pasos de los Andes. Por lo tanto, despreocupándose un poco decidió más bien esperarlos en Cajamarca para apresarlos y castigarlos.

No quiso Atahualpa entregar a Maica Huilca la gloria de prenderlos y pensó en aumentar su prestigio haciéndolo él mismo, para luego desparramar en el imperio la especie de que había vencido a seres divinos.

Posteriormente cuando Atahualpa cae prisionero en Cajamarca, se quejó amargamente de su oficial, diciendo que lo había engañado en cuanto al poder de los españoles, y lo calificó de traidor no obstante que había muerto defendiéndolo cuando estando en su litera, fue capturado por los españoles.

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