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Enero
ENERO 22

SAN VICENTE

San Valerio, obispo de Zaragoza, instruy� en las ciencias sagradas y en la piedad cristina a este glorioso m�rtir. El mismo obispo le orden� di�cono para que formara parte de su s�quito, y le encarg� de instruir y predicar al pueblo, a pesar de que era todav�a muy joven. El cruel perseguidor Daciano era entonces gobernador de Espa�a. El a�o 303, los emperadores Diocleciano y Maximiano publicaron su segundo y tercer edicto contra el clero, y el a�o siguiente lo hicieron extensivo a los laicos. Parece que poco antes de la publicaci�n de dichos decretos, Daciano hizo ejecutar a los dieciocho m�rtires de Zaragoza, de los que hacen menci�n Prudencio y el Martirologio Romano (16 de enero), y arrest� a Valerio y a Vicente. Estos dos m�rtires fueron poco despu�s trasladados a Valencia, donde el gobernador les dej� largo tiempo en la prisi�n, sufriendo hambre y otras torturas. El proc�nsul esperaba que esto debilitar�a la constancia de os testigos de Cristo. Sin embargo, cuando comparecieron ante �l, no pudo menos de sorprenderse al verles tan intr�pidos y vigorosos, y aun castig� a los soldados por no haberles tratado con el rigor que �l hab�a ordenado. El proc�nsul emple� amenazas y promesas para lograr que los prisioneros ofrecieran sacrificios a los dioses. Como Valerio, que ten�a un impedimento de la lengua, no pudiese responder. Vicente dijo: �Padre, si me lo ordenas yo hablar�. �Hijo m�o-le contest� Valerio-, yo te he confiado ya la dispensaci�n de la divina palabra, y ahora te pido que respondas en defensa de la fe por la que sufrimos�. El di�cono inform� entonces al juez que estaban dispuestos a sufrirlo todo por Dios y que no se doblegar�an, ni ante las amenazas, ni ante las promesas. Daciano se content� con desterrar a Valerio, pero decidi� hacer flaquear a Vicente vali�ndose de todas las torturas que su cruel temperamento pod�a imaginar. San Agust�n nos asegura que Vicente sufri� torturas que ning�n hombre hubiera podido resistir sin la ayuda de la gracia, y que, en medio de ellas, conserv� un paz y tranquilidad que sorprendi� a los mismos verdugos. La rabia del proc�nsul se manifestaba en el rictus de su boca, en el fuego de sus ojos y en la inseguridad de su voz.
Vicente fue primero atado de manos y pies al potro, y ah� le desgarraron con garfios. El m�rtir, sonriente, acusaba a sus verdugos de debilidad, lo cual hizo creer a Daciano que no atormentaban suficientemente a Vicente; as� pues, mand� que le apalearan. Esto en realidad dio un respiro al santo, pero sus verdugos volvieron pronto a la carga, resueltos a satisfacer la crueldad del proc�nsul. Sin embargo, cuanto m�s le torturaban los verdugos, tanto m�s le consolaba el cielo. El juez, viendo correr la sangre a chorros y el lastimoso estado en que se hallaba el cuerpo de Vicente, no pudo menos de reconocer que el valor del joven cl�rigo hab�a vencido su crueldad.  En seguida orden� que cesara la tortura y dijo a Vicente, que si no hab�a podido inducirle a sacrificar a los �dolos. Por lo menos esperaba que entregar�a �ste las Sagradas Escrituras a las llamas, para cumplir el edicto imperial.  El m�rtir contest� que ten�a menos miedo de los tormentos que de la falsa compasi�n. Daciano, m�s furioso que nunca, le conden� a lo que las actas llaman �quaestio legitima� (�la tortura legal�), que consist�a en ser quemado sobre una especie de parrilla. Vicente se instal� gozosamente en la reja del hierro, cuyas barras estaban erizadas de picos al rojo vivo. Los verdugos le hicieron extenderse y echaron sal sobre sus heridas. Con la fuerza del fuego, la sal penetraba hasta el fondo. San Agust�n dice que las llamas, en vez de atormentar al santo, parec�an infundirle nuevo vigor y �nimo, ya que Vicente se mostraba m�s lleno de gozo y consuelo, cuanto m�s sufr�a. La rabia y confusi�n del tirano fue incre�ble; perdi� totalmente el dominio de s� mismo y preguntaba continuamente qu� hac�a y dec�a Vicente; pero la respuesta era siempre que el santo no hac�a m�s que afirmarse en su resoluci�n.
Finalmente, el proc�nsul orden� que echaran al santo en un calabozo cubierto de trozos de vidrio, con las piernas abierta y atadas a sendas estacas, y que le dejaran ah� sin comer y sin recibir ninguna visita. Pero Dios envi� a sus �ngeles a reconfortarle. El carcelero, que vio a trav�s de la rejilla el calabozo lleno de luz y a Vicente pase�ndose en �l y alabando a Dios, se convirti� s�bitamente al cristianismo. Al saberlo, Daciano llor� de rabia; sin embargo orden� que se diese reposo al prisionero. Los fieles fueron a ver a Vicente, vendaron sus heridas y recogieron sus sangre como una reliquia. Cuando le depositaron en el lecho que le hab�an preparado, Vicente entreg� su alma a Dios. Daciano orden� que su cuerpo fuese arrojado en un pantano, pero un buitre le defendi� de los ataques de las fieras y aves de presa. Las �actas� y un serm�n atribuido a San Le�n a�aden que el cad�ver de Vicente fue entonces arrojado al mar, pero que las olas lo devolvieron a la playa, donde lo recogieron dos cristianos, por revelaci�n del cielo.
El resto de las traslaciones y la difusi�n de las reliquias de San Vicente es muy confusa y poco fidedigno. Se habla de sus reliquias no s�lo en Valencia y Zaragoza, sino tambi�n en Castres de Aquitania, en Le Mans, en Par�s, en Lisboa, en Bari y en otras ciudades. S� es absolutamente cierto que su culto se extendi� muy pronto por todo el mundo cristiano y lleg� hasta algunas regiones del oriente. La misa del rito milan�s le nombre en el canon. El emblema m�s caracter�stico de nuestro santo en las representaciones art�sticas m�s antiguas es el buitre, representado en algunas pinturas sobre una roca. Cuando se trata de una pintura que representa a un di�cono revestido con la dalm�tica y que lleva una palma en la mano, es imposible determinar si se trata de una imagen de San Vicente, de San Lorenzo o de San Esteban. En Borgo�a, se venera a San Vicente como patrono de los cultivadores de la vid. Ello se debe probablemente, a que su nombre sugiere cierta relaci�n con el vino.

