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LITERATURA

Ahora resulta que Bono no es bueno

Durante décadas, este irlandés fue icono de la izquierda mundial pero hace un par de años cambió su postura política y, predeciblemente, ha empezado una campaña de desprestigio contra el apóstata. Ese es el objetivo central de este libro cuyo autor no le veía defectos a Bono hasta que, claro, se cambió de  trinchera. Ahora es un cómplice de los oscuros intereses del capitalismo

MARZO, 2014. Paul Hewson recordó en una entrevista cómo vivió los disturbios de 1972 en Dublín, Irlanda. "Se formaron las barricadas en la calle y lo que había sido una protesta pacífica fue girando hacia un tono violento... a mi lado un conocido, alguien que vivía cerca de mi casa, lo veo arrojar una piedra y enseguida cae derribado por un objeto que le desangra el rostro, me muevo en un acto reflejo y por segundos evito que una roca me dé en la cara, Difícilmente fue un ambiente constructivo en el que crecí".

De haber dado en el blanco, esa piedra quizá habría evitado los enormes cambios registrados en la música rock los siguientes 30 años pues aquel muchacho que andaba por cumplir los 13 años en ese momento adoptó luego el nombre de Bono Vox y posteriormente a Bono. Es hoy uno de los cantantes más grandes del mundo y un reconocido filántropo, un activista social y un personaje que que se ha reunido con las principales figuras públicas, desde el hoy extinto Papa Juan Pablo II hasta Barack Obama y el Dalai Lama. ¿Es esto digno de admirarse?

Para Harry Browne, autor de Bono: en el Nombre del Poder, la respuesta es una rotunda negativa (y de paso, apuntar que todo lo que ha dicho de su infancia son inventos). Detrás de esa filantropía, ese afán justiciero, esa lucha hacia la igualdad para ayudar a los más pobres, son la pantalla de un neoburgués, de un bon vivant que le hace el juego a los poderes respaldados por el gran capital. Si Bono se reunió con el primer ministro Tony Blair se debe "a un mero efecto manipulador, defendiendo la idea de que lo hecho por Blair era justificable y plausible". La referencia, claro, se refiere a la invasión a Irak del 2003, apoyada por el gobierno laborista británico. Pero Bono jamás apoyó abiertamente la acción, "solo que su silencio fue más que notorio", escribe Browne, quizá desilusionado porque el cantante no hubiera encabezado una megaprotesta contra la presencia norteamericana en Irak.

Browne resume los orígenes de Bono de forma que no extrañaría a cualquier fan de U2. Hijo de un protestante y de una católica, Bono crece en medio del punk de los Sex Pistols y The Clash para convertirse en seguidor de lo que el autor llama "la vertiente contestataria", lo cual era en realidad una manera del futuro Bono de entrar al "relajo". Más tarde acuerda con Adam Clayton, Larry Mullen y a The Edge formar un grupo inspirado en The Jam, e igualmente inspirados por los Boomtown Rats de Bob Geldof. Browne refiere que Hewson le advierte a un amigo: "Detrás de la música de protesta y las letra antisistema hay mucho dinero y es ahí a donde quiero ir". Dicho de otro modo, el corazoncito de Bono fue siempre procapitalista.

Y es que, según Browne, hay algo peor, pues Bono es parte de lo que denomina "filantrocapitalismo", esto es, el lucimiento de los megaconsorcios ante la opinión pública para darles así un barniz de generosidad. Bono es un ejemplo impecable de ello al exigir a Estados Unidos, Gran Bretaña y a Europa a que transfieran parte de sus ganancias al África, lo que al final, sostiene el autor, "sigue siendo un método de colonialismo occidental". En este punto lo mejor que podemos sugerir a los fans de Bono es que dejen de leer este libro.

