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CAPÍTULO VIII
LA PARTIDA
01.-
El primer hospital
02.-
La partida.
03.-
La marcha hacia Cajamarca.
04.-
La ruta según el Dr. Miró Quesada.
05.-
Los españoles en Pabur.
06.-
La misión de Soto a Caxas.
07.-
La ciudad de Caxas.
08.-
Soto en
Huancabamba
09.-
Los obsequios de Atahualpa.
10.-
La ubicación de Caxas.
11.-
Pizarro en Lambayeque.
12.-
El dilema de Pizarro.
13.-
¿Quién fue Maizabilca?
14.-
Martinillo y Maicabilca
09.-
Los obsequios de Atahualpa
Soto regresó a Serrán a los diez días de su salida de Pabur. El
conquistador lo estaba esperando desde hacía ocho días.
Hernando Pizarro recibió a Soto de buen talante. Ya le había pasado
el mal humor que le había causado su hermano Francisco al rechazar
su pedido para ser él, quien mandase la excursión.
Francisco Pizarro se había movido con mucha prudencia de Pabur a
Serrán y más eran los días que descansaba, que los dedicados a la
marcha. Por los caminos, pregonaba que iba a defender al inca
Huáscar en sus legítimos derechos. Esto no impidió sin embargo que
brindase al oficial de Atahualpa un buen recibimiento.
El cronista Pedro Pizarro asegura que el mencionado embajador era el
espía de Poechos golpeado por Hernando Pizarro, lo que no es creíble
pues no se presentó ningún incidente con el hermano del
conquistador. Otros cronistas dicen que era un mensajero enviado
expresamente por Atahualpa desde Cajamarca, y que se había juntado a
Soto en Huancabamba. Eso haría suponer que el embajador era otro
personaje y no el orgulloso y soberbio oficial indio que apostrofó a
Soto en Caxas.
El enviado era portador de dos fortalezas de piedra en miniatura y
dos patos secos desollados, que explicó estaban destinados a ser
reducidos a polvo para utilizarlos en sahumar. Eso parece que era
costumbre entre los grandes señores del imperio y como tal, el
regalo era una delicadeza. Sin embargo los españoles no lo tomaron
así y creyeron ver una burla o una amenaza y una alegoría de lo que
podía pasarles a ellos. Sin embargo Pizarro disimuló y agradeció el
presente, así como la invitación que le hacía Atahualpa para que lo
visitara en Cajamarca. Como regalo le envió una camisa y otras
bagatelas que Atahualpa, después clavaría en una lanza.
Pizarro continuó por dos días más en Serrán, para dar oportunidad a
que los soldados de Soto tomaran un justo descanso.
A San Miguel envió las dos fortalezas y ropa de lana que Soto había
tomado en Caxas; y cartas en las que hacía un relato pormenorizado
de las experiencias propias y de las de Soto.
José Antonio del Busto, en su obra “Francisco Pizarro” acogiendo la
versión de diferentes españoles, dice que el indio no se inmutó ante
los disparos de arcabuces que en forma exprofesa hicieron los
españoles para amedrentarlo. Su rostro al decir de los
historiadores, parecía de piedra y más bien en sus labios se notaba
cierto rictus de desdén. Probó su fuerza física con los españoles en
juegos de éstos y comprobó que en ese sentido los aventajaba.
Durante tres días recorrió todo el campamento y se pudo apreciar que
llevaba cuenta de los caballos. Se interesó por las espadas y hacía
muchas preguntas a los soldados. Se detuvo ante un grupo de
españoles que se estaban haciendo afeitar y tomó a uno por la barba,
motivando la airada reacción del ofendido por cuyo motivo se suscitó
un pugilato que no llegó a trascender mayormente, pero que sirvió al
indio para comprobar que tenía más vigor que su oponente. Durante su
permanencia en Serrán, hizo Pizarro que fuera muy bien tratado. Para
el cronista Pedro Pizarro, este indio era el mismo que llegó a
Poechos en plan de espionaje, del que los indios tallanes aseguraron
que era un Apu, o sea un orejón al servicio de Atahualpa.
Cumplida su misión, el embajador se retiró para llevar su mensaje e
información a Cajamarca.
Juan José Vega dice que este indio era Maica Huilca, el valiente
guerrero al cual Atahualpa le había confiado el control militar de
todo el valle del Chira. El control político seguiría con el cacique
de Poechos.
El mismo historiador da a conocer, que este Maica Huilca, presentó a
Atahualpa una versión totalmente desfavorable de los españoles,
negando en absoluto su calidad de seres divinos y motejándolos más
bien de gente viciosa, ladrones y haraganes, que cabalgaban en unos
carneros de gran tamaño, que ocupaban gran parte del día en sacar
lustre a ciertas varillas de metal (los sables) y que él podría
destruirlos si el inca le daba cinco mil guerreros y unas sogas para
llevarlos a Cajamarca atados, reducidos a la condición de yanaconas.
También hizo conocer al inca, que los españoles se cansaban mucho al
subir las cuestas y tenían que agarrarse a la cola de sus carneros
grandes para hacerlo.
Esta versión causó enorme satisfacción a Atahualpa que estaba
francamente preocupado y pensaba destruir a los recién llegados, en
uno de los pasos de los Andes. Por lo tanto, despreocupándose un
poco decidió más bien esperarlos en Cajamarca para apresarlos y
castigarlos.
No quiso Atahualpa entregar a Maica Huilca la gloria de prenderlos y
pensó en aumentar su prestigio haciéndolo él mismo, para luego
desparramar en el imperio la especie de que había vencido a seres
divinos.
Posteriormente cuando Atahualpa cae prisionero en Cajamarca, se
quejó amargamente de su oficial, diciendo que lo había engañado en
cuanto al poder de los españoles, y lo calificó de traidor no
obstante que había muerto defendiéndolo cuando estando en su litera,
fue capturado por los españoles. |