Alban Butler bas principalmente su relato en la narraci�n del poeta Prudencio (Peristephanon 5). Aunque Ruinart incluye las �actas� de San Vicente entre su Acta Sincera, es evidente que el compilador, que vivi� probablemente varios siglos despu�s de los hechos, dej� en ellas libre curso a su imaginaci�n, sin embargo, San Agust�n dice en uno de sus sermones sobre el santo que �l ha manejado las actas, lo cual induce a suponer que el resumen mucho m�s conciso de Analecta Bolandiana (vol. I, 1882, pp.-259.262) representa en sustancia el documento al que se refiere San Agust�n. De lo que estamos absolutamente ciertos es del nombre de San Vicente, del sitio y la �poca de su martirio, y del lugar de su sepultura. Ver P. Allard, Historie de pers�cutions, vol. IV, pp.- 237-250; Delehaye, Les origines du culte des martyrs (1933), pp. 367-368; H. Leclercq, Les martyrs, vol. II, pp. 437-439; R�mische Quartalschrift, vol. XXI (1907), pp. 135-138. Existe un buen resumen hist�rico, el de L. Lacger, St. Vincent de Saragosse (1927);  y un estudio de us �pasi�n� por la marquesa de Maill�, Vincent d�Agen et Vincent de Saragosse (1949); sobre este �ltimo, cf. los diferentes estudios de Fr. B. De Gaiffier, en Analecta Bollundiana. Sobre el obispo San Valerio, ver Acta Sanctorum, 28 de enero.
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