Browne, periodista británico y colaborador del diario izquierdista The Guardian, manifiesta su admiración por Bono y el cómo sus primeras canciones le hicieron ver "que había algo más que el vacío que siempre ha invadido a las listas". Temas de sus primeros años como "I Will Follow", "New Years's Day" o "In the Name of Love", encierran lo que el autor llama "la pretendida conciencia social de U2. Como muchos otros fans, Browne se siente decepcionado de U2 a partir del Joshua Tree en 1986 cuando los irlandeses abandonan el punk filoso y buscan inspiración en el blues que, bueno , rara vez aborda la política. Igualmente reprobables le parecen álbumes subsecuentes como Achtung Baby, Zooropa y Pop donde a su juicio, U2 ha alcanzado el nádir. Dicho de otro modo, para Browne, U2 se perfilaba como el sucesor de The Clash y terminó haciéndole el trabajo sucio a los "corporativos" Rolling Stones a quienes nuestro autor cataloga como "falsos rebeldes".

Esta acepción (U2 se fue haciendo progresivamente chafa con cada nuevo álbum) es uno de los lugares comunes del rock anglo. El punto interesante aquí es como el autor critica a Bono lo mismo que hicieron en su momento The Clash, The Sex Pistols, Billy Bragg y otros "rebeldes antisistema", esto es, salir de pobres o, al menos, elevar su nivel económico grabando música y que ninguno de todos estos artistas jamás haya ofrecido conciertos gratuitos o renunciara a sus regalías. Browne llama un "acto de hipocresía" que Bono evadiera el fisco irlandés y cambiara su centro de operaciones a Holanda. Muy cierto ¿pero acaso Bono y sus compañeros son los únicos que lo han hecho en las tantas décadas que tiene el género de existencia?

Indudablemente, constituye un acto de doble moral exigirle a un gobierno que ayude económicamente al África y uno mismo se evada el pago de impuestos. Pero es igualmente hipócrita denunciar solamente a Bono por ello y omitir la idéntica situación de varios músicos izquierdistas, entre ellos Peter Gabriel, Sting y Roger Waters, entre muchos más, que optaron por un exilio fiscal para no pagar los tributos que Irlanda y Gran Bretaña aplican a sus artistas.

Y esa es la aguja del asunto: a Browne le molesta, le irrita, le desquicia que Bono se haya despegado del discurso donde el capitalismo es el origen de todos males existentes y venideros. Esto incluye el imperdonable pecado de entrevistarse con el Papa Juan Pablo II, con Condoleeza Rice y con el ya mencionado Blair y ¡horror! con George W. Bush. Al autor quizá le dio un soponcio o mínimo un malestar estomacal cuando en el 2012, el cantante dijo durante un discurso en la Universidad de Stanford "Heme aquí, y algo que aún no termino de creer, expresándome bien del capitalismo, durante este tiempo he comprobado y visto que sí funciona y que sí ayuda a combatir la pobreza..."

Para Browne esto vino a ser un acto de alta traición y que, a su juicio, "expone al real Bono". Qué raro: es hasta hoy cuando a alguien la parece reprobable lo que hizo el líder de U2 y no, por ejemplo, en 1982, en una entrevista con Rolling Stone al afirmar que "el sistema capitalista está condenado a desaparecer (...) quizá seamos excesivamente soñadores al pensar que podremos derribarlo con canciones, pero a veces basta remover un ladrillo para hacer que la estructura se cimbre", y remató con un "somos músicos progresistas", algo que los cuatro miembros refrendaron con la prohibición explícita de jugar golf por ser algo propio de "burgueses" (hoy Barack Obama lo juega y las críticas han sido escandalosamente escasas).

Pero a fin de cuentas, Bono no se "vendió" al sistema ni tampoco, como afirma Browne, "siempre fue parte de él". Resulta difícil saber lo que pasa por la cabeza de este talentoso irlandés pero algo queda claro: en algún momento de su cruzada de combate a la pobreza en África, Bono llegó a una conclusión inevitable, esto es, que la caridad no resuelve per se las carencias de ese continente, y que buena parte de ese dinero es copado y manejado a su antojo tanto por la burocracia, los sátrapas y las juntas militares.

Curioso, pues, cómo Bono pasó a ser un "filantrocapitalista" y una "tuerca del sistema" y un "cómplice de los banqueros y los depredadores. "No es nada personal", escribe Browne. Sí lo es, pues al cantante no le perdona el hecho que Bono se haya asincerado consigo mismo.


Bono: en el nombre del poder
Harry Browne
Editorial Sexto Piso

 

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